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Retrospectivas ACB

Ante Tomic, el hombre desenfocado

De las comparaciones con Pau Gasol al estigma de frío. Ante Tomic ha echado una carrera al baloncesto moderno y ha terminado por encontrar el foco en su carrera.

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En el largometraje “Deconstructing Harry” (Woody Allen, 1997), nota del articulista: sí, otra referencia cinéfila, qué pasa, Robin Williams encarna a un personaje perteneciente a una ficción dentro de la ficción, una especie de inception actoral: en uno de los relatos cortos del escritor protagonista (Harry Block, interpretado por el propio Allen), Williams es un actor que se vuelve borroso, cuya imagen se muestra desenfocada tanto dentro como fuera de plano.

La única solución a corto plazo que le ofrece el médico al que acude para solucionar el problema es darle unas gafas especiales a su familia para que, por lo menos ellos, le puedan ver correctamente. El psicólogo del protagonista infiere de este relato que el autor, el susodicho Harry Block, pretende que el resto del mundo se adecúe a su manera de pensar y proceder.

Probablemente el Woody Allen director y guionista buscaba una interpretación distinta, pero esto no es el Fotogramas y yo no soy Carlos Boyero, así que no voy a profundizar en ello. Saco a colación este sector de esta película en concreto porque, de alguna manera, se presentó en mi cabeza al día siguiente de la final de Copa de este 2019 (“¡baloncesto! ¡por fin!”, recitó el coro griego de lectores del artículo con renovada energía), mientras trataba de entender las últimas decisiones arbitrales de aquel partido a través de unas sencillas operaciones matemáticas (una derivada fraccional por aquí, una integral trigonométrica por allá) y la lectura recitada de “El libro rojo” de Carl Gustav Jung.

Y llegó a mi cerebro al caer en la cuenta de que Ante Tomic, el vilipendiado, fustigado, ninguneado, ridiculizado y menospreciado por buena parte de la afición madridista Ante Tomic, había conseguido lo que en cualquier otra circunstancia, o cúmulo de circunstancias, habría significado no solo una venganza en toda regla, un majestuoso “yippee-ki-yay, motherfuckers”, sino una jugada, una canasta que le habría trasladado a un olimpo imaginario de héroes, en este caso azulgranas, que parecía serle vetado para siempre por causas que serán desarrolladas (lo juro por el protector bucal de don Stephen) en posteriores párrafos.

En lugar de ello, el guardián de dicho olimpo le objetó a Tomic no sé qué de unos calcetines blancos y le impidió el paso; y aceptó, sin embargo, a un tal Instant Replay, un extraño infraser que se presentó con apenas dos de sus once extremidades sanas.

Y así, de esta rocambolesca manera, el jugador croata, cuya final fue destacable (incluyendo un tremebundo mate sobre Ayón a 40” del final, absolutamente fuera de guion) volvía a quedar apartado de un foco que en sus inicios de carrera parecía inevitable que abarcara, y que le ha estado esquivando y lacerando durante su trayecto en la élite.

Apartado de un foco.

Desenfocado.

¿Lo pilláis ahora?

(“Que no seamos suscriptores de Skyhook/no significa que seamos idiotas”, canta, resignado, el coro griego)

Vale, vale, perdón. Un puntito y aparte y desarrollamos.

El Gasol de Dubrovnik

Me permitirá el paciente lector que corretee de puntillas sobre la vida y milagros de Ante Tomic, alumbrado hace 32 años en la ciudad croata de Dubrovnik, la “Atenas dálmata”, lugar de nacimiento de otras personalidades destacadas de la pelota naranja tales como Nikola Prkacin, Andro Knego (y su legendaria alfombra de pelo pegada a la espalda), y un tal Mario Hezonja que aparecerá como estrella invitada dentro de un rato.

Me ahorraré que salió de Dubrovnik para empezar a destacar en el KK Zagreb, donde desarrolló su juego y se ganó convocatorias para las selecciones inferiores croatas (vaya, al final no me lo he ahorrado); y saltaré a enero de 2010, donde unos magníficos promedios de 18 puntos y 9 rebotes deciden al Madrid de Messina y Maceiras a pagar un millón de euros de buyout para que palie la larga lesión de Van den Spiegel y adelantar un fichaje acordado para junio. En su presentación, el propio Maceiras empieza a anudarle las cadenas que el bueno de Ante va a arrastrar durante toda su carrera deportiva:

“Tiene una gran versatilidad, aunque su peso puede no ser lo que necesita el equipo; pero tiene una gran perspectiva de futuro”.

Él, por su parte, ya despejaba balones cuando le comparaban con Pau: “es una exageración compararme con él”.

