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Análisis

Washington Wizards: Nobody Eats

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“Estamos jugando como el culo”. “Cada uno tiene su propia agenda en el partido”. Las dos estrellas de los Washington Wizards, John Wall y Bradley Beal, valoraban así hace unas semanas el desastroso comienzo de su equipo en la temporada 2018/19. Al inicio de la tercera semana de noviembre tienen un récord de 4 victorias y 9 derrotas, y la química del equipo parece estar por los suelos. A esto se refería Beal cuando señalaba que cada uno tiene sus propias preocupaciones en cuanto a minutos, tiros tomados y balones que le llegan, y no piensan como un equipo.

Las sensaciones que se vienen experimentando en la capital estas últimas temporadas indican que, a pesar de tener una de las mejores parejas exteriores de la NBA, les falta una pieza más que los catapulte definitivamente hacia buenas participaciones en postemporada. En los últimos 5 años, han estado presentes en 4 ocasiones en los enfrentamientos de Playoffs, pero nunca han logrado superar las semifinales de Conferencia. La última vez que los Wizards superaron esta segunda eliminatoria fue en la campaña 1978/79, cuando cayeron en las Finales contra los Seattle SuperSonics. En aquel entonces no eran los Wizards, sino los Bullets, y esta temporada el hito cumplirá 40 años.

Con la llegada este verano del pívot all-star Dwight Howard, que parecía haber revivido el año anterior en Charlotte, añadían sobre el papel esa tercera pieza que les faltaba para estar entre los mejores. Además, Otto Porter Jr., Kelly Oubre y los también recién incorporados Jeff Green y Austin Rivers parecían completar una plantilla equilibrada y capaz de competir por todo, pero nada más lejos de la realidad. Una lesión en el piriformis (en el culo) dejaba a Howard fuera durante los primeros 7 encuentros, en los que los Wizards hicieron un récord de 1-6. Con él están 3-3, en mejoría, pero todavía con muchos aspectos que corregir en todas las facetas, tanto dentro como fuera de la pista.

La temporada es larga, y después de cada una de esas victorias el equipo parece haber salido del bache y disponerse a remontar, pero siguen sin cumplir las expectativas. ESPN los situaba al inicio del curso como sextos clasificados de la Conferencia Este basándose en los resultados de la temporada pasada, en la que terminaron con su jugador franquicia John Wall sin jugar la mitad de los partidos por lesión y un récord de 43 victorias y 39 derrotas que les valió el octavo puesto de su conferencia y un lugar en los Playoffs. Cuando consiguieron rescatar la temporada con Bradley Beal al frente en ausencia de Wall, el propio escolta de Missouri acuñó la expresión “Everybody Eats” (todos comen), que representaba el buen juego en equipo que estaban desarrollando los capitalinos sin su líder en la cancha.

Ahora oscilan en los últimos puestos de la tabla, sin una ventaja remarcable ante ninguno de los otros equipos, entre ellos Atlanta Hawks, New York Knicks y Cleveland Cavaliers, tres conjuntos sin ninguna aspiración competitiva esta temporada, y podrían acuñar un nuevo lema: “Nobody Eats” (nadie come). Antes del partido que terminó con la tercera victoria de los Wizards ante los Heat el pasado domingo, los de DC estaban promediando la peor marca reboteadora de la franquicia desde que la NBA recoge estos datos. Las cuatro victorias del equipo, a excepción de la última ante Orlando, coinciden con sus mejores partidos en el rebote, pero siguen siendo, tras los Cavs y los Wolves, el peor equipo en ratio defensivo de la liga. Son los terceros peores en porcentaje de tiro concedido, y los penúltimos en porcentaje de tiro de 3 concedido. ¿Por qué? Por cosas como estas:

Aquí podemos ver la nula comunicación en defensa de Washington. Porter señala a Wall dónde debe defender. En teoría, Porter envía ahí a Wall para poder llegar a la esquina, pero finalmente Aaron Gordon tira (y anota) cómodamente el tiro de 3 a falta de 3 segundos para el final del cuarto. Más ejemplos:

En este vídeo, primero vemos cómo, tras una buena defensa, Porter se queda con Evan Fournier (el mejor triplista de los Magic con permiso de T-Ross), y el bueno de Evan se pasa los últimos 8 segundos de posesión con los brazos levantados en el triple a la espera de recibir el balón. Finalmente, recibe y anota. ¿Nadie le dice a Otto Porter que durante 8 segundos tiene a un tirador solo en la línea? . En la segunda jugada, Wall se queda con Gordon. “Se queda”, porque nunca llega a estar a menos de 3 metros de él, y tira el triple completamente liberado mientras Wall deambula por la pintura sin saber muy bien dónde está. Esta falta de comunicación, de química de equipo, es la que está condenando este año a los Wizards.

Y en ataque también pintan bastos. Como indicaba en Twitter el periodista Zach Rosen, los de la capital están entre los 5 peores equipos de la liga en porcentaje de tiros liberados, tanto de 2 como de 3 puntos.

