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Opinión

Baloncesto de pago no es una marca de zumos

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Foto Octubre 2 Superbasket CHEMA PIZARRO

En mi casa hoy es domingo. El día de la semana que el Dios de los cristianos eligió para descansar hay mortales que no descansan, no. Los vecinos hacendosos, esos que todos quisiéramos tener como cuñados (pero escondidos en un zulo), desempolvan sus taladros para agujerear tabiques colindantes a tu casa a esa hora en que los agujeros quedan mejor: a las 8 de la mañana. Vecinos con tendencias suicidas que quieren conocer el cielo a costa de regalarnos infiernos sonoros capaces de despertar resacas a los abstemios.

Es domingo, llueve y no he ido a misa (otra vez). Con el purgatorio cerrado y el infierno colgando el cartel de ‘completo’ , no hay miedo de blasfemar con fuerza, nivel ‘Muresan en un 600 acompañado de su suegra y amigas en viaje de 12 horas’. Las horas y la borrasca consumen el día y empiezo a creer que este domingo es una (extremadamente) dolorosa cuenta atrás hacia el lunes.

Pero hasta en los peores diluvios tenemos un Noé cargado de tablas al que agarrarnos. Hasta los peores domingos tienen una hora mágica en la que una pantalla de plasma se puebla de dioses en tirantes y la mesa camilla plasma las bondades de una cerveza con pistachos (mezclados, no agitados). Hasta los domingos más borrascosos tienen una parcela de cielo donde llueven triples, mates y canastas en el último segundo. Incluso este domingo infernal tiene su PARTIDO TELEVISADO.

A los que comemos clara de huevo frito día sí, día no, guardando la yema para el día que hay pan, nos cuelga esa espada de Damocles que avisa, ojo, de que el año que viene los derechos de retransmisión de la Liga Endesa serán en exclusiva de una plataforma de pago. Horror, terror, desconsuelo… PÁNICO.

(Nota: escribo estas letras tras hacer la declaración trimestral del IVA y todavía sangra la herida).

Hablemos seriamente. Que las penas con pan son menos lo dicen los que tienen pan, y en un país en crisis (con la mejor liga y la mejor selección de Europa) resulta indignante y provocador que el deporte emperador quede relegado a simple producto de lujo. Como el fútbol, qué vergüenza.

¿Qué opciones de ver baloncesto televisado nos dejan a los desamparados? ¿Dónde y cómo disfrutar del baloncesto? ¿Por qué no le hacen control de alcoholemia a los perros lazarillo si siempre van con un buen ciego? Para las dos primeras preguntas creo tener posibles respuestas. Ahí vamos:

Contratar los servicios de una plataforma de TV digital, no sin antes atracar un banco. Si el atraco sale bien, misión cumplida. Si sale mal, no hay problema: en la cárcel se ven todos los canales.

Ver los partidos ‘ilegalmente’, para lo que necesitas un smartphone cualquiera, un vecino con wifi, falta de escrúpulos con la calidad de imagen y una vista prodigiosa para no confundir al Chacho Rodríguez con James Harden.

Nada recomendable si el vecino se dedica a arrastrar autobuses con el cuello y tiene un detector de ‘robawifis’.

Quedar en casa de un amigo con TV de pago, para lo cual es imprescindible tener amigos cuya pareja sea poco atractiva. En caso contrario, pasamos al siguiente punto.

Quedar con la pareja de un amigo con TV de pago, y olvidarse del baloncesto.

¿Qué hacer? Lo veo claro. De aquí a un año me veo ahogando las penas en la barra de un bar, intentando olvidar las letras que quedan por pagar. Y cuando las haya olvidado, ahogadas en alcohol, llegará el camarero a recordármelas: c-u-b-a-t-a. De aquí a un año me veo discutiendo con el típico cuñado ‘sé mucho de cualquier deporte y te lo voy a gritar’ sobre por qué los goles desde fuera del área no son triples. De aquí a un año me veo cerveza en mano, amigos en lontananza y partido en televisor, esperando que el locutor grite todos los ‘ratatatatatatatatatataaaaaa’ que caben en seis años.