Sí, claro. El archivo sonoro de los deportistas de élite está lleno de obviedades de este tipo, pero lo cierto es que en aquellos momentos lo de “El Gasol del Este” sonaba bastante. Por supuesto que era una exageración, pero las primeras impresiones fueron positivas y permitían que el nuevo batacazo masivo de aquella temporada no opacara las esperanzas puestas en el joven Tomic. El siguiente curso confirmó las buenas impresiones del jugador, pero no las del equipo, que a pesar de cargarse a Messina en marzo volvió a quedarse en blanco.

En 2011 llegaban Pablo Laso y Sergio Rodríguez, y el periplo blanco de Ante iba a decolorarse hacia un inerte gris. Sus números bajaron, las sensaciones aún más, y el peso de su falta de físico, la escasa potencia de su tren inferior y un lenguaje gestual más bien plañidero se imponían en la psique baloncestística generalizada; el estilo de juego instalado por Laso, y, por ende, el toque de corneta impuesto por los Sergios, superaban a un Ante Tomic que para explayarse requería de tiempo, espacio y dedicación. Su nefasta final contra el Barcelona acabó por sentenciarle, pero el destino le iba a ofrecer un jugoso requiebro.

De Troya a Grecia

Pervive cierto relato según el cual Ante Tomic dejó el Real Madrid por el Barcelona para, según sus palabras, ganar los títulos que hasta entonces se le habían negado. Dicho relato se utiliza una y otra vez para atizar al de Dubrovnik, pero basta repasar sus declaraciones de aquella época para comprobar que fue el club blanco el que no le quiso, y que él tan solo expresó su voluntad de ganar trofeos con su nuevo club. Solo faltaría. Ante estaba convencido de que su juego, con Xavi Pascual, mejoraría sustancialmente, y así fue.

Por otra parte, Pablo Laso estaba convencido de que sin Tomic el juego de su equipo mejoraría sustancialmente, y así fue, hasta el punto de que se dio inicio a la época más exitosa del club en la era moderna. Justo mientras, coincidiendo con la llegada del pívot croata, el Barcelona entraba en una espiral de descomposición de la que, a pesar de los decentes resultados de esta temporada, no tengo nada claro que haya salido.

¿Era culpable Tomic de los malos resultados del Madrid hasta su despedida? No. ¿Ayudó su salida a mejorar el equipo? Sí, puesto que no encajaba con el estilo de juego que pretendía imponer su técnico. ¿Es culpable Tomic de los irregulares resultados del Barcelona desde su llegada? No, en absoluto. ¿Voy a cerrar este bucle de preguntas y respuestas en el que he entrado y voy a pasar de una puñetera vez al siguiente párrafo? Sí, antes de que venga el coro griego a dar por saco.

Deconstructing Tomic

El momento elegido, o forzado a elegir, para saltar de Real Madrid a Barcelona ejemplifica a la perfección mi metáfora woodyalleniana: justo cuando el foco se trasladaba a la capital española, Ante Tomic se apartaba de él en la catalana. Pero no es el único desenfoque apreciable en su carrera. Su mismísimo perfil de jugador, un center poco móvil, muy alto, con facilidad para el juego de espaldas al aro y con una inestimable capacidad para el pase, de la estirpe de los Sabonis, Tomasevic o Vujcic, resulta muy a contracorriente del que prevalece, desde algunos años, en el baloncesto europeo.

Un baloncesto que requiere de cincos móviles que puedan cambiar en defensa con cierta facilidad y se desplacen veloces en el pick&roll (Hines, Dunston, Ayón); o, en todo caso, torres que dominen defensivamente (Vesely, Tavares). Un baloncesto que permite a Tomic ser considerado uno de los mejores centers del continente pero no dominarlo, bajo la creencia, basada en estadísticas avanzadas, de que el juego al poste es menos eficaz, más defendible, que cualquier otra opción ofensiva. Esto, junto a las perennes y estigmatizadas acusaciones de blandura e incapacidad defensiva, nos han llevado a todos a proclamar, y ahora por fin el coro griego me resulta útil:

“¡No se puede edificar/un proyecto sobre Tomic!”

Gracias majos, e id a lavar las túnicas, haced el favor.

Sí, a Ante Tomic probablemente no le da para aguantar sobre sus espaldas una estructura dominante en Europa, pero eso no valida necesariamente los demás mantras que le persiguen. Por ejemplo, con los años se ha convertido en un gran defensor y se le reconoce muy poco. Su tren inferior da para lo que da, su capacidad de salto e intimidación es endeble; pero ha conseguido ser bastante difícil de superar en el 1×1, sabe cuándo y cómo lanzar flashes y es un gran reboteador defensivo. A base de IQ y constancia ha conseguido mejorar drásticamente sus prestaciones en este sentido, hasta el punto de que, le traigan a quien le traigan como compañero de posición, él siempre es el mejor center defensivo de la plantilla. Sí, también con Joey Dorsey.