Además de tener malos porcentajes en los tiros sencillos, como curiosidad, tienen peor estadística de puntos por partido que su filial de la G League, los Capital City Go-Go. En ocasiones, tal vez por falta de confianza, renuncian a tiros liberados, como vemos a continuación en estos casos de Markieff Morris y Austin Rivers, para terminar las jugadas con pases comprometidos que terminan en posesión para el rival.

Este es un factor que obliga a los dos jugadores estrella, Beal y Wall, a asumir cada vez más tiros y jugar para ellos mismos, a la vez que aumenta peligrosamente el número de pérdidas de un equipo que debe cuidar bien del balón, ya que tienen grandes problemas en la transición defensiva. A continuación, vemos algunos datos y estadísticas reveladoras de los jugadores clave que nos pueden ayudar a entender la delicada situación que atraviesa la franquicia:

John Wall

En una entrevista pospartido, Wall protestó que le pitaban pocas faltas cuando entraba a canasta. No es un base tirador, así que necesita que se le haga justicia en las penetraciones agresivas para hacer sus números. Aun así, en este inicio de temporada ha estado muy cuestionado por los periodistas del entorno de la franquicia, hasta el punto de decirse en el blog de SBNation que sus malos hábitos le convierten en un all-star “buen jugador” pudiendo ser un “gran jugador”.

https://www.instagram.com/p/Bpw-wMihwMc/

(Rosebar es uno de los mejores clubes nocturnos de alto standing de Washington DC, el cual suele frecuentar John Wall cada sábado).

En esta campaña, está tirando más triples que nunca (casi 5 intentos por partido) y, aunque insistimos en que no es su juego, en las últimas dos victorias ha metido 4 de sus 6 intentos tras llegar promediando la peor marca de su carrera desde que tira con regularidad. Además, registra su peor marca de asistencias por partido desde la temporada 2012/13. Nobody Eats, aunque el líder esté tirando de orgullo.

Bradley Beal

Igual que John Wall, está asumiendo más tiros exteriores que nunca (8 intentos) con los porcentajes más bajos de su carrera. Por todos es sabido que su relación con Wall no es idílica, y eso puede afectar negativamente al equipo a la hora de remar todos juntos hacia un objetivo mayor.

Otto Porter

Está pasando por un bajón en su carrera, que se vislumbraba ascendente año tras año. Desde que asumió minutos importantes en la rotación como titular allá por la temporada 2015/16, nunca había hecho promedios más bajos en anotación que este año, con apenas 10 puntos por encuentro. Este dato también nos puede ayudar a entender por qué Wall y Beal asumen más que nunca en el juego exterior.

Dwight Howard

Parece estar ya recuperado de su lesión. A su vuelta, desterró al banquillo a Ian Mahinmi, quien lo había sustituido como pívot titular y desapareció de la rotación como quien intenta hacer desaparecer su pasado, pero no funcionó acorde a lo esperado. Howard está recuperando minutos de juego (actualmente promedia los minutos por partido más bajos de su carrera NBA) pero la apatía se apodera de él en grandes tramos de cada partido. Es capaz de rebotearlo todo y de intimidar y modificar muchos tiros, pero sin embargo está haciendo sus peores números en rebotes y tapones desde su año de novato. ¿El físico le puede estar jugando una mala pasada? Si es así, la mentalidad de veterano podría explicar por qué está tirando menos que nunca (7 intentos por partido) pero anotando más que nunca, holgadamente por encima del 60%.

Role Players

Gran parte de la culpa de estas dos victorias consecutivas residen en los excelentes partidos de jugadores de segunda línea. Contra Miami y Orlando, Jeff Green ha promediado 18,5 puntos y 8 rebotes con excelentes porcentajes de tiro. Austin Rivers anotó 18 contra los Heat, y Satoransky apareció con 7 puntos en 12 minutos ante los Magic. Esto se ha visto reflejado en los finales de partido, donde los suplentes han contrarrestado la inconsistencia de algunos de los miembros principales de la rotación. Green ha estado presente, sentando a Markieff Morris y Dwight Howard en los respectivos encuentros. Rivers hizo lo propio con Porter, que está viendo reducida su cota de minutos en favor del hijo de Doc Rivers.

Sea como fuere, en la franquicia se han esforzado en dar confianza y seguridad a Scott Brooks. En principio su puesto como entrenador jefe no corre peligro, y la dirección confía en que este proyecto empiece a rodar más pronto que tarde. Cada victoria del equipo es un halo de esperanza que hasta el momento se había apagado la noche siguiente. Ahora, por fin han conseguido encadenar dos victorias consecutivas. ¿Podrán estabilizarse y encontrarse como equipo y a nivel individual?

