Nos trasladamos al Palau Blaugrana en un 16 de mayo de 1989. Primer asalto del play-off final más recordado de la historia de la liga ACB. Por cierto, el ínclito Juan José Neyro pitaba el primer partido de la final, y repetiría en los partidos impares (los que ganó el Barcelona).

Willis Reed fue un center de los Knicks de New York famoso, aparte de por su excelente carrera profesional, por protagonizar uno de los acontecimientos más recordados de esa máquina de generar emociones que siempre ha sido la NBA. En el séptimo partido de la final de 1970 frente a los Lakers de Wilt Chamberlain, Elgin Baylor y Jery West no estaba prevista su aparición debido a una lesión que le imposibilitaba incluso caminar normalmente. Pero Reed hizo de tripas corazón, saltó a la cancha cojo, anotó las dos primeras canastas del partido en dos suspensiones lejanas y, lo que fue más importante, minó la moral de los Lakers e insufló a sus compañeros de la vitalidad y la fuerza necesarias para doblegar al teórico equipo más poderoso. No ha sido el único caso en la historia del baloncesto en el que se han producido resurrecciones milagrosas, desde luego, pero en España el episodio más comentado tuvo lugar en el segundo partido de la histórica final ACB de 1989.

En el primer acto del play-off final de la ACB el Barça había arrollado al Real Madrid por 25 puntos de diferencia, apoyándose en la superioridad manifiesta de los hombres altos, Audie Norris, Andrés Jiménez y Granville Waiters, sobre la destartalada y fundida batería blanca. El panorama se observaba desolador: Fernando Martín ausente por problemas de espalda, Fernando Romay (sólo 5 minutos de juego en el primer envite), Johnny Rogers y Antonio Martín tocados y al 50% de capacidad. Aito García Reneses, a la sazón entrenador del Barcelona, lo definía perfectamente:

“Fernando Martín es la clase de jugador sin el cual el Madrid pierde de 25”.

Y lo peor del caso es que nada hacía presagiar que la espalda del convaleciente iba a mejorar para futuros compromisos. Los fisioterapeutas del equipo trabajaban a marchas forzadas para revertir la situación. Mientras, en el hotel, los jugadores del Madrid esperaban cabizbajos la hora en que les citarían para la segunda ejecución pública. Drazen Petrovic no hacía más que repetir la cantinela: “Sin Fernando no tenemos nada que hacer”. Cosa extraña en el croata, un personaje siempre activo, optimista, y con una moral a prueba de obuses. Pero de repente se hizo la luz. Un tipo alto y fuerte abría la puerta del comedor del hotel y se unía a sus compañeros:

“Pringaos, no me he levantado de la cama para perder”.

Los testigos presenciales coinciden en señalar que la cara de Drazen se iluminó de repente y musitó: “Hoy ganamos, ganamos seguro”.

Foto: MARCA

Y se cumplió lo prometido. Fernando se fajó en defensa contra Audie Norris y todo bicho viviente, aunque en ataque no pasara de discreto, 7 puntos. Pero lo más importante fue que transmitió a sus compañeros el ansia del triunfo perdida, a pesar de que en la primera parte se tuvo que ir al banco con cuatro faltas. El Real Madrid mantuvo el tipo perfectamente en el marcador hasta que el mayor problema que sufrió en los cinco partidos de la final –la acumulación de faltas- le pasó factura. Cargol, Llorente, Romay, el propio Fernando Martín, iban desfilando poco a  poco hacia el banquillo con cara de circunstancias. 72-64 para el Barça a falta de 10 minutos.

Pero un Petrovic a tope de motivación provocó la reacción blanca. Mientras, el Barcelona inexplicablemente se vino abajo y cometió errores impropios de un equipo veterano y sabiamente dirigido. Simplemente no supieron como rematar a un enemigo al borde de la rendición y lo pagaron caro. Epi no estuvo a la altura, sólo 3 de 13 en tiros de campo. En los últimos 10 minutos de partido un parcial de 9 a 24 inclinó la balanza a favor de los merengues cuando todo parecía perdido. Vuelta a empezar.

La tremenda descarga de adrenalina que supuso aquella victoria no ocultaba una realidad descorazonadora en forma de problemas que seguían persistiendo en el seno del Madrid. Las lesiones y el mal estado físico de los hombres altos no iban a desaparecer de la noche a la mañana, y Aito lo sabía perfectamente. Petrovic podía salvar la papeleta puntualmente y ganar un partido por sí mismo –como hizo en el cuarto-, pero no era un Dios infalible. El entrenador madrileño incidió aún más en la labor de zapa táctica y de acoso y derribo continuo a los pívots blancos, hasta agotarlos físicamente o sacarlos del juego por las faltas. A la larga la estrategia se tornó perfecta. No había más que esperar a que un árbitro estuviera por la labor, sacara a la luz viejos conflictos y decantara el equilibrio hacia el lado blaugrana. Fin de la historia.