Por otro lado, afirmar que Ante Tomic tiene un problema de carácter es, de nuevo, simplificar el asunto y adherirse al relato establecido, basándose en sus carencias físicas y su lenguaje gestual (declaraciones de Pesic, hace nada: “Tomic tiene calidad, táctica y cojones”). En la opinión de este perpetrador de artículos, el mayor déficit de su talante es la necesidad de sentirse importante para dar un rendimiento acorde a su capacidad.

Lo hemos visto no hace mucho, al inicio de la temporada pasada, cuando la llegada de Seraphin parecía quitarle minutos y protagonismo, y decayeron sus prestaciones; fue llegar Pesic y entregarle galones, junto a la grave lesión del francés, y Ante retornó a sus números y rendimiento de todos estos años. También lo hemos podido comprobar durante su periplo en la selección croata, donde, rodeado de una atmósfera de caos, desorden, terroristas del aquí llego y aquí me la tiro, y entrenadores que lo permitían, ha sido incapaz de siquiera acercarse a un nivel cercano a su capacidad.

El tenebroso Eurobasket de 2015 fue su canto del cisne; renunció a ser seleccionado para el preolímpico de 2016, sin que se conocieran las razones concretas, y no ha vuelto a la selección. Pero esto no significa que carezca de personalidad ni predicamento en un vestuario: eran épicas las broncas con las que reprendía, en la misma pista, a su conciudadano Mario Hezonja. Además, su constancia en cuanto a números (siempre entre los jugadores más valorados de cualquier competición en la que participe), presencias en pista (no ha tenido ninguna lesión larga, no falla casi nunca, una rara avis en el basket europeo tan sobrecargado de hoy en día) y aguante en un club tan inestable, da a entender una resiliencia que no por desenfocada deja de ser genuina.

Epílogo, porque ya, total…

Volvemos a la final de Copa. El plano master televisivo acompaña el vuelo del último balón lanzado por Llull desde su campo a la desesperada; Tomic es el único jugador azulgrana en su mitad de pista, y observa el arco que dibuja la pelota con los brazos en jarra, aceptando el designio del destino con cierta resignación, porque la dirección es la correcta y podría acabar dentro del aro. El balón se regodea antes de salirse enérgicamente; el Barça es campeón, pero Ante no reacciona. Se queda contemplando el otro lado de la cancha, quizás resoplando internamente, o puede que alcanzando una paz interior que se le ha estado negando durante demasiado tiempo. No sabemos si se dispone a abrazarse a sus compañeros, a bailar reggaetón o a levitar presa de un trance chamánico, porque la cámara decide, una vez más, retirarle el foco.

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Retrospectivas ACB

El zorro aprendió a perder en Tenerife

En la temporada 1988-89 desembarcó en la liga ACB uno de los mejores entrenadores de la historia del baloncesto. Tenerife fue el destino de Alexander Gomelski, un escenario completamente nuevo para él y en el que viviría la otra cara de la moneda.

jakonako10@gmail.com'

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El Diario de Avisos

Rotterdam. 9 de julio de 1988. La selección española cae de forma estrepitosa (129-82) ante la URSS de Sabonis, Kurtinaitis y Marciulionis, en un encuentro correspondiente al Preolímpico de Seúl. Un partido sin demasiada historia –ambas selecciones ya estaban clasificadas para los JJ.OO., aunque con muchas dificultades y una pequeña dosis de suerte por el bando ibérico- en el ámbito deportivo pero que generó un gran movimiento en las sombras de los despachos. Eso sí, fraguado bajo el más absoluto, hermético e impenetrable silencio.

En una misma sala se encuentran José Antonio Hidalgo, directivo del Tenerife Amigos del Baloncesto, José Antonio Arizaga –figura clave entre los representantes, que durante tres décadas controló los grandes movimientos europeos, entre ellos los de Petrovic y Sabonis- y Alexander Gomelski, entrenador del ‘coco’ soviético, como figuras principales. Las conversaciones se habían iniciado semanas antes, cuando Hidalgo había contactado directamente con la federación rusa. El objetivo estaba claro. Y estaba allí frente a él.

El dinero no suponía ningún problema. Amid Achi Fadul, propietario de la empresa Almacenes Número 1 y una de las personas más ricas de toda Canarias, ofrece un cheque en blanco con el fin de poner en el mapa al equipo del que es el máximo patrocinador, el Tenerife Número 1.

El Diario de Avisos

Sin mucho más que hablar, se cierra un preacuerdo que supone el inicio de uno de los episodios más interesantes del baloncesto español. Aquel día se colocó la primera piedra de la que sería la estancia en la liga española del patriarca del baloncesto soviético y de uno de los mejores y más aclamados entrenadores de todos los tiempos.

El coronel Gomelski, reconocimiento obtenido por sus formidables méritos deportivos, aterrizó en la isla el 20 de octubre después de recibir la autorización del Sovietsport. Y lo hacía por todo lo alto: liderando a la selección de la URSS al oro olímpico, un honor más especial que otrora tras dos Juegos Olímpicos seguidos de boicot primero estadounidense y luego soviético.

