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Reflejos

Operación Dirk Nowitzki: ¿Cómo llegó el primer MVP europeo a la NBA?

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Don Nelson dio unos pocos pasos dentro del autobús y se sentó bruscamente en el lugar que tenía reservado para él toda la temporada, inmediatamente detrás del chófer. Hizo un gesto a un asistente para que le llevara un refresco, y exhaló un soplido mirando al techo, mientras se golpeaba repetidamente con los dos puños en los muslos, algo que solía hacer en cuando no las tenía todas consigo.

“Sácame de aquí pronto, maldita sea”, le hubiese gustado gritar. El entrenador de los Mavs de Dallas, una leyenda del baloncesto americano, quería olvidar de una vez esa temporada horrorosa con el equipo tejano, culminada hacía unos pocos minutos con una bochornosa derrota ante los Lakers de Shaquille O’Neal, Eddie Jones y un adolescente llamado Kobe Bryant. Y el primer paso era salir del viejo Forum de Los Ángeles.

¡Y además los Lakers! ¡Los jodidos Lakers! Nelson, componente de los legendarios Celtics de los 60, resopló de nuevo su brillante flequillo mientras abría con brusquedad la Pepsi. No llevaba nada bien lo de perder, y mucho menos si se producía en esa pista, la de sus antiguos enemigos y por 29 puntos de diferencia. Una paliza en toda regla.

Sin embargo, esa humillación, aunque especialmente dolorosa para Nelson, no había sido la primera ni la más dura de un equipo absolutamente roto, desquiciado, y que había puesto en California el cierre a una temporada espantosa con solo 24 victorias, un balance que les dejaba fuera de Playoffs por octavo año consecutivo.

Lejos quedaban los atrevidos Mavs de los 80, que gracias a jugadores tan talentosos como Rolando Blackman, Mark Aguirre, Adrian Dantley o Roy Tarpley habían coqueteado durante un lustro con las grandes potencias del Oeste, alcanzando unas Finales de Conferencia ante los Lakers en 1988.

Diez años después el paisaje era mucho más desolador en la tercera ciudad más grande de Texas. Donnie Nelson había reemplazado a comienzos de diciembre al frágil Jim Cleamons, que aunque comenzó la temporada con algún resultado esperanzador, fue despedido tras encajar un parcial de doce derrotas en los primeros trece partidos de regular season.

Operación Nowitzki

Aunque Nelson intentó aplicar mano dura en un vestuario repleto de egos y jugadores pasado de vueltas, el equipo siempre estuvo muy lejos de reaccionar, y en enero no sumaban más que cinco victorias en treinta y dos partidos. El proyecto estaba muerto.

Pese al espantoso balance de la temporada, Nelson todavía contaba con fuerza a ojos del propietario de la franquicia, Ross Perot Jr., que confiaba en el técnico de Michigan para completar de una vez por todas la huida de los infiernos. Pero ese viaje había comenzado casi un año antes.

Aquel chico rubio que machacó sobre Charles Barkley

En 1997 Nelson pudo contemplar cómo un espigado y desconocido alemán, que jugaba en un equipo todavía más desconocido de la segunda división alemana y tocaba el saxofón cuando no estaba en una pista de baloncesto, plantaba cara a estrellas consagradas de la NBA como Scottie Pippen y Charles Barkley en un partido de exhibición. Un mate del joven jugador, sobre Sir Charles, desató la ovación en el pabellón y unas declaraciones en las que la estrella de los Rockets aseguraba que el alemán que respondía al nombre de Dirk Werner Nowitzki estaba listo para jugar en la mejor liga del mundo.

Unos meses después, Nelson, que ya ejercía de técnico omnipotente en Dallas, se aseguró un entrenamiento privado con el alero alemán, que estaba en Estados Unidos para jugar el Nike Hoop Summit, un torneo que enfrenta a las mejores promesas estadounidenses con las del resto del mundo, y que ese año se celebraba en la cercana San Antonio.

