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Crónica de un despegue

Cualquier entrenador que le haya tenido a sus órdenes lo añorará. En esos momentos, donde el quinteto titular se pierde, no existía nada mejor que mirar al banquillo y a ver esa cinta en el pelo.

Vía: Wikimedia

El recién llegado otea el horizonte, discretamente ansioso por buscar el primer rincón libre del vestuario. Se trata de la cara menos glamurosa de la NBA, el mundo de los traspasos, tener que comenzar de nuevo en una ciudad distinta. Jason Terry quizás siente alguna mirada escrutadora, si bien lo peor es la taquilla vacía donde el fantasma de Steve Nash sigue omnipresente para los Dallas Mavericks. 

Siempre es difícil hacer olvidar a un ídolo, máxime si este es el mejor amigo de la estrella del equipo. Desde su atalaya de 2´13 metros de altura, Dirk Nowitzki no esconde el desconcierto por la decisión tomada por el propietario Mark Cuban de separar los caminos de dos camaradas que se entendían a la perfección dentro y fuera de la pista. Irónicamente, en lo deportivo fue una bendición para ambos. 

Tras la campaña 2003/04, Steve Nash revolucionó a los Phoenix Suns de Mike D´Antoni. Con compañeros jóvenes y atléticos, se revelaría como el líder de un juego vistoso y ofensivo. Tiempo después, Nowitzki admitiría que perder a Nash le obligó a ser más habilidoso a la hora de crear sus propios lanzamientos. Los dos mejoraron, pero las primeras semanas solamente existieron suspicacias y recelos acerca de Jason Terry. 

Don Nelson no dudó en marcar territorio con el recién llegado. Colocar como titular a un rookie como Devin Harris era un aviso. En sus primeras participaciones, Terry pareció empeñarse en emular el estilo de Nash. La copia no engañó a los marchantes de arte. Desde entonces, un tipo muy especial tuvo que redescubrirse a sí mismo. 

JET y la ciudad lluviosa

Seattle va asociada a la lluvia. La audiencia televisiva más gourmet también recordará a la urbe como sede en la sitcom del psiquiatra radiofónico Frasier Crane. No obstante, como el tercero de los diez hijos que tuvieron Curtis y Andrea siempre defendería, allí donde jugaron los SuperSonics siempre hubo buen basket. 

Jason Terry fue bendecido al tener como profesor de Educación Física en el instituto a Slick Watts, quien poseía todo el aroma callejero del playground. Fue profesional en Seattle y llevaba una cinta en el pelo que su pupilo le emuló pronto, no abandonando nunca ese look. Dio la vuelta a los dígitos del dorsal para confirmar su veneración por el maestro: cada ocasión que pudo, llevó el 31. 

Con dos campeonatos estatales bajo el brazo, hizo el suficiente ruido para que los Wildcats de Arizona le ofreciesen jugar para ellos durante su periplo universitario. Lute Olson, su entrenador, se sorprendería de la sangre fría en los minutos decisivos y las mil cábalas de su pupilo. Terry creía en todas las supersticiones imaginables, incluyendo dormir con la equipación puesta antes de los partidos. También era un individuo que hacía grupo, capaz de convencer a Olson de que él debía salir desde el banquillo porque la escuadra precisaba de un sexto hombre de garantías. 

Allí fue asimismo campeón. No era casualidad. Tal vez, fue eso lo que vieron en Dallas, algo que ni siquiera unos Hawks en crisis podían ocultar. Jason Terry no descansaría hasta añadir el anillo a esa colección de títulos. Su mote era JET, suma de las iniciales del nombre. La letra J desempeñaría un papel crucial en su vida personal. Jasionna, Jalayah y Jaida serían el nombre de sus futuras hijas, habidas con su esposa Johnyika. 

Recibir y otorgar 

Su noche más feliz del primer año en Texas se tornó en una broma cruel. Por momentos, Dallas tuvo en la palma de su mano forzar el séptimo duelo ante los Suns. Jason Terry, quien acabaría con 36 puntos, se despistó una décima de segundo ante Steve Nash. Suficiente para el genio canadiense. Aquel triple llevó a la prórroga y la posterior eliminación. El antiguo base de los Mavs firmó 39 puntos y 12 asistencias, confirmando su condición de MVP obtenida en 2005. Nowitzki estaba furioso y no tuvo rubor en reprender a Terry delante de toda la grada.

