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Perfiles NBA

Volver a empezar

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No contaban con él. Tampoco había motivos para hacerlo. A fin de cuentas, aquellos Celtics eran una trituradora de novatos. Muchachos imberbes que se estrellaban contra el muro que suponía un quinteto que se sabían de memoria. Rondo, Allen, Pierce, Garnett y Perkins. Con un poco de suerte, podían disfrutar de su juego desde el banquillo y saltar al escenario de vez en cuando, erigiéndose como la excepción que confirma la regla (Glen Davis, Leon Powe). Pero, durante aquellos años, ser drafteado por los Celtics suponía la nota más noble en un currículum que hoy, muchos años después, recoge una larga carrera de ligas menores y contratos de diez días. Hudson, Johnson, Giddens, Walker. Vidas paralelas. Las primeras víctimas de un equipo de leyenda.

Bien pudo acabar así la historia de Avery Bradley, todavía un adolescente cuando llegó al último finalista de la NBA (temporada 2010-11). Joven, inexperto y pequeño (1’88 metros de estatura), en un principio la posición de escolta le iba igual de grande que la de base a un chico poco preparado para los focos. Si Doc Rivers hubiera buscado solo un base suplente para Rondo, se habría equivocado. Pero no fue el caso.

Desde el primer momento, Rivers quedó prendado de la actitud defensiva de Bradley, a quien no dudaba en lanzar como cuchillo arrojadizo al rival de turno. El primer Avery, de apenas 80 kilos de peso, empezaba a sacar de quicio a tipos más altos, fuertes y sobre todo experimentados que el muchacho de Tacoma. Esa actitud y algo de suerte acudieron a su rescate en la campaña 2011-12, tras un testimonial año de novato en el que solo jugó 30 partidos.

Los Celtics ya habían empaquetado a Perkins camino de Oklahoma, aunque los galones del ‘Big Three’ (más el mejor Rajon Rondo) seguían intactos. Pero con el cuarteto que parecía irrompible sí pudo el ‘lockout’, que dio paso a una temporada reducida pero compactada. El tobillo derecho de Ray Allen fue el primero en sufrirlo y Rivers apostó por dar entrada a Bradley, que tendría como escolta la oportunidad que quizás le venía grande como base.

Fue ahí donde todo cambió. Los Celtics descubrieron que la vida podía ser mejor con un escolta dinámico, capaz de defender a prácticamente cualquier exterior y de salir al contraataque como una bala. Durante aquellos meses, Bradley disfrutó de la compañía de Rondo en vez de sufrirla. Ya no era la superestrella a la que daba descanso. Ahora recibía sus pases en un equipo al que volvían los ‘alley-oops’ gracias a un chaval de apenas 20 años.

Probablemente ahí se rompió definitvamente el ‘Big Three’. La irrupción del joven Bradley coincidía con el declive de Ray Allen, que empezó a pasar mucho más tiempo en el banquillo. Hasta le tocó vivir unos Playoffs a la sombra. Solo la lesión de Bradley durante la serie ante Philadelphia le devolvió de la titularidad y libró a Rivers del quebradero de cabeza de sentar a una de sus estrellas. Aunque, para entonces, Bradley ya era otra. Y cuando Allen marchó a Miami, tenía además el camino despejado.

No dejó de crecer. A la vuelta del verano se asentó como titular y apareció en el segundo mejor quinteto defensivo de la liga. Amplió su catálogo de recursos ofensivos más allá de lo puramente físico, quizás el gran lunar que presentaba cuando llegó a la NBA. Durante su primera temporada y media apenas miraba al aro, pero hoy presenta una de las mecánicas más académicas de la liga. Cuando Pierce, Garnett y Rivers marcharon, todo ese trabajo previo cobró sentido. Bradley pasó de 9 puntos por partido a 15 en los primeros Celtics de Brad Stevens, para quien también fue un baluarte.