El tercer partido de la serie devolvió, como vemos, al Real Madrid a la cruda realidad, 86-100, y la sensación de una muerte rápida asolaba la moral de los aficionados blancos. Únicamente con juego exterior es imposible ganar una eliminatoria larga y complicada, y más sin ventaja de campo, aunque dispongas del jugador más decisivo de Europa. Éste puede surgir en momentos determinados, pero a la larga se impone la lógica aplastante.

El cuarto episodio respondió más a un ejercicio de heroicidad particular que a otra cosa. Porque durante los 40 minutos se volvieron a concatenar una serie de acontecimientos que dejaban prácticamente a Drazen Petrovic como a un improvisado Gary Cooper; solo ante el peligro, al igual que en la fastuosa final de la Recopa. Johnny Rogers veía el juego vestido de calle, Fernando Romay sólo estaba en condiciones de saltar un ratito a la cancha a hacer un poco de bulto y ayudar en lo que pudiera. Para colmo de males, Fernando Martín se autoexcluyó del juego gracias a una serie de faltas tontas y a una técnica sin venir a cuento cuando su concurso (a pesar de no estar brillante cara al aro) se hacía imprescindible. También las faltas acuciaban a Biriukov. A Sáinz no le quedó más remedio que lanzar a un inevitable bautismo de fuego a Quique Villalobos y Pep Cargol, y sobre todo, encomendarse a la magia de Petrovic.

José Luis Llorente, por mor de lo que sucedía, tuvo que saltar a la cancha muchos minutos:

“En el cuarto partido jugué bastante con Petrovic a mi lado como escolta. Y la táctica estaba clara, lo buscábamos continuamente jugando sistemas con bloqueos directos y yo lo animaba a tirar siempre que tuviera una posición medianamente cómoda. Cuando acabó el tiempo hablamos un momento y le dije ‘¿has visto cómo no es necesario que tengas tanto tiempo el balón en tu poder para anotar mucho?’. Huelga decir que si no está Drazen aquel día nos meten otra de escándalo”.

El angelito acabó con 42 puntos y 8 de 11 en triples, ambos records para una final de la liga ACB. Apareció sobre todo en la segunda parte para firmar 27 puntos y 6 triples, cuando lo normal habría sido el irremediable despegue del Barça. 88-87 fue el resultado definitivo. La agonía se estaba alargando más de la cuenta. Ya quedaba únicamente un partido para dilucidar el campeón y la ventaja de campo se antojaba muy valiosa, pero con un jugador como aquel cualquier cosa era posible.

Un par de años antes, durante uno de los habituales partidos amistosos de pretemporada que la Cibona de Zagreb jugaba en España, Drazen Petrovic protagonizó un desagradable incidente con el árbitro español Juan José Neyro, escupiéndole a la cara después de una discusión por una falta no pitada. Por aquel entonces, el jugador yugoslavo aún no había dejado a un lado la faceta oscura y desagradable que convivía con su innegable capacidad para elaborar un baloncesto de alta escuela. No son pocos los que piensan que el ya desaparecido árbitro bilbaíno[1] no olvidó lo acaecido y se lo guardó para sí esperando pacientemente una ocasión en la que devolverle al jugador la afrenta recibida.

El jueves 25 de mayo de 1989 tendría lugar uno de los encuentros más famosos de la historia del baloncesto español. Y llegado el momento había que olvidar lesiones, dolores y demás disquisiciones clínicas. Los Martín, Romay y Rogers debían saltar a la cancha, mal que bien, a entregar la última gota de sudor en un último esfuerzo. El partido no comenzó de forma negativa para los blancos, que dominaban en los primeros compases apoyados en el buen hacer de Antonio Martín, Biriukov y las rachas de Petrovic. Llegaron a adelantarse en el marcador hasta por siete puntos, 32-39, y la victoria parecía factible. Pero rápidamente los jugadores se empezaron a dar cuenta de algunos detalles que parecían indicar que algo no iba del todo bien. José Luis Llorente:

“A pesar de las dificultades nos fuimos al descanso con una ligera ventaja y jugando bastante bien. En el vestuario empecé a mirar las estadísticas y me fijé en un dato curioso: en la columna de las faltas personales leí 3,3,3,2,3,3….Recuerdo que pensé que en la segunda parte íbamos a sufrir lo indecible. Pero fue más que eso. El concepto clave aquí es el listón que se aplica a la hora de señalar las faltas. Los árbitros pueden colocarlo a una altura u otra, pero lo que no se puede hacer es cambiarlo cuando se trata de zonas del campo opuestas. Yo no digo que en nuestra zona no cometiéramos faltas, de acuerdo, quizá lo eran, pero en la del Barça no se pitaba la misma acción. Los árbitros (en especial Neyro) no midieron por el mismo rasero a uno y otro equipo”.

