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Reflejos

El Madison obró el milagro

JuanEscudero@skyhook.es'

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En este caso y sin que sirva de precedente, vamos a comenzar por el final:

  • 27 de noviembre de 1996. Salt Lake City. Utah Jazz 107, Denver Nuggets 103. Los locales van perdiendo por 36 puntos al comienzo del tercer cuarto, pero recuperan la enorme desventaja para acabar ganando. Es la mayor remontada en la historia de la NBA.
  • 21 de diciembre de 2009. Chicago. Los Bulls ganan 79-44 a los Sacramento Kings con 8:50 por jugar del tercer cuarto. Sin embargo, los visitantes cogen una impresionante racha que les dispara hacia un parcial de 58-19. Los Kings salen victoriosos y rompen con las apuestas, 98-102.
  • 25 de noviembre de 1977. Atlanta. A 8 minutos y 43 segundos para la finalización del partido los Hawks van ganando a los Milwaukee Bucks por 111 a 82, y el partido parece totalmente decidido. Pero nada más lejos de la realidad, en una furiosa reacción los Bucks endosan un parcial final de 35 puntos a 4, para acabar ganando por 117-115. Estamos ante la mayor remontada de la historia en un último cuarto.

Siempre desde el punto de vista estrictamente numérico, estos tres partidos ocupan el lugares muy destacados en cuanto a remontadas históricas en el marco de esta competición. Sin embargo, existió una que, aunque no llega a los guarismos casi inigualables de las anteriores, las supera en pedigrí, importancia y un cierto romanticismo. Primero, porque enfrentaba a dos de los tres mejores equipos del momento, y segundo, porque se produjo en un escaso margen de tiempo y sin que el conjunto derrotado fuera capaz de anotar un sólo punto. Vayamos a la pura descripción de los hechos.

El poderoso e influyente entorno mediático del área de New York, y por ende también la afición, había encontrado al fin una escuadra competitiva a su medida real, una auténtica potencia deportiva que había sucedido a los Boston Celtics como principal representante de la Conferencia Este. Elecciones positivas en el draft y algún que otro traspaso afortunado conformaron una plantilla de primerísimo nivel, la cual se llevó a casa el primer anillo en 1970. Al mismo tiempo, un joven neoyorquino afincado en Milwaukee empezaba a mostrar sus credenciales. Kareem Abdul Jabbar se había unido a los Bucks vía número 1 del draft en 1969. La franquicia de Wisconsin le quitaría la supremacía momentáneamente a los Knicks en 1971, y un año después los Lakers barrerían durante toda la temporada. Pero la llamada élite de la liga permanecía clara; Knicks, Bucks y Lakers estaban destinados sobre el papel a repartirse el pastel durante un tiempo bastante apreciable.

Madison Bucks Kareem

SI.COM

El 18 de noviembre de 1972 el mágico ambiente del Madison Square Garden acogería una velada de excepción, Knicks y Bucks medirían sus fuerzas por primera vez en una temporada casi recién iniciada y en la que dominaban sus respectivas divisiones (Knicks 15-3, Bucks 12-4). Todos estarían presentes; Jabbar, Oscar Robertson, Walt Frazier, Earl Monroe, Willis Reed, Bill Bradley, muchos de los iconos de los 70 en acción. Sin embargo, toda la expectación creada no se vio reflejada en los primeros tres cuartos y la mitad del último. Los Knicks estaban realizando uno de los típicos malos partidos que salpican una temporada muy larga, ni siquiera llegaban ni al 40% de acierto en tiro en esos 42 minutos, y se mostraban muy inseguros en el manejo del balón. Los Bucks tampoco es que estuvieran realizando el partido del siglo, pero al menos sí que mantenían su estilo prefijado consistente en volcar su juego en las manos, el cerebro y la enorme agilidad del mejor pívot del momento y probablemente de todos los tiempos, Abdul Jabbar. Por cierto, Jabbar (Lewis Alcindor en su antigua vida católica) era oriundo de New York, y en el Madison no solía ser, por decirlo de una manera suave, bien recibido. Cada vez que jugaba en casa tenía que aguantar estoicamente las iras del agresivo público local. Las ínfulas del respetable no afectaron lo más mínimo en esta ocasión a la estrella visitante; a falta de 5 minutos y 50 segundos para el final del partido los Bucks marchaban cómodamente por delante, 68-86, y la sensación general se inclinaba más a una paliza en toda regla que a otra cosa. Pero, de repente, algo extraño sucedió. Dave DeBusschere, alero de los Knicks:

 “Siempre se puede conseguir la victoria, bajo cualquier circunstancia. Este es un pensamiento que en la teoría es factible, aunque con 18 puntos abajo a falta de 6 minutos no se suele pensar en ello. No recuerdo un punto de inflexión claro, no existió un tiempo muerto de nuestro entrenador Red Holzman proporcionando una receta mágica para revertir el resultado. Nada de presión a toda pista o tácticas extrañas. Simplemente ellos empezaron a fallar absolutamente todo; tiros libres, los sky-hooks de Jabbar, los tiros de perímetro de Oscar. Era incomprensible, ilógico, quizás se relajaran demasiado. Nosotros, todo lo contrario”.

