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Reflejos

Los Jazz que no conociste

With the third pick in the 1982 NBA Draft, The Utah Jazz select Dominique Wilkins…

Un lujo innecesario. Aunque la televisión norteamericana se empeñara en pasar esos clips presentando al jugador,  a esas alturas todo el mundo conocía a Dominique Wilkins, que se había convertido en una reluciente estrella universitaria jugando para los Bulldogs de la Universidad de Georgia. Allí había triunfado gracias a un estilo de juego vibrante y letal, casi felino. Dotado de un tren inferior fabuloso, de él se podía destacar su maravillosa facilidad para anotar, algo que había hecho cada noche durante tres años mientras su cotización subía sin cesar. Nombrado como el mejor jugador de la Conferencia Suroeste en su año sophomore,  el impacto que iba a tener como profesional era uno de los debates habituales en cada uno de sus partidos desde hacía meses.

Sin lugar a dudas, el suyo era uno de los nombres más esperados aquel 29 de junio en un Felt Forum en estado de ebullición. La NBA había dejado atrás la oscuridad de los setenta y la nueva década había traído una oleada de talento a lomos de  jugadores carismáticos, encabezados por Larry Bird y Magic Johnson, y esperaba con los brazos abiertos al puñado de nombres ilustres procedentes del baloncesto universitario que albergaba la promoción del 82.

Como no podía ser de otra forma, uno de esos nombres sería el primero en estrechar la mano a comisionado. Los Lakers completaban una plantilla de ensueño con el novato de North Carolina James Worthy, el alero estrella del vigente campeón de la NCAA. Un elección tan lógica como esperada. La segunda se demora unos minutos, hasta que aparece O’Brien y anuncia que los San Diego Clippers se hacen con el talentoso alero alto Terry Cummings, procedente de DePaul. Unos murmullos se hacen notar en la coqueta sala tras el anuncio. Es una elección extraña, ya que los Clippers, que esa temporada han ganado tan solo diecisiete partidos, tienen a Tom Chambers como su mejor jugador. Y Chambers, que ha cuajado una notable temporada de novato, juega exactamente en la misma posición que Cummings.

La elección de los Clippers pilla por sorpresa a Frank Layden, el General Manager de Utah Jazz, franquicia que escoge en tercera posición, y que de repente se encuentra frente a una de las disyuntivas más típicas a las que se puede enfrentar un equipo que elige tan arriba. ¿Escojo lo que me hace falta o al mejor jugador disponible?

La solución a esta respuesta se suele encuentrar en una regla no escrita de la NBA: “draft for talent, trade for need”. O lo que es lo mismo, elige al bueno y ya veremos después que hacemos con eso. Layden no es hombre de experimentos, y tras unos instantes de confusión, el comisionado de la NBA pronuncia la frase que encabeza este artículo. Dominique Wilkins jugará para los Utah Jazz a partir del mes de octubre de 1982. O eso al menos es lo que todo el mundo espera.

Dominique no era la primera opción para Layden, y no precisamente por una cuestión de talento. El alero de Georgia estaba considerado un novato capaz de aportar desde el primer día, pero jugaba en la posición de Adrian Dantley, que la temporada anterior había anotado para los Jazz más de treinta puntos por noche, en su mejor carrera como profesional.

Ese enorme caudal del puntos no habían servido de demasiado a un equipo que después de tres años en Salt Lake City, se encontraba en un punto muy bajo. Durante la temporada regular solo se habían conseguido sumar veinticinco victorias, un rumbo que había propiciado que Layden descendiera del despacho al banquillo, sustituyendo a Tom Nissalke después de apenas veinte partidos jugados, que se saldaron con apenas ocho victorias. Frank tampoco logra enderezar el rumbo de una plantilla con graves carencias en la zona, que depende en exceso del rendimiento de un pívot tan limitado como Jeff “Big Dipper” Wilkins y el marginal Ben Poquette. El draft debería solucionar ese colosal agujero.

Sin embargo, una plantilla de solo veinticinco victorias no es el principal problema de los Jazz. Desde su mudanza a Nueva Orleans, la situación económica de la franquicia es agónica. Sam Battistone, el propietario, nunca ha terminado de creer en el proyecto de un equipo de baloncesto en Salt Lake City,  y por el momento las cifras le dan la razón. Los Jazz están lejos de ser un negocio rentable, y para colmo cada vez atrae a un menor número de fans a las gradas del Salt Palace, que huyen desencantados por la marcha del equipo. Tan complicada está la situación que la posibilidad de una mudanza es algo más que una mera especulación de la prensa, y ya se barajan posibles destinos para los nuevos Jazz.