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Análisis

L.A. 2020: la gran batalla de nuestro tiempo

La rivalidad en Los Ángeles, por llamarla de alguna forma, ha sido siempre la gran omitida por la historia. Los Clippers nunca representaron una amenaza para los Lakers… Hasta que Kawhi Leonard, el ‘matarreyes’ apareció en la ciudad.

jon@skyhook.es'

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Getty Images

Desde sus lujosos sillones esparcidos por todos los rincones de Estados Unidos, los aspirantes observaron con asombro la caída del Rey que los había sometido sin piedad. Kevin Durant, que había forzado para estar en el quinto choque de las Finales, veía como su tendón de Aquiles se rompía y, para más inri, privaba a su equipo de conseguir el tan ansiado three-peat. Los Warriors habían gobernado con puño de hierro la Conferencia Oeste durante el último lustro, entrando en el debate del mejor equipo de todos los tiempos por derecho propio. Sin embargo, ahora que las campanas tañían para anunciar el desplome de su reinado, todos los aspirantes volverían a tomar las armas.

Se había erigido un nuevo monarca en el Norte. Kawhi Leonard, tras sus vaivenes con Popovich y los Spurs, puso rumbo a Toronto para llevar a Canadá el primer anillo de su historia, en un relato con aires épicos que quedará grabado en los anales de la NBA. Lo tenía todo al alcance de la mano: el estrellato, un equipo compacto y potencial para revalidar el título. No obstante, los atractivos de los Raptors no fueron suficientes para retener a su jugador franquicia, que, bajo un secretismo sin precedentes, decidió retornar a casa.

Unidos por California

Oriundo de Riverside, nunca fue un secreto que Kawhi Leonard algún día volvería a su California natal. Como a todo gran jugador, siempre se le relacionaba directamente con Los Angeles Lakers, franquicia que ha acogido a varios de los más grandes a lo largo de los años. El glamour, la historia, la influencia de leyendas como Kobe Bryant o Magic Johnson, etc. Muchas son las razones por las que The Claw hubiera podido acabar vistiendo el púrpura y oro. En un intenso pulso que se prolongó más de lo esperado, Lakers, Clippers y los propios Raports trataron de hacerse con los talentos de Leonard, quien desojó la margarita hasta el último instante.

Finalmente, y para sorpresa de gran parte de los seguidores, optó por los Clippers. Una franquicia históricamente denostada, considerada el “patito feo” de la liga durante muchos años. No estaría solo en su misión, ya que Paul George, otro californiano con ansias de volver a competir por el anillo, pondría rumbo a Los Ángeles tras su fallido idilio con Russell Westbrook y los Thunder. Después de su mejor campaña en la liga, el de Palmdale decidió unir fuerzas con Leonard para suplantar a los Lakers como equipo principal de la ciudad.

El eterno segundón

Afincada previamente en San Diego, la franquicia de los Clippers se mudó a L.A. en 1984, después de seis campañas. En aquel momento, la existencia de dos equipos en la ciudad generó una expectación que no se convertiría en realidad en los años siguientes, dadas las notorias diferencias competitivas. Los Lakers representaban el poder, con una plantilla plagada de estrellas, mientras que los Clips se posicionaron como “el equipo del pueblo”, poniendo incluso precios más asequibles para los espectadores.

Entre 1986 y 1999, jugaron como locales tanto en el Los Angeles Memorial Sports Arena como en el Arrowhead Pond de Anaheim. Realmente nunca hubo una gran rivalidad, ya que el balance era inmensamente favorable para su equipo vecino. De esta forma, en 1996 la franquicia angelina declinó un acuerdo para establecerse en Anaheim, para después unirse a los Lakers en el Staples Center, que se inauguraría en 1999. Desde entonces ambos equipos han compartido pabellón. La superioridad de los de púrpura y oro no dejó de existir e incluso tuvo el culmen de cinco campeonatos desde que comenzara el nuevo milenio. Una preeminencia inmutable hasta la llegada de Glenn Rivers al banquillo clipper.

El otrora entrenador de los Celtics, y verdugo de los Lakers en 2008, arribó con las ideas claras para cambiar la cultura de aquel equipo sumido en un eterno segundo plano. Desde que el técnico de Chicago cogiera los mandos, siempre han quedado por delante en temporada regular. Al mismo tiempo, en el otro bando todo se volvió dolor y sufrimiento, con cinco cursos consecutivos sin disputar la postemporada. La inercia se había invertido por primera vez.

Los Clippers se colocaron en el mapa NBA bajo el nombre de Lob City. Sus aficionados por fin saboreaban las victorias con asiduidad. Por su parte, en octubre de 2013 Doc decidió tapar con posters los títulos de los Lakers colgados de lo alto del Staples. Decisión que generó gran controversia en el seno de la ciudad y de la liga. Lo veía como algo humillante, reflejo de la situación que había vivido aquel humilde conjunto, siempre a la sombra. Si querían establecer una identidad ganadora, no podían esgrimir los éxitos de su enemigo dentro sus propios muros. Al mismo tiempo, la filtración de unas declaraciones racistas vertidas por Donald Sterling, propietario desde 1981 hasta 2014, no ayudaron lo más mínimo a mejorar la imagen de la franquicia. Más bien tuvieron el efecto contrario. Finalmente, la NBA decidió suspender de por vida al magnate norteamericano, viéndose obligado a poner los Clippers en venta.

