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Objetivo Europa

Padre nuestro que estás en la diáspora

Lituania es hoy el país de baloncesto por antonomasia, pero todo arrancó a raíz de unas vacaciones. Frank Lubin, americano de nacimiento, introdujo en el país báltico el deporte de la canasta.

Todavía es verano, aunque queda poco. El mes de septiembre te atrapa y vuelve a llamar a tu puerta el deber. Estudiar o trabajar, quizá ambas, quizá ninguna. Son rutinas, secuencias que año tras año vuelven a presidir nuestro calendario. Es en esos días cuando el aficionado al baloncesto encuentra algo de paz. Por lo menos hay Eurobasket. O Mundial.

También ahí hay rutina. No ha empezado el torneo y estamos seguros de que España saldrá con una medalla. Los últimos años, incluso, llegamos convencidos de que el metal sería dorado. Avanzan los días, llegan los cruces. A ver quién nos toca en semis. Quién pasará a la final por el otro lado. Miramos el cuadro y ahí están ellos. De nuevo. Un país con menos de tres millones de habitantes se ha vuelto a cargar las leyes de la demografía, ganando una batalla a colosos que multiplican por diez o veinte su población. Vuelven a ganarle una batalla a colosos que multiplican por 10 o por 20 su población. En el cinco contra cinco y con dos aros como testigos, esos tipos con nombres tan sonoros suelen llevarse el gato al agua.

¿Por qué un país con la misma población que Madrid capital ha ganado más medallas que Rusia? ¿A quién se le ocurrió llamarme Ignacio existiendo, a orillas del Báltico, nombres tan molones como Sarunas? O Martynas. O Jonas. O Arvydas. Quizá lo de nacer en Salamanca y no en Vilnius tuvo algo que ver. O quizá no.

Y es que los lituanos, igual que tantos pueblos europeos marcados por la diáspora, nacen donde quieren. O donde pueden, como sucedía en 1910. Por aquel entonces eran una de tantas naciones sin estado propio y formaban parte del Imperio Ruso. De allí partieron hacia California los padres de un muchacho llamado Pranas Jonas. Como ya no estaban en Lituania, le conocerían como Frank John. Lubin, el apellido -acortamiento de Lubinas, claro-.

Los lituanos, al igual que tantos pueblos europeos marcados por la diáspora, nacen donde pueden

Un tipo inquieto. Inquieto y alto, pues rondaba los dos metros en una época en la que eran menos habituales los hombres que alcanzaban esa estatura. La coincidencia de esos dos factores hizo que su sitio no estuviera en el béisbol, ni en el fútbol americano. Tampoco en la natación, donde reconocía ser muy bueno en sus años de juventud. Frank Lubin escuchó hablar de aquel deporte que había nacido unos años antes y descubrió que era perfecto para él.

Eligió UCLA. Pero UCLA no le había elegido a él. Era 1927 y quedaba mucho para la creación de una liga profesional de baloncesto. Lubin solo quería estudiar Derecho y, en sus ratos libres, echar unas canastas. Todo lo contrario que los baloncestistas de ahora, que se forman como jugadores y de vez en cuando escuchan algo sobre la carrera que han elegido dejar a medias. Lo hizo en una NCAA primigenia, pero dando resultados.

Siguió estudiando, preparando en Berkeley su futuro como abogado. Pero el baloncesto ya había calado hondo en él. Lubin compaginó mientras pudo la ley y el deporte hasta que no pudo más. Y ahí tuvo suerte. Jack Pierce, un maquillador de la Universal Pictures, se cruzó en su camino. También amaba el baloncesto y merecía la pena encontrarle un trabajo a un tipo tan alto, pues aquello aumentaba las posibilidades del equipo de la empresa. Eran tiempos de los equipos patrocinados, de compañías que veían el baloncesto como un reclamo publicitario. Tanto, que el propio Pierce se encargaba, antes de cada partido, de caracterizar a Lubin como Frankenstein, que saltaba pista disfrazado de monstruo para encender al público. Empleados de lunes a viernes, jugadores el fin de semana.

Frank Lubin aprendió ahí a jugar de pívot. Y lo hizo tan bien que Universal Pictures se convirtió en el mejor equipo de la AAU -Asociación Atlética Amateur- del país. Por eso, cuando en 1936 llegó la noticia de que el baloncesto sería deporte olímpico en esos mismos Juegos, en Berlín, se lo tomaron muy en serio. Universal Pictures ganó el torneo de ocho equipos disputado en Nueva York y, con ello, el honor de representar a Estados Unidos en unos Juegos Olímpicos.

Frank Lubin empezó a jugar al baloncesto como reclamo publicitario, caracterizado de Frankenstein

Llegaron, no sin problemas. Alemania ya estaba impregnada de nazismo y Universal Pictures les retiró el patrocinio, por lo que los propios jugadores tuvieron que organizar partidos benéficos para poder pagarse el viaje. Una vez allí, se dieron cuenta de que la competición sería menos glamurosa de lo esperado: se trataba del primer experimento con el baloncesto en unos Juegos Olímpicos. Un deporte que acababa de llegar a Europa y con mucho camino por recorrer.