Bradley siguió trabajando. Ya no para quitarle a nadie un puesto que le pertenecía por derecho, sino para mantenerlo. Pero su hambre siguió intacta. Durante esta pasada temporada, la 2016-17, nadie más que él se benefició de la llegada de Al Horford, cuya presencia le alejaba del balón al tiempo que le abría espacios en la pintura. Desarrolló más que nunca su sentido para cortar sin balón, rápido e inteligente, pero siguió ametrallando el aro desde lejos y nunca temió los momentos calientes. No es casualidad que la única victoria de los Celtics en las pasadas Finales del Este, en ‘the Q’, lleve su sello. Tanto por el triple como por la remontada impensable. Porque eso es Avery Bradley.

Durante los primeros meses de la anterior temporada, Bradley sonó con fuerza para jugar el All-Star Game. Un año después se veía obligado a iniciar una nueva vida, lejos de unos Celtics donde su capitanía nunca estuvo discutida, tanto por antigüedad (siete temporadas) como por jerarquía. Pasó de liderar una revolución a sufrirla, camino de unos Detroit Pistons donde empezó como un tiro, pero en los que una lesión le condenaron de nuevo a la lista de transferibles. Stan Van Gundy y los suyos no vacilaron en la oportunidad de hacerse con Blake Griffin, empleando como cebo a un Avery Bradley que aún se debe estar preguntando qué ha pasado.

Foto: The Boston Globe

Y, sin embargo, no hay tiempo para ello. Con 27 años tiene ante sí la oportunidad de firmar el contrato de su vida, lejos de los 32 millones por cuatro años que le mantuvieron en Boston en 2014. En su momento más bajo, no tanto en rendimiento como en confianza, Bradley agradecerá una voz amiga. Doc Rivers nunca se olvida de los suyos y Bradley es uno de ellos, quizás el único legado al futuro que dejó el exentrenador de los Celtics.

Rivers, el ensamblador de uno de los proyectos más rentables a corto plazo en la historia (de 24 victorias a un anillo en doce meses), apostó siempre que pudo por la ingeniería inmediata en detrimento de los jóvenes. Y sin embargo, en los Clippers de hoy en día puede darse el gusto de entrenar a dos de sus hijos. Uno biológico (Austin) y otro baloncestístico (el propio Bradley). De ambos sacó y está sacando lo mejor que la NBA les ha conocido.

Resulta curioso comprobar hasta qué punto vuelve Avery Bradley a la casilla de salida. Su camino vuelve a discurrir en paralelo a otro nativo de Tacoma. Hace apenas un año, Isaiah Thomas y Avery Bradley eran la pareja exterior del mejor equipo del Este en la ‘regular’. Hoy son dos recién llegados (esta vez como rivales) a Los Ángeles. Vuelven a verse alejados de los focos, pero ya saben lo que es eso. Igual que saben cómo salir de ahí.

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Perfiles NBA

Al Horford, la cuarta hoja del trébol

De las 300 especies de tréboles identificadas, el más famoso es el de las cuatro hojas debido a la anomalía genética que esconde. Y ese ADN es precisamente el que los Celtics tratan de descifrar con Al Horford como el auténtico líder.

jaime.eguen@gmail.com'

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Se dice que la bandera de Irlanda es tricolor debido a que está compuesta por tres franjas cuyo significado es verde simbolizando a los nacionalistas católicos; naranja a los protestantes; y el blanco la paz, que debería reinar entre unos y otros. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en el verde. Cada 17 de marzo – con motivo de la celebración de San Patricio – los irlandeses se reúnen en un día destinado a beber cerveza, realizar llamativos desfiles y lucir ropas de color verde Kelly.

Según cuentan, dicho color evita que los ‘leprachaun’ aparezcan y te pellizquen las piernas en San Patricio. Eso sí, aquí no acaban las historias y leyendas que unen a Irlanda con este color, el trébol de cuatro hojas también tiene un significado místico que une genética, suerte y fantasía. La primera hoja simboliza la riqueza, la segunda es la fama, luego está el amor y por último la salud. Su rareza lo ha convertido en un presagio de buena suerte e incluso como una señal que indica que encontrarás un tesoro. Aunque, su existencia, se debe a un gen muy especial.