Con el paso del tiempo, el proyecto fue quedándose sin margen, cayendo antes de tiempo en playoffs en más de una ocasión. Los Paul, Griffin y Jordan harían las maletas para poder reconstruir el equipo. Una reestructuración con la mirada puesta en el pasado mercado estival, en el que fueron los grandes ganadores. A un plantel que se mostró muy competitivo el último año frente a Golden State, se le unen dos superestrellas superlativas. Probablemente los dos mejores two-way players de la competición a día de hoy. Acompañados de Beverly, Harkless o Harrell, el potencial defensivo de los Clippers es uno de los más elevados de toda la competición. El mundo los mira con otros ojos, de modo que su objetivo es claro: asaltar el Campeonato.

El reto para Leonard será mayúsculo, más incluso que el alcanzado la última temporada portando la elástica de los Raptors. Los Clippers nunca han jugado unas Finales de Conferencia. Kawhi, de la mano de un escudero de lujo como George, deberá rebasar esa barrera para poder brindar a su nueva familia el primer anillo de su historia. Ya lo hizo en Toronto, neutralizando grandes potencias como los Sixers o los Bucks por el camino. Esta vez, la competencia será más dura que nunca, empezando por su rival más cercano e inmediato.

Tras la estela de Jordan

Frente a Leonard estará un hombre en busca de la leyenda. Un rey que perdió su corona, si bien su reinado está aún por concluir. Tras una primera temporada tumultuosa en la disciplina laker, LeBron James regresa más descansado que nunca. El de Akron no se perdía las eliminatorias por el título desde su segunda campaña en la NBA. Su físico lo agradecerá, ya que el año pasado mostró por primera vez síntomas de que el tiempo pasa para todos. El ‘23’ sufrió una lesión en la ingle justo el día de Navidad, en un triunfo ante los Warriors. Por aquel entonces, el equipo se había mostrado notable bajo su liderazgo. No obstante, el problema se dilató en el tiempo e impidió ver al mejor James de vuelta.

En esta ocasión no estará solo al timón. Anthony Davis, gran deseado por la franquicia, llegó para formar una de las mejores parejas de la liga. El coste fue elevado, teniendo que deshacerse del núcleo joven de la plantilla casi al completo, a excepción de Kyle Kuzma. La ceja, talento diferencial en ambos lados de la pista, aterriza como pupilo de un James que podrá delegar en él gran parte del peso ofensivo del equipo. Una vez este decida colgar las botas, los Lakers serán del ex de los Pelicans.

Un James que continúa persiguiendo aquel fantasma de Chicago. La influencia de Michael Jordan en él ha sido algo recurrente durante su largo trayecto hacia el Olimpo. Entró en la competición antes de cumplir los 19, con una presión absolutamente ridícula para un pipiolo de su edad. Pese a los críticos, superó las expectativas. En su sueño por convertirse en el mejor de todos los tiempos, sabe que este puede ser su último viaje y no quiere retirarse antes de lograr otro anillo. Sería el cuarto para él, tercero con una franquicia distinta.

En una mezcla de talento y veteranía, los Lakers han rearmado el equipo de cara al presente curso. Todavía con la herida del rechazo de Kawhi reciente, firmaron a jugadores de renombre como Danny Green, Avery Bradley o Dwight Howard. Gente experimentada que dará un plus defensivo al plantel. El propio Frank Vogel, nuevo entrenador tras la abrupta salida de Luke Walton, aseveró recientemente que pretende construir un cuadro duro. “Quiero ver jugadores por el suelo, si no es que no estamos haciendo nuestro trabajo”, aseguró.

Tras aquel fatídico 13 de abril de 2013, en el que Kobe Bryant se rompió el tendón de Aquiles, los Lakers han vagado sin rumbo por el desierto. Malas decisiones en los despachos, unidas a la baja competitividad de una plantilla huérfana de líderes. Por ello, la presión que James y Davis tendrán que soportar será mayor que nunca. Este año no habrá excusas para no lograr el billete para los playoffs y, además, tendrán que hacerlo en posiciones nobles.

Los detractores estarán ahí, a la espera en su trinchera. Para una institución con 16 anillos de campeón y 15 Finales en su haber la exigencia siempre es máxima. Más aún si se trata de la franquicia más atractiva de la NBA. West, Jabbar, Magic, Shaq o Kobe lograron alzarse victoriosos soportando el peso de la camiseta dorada. LeBron no quiere ser menos.

Con los Warriors (aparentemente) un peldaño por debajo del nivel establecido desde 2015, los Lakers ingresan de lleno en la terna de favoritos al título. Pese a su gran plantilla, también miran de reojo como sus vecinos, los Clippers, han creado otro equipo capaz de competirles de tú a tú. Cada encuentro será una batalla sin cuartel en la que la victoria no será lo único que esté en juego.

Las guerras venideras

Dos hombres en una misma misión. Uno, devolver la grandeza a una franquicia que perdió su luz hace más de un lustro. El otro, como ya hiciera en Toronto, brindar a un equipo su primera gran gloria. Si la empresa de cualquiera de los dos resultase exitosa, elevaría al jugador a un altar nunca antes hollado: 3 anillos y 3 MVPs de las Finales (siempre que lo lograsen) con tres equipos distintos. Un hito sin precedentes.