Que el hígado me aguante. Nos vemos en los bares.

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Opinión

Sonido Minneapolis

Jaco1978@hotmail.com'

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Puede que de primeras fuera esa impresión la de Kevin Garnett. Minneapolis no parece una ciudad atractiva. Es fácil pensar en Minnesota y que lo primero que venga a la cabeza sea Fargo. Poco entretenimiento, mucho frío, la nieve y una tonelada de horas muertas. Igual uno, que ya no es un chaval, lo sabe sobrellevar. O el mismo Garnett, pero ahora, con su edad de hoy. Sin embargo, se me antoja complicado cuando tienes apenas diecinueve años y eres natural de Carolina del Sur. Tratas de ser optimista, pensando que ya has vivido en Chicago, la ‘Windy City’, y padecido un invierno más duro del que conocías hasta entonces. Al cabo te paras, cabilas y te das cuenta de que existe otro problema: tu nueva ciudad, clima aparte, no tiene aspecto de ser muy divertida. Bueno, al menos eres profesional por fin y vas a vivir tu sueño.

Supongo que eso consuela. Vas a lo que vas y el resto es secundario. Aunque… ¿Qué pasa cuando encadenas dos noches sin partidos? Vamos, que son apenas veinte años. La videoconsola no da para tanto y además no puedes pasar todo el día encerrado entre cuatro paredes. Sales de entrenar y tienes la mañana del día siguiente libre. Así que cuando se dan las condiciones, haces cosas de un chico de tu edad. Eso sí, con ciertas restricciones. Que tampoco es cuestión de llegar a las tantas.

Y una noche cualquiera, en tu año de novato, saliendo de South Beach, tu club favorito, a una hora prudencial, ves llegar a una leyenda. No de lo que tú haces. Otro tipo de leyenda. De las grandes. Y en donde ahora resides, un dios. Te quedas paralizado, no sabes muy bien qué decirle. En realidad no sabes siquiera si dirigirte a él. A todo esto, es él quien se presenta. Te pregunta que si ya te vas y que por qué no quedarte otro rato. Suena la música en el local. La gente baila y toma copas. Tú, por el contrario, estás sentado en una mesa hablando de baloncesto con un tipo que también ama el baloncesto. Compartes tu amor por los aros y sientes que acabas conectando. Al final pasas allí el resto de la noche. Comprendes que él maneja bastante de tu deporte. Os contáis anécdotas y valoráis situaciones del juego. Seguís. Tocáis otros asuntos. La música se abre paso. Te dice que todos los viernes realiza pequeñas actuaciones (apenas unos temas) para ver la reacción del público ante composiciones inéditas. Suele comenzar a eso de las cuatro de la madrugada, buscando un toque más íntimo.

A partir de entonces, cuando el calendario te lo permite, te acercas a verlo interpretar. Eres un afortunado. Algunas de esas piezas jamás volverán a oírse. Es lo que tienen los genios. Lo que tiene Prince, el genio de Minneapolis. Pero tú has podido disfrutarlas. Y opinas al respecto. Tienes confianza suficiente. A la gente le resulta curioso verles juntos. Un joven imberbe, espigado, y un tipo bajito, inclasificable, que se acerca a la cuarentena. “The Gold Experience” se vendía como rosquillas. Prince entonces se hacía llamar “The Symbol”, seudónimo que sería utilizado desde que en 1992 sacara el álbum con el mismo título y que se mantendría vigente, como mínimo, hasta que el contrato con Warner Bros expirase. La canción “My name is Prince” ya avanzaba, en todo caso, que en un futuro volvería a su nombre real (en diciembre de 1999 concluye la vinculación con Warner e inmediatamente es recuperado). La relación es buena y lamentas no poder estar allí cada viernes.

