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La carrera del velocista Landry Fields

Hay imposibles y su historia es una prueba. Tras una corta carrera se esconden una infinidad de anécdotas. Las lesiones no permitieron a Landry Fields seguir la estela que dibujó en Nueva York, pero el balón sigue girando sobre su dedo.

Los fans de los New York Knicks han tomado por costumbre la fea desdicha de dudar ante toda llegada al equipo que tanto sufrir les hace. Su forma de expresarlo suena más a decepción que a incógnita. Sonoros abucheos escucharon, entre otros, Iman Shumpert y Kristaps Porzingis. Sin embargo, la confianza estaba ahí, ya fuera para el presente o el futuro (que finalmente se tradujo en hoy para el letón, como ya sabemos). En este caso, hablamos de un alero que en muchos mocks no llegó a hacer acto de presencia pero que escuchó su nombre en el 39º pick de 2010. Desde Stanford llegaba Landry Fields. “No es un gran tirador, pero mete tiros”, decía a modo de consuelo Jay Bilas, comentarista del Draft. “¿Qué puedes hacer para los Knicks? Necesitan mucho, no han entrado en Playoffs en los últimos seis años”.

“Este chico puede jugar, nos equivocamos”

Y es que, recordemos, los residentes del Madison han hecho del siglo XXI una quimera. Lo que pudo ser y no fue, estrellas que se apagaron y decisiones 50/50 que acabaron cayendo del lado que menos gustaba. Han sido lesiones graves, promesas que acabaron en la basura, falta de paciencia que aceleró el camino a la muerte, proyectos que no llegaron a ver su comienzo… en definitiva, desgracia tras desgracia. Dieciséis años de sinsabores y una infinidad de nombres que de rimbombantes pasaron a lamentables. ¿Eddy Curry? Solo un ejemplo de tantos. Isiah Thomas logró echar por tierra todo lo que en la cacha había cosechado. Contaba con el beneplácito de un James Dolan a quien solo ha salvado Phil Jackson.

El Maestro Zen ha logrado de un plumazo hacer de este verano que ya se planteaba de vital importancia para el devenir de la franquicia toda una dulce realidad. Donnie Walsh tenía la misma función seis años atrás. El margen de maniobra se entiende en función a dos variables; la masa salarial a manejar y la capacidad de atracción que uno tenga. Ambas giraban en torno al mismo astro. LeBron James había visto su contrato con los Cavaliers finalizado y hasta su show televisivo para contar The Decision, media NBA se comía las uñas por saber su destino final. “Me llevo mis talentos a South Beach”. Siempre tienen el mismo efecto. En el dominó, las fichas caen una tras otra y la agencia libre lo imita teniendo a los protagonistas en su primer movimiento. El Rey no podía ser menos. Después de sus minutos en ESPNla tormenta de firmas y traspasos se dio sin frenos.

Tomó entonces el testigo Amar’e Stoudemire. “Los Knicks han vuelto”, se atrevió a afirmar. Sin brillo, pero con oficio, en los créditos se podían leer los nombres de Danilo Gallinari, Raymond Felton, Wilson Chandler o Timofey Mozgov. Talentos que, sin ser primera clase, no dejaban de ser una decente media. Mike D’Antoni pronto les hizo calar. Run & Gun, con Felton haciendo de Nash para conectar con STAT. Gritos de MVPen honor al ala-pívot de Florida y unos meses para recordar. En el centro del huracán se encontraba, sin marearse, a quien ya tildaban de robo. Fields había convertido su escaso cartel al de titular en un plantel que trataba de mentalizarse como óptimo para ser parte de la postemporada. La gran ciudad nunca ha sido sinónimo de calma y los flashes acaban con quien se deja llevar. No sería así para el rookiede Stanford, que hizo de sí, contra todo pronóstico, la sensación del equipo. Para unos seguidores sin punto medio, con emociones calientes y palabra fácil, el joven había pasado a formar parte del selecto club del fetiche. Spike Lee, inevitable mascota de los de azul y naranja, le dio la bendición vistiendo una enorme camiseta con su número y nombre.

Hará cualquier cosa que el plan del partido le pida”

Su debut como profesional fue toda una declaración de intenciones. Once puntos y cuatro rebotes después, D’Antoni hacía públicas sus intenciones de mantenerle en el quinteto inicial durante todo el año. “Estaría sorprendido si no fuera capaz de hacerlo”. Frente a él tenía a DeMar DeRozan, una estrella en cocción. No se arrugó y puso trabas cada vez que las capacidades atléticas del californiano se ponían en dirección al aro. “Creo que la mejor parte de su juego es simplemente todas las pequeñas cosas que hace. Hará cualquier cosa que el plan del partido le pida”. Con el cariño del entrenador todo es más fácil. Fields se lo había ganado. Tenía destellos de explosividad física y un buen lanzamiento desde el perímetro, pero no fue eso lo que le hizo merecedor de un rol principal. Era distinto en base a la consistencia y la lectura del juego; capacidades impropias de un novato.

