El estrafalario caso del robo del Sant Jordi

“Tócala otra vez, Sam”.

NO.

“Si me necesitas, silba”.

NO.

“Luke, yo soy tu padre”.

QUE NO.

“Rafa, no me jodas”.

HE DICHO QUE NO.

La correa de transmisión de la cultura popular tiene estas cosas. Que se establecen como leyendas indiscutibles frases y hechos que en realidad no han sido enunciados, o ejecutados, de tal manera. Pero, al igual que el lenguaje se transforma de acuerdo a las reglas sociales y al zeitgeist, del mismo modo lo hacen las leyendas, que primero se esculpen, luego se erosionan, y, finalmente, y si han conseguido evadir el efecto del (los) tiempo(s), se solidifican para siempre en su nueva y evolucionada forma. Hay millones de ejemplos: desde el “elemental, querido Watson”, catchphrase que a Arthur Conan Doyle le hubiera encantado inventar para su Sherlock Holmes, a “el fin justifica los medios” que nunca enunció Maquiavelo, pasando por el adagio de Albinoni que no es de Albinoni, o el “¡pechos, fuera!” de Afrodita A en “Mazinger Z”.

O el robo de Tomás Jofresa que le dio la victoria al Joventut de Badalona en el cuarto partido de la serie final de la liga ACB 1990/1991. Ese robo ha pasado a la historia, y con toda probabilidad fue la jugada más trascendente de ese partido; pero ni fue la última, ni fue absolutamente decisiva.

Lo sé porque yo estaba allí.

Me vais a permitir (fórmula infalible para decir lo que se quiera sin permiso) darle un poco de contexto al asunto. Asunto: la 90/91 es, en clave azulgrana, la temporada I d.a. (Después de Aito), con el hasta entonces pertinaz verdugo Boza Maljkovic como nuevo entrenador; pero el técnico-gurú madrileño no se ha marchado del todo, sino que sigue como mánager y máximo responsable de la sección de baloncesto del F.C. Barcelona, y qué podía salir mal. En el equipo verdinegro, después de un año convulso, un cese de entrenador (el venerable Herb Brown) a media temporada, y un final feliz a caballo de una Copa Korac conquistada bajo la dirección de un jovencísimo técnico provisional llamado Pedro Martínez, se resetea el proyecto deportivo para entregárselo a las prestigiosas manos de Lolo Sainz. Este dato no significará nada para las jóvenes generaciones de aficionados al baloncesto (si es que, snif, queda alguna joven etcétera), pero puedo prometer y prometo que ver a Lolo en un banquillo de un equipo que no fuera tan blanco como su incólume y mayestático PELAZO era un acontecimiento absolutamente implausible (he tenido que consultar en el diccionario de la RAE si existe el adjetivo “implausible”; no existe; escribir es un deporte de riesgo y hemos venido a jugar).

Más contexto, y ojito, porque este es de tipo emocional, y las emociones las carga el diablo; es, en definitiva, el contexto que descontextualizará el final de esta historia, a la vez que, jeje, contextualizará (ya paro, lo juro) la leyenda. El caso es que el verano de 1990 ocurrieron dos acontecimientos estrechamente relacionados. a) Ferran Martínez, canterano all around,abandona el Barça destino a Badalona, debido a sus complicadas relaciones con García Reneses. Y b) José Antonio Montero, canterano etcétera, abandona la Penya con destino al Palau Blaugrana debido a que, en una noche de furiosa tormenta, soñó que le daba al Barça su primera Copa de Europa con un estratosférico mate en el mismísimo rostro de Stojan Vrankovic (el final de esta historia le sorprenderá). Esto último puede que no sea del todo cierto. Para el barcelonismo, la marcha de Ferran al máximo rival catalán fue una punzada en el estómago, discutida, polémica; sin más. Para la afición verdinegra, la marcha de Montero al máximo rival catalán fue una afrenta intolerable, una traición imperdonable, un “me llamo Joventut de Badalona, tú mataste a mi padre, prepárate para morir”.