Lo del Sonido Minneapolis no te resulta nuevo. Como tampoco te son desconocidos algunos de los principales productores del panorama musical. Jimmy Jam o Terry Lewis son ganadores de premios Grammy asociados a la música negra. A finales de los ochenta, a Janet Jackson o a New Edition y antes, a una de las bandas más influyentes de Minneapolis, Flyte Tyme, quienes colaboraron con artistas de la talla de Mary J. Blige o Michael Jackson. Lo que sí te extraña es que ninguna emisora de radio local reproduzca de manera constante la música más famosa de la que el lugar es responsable. ¿Cómo a mediados de los noventa el hip-hop y el R&B no suena aquí? ¡Pero si no cesa de crecer en todo el país! Incomprensible. Te ríes mientras niegas con la cabeza…

Total, que a Jam y a Lewis también terminas por conocerlos. Ellos te ayudan a ver la ciudad de otra manera. Que, como hemos dicho, eres solo un crío. Un valiente, eso sí. El primero que en veinte años salta al profesionalismo desde el instituto. Pero no sabías qué te ibas a encontrar. Te preocupan las calles. Te marchaste a Chicago temiendo ser un objetivo, tras ser arrestado por presunto linchamiento en segundo grado, propiciado por una pelea entre estudiantes blancos y negros en Greenville. El asunto racial es muy serio. Lo de las pandillas no te resulta ajeno y te inquieta. Ellos te ayudan a integrarte. Así que te sumerges y haces de Minneapolis tu hogar. Con su sonido. El de Prince, el de Jam, el de Lewis… Y el de Morris Day o The Time, precursores del R&B. Reflexionas acerca de cuán profundamente han contribuido los músicos de tu nueva urbe a la cultura pop. Lo disfrutas.

Foto: Sports Illustrated

En la cancha vas creciendo y tu equipo lo hace contigo. Flip Saunders te mima. Llegas a Playoffs en 1998 y el binomio que formas con Stephon Marbury copa portadas de revistas y acapara los highlights semanales. Los Sonics, más experimentados, se deshacen de vosotros en primera ronda. Te duele, pero entiendes que es parte del camino. El Target Center se despide hasta el siguiente curso, con la convicción de que lo que tiene que llegar será mejor. Se despide del baloncesto, pero no de tu otra pasión. Algunos de los más reconocidos intérpretes del panorama nacional hacen escala en tu templo. Janet Jackson está de gira tras publicar “The Velvet Rope”. Y Janet tiene un fuerte vínculo con Minneapolis. En otoño de 1985 trabajó mano a mano con Jam y Lewis. El resultado fue el álbum “Control”, uno de los más influyentes de todos los tiempos, por el que ellos obtuvieron el Grammy en su campo, y previo a “Rhythm Nation”, también fruto de la unión de los productores y la artista, que se había extendido hasta el disco que ahora era motivo del concierto. Uno de los instantes más memorables del mismo llegó cuando la propia Janet te sube al escenario para que bailes con ella. La gente se vuelve loca. Ya te has convertido en el ídolo deportivo local. Ahora te ven siendo parte de sus actos, como uno más. Te aclaman. Aclaman a Janet. ¡Qué momento!

La cultura musical en Minneapolis es algo más grande de lo que jamás hubieras imaginado. Prince era el Comandante en Jefe. Tú te habías convertido en uno de sus generales. Más adelante reconocerás que aquello te atraía, comprenderás que formaste parte de una gran ola de bonanza e intentaste dejar tu sello, aportar tu propio sabor. Venías de un pasado complicado y no mostraste miedo a mostrar tus emociones. También sabes, a ciencia cierta, que la ciudad a la que llegaste deseaba contar con alguien como tú. Eso fue una ventaja. Simplemente la aprovechaste. Aceptaste su abrazo.

Con el tiempo alcanzarás cotas impensables. Serás MVP en 2004. Llevarás a tu equipo a las finales de conferencia. Y, aunque partirás cumplida la treintena buscando ese anillo que de sobra merecías, regresarás luego para poner el punto y final a tu carrera en el lugar donde todo empezó. Habiendo sido también Jugador Defensivo del Año, quince veces All-Star y nueve veces All-NBA. En los Wolves dejarás un legado imborrable. Ya retirado, seguirás siendo líder en puntos, rebotes y asistencias de la franquicia, algo que solo Michael Jordan (Bulls) y LeBron James (Cavs), además de ti, habrán logrado en el futuro.