El torneo de Berlín se disputaba al aire libre, algo especialmente desagradable cuando el 14 de agosto, día de la final que enfrentaba a Estados Unidos y Canadá, un aguacero hizo acto de presencia. Casi mil valientes decidieron ver el partido, y eso que no había asientos donde resguardarse de la lluvia. La pelota no botaba y anotar se convertía en una proeza, como refleja el 19-7 final. Eso sí, incluso en esas condiciones, Estados Unidos se llevó el gato al agua. También una medalla de oro de manos del mismísimo James Naismith, que probablemente aún se esté retorciendo en su tumba ante aquel experimento.

Regreso inesperado al pasado

Fue entonces cuando Lubin decidió explorar sus raíces. Aprovechando el viaje a Alemania, decidió visitar Lituania en compañía de su familia. Una Lituania muy diferente a la que sus padres habían abandonado. Los lituanos estrenaban independencia -la habían conseguido solo 18 años antes- y formaban una nación deseosa de evolucionar por sí misma. Arte, literatura, música… y baloncesto.

Nada más poner pie en suelo lituano, pasó a ser conocido como Lubinas, como acreditaba el pasaporte que pusieron en sus manos desde ese primer momento. Para la Lituania independiente, los hijos de la diáspora eran tan suyos como aquellos que habían asistido a la Declaración de Independencia de 1918. Todo lituano étnico que quisiera ayudar al crecimiento del país tenía un hueco en la República. Más aún si rondaba los dos metros de estatura y sabía qué hacer con la pelota naranja.

Lituania hizo lo que cualquier adolescente: fardar de su nuevo amigo. Sus vecinos de Letonia se habían llevado, un año antes, el primer Eurobasket de la historia. Tan pronto empezó Lubinas a repartir magisterio sobre la pista, los lituanos les ofrecieron un duelo amistoso que tenía mucho de lo primero y muy poco de lo segundo. Ganaron. En medio de la euforia, el maestro recordó que aquello solo eran unas vacaciones, que debía retornar a Berkeley para seguir estudiando. Pero sabía que acabaría por volver.

La selección lituana tuvo que jugar el Europeo de 1937 sin Lubinas, pero sus pupilos demostraron que podían volar solos. Se alzaron con el oro en su primera participación y ganaron el derecho a celebrar un Campeonato Europeo. Su Europeo, en su tierra. Para un país veinteañero, remoto y pequeño, ser los mejores en algo resultaba una oportunidad irrechazable. El Europeo de 1939 debía de ser un baño de masas, una demostración de lo que el deseo de un pueblo puede conseguir.

La ocasión lo merecía y Lubinas volvió a Lituania. Sería jugador-entrenador del equipo organizador del que podemos considerar como el primer Europeo moderno. Se construyó un pabellón nuevo, el Kaunas Arena, con capacidad para 11.000 espectadores en una ciudad que rondaba los 100.000. El desembolso era grande pero la respuesta también lo fue, pues el pabellón registró lleno tras lleno, empezando por la jornada inaugural. Lituania abrazaba el baloncesto.

El torneo, de ocho participantes, seguía el formato de liguilla: todos contra todos. En la práctica, Letonia y Lituania jugaban una final anticipada a las primeras de cambio. Con el marcador apretado llegando a los últimos segundos, Lubinas pidió el balón en los aledaños del aro, donde se giró para anotar la que, aún hoy, es una de las canastas más importantes de la historia de Lituania. Sirvió para ganar por un punto a los archirrivales y, a la postre, para hacerse con el título, cerrando el torneo con pleno de victorias.

Habían hecho historia. Lubinas y todos los lituano-americanos de la selección ya eran héroes nacionales, los primeros que ponían el nombre del país en el mapa. Les hubiera aguardado, a buen seguro, un futuro brillante en su tierra. Pero la guerra truncó todos sus planes. Gracias al pasaporte americano Lubinas pudo huir, incluso cuando el estallido de la contienda le pilló en la Italia fascista con uno de los equipos a los que entrenaba. Ya desde suelo estadounidense escuchó cómo Lituania perdía su independencia y volvía a ser absorbida por el vecino, esta vez soviético y no ruso. Era 1940.

Lubin –o Lubinas- fue entrenador-jugador de la selección lituana del primer Europeo moderno, el de 1939

Lubin se estableció en Estados Unidos, donde siguió jugando en competiciones amateur hasta bien entrados los 40. En América es un nombre más entre el sinfín de deportistas que han ganado una medalla de oro, quizá su condición de pionero le hace algo especial. Pero esto no es nada comparado con quién es, aún hoy, en la nueva República de Lituania.

Los lituanos no abandonaron el baloncesto. Durante los 50 años que duró la ocupación soviética, el deporte de la canasta se mantuvo como el principal nexo de unión. A finales de los 80, cuando el coloso rojo empezaba a tambalearse, el Zalgiris Kaunas encadenó tres ligas de las URSS consecutivas, entre 1985 y 1987. Una pequeña victoria sobre los soviéticos en la que ya despuntaba un joven Arvydas Sabonis. Los triunfos del Zalgiris, así como los de una selección soviética plagada de lituanos -Marciulonis, Kurtinaitis, Homicius y el propio Sabonis- acrecentaron el sentimiento independentista, que volvió a triunfar en 1990.

Frank Lubin falleció en 1999, por lo que no pudo entregar el cetro europeo a la selección de 2003. Tampoco llegó a ver a Jonas Valanciunas enfundarse la camiseta verde. Sin embargo son todos ellos hijos del mismo padre. Ese que introdujo, y seguramente para siempre, el baloncesto en el ADN lituano.

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