Puede parecer mentira. Pero Orlando y Tel Aviv tienen alguien en común. A casi 10.500 km de distancia también hay nexos de unión. Quizás el nexo más fuerte que ha conocido Tel Aviv en los últimos veinte años.

Derrick Sharp nunca fue un tipo cualquiera. Creció en Orlando jugando al baloncesto, algo que no dejaría de hacer hasta su retirada hace apenas cuatro años. Sharp era un tipo eléctrico y descarado, que forjaba un nombre en Maynard Evans, su instituto, donde se forjó una leyenda como Darryl Dawkins, y donde pudo compartir unos años con Chucky Atkins, tres años menor que él, pero con quien compartiría mucho más que cancha.

Sharp pasaba desapercibido, tanto que acabó en Eastern Florida State, una institución académica de nivel pero sin el peso deportivo necesario para que el joven Derrick pudiera hacer carrera en los Estados Unidos. No dudaría en cambiar de universidad, esta vez a South Florida, donde precisamente coincidiría con Atkins, y donde Sharp se destapó como un gran tirador, estableciendo marcas individuales a considerar, rozando el 40% en triples pero con un triste bagaje colectivo en sus dos temporadas.

Obviamente sin exposición mediática, el Draft era un imposible. Sharp sabía que si quería jugar al baloncesto de forma profesional tendría que dar el salto a Europa. Y lo hizo sin dudarlo un segundo. Al lugar más extraño que pudo encontrar, desde luego. Israel, sí. Pero no a Hapoel, Maccabi o cualquier equipo de primera fila. No, Sharp ponía rumbo a la liga Leumit, la segunda división israelí.

Allí recalaría en el Maccabi Hadera, donde disputaría la temporada 1993/94. Solo una, pues después cambiaría de club, en 1994, para seguir en la misma liga. No llamaba la atención, era demasiado bajito para jugar como escolta y demasiado alocado como para jugar de base en la Europa del basket control.

Una temporada estuvo en el Hapoel Migdal-HaEmek, donde pasó sin pena ni gloria, llegando a recalar en un club de la tercera división israelí. Sharp parecía caer en el olvido. Su buen año en aquella tercera división jamás haría pensar lo que iba a llegar. Llamaban a su puerta. Y no llamaba cualquiera. El Maccabi lo esperaba.

El Maccabi Tel Aviv vivía una dura época en los años noventa. Millones invertidos que no llevaban a nada. Un dispendio económico sin igual en Israel, pero que no lograba ofrecer garantías a nivel europeo. Y eso, en Tel Aviv, significa fracaso. Año tras año grandes estrellas pasaban por las filas de Maccabi sin éxito alguno.

Sharp llegó sin hacer ruido. Y sin mucha notoriedad, quedando relegado más al plano nacional que al europeo. Tenía por delante al mítico Oded Kattash, estrella israelí por antonomasia, y también a Guy Goodes, que rendía de sobras y ejercía de veterano al mando. Cualquier otro se habría rendido. ¿Para qué estar en Tel Aviv sin jugar en Europa? ¿Era necesario quedar al margen partido tras partido? Sharp tenía mercado en Israel, quizás otro equipo en Europa querría contar con él para que demostrara su capacidad anotadora.

Mas Derrick no quiso rendirse. Salía a pista a morder. No era necesario meter 20 puntos. Pero sí dejarse la piel en cada jugada. Eso unido a cierta magia en los instantes finales hizo que la afición macabea enloqueciera con él. Había nacido una estrella para el Maccabi. Sharp estaba en casa.

Verlo en pista significaba el terror para los bases rivales. Pegado a ellos, no permitiendo un bote cómodo, arriesgando al máximo y bordeando la falta. Petar Naumoski, una de las grandes estrellas de la época, tenía pesadillas con el americano. Se iba convirtiendo en institución a la vez que Maccabi peleaba por cotas más altas. El inicio del nuevo milenio marcaba un antes y un después. Pero Oded Kattash, quien lideró a Maccabi durante la última parte de la década de los noventa, fue un cruel verdugo. Sus triples en la final de la Liga Europea sentenciaron a los israelíes, y le daban un nuevo título a Panathinaikos, el primero de la era Obradovic.

