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Perfiles NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Daniel Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Daniel Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

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