Foto: foxsports.com

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El primer entrenamiento de pretemporada previo al nuevo curso baloncestístico estaba a punto de iniciarse y toda la plantilla estaba deseando empezar a sudar, pero antes tenían que estar presentes en una pequeña reunión junto a su flamante nuevo entrenador, Roy Rubin, la cual iba a servir para hacer piña y sentar las bases de la nueva temporada. Cuando Rubin se presentó, lo primero que hizo fue soltar un interminable discurso acerca de los valores de la disciplina, de lo importante que era para él en su trabajo y en su día a día. Pronto dejó claro a sus nuevos jugadores la importancia de imponer un código de vestuario con unas normas que debían ser seguidas a rajatabla para la buena marcha de la temporada; no habría ninguna excepción. “No me importa quiénes seáis o cuantos años llevéis jugando. No va a haber privilegios para nadie”. Y una de aquellas primeras normas era tajante: “Bajo ningún concepto estaba permitido beber cerveza o fumar en el vestuario”. Al escuchar esto, Fred Carter, uno de los veteranos de la plantilla, levantó su mano y dijo: “Entrenador, necesito fumar. Llevo muchos años en esta liga y es la única manera en la que puedo calmarme. Necesito fumar en el descanso de los partidos”. Rubin asintió y dijo: “Está bien, puedes fumar, pero los demás no”. El resto de los jugadores empezaron a mirarse a los ojos y se dieron cuenta de que tenían el mismo pensamiento: “Esta va a ser una temporada muy larga”.

Unos días después, la pretemporada había dado comienzo en el campus de la Universidad de Ursinus, a unos 25 kms de Philadelphia. En mitad de uno de aquellos entrenamientos, Charlie Tharpe, uno de los novatos elegidos en el draft ese año, vomitó de repente en sus propias manos. Con el líquido derramándose entre sus dedos hacia el parquet, corrió hacia Rubin y le preguntó: “Entrenador, ¿qué hago con esto?”. Paul Lizzo, ayudante de Rubin, se giró hacia él y dijo: “Estamos jodidos, totalmente jodidos”.

Y no estaba equivocado. Aquellos  acabarían con un deplorable récord de 9-73, el peor desde que la NBA (entonces BAA) empezase a funcionar en 1946, récord que permanecería durante los siguientes 39 años, hasta que los Charlotte Bobcats de la 2011-12 ganaran solo 7 partidos en la temporada del lockout (7-59 en total). Los Bobcats tienen peor porcentaje de victorias que aquellos 76ers pero ¿quiénes fueron los peores de siempre? Los Bobcats eran malos, pero se veían obligados a jugar 4 partidos por semana en lugar de los 3 habituales y, si su temporada hubiese constado de 82 partidos puede que hubiesen logrado 2 o 3 victorias más. Por la manera de jugar, de comportarse sobre la cancha y los disparates cometidos en los despachos, mucha gente sigue pensando hoy en día que aquellos 76ers de 1973 fueron los peores de siempre.

Nada hacía presagiar ese destino unos años antes cuando en mayo de 1963 Irv Kosloff, hombre de negocios e hijo de inmigrantes rusos, devolvió el baloncesto a Philadelphia. Los Warriors se habían mudado a San Francisco un año antes, llevándose consigo a la principal referencia de la liga, Wilt Chamberlain. Para paliar la desilusión que provocó aquello, Kosloff adquirió los Syracuse Nationals y los trasladó a Philadelphia bajo el nuevo nombre de 76ers. Año y medio después, trajo a Chamberlain de nuevo a la ciudad para, en cuestión de dos años, conseguir el anillo de campeones tras haber firmado la mejor temporada regular hasta entonces (68-13).

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Sin embargo, las temporadas siguientes verían el lento declive de la franquicia, agravado tras la marcha de Chamberlain a los Lakers en 1968. Otros jugadores que habían formado parte del equipo campeón de 1967 (Chet Walker, Wali Jones o Luke Jackson) ya no estaban y la búsqueda de sustitutos no habían generado más que decepciones. Los jugadores elegidos por los Sixers en primera ronda entre 1967 y 1971 fueron Craig Raymond, Shaler Halimon, Bud Ogden, Al Henry y Dana Lewis. Ninguno de ellos jugó más de 74 partidos para los Sixers y ninguno promedió más de 4 puntos por partido.

