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Reflejos

El desembarco europeo en Norteamérica

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Ahora que la temporada de baloncesto está a punto de iniciarse es bastante común encontrarnos con enfrentamientos de carácter amistoso entre equipos europeos y equipos NBA. Sin ir más lejos, acabamos de recibir la visita de los Celtics, y equipos europeos como Fenerbahce Ulker y Maccabi Haifa, o el brasileño Bauru, acaban de disputar partidos de pretemporada en suelo estadounidense.

Desde la creación del NBA Europe Live Tour en 2006 este tipo de emparejamientos han sido bastante frecuentes cada otoño, abarcando diferentes ciudades europeas en un intento por acercar el baloncesto NBA al público europeo. En el recuerdo quedan aquellos míticos Open McDonald´s de finales de los 80 y principios de los 90 que acercaban a Europa por primera vez estrellas de primer nivel como Larry Bird, Magic Johnson o Michael Jordan. Sin embargo, las visitas de equipos europeos a suelo estadounidense no han sido demasiado frecuentes y la gran mayoría de esos partidos son difícilmente recordados por el público en general. Aquí nos ocuparemos de refrescar la memoria al lector y recuperar algunos de aquellos primeros duelos.

Los primeros encuentros entre equipos europeos y estadounidenses se remontan a finales de los 70 y principios de los 80, todos ellos en suelo europeo y con distinta suerte para los equipos NBA. Bullets, Nets o Suns cosecharían derrotas en sus visitas al antiguo pabellón de La Mano de Elías ante aquel Maccabi liderado por Micky Berkowitz.
No fue hasta 1987, con la creación del Open Mcdonald´s, cuando se pudo dar el primer enfrentamiento entre ambos continentes en suelo estadounidense. The Mecca Arena de Milwaukee albergaba un torneo en el que participaban los Bucks, el Tracer Milán, flamante campeón europeo, y la selección de la URSS. El 23 de octubre, 10.221 espectadores asistirían a la victoria de los Bucks de Jack Sikma y Terry Cummings ante el equipo italiano por 123-111. Las diferencias entre ambos países eran por aquel entonces aún bastante considerables, sobre todo en el aspecto físico. Aunque los Bucks llevaban tan solo dos semanas de entrenamientos, devastaron al equipo italiano en el primer cuarto (37-15). Una defensa zonal y el acierto en el triple de los italianos, unido a la salida de los reservas de los Bucks, propició que el marcador se maquillase en el segundo tiempo, quedando para el recuerdo los 37 puntos de Bob McAdoo y los 26 de Ricky Brown. Muy cansados, los italianos poco pudieron hacer ante la potente URSS en la segunda jornada del torneo (135-108). Marciulionis, Volkov, Kurtinaitis y compañía cerrarían el torneo con una aplastante derrota ante los Bucks (127-100). Como anécdota, los Bucks recibirían como premio 50.000 dólares, donados a diferentes asociaciones benéficas, 30.000 los soviéticos y 20.000 los italianos.

Un año después, unos días antes de la disputa del Open McDonald´s en Madrid, se disputó un amistoso entre los 76ers y el Maccabi Tel Aviv. Aquellos 76ers estaban muy lejos del equipo que cinco años antes consiguió el anillo. Solo Maurice Cheeks aguantaba en una plantilla donde Charles Barkley ya tenía el cartel de líder. El Maccabi llegaba después de perder la segunda de las tres finales consecutivas de la Copa de Europa que disputaría, con una plantilla en la que destacaban Doron Jamchi, Kevin Magee o Ken Barlow. En el viejo Spectrum, delante de algo más de 9.000 almas, los 76ers llegaron a disponer de una ventaja de casi 20 puntos, pero bajaron los brazos en el segundo tiempo y la tragedia estuvo a punto de suceder. Maccabi llegó al último minuto 3 arriba en el marcador y posesión, pero un robo de Cheeks y dos libres anotados por Barkley a falta de 8 segundos dieron la victoria a Philadelphia. LaVon Mercer tuvo el último tiro para haber dado la gloria a los israelitas pero no toco ni el aro.
La temporada siguiente, de nuevo Maccabi viajaba a EE.UU para enfrentarse a la joven franquicia de Miami Heat. Con tan solo un año de vida, los Heat habían logrado ganar tan solo 15 partidos en su temporada de debut y al descanso perdían por un punto. Con Seikaly, Tellis Frank y Kevin Edwards al frente, lograron superar, no sin sudor, la defensa en zona que planteó el Maccabi en prácticamente todo el partido y los 20 puntos de Motti Daniel para ganar el choque por un ajustado 101-95. Unos meses después, aquellos Heat solo consiguieron ganar 18 partidos en toda la temporada regular.