Sin tiempo ni preparación, Gomelski se lanzó a la conquista de España. Trifón Poch, segundo entrenador, y Alejandro Martínez, actual técnico del Palencia y, por aquel entonces, delegado, se encargaron de realizar la pretemporada y dirigir el debut en liga.

Su primer partido con el Tenerife Número 1 tendría lugar apenas dos días después, generando una gran expectación en toda la isla y en el seno del propio club. “Un entrenador de su nivel, méritos y currículum despertó una gran expectación e ilusión entre la plantilla”,recuerda Alejandro Martínez. Tanto la ocasión como la puesta en escena invitaban a ello.

Acostumbrado a dirigir a los dominadores de Europa durante décadas, no supo adaptarse a un modesto equipo que luchaba por la permanencia

El técnico ruso agitó a la afición local con un intenso y entusiasta discurso a pie de pista que terminaría en fiesta. Victoria ajustada (81-80) ante el Pamesa Valencia, con 27 puntos de Lemone Lampley y 17 de José Manuel Beirán, padre del actual jugador del CB Canarias, Javier Beirán. La euforia, sin embargo, iría dando paso a la desesperanza y la frustración con el paso de las semanas, y las expectativas se irían diluyendo.

En las siguientes quince jornadas, el ilusionante proyecto insular comienza a hacer aguas, con tan solo tres victorias y problemas internos a nivel deportivo. Dudas, preguntas y culpas se empezaban a agolpar en la cabeza de jugadores, directivos y el propio Gomelski. La oleada de críticas externas recibidas tampoco ayudaba en un ambiente que comenzaba a enturbiarse peligrosamente.

Gomelski estaba acostumbrado a ganar y recopilar un sinfín de títulos y éxitos. Entrenamientos dinámicos, muy físicos, con ejercicios prácticos –aplicando los mismos sistemas, entre otros, sus conocidos ochos rusos, que tan buenos resultados dieron en el CSKA y la selección- de situación de partido que al mismo le gustaba dirigir, dejando al preparador físico Andrés Mateos los ejercicios meramente individuales y de gimnasio. Adaptado a dirigir a muchos de los grandes dominadores de toda Europa de la época, el técnico pensó que sus sistemas serían absorbidos con mayor rapidez y facilidad, pero no fue así.

“Trataba de aplicar al Tenerife Número 1 cosas de su club y de una selección sumamente física, con bases y escoltas de dos metros e interiores de 2,15 que habían ganado unos Juegos y que disponían de jugadores de la talla de Sabonis, Tikhonenko o Belostenni. Nosotros no podíamos hacer eso, no estaba a nuestro alcance”, confirmaría Alejandro Martínez en unas palabras para El Diario de Avisos. Unas palabras que comparte Pedro Ramos, componente de la plantilla: “Él vino de ser campeón olímpico a un equipo que luchaba por salvar la categoría. Los métodos eran completamente distintos y se encontró en una liga y situación completamente nueva para él”.

Por si fuera poco, la comunicación entre plantilla y jugadores nunca fue la idónea dentro del marco de una competición de élite. “A nivel muy básico, con cinco o seis conceptos en inglés puedes llegar a entender qué quiere el entrenador, pero no nos entendíamos todo lo bien que hace falta para funcionar como equipo”,recuerda Ramos.

Poco a poco, el técnico vio debilitar su fortaleza mental y su obsesión por revertir la situación terminó por minar la moral de sus propios jugadores y alentar el desánimo general. Su principal objetivo era el de fichar a un norteamericano fiable con el que formar una poderosa pareja interior junto a Lampley. “Un anotador compulsivo”. Su exigencia en la búsqueda de su principal fuente de deseo fue altísima, casi enfermiza.

El Diario de Avisos

Casi cada semana, los Lampley, Valdivieso, Fermosel, Beirán y compañía veían cómo, uno tras otro, los jugadores iban desfilando por las instalaciones para, inmediatamente, ser desechados por Gomelski tras un par –o tan solo una- de sesiones.

“Hasta trece jugadores, al menos, llegamos a probar”, relata Martínez. John Washington apenas duraría siete jornadas, siendo sustituido por Darren Tillis, quien tampoco llegó a cuajar. Nikita Wilson, procedente del Murcia, Lorenzo Charles, famoso por anotar aquella canasta ganadora en la final de la NCAA de 1983, o Mike Schutlz, cuyo fuerte carácter chocó con el también inflexible del técnico, fueron algunos de los ilustres nombres que fueron exprimidos por las manos de Gomelski.

No sería hasta la vigesimotercera jornada cuando Gomelski encuentra a ‘su hombre’: Tom Gneiting, pívot mormón de 2,07 metros formado en la Universidad de Brigham Young, rocoso y muy trabajador, que completaría prácticamente toda su carrera como temporero en España. Sin embargo, el séptimo de caballería acudiría a su ayuda con el fortín ya desmantelado. Sus más de 16 puntos y 8 rebotes por velada serían insuficientes para revertir la situación de la temporada y el Tenerife Número 1 acabaría la temporada regular en el pozo de la clasificación y con el inesperado objetivo de salvar la categoría en el ‘playout’.