Ajeno a esos rumores, Frank Layden se reúne con Wilkins a los pocos días de su elección para mostrarle la franquicia por dentro y hablarle de los planes de trabajo de cara al verano. El alero se adentra por las calles de Salt Lake City, y aunque no ve un dichoso hermano negro en todo el trayecto, se acaba haciendo a la idea de jugar allí. Al fin y al cabo, en eso consiste el baloncesto profesional. Durante aquellos días se sucederían distintas conversaciones entre coach y jugador, hasta que llega un momento clave en esta historia, que lo cambiaría todo para siempre.

Layden le expone su plan. Sabe que se equipo necesita puntos por dentro, pero también reconoce que no tiene material humano para eso. Por eso, le propone a Wilkins la posibilidad de jugar a tiempo completo como power forward. Nique piensa  que Layden se ha vuelto chiflado. Había jugado de cuatro en ocasiones puntuales, pero jamás a tiempo completo. Y era inconcebible empezar ahora, ante tipo mucho más altos y pesados que el. El muchacho se toma aquello como un ataque a su juego -“para que demonios me escogieron si querían un pívot” y se opone completamente. Lo hace de una forma tan rotunda que impresiona a una roca como Layden, que se nota incapaz de hacerle cambiar de opinión.  Durante las siguientes semanas Layden lo volvería intentar, pero la respuesta sería siempre la misma. “No soy un cuatro, y nunca lo seré”. La bola de nieve va en aumento cuando los rumores sobre la rebeldía de Dominique saltan a la prensa, momento en el que Layden se plantea algo que hasta hace unos días jamás creería posible. Quizá lo mejor sea traspasar al novato.

Esa percepción no se debe exclusivamente a la actitud del alero. La situación económica de la franquicia ha virado en dramática, y la NBA tiene más dudas que nunca de la viabilidad del proyecto. Los Jazz necesitan una inyección de capital de forma urgente, y la opción de traspasar a Wilkins por un montante económico cobra solidez. Las semanas pasan y el teléfono de Layden echa humo. Durante todo aquel verano no tendría un solo día de descanso, hablando con unos y con otros, intentando sacar un jugador mejor, unos dólares más. Finalmente, el 2 de septiembre de 1982, Dominique Wilkins es traspasado a su destino favorito, los Atlanta Hawks. A cambio, los Jazz reciben a John Drew y Freeman Williams, además de una considerable suma económica -aunque la cantidad no fue revelada en su momento, todas las fuentes hablan a una cifra en torno al millón de dólares de la época-.

No hace falta decir que deportivamente, el traspaso puede estar considerado como uno de los más desequilibrados de la historia favor de los Hawks. Económicamente, un millón en 1982 para una franquicia moribunda puede ser la diferencia entre salir o no a jugar otra temporada más. Sin embargo, lo más llamativo de todo el movimiento son las declaraciones horas después de Sam Battistone. “Otros equipos nos habían ofrecido más dinero por Wilkins, pero también queríamos jugadores de calidad”. Quizá el movimiento había salvado a la franquicia, pero desde luego tomar el pelo a los pocos fans de los Jazz no era la mejor manera de venderlo.

Mientras tanto, a dos mil millas de allí, Dominique Wilkins era presentado por el equipo con el que haría historia durante la próxima década. ”Siempre pensé en venir a Atlanta, desde que estaba en la universidad. Y sin embargo, nunca creí que ese sueño se haría real”.

Uno de los pasatiempos favoritos de cualquier buen aficionado de los Utah Jazz durante los últimos años es especular que habría pasado si en el mismo equipo hubieran podido reunir a John Stockton, Karl Malone y Dominique Wilkins. A esa hoguera echó un poco de leña al fuego el propio Nique en una entrevista a Deseret News, en la que afirmaba que jugando con ambos, probablemente podrían haber ganado algunos campeonatos. En plural.

Siendo unas elecciones no demasiado elevadas -sobre todo la del base- es un ‘what if’ bastante consistente, en el que además parece que la compatibilidad por posiciones sería afactible. Está claro que en teoría sería un equipo capaz de forjar una dinastía y de llevarse varios anillos. Pero ya saben, es teoría. Y en teoría el comunismo funciona.

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