Otra vez el Maccabi al año siguiente sería el invitado para disputar un nuevo partido en territorio yankee y esta vez sería ante un adversario de relumbrón, unos Lakers que vivían los últimos coletazos del showtime. Solo cinco días antes las alarmas habían saltado en Barcelona cuando, en la 4º edición del Open McDonald´s, el Scavolini Pesaro había forzado la prórroga ante los Knicks de Patrick Ewing. Los Lakers no reservaron nada y, en un Forum casi repleto, llevaron el mando durante todo el partido, pero con diferencias escasas. Al poco de iniciarse el último cuarto, solo estaban 7 puntos arriba, pero entonces apareció de forma inesperada la figura de Terry Teagle, quien anotaría siete lanzamientos en ese último periodo para liderar una victoria final cómoda por 129-106.
Comienza la pretemporada de 1991 y dos nuevos amistosos se celebran en San Diego y Los Ángeles, esta vez con los Clippers como anfitriones y ¿adivinan quién fue el equipo europeo? Exacto, de nuevo el Maccabi. El primero de esos partidos no tuvo historia, 146-112 para los Clippers, quienes habían tenido noticias de que unos días antes, sus vecinos Lakers habían logrado ganar por tan solo 2 puntos al Joventut de Badalona en París. Pero tres días después de nuevo estuvo a punto de saltar la sorpresa. Danny Manning y Ron Harper solucionaron el problema en los minutos finales y 98-93 para el equipo NBA.
Tras ello, tuvieron que transcurrir 12 años para que de nuevo un equipo europeo aterrizase en suelo norteamericano (esta vez en Canadá) para disputar un encuentro de pretemporada. Entre medias, 12 partidos se habían disputado en territorio europeo, todos ellos decididos a favor de los diferentes equipos NBA con cierta solvencia.

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En 1995 Vancouver Grizzlies y Toronto Raptors debutaban en la NBA y para ello se creó la Naismith Cup, un torneo amistoso que enfrentaría anualmente a estas dos franquicias en una cancha neutral y que llevaría el nombre del creador del baloncesto. Grizzlies y Raptors se enfrentarían hasta el año 2000 y, tras dos años sin celebrarse, el torneo pasó a tener carácter internacional, puesto que los Grizzlies ya se habían mudado a Memphis. Así, en 2003, los Raptors se enfrentaron a Panathinaikos en un partido sin historia (100-76) que estaba decidido en el tercer cuarto. Los 21 puntos de Vince Carter y los 13 del rookie Chris Bosh, fueron demasiado para el equipo griego. En 2004 la Benetton de Treviso de Messina es el invitado y, tras un partido controlado en todo momento por los Raptors, de nuevo la relajación está a punto de darles un disgusto, pero Massimo Bulleri falla el último ataque italiano (86-83).

Y finalmente, 2005 fue el año. Los Raptors invitarían al Maccabi, campeón de la Euroliga las dos últimas temporadas, con una de las mejores plantillas de toda su historia, en la que el jugador referencia era Anthony Parker. Con el partido empatado y unos segundos por jugar, Maccabi saca desde el centro del campo y el balón le llega a Parker. Recibe de espaldas, defendido por Morris Peterson, sale hasta la línea de triple y ataca a su defensor hasta la línea de fondo para lanzar una suspensión con la mano de Peterson en su cara que entra limpia a 0.8 décimas del final. Es la primera vez en 27 años que un equipo NBA pierde ante un equipo de Euroliga (los Hawks habían caído en 1988 en Moscú pero fue ante la Selección de la antigua URSS, no ante un club europeo) y la primera vez que sucede en Norteamérica. El cónsul general de Israel en Toronto aplaude y celebra la victoria mientras el Comisionado de la NBA, David Stern, abandona apresuradamente el lugar.