“Fue una pena porque era un proyecto ambicioso y teníamos equipo para salvar cómodamente la categoría”, coincidían Alejandro Martínez y Quique Alfonso, jugador del equipo aquel curso.

Completamente hundido y sin capacidad de reacción, la puntilla llegaría el 25 de abril 1989. Una derrota por 29 puntos ante el Taugrés en Vitoria sentencia al técnico, quien se entera de la destitución tras una llamada telefónica desde Tenerife de su hijo. El club lo confirma directamente nada más llegar a la isla: Alexander Gomelski deja de ser entrenador del Tenerife Número 1 y Trifón Poch, segundo, ocupará su puesto.

El despido de Gomelski se resistió hasta casi el último momento, pero llegó. Nunca antes había sido destituido

Una situación inédita a lo largo de sus más de dos décadas en activo. Nunca antes había sido despedido. Pero asumió el hecho con profesionalidad, fiel a su personalidad educada y elegante. Hizo las maletas y se despidió de los jugadores, no sin antes hacer una última petición al cuerpo técnico: “trabajen al máximo para intentar salvar la categoría”.

Algo que el Tenerife Número 1 lograría semanas después firmando un 3-0 en la serie definitiva ante el Askatuak, ya con Gomelski de nuevo en casa, a miles de kilómetros de allí, en la fría y sombría Moscú.

Este texto es un extracto del artículo publicado en #Skyhook14 y que puedes comprar en nuestra tienda

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Retrospectivas ACB

El jinete pálido

Barba hirsuta, aspecto frailuno, mirada de fuego y nervios de hielo. No, no es Juego de Tronos, es Marko Popovic, el último referente histórico del Baloncesto Fuenlabrada.

theobaldphilips@hotmail.com'

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ACB Photo / Emilio Cobos

Y contemplé un caballo pálido; y el nombre de su jinete era La Muerte. Y el infierno le seguía.

(Apocalipsis, 6:8) 

Todo parecía desmoronarse. No solo estaban a punto de ser expulsados de lo que había sido su hogar durante los últimos diez años, sino que el clima interno se había vuelto prácticamente irrespirable, saturado de agrias y mutuas recriminaciones.

Y, de repente, como si fuera la respuesta a una muda plegaria, apareció en el horizonte aquel tipo de barba hirsuta, aspecto frailuno, mirada de fuego y nervios de hielo. Traía bajo el brazo el pan de una esperanza recién nacida y su sola presencia, la fama que le precedía, hizo a muchos recobrar la fe perdida, como si la imagen de aquel pistolero infalible que nunca sonreía y que, muchos años antes, había sacado al pueblo del pozo, se hubiese bajado del pendón que adornaba las paredes y se hubiera hecho carne. Fue una inyección de ilusión que restañó definitivamente las heridas, la rúbrica de un armisticio que permitió que, en Fuenlabrada, todos remasen en la misma dirección y se pudiese aprovechar la oportunidad que los vericuetos administrativos les habían conferido.

Con el bagaje de mil batallas en los que su puntería había estado al servicio de grandes potencias europeas, con la culata de su revólver marcada por innumerables títulos colectivos y galardones individuales, era lógico que el de Zadar se convirtiese en la principal referencia del proyecto. Pero, muy pronto, Marko Popovic se convirtió en algo más que el go-to-guy de los del sur de Madrid. Como el reverendo de Eastwood, o el Shane de George Stevens del que aquel es trasunto, la importancia del escolta fue más allá de lo que sus balas podían hacer; se convirtió en el líder de aquel grupo, en el inspirador y guía de un espíritu y una cultura que consolidó en la cancha aquella ilusión que, entre los aficionados, nació de un simple titular de prensa. 

La primera temporada estuvo repleta de alegrías, con la estructura colectiva que diseñó Zan Tabak, y que luego Jota Cuspinera consolidó, jugando un baloncesto alegre en el que el protagonismo pasaba de mano en mano sin descanso, teniendo siempre detrás la seguridad de que, llegado el momento, si los problemas acuciaban, contaban con que su número 2 terminaría ejecutando. Popovic ejercía el liderazgo del ejemplo, corriendo más kilómetros que nadie en los partidos, fajándose atrás, donde más sufre, siendo casi un entrenador más cuando le tocaba sentarse, animando, aconsejando a jugadores y técnicos, haciendo equipo.