Lo único cierto fue que a partir del momento en que Bobby Dandridge anotaba para los Bucks el punto número 86, el aro local se empequeñeció hasta llegar al tamaño de un alfiler. Podríamos poner un título a los últimos seis minutos, algo así como “la crónica de un milagro no anunciado”:

  • 5 min, 11 seg. Earl Monroe roba un balón, penetra y saca un 2+1. 71-86.
  • 4 min, 52 seg. Bobby Dandridge ejecuta un mal pase. Walt Frazier roba y anota. 73-86. Tiempo muerto inmediato de Larry Costello, entrenador de Milwaukee.
  • 4 min, 12 seg. Nuevo robo de balón de Frazier. El mismo anota dos puntos más. 75-86.
  • 3 min, 58 seg. Oscar Robertson falla desde media distancia. Rebote en ataque para Jabbar. Increíblemente, a menos de un metro yerra un tiro muy cómodo en teoría. Rebote para Willis Reed. Earl “The pearl” Monroe remonta la línea de fondo en la acción siguiente y anota. 77-86.
  • 3 min, 13 seg. Oscar comete otro incomprensible turnover. Jugada de los Knicks que acaba con canasta de nuevo de Monroe. 79-86. Rugen las gradas del Madison. Han olido la sangre como un tiburón hambriento.
  • 2 min, 23 seg. El sistema de los Bucks acaba de la manera lógica, con Jabbar el poste bajo. Sky-hook de éste, pero falla. Rebote para Dave DeBusschere. La jugada acaba en el mismo DeBusschere fallando el tiro y también Monroe cuando recupera el rebote ofensivo. Sin embargo, se produce salto entre dos. Ahora sí que DeBusschere anota tras recuperar posesión los Knicks. 81-86. Otro tiempo muerto de Larry Costello.
  • 1 min, 52 seg. Bobby Dandrige falla por dos veces, la inicial y tras rebote en aro contrario.
  • 1 min, 19 seg. Earl Monroe, el principal instigador de la heróica remontada, vuelve a forzar una entrada suicida. Dos puntos. 83-86.
  • Kareem yerra otra vez su casi infalible sky-hook. Rebote para Willis Reed y subsiguiente fallo de Walt Frazier. Rebote para Oscar.
  • 0 min, 53 seg El propio Oscar sube la bola, toma la iniciativa, pero falla una vez más un tiro lejano. Rebote para Bill Bradley.
  • 0 min, 47 seg. Falta de Lucious Allen a Frazier. Tiempo muerto de Red Holzman. Los dos tiros libres suben al marcador. 85-86.
  • Tiempo muerto inmediato de Larry Costello. El último de la noche.
  • Falta de Frazier a Allen, un gran tirador de tiros libres con más del 85% de acierto. Pero, increíblemente, falla los dos.
  • 0 min, 27 seg. Canasta de Earl Monroe. 87-86. Los Knicks por delante por primera vez desde el primer cuarto.
  • Enésimo sky-hook errado de Jabbar. Rebote para Dave DeBusschere. Los Knicks agotan los 24 segundos sin lanzar. Pero aún restan 2 más.
  • Pase largo de Lucious Allen a Jabbar. Intenta el gancho con el tiempo a cero, pero el balón es escupido por el aro. Suena la sirena.

El estruendo en el Madison Square Garden amenaza con derrumbar los cimientos. Los espectadores son conscientes de que acaban de presenciar en directo un hecho cuasi milagroso. Las caras de los perdedores son un poema. No se trata de un partido trascendente, pero a nadie le gusta perder, y menos de esta manera absurda y tan alejada de la lógica. John McGlokin, jugador de los Bucks:

“Estaba sentado en el banquillo viendo la manera en que los hechos se iban desarrollando. Recuerdo que mascullaba, esto es ridículo, no hay manera de que nos cojan si seguimos jugando de esta manera. Lo siguiente de lo que fui consciente es de que nos habían ganado. No daba crédito”.

Aquellos memorables seis minutos de gloria aún son recordados en la Gran Manzana por los aficionados clásicos y veteranos. Resultó ser un vaticinio y un presagio perfecto para lo que aconteció meses más tarde, cuando los orgullosos Knicks se llevarían su segundo, y hasta el momento, último anillo. ¿Cuándo volverán los buenos tiempos al Madison? La pregunta del millón.

Madison Knicks

Foto: NBAE

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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