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La obra inacabada de Stephen Curry

Si entra el tiro, unos diezmados Golden State Warriors, que están uno abajo, llevarán la serie al séptimo partido y tendrán una posibilidad de ganar el tercer anillo consecutivo, el cuarto en cinco años y proseguir con una epopeya que tuvo su momento seminal en Nueva York, en el Madison Square Garden en febrero de 2013, seis años antes.

Via: Wikimedia

Sexto partido de la final de la NBA del año 2019. Quedan 8 segundos y algunas décimas en el reloj. Stephen Curry recibe la bola en el lateral derecho de la cancha. Es una posición desde la que le gusta lanzar. Tiene además un poco de espacio. En mucho peores condiciones, ha metido canastas antes. Si entra el tiro, unos diezmados Golden State Warriors, que están uno abajo, llevarán la serie al séptimo partido y tendrán una posibilidad de ganar el tercer anillo consecutivo, el cuarto en cinco años y proseguir con una epopeya que tuvo su momento seminal en Nueva York, en el Madison Square Garden en febrero de 2013, seis años antes.

Curry dispara. El tiro lleva arco, pero vuela sin ángel, triste como un cumpleaños y se queda corto. Poco después, tras un embrollo de tintes cómicos con un montón de gigantes a la búsqueda de una ridícula pelota, Toronto Raptors logra el primer y único anillo de su historia. 

Ese fue el último partido de Golden State en unas finales después de un lustro –y tres anillos no consecutivos 2015, 2017 y 2018– abonados a la hora de la verdad. Las lesiones y ese lanzamiento errado impidieron que los Warriors tuviesen la ocasión de abrochar el primer three peat desde el que produjeron los Lakers de Kobe Bryant y Shaquille O’Neal –2000-2002– hace dos décadas. Código Bono Betfred

Ese final dejó un poso de obra inacabada.

Es la alegría. Si hay creadores cuyas obras más significativas se producen en tiempos oscuros –pensemos por ejemplo, en las pinturas negras de Francisco de Goya– las mejores actuaciones de Curry son puras explosiones de alegría. Una precisa, contundente y descarada alegría. Curry es el jogo bonito en estado puro, se desliza por la cancha como una mariposa entre recios árboles frondosos de dura corteza y ancho tronco. 

Es un jugador diferente, distinto, único, de aire brasileño, que con su danza ha estirado el tamaño de la cancha de juego y ha logrado congelar el tiempo, que en baloncesto es de una naturaleza elástica: en las proximidades de los campos gravitacionales de la galaxia Curry hay más y más metros –en baloncesto, los metros, el espacio, son equivalentes a los segundos, al tiempo, el recurso fundamental– para todos.

Sin embargo, aquel día, el 15 de junio de 2019, le faltaba –además del figurón de Kevin Durant, ese anotador compulsivo, decisivo en los dos campeonatos anteriores– su socio principal, Klay Thompson. ¿Qué hubiera sido de John Lennon sin Paul McCartney, de Mick Jagger sin Keith Richards? ¿Cuánto le debe la galaxia Curry y el juego del baloncesto, ese lustro extraordinario, esos terceros cuartos estratosféricos, a la libertad que le daba la presencia de su socio Thompson? 

En ese sexto partido, en los últimos minutos los defensores de los Raptors, se abalanzaban sobre Curry, como leonas sobre una gacela, causando en ocasiones amontonamientos y tropiezos, ante los quiebros del base. Con Thompson, un tipo que cuando está inspirado es capaz de anotar 37 puntos ¡en un solo cuarto!, al lado –y ya no digamos además con Durant– las defensas hubieran trabajado de otra manera. Y tal vez, solo tal vez, Curry hubiera hallado esa pizca de alegría que le hubiera dado el impulso correcto a ese lanzamiento decisivo.

La rotación de ambos, al modo de dos estrellas de neutrones, del uno junto al otro, dieron cinco años extraordinarios y una temporada de baloncesto para enmarcar, la 2015-2016, una factoría de fábulas baloncestísticas. El año del 73-9, aun con el gatillazo final, tras el campanazo de Lebron James y Kyrie Irving, supuso la interpretación más ágil del baloncesto que se ha visto desde el showtime que implantaron Pat Riley, Magic Johnson, James Worthy, Kareem Abdul Jabbar y compañía en los 80. 