“De no ser por él, no lo habríamos logrado”

Nowitzki sobre Terry

El aludido mantuvo el aplomo y aceptó el toque de atención. No recordó que fue el héroe durante el séptimo partido ante los Houston Rockets de Tracy McGrady. Si algún mentidero quería polémica, el base demostró que no era el cliente adecuado para tales menesteres. Desde entonces se pulsó una tecla en la relación personal. Terry dejó de ser el sustituto de su amigo Nash para Nowitzki, se trataba de alguien digno de rango propio. 

El fichaje de Mark Cuban era a largo plazo. De cualquier modo, los frutos tardaron poco en recogerse. Durante los Playoffs de 2006, los Mavs se las vieron con el juggernaut del Far West: los San Antonio Spurs de Tim Duncan, una máquina de basket engrasada y comandada por Gregg Popovich. 

Avery Johnson, sustituto de Don Nelson en la pizarra de Dallas, logró la hazaña. Aquellas semifinales exigirían una tesis doctoral por la riqueza de detalles, calidad de las plantillas y giros dramáticos. El séptimo día en El Álamo fue donde Nowitzki se rindió definitivamente a Terry: “De no ser por él, no lo habríamos logrado”. 

El sueño se confirmó ante Phoenix, doblegando a un Nash que fue de milagro en milagro para llevar a unos Suns sin Amare Stoudemire a las Finales del Oeste. En la última instancia por el anillo, con 2-0 a favor y ventaja de campo, Texas preparó sus mejores galas para recibir a sus héroes. Se despidieron de un campeón virtual, pero verían horrorizados el regreso de Dwyane Wade, Shaquille O´Neal y Alonzo Mourning con un 2-3 favorable en Florida. 

Nowtizki fue progresivamente asfixiado por la defensa de Udonis Haslem. El quinto día, Terry se fue a 35 puntos, 5 rebotes y 1 asistencia para cumplir su máxima, ser el héroe o el villano de la historia. Su esfuerzo no bastó, Wade, en plenitud de velocidad y bendecido con un carrusel de tiros libres, desequilibraría con 43 puntos. Para un ganador como Terry, lo peor fue que su suspensión para evitar el tiempo extra no entrase. Quedaba lamerse las heridas en casa, pero fue morir en la orilla frente a los pupilos de Pat Riley. 

La última jugada fue la metáfora perfecta de aquella historia agridulce. Jason Terry avanza y es molestado por Gary Payton cuando se levanta para empatar las Finales. No se sanciona nada y la pelota es escupida por los duendes de los tableros. Mark Cuban le renueva contrato por 6 años y valor de 60 millones de dólares. 

La vida es dar y recibir. Ahora, Terry siente que es algo personal. Está con Nowitzki en esa guerra, su nueva franquicia no es una parada más en el camino. Tiene que estar en el roster que dé el primer anillo a esa ciudad. 

The Assassination of Robin Hood

Sucedió en el Oracle Arena. Las crónicas antiguas insisten en perpetuar la imagen del veterano emperador Augusto gritando a sombras imaginarias por la pérdida de sus legiones en la selva germana de Teutoburgo. Desear que algo que no debió pasar se revierta. Cualquier persona aficionada a los Dallas Mavericks querría borrar del recuerdo aquella primera ronda de Playoffs en 2007. 

Pese al dolor ante los Heat, perder el anillo acariciándolo solamente hizo más favoritos a Avery Johnson y los suyos ese mismo verano. Cumplieron el pronóstico: 67 triunfos en fase regular, explosión definitiva de Josh Howard y MVP para Dirk Nowitzki. 

Todo era vino y rosas. Dallas Morning News revelaba que Jalayah, la segunda hija de Terry, con seis años por aquella época, era una absoluta fan de Nowitzki. Visitas entre las familias, partidas de ping pong e intercambios de mensajes de texto. Jason Terry vivía en una escuadra ganadora y se intuía un nuevo thriller ante los Suns de Steve Nash. 

