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Reflejos

El draft maldito de 1986

yebra@skyhook.es'

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1986: Kenny Walker, 5th overall, Kentucky</p><br /><br /><br /><br /> <p>'Sky' Walker has a strong start to his pro career as the 6-foot-8 forward averages in double figures in both his first two seasons with the Knicks. But knee injuries take their toll on the former McDonald's All American and his NBA career lasts only five more seasons (three with the Knicks and two with the Bullets). He's probably best remembered for winning the NBA's Slam Dunk Contest in 1989.

Recordamos la historia de una de las cosechas de jugadores con más problemas de la historia en la NBA.

Al grupo de jugadores elegidos en el Draft del año 1986 se les conoce en el mundo de la NBA como “El Draft Maldito”. Este nombre se debe a que será siempre recordado por la cantidad jugadores que, esperándose grandes cosas de ellos, acabaron por unas u otras razones cayendo en desgracia, tanto deportiva como personalmente, sobre todo en las posiciones más elevadas.

Vamos a analizar los principales casos de ese “Desgraciado” Draft…

Brad Daugherty
Brad Daugherty

El Nº 1 del Draft de 1986 fue Brad Daugherty, Pívot de 2,13 metros procedente de la Universidad de North Carolina, seleccionado por los Cleveland Cavaliers. Daugherty cumplió con lo esperado tuvo una exitosa carrera, siendo incluso elegido cinco veces para disputar el All-Star Game y con unos promedios a lo largo de su trayectoria en la mejor Liga de baloncesto del mundo de 19 puntos, 9.5 rebotes y 3.7 asistencias.

 

Sin embargo, sus serios problemas con las lesiones hicieron que tuviera que retirarse prematuramente a la edad de 28 años, tras sólo ocho temporadas en la mejor liga de baloncesto del mundo.


Len Bias

El caso más trágico llegaba con el Nº 2, que fue Len Bias, elegido por los Boston Celtics, que habían sido campeones de la NBA la temporada anterior. Los verdes apostaron por el prometedor Alero de 2.03 metros, considerado una auténtica Superestrella en la NCAA, donde jugó para la Universidad de Maryland.

El equipo de Massachusetts se había quedado impresionado con el jugador en uno de los Campus Pre-Draft, donde convenció a los Técnicos de sus cualidades con el balón naranja.

 

Sin embargo, Bias no llegó ni a ponerse la camiseta para jugar en los orgullosos Celtics. El joven de 22 años no pudo soportar la presión mediática y el peso del éxito, y un par de días tras el Draft, concretamente el 19 de junio, fallecía por una sobredosis de cocaína.

El hecho conmovió a la NBA y a todo el deporte americano, convirtiéndose en el más claro caso negro de este Draft. Una verdadera desgracia.

chris-washburn2

Chris Washburn

Chris Washburn fue el Nº 3 de la lotería de ese año, siendo elegido por los Golden State Warriors. Pívot de 2,11 metros, procedía de la Universidad North Carolina Statal, los “Wolfpacks”.

La polémica saltó cuando se descubrió que las notas del jugador se habían alterado para que pudiera ser elegible por la Universidad. Hay que saber que el acceso a la Universidad en los Estados Unidos se realiza través de un examen de aptitud, con una puntuación máxima de 1600 y una mínima de 400. Washburn obtuvo poco menos de 500 puntos, insuficiente totalmente para poder optar a una plaza en esa Universidad.

Aparte de ello, Wahburn mostró un carácter muy conflictivo y tuvo constantes problemas con la ley, llegando a declarar abiertamente sus problemas con la cocaína y pasar un tiempo en un centro de rehabilitación entre enero y marzo de 1987.

Tras pasar con pena y sin gloria por los Warriors, recaló en los Atlanta Hawks en diciembre de 1987, en un traspaso a cambio de Ken Barlow. Finalmente, en el año 1989 y tras 72 partidos en la NBA con una media de poco más de 3 puntos por partido, la Liga sancionó definitivamente a Chris Washburn, tras haber dado positivo en tres controles antidopaje en tres años.

Otra carrera echada por la borda por la lacra de las drogas.

Chuck Person

Chuck Person

Hasta el Nº 4 del Draft no llegaba la luz entre tanta oscuridad. Hablamos de Chuck Person, elegido por los Indiana Pacers. Alero formado en la Universidad de Auburn, Person rompía la mala suerte, logrando hacerse con un hueco en la liga y siendo un hombre más que respetado, con una larga y exitosa carrera, con unos promedios de 14.7 puntos y 5.1 rebote en 13 temporadas en la NBA. Un auténtico “Rifle” que sobrevivió a la maldición del Draft del 86.