Al Horford, una rareza biológica

Hoy en día se han identificado unas trescientas especies de tréboles, una planta que cuenta con el doble de cromosomas que la especie humana. Sin duda, el más famoso de todos estos es el de cuatro hojas, debido a la mística que lo rodea y la complejidad de avistar uno. La estadística dice que, por cada 10.000 tréboles, hay uno que tiene un folio más. Una excentricidad botánica que reside en una mutación genética, concretamente en el gen PALM1, que es bautizado como el “gen de la buena suerte”.

Abordando el tema que nos trae, los Boston Celtics han encontrado su propio trébol de cuatro hojas. Una anomalía genética al servicio de Brad Stevens y que, año tras año, hace las delicias de los aficionados de los Celtics. Este no es otro que Al Horford, el pívot de origen dominicano que reina en la pintura y es clave en sistema tejido por su entrenador. Estos Playoffs han sido la confirmación (si es que era necesaria) de su figura y han servido para reafirmar su rol en el equipo.

Con los Celtics naufragando en el Este y con un futuro ligado a la incertidumbre, Al Horford ha sido una de las pocas cosas positivas que se llevan de esta nefasta temporada. Con él bien físicamente e imponiendo su ley en el duelo personal, todo es más fácil para el equipo verde. No es un hombre de grandes estridencias, acciones espectaculares o vistosas estadísticas. Horford es un caballero dispuesto a sacrificar todo por el bien común y capaz de realizar concesiones si resultan beneficiosas para el conjunto. Un rol genéticamente extraño de ver y que viene de la mano de una de las mentes más prodigiosas del baloncesto actual.

Al Horford tiene ‘player option’ y podría renunciar a su contrato en el caso de no estar contento con el rumbo que tome la franquicia

De salir de su contrato renunciaría a cobrar $30,123,015

Porque sí, el ‘42’ de los Celtics es la calma dentro de la anarquía, la esperanza en un océano de oscuridad. Para darse cuenta de esto, tan solo hay que echar un vistazo a los Playoffs y entender la coherencia que daba el pívot a cada posesión que pasaba por sus manos. Horford apostó por los Celtics cuando por entonces era complicado y firmó un máximo que fue criticado por muchos, un contrato que se ganó día a día junto con el corazón de la afición de Boston. Muy probablemente, su principal defecto a día de hoy, es que ya tiene 32 años. Una cifra demasiado abultada y que hace realidad las pesadillas de los Celtics.

‘Big Al’, desde los números

Si hablamos de la importancia de Horford en los Celtics, tenemos que trasladarla tanto al apartado ofensivo como defensivo. Este año ha promediado 13.6 puntos, 6.7 rebotes y 4.2 asistencias, números que te pueden resultar indiferentes pero que van mucho más allá. Analizar el rendimiento de Horford desde un punto de vista estadístico tradicional, es parecido a vislumbrar un paisaje sin abrir la ventana.

La salud no ha sido su mejor aliado esta temporada, pero en los 29 minutos por encuentro que ha jugado esta ‘regular season’ ha tenido un ‘Net Rating’ de +6.3. Llevando a los Celtics a obtener con él en pista un 111.8 de ‘Offrtg’ y un 105.5 en el defensivo. Durante los 68 partidos que ha jugado esta campaña, los rivales han visto cómo sus promedios ofensivos bajaban cuando se encontraba en pista.

PlayoffsOffensive RatingDefensive RatingNet Rating
On Court102.798.8+3.9
Off Court87.3102.5-15.2

Tal y como muestra la tabla de arriba, su salida en cancha durante estos Playoffs se traducía en debacle y hundimiento por parte de los Celtics. Un equipo que ha pagado de manera evidente las desconexiones (especialmente en el tercer cuarto). Una tendencia que han seguido durante todo el año y, como suele ser en estos casos, se ha hecho más visible en los Playoffs.

Más allá de las cifras

Por otro lado, analizar el rendimiento de Horford solo enfocándonos en los números sería incorrecto. El pívot tiene cualidades que lo convierten un jugador muy especial, una de ellas –posiblemente la favorita de Brad– es su versatilidad. Su capacidad para defender múltiples posiciones y frenar a jugadores que lo sacan de la pintura, lo convierten en el ancla defensiva del sistema de Stevens. Todo esto sumado a una buena lectura de ayudas y destreza a la hora de hacer correcciones.