Lo que en el descanso era un 48-50, avanzada la segunda parte se convirtió en un 85-74, y finalmente en un 96-85. Los madridistas se significaron hablando de robo manifiesto, mientras que los barcelonistas lo tildaban de victoria justa en un partido en el que el Madrid se había empleado con excesiva dureza, lo que justificaba el número de faltas recibidas. Los números, sin embargo, no constituyen motivo de discusión, y están ahí para que cada uno los interprete: 40 faltas señaladas al Real Madrid, 19 al Barcelona. Eliminados azulgranas: 0. Eliminados blancos: toda la primera plantilla excepto Romay (el cual de todas maneras no jugó más que 6 minutos totalmente cojo hasta que se resintió definitivamente y tuvo que abandonar), Villalobos y Llorente. El Madrid acabó de una forma poco usual hoy en día, con cuatro jugadores sobre la cancha, dos de ellos juniors (Ribas y Javi Pérez), y no precisamente los 20 o 30 segundos finales, sino más de 5 minutos. Y Drazen acabó hundido, abatido, totalmente anulado en la segunda parte.

La denominada “Liga de Petrovic” acabó vistiéndose de azul y grana. Las reacciones públicas no se hicieron esperar, primero de Epi, el cual perdió los papeles agrediendo a Fernando Romay en una acción del juego, y posteriormente celebrando el triunfo con el balón aún en juego con saltos y alguna que otra falta de respeto a los contrarios:

“Yo tengo gran respeto al Real Madrid como entidad, a su afición y, sobre todo, a sus jugadores y directivos. En los choques anteriores un señor faltó al Barcelona. Esta vez el mal gesto lo tuve yo, y lo hice porque si lo llega a hacer él hubiésemos perdido la confianza en nuestras posibilidades. Sirvió para que nos motiváramos. De todas maneras, estas situaciones no tendrían que darse. El público jugó un papel primordial y se ha demostrado que acoger un quinto partido es vital. Delante teníamos un gran equipo”.

Lógicamente, las declaraciones de los derrotados iban por otro lado radicalmente distinto. Chechu Biriukov, en caliente:

“El arbitraje ha sido una vergüenza, no tengo palabras para describirlo. Ha sido un auténtico robo y estamos indignados. La sala de trofeos del Barça tendría que colocar un monumento a Monjas y Neyro. El cansancio no ha influido, estábamos jugando muy bien. Pero claro, con los juniors en pista ya podía ganar el Barça. Hemos controlado los primeros 30 minutos, hasta que los árbitros han comenzado el descarado y parcial concierto de pitos”.

Fernando Romay incidía:

“La actuación arbitral ha sido nefasta. El partido estaba encarrilado y han empezado a pitar un carrusel de faltas inexistentes. ¿Tres ligas seguidas el Barça? Así pueden ser las que quieran. Nos han pitado 50 faltas más en el conjunto de los 5 partidos. En el marcaje a Drazen han tenido licencia para matar. No sólo nos han machacado a nosotros, sino que a ellos les han dejado de pitar faltas escandalosas.”

Antonio Martín, otro de los directos damnificados en aquella ópera bufa (técnica descalificante de Neyro por protestar), comentó después del choque:

“No viene a cuento la prepotencia que los árbitros han esgrimido. El arbitraje no ha sido serio, ya que la forma de pitar ha sido distinta para los dos equipos. El comportamiento de los jugadores del Barça no me ha gustado. Hay que saber ganar, y ellos no lo han demostrado”.

Chechu Biriukov da su punto de vista en frío, muchos años después, reflexionando la respuesta:

“Por supuesto que notamos dentro de la cancha que nos estaban masacrando y que no se podía permitir que el Madrid ganara aquel partido. Al final los errores se pagan en la vida, y lo que sucedió entre Petrovic y Neyro nos pasó factura a todos. Se le fichó para la liga, no para que nos llevásemos la Copa y la Recopa. El proyecto fracasó”.

La hora de sacar conclusiones. Otra vez la cantinela de siempre. Aparte de la actuación arbitral, muchos fueron los pecados que imposibilitaron la consecución de la liga ACB 1988-89, entre ellos y en primer lugar la situación física en la que los pívots blancos llegaron al final de la temporada, absolutamente lastrados, lentos, incapaces de hacer frente a rivales de primerísima magnitud. Ya en segundo lugar, aunque el orden de los factores no altera el producto, situaríamos la presunta incapacidad de los rectores blancos de reconducir una situación de choque evidente entre sectores del vestuario. Llegó un momento en el que no se sabía qué porcentaje de responsabilidad tendría Petrovic y Fernando Martín –por citar los dos jugadores a priori más decisivos- y de qué manera se debía jugar. Ciertamente, la ausencia de Corbalán se había notado más de puertas para dentro que en la misma cancha. Cuando se retiró de la selección pasó tres cuartos de lo mismo. ¿Casualidad?

Lo que estaba claro es que algo debía cambiar. Pero, ¿cambio drástico, retoques puntuales? Drazen Petrovic había firmado por tres años más y a Fernando le quedaba uno. Pero los cantos de sirena de la NBA revoloteaban sin descanso alrededor de la cabeza del croata. Nos esperaba un verano caliente no sólo en lo meteorológico.

[1] Juanjo Neyro murió en Bilbao el 7 de noviembre de 2008 de forma repentina. Tenía 58 años. Durante 21 temporadas al máximo nivel dirigió más de 400 partidos oficiales.