Pero la historia termina siendo justa. Costó, sí. Costó esfuerzo y dinero. Sobre todo, dinero. Pini Gherson al mando, una escisión entre FIBA y ULEB de por medio, fichajes de renombre y la suerte de que la Kinder de Bologna estuviera en el otro lado del conflicto. 2001 fue el año de la confirmación de Maccabi, el año marcado por tener dos campeones europeos, la Kinder de Ginóbili y cía, y el Maccabi de Huffman, Parker y Arriel McDonald.

A partir de ahí, se iniciaba una carrera histórica en el baloncesto israelí. Sharp obtenía la nacionalidad, se convertía en un jugador de alto valor y llegaban los títulos. 27 títulos. 27 llegó a alzar Sharp, en una combinación de suerte y talento pocas veces vista. El joven que llegó de puntillas a Europa se convertía en santo y seña del baloncesto israelí. Y tendría su momento de gloria. Una gloria que sería eterna. Un instante que resume a la perfección su carrera.

Derrick Sharp 3

Foto: Noam Gulai

Situemos el contexto. El Zar vuelve a Europa. Sabonis abandona la NBA y decide pasar una temporada más en el baloncesto, para delicida del espectador. Unicaja sueña con el lituano, que adora la Costa del Sol hasta el punto de considerarlo su hogar. Sus hijos crecen en los veranos calurosos al sur de España, y no parece una idea tan descabellada. Pero Zalgiris termina siendo su destino, el club de toda su vida, donde comenzó y donde mostró sus primeros años de dominio.

Después del título del 99, en Kaunas no se habían visto en otra así. Sabonis se une a Ed Cota, Mindaugas Timinskas, Tanoka Beard y Darjus Lavrinovic, entre otros. Una plantilla de gran nivel que con el gigante lituano en sus filas pasa a ser firme candidato a todo. ¿Su debut? La mejor muestra posible. Ante Panathinaikos y con victoria. Sabonis sumando 15 puntos y 9 rebotes. El Zar finalizaría la temporada con 16 puntos y 10 rebotes de media, para 26 de valoración. Y el 8 de abril en la memoria.

Maccabi y Zalgiris se enfrentaban por un puesto en la Final Four de la Euroliga. El Top 16 daba el pase directo a la Final Four a los cuatro líderes de cada grupo, lo que hacía de cada encuentro una final per se. Y más aquel día, donde se decidiría todo.

Sabonis era consciente de a qué se enfrentaba. Aquel Maccabi es historia a día de hoy por noches como aquella y con un quinteto que quedó grabado en la memoria colectiva: Jasikevicius, Parker, Burstein, Baston y Vujcic. La mezcla de talento y físico perfecta. Una máquina perfectamente engrasada, una máquina de anotar sin parangón en Europa.

El primer cuarto era buena muestra de ello. 30 puntos anotados, con Jasikevicius en estado de gracia. Sabonis era la otra respuesta lituana, en una de sus grandes noches, sabiendo que esta era la oportunidad perfecta. El gigante lituano anotaba de todas las formas posibles, dominaba la zona y daba un clínic de pase, una semana más, una noche más. Con Sabonis al mando, el Zalgiris comenzó a recortar distancias. Poco a poco, hasta un tercer cuarto pletórico donde dejaban a los de Gherson en 12 puntos. Parecía que los lituanos iban a tener hueco en la Final Four y que Sabonis pelearia por un nuevo cetro europeo.

Aunque es de perogrullo, un tópico manido pero cierto es aquello de no vender la piel del oso antes de cazarlo. Maccabi abrió la Caja de Pandora, convirtiendo el último período en una oda al baloncesto ofensivo. 33 puntos. Hasta el instante final. Bagatskis y Cota asumían el mando del partido con Sabonis fuera por faltas, Beard intentaba dominar en la zona ante Baston y Vujcic, y Maccabi buscaba remontar a la desesperada. Los nervios y la tensión eran evidentes, en un intercambio de golpes constantes que llevaban el partido a la máxima igualdad en el minuto final. Jasikevicius y Vujcic mantenían a Maccabi en el partido, colocando en el marcador el 91 a 94 para los lituanos, con apenas una docena de segundos en el marcador. Jasikevicius cometía falta sobre Giedrius Gustas a falta de dos segundos, la quinta falta del base lituano. Todo parecía acabado. Con anotar un tiro libre, la remontada era imposible.