Sobre el papel, los Lakers partirán con un mayor potencial ofensivo, teniendo enfrente a lo que aspira a ser una trituradora en defensa. Las opciones en el perímetro del combo Beverly-George-Leonard serán determinantes. Un trío perfecto para intentar neutralizar a LeBron, el mejor generador de los suyos. A sus casi 35 primaveras, King James tendrá un nuevo reto que superar, acostumbrado a lidiar con grandes redes defensivas como las de los Warriors o los antiguos Spurs. Pese a su previsible capacidad anotadora, los de Vogel también pueden presentarse como un gran equipo atrás, con protectores de aro del calibre de Howard o Davis, además de los Bradley, Green o Caldwell-Pope en tareas exteriores. El botín para el vencedor podría ser el trono del Oeste.

Hubo un tiempo en el que James convirtió la Conferencia Este en su coto de caza privado. No tuvo oposición durante ocho campañas consecutivas hasta que Kawhi recogió su testigo por un año. “Por ahora solo pienso en llevar a los Clippers a las Finales”, afirmaba el propio Leonard hace escasos días. Esta vez se verán las caras hasta en cuatro ocasiones en temporada regular, en  la carrera más feroz que se recuerda en la Conferencia Oeste. Nuggets, Rockets, Jazz o los propios Warriors completarán una lucha en la que no se vislumbra un vencedor claro.

La NBA, referente indiscutible en el cuidado de los aficionados, pensó oportuno comenzar la temporada programando uno de sus platos fuertes para su jornada inaugural. Una fecha marcada en el calendario: 22 de octubre, con los Clippers con el cartel de locales. El segundo capítulo, el día de Navidad. Serán cuatro noches en total. Un mismo campo de batalla para una lid que puede definir el sino de la temporada.

Como diría un viejo mago de barba desaliñada y sombrero picudo: “el tablero está listo”.

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Análisis

Vuelve la burbuja inmobiliaria a la NBA: la moda de las hipotecas

Concentración de mercado, hipotecas, proyectos de capital riesgo a corto plazo, sobrecostes en forma de impuestsos de lujo… La NBA se mueve y la burbuja del mercado no deja de crecer.

acarretero@skyhook.es'

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Allá por 2013, cuando los informativos aún nos recordaban que había una crisis económica, había una expresión que monopolizaba todas las conversaciones. Seguramente, el ciudadano de a pie no sabría definir a ciencia cierta qué era aquella burbuja inmobiliaria, pero qué más daba. Le habían inoculado el término y sabía lo que tenía que saber: era malo. Oda al simplismo de la sociedad.

Una vez más, nos remontamos a aquel fatídico traspaso, al que ahora, tras la reconstrucción de récord Guinness de Sean Marks, ya sí puede ser nombrado. Cuatro primeras rondas que viajaron a Boston y que hipotecaron el futuro a corto plazo de los Nets pero, sobre todo, cuatro picks que marcaron un punto de inflexión en la NBA. Nunca antes se habían evidenciado de forma tan salvaje las consecuencias de traspasar el máximo de rondas permitidas. Nunca… Salvo con los Cavaliers de los 80.

No son pocas las normas de la NBA que nacen bajo seudónimo, por la necesidad de adaptar la regulación a fenómenos sin precedentes en la liga. Desde La Jordan Rule, la Rose Rule… reglas que pasan a ser conocidas en el imaginario popular por el jugador que obligó a crearlas y que, dicho sea de paso, favorecen su recuerdo y asociación, en lugar de complejizar los términos. Ahora bien, para que una que limita el traspaso de rondas consecutivas de Draft lleve tu nombre, como sucedió entonces con Ted Stepien, hay que ser muy cenutrio.

El entonces propietario de los Cavs puso en el mercado cuatro picks seguidos, casi lleva el equipo a la quiebra y traspasó la hipoteca a otro dueño antes siquiera de acabar de pagarla. Más o menos, lo que intentó Prokhorov hace cinco años. Tras utilizar a los Nets como activo financiero para especular con otros negocios particulares quiso saltar el barco antes de que se hundiese hasta el fondo del mar.

Hasta aquellos Nets recién llegados a Brooklyn no hubo otro equipo que se atreviese a firmar una hipoteca de semejante magnitud. Como tampoco lo ha habido en estos últimos años. Pero, como siempre pasa en la economía capitalista, es cíclica; la burbuja siempre vuelve. Ahora, a cinco años vista y tras los últimos movimientos del mercado, se puede apreciar que no fue un hecho aislado, sólo desafortunado en su ejecución. Hasta 2018 nadie se ha atrevido a mover tantos activos a futuro por una estrella, acogiéndose al fracaso de los Nets.