Así, en el verano de 1972 nadie quería dejarse caer por Philadelphia para entrenar a unos Sixers que habían ganado solo 30 partidos el año anterior. Tras contactar con varios entrenadores de nivel y no obtener resultado alguno, los Sixers decidieron publicar en todos los periódicos de la ciudad un anuncio en el que buscaban desesperadamente un nuevo entrenador. El único que respondió fue Roy Rubin, quien se había labrado una buena reputación como entrenador de la Universidad de Long Island durante una década, pero sin ninguna experiencia en un banquillo profesional. Considerado un genio defensivo, fue el elegido para comerse semejante marrón a razón de 300.000 dólares por tres años de contrato.

Y el marrón comenzó muy pronto. Billy Cunningham, la principal estrella de la plantilla, decidió dar el salto desde la NBA a la incipiente ABA para jugar en los Carolina Cougars al comienzo de esa temporada. Con una plantilla formada a partes iguales por veteranos y malas elecciones en el draft, la pretemporada dejó una victoria ante los Celtics que subió la moral de Rubin por las nubes de cara al inicio de la temporada regular. El 10 de octubre abrían el curso en Chicago con una derrota ajustada, 95-89. A ella le seguirían otras 14 más.
No ganarían su primer partido hasta el 11 de noviembre frente a los Rockets. Encadenaron rachas de 15, 14, 20 y 13 derrotas consecutivas, a lo largo de una temporada infumable donde hasta 19 jugadores diferentes desfilaron por el vestuario de los 76ers. Jugaron como locales en el viejo Spectrum, en Pittsburgh y en Hershey, pero daba igual. “Realmente, todo era un montón de mierda”, recordaba Dale Schlueter, llegado a la plantilla aquel mismo año desde Portland, “el entrenador no tenía absolutamente ninguna idea de cómo entrenar en la NBA. No sabía cómo manejar a tipos adultos. Solo tenía experiencia entrenando a jóvenes universitarios”. “Durante un tiempo muerto, se plantó delante de nosotros con la boca abierta y fue incapaz de decir una sola palabra. Después de unos pocos minutos así, le dejamos ahí y volvimos a la cancha”. Para Fred Carter “el tipo era un chiste. Durante la pretemporada, ni él ni su asistente conocían las reglas del baloncesto profesional”.

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Fred Carter fue posiblemente lo único salvable de aquella temporada. Máximo anotador del equipo con 20 puntos de media, lo tenía muy claro, “éramos como un balneario andante. Si algún equipo estaba atravesando un mal momento se recuperaba al instante de todos sus males tras jugar contra nosotros. No perdíamos por grandes diferencias, pero llegaba un momento en que el equipo contrario nos hacía ver que no había modo alguno de que pudiésemos derrotarles”. Y pronto comenzaron a ser el hazmerreir de la liga. “Cuando nos tocaba jugar fuera y estábamos en el aeropuerto, solía girar hacía mi la bolsa de mano con el logo del equipo para que la gente no supiese quiénes éramos”.

La temporada fue especialmente larga para Hal Greer, componente de la plantilla que se alzó con el anillo en el 67, miembro del Hall of Fame y uno de los 50 mejores jugadores de la historia. Relegado al ostracismo por Rubin, solo participaría en 38 partidos de la que sería su última temporada como profesional, aportando poco más de 5 puntos por partido. Podía haber sido un buen reserva o incluso titular a pesar de contar con 36 años, pero nunca tuvo una oportunidad. Tan decepcionado acabó que decidió retirarse al final de aquel curso.
A medida que la temporada avanzaba estaba claro que Rubin no estaba preparado para la NBA y la plantilla empezó a sentirse frustrada y desmotivada, apareciendo las primeras discrepancias con su entrenador. En una ocasión, al llegar a Houston para disputar un partido, había dos camionetas esperándoles para llevarles al hotel. Mientras que una iba atestada de jugadores y equipaje, en la otra el único pasajero era Rubin. Había buenos jugadores como Carter, Greer o Tom Van Arsdale, pero conforme las derrotas se iban acumulando, cada uno empezaba a jugar de manera egoísta. Y en aquel desastre colectivo tenía cabida un personaje peculiar.

