Una serie de catastróficas desdichas

Hace unas semanas se produjo una noticia de enorme calado en el mustio baloncesto europeo de hoy en día. El legendario entrenador Rick Pitino, todo un Hall of Famer, había firmado por ese infierno estructural ateniense llamado Panathinaikos. Las razones por las cuales un coach de semejante nivel haya aterrizado en el basket FIBA no forman parte de este artículo (dejo la pelota botando a colegas de revista mucho mejor informados que yo, pero TE-LI-TA), pero la analogía que despertó en mi memoria sí.

¿El combustible de dicha analogía? La coincidencia del aterrizaje de Pitino en Europa con el despido de Larry Brown, otro histórico NBA, de su bizarra etapa en Torino. ¿Alguien en la clase recuerda, queridos padawanes, qué otro entrenador americano de prestigio coincidió en Europa con un integrante de la familia Brown? Efectivamente, la respuesta es correcta, mocoso repelente de la primera fila: George Karl, que aterrizó en el Real Madrid al mismo tiempo que Herb Brown en el Joventut de Badalona. Karl, un técnico con una carrera profusa y prestigiosa en NBA, incluyendo un premio a técnico del año en 2013, cruzó caminos con el club blanco durante, quizás, la etapa más convulsa, agitada, desgraciada y tragicómica de la sección en su historia; el mismísimo Wile E. Coyote se hubiese compadecido del técnico de Penn Hills. Sin duda, aquí hubo una historia y la vamos a contar. Y si puede ser, antes de la merienda.

Delorean, al verano de 1989, por favor. El Real Madrid venía de la famosa “liga de Petrovic” que había acabado ganando Epi, y los títulos de Copa y Recopa no habían conseguido eliminar cierta sensación de fracaso una vez escampó la invasiva bruma de Neyro del ambiente. Así pues, Ramón Mendoza le dio la patada hacia arriba a Lolo Sainz, nombrándolo mánager general (y como el experimento funcionó tan bien, el Barcelona repitió la maniobra años después con Aíto, con similares resultados; es lo que tienen las buenas ideas; el hombre es el único animal que etcétera). Y para la máxima responsabilidad deportiva decidió tirar por la calle de en medio, o, para ser más precisos con la analogía, por un callejón jamás transitado.

Así como la Penya escogía un coach americano baqueteado y algo de vuelta de todo como Herb Brown, el equipo blanco rompía un imaginario techo de cristal con el anuncio de la contratación de George Karl, un jovencísimo (38 años) entrenador que había pasado ya por Cavs y Warriors, y que abandonaba a los Albany Patroons de la CBA para iniciar una exótica aventura en la capital de España. Sin duda era una apuesta arriesgada pero apasionante, un flujo contracultural de sangre fresca y conocimientos que, si cuajaba y fluía a través del talento sin límites de Drazen y el poder moljniriano de Fernando Martín, podía volver del revés el baloncesto europeo. Lo que sucedió a continuación resultaría cómico si no fuera por el componente trágico que sobrevoló la aventura de Karl desde un fatídico día de diciembre. Pero ese verano en los despachos de Concha Espina fue absolutamente glorioso y se merece un punto y aparte. Como este.

El primer palo en las ruedas, que probablemente atrancó ya la diligencia para toda la temporada, fue la huida de Drazen Petrovic a los Blazers, en las farragosas circunstancias que tantas veces se han narrado y en las que no vamos a ahondar aquí (re: merienda). A la búsqueda de un interior o un alero fuerte que complementase la plantilla se sumaba la necesidad de un base de primer nivel que hiciese olvidar de alguna manera al inigualable Drazen. O no, porque Karl decidió apostar por un perfil de jugador menos protagonista pero quizás más útil al colectivo.