Pero Gustas optó por hacer un favor. El aro escupió su primer tiro libre. El pabellón israelí, La Mano de Elías, enloqueció. El segundo, fuera. Golpeaba la parte trasera del aro, y Beard pisaba la zona antes de tiempo, por lo que Maccabi tendría la opción de sacar de fondo, aunque la bocina había sonado ya. ¿Qué hacer entonces?

Gherson no sabía qué hacer. No quedaban tiempos muertos, Jasikevicius había sido eliminado por faltas y no había muchas opciones. Entre tanto desconcierto, Gur Shelef se acercaba timorato a la línea de fondo, consciente del marrón que iba a comerse teniendo que poner el balón en juego desde tan lejos. El reloj marcaba dos segundos. Ilija Belosevic esperaba en línea de fondo, balón en mano, y daba el visto bueno junto a la mesa para poner el balón en juego, que entregaba a Shelef.

Shelef dudaba. Iba a cruzar el balón de lado a lado, la pelota reposaba en su mano izquierda, su brazo en tensión y en posición para lanzar un disco. Soltó el balón. No sabemos si queriendo hacer lo que hizo o por puro azar. La cuestión es que llegó, llegó a manos de ese base americano, con pasaporte israelí, que parecía no estar dispuesto a dejar escapar esa oportunidad. Sharp saltó, cogió el balón como pudo, dio un bote hacia su izquierda y se levantó, echando su cuerpo hacia delante, tomando impulso para no quedarse corto en un lanzamiento tan forzado.

La bocina sonó antes de que el balón besara la red. La Mano de Elías estallaba. 94 a 94, Sharp ni se inmutaba. Acababa de hacer historia y mantenía la cabeza fría, abrazado por Maceo Baston. Beard reclamaba que la canasta estaba fuera de tiempo, cortando el aire con sus brazos. Era el único en reclamar, con sus compañeros cabizbajos dirigiéndose al banquillo.

Sharp anotó un triple que abrió las puertas a Europa. Un tiro que se convirtió en santo y seña de la Euroliga durante años como muestra de la belleza de la competición, de la igualdad máxima, de la histeria colectiva que podía generar el baloncesto. Quizás siga siéndolo, o quizás lo fue hasta que Printezis anotó una canasta para tumbar al todopoderoso CSKA unos años después.

Derrick Sharp siguió siendo cauto. Siguió entregándose en cuerpo y alma al baloncesto, al Maccabi, donde cosechó la Euroliga esa misma temporada, en una final que pasó a la historia por ser la que ha tenido la diferencia más abultada (118 a 74, ante la Fortitudo de Bologna). Sharp era el sexto hombre ideal, el jugador a marcar diferencias en pocos minutos, capaz de amargar a cualquier estrella rival. Revalidarían título un año después, la segunda Euroliga de Derrick Sharp, tercer título europeo contando la Suproliga. Más Final Four, más hitos y títulos. Su defensa y su certero lanzamiento exterior, como santo y seña. Jamás bajó del 40% en triples en su carrera. Jamás. Ni tan siquiera en sus últimos años, cuando apenas disputaba cinco minutos de promedio en la competición nacional.

Sharp dijo adiós a las canchas en 2011, después de cumplir su decimoquinta temporada en las filas del Maccabi. La exigencia de aquella temporada, donde los de Blatt disputarían hasta un total de cuatro competiciones, hicieron mella en la voluntad de Sharp de seguir jugando, aunque casi no pisaba la cancha. De la pista a los banquillos, donde estuvo dos temporadas bajo el ala de David Blatt, ejerciendo de asistente. En 2013, Derrick Sharp se marchó de Maccabi, con diecisiete temporadas a sus espaldas, veintisiete títulos y la historia reciente de los israelíes a sus espaldas.

Ahora su hijo intenta recuperar su legado. Nacido en 1996, juega en el Bnei Herzliya, donde intenta hacerse un hueco gracias a su pasaporte israelí. Derrick Sharp Jr sueña con emular a su padre. Aquel hombre que trabajó sin descanso para cumplir un sueño. Una institución en el Maccabi. Historia del baloncesto europeo. Y con un lugar guardado, para siempre, en la memoria colectiva. Derrick Sharp voló en dos segundos y tocó la gloria. La acarició y se apoderó de ella. A veces no son necesarios quince minutos de fama. A veces, solo basta con dos segundos de gloria.