En un deporte tan peregrino como el baloncesto donde los contratos que se firman apenas llegan a una temporada, encontrar jugadores que decidan quedarse algo más de tiempo, digamos toda una vida, es un bien muy escaso. Todavía resulta más exótico cuando estos iconos pasan a formar parte del paisanaje de la ciudad en la que jugaron durante seis temporadas. Con el 11 a la espalda y la sonrisa en el rostro, “Gregorio” se quedó en la memoria de la sociedad isleña para siempre.

Greg Stewart siempre fue un jugón. Desde las canchas del Bronx donde creció, pasando por el Olímpic de Badalona o el Centro Insular de Deportes, hasta las canastas de cualquier barrio de Las Palmas de Gran Canaria. Sus 17´3 ptos, 8´2 reb y 18´1 de valoración media en ACB así lo demuestran. Sus reversos a los 50 años en las enjauladas canchas de Alcaravaneras lo corroboran. Da igual que delante tuviese a Audie Norris o un chaval de barrio defendiéndolo, el baloncesto seguía sonando exactamente igual, como una dulce melodía ajena al paso del tiempo.

El pívot, de poco más de dos metros de genuina  clase, pero sin ese físico dominante que se estilaba en los americanos de los ochenta, hizo carrera en España gracias a su gran calidad… y a su lanzamiento. Ver interiores tirando de tres es algo que el baloncesto moderno está habituado a ver, por entonces desde luego no tanto.

Del Greg asentado en Canarias y referente en la calle sabe más que nadie su hijo Devon, que lo vio crecer junto al ruido de la pelota botando sobre el asfalto y la red metálica acariciando la pelota. “Mi padre llegó cuando yo tenía 3 años. Le encantó la isla y su gente. Era una persona humilde tanto en la cancha como en casa, muy familiar y dedicado al baloncesto profesionalmente o como forma de hacer ejercicio. Tenía muchos amigos y muchas personas que lo apreciaban y respetaban, llamándolo “Gregorio”, aunque él se llamase Greg”.

Y es que Greg, aun retirado, seguía pateándose la ciudad cada fin de semana y disfrutando del basket. “Una vez retirado solía ir casi todos los días a correr a la Avenida Marítima conmigo, hacer ruedas de tiro para después jugarnos todas las tardes los 3×3 en las canchas de la ciudad. Intentaba seguir haciendo lo que le gustaba”.

Foto: Canarias 7

El neoyorkino fue pieza clave en el ascenso y posterior asentamiento amarillo en la máxima competición del basket español. Que el Herbalife Gran Canaria esté disputando la Euroliga se debe en gran medida a jugadores como Greg, cuya aportación fue clave en toda su estancia en la isla: “llegó formando parte de un equipo que estaba en Segunda, metiendo en muchos partido más de 30 puntos. Siempre me he sentido orgulloso de ver al Granca y saber que mi padre luchó por sus colores”.

Asentado en la isla se amoldó bien a las costumbres y clima isleños, aunque sin perder las “raíces”, como nos comenta su hijo: “Un día había una entrevista en la que tenía que salir por la tele la historia de mi padre para lo cual mi hermana y yo lo habíamos preparado todo por la mañana. Cuando vinieron Greg nos hizo el desayuno con café, aparentando ser el padre perfecto que sale en las películas. Una vez se fueron puso la música Hip Hop a tope y dijo que por fin podía volver a ser él mismo otra vez”.

Genio y figura, Gregorio Stewart no fue un americano más dentro de la larga nómina de estadounidenses que ha tenido el C.B Gran Canaria, sino que formó parte íntegra del “streetbasket” de la sociedad isleña. Su pérdida fue un palo para todos aquellos que lo conocían, aunque su legado sigue latente.