Por cierto, Chuck Person fue elegido Rookie del Año, formando parte del Quinteto ideal de Rookies junto a Ron Harper, John Williams, Roy Tarpley y Brad Daugherty.

Kenny Walker

Kenny Walker

El Nº 5 fue para Kenny Walker, seleccionado por los New York Knicks, “Sky” Walker procedía de la Universidad de Kentucky, con grandes esperanzas depositadas en el espectacular Alero, elegido Jugador del Año de la SEC en los años 1985 y 1986. De hecho, sus números fueron buenos, aportando al equipo de la Gran Manzana en su primer año 10.4 puntos y 5 rebotes por partido, y llegando su momento de gloria cuando en 1989 venció en el concurso de mates del All-Star de forma espectacular.

Sin embargo, su rendimiento fue decayendo paulatinamente, lastrado sobre todo por diversos problemas físicos. En 1991 decidió abandonar la NBA y probar fortuna en Europa, pasando por la liga ACB. Tras un año en el desaparecido Granollers (donde ganó el concurso de mates de nuestra liga) y unos partidos con el Cáceres CB, regresó a la NBA en el año 1993 para jugar con los Washington Bullets, con un papel meramente testimonial.

Al finalizar la campaña 1994-1995, con 30 años y completamente destrozado por las lesiones, le llegaba el momento de la retirada del baloncesto profesional tras sólo siete años en la NBA y con unos promedios más que discretos en su carrera (7 puntos y 4 rebotes por partido).

William Bedford
William Bedford

William Bedford fue el Nº 6 del Draft. El Pívot de 2,13 metros de la Universidad Estatal de Memphis fue elegido por los Phoenix Suns, que necesitaban un interior y esperaban ver al potente Center que había promediado más de 17 puntos y casi 9 rebotes en su último año universitario.

Por desgracia, el jugador no se adaptó en absoluto al baloncesto profesional, y tras seis temporadas en la NBA con 3 equipos distintos (Phoenix, Detroit y San Antonio) y unos promedios de 4 puntos y 2 rebotes por partido, se retiró del baloncesto.

Hay que destacar que formó parte del equipo de los Detroit Pistons que ganaron el anillo en el año 1990, aunque su participación fue más bien escasa. Además, en su caso las drogas también estuvieron presentes en su vida, siendo condenado en el año 2006 a diez años de cárcel por tráfico de marihuana.

La Maldición seguía acosando a los números altos del Draft del 86…

Roy Tarpley

El Nº 7 del Draft, Roy Tarpley, también daría de qué hablar. Ala-Pívot (2,10 metros) de la Universidad de Michigan, llegaba a unos Dallas Mavericks que contaban con un gran equipo (Derek Harper, Rolando Blackman, Mark Aguirre…).

Tras un primer año bueno, Tarpley cumplía con las expectativas sobre él, entrando en el quinteto ideal de Rookies (7.5 puntos y 7.1 rebotes saliendo del banquillo), progresando muy “positivamente” (quédense con esa palabra) la siguiente campaña, con 13.5 puntos y 11.8 rebotes por encuentro.

El “pero” llegaba en la temporada 1988-1989, cuando Tarpley era suspendido indefinidamente por consumo de drogas en enero, no volviendo a jugar hasta el inicio de la siguiente campaña. Las cosas irían a peor, ya que en el mes de noviembre, el jugador era detenido por conducir bajo los efectos del alcohol, mostrando además resistencia a la autoridad, algo que se añadió a algunos problemas de lesiones. En definitiva, que en dos años apenas llegó a jugar un total de 74 partidos.

Sus números eran muy buenos (17.3 puntos y 11.5 rebotes en la 1988-89 y 16.8 y 13.1 en la 1989-90), pero Tarpley no tenía continuidad ni estabilidad en lo personal. La temporada 1990-91, el técnico de Dallas, Richie Adubato, apostaba de nuevo por la calidad baloncestística de Roy, pero tras un gran inicio de temporada (con más de 20 puntos y 11 rebotes por partido), una lesión de rodilla le apartaría de las canchas para toda la temporada.

Para completar el póker, en marzo de 1991, de nuevo era detenido por conducir ebrio, con la suspensión correspondiente por parte de la NBA.