Ni siquiera le molestó ser una de las grandes ausencias del All Star. Mientras se especulaba sobre si los Mavericks podrían batir el récord de 72 victorias de Chicago, los jóvenes Golden State Warriors se colocaban de refilón como octavos del Oeste. Les comandaba Don Nelson, recuperado para la NBA tras algunos problemas de salud. Justo el hombre que conocía a Nowitzki como la palma de su mano. Los de San Francisco derrotaron tres veces a los indiscutidos líderes, pero nadie pensaba que aquello fuera otra cosa que una anécdota estadística. 

Con Baron Davis, Jason Richardson y Stephen Jackson jugando el mejor basket de sus vidas, Golden State robó el factor pista y no hubo vuelta atrás. We Believe fue el grito del Oracle Arena, mientras los planes de Nelson alejando a Howard del aro y haciendo la vida imposible a Nowitzki funcionaban mejor incluso de lo esperado. 

Jason Terry dio un paso al frente con 26 puntos para empatar la serie a uno, pero nadie estuvo a su nivel entre la fila de los favoritos. Fue un terremoto del que se hablaría años. Incluso el genial ala-pívot alemán tuvo que aislarse del basket durante unos días. La prensa que antes los ensalzaba les flageló con la misma hipérbole. Obviándose miles de hazañas con su selección nacional y Playoffs, Dirk Nowitzki fue acusado de borrarse en las grandes citas y ser un talento cobarde. 

Avery Johnson tampoco volvió a ser el mismo. Mark Cuban intentó agitar la coctelera en febrero de 2008 al lograr el fichaje de Jason Kidd, veterano de 35 años, futuro Salón de la Fama y cosechador de triples-dobles. Dallas consiguió una mezcla explosiva entre su experiencia y el joven portorriqueño Juan José Barea, adquirido justo después de perder el anillo ante Miami. En aquellos momentos, no pareció funcionar y Chris Paul apabulló con sus Hornets a Terry, Kidd y cuantos playmakers le pusieron en frente. 

De aquella caída en 2008, la gerencia texana apuntó que Pedrag Stojakovic seguía teniendo una gran muñeca y que Tyson Chandler volvió locos a sus interiores. Ambos acabarían uniendo fuerzas a Nowtizki. Pero ninguna de esas semillas era advertida en unos años donde un proyecto ambicioso fue catalogado de mal chiste, un rico y pretencioso inversor que ahora volvía justo a la casilla de salida.  

La legión maldita

Avery Johnson fue cesado tras la eliminación ante los Hornets. Había hecho grandes avances durante su estancia, respetando el apasionante ritmo vertiginoso de Don Nelson, y añadiendo más rigor en los sistemas defensivos. Nada de eso impidió el cese. 

En su lugar llegó Rick Carlisle, un entrenador poco amigo de lo mediático, discípulo de la escuela de Larry Bird. Reagrupó filas y supo ir incorporando piezas interesantes. El nuevo míster propició la segunda juventud de Jason Terry, quien estaba encantado de su papel como mortífero suplente. El galardón de Mejor Sexto Hombre lo confirmaría siendo una pesadilla ante los viejos archienemigos Spurs, sin respuestas ante el tridente Howard-Nowitzki-Terry. 

Aquel rebrote verde fue cruelmente arrancado en el Pepsi Center, donde los Denver Nuggets encontraron todas las respuestas en la incorporación del curtido Chauncey Billups, base trota-mundos que se hizo excelente en Detroit. Abasteciendo a voraces anotadores como Carmelo Anthony, los hombres de George Karl impusieron un tono físico asfixiante. El 4-1 fue un duro despertar para Terry y los suyos. 

Pese a que la campaña 2009/10 marcó que Nowtizki siguiese en plena madurez de un profesional de rango MVP, nadie parecía dispuesto a apostar por su causa. Apodado Robin Hood por sus cabellos rubios y alegre puntería, él mismo se había transformado a sí mismo en aquellos años de reveses. 