Su hombre era Scott Brooks, con el que llegó a un acuerdo que al jugador le resultó extraordinariamente útil… para renovar con los Sixers. No pasaba nada, el árbol de bases americanos siempre ha sido fructífero. El siguiente elegido fue un tal Darnell Valentine, que al final decidió que tenía mejores cosas que hacer en, por ejemplo, Boston. La tercera opción acabó siendo Mike Anderson, que sí firmó y arrancó la temporada… pero, después de estar a punto de ser cortado en octubre, acabó por ser sustituido en ACB por Dennis Nutt y relegado a la competición europea. Ya llegaremos a ello.

Mientras tanto, Karl presentaba orgulloso en rueda de prensa a su primera apuesta yanqui, un duro forward americano llamado Vincent Askew; cuando el técnico fue interpelado a raíz del reciente fichaje azulgrana de Paul Thompson, respondió con la elegancia de un rapero de Baltimore: “Askew le va a comer los huevos a Thompson”. No tuvimos ocasión de contemplar esa escena digna de Youporn: una lesión en la rodilla izquierda le descartaba y obligaba a seguir buscando. El elegido, después de que Volkov rechazara una oferta blanca en favor de los Atlanta Hawks, fue Ben McDonald, un rocoso interior que había estado ya a las órdenes de Karl tanto en Cavs como en Warriors, y que prometía complementarse a la perfección con los hermanos Martín. Con este refuerzo se daba, por fin, la plantilla por cerrada, después de un verano convulso cual parlamento taiwanés.

La temporada se inicia con expectación y entusiasmo, pero también con dudas y desconcierto generalizado. A los jugadores les cuesta entender los métodos del técnico yanqui, y a este las peculiaridades del baloncesto europeo. Es respetado por su entusiasta trabajo, el detallismo en sus scoutings y su capacidad de comunicación con los jugadores; pero viene de otro universo y necesita tiempo antes de encontrar un lenguaje común globalizador. Los resultados más o menos acompañan pero el juego no, y los aficionados arquean la ceja ante la política de rotaciones durante los partidos.

Además, el cómplice de Karl en la plantilla, McDonald, tarda poco en resentirse de problemas en la espalda y, después de una humillante derrota en pista del colista Clesa Ferrol, es sustituido por un fino alero, Anthony Frederick, resultón aunque individualista, y que parecía recién salido del rodaje de “El príncipe de Zamunda”. A nivel clasificatorio estos vaivenes no aventuraban ninguna catástrofe, por más que resultara extraño encontrarse segundo de grupo detrás del Caja de Ronda de Mario Pesquera, ese fetiche. Hasta que llegó la decimotercera jornada, un 3 de diciembre en el que debía jugarse un Real Madrid-CAI Zaragoza.

Fernando Martín ha sido lo más parecido a James Dean que haya parido nunca el deporte español. La significación de su leyenda ha enraizado en el imaginario colectivo de tal manera que me puedo ahorrar un buen gajo de narrativa; existe profusa literatura periodística sobre el tema. Para el equipo, la pérdida era inescrutable, irreversible, inabarcable a nivel de talento, liderazgo (Karl, con relación a su sustituto natural en este campo: “Biriukov es un líder, sí, pero diferente: debería chillar más”), intimidación y mística; pero, además, y en un plano más terrenal como el de estructura de plantilla, esta se quedaba corta de interiores, justo cuando había sustituido a un center como McDonald por un alero puro como Frederick. Poco después, durante un festivo torneo de Navidad, Dennis Nutt se lesionaba y demostraba que físicamente no estaba preparado para jugar en la élite; tal es así, que después de jugar la siguiente temporada en la CBA tuvo que retirarse con 27 años. No podían ocurrir más desgracias.

BUENO, SÍ.

BUENO, SÍ = Chechu Biriukov, el relevo natural en cuanto a liderazgo del malogrado Martín, sufría una lesión de gravedad suficiente como para dejarle fuera de la cancha el resto del curso, mientras la Copa se escapaba en semifinales ante el ulterior campeón, el CAI de Mark Davis. A esas alturas, la plantilla del Madrid se asemejaba a un grupo de adolescentes en una cabaña de película de terror: iban cayendo uno a uno sin remisión. George Karl se veía obligado a tirar de algunos juniors (Isma Santos era el más destacado) y a reemplazar a Nutt por Piculín Ortiz, ávido de interiores como estaba, mientras los movimientos sísmicos y sus réplicas convertían el zarandeo de tierras madridistas en una rutina.