En octubre del año 1991, Roy Tarpley completaba el círculo de la desgracia, cuando era sancionado por tercera vez por consumo de drogas y la NBA le suspendía indefinidamente. Entonces, Roy emigró a Europa, donde tuvo una carrera exitosa en Grecia, ganando una Copa de Europa con el Aris de Salónica y cayendo en la Final de la Euroliga ante el Joventut de Badalona de Zeljko Obradovic, formando Tarpley parte del Olympiakos (1994), con el recordado triple de “Papi” Corny Thompson que le daba la máxima Competición continental a los verdinegros.

Tras tres temporadas en el viejo continente, en la 1994-1995, Roy Tarpley intentaría volver a la NBA en un último asalto, regresando a los Dallas Mavericks, donde destacaban Jason Kidd, Jamaal Mashburn y Jimmy Jackson, la Triple J. Tras 55 partidos cumpliendo aceptablemente (12.6 puntos y 8.2 rebotes saliendo del banquillo), de nuevo llegaba la enésima recaída, con el alcohol cerrándole las puertas de la NBA para siempre.

Su carrera terminaría con una vuelta de nuevo a Grecia, donde era muy considerado y a la CBA, pero es destacable que un jugador con unas buenas aptitudes para el baloncesto se quedará con seis temporadas y 280 partidos, cuando aspiraba a mucho más.

Por supuesto, cabe decir que el Draft de 1986 no sólo tuvo “Ovejas Negras” y jugadores con problemas de lesiones. Hubo también grandes jugadores que formaron parte de las elecciones de ese año. De hecho, algunos de ellos llegaron posteriormente a ser muy reconocidos en la liga, como son los casos de Ron Harper (Nº 8), John Salley (Nº 11), Dell Curry (Nº 15), Scott Skiles (Nº 22), Arvydas Sabonis (Nº 24), Mark Price (Nº 25), Dennis Rodman (Nº 27), Jeff Hornacek (Nº 46) o el malogrado Drazen Petrovic (Nº 60).

Sin embargo, sí es evidente que el Draft del 86 quedó marcado a fuego por las desgracias en torno a las drogas, el alcohol y las lesiones de los jugadores elegidos en las posiciones más altas, sobre todo con la pérdida trágica de un jugador que apuntaba a Estrella en la NBA como Len Bias.

Es por todo ello el sobrenombre de “Maldito” que siempre acompañará a un Draft que, desde luego, pudo ser mucho más de lo que finalmente fue.

Una verdadera lástima…

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6 Comentarios

6 Comments

  1. pablocorrechano@gmail.com'

    Pablo

    12 enero, 2015 at 3:19 pm

    Enorme artículo. Me han atrapado completamente las historias de estos jugadores, y más con la muerte de Tarpley de hace unos días. Muy grande.

    • jxv2403@hotmail.com'

      Joaquín Yebra

      14 enero, 2015 at 11:07 pm

      Sin duda es una verdadera pena la muerte de Roy Tarpley, como lo fue en su momento la de Len Bias. Un cúmulo de desgracias, sobre todo en lo personal, y con las drogas muy presentes, unieron a este grupo de jugadores en ese apelativo de el Draft Maldito. Una verdadera pena porque había bastante talento entre ellos. Gracias por los comentarios, un fuerte abrazo, Amigo.

  2. jlripollez@gmail.com'

    J.L Ripollez

    16 enero, 2015 at 4:40 pm

    Me ha encantado el artículo. Muy bueno el repaso al Draft, comparado siempre con el del 84. Una desgracia que se perdieran posibles estrellas de la liga por las malas cabezas. Aun así, grandes como Daugherty, Person o Harper, por ejemplo, se salvaron de la quema.
    Muy bueno, se verdad.

  3. jxv2403@hotmail.com'

    Joaquín

    17 enero, 2015 at 11:13 am

    Gracias por el comentario, Amigo.

    Coincido plenamente contigo en lo que escribes. Una pena…

  4. Jg8haz@hotmail.es'

    Jesús 10

    24 junio, 2015 at 2:12 pm

    Buen artículo como siempre Joaquín.

    Curiosamente en ese draft, tb fue elegido (en rondas ya más avanzadas) uno de los ídolos de mi infancia, el siempre elegante Anthony Frederick. Fallecería con 38 años tras un ataque al corazón mientras conducía en compañía de su mujer. Terrible.

    Dep Anthony.

    • jxv2403@hotmail.com'

      Joaquín

      27 junio, 2015 at 11:10 pm

      Gracias, Amigo. Me alegra mucho que te haya gustado.
      Sin duda fue un Draft repleto de historias tristes, aunque algunas lo fueron además mucho antes de lo esperado.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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