Repasando los partidos contra Philadelphia vemos como Embiid sufre de manera muy considerable cuando el ’42’ se queda con él. El ‘Defensive Rating‘ de Boston en los enfrentamientos directos contra Sixers, cuando Al Horford está en pista, es de 102.8 puntos por cada 100 posesiones. Un adversario que esta temporada está promediando 111.5 de ‘Offrtg’ y que (contra Celtics) baja a los 103.4 puntos. Dicho ‘center’ con el tren trasero de un alero, con una capacidad para defender al poste prodigiosa y catalizar la defensa de los Celtics.

Pese a esto, su impacto no solo es visible en defensa, en ataque también desarrolla un papel fundamental. Con él en pista la circulación ofensiva de los Celtics goza de mayor salud y su visión de juego le permite ofrecer soluciones a sus compañeros. Es común verle involucrado en jugadas de ‘pick&pop’ u organizando el ataque desde la cabecera de la bombilla. El año pasado, Tatum y él, mostraron una gran química en ataque y con Irving ha tenido instantes de lucidez ofensiva. Sorprende las pocas veces que este año hemos visto a ‘Al’ y a Hayward ejecutar jugadas de ‘pick&roll’, una combinación que podría haber dado buenos resultados.

Todo esto no fue suficiente para doblegar a unos Bucks que fueron claramente superiores a los Celtics. Un 4-1 que sentó como una losa y despertó muchos fantasmas en el TD Garden, no solo por la derrota, sino por la imagen que dio la plantilla. Un vestuario con problemas y que no supo remar hacia un mismo sentido. Al Horford afrontará la próxima temporada con 33 años, pero antes deberá decidir si mantener su contrato o buscar una vía más sencilla hacia el Anillo. Las declaraciones que hizo acerca de su futuro tranquilizaron a la comunidad y todo hace pensar que seguirá, la gran duda es acerca de quién le acompañará. Además, este muy posiblemente sea su última gran firma en la NBA y cuesta pensar que renuncia a semejante cantidad de billetes.

Al Horford es un trébol de cuatro hojas que brilla en el TD Garden, sin él es complejo imaginar el futuro de la franquicia. Un equipo que tiene que aprovechar los últimos coletazos de una carrera marcada por una anomalía genética que lo han convertido en una figura tan especial. Aunque –como se suele decir por la ciudad de Boston– “It’s not luck’. Lo que está claro es que, el verdadero tesoro, es haber encontrado a ‘Alfredo’.

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Joe Fulks: una leyenda marcada por la II Guerra Mundial

La pequeña Murray State, hoy en boca de todos por Ja’ Morant, es una de las universidades más longevas de la historia. De allí salió una leyenda tardía que interrumpió su formación para unirse a los marines.

maanuf96@gmail.com'

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Carlisle Cutchin, 1925. Una época que se podría catalogar como “basket primitivo”, cuando menos, pero que nos dejó al encargado de instituir uno de los primeros proyectos ambiciosos en el baloncesto. Un estamento deportivo que albergaría sus inicios en Wilson Hall, un lugar que puede pasar desapercibido en el imaginario del lector, pero que fue el primer hogar de uno de los mejores programas de baloncesto universitario que se han conseguido prolongar con el paso de los años. En 1926 este recinto tuvo la suerte de ver nacer a un equipo que ha ido forjando una leyenda sobre su nombre hasta la actualidad, casi un siglo después. Ese conjunto son Los Racers, un claro ejemplo de rozar la gloria desde la humildad.

En Murray State, desde su fundación hasta 1941, fue Carlisle quien estuvo a las órdenes de la que se convertiría en su obra maestra. El entrenador, que solamente había vivido de primera mano la disciplina del fútbol, tuvo una época brillante en el deporte de la pelota naranja y fue fundamental para poner en el mapa a esta universidad.

