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El imaginario popular español, incluso el catalán, está plagado de tópicos sobre niños gordos con gafas que no sabían jugar al fútbol. Niños maltratados por sus coetáneos, víctimas de los más macabros chistes (pero qué buenos), que desarrollaron un mecanismo de defensa ante tales afrentas. Yo fui uno de esos. De esos que maltrataban a los niños gordos, quiero decir.

Entiéndanme. Mi cuerpo tuvo a bien pasar la adolescencia y desarrollarse a los 18, cuando el resto de mi clase encendía cerillas con las mejillas y contaba sus conquistas amorosas como Obélix juntaba cascos de romano. De alguna manera tenía que fintar los ataques de aquellos morlacos, y nada mejor que un amigo gordo con gafas para desviar la atención, un amigo gordo con el que compartir risas y mercromina.

Yo no era gordo. Era muy alto, pero enclenque, con un coeficiente intelectual prodigioso. Los profesores decían que con ese coeficiente era un prodigio que pudiera coordinar el respirar y andar a la vez sin tropezarme. Pero eso a mi amigo gordo con gafas no le importaba. Le bastaba con que me dirigiera a él sin intenciones de ponerle los calzoncillos a la altura de los hombros, como todos los demás. Le bastaba con que me pasara por su casa todas las tardes para lanzar balones a un aro de hierro forrado con goma de butano y enganchado a una tabla de conglomerado podrida por la humedad.

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Teníamos un balón reglamentario, nuevo, reluciente y bacilón. No lo usábamos, pero no porque fuera de rugby, sino por aquello de preservar lo nuevo para los domingos después de misa.

Nos afanábamos en aprender cómo era ese juego tan estético y provocador, y no pasaron muchos meses hasta que descubrimos que no bastaba con correr hasta la canasta con el balón: también había que botarlo (maldito balón de rugby). Y en menos de un año ya sabíamos que había que pasar la bola por el aro. Lo demás vino sólo (solo que tardó en llegar).

Crecimos hasta dar sentido al cuento del patito feo. Mi amigo gordo con gafas era un auténtico pato, yo ponía lo de feo, pero juntos íbamos al ‘cisne’ (Nota: olviden esto último por el bien de la sección y de Superbasket.com). Yo le llamaba ‘Barkley’ porque su padre regentaba el ‘Bar Kleyderman’. Él me llamaba ‘Tío Mierda’, pero nunca supe qué filosofía escondía tal nomenclatura.

Los sábados por la mañana los dedicábamos al uno contra uno y por la noche practicábamos el pase de pecho con intento de penetración para acabar, casi siempre, con un cinco contra uno.

Los domingos, bandejas y rebote con Barkley cogiendo la posición. Y tanto que la cogía. Dejaba la bandeja sin croquetas, perdón, cocretas (viva la RAE) para dejarme a mí cogiéndome el rebote. El lunes tocaba estrategia defensiva y contraataque para acabar con mate. En el fondo nos daba igual acabar con mate, café o té porque ante los ídolos del fútbol callejero, los jefes de la manada, nunca funcionó la defensa. Ni nos daban opción al contraataque. Martes, descanso por lesiones producidas el lunes.

El meridiano semanal lo aprovechábamos para invitar a las chicas del instituto. ¡Y cómo pasaban las tías!… Corrijo: Y como pasaban las tías, acabamos invitando a todos los defenestrados, excluidos, marginados y maltratados del barrio para tomarle el pulso a eso de chupar banquillo.

Los jueves, acción social. Nos desplazábamos a la cárcel para hacer del baloncesto una ventana al futuro. Fue un fracaso. No había forma de que entendieran la técnica del tiro libre.

Pero los viernes… los viernes soñábamos con las estrellas. Los viernes cantaba George Michael y bailaban los Magic, Bird, Olajuwon, Thomas, McHale. Los viernes volaba Jordan, gritaba Trecet y yo me excitaba, sufría, saltaba… Mi padre, un futbolero frustrado por no haber sabido explicar a mi madre la técnica del fuera de juego, preguntaba ‘¿por qué te gusta el baloncesto, con lo que te hace sufrir?’. Yo respondía ‘por lo mismo que te gusta a ti mamá’.

Años después todavía me duele el sopapo. Eso me recuerda que el baloncesto, en el fondo y en la forma, es como la vida. Como la vida misma.