Nowitzki encandiló con su actuación tanto en el entrenamiento como en el partido, y además de lograr el MVP del torneo con 33 puntos y 14 rebotes, volvió a Alemania con la promesa de Nelson de que haría todo lo posible para seleccionarle en el Draft de ese mismo año.

Sin embargo, el viejo Donnie no era el único que había captado el potencial latente del germano, que fue tentado por clubes europeos, universidades americanas de primer nivel y, sobre todo, por Rick Pitino.

Pitino era por aquel entonces el entrenador de los Boston Celtics, y fue escogido por la franquicia de Massachusetts para retomar el rumbo ganador perdido tras la retirada de Bird, McHale, las prematuras muertes de Len Bias y Reggie Lewis y un buen puñado de decisiones a cada cual más disparatada (esos contratazos a estrellas del calibre de Dana Barros..), y que habían llevado a los gloriosos verdes a un enorme y gélido desierto durante casi toda la década de los noventa.

Dirk Nowitzki

Sin embargo, en esa temporada 97/98, Pitino pronto descubriría que los milagros no existen, y que esos Celtics tampoco volverían a pisar la postemporada, lo cual le concedió mucho tiempo para que se volcara en proyectos de futuro.

Para el próximo Draft de 1998 eran varios los jugadores destinados a convertirse en sucesores de la longeva generación de Jordan, Malone, Pippen y compañía, en plena recta final de sus carreras deportivas.

Así, el enorme y atlético pívot Michael Olowokandi, el versátil alero de Noth Carolina Antawn Jamison, y su compañero de fraternidad, un saltarín llamado Vince Carter, que era comparado constantemente con Air, copaban los primeros puestos en las predicciones sobre quién sería el elegido por Los Ángeles Clippers, que tendrían la fortuna de escoger promesa en primera posición.

Estas cábalas eran ajeas a Rick Pitino y los Celtics, que contaban con su elección en la décima posición, y sabían que no podrían optar a ninguno de esos hombres. En la agenda céltica destacaban los nombres de Paul Pierce, un prometedor alero nacido en California y que había destacado en la Universidad de Kansas, y de Dirk Nowitzki, que acababa de ascender con su equipo a la primera división alemana después de varios intentos fallidos.

Precisamente en esa temporada del ascenso se habían conocido Dirk y Pitino, cuando el alemán realizó para Boston un entrenamiento secreto en Roma. Nowitzki acudió junto con su entrenador personal y mentor, Holger Geshwindner, que acordó con un impresionado Pitino que el alemán difundiera el rumor de que Dirk debería realizar un año de servicio militar, con el fin de espantar a otras franquicias y poder escoger a la estrella germana con su elección del Draft.

Nowitzki tenía un pie y medio en Boston, o al menos eso pensaba Pitino, ajeno totalmente a que Don Nelson iba a jugar todas sus cartas para llevarse al alemán a Texas.

Los Mavs, después de su mala campaña, tenían una mejor posición a la hora de elegir jugador, y serían los sextos en hacerlo, por lo que en principio Boston no podría llevarse a Nowitzki. Sin embargo, no todo podía ser tan fácil.

Ross Perot, el propietario, era mucho más reacio a la elección del alemán, al cual consideraba una apuesta excesivamente arriesgada. Debemos tener en cuenta que en 1998 los europeos seguían siendo una rara avis en el hábitat del baloncesto norteamericano, y seleccionar un alemán que ni siquiera había pisado la universidad sería considerado -como efectivamente fue- toda una extravagancia de Nelson.

Donnie tuvo que hacer uso de todas sus facultades negociadoras para convencer a Perot, con el que llegó a un acuerdo. Podría seleccionar a Nowitzki si conseguía un jugador adicional en el Draft que ayudara a la reconstrucción. Una apuesta puede salir mal, pero si compramos dos boletos, tendremos más posibilidades de que nos toque la lotería, debió pensar Perot.