Especulación, hipotecas y fondos buitre

El mercado financiero (de traspasos) de la NBA estaba marcado por la incertidumbre y por la presencia de dos fuerzas hegemónicas que aumentaban el riesgo de la inversión, como eran los Warriors y LeBron James, allá donde estuviera. No era, pues, la situación más propicia para pagar hipotecas a futuro, por lo que los proyectos deportivos apretaron el botón del pause hasta que mostrasen los primeros síntomas de debilidad. Y, efectivamente, así ha sido.

Con ambos ejes gravitacionales desplazados y con un tercio de jugadores de la NBA siendo agentes libres este verano, entre ellos cinco top ten de la liga y, al menos, otras diez superestrellas más, alguien tenía que romper la baraja. Ya no hay apuestas seguras, pero la incertidumbre tampoco es un lastre. El riesgo es inherente al nuevo mercado NBA y quienes mejor han sabido jugar con él, han sido los triunfadores.

Ya lo intentó Daryl Morey el año pasado, con sus cuatro picks por Jimmy Butler. Secos, como el vodka en Rusia. También lo previeron este año en Utah, que agilizaron el traspaso de Conley para que Dios cogiera a los mormones confesados en verano. Es cierto que la burbuja crece sin control y que la tendencia alarma a la propia NBA. Pero, por otro lado, qué éxtasis embarga a Silver y su equipo. La NBA más global, la reina del verano. Apenas ha terminado la temporada y no puede haber más expectación porque empiece de nuevo. A quién le importa ahora la burbuja, eso será problema de la futura NBA.

Empoderamiento: una nueva era

Uno a uno, los agentes libres han decidido su futuro en cascada, como un Fantasy Draft en el 2K, que deja tres lecturas claramente diferenciadas. Primero, y más reciente, la especulación, la inflación creciente del precio a pagar por las estrellas tras tres años a la baja. Proyectos corto y medioplacistas, con concentración de estrellas, que vuelven a hipotecar sin miedo el futuro más inmediato, como los Nets o los Clippers. Masai Ujiri y su “alquiler” de Kawhi Leonard han sentado cátedra, como lo hicieron sin suerte Paul George y los Thunder.

Segundo, las apuestas de capital riesgo ya no sólo vienen predeterminadas por el papel de propietarios y general managers, sino que son los propios jugadores los que fuerzan estas operaciones. Son ellos los que han comprendido que tienen el poder de negociación en sus manos, que son los verdaderos y únicos protagonistas; y que, al fin, en vez de ser tratados como meras inversiones inmobiliarias, casas sin caras, sin humanizar, ahora no sólo eligen su futuro, sino el de toda una franquicia. Estamos ante una nueva era de empoderamiento, que en este caso inició LeBron James allá por 2010, no de la mejor forma posible, pero que casi una década después ha alcanzado su clímax.

Finalmente, la tercera lectura y quizá la más destacada desde el punto de vista de las franquicias, es la necesidad de un proyecto. Ya no vale con ser un gran mercado. Las hermanas menores y tradicionalmente apestadas de New York y Los Angeles se han coronado reinas gracias a su gestión. Han saneado sus cuentas de inmuebles tóxicos como Chris Paul, DeAndre Jordan e incluso de los Mozgov y Crabbe para jugar su baza al presente más inmediato, con el futuro en entredicho. Otras como los Warriors decidieron pagar los sobrecostes en forma de impuesto de lujo para preservar su hegemonía. Pero con qué gusto se va a pagar la hipoteca del futuro si el presente sabe a gloria.

Ya lo dijo Homer Simpson, el oráculo omnisapiente de la sociedad moderna: “El futuro ha ganado, el pasado nunca tuvo una oportunidad”.

In memoriam: Sam Hinkie y su gerencia de capital riesgo.

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Análisis

La iniciativa vengadores

No son superhéroes, ni llevan capa. Del Capitán América a Fun Guy, la revolución pasa por Toronto.

fontandelacruz@gmail.com'

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Martín Santana

En la guerra siempre tuvimos vencedores y vencidos. Soldados en batallas épicas e historias legendarias. También se dieron masacres, noches para olvidar. Y las Finales de la NBA, aquello que disfrutamos desde más allá del charco y bien entrado junio, es la prueba de que la guerra tiene mil y una formas de manifestarse. Pero preparar una guerra nunca fue tan complicado, pues para Toronto el precio fue nada más y nada menos que descorazonar el núcleo del equipo para colocarle uno nuevo, lleno de vida y alternativas para un sistema algo desfasado en los tiempos que corren.

Construcción quirúrgica

En el seno de la gerencia Raptor’ surgió una idea. Una idea retorcida en términos sentimentales, pero con todo el trasfondo del mundo en materia deportiva. Con el hedor de la campaña pasada aún fresco, unos Playoffs tildados de fracaso y con la enésima caída frente a Cleveland Cavaliers, se puso en marcha el cambio. Traer a Kawhi Leonard y Danny Green en un único pack con la pérdida de Poeltl y DeRozan en el camino se presumía como un riesgo muy alto, pero con un beneficio posible tan elevado que materializarlo fue cuestión de segundos.