Con todo, ningún héroe lograr culminar sus aventuras sin aliados a la altura. Lejos de ver esas experiencias como un sortilegio adverso, Jason Terry seguía convencido de que era una bendición estar con el mejor europeo que había visto la NBA. 

Dallas alcanzó 55 victorias. Desafortunadamente, San Antonio aguardaba para saldar viejas deudas. El sexto día en El Álamo, George Hill hizo algo más que 21 puntos, 6 rebotes y 2 asistencia. Esa noche se metió en la cabeza de cada uno de sus rivales. Volvió a hablarse de la poca dureza mental de aquel proyecto. 

Estaban bien enterrados. Eran la veterana legión maldita de la NBA. Y justo en ese momento se convencieron de que iban a ascender al Olimpo. 

La última batalla del General Zen

Phil Jackson no se lo podía creer. Asistió incrédulo al viaje de sus hijos a la tierra de JR. Querían ver su último partido como entrenador profesional de la NBA. El laureado míster, apodado el Maestro Zen por su calma ante la adversidad, no era consciente de que se despedía del deporte que tanto le dio de la forma más irónica posible. Era el 8 de mayo de 2011 y estrellas como Dwyane Wade publicaban en redes sociales que si alguien podía levantar un 3-0 en contra era Kobe Bryant. 

Los Mavericks venían de una bonita y reñida primera ronda ante los Blazers de Portland. Nadie contaba con un antiguo favorito venido a menos, especialmente si frente a ellos estaban los Ángeles Lakers bicampeones. De cualquier modo, Dirk Nowitzki logró encontrar el tipo de batalla que más le beneficiaba ante Pau Gasol y Dallas esperaba culminar un barrido histórico. 

El dorsal 41, recordando sus anteriores eliminaciones, llamaba a la cautela. Unos meses atrás, los californianos habían doblegado en el Staples a los pupilos de Rick Carlisle, incluyendo una tangana entre Jason Terry, Steve Blake y Matt Barnes. Aunque empatados a 57 triunfos en el casillero de fase regular, nadie podía apostar en contra de LA. 

Jason Terry salió con 19-19 en el electrónico. Su primer triple tuvo algo mágico. Estaba firmando unas buenas semifinales, pero aquel día fue algo distinto. Junto con Pedrag Stojakovic, pareció que su única misión era destruir al defensor del anillo con la derrota más salvaje posible. Acabó con 9/10 en triples, 4 asistencias y 32 puntos. Sus celebraciones en pista llevaron en volandas a público y compañeros. 

El despegue 

Desde el comienzo de aquel curso, el mejor suplente de toda la NBA insistía mucho en usar la palabra unique. De todos los vestuarios en los que había estado, nunca pareció juntarse una constelación de viejos guerreros con tantas ganas de entonar su canto de cisne: Shawn Marion, Jason Kidd, Dirk Nowitzki o el propio Stojakovic. A ello se sumaba el músculo de Tyson Chandler y la defensa de gente como DeShawn Stevenson. 

El 122-86 no hizo cambiar la hoja de ruta. Prensa y público empezaron a especular con males internos y escándalos en Hollywood, queriendo matizar que era impensable que aquellos antiguos aspirantes al título pudieran noquear así sin ayudas externas. Frente a los exuberantes Oklahoma City Thunder, Dirk Nowitzki brindó duelos memorables ante el joven Kevin Durant. El 4-1 para los de Mark Cuban fue tan merecido como trabajado.

Volvían a las Finales después del dolor de 2006. Nadie creía en ellos. ¿El lugar? Miami. Para muchos, un mal augurio. Jason Terry, sintiendo su propia piel, disimulaba la sonrisa de quien conoce el desenlace de un gran cuento. 

Historia de un tatuaje

Las cábalas no habían abandonado su mente, pero era una persona demasiado inteligente para no usarlas en su beneficio. El pecho de Jason Terry está plagado de referencias a Seattle. Por ello, a De Shawn Stevenson no le sorprendió que su compañero de equipo aprovechase la pretemporada para pedirle que su tatuador personal en Orlando le añadiese otro a la colección.