Todo pasó muy rápido. Pronto tendría a Carmelo Anthony a su lado y diría adiós a Gallinari, Chandler, Felton, Mozgov, Eddy Curry y Anthony Randolph. El sitio de Felton lo tomó un timonel aún más veterano, Chauncey Billups. Se embarcaron en la primera aventura más allá de la temporada regular para un grupo que llevaba más de un lustro sin conseguirlo. El recién llegado Billups y Stoudemire cayeron lesionados y tras ello los Knicks se resintieron, cediendo con un 4-0 en primera ronda. Los Celtics fueron el verdugo.

La temporada acabó para ellos con un sabor agridulce agarrado al paladar. Habían logrado superar a los fantasmas que les perseguían desde tiempo atrás, cayendo sin embargo en la orilla. Respecto a Landry, su bienvenida había sido una genial sorpresa para la Gran Manzana. Primer quinteto de rookies junto a Gary Neal, John Wall, Blake Griffin y DeMarcus Cousinspromediando casi 10 tantos y 6’4 rebotes. Para un segunda ronda, palabras mayores.

La sensación tornó en respiro la siguiente temporada. De sólida irrupción, debía hacer de aquello que hizo perder la cabeza a la comunidad Knickerbocker una constante que le permita no perderla a sí mismo. Establecerse en un charco infestado de tiburones; y lo hizo. Anécdotas varias después (como el haber hecho de su salón un hotel improvisado para que Jeremy Lin durmiera durante su explosión), debía superar una nueva prueba. Esta, más cercana a las oficinas que al parqué. Era agente libre restringido, por lo que no sería decisión suya, sino de los Knicks, el retenerle o dejarle ir. Y la respuesta estaba en Toronto. Los de Canadá se hipotecaron con Fields; tres años y veinte millones de dólares. En Nueva York no se lo pensaron, las cifras se alejaban de lo deseado y finalmente tuvieron que despedirse. La cuestión es: ¿por qué los Raptors engordaron tanto las cifras?

Quizá, tal y como cuentan en Business Insider, fue una decisión que únicamente se entiende en base a una razón; querían fastidiar a un rival de peso de su misma conferencia. Se dice que los neoyorquinos tenían a falta de ciertos flecos cerrada la reunión de Steve Nash con Stoudemire. Esto se daría gracias a un sign-and-trade del base en el que Phoenix recibía al propio Fields y otros compañeros. Sin él, el traspaso no sería posible. Movimiento táctico brillante, pero el riesgo estaba sobre la mesa y acabó por hundir las esperanzas de la franquicia. El destino haría lo propio con el jugador, lapidándole sin piedad. La moneda cayó cruz.

El training camp ya le dio pistas. Cada vez que tiraba, su mano derecha se encogía. Lo hacía sin intención alguna. Soltaba el balón y sin ser consciente de ello, pasaba. Se cerraba lentamente sin sentir dolor, pero la rareza era evidente. El mes de noviembre del mismo 2012 resolvió sus dudas. Y no con buenas noticias, precisamente. Tras cinco partidos con presencia testimonial y poco aporte, pasó por quirófano. Su nervio ulnar (recorre desde el húmero al cúbito) no permitía el correcto funcionamiento del hombro y, por tanto, del resto del brazo.

Entonces, pasó. Una sucesión de golpes que se hicieron interminables en sus carnes. Un trienio de dolor y súplicas que tenían el principio y el fin en su brazo tirador.

Numerosas operaciones después y en constante rehabilitación, Fields se vio obligado a cambiar su forma de tirar. En su cabeza no cabía la culpabilidad por el contrato recibido al que su juego no pudo justificar. Hacía frente a su tercer y último año en Canadá siendo consecuente con su situación. “Haré cualquier cosa que pueda por el equipo”, se decía. Ahí residía el problema; no podía y mentalmente se vio afectado por ello. Era como chocar con un muro que se interpone en el camino que de un modo natural debería seguir. “De ninguna manera o forma voy a tirar la toalla ahora. Simplemente ha explotado en mi mente. En 21 años jugando al baloncesto, esto nunca había aparecido en mi cabeza; que la vida puede ser sin baloncesto”.

La afición podría lamentarse por lo que pudo ser y cayó en saco roto. Por unas cifras que limitaban el crecimiento del equipo al que animan. Pero nunca sufrirá como lo hizo el nacido en California. Su propio cuerpo no le permitía hacer aquello por lo que vivía. Tenía la suerte de comer gracias a lo que más le gustaba. Un año después, se veía de nuevo siendo agente libre. Nuevamente no era él quien decidía. Tampoco ningún equipo. El brazo con el que tiraba no daba más de sí. Pensó en hacer un cambio aún más brusco para, así, evitar más frenos. Incluso he pensado en cambiar a la izquierda y tirar con la izquierda”. Más severas aún eran las palabras con las que trataba el momento que atravesaba. “Entiendo que mi contrato tal vez no sea el mismo el año que viene. Podría no estar en el baloncesto el año que viene”. Sus números descendieron progresivamente. No solo las cortas anotaciones se hacían sangrantes, los minutos y partidos disputados hablan por sí solos. Curioso que en su primer año en la liga estuviera presente en todas y cada una de las 82 noches de batalla.