Un «alquiler» el de Kawhi que, con la temporada finalizada y los éxitos cosechados, merece ir acompañado de «el más barato jamás conocido en la historia del deporte». Pero esto no podría terminar aquí, añadir a Marc Gasol sería el plato fuerte preparado por la gerencia ya entrada la temporada, un nombre que cambiaría el sino del equipo en plena postemporada con una cobertura sobre Embiid de magnitudes históricas. Mención especial a la confianza otorgada a Nurse, que jamás dudo de su plan: negarse a seguir exprimiendo la pintura y poblar la media distancia. Él fue quien modernizó la estructura Raptor’ polarizando el uso de los dos interiores en pequeñas dosis y en casos muy concretos.

Todo esto lleva una firma grabada en oro, la de un militar con sangre helada y corazón de piedra: Masai Ujiri. El artífice de esta estructura de plantilla a todos los efectos, el encargado de apretar el gatillo siempre que fue requerido el uso de una mano imperturbable. Porque el negocio es el negocio, y en el negocio las amistades quedan a un lado.

Estructura y planteamiento en las Finales

Las Finales no dejaban de ser un terreno virgen para prácticamente toda la plantilla –a excepción de Leonard y Green, ya campeones en 2014-. Un escenario que sin duda puede catalogarse como el más grande al que se puede ver enfrentado un jugador de la NBA y al que accedían con una serie de cuatro victorias consecutivas frente a los Milwaukee Bucks. Nada desestimable dicho enfrentamiento, pues en él residiría una de las claves de estas Finales: llegar con rodaje y sin excesivo descanso para frenar el ritmo de competición.

El planteamiento de Nurse siempre vino dado por las circunstancias ofrecidas por la plantilla Warrior’, pues la ausencia de Kevin Durant invitó a Toronto, en tramos de descanso para Klay Thompson, a practicar defensas sobre Stephen Curry que le obligasen a sobrecargar su producción y terminasen por consumirle. La joya de la corona terminó por ser la defensa mixta box and one (caja y uno), que consiste en formar la zona con cuatro jugadores y liberar a uno de esta estructura para consumir a Steph. El fin era el de sobrecargarle como generador principal y provocar que sean el resto de piezas que componen el quinteto los que generen todo el juego posible con balón. Un repunte táctico tan dependiente del contexto como determinante en el desenlace general.

Otro de los elementos fundamentales en el buen desenlace Raptor’ consistió en una capacidad inigualable para amoldarse y aprovechar todos y cada uno de los contextos ofrecidos por Golden State Warriors, y hacer cumbre de ellos con la participación individual de todos los perfiles que atesora la plantilla. Gran ejemplo de esto fue el Game 1. Rebosante en acciones a campo abierto y con los balances defensivos de Warriors algo lejos de su mejor versión, una versión despótica de Pascal Siakam señaló el camino de a ritmo de transición.

Una vez más, se reafirmó como el jugador que mejor corre la cancha sin balón. Pero esta serie de ajustes generales no se redujeron única y exclusivamente a casos generales y partidos enteros, prueba de ello fue el reajuste realizado en la segunda mitad el cuarto partido, allí donde un Ibaka sobreexcitado sepultó a los de La Bahía a ritmo de pick and roll y recepciones cerca del aro. Un martillo que tuvo por objetivo castigar las carencias físicas de la pintura Warrior’ con un Looney que aún lastraba ciertos problemas físicos. Una condición camaleónica que le ha atribuido ese factor de mutabilidad, no solo en estas Finales, sino en todo el trayecto recorrido hasta las mismas.

Wikimedia

Otra de las bases sobre las que se ha asentado la máquina de destrucción masiva que ha conformado Toronto es el liberado uso del combo guard –un doble base al uso-. Pilotado por Lowry e increíblemente bien acompañado por un VanVleet que decidió aterrizar en Playoffs llegadas las Finales, ha podido ser el arma más punzante de todas las poseídas por Nurse. La combinación de creatividad y spacing es todo aquello que les había faltado por tramos en las eliminatorias frente a Philly u Orlando, un repunte técnico que engrasaba la maquinaria a media pista y dotaba de alternativas y cerebros para producir en acciones tras bloqueo directo –ya sea en pick and roll o doblando al corte-. Un pulmón extra en ataque, para ser más exactos.

Pero la aportación de este recurso no se queda en un gran incremento en la creación, pues el verdadero valor de juntar a Kyle y Fred ha estado en la alternancia con y sin balón que ofrecían estos dos. Una combinación de bote y juego sin balón que hacía imposible a Golden State Warriors coartar con el incesante dos contra uno que recibía Leonard con balón, una carga que, si bien está plenamente justificada y resulta necesaria, con tanto arsenal disponible facilitaba la tarea al entorno.

Y conectando con la tarea de Leonard es como mejor se entiende todo lo sucedido hasta la fecha, pues salvo unos minutos de completa dominancia histórica en el quinto partido –diez, sí, diez puntos consecutivos para poner un +6 que terminaría por tener valor nulo tras la derrota-, las Finales de Leonard están por lo mucho que ha facilitado la tarea al entorno. Entró a la serie sin apenas poder bajar el balón por la inagotable lluvia de ayudas ofrecidas por Kerr para frenar cualquier vía de mirar al aro, corrigió alternando su juego en un sentido menos autosuficiente y llegó a nutrirse más que nunca de las recepciones y el catch-and-shoot –prácticamente un sueño inalcanzable vistos sus Playoff-.

