No contaban con él. Tampoco había motivos para hacerlo. A fin de cuentas, aquellos Celtics eran una trituradora de novatos. Muchachos imberbes que se estrellaban contra el muro que suponía un quinteto que se sabían de memoria. Rondo, Allen, Pierce, Garnett y Perkins. Con un poco de suerte, podían disfrutar de su juego desde el banquillo y saltar al escenario de vez en cuando, erigiéndose como la excepción que confirma la regla (Glen Davis, Leon Powe). Pero, durante aquellos años, ser drafteado por los Celtics suponía la nota más noble en un currículum que hoy, muchos años después, recoge una larga carrera de ligas menores y contratos de diez días. Hudson, Johnson, Giddens, Walker. Vidas paralelas. Las primeras víctimas de un equipo de leyenda.

Bien pudo acabar así la historia de Avery Bradley, todavía un adolescente cuando llegó al último finalista de la NBA (temporada 2010-11). Joven, inexperto y pequeño (1’88 metros de estatura), en un principio la posición de escolta le iba igual de grande que la de base a un chico poco preparado para los focos. Si Doc Rivers hubiera buscado solo un base suplente para Rondo, se habría equivocado. Pero no fue el caso.

Desde el primer momento, Rivers quedó prendado de la actitud defensiva de Bradley, a quien no dudaba en lanzar como cuchillo arrojadizo al rival de turno. El primer Avery, de apenas 80 kilos de peso, empezaba a sacar de quicio a tipos más altos, fuertes y sobre todo experimentados que el muchacho de Tacoma. Esa actitud y algo de suerte acudieron a su rescate en la campaña 2011-12, tras un testimonial año de novato en el que solo jugó 30 partidos.

Los Celtics ya habían empaquetado a Perkins camino de Oklahoma, aunque los galones del ‘Big Three’ (más el mejor Rajon Rondo) seguían intactos. Pero con el cuarteto que parecía irrompible sí pudo el ‘lockout’, que dio paso a una temporada reducida pero compactada. El tobillo derecho de Ray Allen fue el primero en sufrirlo y Rivers apostó por dar entrada a Bradley, que tendría como escolta la oportunidad que quizás le venía grande como base.

Fue ahí donde todo cambió. Los Celtics descubrieron que la vida podía ser mejor con un escolta dinámico, capaz de defender a prácticamente cualquier exterior y de salir al contraataque como una bala. Durante aquellos meses, Bradley disfrutó de la compañía de Rondo en vez de sufrirla. Ya no era la superestrella a la que daba descanso. Ahora recibía sus pases en un equipo al que volvían los ‘alley-oops’ gracias a un chaval de apenas 20 años.

Probablemente ahí se rompió definitvamente el ‘Big Three’. La irrupción del joven Bradley coincidía con el declive de Ray Allen, que empezó a pasar mucho más tiempo en el banquillo. Hasta le tocó vivir unos Playoffs a la sombra. Solo la lesión de Bradley durante la serie ante Philadelphia le devolvió de la titularidad y libró a Rivers del quebradero de cabeza de sentar a una de sus estrellas. Aunque, para entonces, Bradley ya era otra. Y cuando Allen marchó a Miami, tenía además el camino despejado.

No dejó de crecer. A la vuelta del verano se asentó como titular y apareció en el segundo mejor quinteto defensivo de la liga. Amplió su catálogo de recursos ofensivos más allá de lo puramente físico, quizás el gran lunar que presentaba cuando llegó a la NBA. Durante su primera temporada y media apenas miraba al aro, pero hoy presenta una de las mecánicas más académicas de la liga. Cuando Pierce, Garnett y Rivers marcharon, todo ese trabajo previo cobró sentido. Bradley pasó de 9 puntos por partido a 15 en los primeros Celtics de Brad Stevens, para quien también fue un baluarte.

Bradley siguió trabajando. Ya no para quitarle a nadie un puesto que le pertenecía por derecho, sino para mantenerlo. Pero su hambre siguió intacta. Durante esta pasada temporada, la 2016-17, nadie más que él se benefició de la llegada de Al Horford, cuya presencia le alejaba del balón al tiempo que le abría espacios en la pintura. Desarrolló más que nunca su sentido para cortar sin balón, rápido e inteligente, pero siguió ametrallando el aro desde lejos y nunca temió los momentos calientes. No es casualidad que la única victoria de los Celtics en las pasadas Finales del Este, en ‘the Q’, lleve su sello. Tanto por el triple como por la remontada impensable. Porque eso es Avery Bradley.

Durante los primeros meses de la anterior temporada, Bradley sonó con fuerza para jugar el All-Star Game. Un año después se veía obligado a iniciar una nueva vida, lejos de unos Celtics donde su capitanía nunca estuvo discutida, tanto por antigüedad (siete temporadas) como por jerarquía. Pasó de liderar una revolución a sufrirla, camino de unos Detroit Pistons donde empezó como un tiro, pero en los que una lesión le condenaron de nuevo a la lista de transferibles. Stan Van Gundy y los suyos no vacilaron en la oportunidad de hacerse con Blake Griffin, empleando como cebo a un Avery Bradley que aún se debe estar preguntando qué ha pasado.

Foto: The Boston Globe

Y, sin embargo, no hay tiempo para ello. Con 27 años tiene ante sí la oportunidad de firmar el contrato de su vida, lejos de los 32 millones por cuatro años que le mantuvieron en Boston en 2014. En su momento más bajo, no tanto en rendimiento como en confianza, Bradley agradecerá una voz amiga. Doc Rivers nunca se olvida de los suyos y Bradley es uno de ellos, quizás el único legado al futuro que dejó el exentrenador de los Celtics.

Rivers, el ensamblador de uno de los proyectos más rentables a corto plazo en la historia (de 24 victorias a un anillo en doce meses), apostó siempre que pudo por la ingeniería inmediata en detrimento de los jóvenes. Y sin embargo, en los Clippers de hoy en día puede darse el gusto de entrenar a dos de sus hijos. Uno biológico (Austin) y otro baloncestístico (el propio Bradley). De ambos sacó y está sacando lo mejor que la NBA les ha conocido.

Resulta curioso comprobar hasta qué punto vuelve Avery Bradley a la casilla de salida. Su camino vuelve a discurrir en paralelo a otro nativo de Tacoma. Hace apenas un año, Isaiah Thomas y Avery Bradley eran la pareja exterior del mejor equipo del Este en la ‘regular’. Hoy son dos recién llegados (esta vez como rivales) a Los Ángeles. Vuelven a verse alejados de los focos, pero ya saben lo que es eso. Igual que saben cómo salir de ahí.