A principios de este 2018 Minneapolis vuelve a estar de moda. La celebración de la Super Bowl, el cuatro de febrero, pone los ojos del mundo entero en el U.S. Bank Stadium y trae consigo la actuación de Justin Timberlake, quien homenajea a Prince en el descanso. Algo a lo que, por otra parte, el artista se hubiese negado, aunque esa es otra historia. El martes previo al evento tiene lugar, asimismo, a un gran tributo al genio. Ese al que viste llegar un día de frente. El que te introdujo en la cultura urbana local. Y también, por qué no decirlo, el protagonista del mejor show del descanso del evento más visto en el globo. Fue en la Super Bowl de 2007, en Miami. Sonó “Purple Rain” y comenzó a llover. Concluyes en que algo de magia acompañaba a ese amigo tuyo…

Foto: Sport Illustrated

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Análisis

Otra rivalidad que da vida a la NBA

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La NBA vive, esencialmente, por las rivalidades. Las necesita como el aire. Las extralimita y se nutre de ellas cada vez que las encuentra. Es así que tanto la lucha entre jugadores, franquicias o incluso razas hicieron y hacen que la liga no tenga parangón con otras. Cada década ha tenido sus enfrentamientos históricos y cada uno ha dejado su huella en la memoria de los amantes del baloncesto. Desde los inicios, con Bill Russell y los New York Knicks de Walt Frazier, hasta los tiempos recientes, en el que San Antonio Spurs y su trío colisionaban con LeBron James y su equipo de turno. Entre tantas miradas desafiantes que se renuevan año a año, hay una que parece surgir como la dominante en esta época. Comenzó tres temporadas atrás y a partir del primer roce entre ambas partes, se han añadido condimentos a una mezcla que, mientras más explosiva, mejor para la NBA. Así es como Golden State Warriors y Cleveland Cavaliers son los protagonistas de la nueva gran rivalidad. Azules y rojos. Ambos tan virtuosos como necesarios. Una disputa que tiene su predecesora en el hito más preponderante en la liga estadounidense.

Porque si de grandes rivalidades se trata, la mayor de la historia de este juego se ha dado en los años ochenta, plagada de contrastes, llena de escenas dignas de una película de Hollywood: Larry Bird contra Earving Magic Johnson, que es decir Boston Celtics contra Los Angeles Lakers, que también es decir el clásico más encarnizado de todos los existentes. Como si los encargados de reflotar a una NBA naufragante lo hubieran diseñado artificialmente en un laboratorio, un blanco de un recóndito pueblo de Indiana, con el baloncesto como lengua madre, aparecía en las portadas de los diarios al mismo tiempo que un negro de Michigan se transformaba en el alcalde cultural de California. Desde ahí, cualquier diferencia fue motivo de polémica y, cuándo no, de negocio televisivo: lucha de razas, de personalidades, de filosofía de vida. Ni los comerciales de televisión se permitieron estar al margen. Todo era verde o dorado y púrpura. Dentro de la cancha, el juego se dividía entre el pragmatismo sólido y contundente de los Celtics y el lirismo genial y efectivo que los Lakers pregonaban, el famoso showtime. Algo que los hizo reflotar a la liga durante aquella década, en la que las emociones más vibrantes se vivieron durante las tres definiciones por el título que los involucró. Fueron dos para Magic y Los Angeles, en 1985 y 1987, y una para Larry y Boston, en 1984. Pero la gran ganadora terminó siendo la competición. Las drogas y los conflictos raciales la hundían en la mediocridad a niveles estrepitosos y encontró en ese duelo el antídoto para la destrucción. Luego, todo fue en subida.

