Viernes de Final Four. Suena el despertador, 8 a.m. Los jugadores de cuatro equipos del viejo continente se levantan conscientes de que tienen ante sí el fin de semana que cualquier jugador en suelo europeo desea vivir al menos una vez en su carrera deportiva. Pero ante esa ilusión, sienten también el cosquilleo y responsabilidad de saber que tan solo la mitad de ellos estarán el domingo compitiendo por el preciado trofeo. Y deseando con todas sus fuerzas que el domingo por la noche puedan volver a esa misma habitación de hotel con la medalla de campeón colgada del cuello.

Los jugadores del Real Madrid llevan tres años seguidos despertando el viernes con esa misma sensación, aunque el domingo por la noche la medalla que colgaba del cuello era la que más duele, la del subcampeón. Pero como el boxeador que se levanta de la lona tras recibir un gancho de izquierda directo a la boca del estómago, el equipo blanco vuelve a estar en pie, listo para el siguiente asalto, deseando que suene el gong que marca la reanudación del combate. El conjunto madridista afronta esta tercera final consecutiva con la presión que siempre supone jugar una fase final como el equipo anfitrión, aunque con la ilusión que supondría poner fin a una sequía continental de 20 años ante su propio público.

No obstante, no va a ser nada fácil. Una Final Four, en la que te lo juegas todo a un único partido es completamente imprevisible. Que se lo digan al propio Madrid, que el año pasado ganó por casi cuarenta puntos de diferencia al Barcelona y sin embargo sucumbió en la final frente al equipo que llegaba a Milán como cenicienta, el Maccabi de Tel Aviv.

Mientras que el año pasado el Madrid era el claro favorito a levantar el entorchado europeo tras su inmaculada campaña, este año no llega con esa misma vitola, puesto que la presencia del todopoderoso CSKA (favorito sobre el papel), del incómodo y competitivo hasta el último aliento Olympiakos y de un Fenerbahce que participa en estas lides por primera vez en su historia, pero cuyos mandos están dirigidos nada menos que por Obradovic, hacen que el desenlace que veamos el domingo sea de lo más abierto.

Este año la trayectoria del equipo de Laso ha sido diferente, dosificando esfuerzos para hacer frente a la larga temporada. Cosecharon algunas derrotas en primera fase y Top-16 que no les impidieron liderar ambos grupos para plantarse en cuartos de final con factor cancha a favor y superar en cuatro partidos a Efes de Estambul, consiguiendo alcanzar el ansiado billete para la cita marcada en rojo en el calendario desde septiembre: la Final Four en el Palacio de Deportes de Madrid.

El equipo blanco llega sin embargo en buen estado de forma. Aunque en las últimas semanas tuvieron dos sustos en forma de torceduras de tobillo de Carroll y Rudy, parece que, salvo problemas de última hora, Pablo Laso tendrá a su disposición el roster al completo. La única duda será la de ver si inscribirá finalmente al griego Bourousis o al tunecino Salah Mejri. En principio, el griego tiene en su hoja de servicios mucha más experiencia, lo que suele ser un intangible primordial en este tipo de citas, pero su alarmante bajo estado de forma (nivel DEFCON 1) de las últimas semanas podrían decantar al coach madridista por el tunecino, sobre el papel con menos presencia frente a los pivots rivales (Kirilenko, Kaun, Dunston, Zoric, y compañía), pero que con su gran envergadura puede aportar minutos de calidad y diferentes opciones tanto en ataque como en defensa en ciertos momentos de los encuentros.

El resto de piezas del equipo llegan en buen momento, con los nuevos jugadores mucho más acoplados en sus respectivos roles que al principio de campaña, y con los pilares listos para cualquier batalla, con mención especial de un Felipe Reyes recién elegido en el quinteto ideal de la temporada en la competición europea; mientras que los Llull, Sergio Rodríguez, Rudy, Carroll o Nocioni llegan en forma y con el cetro europeo entre ceja y ceja.

Durante toda la competición, el Real Madrid ha sido el segundo más anotador, con más de 85 tantos por partido, con su fluido juego de transiciones rápidas y buen acierto exterior. Sin embargo la asignatura pendiente de este equipo es el juego interior, que se resiente en el rebote (a veces de forma alarmante) cuando no está Felipe sobre el parqué, y donde la ayuda y aportación de Ayón y la veteranía del Chapu Nocioni serán fundamentales, y más aún en partidos donde previsiblemente los entrenadores rivales plantearán anotaciones bajas.

En la defensa, el Madrid tiene un gran potencial, con diferentes variantes defensivas y jugadores que pueden apretar mucho al rival (Llull, Rudy, Slaughter, Nocioni…). A partir de estas defensas es cuando el equipo muestra su mejor versión sobre la pista, puesto que les permite salir más al contraataque y desarbolar al rival. Sin embargo, no siempre se ha mostrado esa agresividad en defensa, supeditando los partidos al acierto en ataque, por lo que una de las claves para el éxito de la empresa madridista de este fin de semana será el mostrar una buena concentración defensiva a lo largo de todo el partido.

El primer enfrentamiento llegará el viernes, contra Fenerbahce. En principio, los turcos llegan a Madrid como el teórico rival más débil de las semifinales debido a su inexperiencia, pero cuentan con el maestro Obradovic en la sala de máquinas con la intención de añadir su novena Euroliga en su perfil en LinkedIn, por lo que son un rival al que respetar infinitamente y ante el que el Real Madrid, aunque superior sobre el papel, no puede confiarse ni un solo instante si quiere llegar a la gran final del domingo. La serie contra Efes debería ser el espejo donde mirarse, en la que el Madrid salió confiado y sabiéndose superior a los turcos, y estos dieron más de un quebradero de cabeza al equipo madrileño, que tuvo que remontar a partir de esa intensidad defensiva de la que son capaces y remar contracorriente en todos los partidos para superar a los turcos.

Va a ser una misión complicada, desde luego. En caso de superar al Fenerbahce, CSKA u Olympiakos esperarían en la final. Pero quien quiere la gloria ha de sufrir y vencer a los mejores. Esperemos que los madridistas puedan por fin, 20 años después, alcanzar la gloria y hacer que la Euroliga se quede en Madrid.