Cenachero: pescador que en su cenacho o espuerta de esparto lleva el pescado fresco que pregona por las calles, haciendo bailar sus espuertas; un oficio ya desaparecido. El cenachero es, junto a la biznaga o el boquerón, un símbolo popular de la ciudad andaluza de Málaga.

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En el imaginario del baloncesto español, la temporada 88-89 será recordada ad nauseam como “La liga de Petrovic” (excepto para buena parte de los aficionados madridistas de la época, que tienden más a rememorarla como “La liga de Neyro”, ignoro la razón). Es objetivamente comprensible, pero, en mi irrelevante opinión, es un curso que marca un antes y un después en el equilibrio de fuerzas del basket patrio, no tanto en lo que se refiere a las alturas como a la clase media. Es el momento en el que se empieza a hacer tangible la siguiente fase de la ebullición del fenómeno llamado “boom del baloncesto”: de la penetración en los hogares y la conversación colectiva habíamos pasado a la imprescindible solidificación en la mass media y ahora tocaba convertir esa popularidad en panes y peces. Es decir, pasta gansa. Bancos y ayuntamientos, cada uno por sus propias razones (nada altruistas, queridos padawanes: razones económicas y electorales, respectivamente), ya habían empezado a priorizar de manera inopinada el baloncesto en sus consejos de administración y en sus reuniones de concejales.

Pero en 1988 (pudiera ser dos años antes, o un año después, puesto que los puntos de inflexión suelen ser líquidos, pero a efectos narrativos va a ser 1988: el artículo es mío y me lo etcétera cuando quiero) el caudal empieza a cubrir por encima de la rodilla y de qué manera. ¿Recordáis aquel montaje del “Casino” de Scorsese en el que explica cómo sale el dinero de los ídems? Así me lo imagino yo. Hasta aquel año, los puestos de cabeza de la liga eran siempre ocupados por los dos grandes de fútbol, el Joventut de Badalona, el CAI como nuevo invitado a la fiesta, y asomes esporádicos del Estudiantes y de cunas clásicas catalanas como Santa Coloma o Granollers. Pero, a partir de (jeje) 1988, empiezan a asomar por la clase media invitados nuevos que, a caballo de la efectiva fórmula de dos extranjeros diferenciales + columna nacional consistente, empezaron a ilusionar a sus aficionados a base de ponérselo muy difícil a los grandes en sus pistas, a contratar extranjeros realmente decisivos, a mantener a sus mejores jugadores, y a mejorar significativamente sus canchas. Al año siguiente aterrizaron Arvydas Sabonis y Valdemaras Homicius en Valladolid y todo el mundo se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Un terremoto.

La temporada 1987/88 fue un calvario para el Caja de Ronda. En aquella temporada era un equipo recién ascendido, después de dos añitos en el infierno, que solo se pudo salvar a última hora de un nuevo descenso gracias al fichaje de Adrian Branch, todo un campeón de la NBA con los Lakers, quien, en los escasos meses que estuvo en Málaga, tuvo tiempo, no solo para colaborar decisivamente en su salvación, sino para establecer un récord de tiros intentados por partido que nadie ha sido capaz de romper (no, ni siquiera Walter Berry, señora): más de 18 tiros por encuentro, incluyendo casi 8 triples lanzados. Había que dar un salto cualitativo, había dinero y había energía cinética en Málaga, con otro equipo de la ciudad, Mayoral Maristas, preparando un salto a una efímera fama de la mano de los “gemelos” Smith; pero esa es otra historia para otro día. La de hoy tiene un indiscutible protagonista y se llama Mario Pesquera.

Mario Pesquera llevaba 8 años labrándose un merecido prestigio a lomos de su trayectoria deportiva en Valladolid y de sus colaboraciones en las transmisiones radiofónicas de Antena 3 radio con José María García, en las que formaba una extremadamente carismática pareja con Manel Comas. Con ese prestigio aterrizó en Málaga, más dispuesto que nunca a dejar su sello particular, con las armas que le entregaron, que no eran muchas, pero eran letales. Llegaron dos americanos absolutamente diferenciales, Joe Arlauckas y Ricky Brown; dos escoltas catalanes provenientes de Manresa y Barça, Luis Blanco y Pep Palacios; y un joven base salido de la cantera del Real Madrid, y que iba a ser oráculo, cerebro y ejecutor del estilo de juego pesqueriano, Fede Ramiro. Un estilo que iba a llevar al Caja de Ronda al primer plano del básquet hispano, concatenando dos quintos puestos y logrando varias victorias históricas contra los grandes, incluso en su propia pista; auténticos hitos solo realmente valorables por los que vivimos, snif, aquellas épocas. Y un estilo absolutamente a contracorriente de lo que marcaba la evolución del baloncesto en aquel momento.