Todo esto no le exentó de conseguir, por enésima vez, que todo espectador se replantease lo que podía llegar a ser una absorción de contacto en sus penetraciones. Pero sí, un 2×1 algo nocivo vista su mejoría en la toma de decisiones tras recibir el trap es lo que permitió a Leonard generar dos o tres espacios libres según se diese la ayuda (o doble ayuda llegados al caso), y que vista la tónica de las Finales, con polaridad absoluta en términos de porcentajes, jamás pudo ser más peligroso. No obstante, la ausencia cuasi general de Durant también facilitó la tarea defensiva a un Leonard que jamás tuvo que focalizarse al completo en una única figura y pudo entregarse al máximo en las ayudas no-puntuales sobre Curry al perímetro.

Una defensa, la llevada a cabo sobre Steph, que tampoco se puede resumir en el box and one, recurso con una utilidad muy puntual y que no serviría de alternativa con posibilidades tales como Klay Thompson o Kevin Durant sobre el parqué. El desgaste que conlleva una cobertura tan sumamente meticulosa y elevada en gasto de energía y recursos no se puede describir con palabras, es más, sería todo un crimen tatar de hacerlo, pero no deja de ser una proeza que socavar tan fondo en el trap, con la incalculable cantidad de recursos para generar que posee Golden State Warriors –Green o Iguodala como perfiles punteros en esta faceta-, haya terminado por ser la vía más eficiente para frenar a un Curry que, más allá de toda la tormenta que le rodea, ha hecho unas finales a la altura de lo que es: una leyenda de la NBA.

Porque la tarea de cubrir a uno de los perfiles más activos con y sin balón jamás vistos en la liga no puede encomendarse a un solo nombre, y es en este punto cuando salen a la palestra Kyle Lowry y Fred VanVleet. El primero de ellos, consabido y contrastado como defensor de primer nivel en emparejamientos perimetrales. El segundo, en cambio, no ha hecho más que agrandar su perfil y confirmar que más allá de ser un jugador muy notable en un lado de la cancha, es una pieza única en both sides. La cobertura off-ball de un jugador como Curry, que prácticamente promedia una media maratón por noche, solo se entiende con un sistema de ayudas generoso e inagotable.

Marc copó el trap tras bloqueo directo con un alarde de sacrificio y desgaste de piernas inimaginable, blindó también cualquier vía de escape en forma de línea de pase. Por su parte, las ayudas de Kawhi -algo más liberado por el contexto- y Green, entre otros, ponían la guinda a uno de los blindajes más inquebrantables en toda la campaña. Pero no todo podía ser perfecto, pues generar tanta atención abre una infinidad de vías explotables con una circulación rápida, espacios en pintura y en esquinas, un buffet libre de puntos liberados al servicio de una de las máquinas mejor preparadas para explotar desventajas.

Por último, es innegable que un campeonato no se gana solo con una batería de titulares repleta de grandes nombres. Y esta no iba a ser la excepción. Maestría de Nurse en el tacto a la hora de dar minutaje a un Ibaka que dinamitó por completo la eliminatoria en dosis pequeñas para exprimir al máximo el físico en pintura y cerrar el aro –para la historia quedará el cuarto con seis tapones y un flujo imparable de puntos en pintura-.

¿Y qué es de la historia?

La historia del deporte siempre ha sido ambiciosa y retorcida, egoísta por naturaleza, pero una tregua se la merece todo ser humano. Y toda institución, llegados al caso.

Por primera vez el Larry O’Brien sale de Estados Unidos con rumbo a Canadá. Un anillo histórico. Un anillo para la resistencia de aquellos que supieron caer una y mil veces frente al Rey en el Este; hasta que abdicó. Un anillo que lleva consigo la firma más grande jamás vista de jugadores que han pisado la liga de desarrollo, demostración del margen de mejora que posee casi cualquier perfil NBA si es tratado con mimo y a fuego lento. A fin de cuentas, un anillo que se antoja irrepetible.

El reconocimiento a Ujiri, fundirse en un abrazo con Lowry para reconocer lo que es suyo y la posterior entrevista junto a Kawhi solo es la guinda del pastel más sabroso jamás cocinado en el Norte. Porque nunca se llegó a ese extremo de antipatía que se daba por sentado tras dar puerta a DeMar DeRozan, es más, ambos ya maquinaban la idea de «hacer algo grande». Han forjado una amistad grandiosa, la química ha sido inmejorable y el equipo se ha nutrido de ella hasta límites insospechados. Ahora les toca disfrutar, a TODOS, y ya tendrá tiempo Kawhi para reflexionar sobre su futuro cuando no quedé champagne por descorchar en Toronto.
We won, Mr. DeMar. –Kyle Lowry-.

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