Era uno más de la falange, aunque consciente de que su puesto estaba en el lado derecho, el más desguarnecido y de más responsabilidad, siendo al que le toca sostener la línea cuando las cosas van mal dadas. ¡Bang, bang!, un triple en Zaragoza para ir a la Copa, ¡bang, bang!, otra victoria para alcanzar los playoffs; lejos del clasicismo y de la elegancia de la leyenda fundacional, el jinete pálido desenfundaba y disparaba como si le estuvieran dando un latigazo, como si cada acierto costara trabajo, como si proviniera de un parto o de una agonía, lo que daba casi a cada una de sus acciones un toque épico que, además de levantar a sus compañeros, conectaba directamente con el corazón de la gente y regaba con gasolina el fuego de aquella esperanza y aquella fe que su llegada había traído. 

El segundo año, sin embargo, fue muy distinto. Los resultados adversos, los problemas con las lesiones, rompieron la buena racha del equipo y llevaron a Marko Popovic a un tipo de liderazgo más negativo. Su compromiso era el mismo, su esfuerzo también, su calidad no había decaído, pero la luz de su faro no guiaba de la misma forma.

Ansioso por no haber podido ayudar a los suyos mientras los doctores no le permitieron pisar el parqué, se dedicó a amasar el balón en exceso, a cambiar la formación en falange por el singular combate, a agotar el oxígeno de un equipo que vivía del esfuerzo colectivo e ir, de forma inconsciente, agravando la desconfianza de sus compañeros. Sin quererlo, cuanto más se esforzaba en romper el círculo vicioso más perfilaba su diámetro. Aprendió, con los sinsabores de un año de muchos nervios, que no basta con ser el mejor para ser un buen líder. 

Y esas enseñanzas le valieron en la siguiente temporada para, a sus 35 años, mejorar. El jinete pálido que se encontró el equipo del Che García era otra vez aquel que, incluso en una plantilla con más calidad que aquel con el que había empezado su andadura en Fuenlabrada, el equipo necesitaba. Un líder generoso que, hasta hoy mismo, con su cuerpo cada vez más castigado, transmite a sus compañeros y a las gradas confianza y seguridad, un pistolero que no deja una gota de sudor por derramar y que hace con su ejemplo todavía más que con su puntería. 

El tiempo pasa inexorable y, en esta 2018-2019, está pasando a nuestro protagonista una factura cada vez más alta que nos está impidiendo verle con la asiduidad que queremos los que amamos el baloncesto. Disfrutemos de cada lección que le queda por darnos porque, desgraciadamente para nosotros, está cada vez más cercana la fecha en la que, como Shane en “Raíces profundas”, como el jinete pálido, Marko Popovic se alejará cabalgando en el horizonte, convirtiéndose en leyenda y dejándonos con la sensación de estar perdiendo algo precioso.  

ACB Photo / Emilio Cobos
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Una serie de catastróficas desdichas

Viajamos a 1989, año en el que un extraterrestre aterriza en Madrid. Allí viviría una temporada inolvidable.

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Hace unas semanas se produjo una noticia de enorme calado en el mustio baloncesto europeo de hoy en día. El legendario entrenador Rick Pitino, todo un Hall of Famer, había firmado por ese infierno estructural ateniense llamado Panathinaikos. Las razones por las cuales un coach de semejante nivel haya aterrizado en el basket FIBA no forman parte de este artículo (dejo la pelota botando a colegas de revista mucho mejor informados que yo, pero TE-LI-TA), pero la analogía que despertó en mi memoria sí.

¿El combustible de dicha analogía? La coincidencia del aterrizaje de Pitino en Europa con el despido de Larry Brown, otro histórico NBA, de su bizarra etapa en Torino. ¿Alguien en la clase recuerda, queridos padawanes, qué otro entrenador americano de prestigio coincidió en Europa con un integrante de la familia Brown? Efectivamente, la respuesta es correcta, mocoso repelente de la primera fila: George Karl, que aterrizó en el Real Madrid al mismo tiempo que Herb Brown en el Joventut de Badalona. Karl, un técnico con una carrera profusa y prestigiosa en NBA, incluyendo un premio a técnico del año en 2013, cruzó caminos con el club blanco durante, quizás, la etapa más convulsa, agitada, desgraciada y tragicómica de la sección en su historia; el mismísimo Wile E. Coyote se hubiese compadecido del técnico de Penn Hills. Sin duda, aquí hubo una historia y la vamos a contar. Y si puede ser, antes de la merienda.

Delorean, al verano de 1989, por favor. El Real Madrid venía de la famosa “liga de Petrovic” que había acabado ganando Epi, y los títulos de Copa y Recopa no habían conseguido eliminar cierta sensación de fracaso una vez escampó la invasiva bruma de Neyro del ambiente. Así pues, Ramón Mendoza le dio la patada hacia arriba a Lolo Sainz, nombrándolo mánager general (y como el experimento funcionó tan bien, el Barcelona repitió la maniobra años después con Aíto, con similares resultados; es lo que tienen las buenas ideas; el hombre es el único animal que etcétera). Y para la máxima responsabilidad deportiva decidió tirar por la calle de en medio, o, para ser más precisos con la analogía, por un callejón jamás transitado.

