Cleo Hill lo tenía todo para triunfar en el baloncesto profesional. Un control exquisito del balón, unos recursos ofensivos sin límites, una intensidad defensiva inagotable y una voracidad de victorias insaciable. Nacido en Carolina del Norte, fue designado, posteriormente, por muchos periodistas de la época como el prototipo inicial de Michael Jordan antes de la irrupción del legítimo y auténtico 20 años después. Sin embargo, le ‘faltaba algo’ para poder triunfar en aquellos tiempos: ser blanco.

Era un icono y leyenda del baloncesto en Tobacco Road mucho antes de que su fugaz carrera profesional diera comienzo. Un acontecimiento único que se repetía cada semana. Una ‘rara avis’ que provocaba una oleada masiva de aficionados –incluidos blancos- que se desplazaban al pabellón de la humilde Universidad de Winston-Salem State, un centro educativo históricamente para negros, para verle jugar. “Antes de darnos cuenta, estábamos jugando ante multitud de personas. La gente blanca comenzó a venir a vernos. Era algo completamente nuevo para nosotros.”

Cleo Hill valía cada kilómetro de viaje que había que recorrer y cada dólar que había que pagar para verlo en acción. Así, el siguiente paso natural del jugador tras liderar a los Rams al campeonato de su conferencia (CIAA) apuntaba directamente a la NBA. Su legado en Winston-Salem estaba asegurado: décadas más tarde sería elegido el mejor jugador en la historia de la universidad por delante de todo un Hall Of Fame como Earl Monroe.

Por aquel entonces, entrar en la liga no estaba al alcance de cualquiera. Actualmente tampoco, pero hablamos de 1960. Con tan solo nueve franquicias y solo diez jugadores por plantilla, las oportunidades de ganarse un hueco en la élite eran paupérrimas. Casi inexistentes para los afroamericanos.

Al Attles, formado en la Universidad de North Carolina A&T, fue uno de esos pocos afortunados. Elegido en la 39ª posición del Draft de 1960, el originario de Newark dio comienzo a su carrera en Philadelphia junto a Wilt Chamberlain. Allí prolongaría su estancia durante 24 temporadas, once como jugador y trece como entrenador, conquistando el campeonato de 1975. “Tuve la suerte de estar en el lugar correcto en el momento correcto. Con una estrella negra como Wilt Chamberlain, tuvimos el lujo de realizar nuestro juego y Eddie Gottlieb fue un propietario comprensivo. Por supuesto, no siempre fue así, pero se dio cuenta de su error , se adaptó a los nuevos tiempos y nos permitió jugar con mayor libertad”. Cleo Hill no tuvo tanta suerte.

Cleo Hill Hawks

Foto: NBA

En 1961, los St. Louis Hawks utilizaron su octava selección global en aquel joven espigado que se convertiría en el primer jugador procedente de la CIAA en ser seleccionado en primera ronda. En aquel equipo brillaban visiblemente sus tres estrellas y grandes referentes: Bob Pettit, Cliff Hagan y Clyde Lovellete, quienes venían de caer ante los Boston Celtics en la final de la pasada campaña. Pese a aquella constelación inamovible de figuras, Hill pensó que tendría su oportunidad aprovechando que Lenny Wilkens tendría que ‘desaparecer’ un año para cumplir con el servicio militar. Nada más aterrizar en la ciudad, se dio cuenta de que las cosas iban a ser muy distintas.­

“Fui al training camp con la idea de que podría convertirme en una alternativa ofensiva en el equipo”, afirmaría el propio Hill. “Sin embargo, nuestro propietario, Ben Kerner, ordenó a nuestro entrenador, Paul Seymour, que pasara el balón a Bob, Cliff y Clyde. Al equipo no le gustaba que un novato tomara decisiones.”