El legado del coach también quedó reflejado numéricamente con 307 victorias y 106 derrotas, el mejor registro en todos los deportes que dirigió. El entrenador, natural de Calloway County, tiene a día de hoy numerosos récord de la universidad, como el mejor inicio de temporada con 19 victorias y una sola derrota, que llegó además en un apretado encuentro que enturbió una racha impoluta.

Mountjoy a las órdenes del banquillo

Rice Mountjoy había sido director atlético pero en 1941, cuando el mítico Cutchin abandonó el baloncesto para dedicarse al béisbol, fue reclamado para reemplazarle en el banquillo. Este nuevo entrenador llegaría con un gran talento debajo del brazo y muchas ideas para este equipo. El segundo nombre propio, tras el coach, fue el de Joe Fulks. Este jugador nacido en Kentucky estuvo dos temporadas entre las filas de la que se conocía en aquel momento como Murray State Teachers College.

En los dos años de Joe como universitario, solamente uno estuvo dirigido por Rice, dado que tras finalizar el curso decidió emprender una aventura hacía la escuela secundaria de Augusta Tighman. En aquella temporada aún mantendrían el tipo, con 18 triunfos y 4 derrotas. El juego que intentó establecer Mountjoy fue algo diferente a lo que se acostumbraba a ver en esa categoría no profesional.

El técnico tenía en su pizarras jugadas muy físicas que utilizaban como arma principal la fuerza bruta de algunos de sus jugadores. Otros instructores se aferraban a la expresión “más vale maña que fuerza”, pero Rice confiaba en sus ideales. En esos sistemas basados en el juego atlético salió un diamante en bruto que propuso algo diferente. Fulks, aparte de adaptarse a lo que le pedía su entrenador, fue el precursor del tiro en suspensión.

El año de Fulks con Miller

John Miller había sido un jugador de Murray, pero realmente nunca terminó de destacar sobre la pista aunque tuviera una buena forma de entender el deporte. Fue esto lo que le llevó hacía ser el relevo de Mountjoy y el nuevo instructor de ese tirador que había causado tendencia con su mecánica de tiro. El cambio de hombre a las órdenes del vestuario sirvió para darse cuenta del valor real de Fulks.

Con Miller a las riendas solamente firmaron una temporada para el recuerdo de las varias que estuvo allí, y no fue casualidad que coincidiera con el power forward. El impacto de Joe seguía creciendo hasta el punto de mejorar el balance de victorias de su primera season y quedar cuarto en el Torneo Masculino de la primera división de NAIA.

La carrera de Fulks parecía ir en trayectoria ascendente. Un joven chaval que había dominado en la liga universitaria durante dos temporadas y lo mínimo que se esperaba era verle con una elástica de la NBA o BAA en aquella época. El giro de la historia llegó cuando al finalizar el curso donde luchó por ser campeón dejaría de lado el baloncesto para ocupar una profesión distintas unos años.

Adiós a las pistas y hola a las trincheras

En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, por su atletismo y capacidades mentales fue inducido a alistarse como marine en mayo, poco después de haber sido baloncestista semi-profesional. Joe fue introducido en el 3er batallón de la novena infantería, que ya existía desde la Primera Guerra Mundial, pero había cesado en sus operaciones una vez finalizado el primer conflicto.

Fue en febrero, cuando Fulks disputaba la temporada regular con Murray, cuando se reactivó este cuerpo militar. Una de las primeras paradas fue en Cape Paerata (Nueva Zelanda) en 1943, aunque no fue hasta al incursión de Iwo Jima donde realmente destacó este escuadrón de la Marina durante la Guerra del Pacífico.

Mientras Joe luchaba por la bandera de su país no se habían olvidado de su estancia en Murray St. Con el ex-jugador entre las trincheras, su camiseta con el dorsal 26 se colgaba en lo alto del pabellón. Este acto simbólico fue el único momento de relación con el baloncesto mientras era un soldado, pero realmente lo que él quería era volver a disputar otro tipo de guerras donde no había armas sino un balón naranja que rebotaba sin hacer daño a nadie.