Así como la Penya escogía un coach americano baqueteado y algo de vuelta de todo como Herb Brown, el equipo blanco rompía un imaginario techo de cristal con el anuncio de la contratación de George Karl, un jovencísimo (38 años) entrenador que había pasado ya por Cavs y Warriors, y que abandonaba a los Albany Patroons de la CBA para iniciar una exótica aventura en la capital de España. Sin duda era una apuesta arriesgada pero apasionante, un flujo contracultural de sangre fresca y conocimientos que, si cuajaba y fluía a través del talento sin límites de Drazen y el poder moljniriano de Fernando Martín, podía volver del revés el baloncesto europeo. Lo que sucedió a continuación resultaría cómico si no fuera por el componente trágico que sobrevoló la aventura de Karl desde un fatídico día de diciembre. Pero ese verano en los despachos de Concha Espina fue absolutamente glorioso y se merece un punto y aparte. Como este.

El primer palo en las ruedas, que probablemente atrancó ya la diligencia para toda la temporada, fue la huida de Drazen Petrovic a los Blazers, en las farragosas circunstancias que tantas veces se han narrado y en las que no vamos a ahondar aquí (re: merienda). A la búsqueda de un interior o un alero fuerte que complementase la plantilla se sumaba la necesidad de un base de primer nivel que hiciese olvidar de alguna manera al inigualable Drazen. O no, porque Karl decidió apostar por un perfil de jugador menos protagonista pero quizás más útil al colectivo.

Su hombre era Scott Brooks, con el que llegó a un acuerdo que al jugador le resultó extraordinariamente útil… para renovar con los Sixers. No pasaba nada, el árbol de bases americanos siempre ha sido fructífero. El siguiente elegido fue un tal Darnell Valentine, que al final decidió que tenía mejores cosas que hacer en, por ejemplo, Boston. La tercera opción acabó siendo Mike Anderson, que sí firmó y arrancó la temporada… pero, después de estar a punto de ser cortado en octubre, acabó por ser sustituido en ACB por Dennis Nutt y relegado a la competición europea. Ya llegaremos a ello.

Mientras tanto, Karl presentaba orgulloso en rueda de prensa a su primera apuesta yanqui, un duro forward americano llamado Vincent Askew; cuando el técnico fue interpelado a raíz del reciente fichaje azulgrana de Paul Thompson, respondió con la elegancia de un rapero de Baltimore: “Askew le va a comer los huevos a Thompson”. No tuvimos ocasión de contemplar esa escena digna de Youporn: una lesión en la rodilla izquierda le descartaba y obligaba a seguir buscando. El elegido, después de que Volkov rechazara una oferta blanca en favor de los Atlanta Hawks, fue Ben McDonald, un rocoso interior que había estado ya a las órdenes de Karl tanto en Cavs como en Warriors, y que prometía complementarse a la perfección con los hermanos Martín. Con este refuerzo se daba, por fin, la plantilla por cerrada, después de un verano convulso cual parlamento taiwanés.

La temporada se inicia con expectación y entusiasmo, pero también con dudas y desconcierto generalizado. A los jugadores les cuesta entender los métodos del técnico yanqui, y a este las peculiaridades del baloncesto europeo. Es respetado por su entusiasta trabajo, el detallismo en sus scoutings y su capacidad de comunicación con los jugadores; pero viene de otro universo y necesita tiempo antes de encontrar un lenguaje común globalizador. Los resultados más o menos acompañan pero el juego no, y los aficionados arquean la ceja ante la política de rotaciones durante los partidos.

Además, el cómplice de Karl en la plantilla, McDonald, tarda poco en resentirse de problemas en la espalda y, después de una humillante derrota en pista del colista Clesa Ferrol, es sustituido por un fino alero, Anthony Frederick, resultón aunque individualista, y que parecía recién salido del rodaje de “El príncipe de Zamunda”. A nivel clasificatorio estos vaivenes no aventuraban ninguna catástrofe, por más que resultara extraño encontrarse segundo de grupo detrás del Caja de Ronda de Mario Pesquera, ese fetiche. Hasta que llegó la decimotercera jornada, un 3 de diciembre en el que debía jugarse un Real Madrid-CAI Zaragoza.

Fernando Martín ha sido lo más parecido a James Dean que haya parido nunca el deporte español. La significación de su leyenda ha enraizado en el imaginario colectivo de tal manera que me puedo ahorrar un buen gajo de narrativa; existe profusa literatura periodística sobre el tema. Para el equipo, la pérdida era inescrutable, irreversible, inabarcable a nivel de talento, liderazgo (Karl, con relación a su sustituto natural en este campo: “Biriukov es un líder, sí, pero diferente: debería chillar más”), intimidación y mística; pero, además, y en un plano más terrenal como el de estructura de plantilla, esta se quedaba corta de interiores, justo cuando había sustituido a un center como McDonald por un alero puro como Frederick. Poco después, durante un festivo torneo de Navidad, Dennis Nutt se lesionaba y demostraba que físicamente no estaba preparado para jugar en la élite; tal es así, que después de jugar la siguiente temporada en la CBA tuvo que retirarse con 27 años. No podían ocurrir más desgracias.