En plan estaba en marcha y para completarlo Nelson encontró la solución en el estado de Wisconsin. Los Bucks, otra franquicia en plena reconstrucción, accedieron a traspasar sus números 9 y 19 de la primera ronda, por el número 6 de los Mavs. Perot tendría su parejita y Nelson seguiría escogiendo por delante del 10 de Boston. Jaque mate a Pitino.

Esa noche del Draft en la que Olowokandi se coronó como uno de los peores números uno de la historia, los Bucks escogieron en la sexta posición al inmenso Robert Traylor, apodado “El Tractor”, que permanecería en la liga durante siete decepcionantes temporadas. Traylor, que tuvo un paso fugaz por la liga LEB 2 en Vigo, aparecería muerto con tan solo 34 años en su motel de Puerto Rico, justo después de hablar con su mujer por Skype.

Pero volvamos a la noche del Draft de 1998. Después de todos los problemas, David Stern anunció el número 9 de la primera ronda de ese año. Y de sus labios brotó un nombre que se convertiría en leyenda.


Con la segunda elección Nelson escogió a Pat Garrity, un alero con buena mano y débil físico, al que traspasó inmediatamente junto con Martin Müürsepp y Bubba Wells a los Phoenix Suns a cambio de Steve Nash. En ese traspaso también viajó de Texas a Arizona una primera ronda que con el tiempo sería el alero All-Star Shawn Marion, y que curiosamente también vestiría ambas camisetas.

Steve Nash era un jugador semi desconocido en la liga, procedente de una universidad de segunda fila como Santa Clara, y que había permanecido enterrado en el banquillo de los Suns, primero por Kevin Johnson y más tarde por Jason Kidd. Sin embargo, Nelson pensaba que su velocidad, combinada con una maravillosa visión de juego, le convertían en el base perfecto para el sistema ultra ofensivo que quería poner en práctica durante la siguiente temporada.

Pero esos planes iban a verse amenazados casi desde el mismo momento de la elección de Dirk y el traspaso de Nash. La huelga de jugadores en la NBA estalló como una bomba de relojería y muchos jugadores decidieron mirar otros horizontes mientras llegaba una solución. Mientras el mundo del baloncesto recibía la retirada de Jordan, en la otra punta del mundo los padres de Nowitzki ponían en serias dudas la presencia de su hijo en la liga americana, fuese cual fuese el resultado de las negociaciones entre el sindicato de jugadores y la patronal.

Un capítulo inesperado: Bolonia entra en juego

Según los progenitores de Dirk, el alemán tenía una importantísima oferta del TeamSystem de Bolonia, que le ofrecía un proyecto de primer nivel, y dinero, mucho dinero. Ante estos negros nubarrones, los Mavs actuaron rápido y pusieron un avión a disposición de Dirk para que volase a Dallas durante unos días y conociese a la organización y la ciudad. Allí convencieron al jugador de que diera el salto en cuanto se solucionara el conflicto, y mientras le buscaban un equipo para que no perdiese el ritmo competitivo esos meses.

Varios clubes europeos (entre ellos el F.C. Barcelona) fueron sondeados, pero los especiales requisitos para recibir al jugador -cláusula de salida NBA incluida- hicieron que ninguno estuviese interesado, por lo que Nowitzki regresó unos meses al Wurzburg de la débil liga germana, hasta que David Stern anunció lo que era un secreto a voces, que ese año también habría baloncesto profesional en Estados Unidos.

Y Dirk Nowitzki comenzaría a hacer historia en él.

Dirk Nowitzky draft

2 Comentarios

2 Comments

  1. elmugriento@outlook.es'

    Álvaro Navalón

    23 diciembre, 2014 at 8:24 am

    Una pequeña cosa al redactor (me ha encantado el artículo): en el penúltimo párrafo te has comido el verbo en la oración de David Stern. ”hasta que David Stern lo que era un secreto a voces”.

  2. Redacción

    25 diciembre, 2014 at 6:33 pm

    Muchas gracias Álvaro, ya está corregido. Nos alegra que te haya gustado el texto.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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