NBAE

Jugar al baloncesto no se olvida

Estar en un altercado político-miliar no había hecho olvidar a Fulks cual era su objetivo, ser un profesional del deporte que tanto había amado. En 1946, ya con 25 años, tuvo la oportunidad de firmar con los Philadelphia Warriors, una franquicia que siempre recordará las temporadas que vivieron con el ala-pívot entre sus hombres.

Pese a haber dejado de lado el basket, su regreso no dejó indiferente a nadie en la BAA. Siendo un rookie su huella se empezaba a grabar en la historia de la liga, puesto que anotando 23’2 puntos de media fue el máximo potencial ofensivo. Las ganas por regresar a esta disciplina le armaron de fuerzas para liderar a sus Warriors a conquistar el anillo de 1947.

Desde el año del campeonato hasta 1949, Joe se volvió un fijo en los mejores quintetos de la competición. El parón en el que cambió la pelota por el arma de fuego pareció que jamás existió dado que había vuelto mejor que nunca y rompiendo las expectativa que tenía puesta cuando jugaba en Murray St. La sensación fue de que entre las barricadas dedicó gran parte de su tiempo a perfeccionar sus habilidades baloncestísticas durante todos los ratos libres, y quien pensara eso no se equivocaba.

Petey Rosenberg, un miembro del equipo de Gottlieb en los viejos Sphas, fue quien le habló a Eddie Gottlieb, quien dirigía a los Phila de aquella época, sobre un soldado al que había visto jugando a baloncesto con unas cualidades maravillosas. En Pearl Harbor fue donde nació la oportunidad de Fulks para ir a cumplir “el sueño del jugador de baloncesto americano”. Su primer contrato fue minúsculo, por no decir testimonial, y es que cobró 5.000 dólares al año. Esta cifra le pareció poco y pidió 8.000 dólares, algo que asustó un poco a la directiva del equipo y obligó al jugador a trabajar duro para conseguir el trozo gordo de pastel con el tiempo tras esa poca confianza en su llegada a la profesionalidad.

El resto ya es historia del baloncesto. Esas noches de anotaciones por encima de los 60 puntos como el 10 de febrero de 1949 con un partido de 27 tiros de campo y 9 tiros libres anotados haciendo un récord que estaría años intacto. En esta velada anotó 63 puntos, con 30 de ellos antes del descanso, siendo un récord hasta que Elgin Baylor le superó el 8 de noviembre de 1959.

Una vez retirado del deporte, Joe se dedicó a ser director de recreación en la prisión del Estado de Kentucky. Su novia y él vivían tranquilamente en el Condado de Marshall hasta que el 21 de marzo de 1976 cambiara su suerte. Después de sobrevivir a una guerra, literalmente a una guerra, murió irónicamente a disparos por el hijo de su compañera sentimental en mitad de una discusión. Se podría que decir que… ¿Quién a hierro mata a hierro muere?

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Lou Williams, the Underground GOAT

The Underground GOAT. El mejor sexto hombre de la historia, un puesto que no pertenecía a Sweet Lou, pero que abrazó por necesidad, por darwinismo.

gasalvarez@gmail.com'

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Boomin’ out in South Gwinnett like Lou Will

6 Man like Lou Will, 2 girls and they get along like I’m (Lou Will)

Like I’m Lou Will, I just got the new deal

6 man, “If Your Reading This It’s To Late”

Drake

Uno de los grandes raperos del momento te escribe una canción, y de sexto hombre pasas a ser un icono pop. Sobre todo porque el mundo se entera de que andas por allí con dos novias. Los versos de Drake sobre Lou Williams no son más que una anécdota de la vida de unos de los mejores jugadores de banquillo que jamás ha visto la NBA, una anécdota que dio mayor visibilidad a un jugador habitualmente abandonado a la deriva mediática, que siempre destaca a las estrellas individuales en el océano de la liga.

Como el bueno vino, sin embargo, a Lou Will le ha sentado bien el paso de los años, tan bien que él se siente en su mejor momento deportivo. Sus números y su incidencia en la franquicia de Los Angeles Clippers, descabezada de lo que entendemos por estrellas convencionales, confirman sus sensaciones.