BUENO, SÍ.

BUENO, SÍ = Chechu Biriukov, el relevo natural en cuanto a liderazgo del malogrado Martín, sufría una lesión de gravedad suficiente como para dejarle fuera de la cancha el resto del curso, mientras la Copa se escapaba en semifinales ante el ulterior campeón, el CAI de Mark Davis. A esas alturas, la plantilla del Madrid se asemejaba a un grupo de adolescentes en una cabaña de película de terror: iban cayendo uno a uno sin remisión. George Karl se veía obligado a tirar de algunos juniors (Isma Santos era el más destacado) y a reemplazar a Nutt por Piculín Ortiz, ávido de interiores como estaba, mientras los movimientos sísmicos y sus réplicas convertían el zarandeo de tierras madridistas en una rutina.

En marzo se anunciaba que Lolo Sáinz, en nómina madridista desde la primera aparición del monolito negro, iba a finalizar su periplo al final de temporada, como resultado del pulgar hacia abajo de Don Ramón Mendoza, quien, por cierto, durante aquella tempestad llegó a sopesar seriamente una fusión con Cajamadrid. Tal era la sensación de catastrofismo generalizado. Sensación acentuada por la derrota en la final de la Recopa, en Florencia y ante la Knorr de Bolonia de Brunamonti, Coldebella, Vittorio Gallinari (el padre de Danilo) y Ray Richardson; un partido tan triste y apelmazado como el ambiente madridista. Fue el último partido de Mike Anderson, que ni siquiera se molestó en volver a Madrid y se largó directamente a Estados Unidos. Nadie podía salvar el Titanic.

Karl se sentía sentenciado y ya no se cortaba la lengua. Después de que no fructificase el fichaje de Toñín Llorente como refuerzo de última hora, se soltó la cadena en rueda de prensa: “Parece que Mendoza intenta cargarse la sección”. Una derrota contundente en las semifinales de la liga ACB ante el Joventut acabó con la agonía del técnico de Pensilvania y de todo el madridismo, que a esas alturas ya sabía que el próximo entrenador iba a ser Wayne Brabender. La historia de George Karl y el Real Madrid parecía finalizar aquí, a pesar de unos últimos e incómodos coletazos en forma de contienda por el finiquito, mientras la querencia del americano por el estilo de vida español justificaba que apareciera en las quinielas para entrenar al CAI de Zaragoza o al Villalba de Jesús Gil (y la prueba fehaciente de que fui una pésima persona en una vida anterior es que no se dio esta maravillosa alianza).

MARCA

Pero no ocurrió nada de esto. Lo que aconteció fueron unas elecciones a la presidencia del Real Madrid, a principios del año 1991, durante otro calamitoso año de la sección (sustitución de Brabender por Nacho Pinedo a media temporada y posterior fallecimiento de este en pleno partido). Me imagino una marcha de gatos negros ocupando la Gran Vía por aquella época, porque si no, no me lo explico.

Lo que aconteció fue que George Karl había dejado una impronta más indeleble de lo que parecía entre personal, directiva y plantilla, a pesar de sus fuertes críticas post-cese hacia Ferrándiz, Brabender y el propio Mendoza. Lo que aconteció es que el candidato Alfonso “marqués de Sotoancho” Ussía llevaba a Karl en su cartera y Mendoza no quiso ser menos; por lo tanto, ganara quien ganara (obviamente, fue este último, para mi desgracia y la de Pitita Ridruejo), George Karl iba a retornar en loor de multitudes al banquillo blanco, en un curioso proceso de limpieza de imagen que, con todo, no parecía injustificado.

La segunda etapa de George Karl al frente del Real Madrid, sinceramente, carece de literatura, yo ya me he saltado la merienda y estoy llegando tarde a una cita con Aubrey Plaza. Aunque llegaron buenos fichajes que cuajarían con el tiempo (Antúnez, Ricky Brown, Mark Simpson), el buen técnico americano no consiguió inyectar gen ganador a sus kilos de analíticas y scoutings, y el equipo, sin descarrilar, no transmitía nada especial.

En enero de 1992 le llegaba una oferta de Seattle Supersonics que le empujó a esfumarse entre excusas y lamentos algo impostados. En su última rueda de prensa dejó una frase para la posteridad que resumía y dibujaba a la perfección su singladura madrileña: “Ni yo entiendo mi dimisión”. Y quizás de la metáfora que emerge de esta expresión deviene su mayor legado. El de un entrenador cuya metodología y mensaje mezclaron con el baloncesto europeo como agua y aceite, y que sin embargo se ganó el respeto y el recuerdo de todos los que trabajaron con él. Pitino, your turn.

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