“Evolución del baloncesto en aquel momento”= Aito García Reneses y su necesidad compulsiva de ir un paso por delante de los demás, necesidad plasmada en, sin ir más lejos, su obsesión por el 3 alto (Mary Shelley se hubiera emocionado viendo a Andrés Jiménez salir, tambaleante, del laboratorio de Aito) o la vuelta de tuerca al método de rotaciones imperante hasta principios de los 80, que consistía, esencialmente, en dar un par de minutos de descanso a los buenos. En 1988, casi cualquier entrenador que dispusiera de una plantilla con 7-8 jugadores con todas las extremidades operativas la manejaba con mayor complejidad.

Sin embargo, Pesquera decidió dar dos pasos hacia atrás con el objetivo de dar uno hacia delante, haciendo gala de una lógica tan simple como poco discutible. Si en su plantilla había cuatro jugadores de talento muy superior al resto, y además tenía la suerte que se repartían entre cuatro posiciones distintas, POR SUPUESTO que debían jugar el máximo tiempo posible. Claro, había que solucionar el ínfimo inconveniente del desgaste de los jugadores, en un deporte mucho más exigente físicamente que en la década anterior. La solución del técnico leonés fue, una vez más, de una lógica digna de la navaja de Ockham: hay que bajar el ritmo de los partidos.

Además, Pesquera argumentaba que, en general, los equipos, a partir de los 20 segundos (recordemos que en ese momento las posesiones aún eran de 30), relajaban la intensidad defensiva, y se podían aprovechar mejor los ataques. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Tenía a los jugadores adecuados para ello. En primer lugar, un base con voluntad de metrónomo como Ramiro; en segundo, dos estiletes anotadores que se complementaban a la perfección, como Arlauckas y Brown; por último, un cuatro con la suficiente inteligencia como para aprovechar los espacios que le dejaban los dos americanos, y rematar con sus tiros de cinco metros o sus inopinadas apariciones por el interior de la zona. La posición de escolta era la menos sólida, y en ella se concentraban la mayoría de rotaciones durante los partidos, con Luis Blanco dejando paso a Palacios o Jordi Grau. Sí, aquello podía funcionar.

@RecuerdosACB

Y funcionó. El Caja de Ronda de Mario Pesquera se convirtió, durante los dos años siguientes, en un equipo rocoso, requebrado, árido, desquiciante (sus defensas match-up volvían loco al más pintado); pero también excitante y, por encima de todo, inconfundible. Cierto revisionismo histórico, con el que el bueno de Mario discrepa, osa situar el nacimiento del básquet control en ese Caja de Ronda, por delante incluso de las corrientes balcánicas. Qué más da. Era fascinante contemplar el contraste con sus vecinos malagueños, aquel Mayoral Maristas en el que los Smith cruzaban la pista a toda pastilla una y otra vez. En la temporada 88-89 se clasificaron por primera vez tanto para la fase final de la Copa del Rey (derrota ante el CAI de los hermanos Arcega y Mel Turpin en cuartos por, agarraos, 115-110) como para la Korac de la temporada posterior. La cual, quizás, fue su opera magna. No tanto por sus resultados globales (repitieron quinto puesto en la liga ACB, pero no pudieron clasificarse para la fase final de la Copa, por no hablar de su eliminación en la Korac a manos del mítico equipo belga Trane Castors) como por su impacto, el enroque de su estilo (Ramiro alcanzó un récord insuperable: su media de minutos jugados acabó siendo de 40:33 por partido. Stajánov hubiera soltado una lagrimilla de emoción) y sus victorias de prestigio: tres veces fueron capaces de superar al Real Madrid de George Karl, la antítesis de Pesquera, y dos al Barcelona de Aito, una de ellas en el mismísimo Palau, con 45 puntazos de Joe Arlauckas. El (re)emergente Estudiantes de Pinone, Winslow, Antúnez y unos jóvenes Azofra y Herreros les apeó de las semifinales de la máxima competición española. Aquella eliminatoria resultó ser el canto del cisne de un equipo que se evaporaría cual ave fénix, o cual asistente a máster de la Rey Juan Carlos, al llegar el verano.

Arlauckas se fue al Baskonia, Rickey Brown a Italia, y fueron sustituidos por, en fin, seres inanes llamados Mark Iavaroni y Hubert Henderson. Le arrebataron a Mike Smith a su rival ciudadano, pero su nacionalización estaba aún pendiente, y hasta que no se resolviese Pesquera no quería alinearlo, en contra de los deseos de la directiva. Discrepancias como esta, sumadas a unos resultados más bien mediocres, acabaron con el técnico leonés en la cola del paro y, de nuevo, en los micrófonos de Antena 3. Tomó el relevo un viejo pilar del baloncesto malagueño, Martín Urbano, pero la magia se había disipado y no pasaron de octavos de final en la ACB, siendo barridos por el Real Madrid. Un par de años después, los dos equipos malagueños se fusionaron, dando lugar al CB Málaga, el club que conocemos como Unicaja. Luego llegarían el triple de Ansley, Boza Maljkovic o la liga de 2006. Pero el germen de todo aquello se encuentra, indudablemente, en aquel equipo que, durante un par de temporadas, contradijo al mismísimo tiempo, constriñéndolo a su capricho desde una voluntad contrarrevolucionaria que dejó huella. Ese tipo de huella que solo dejan las pisadas decididas.