Es cierto que aquellos Raptors de José Manuel Calderón ganarían solo 27 partidos aquel año y que Maccabi era junto a CSKA el club más potente de Europa, pero aquella derrota evidenció que la distancia entre Europa y EEUU cada vez se acortaban más. Los equipo NBA basaban su juego en su poderío físico, aparte de no tomarse tan en serio los choques como lo hacían los equipos europeos, más motivados, con plantillas más amplias y con mayores recursos tácticos que colocar una simple zona todo el partido como hacían en los años 80.
Tras aquella victoria del Maccabi, 50 partidos se han disputado en suelo norteamericano entre equipos FIBA y NBA.

Únicamente en 3 de esos partidos la victoria cayó del lado europeo.

En 2010 un CSKA de Moscú guiado por Trajan Langdon se impuso 87-90 en Ohio a unos Cavaliers en depresión tras la salida reciente de Lebron James rumbo a Miami. En 2.013, de nuevo el CSKA conquistó una nueva victoria en el Target Center de Minneapolis por 106-108 tras prórroga ante los Wolves de Ricky Rubio. Curiosamente, Alexey Shved tuvo la última posesión para haber forzado otra prórroga o haber ganado ante su anterior equipo. El último en lograrlo ha sido el Fenerbahce turco, el cual hace tan solo unos días derrotó a los Nets en el Barclays Center, 96-101, gracias a la gran actuación de Jan Vesely y Bogdanovic.

En lo que se refiere a equipos ACB, tan solo FC Barcelona, Real Madrid y Baskonia han formado parte de alguna gira europea por Norteamérica (Joventut, Unicaja Málaga, Estudiantes y Bilbao Basket ya disfrutaron de estos enfrentamientos pero en territorio europeo). El primero en viajar allí fue el FC Barcelona en 2.008, en una gira por California donde se enfrentarían a Lakers y Clippers. Ante Lakers en el primero de ellos estuvieron cerca de lograr la machada (108-104), remontando una desventaja de 21 puntos, gracias en gran parte a los 34 puntos de Juan Carlos Navarro en su regreso al club culé tras su paso por Memphis. Al día siguiente, en el mismo escenario, derrota similar (114-109) ante unos Clippers con muchas bajas, destacando el gran partido de Ilyasova, 20 puntos y 14 rebotes.
El siguiente en desembarcar fue el Baskonia en 2.010 para enfrentarse a Grizzlies y Spurs. Ante los Grizzlies de Marc Gasol llegaron al último cuarto con ventaja en el marcador, pero acabaron sucumbiendo por 110-105 lastrados por las pérdidas de balón y la inferioridad física. Dos días después no tuvieron opciones (108-85) ante los Spurs de Thiago Splitter.

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El Real Madrid ha sido hasta el momento el último equipo ACB en realizar una gira norteamericana, tras hacerlo en 2.012. En su primer partido ante los Grizzlies, los de Laso sucumbieron 105-93, compitiendo bien hasta los últimos minutos, sin poder superar de ninguna manera el muro interior de Marc Gasol (16 puntos y 16 rebotes). Dos días después finalizaron su gira en Toronto ante los Raptors de Calderón con una derrota similar, 102-95.

Como dato, Utah Jazz, Atlanta Hawks, Charlotte Hornets, Dallas Mavericks, New Orleans Pelicans, Chicago Bulls y Boston Celtics, son los únicos equipos NBA que nunca han disputado un partido contra un equipo europeo en Norteamérica. Indiana Pacers es el único que nunca ha jugado contra un equipo extranjero, ni dentro ni fuera de la frontera estadounidense.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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SKYHOOK #17

Skyhook #17 | Objetivo Canadá

El éxito de los Raptors es también el éxito del baloncesto. Repasamos como un país que miraba con extrañeza al deporte de las canastas hace un par de décadas, ha conseguido un éxito histórico.

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