Lakers Celtics NBA

Foto: Corbis

Aunque James lo niegue, las declaraciones de Draymond Green caen como una definición justa a lo que representan. “Un equipo que te gana, al cual tú ganas, es muy divertido. Si ves el ultimo par de años y el actual, ambos hemos sido los dos equipos principales en la NBA cada año, por lo cual lo veo como una rivalidad, y es definitivamente un juego muy entretenido”. Entretenido y redituable. Como aquellos dos estilos emblemáticos, tanto Warriors como Cavaliers han definido sus cómo a partir de lo ensayado por el otro. El primero, conformado como un equipo temible que trascendió a sus figuras, al punto tal de permitirse prescindir de una de ellas sin que el funcionamiento se resiente en absoluto. Cada integrante del plantel toca sus notas y la del compañero. La melodía siempre sigue sonando. Cierto es que Stephen Curry y Kevin Durant son los intérpretes que más camisetas venden y más disgustos provocan en sus rivales. Sin embargo, el mismo ex Oklahoma se ha perdido gran parte de la temporada regular y, una vez más, el todo demostró ser más importante que las partes.  El segundo, mucho más dependiente de LeBron, su líder y figura excluyente. El tres veces campeón de la NBA es la piedra angular de Cleveland: si se quiebra, toda la estructura se derrumba inevitablemente. Cuenta con laderos de calidad indiscutida, como Kyrie Irving y Kevin Love. Pero en el campeón defensor todo empieza y termina con el ex Miami Heat. Él ha sido el artífice principal de esta rivalidad y su nivel de importancia aumenta a medida que los de la vereda de enfrente crecen.

Pero la llegada de Durant a Golden State le agregó más capítulos a esta serie, que tiene rodaje para rato. Ya no se trata de razas. Aunque las grietas aún surcan a la sociedad, aquel tema que parece lejano (y es presente puro) es poco vendible en un torneo que pretende demostrar valores superiores. Ahora, la lucha es catalogada por parte del mundo del baloncesto como la entablada entre los villanos de San Francisco y el superhéroe de Ohio. La del traidor que eligió el bien personal y dejó en la ruina a su equipo para venderse al mejor postor por un campeonato, contra el que volvió a su tierra de origen para regarla con gloria por primera vez. Todos títulos y calificativos rimbombantes que no hacen más que ayudar a mantener a la NBA como uno de los productos más vendibles del planeta. En esta ocasión sin la urgencia de atraer al público que apremiaba en otras épocas. Los tiempos actuales, amparados en la cultura de los flashes y de los clicks, se encargan de poner en cartelera a estos gigantes, sobre el parqué o fuera de los estadios.

Hay una realidad ineludible: el mayor sostén de este mano a mano radica en la sobrada diferencia que ambos equipos presentan en relación a los demás. La brecha se alarga cada vez más. Se enfrentaron en las últimas dos Finales de la NBA y repartieron los anillos, uno por lado. Si alguno preveía que las fuerzas emergentes debilitarían el poderío de las potencias, los Playoffs de esta temporada se encargaron de tapar esos supuestos con tierra. Golden State y Cleveland llegaron a sus respectivas Finales de Conferencia sin sufrir un traspié. Ningún rival de turno, en los papeles y en las canchas, parece capaz de eclipsarlos, por más colosal que sea su historia. Y el halo de superioridad que los caracteriza puede mantenerse intacto. Hasta que colisionen entre ellos nuevamente. Y la NBA se llene de su combustible predilecto: el impacto de las rivalidades.

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Opinión

Pesadilla canaria en Portland

alexglameiro@gmail.com'

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No cabe duda de que Sergio Rodríguez es un jugador singular. Diferente. De los que practican el ilusionismo a espuertas, siéndole igual el contexto en el que se encuentre. Al Chacho siempre le ha fascinado maravillar a espectadores, compañeros y rivales mediante su hipnótico y eléctrico juego. Desde años atrás resulta sencillo encontrar asistencias o canastas de su autoría en los tops de highlights semanales o incluso de la temporada. Por la sangre de Sergio Rodríguez Gómez, nacido en San Cristóbal de la Laguna (Tenerife) el 12 de junio de 1986, no circulan glóbulos rojos o leucocitos. Circula magia.

Dicen que los prodigios gozan de gran capacidad para innovar, siendo a su vez personas que poseen una cualidad en grado extraordinario. En el caso de nuestro protagonista, se trata del baloncesto. Pero no siempre ha sido capaz de exteriorizar ese don prestidigitador que lleva consigo. O, mejor dicho, no se lo han permitido. Y el tirano tiene nombre y apellidos: Nate McMillan.