Lou, cuando escribo esto, está muy ocupado enviando a los vigentes campeones de la NBA al espejo del baño, donde se miran, buscan los síntomas y no encuentran, por mucho que remuevan en el botiquín dentro del armario, el analgésico adecuado. En una NBA capitalizada por el relato de las estrellas destaca el hecho de que los Clippers, liderados por dos hombres de banquillo –el propio Williams y Montrezl Harrell–, estén peleando contra los Warriors en playoffs mientras LeBron James y sus Lakers se lamentan acurrucados en el sofá de sus casoplones.

El valor colectivo cotiza al alza

Es  mérito de tipos como Lou, humildes, centrados y nada ostentosos, por mucho que se hable de sus dos novias. Según él, tampoco es algo raro en el mundo de la NBA y, siendo sinceros, no es raro en esas esferas de la sociedad. “Tengo que escuchar sobre eso cada día, cada día”, bromea Williams en un perfil de Sports Illustrated. “Hay más jugadores de lo que piensas que hacen eso. Yo solo fui el primero del que se habló en una canción”. Para los más curiosos, Lou deslizó que dejó de verse con una de sus novias, y hasta aquí sabemos.

Vayamos al baloncesto y a sus inicios. Lou compara su estilo en la cancha con el de Rick Ross, porque “es alguien con actitud relajada y que simplemente consigue resultados [en su trabajo]”. Williams de hecho, es un amante de las rimas y los beats. En el instituto, cuando no estaba atento a los profesores, se dedicaba a escribir algunos versos, lo que le ha llevado inevitablemente a tener buen rollo con varias estrellas del rap. Además de rimar, Lou también dejaba marca en el parqué, y de hecho fue proclamado Naismith Prep Player of the Year en 2005, galardón que destaca al mejor jugador de todo Estados Unidos en el instituto. Terminó su trayectoria escolar como segundo máximo anotador histórico en el estado de Georgia. Boomin’ out in South Gwinnett like Lou Will.

Lou apuntaba a primera espada, y tan buenas eran sus perspectivas que optó por saltarse la etapa universitaria y dar el salto directo al Draft NBA. Su mal rendimiento en los entrenamientos previos le enviaron hasta el puesto 45 de la segunda ronda. Un paso atrás que él, con su carácter, convirtió posteriormente en dos pasos al frente.

El espejo de Iverson

En los Philadelphia 76ers, Lou encontró un buen espejo en Allen Iverson. La estrella que él podía ser pero que jamás sería. “Nunca te he visto anotar en un partido de verdad”, le espoleaba AI en uno de sus primeros entrenos con los Sixers.

Williams se fijó mucho en el juego de Iverson, pero la NBA de ese momento había pasado página y buscaba otras características más allá del anotador puro. Además, para eso estaba AI en Philly todavía. Sus dos primeros años no dejaron pistas de lo que escondía ese menor de edad flacucho. Quizás sí que dejó alguna pista el hecho de que él mismo pidiera bajar a jugar con el equipo afiliado de la D-League.

Allí tuvo minutos y pudo destacar, y con los rumores de la partida de Iverson, Williams volvió al equipo y, la siguiente temporada, se estableció como un jugador solvente: le metías, anotaba, cumplía con su papel sin estridencias. Se ganó la extensión con su equipo  y fue creciendo como elemento clave del banquillo. Tras quedar segundo en las votaciones de mejor sexto hombre de la temporada 2011-12, Williams fue traspasado a los Atlanta Hawks.

Con los georgianos tuvo mala fortuna, se rompió los cruzados en su primera temporada  y no encontró su mejor ritmo en la segunda. El traspaso estaba a la vuelta de la esquina: Toronto Raptors es donde Lou empezó a llamar la atención de las gradas.