Pero la negra historia no acababa ahí. Fruto de una maldición llamada destino, las lesiones no solo acaparaban la ya nombrada extremidad. Desde el hombro, bajaron a su cadera. En su punzante búsqueda por una nueva oportunidad, crecían los enanos. Otra vez más, se tumbaba en una camilla cubierto por una bata blanca para reparar el labrum dañado.

“Cojeé sobre una muleta para coger mi móvil del bolsillo de atrás. Era titular en los Knicks y luego en los Raptors. Y luego me lesioné, luego otra vez, y luego, otra vez lesionado. Un codo, una mano, una cadera… Una trinidad profana que poco a poco, de forma progresiva y dolorosamente arrastró mi capacidad para jugar al baloncesto durante varias temporadas. Mi sueño, mi deseo más profundo, mi identidad, estaban todos de repente en peligro. Me sentía como si la vida hubiera sido escrita con un rotulador de borrado en seco, y Dios vino y manchó lo que antes era claro. Una vez un jugador de baloncesto estrella en el Madison Square Garden y ahora, a través de tres años de problemas físicos no planeados y no deseados, en mi casa esforzándome solo por coger el teléfono”.

Al igual que la experiencia, las palabras son suyas. En primera persona todo se escribe mejor, y Landry Fields tuvo el coraje de hacerlo. Día de Drafta la inversa. De cero a cien, de cien a cero. Lo tuvo todo y se vio sin nada. Veinte millones por 107 partidos disputados en tres años suenan a risa, nada más lejos de la realidad. El desierto de dolor que atravesó no tuvo oasis. Su refugio, antes del definitivo adiós tras varias intentonas que quedaron en eso, fue Dios. El pastor evangelista John Piper fue el culpable, con Twitter como aliado para hacer llegar el mensaje. Contaba que Garrett Gilkey, jugador de la NFL, probó la escritura religiosa tras una lesión. La atención fue momentáneamente captada y el mensaje se introdujo con fuerza en la mente del baloncestista. Desde entonces, lo que había sido una relación de creencia pasiva tornó en activismo. Las lesiones le hicieron ver el deporte de la canasta como su particular góspel, pero ahora no contaba con él. Se lanzó entonces a devorar la biblia. En su habitual rezo, cambió las peticiones ególatras por continuos agradecimientos. Su mayor mal pasó a ser comprendido como jarabe de palo con una moraleja evidente; la humildad no se debe olvidar ni estando en lo más alto. Su primer año al completo en el dique seco le sirvió para acercarse a los cielos.

¿Por qué no -pensó- renacer desde abajo? La Summer League tiene sitio para quien crea poder hacerse un hueco en los largos banquillos de la NBA. Desde novatos que lo utilizan para hacerse a los focos y gustar al seguidor hasta jugadores de distintos lugares del mundo que quieren vivir la experiencia. Fields no encaja en el molde, ya había pasado por ello, pero sobre todo residía una idea; quería un último intento. Sin pena ni gloria, el verano tampoco fue para él. 2016 no le devolvería las sensaciones perdidas. El parqué no era su sitio.

Y de repente; su nombre vuelve a la actualidad. Una analogía de sus primeros pasos en la NBA, todo pasó de sorpresa y el mundo lo aprobó. Aunque no resulte poético, sí hay imposibles. Él logró aceptarlo y seguir adelante. Como dijo D’Antoni, la mejor parte de su juego era cada pequeña cosa que hacía. San Antonio es un lugar de intangibles, donde la inteligencia sigue siendo un valor primario que se compra al kilo. Los Spurs confiaron en él como scout de universidad. Como los Knicks hicieron con él en 2010, su trabajo ahora se basa en buscar talento. Deja el balón por la lupa y la libreta.

En una época en la que los corredores de fondo están de moda, Landry Fields es un velocista forzado a serlo. Con 28 años comienza un nuevo capítulo en su vida. Cuando una puerta se cierra, dicen, se abre una ventana. La suya le ha llevado a las oficinas. Que el balón siga girando.

P.D.: no todo va a ser pesimismo. Les invito a entrar en YouTube y buscar ‘Landry Fields Sing your face off’.

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SKYHOOK #27

Junio 2020 | 100 páginas

La temporada 2001/2002 fue la gran oportunidad de un equipo irrepetible. Los Sacramento Kings de Rick Adelman, que venían varios años practicando un juego atractivo y sumamente coral, parecían haber dado el paso para batir, al fin, a sus grandes enemigos, los Lakers de Shaq y Kobe.
Así se construyó, brilló y destruyó una monarquía que casi veinte años después sigue sin descendencia.

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