El quinteto de la muerte nació sin Durant: Curry, Thompson, André Iguodala, Harrison Barnes y Draymond Green. Así, fue su primera versión –la del baloncesto sin Durant– la que permite calibrar la verdadera aportación de Curry al juego. Es a ella, además, a la espera del retorno de Thompson –con suerte el año próximo, tras dos graves lesiones–, a la que remite de nuevo el proyecto que continúa pilotando Steve Kerr: un despliegue coral en ataque, que permita mover el balón –aunque falta ajustar el gatillo en el tiro exterior, los Warriors son los líderes de la NBA en asistencias por partido– a la búsqueda del siguiente hombre libre, y un trabajo industrial en defensa, apoyado en dos pilares: el clásico Draymond Charlie Watts Green y ahora en Andrew Wiggins –fichado de los Timberwolves, tras la marcha de Durant– a quien Kerr le tiene preparado el menú Iguodala. 

“La defensa es lo más importante. Ya sabes como funciona en esta Liga: tienes que ser capaz de proteger todas esas alas, ya sea DeMar DeRozan, LeBron James, Paul George, Kawhi Leonard o quien sea. Hay tantos tipos súper talentosos por ahí… Andrew está hecho para manejarlos. Ese era el enfoque para nosotros antes de que comenzara la temporada y ha respondido muy bien”, ha afirmado Kerr.

Curry tiene ahora algunos otros socios, además de Wiggins y del siempre –para lo bueno y para lo malo– pasado de rosca Green. Está Kelly Oubre Jr, un alero talentoso, que intenta coger el ritmo  de juego de los Warriors y subir su nivel como amenaza ofensiva y su concentración en defensa –cuando los tiros le entran a Oubre, los Warriors tienen otra pinta, mucho mejor– y está James Wiseman, rookie, un melón por catar, que podría, si acaba dando el nivel, remitir a los Warriors que jugaban con Andrew Bogut, con David Lee, con un poste que haga que el balón corra y que permita cargar el rebote ofensivo y dar opciones de ataque en la zona.

En este momento del año, los Warriors están en la pomada por disputar los playoffs, gracias al talento de Curry y, sobre todo, al trabajo. No hay éxito sin esfuerzo. “Aquí todo está organizado. Sabes lo que haces todas las noches. (…) Sabes los minutos que vas a jugar, conoces tu rotación. Eso es una cosa que hacen aquí. Son muy sencillos. No van a endulzar nada. No hay preguntas con trampa, así que está bien”, analiza Wiggins. 

“Siempre hablo del trabajo que lleva. Todo el mundo ve el producto final en los medios y en las redes, ves el glamour y la pompa y lo que pasa en la pista, pero, con suerte, también se comprende y se aprecia las horas incontables  y el trabajo duro que entrega cualquiera que está en este nivel y se enfunda una camiseta de la NBA. Como Draymond [Green] dice: no te levantas y por accidente o por coincidencia, eres bueno en algo. Tienes que dedicarle tiempo”, remata Curry. 

La capilla sixtina no se pintó por accidente. Tampoco la alegría de Curry y, por ende, de los Warriors, fue una casualidad. Amor al baloncesto, amor al trabajo bien hecho, y amor al arte explican la obra inacabada aún de Curry. Los próximos años responderán la pregunta: el primero que amplió el campo, el original, el-hombre-que-cambió-el-juego y lo introdujo en una nueva era de modernidad ¿será capaz de nuevo de llegar a la cumbre y culminar su obra?

Nota del autor:

Los testimonios de Kerr, Wiggins y Curry están extraídos de estos medios. 

Kerr: https://www.nbamaniacs.com/noticias/los-warriors-estan-satisfechos-con-el-impacto-defensivo-de-andrew-wiggins/

Wiggins: https://www.nbamaniacs.com/noticias/andrew-wiggins-explica-la-diferencia-entre-los-warriors-y-los-timberwolves/

Curry: https://eu.usatoday.com/story/sports/nba/warriors/2019/06/01/nba-finals-steph-curry-warriors-three-point-shooting-changes-game/1313594001/

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SKYHOOK #27

Junio 2020 | 100 páginas

La temporada 2001/2002 fue la gran oportunidad de un equipo irrepetible. Los Sacramento Kings de Rick Adelman, que venían varios años practicando un juego atractivo y sumamente coral, parecían haber dado el paso para batir, al fin, a sus grandes enemigos, los Lakers de Shaq y Kobe.
Así se construyó, brilló y destruyó una monarquía que casi veinte años después sigue sin descendencia.

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