6th man

Primero la canción de Drake, pero sobre todo un temporadón como mejor sexto hombre de la liga –15,5 puntos, 1,9 rebotes y 2,1 asistencias en 25 minutos de juego–, le labraron cierta fama en la liga. La lógica hubiera sido renovar con Toronto, pero la lógica no cuaja a veces en la NBA.  Su gran campaña acabó en traspaso, quizás cuestión de cotización al alza y algún recelo técnico. Acabó en Los Angeles Lakers, donde acumuló en un año casi las mismas titularidades que en sus siete temporadas en Filadélfia –35 y 38 respectivamente, acumulando 110 partidos de 936 como titular en toda su carrera–.

Williams cumplió de sobras, pero los Lakers eran los mismos de hoy en día, un conjunto depresivo para dentro y para fuera. Lou mostró su frustración al volver a cambiar de cromos dos veces más en medio año. Acabó la temporada de 2017 en Houston y empezó la de 2018 con los Clippers, donde por fin escuchó lo que hacía tiempo que anhelaba escuchar. Con 32 años, Doc Rivers supo ver lo que el resto de equipos no habían visto: un tremendo líder del vestuario y un jugador dispuesto a hacer lo fuera por ayudar al colectivo.

La estrella está en el banquillo

“Yo sí te quiero aquí, para largo”, recuerda Williams sobre su primer encuentro con Rivers y sus palabras. Con 31 años, Lou sacó su mejor juego a relucir gracias al esquema colectivo planteado por Doc, que define así a su actual plantilla: “Quizás no tenemos a muchos tipos que encajen en el criterio tradicional de estrella, pero tenemos a muchos tipos que juegan como estrellas”. Williams selló su segundo premio de mejor sexto hombre de la temporada con 22,6 puntos, 2,5 rebotes y 5,3 asistencias por partido en 32,8 minutos de juego. Los Clippers centraron algunos focos gracias a su juego y a su valor de equipo sin estrellas de primer calibre.

Esta temporada ha sido más de lo mismo, incluso mejor si nos fijamos en los términos relativos. Williams, que se la está liando a Golden State Warriors en la primera ronda de estos playoffs, terminó con 20 puntos, 3 rebotes y 5,4 asistencias por partido en –¡atención!– 26,6 minutos de juego. Efectivo y eficiente como nunca. Su año bien le podría valer su tercer título como mejor sexto hombre de la temporada, un hito solo conseguido por otro histórico Clipper como Jamal Crawford.

Los números están allí, pero la verdadera importancia se esconde entre bambalinas. “Si quieres formar parte de un equipo, ser un jugador de equipo, y realmente lo dices en serio, aceptas el papel que te toca”, comenta Lou en conversación con The Undefeated. “Siempre escuchas esos clichés de ‘voy a hacer lo que sea para ayudar a que el equipo gane’. A mi me pusieron en esa situación. Tenía que predicar con el ejemplo. Sentirlo de verdad. Esa parte se quedó conmigo. Siempre quise ser recordado como un jugador de equipo y no un egoísta”.

De hecho, más allá del valor colectivo que aportan tipos como Williams a la liga, también hay un punto de mentalidad de nuestra sociedad en la que Lou toca hueso. Así nos lo explica él: “Empiezas a hablar con tu familia y nadie te va a decir que deberías aceptar un papel de banquillo. Te van a decir, ‘deberías ser titular, deberías ser una estrella’. Eso fue un contratiempo que me encontré muy pronto en mi trayectoria. Tuve que lidiar con ello”.

Lo que Williams viene a decir es aplicable a la NBA y a la vida. En estos tiempos de capitalismo salvaje, hiperconectado e hipercompetitivo, hay alternativas a la cultura dominante que promueve al individuo que es superior al resto. En el planeta hay casi 8.000 millones de personas, y no todos podemos encajar en el molde. La clave está en entender la posición de cada uno y trabajar duro: no para ser el mejor en algo, sino para ser la mejor versión de uno mismo, que es algo muy distinto. El primer tipo de persona no ayudará al prójimo, mientras que el segundo será un excelente contribuyente a la hora de mejorar lo que sea: un compañero, un equipo, una vida, una familia.

Ver a Lou Williams con la pelota nos recuerda dos cosas: hay que ser bueno, pero sobre todo hay que ser generoso y currante con las miras puestas en mejorar a tu entorno.

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SKYHOOK #16

 

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