Pero vayamos por partes.

Sergio comenzó a jugar al baloncesto en su Tenerife natal, más concretamente en su colegio, La Salle San Ildefonso. Desde ahí ficharía por el Tenerife, emigrando posteriormente hacia el Centro de Formación Siglo XXI País Vasco. Pondría punto y final a su estancia allí tras tres temporadas firmando por el Estudiantes, club con el que haría su debut en liga ACB. Ahí daría comienzo el boom: debut en la Final ACB de 2004 siendo aún junior de segundo año, se alzaría con el trofeo de jugador revelación tan solo una temporada después tras hacer las delicias del mundo del baloncesto merced a un juego brillante, imaginativo y vistoso. Finalmente, se presentaría al Draft del 2006, resultando elegido por los Phoenix Suns en vigesimoséptima posición, siendo traspasado a Portland pocos minutos más tarde.

Justo entonces daba comienzo su vía crucis.

Nate McMillan jugó en la NBA durante doce años. Ningún jugador prolonga su carrera tal número de temporadas si no es apto para el baloncesto: buen defensor, se esforzaba más en distribuir el juego hacia sus compañeros que en lanzar a canasta –su promedio de anotación jamás sobrepasó los 7’6 tantos de media y posee el honor de haber entregado 25 asistencias en un partido siendo apenas un rookie-. Aseado y exacto, McMillan se ganó un caché durante sus años en la pista que se alargó durante sus primeros pasos como head coach. Sin embargo, existía un problema: entre tanta exactitud no tenía cabida ninguna la fantasía. Y el Chacho no encajaba con su entrenador. McMillan encarnaba el basket control, con ritmos de juego pesados, y Sergio representaba la alegría. Eran como la noche y el día. Agua y aceite. El yin y el yang. Polos opuestos.

Sin embargo, lejos de achicarse y con ávido apetito de aprender y empaparse de baloncesto americano, el jugador dejaba sus impresiones a los días de ser drafteado: “Me han asegurado el contrato y mi impresión personal es muy buena. Todavía no me hago a la idea, quiero ir a conocer la ciudad, el equipo y todo lo que me va a rodear allí. Los Blazers ofrecen las mejores condiciones posibles para dar el salto a la NBA”, afirmaba. No alcanzaba a imaginar el calvario que iba a comenzar a vivir. Fueron tres temporadas con aroma a frustración y la sensación de que en Europa hubiera sido infinitamente más productivo.

Durante su primera campaña pisó pista en 67 partidos de temporada regular –los Blazers no accedieron a las rondas por el título-, con una media de 3’7 puntos en unos paupérrimos 12 minutos, cantidad que se achacaba sobre todo al hecho de encontrarse en su primera campaña y al manejo del inglés. Al término de la temporada, ofrecería una rueda de prensa en la que diría que estoy contento por haber llegado a la NBA, pero no me conformo con eso. Hay muchos factores que influyen a lo largo de una temporada, pero mi meta para el próximo curso será tener más minutos y sentirme parte del equipo en todos los momentos“. Si hubiera sido conocedor de que el mundo se iba a desmoronar sobre sus hombros…

En su temporada de sophomore, la situación iniciaba a cobrar importancia en demasía. 9 minutos por partido provocaban que un descontento Sergio Rodríguez comenzase a dejar entrever que le gustaría salir traspasado. Él sabía que era capaz de aportar inmensamente más de lo que lo estaba haciendo, pero a su vez, sentía que le estaban frenando. Alguien le estaba cortando el desarrollo. Las alas. Le estaban impidiendo divertirse sobre una cancha de baloncesto. Cuando ocurría algún imprevisto, Sergio tenía minutos que no desaprovechaba en absoluto. No obstante, al partido siguiente retornaba al banquillo. No entendía nada.