Ante la perplejidad de todos, su bíceps derecho tenía representado aquel trofeo Larry O´Brien. Empezó como una broma, pero conforme avanzó el curso una extraña sensación se iba apoderando de la plantilla comandada por Rick Carlisle. Terry, con su peculiar estilo, afirmaba que las estrellas se habían alineado para aquella causa. 

Aquellas Finales de 2011 serían diferentes. No se trataba de venganza, sino de algo más importante. Redención. Lejos de la presión de antaño, los veteranos Mavs eran vistos fuera de Florida como un simpático underdog ante una maquinaria Heat que reunió a Dywane Wade, LeBron James y Chris Bosh. Seguían viejos adversarios como Udonis Haslem y antiguo camaradas como Erick Dampier. 

Con 2-2 en la serie, el último partido de los Mavs ante su público en Dallas fue una noche con final inolvidable. Jason Terry deja fluir la mecánica para empatar a 100 el choque a falta de poco más de tres minutos. Nowitzki machaca el aro poco después, pero todos aportan. Jason Kidd da su liderazgo, Chandler pone el cuerpo para recibir una falta ofensiva de King James, la grada impide a la escuadra de Miami escucharse… 

Es una situación tan parecida al pasado que asustaría a cualquiera. Entonces, el jet despega para delirio de su afición. LeBron observa la aproximación de Nowitzki, quizás para intentar bloquear. Parece que Haslem tiene la marca del crack teutón, pero uno de los mejores jugadores de la Historia duda. Terry recuerda su episodio con Nash. Ahora es al revés. Tiene el espacio necesario. Deja de botar el balón y ejecuta el triple. 108-101, acaricia su camiseta y se acerca a la grada texana. 

El sexto día no descansó. La única ocasión en todo el verano de 2011 donde Nowitzki parece humano. Terry sale marcando el ritmo bastante pasado el primer cuarto. Jason Kidd y él combinan de memoria. Firmaría 8 de 10 en tiros de campo, sin que la pizarra de Spoelstra encuentre el antídoto. Las heridas de los Mavs parecen cerradas. Steve Nash, siempre un caballero, escribe en Twitter su apuesta porque su gran amigo lo va a conseguir. 

Eso sí, el dorsal 41, merecidísimo MVP de las Finales, sabe que no podría haberlo hecho sin todos sus compañeros, especialmente el tipo de la cinta en el pelo que se despide de la noche de Florida con 27 puntos y recuerda ante el micrófono la confianza que la ciudad de Dallas en su día depositó en él. 

LeBron y Wade volverán a encontrarle poco después, en plenas Bahamas, sonriente. Los cracks de Miami, destinados a ganar juntos el anillo en dos ocasiones, aceptan la broma del destino en plenas vacaciones con humildad. Fue la hora de los texanos, el día de Jason Terry. 

Epílogo

Pese a lo intentos de un viejo rockero de una última noche de fiesta demencial, ni siquiera los nuevos tatuajes y vivencias con otras franquicias (Celtics, Brooklyn Nets, Rockets y Bucks) harían que Jason Terry y su muñeca diabólica se puedan asociar a otra elástica que no sea la de los Dallas Mavericks. 

Su retirada no tuvo el relumbrón de otras. Sin embargo, cualquier entrenador que le haya tenido a sus órdenes lo añorará. En esos momentos donde el quinteto titular se pierde, no existía nada mejor que mirar al banquillo y a ver esa cinta en el pelo. 

Jason Terry afina sus cábalas. Sale con gesto tranquilo, deja el juego llegar a él, no lo fuerza. La primera bola es un lanzamiento desde más allá del arco. Vuelve a querer ser el héroe o el villano. Sigue siendo unique

Bibliografía: 

“A la manera de Terry”, Revista oficial de la NBA, nº 177 (mayo de 2007), pp. 76-80. 

SCHELL, E., “La profecía de Jason Terry”, Marca, 28 de mayo de 2011: https://www.marca.com/2011/05/28/baloncesto/nba/1306559267.html 

VÁZQUEZ, A., “Magníficos Mavericks”, Revista oficial de la NBA, nº 225 (julio de 2011), pp. 22-30. 

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