Ya llegamos, ya. Durante la liga regular de la temporada 1990-91, la Penya se había mostrado como el equipo más en forma del torneo: una base nacional inmejorable, dos americanos que iban a pasar a la historia del club (Corny Thompson y Harold Pressley), y un viejo zorro a los mandos con el bagaje necesario para insuflar el fervor ganador que necesitaba el club. Lolo Sáinz y los suyos encabezaron su grupo (el impar; los sistemas de competición de los 90, en fin) con un global de 30 victorias y 4 derrotas, sin pestañear. El grupo par (en serio, no preguntéis) lo lideró un Barcelona que empezó jugando un excelente baloncesto, rápido y electrizante, pero al que las lesiones de largo alcance y las tensiones en los despachos – incluida alguna polémica absolutamente hilarante, como Cruyff proponiendo que el Joventut y el Barcelona se fusionaran – fueron ahogando progresivamente, a pesar de lo cual le dio para imponerse en la Copa del Rey y perder, de nuevo, la final de la Copa de Europa, snif,ante la Jugoplastika, denominada aquel año Pop 84. El balance azulgrana en liga regular era menos imponente, 26-8, y no era casualidad. Los playoffs cumplieron matemáticamente las previsiones, y azulgranas y verdinegros iban a disputarse la liga ACB con ventaja de campo badalonesa y sin Audie Norris, cuyo hombro explotaba definitivamente (recordemos su brazo en cabestrillo en la final de París) y se unía a las bajas, arrastradas durante todo el año, de Xavi Crespo y Andrés Jiménez. Si eliminábamos el peso histórico de la ecuación, no había una sola razón para no dar como absoluto favorito al Joventut. Y los dos primeros partidos de la final, en Badalona, no subvirtieron de ningún modo el pronóstico: 73-65 y 84-72. La superioridad, tanto física como de plantilla, era demasiado profunda. Como simple anécdota sintomática, en el equipo azulgrana había momentos de partido en los que el puesto de 4 se lo repartían Epi y un jovencísimo Lisard González. Sin embargo, los de Maljkovic consiguieron sacar fuerzas de flaqueza en el tercer encuentro, ya en el Sant Jordi, y evitar el barrido con un agónico 85-83, a pesar de una jordanesca actuación de Harold Pressley. Se abrían las esperanzas para los aficionados culés: si ganamos un partido más, les atacarán los nervios… acusarán la presión en el quinto partido… no están acostumbrados… En fin, la lechera y su ábaco, siempre tan creativo.

Cuarto partido, Palau Sant Jordi, 19 de mayo de 1991. Epi y Piculín Ortiz por un lado, y Villacampa y Corny Thompson por otro, mantienen un duelo épico que pareciera decantarse, muy levemente, hacia otro pequeño milagro azulgrana. Acerquemos la cámara. Faltan 30 segundos, el resultado es 78-77, y Juan Antonio San Epifanio falla un tiro corto, pero coge su propio rebote. Faltan 26 segundos (nota para millennials y demás lectores de edades ofensivas: en aquella época las posesiones eran de 30 segundos), y el tótem maño saca la pelota hacia Montero, que se acerca a la línea detriple, observando la posibilidad de un lanzamiento librado que remate el partido y le ensalce a la altura de los héroes shakesperianos.

Pero Macbeth duda en matar al rey Duncan: desgraciadamente, opta por el sentido común y recula; dónde hay una Lady Macbeth cuando se la necesita. Faltan 23 segundos, y, mientras el base barcelonés bota y bota sin un objetivo claro, y sin presión ninguna del rival (como si los jugadores verdinegros supiesen, inconscientemente, lo que iba a ocurrir), Epi realiza una reconocible señal con los brazos, cruzándolos repetida y horizontalmente, advirtiendo de que esa posesión tenía que ser la última (hubo tres más; volveremos a ello).

Faltan 21 segundos, y Jordi Villacampa decide acercarse un par de pasos a Montero, ni que sea por el qué dirán, pero a distancia aún respetuosa; mientras, Epi sigue gesticulando de manera frenética, y uno piensa que quizás ese gesto no significa “última posesión”, sino más bien “ni se te ocurra hacer lo que estás pensando”; al otro lado, Solozábal se mantiene en una actitud pasivo-agresiva que podría calificarse como “pásamela, pero NO AHORA”.

Faltan 20 segundos, y Montero decide pasársela AHORA, justo en el momento en el que Nacho ha arrancado una finta para evitar la amenaza en línea de pase que significa la presencia de Tomás Jofresa. El pequeño de los ídem, disfrazado de Íñigo Montoya,se apoderadel balón y se dispara hacia canasta a velocidad de correcaminos; Montero y Solozábal le siguen con espíritu de Wille E. Coyote, con la única esperanza de sacar de fondo lo antes posible. Faltan 15 segundos (aparco la narración segundo a segundo, podéis respirar) para el final del partido, durante los cuales se generan, como decía anteriormente, tres posesiones más. Epi yerra un tiro forzado, pero no inverosímil para él; el rebote va a las manos de, por supuesto, Ferran Martínez, que recibe falta y anota los dos tiros libres, seguramente con la banda sonora de “Death Wish” en la cabeza. Aun así, faltan 5 segundos y el equipo azulgrana está a un triple de empatar el partido: difícil, pero no imposible. Tanto es así, que a Solozábal le sobran casi dos de esos cinco segundos para plantarse en la línea de tres y revivir aquel triple de Valladolid; a pesar de que la oposición de Villacampa vuelve a ser más bien limitada, el lanzamiento no es bueno y apenas toca el exterior del aro.

El Joventut de Badalona es campeón de liga, y el robo de Tomás Jofresa (y, especialmente, la pérdida de José Antonio Montero) pasa a la historia del baloncesto ACB.

A pesar de las circunstancias atenuantes, aquella final fue una entrega de testigo en toda regla: el Barcelona no volvería a imponerse en la liga ACB hasta cuatro años después, y el Joventut iniciaba un ciclo ganador histórico que culminaría con la Copa de Europa de 1994 en Estambul, ya a lomos de Obradovic. Pero la historia de aquella liga de 1991 fue la construcción de una leyenda en apenas veinte segundos que Epi, Ferran y Solozábal no se atrevieron a contradecir; la historia del robo de Tomás Jofresa fue, en definitiva, la historia de otro delito: la traición de José Antonio Montero.