En marzo se anunciaba que Lolo Sáinz, en nómina madridista desde la primera aparición del monolito negro, iba a finalizar su periplo al final de temporada, como resultado del pulgar hacia abajo de Don Ramón Mendoza, quien, por cierto, durante aquella tempestad llegó a sopesar seriamente una fusión con Cajamadrid. Tal era la sensación de catastrofismo generalizado. Sensación acentuada por la derrota en la final de la Recopa, en Florencia y ante la Knorr de Bolonia de Brunamonti, Coldebella, Vittorio Gallinari (el padre de Danilo) y Ray Richardson; un partido tan triste y apelmazado como el ambiente madridista. Fue el último partido de Mike Anderson, que ni siquiera se molestó en volver a Madrid y se largó directamente a Estados Unidos. Nadie podía salvar el Titanic.

Karl se sentía sentenciado y ya no se cortaba la lengua. Después de que no fructificase el fichaje de Toñín Llorente como refuerzo de última hora, se soltó la cadena en rueda de prensa: “Parece que Mendoza intenta cargarse la sección”. Una derrota contundente en las semifinales de la liga ACB ante el Joventut acabó con la agonía del técnico de Pensilvania y de todo el madridismo, que a esas alturas ya sabía que el próximo entrenador iba a ser Wayne Brabender. La historia de George Karl y el Real Madrid parecía finalizar aquí, a pesar de unos últimos e incómodos coletazos en forma de contienda por el finiquito, mientras la querencia del americano por el estilo de vida español justificaba que apareciera en las quinielas para entrenar al CAI de Zaragoza o al Villalba de Jesús Gil (y la prueba fehaciente de que fui una pésima persona en una vida anterior es que no se dio esta maravillosa alianza).

MARCA

Pero no ocurrió nada de esto. Lo que aconteció fueron unas elecciones a la presidencia del Real Madrid, a principios del año 1991, durante otro calamitoso año de la sección (sustitución de Brabender por Nacho Pinedo a media temporada y posterior fallecimiento de este en pleno partido). Me imagino una marcha de gatos negros ocupando la Gran Vía por aquella época, porque si no, no me lo explico.

Lo que aconteció fue que George Karl había dejado una impronta más indeleble de lo que parecía entre personal, directiva y plantilla, a pesar de sus fuertes críticas post-cese hacia Ferrándiz, Brabender y el propio Mendoza. Lo que aconteció es que el candidato Alfonso “marqués de Sotoancho” Ussía llevaba a Karl en su cartera y Mendoza no quiso ser menos; por lo tanto, ganara quien ganara (obviamente, fue este último, para mi desgracia y la de Pitita Ridruejo), George Karl iba a retornar en loor de multitudes al banquillo blanco, en un curioso proceso de limpieza de imagen que, con todo, no parecía injustificado.

La segunda etapa de George Karl al frente del Real Madrid, sinceramente, carece de literatura, yo ya me he saltado la merienda y estoy llegando tarde a una cita con Aubrey Plaza. Aunque llegaron buenos fichajes que cuajarían con el tiempo (Antúnez, Ricky Brown, Mark Simpson), el buen técnico americano no consiguió inyectar gen ganador a sus kilos de analíticas y scoutings, y el equipo, sin descarrilar, no transmitía nada especial.

En enero de 1992 le llegaba una oferta de Seattle Supersonics que le empujó a esfumarse entre excusas y lamentos algo impostados. En su última rueda de prensa dejó una frase para la posteridad que resumía y dibujaba a la perfección su singladura madrileña: “Ni yo entiendo mi dimisión”. Y quizás de la metáfora que emerge de esta expresión deviene su mayor legado. El de un entrenador cuya metodología y mensaje mezclaron con el baloncesto europeo como agua y aceite, y que sin embargo se ganó el respeto y el recuerdo de todos los que trabajaron con él. Pitino, your turn.

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