Foto: Chris Graythen

Pero conocía al responsable de tamaña infamia. Así se refería al año que acababa de finalizar: Estoy contento en Portland con la ciudad, los compañeros y el club, pero con el entrenador no he tenido ese feeling o no hemos sabido conjuntarnos para conseguirlo. Ha sido una temporada rara y contradictoria. Por parte de todo el mundo, del general manager, la afición y la prensa ha habido un mensaje de paciencia, porque soy joven. Pero el entrenador me ha hecho ver en estos dos años que su mensaje no es el mismo“.

Sin embargo, la franquicia, con el GM Kevin Pritchard –quien confiaba ciegamente en él y sus posibilidades- al frente, decidía renovarle el vínculo contractual que les unía ejerciendo la team option de la que disponía uniéndole así al equipo hasta 2010.

En su tercer año se destapó definitivamente la Caja de Pandora. Nate McMillan ya no se cortaba en absoluto en sus escarmientos públicos para el base canario, sobre todo unos días después de que el Chacho expusiera en la prensa sus intenciones de salir de la franquicia en el diario The Oregonian: Después de dos años de espera, yo creo que es justo decirle que estoy aquí. He sido profesional, soy buen compañero y he esperado tres años a la promesa de jugar. Ahora es mi turno. Me siento muy mal por estar en esta situación”. El preparador americano manifestó en un estado de visible furia: Si tiene algún problema que venga a mi despacho y lo hablamos. Mis puertas están abiertas. Yo escucho y si es infeliz, que venga y me lo diga a mí y no a la prensa”.

Sin embargo, jamás sabremos si Sergio llegó a platicar con su entrenador. Lo único que conocemos a ciencia cierta es que su tiempo de juego se redujo considerablemente durante lo que restaba de temporada regular y Playoffs –primer accésit para su equipo en años-. McMillan lo relacionaba intrínsecamente con su rendimiento atrás cuando era inquirido por ello: “Defensa. Tiene que defender mejor y punto”, zanjó en diversas ocasiones.

Al concluir la campaña, el canario reanudaba su petición de cambiar de equipo. Especialmente sonadas resultaron estas palabras a un periódico local: Algo tiene que suceder. No puedo estar aquí para siempre, con la misma situación. He estado aquí tres años y estoy en la misma posición que estaba en mi primera semana. Es la misma situación una y otra vez. Él (McMillan) es un buen entrenador, pero creo que no soy su tipo de jugador. No se siente cómodo conmigo. Creo que eso es obvio. No sé qué va a pasar, pero pase lo que pase, quiero dar las gracias a Portland por todo, por su apoyo. Siempre tendré un buen recuerdo de aquí. Yo sabía que jugaría en la primera mitad y que no lo haría en la segunda. Por eso daba igual lo que hiciera, podía cometer errores. El entrenador y yo vemos el baloncesto de forma diferente. No estoy diciendo que debamos tener la misma visión, pero tenemos que tener la capacidad para adaptarnos. Él no lo hace. Aquí no creo que pueda hacer más. Es imposible”.

Palabras que, sin duda, atronaban enérgicamente a despedida.

Sergio Rodríguez partió rumbo Sacramento un mes después de estas confesiones, donde esperaba jugar con más asiduidad. No obstante, salió a los pocos encuentros hacia Nueva York. Allí en la gran Manzana y bajo la tutela de Mike D’Antoni supo encontrar un pico de juego con más minutos que en sus dos anteriores equipos. Sin embargo, con la temporada finalizada y con alguna que otra oferta NBA, optó por la propuesta del Real Madrid. Ya en la capital española, tras una aciaga primera temporada, se convirtió en uno de los mejores playmakers de Europa, alzándose incluso en 2014 como MVP de la Euroliga.

Pero el Chacho sentía que tenía una deuda que saldar con la competición americana. Por eso, cuando los Sixers le prepararon una oferta tras haberlo ganado todo en el Viejo Continente, y tras pensarlo no sin abruptos, decidió realizar de nuevo el trayecto overseas en el camino que conduce a la Ciudad del Amor Fraternal. Necesitaba volver a tratarse con los mejores, pues se adivinaba cuantiosamente más experimentado que antaño. Sobre todo después vivir en sus carnes una auténtica pesadilla canaria en Portland.

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SKYHOOK #18

Skyhook #18 | Tras la estela del Doctor J.

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