Unos problemas que extrapolarían su efecto y periodicidad fuera de las canchas. “A principio de la pretemporada, jugamos un partido contra los Celtics en Lexington, Kentucky, donde me negaron la entrada al restaurante del hotel. Entonces, Bill Russell, que también había sido rechazado, convocó una reunión y todos los jugadores negros de ambos equipos nos quedamos por fuera. Cuando volvimos a St. Louis, los periodistas alzaron la voz pidiendo que fuera suspendido y multado por insubordinación.” La respuesta en Boston, por el contrario, fue unánime: todos, hasta el propietario de los Celtics Walter Brown apoyaron a Russell. Por su parte, Ben Kerner se mantendría en impertérrito silencio para, poco después, traspasar a Woody Sauldsberry y Si Green, los otros dos componentes negros de la plantilla.

En su primer partido en la NBA, Hill se destapó con una soberbia actuación que alcanzaría los 26 puntos. Pero la NBA no estaba preparada para la llegada de un atleta de altos vuelos como aquel. Bob Pettit, Clyde Lovelette y Cliff Hagan, a posterior miembros del Salón de la Fama, se quejaron ante el entrenador Paul Seymour por el elevado número de lanzamientos firmados por el novato. “No nos pasa la pelota, Paul”. Rápidamente entendieron que si Hill anotaba muchos puntos, ellos, por consiguiente, anotarían menos y les costaría un suculento montante a la hora de la renovación.

Sería en el propio Paul Seymour donde encontraría un aliado. Un amigo. La misión de Paul era ganar. Sin importar cómo. Y quería a sus mejores jugadores en la pista. La temporada anterior habían caído ante los Celtics. Si la intención era desbancar a Boston de la cima iban a necesitar más potencia de fuego. Y en ese punto entraría en escena Cleo Hill. Pero ni el tridente estelar ni el propietario estaban de acuerdo.

Después de aquel primer partido, las estrellas veteranas del equipo apartaron a Hill, negándose a pasarle la pelota o ir al rebote en sus lanzamientos. El entrenador Seymour quiso apagar el incendio y convocó una reunión en la que amenazó con multarlos. Kerner se encontró con un conato de revuelta en sus manos y la solución fue muy fácil: despedir a Seymour. Sin su gran valedor y defensor en su incipiente transcurso en la liga, el futuro cerraba sus puertas ante él.

El nuevo técnico, Harry Gallatin, redujo drásticamente los minutos en pista de Hill y su promedio anotador descendió de las dobles figuras a unos paupérrimos cinco puntos por velada. De estrella emergente a fijo en el banquillo en un abrir y cerrar de ojos. Completamente devastado por la crueldad y despotismo de la franquicia, Hill se derrumbó rápidamente. El 14 de marzo de 1962, en un duelo sin mucha historia ante Los Ángeles Lakers, el escolta anotaría los que serían sus últimos dos puntos en la NBA.

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La temporada siguiente, Cleo había perdido las ganas de jugar. Su chispa se había apagado por completo y los Hawks lo despidieron en pretemporada. Y aunque lo intentó, nunca pudo volver a disputar ni un solo minuto más en la NBA. En aquellos días, los agentes aún no habían irrumpido en la competición en la búsqueda de mejores destinos y contratos para sus ‘protegidos’. Y, aunque nunca se llegó a demostrar, comenzó a correr la voz de que Hill era un jugador problemático. Su antiguo entrenador, Paul Seymour, intentó reconducir la carrera de Cleo pero fue imposible. Todas las llamadas recibieron la misma respuesta: “no nos interesa.”

Afortunadamente para Hill, su periplo universitario se saldó, además de con el campeonato de la CIAA, con el título de profesor y dedicó su vida a la docencia y la dirección de equipos. Durante varios años jugó en una liga estatal en la que ganó más dinero que durante su temporada rookie en la NBA. Posteriormente, se convirtió en un exitoso entrenador que sumó 489 victorias al frente del Essex County College de Nueva Jersey.

Años después recordaría aquel episodio con humor. “El único consuelo que tengo es saber que debí haber sido bastante bueno para sufrir aquello. Si no, no se hubieran preocupado tanto en apartarme.”