John Q. Trapp había llegado a aquellos Sixers al inicio de la temporada procedente de los Lakers, con los que se había proclamado campeón solo unos meses antes. Había pasado de jugar en el mejor equipo a hacerlo en aquella jaula de grillos y pronto las chispas entre él y su entrenador aparecieron. De carácter extraño y aterrador, Trapp era natural de Detroit adonde los Sixers habían llegado para disputar un nuevo partido de la temporada. Todos los amigos y familiares de Trapp estaban sentados detrás del banquillo de los Sixers y durante un tiempo muerto Rubin ordenó a Trapp que se sentase porque iba a ser sustituido por Dave Sorenson. La respuesta de Trapp fue clara: “No”. “¿No?, ¿Qué quieres decir con eso?”, le recriminó Rubin. Trapp le señaló a la grada, donde uno de sus amigos se apartó a un lado su abrigo dejando ver una pistola. Rubin no pudo más que decir “Ok, ok, sigue jugando”.

Como jugador de los Lakers el año anterior, Trapp conducía su coche hacía el aeropuerto donde el resto del equipo esperaba para disputar un partido. Había una norma en los Lakers por la cual cada jugador que llegase tarde a un vuelo o un entrenamiento debería pagar una multa de 200 dólares, cantidad considerable en aquella época. Como veía que no llegaba a tiempo y no quería pagar la multa, aparcó su coche y telefoneó a la compañía aérea para decirles que había una bomba en el avión. Durante una hora toda actividad en el aeropuerto quedó suspendida para buscar el artefacto, lo que le permitió presentarse a tiempo de embarcar.

La gota que colmó el vaso fue durante otro partido justo antes del All-Star Game. Trapp se negó a salir a la cancha para sustituir a Kevin Loughery, quien se había dañado su tobillo. En el descanso, Rubin le dejó bien claro que no iba a jugar más para los Sixers, mientras Trapp escuchaba atentamente bebiéndose un buen vaso de bourbon.
Los 76ers lograrían su segunda victoria el 28 de noviembre en Buffalo y no ganarían su primer partido en casa hasta el 6 de diciembre ante Kansas City-Omaha, mientras la media de espectadores que asistían al viejo Spectrum caía en picado. El 7 de enero, poco antes del parón por el All-Star Game, Roy Rubin ganaría su último partido como entrenador de los Sixers, el último también como entrenador profesional. Sería despedido el 23 de enero tras conseguir tan solo 4 victorias en 51 partidos. Tan duros fueron esos meses que Rubin confesó años después haber perdido cerca de 20 kgs durante el tiempo que entrenó a los Sixers, llorar en su apartamento tras leer las duras críticas de los periodistas locales y despertarse de madrugada en varias ocasiones con un nudo en el estómago tras haber sufrido una derrota. Nunca volvió al baloncesto profesional después de aquella experiencia. Se instaló en Florida, donde regentó un restaurante y trabajó como asistente social.

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Aquellos Seventy-Sickers (enfermos) como los bautizó un periódico de Philadelphia, continuaron su travesía hasta el final de temporada bajo las órdenes de Kevin Loughery, quien hizo las labores de entrenador-jugador hasta marzo. Con 32 años y lastrado por las lesiones se hizo cargo de sus compañeros, consiguiendo un balance de 5-26. Heredó una racha de 9 derrotas consecutivas y la prolongó hasta 20, hasta que ganó su primer partido en febrero. Lo de entrenar, aunque con resultados tan desoladores, le gustó tanto que al año siguiente se haría cargo de los New Jersey Nets de la ABA, haciéndoles campeones en dos ocasiones.
Los momentos de alegría en aquella temporada fueron pocos, pero los hubo. Por aquel entonces cada equipo de la liga debía tener al menos un representante en el All-Star Game. Así fue como John Block tuvo la oportunidad de jugar el único de su vida. Tom Heinsohn, entrenador de la Conferencia Este, le dio la oportunidad de jugar 5 minutos, la cifra más baja de todos los jugadores que participaron. Unos días después, Block sería traspasado a los Kings. Y ya con Loughery como entrenador, lograron la proeza de ganar en tan solo cuatro días a los Knicks, campeones ese año, y a los Bucks, que acabaron con un récord de 60-22. “Lo celebrábamos como si acabásemos de ganar las Series Mundiales”, recordaba Tom Van Arsdale.

Tras aquella infumable temporada, la reconstrucción llegó pronto. En el draft de 1973 se hicieron con los derechos de Doug Collins, George McGinnis y Caldwell Jones. Cunningham regresaría de su aventura en la ABA en 1974 , mientras que en 1975 el draft les proporcionó a World B. Free y Darryl Dawkins. Las victorias aumentaban año tras año de 25, a 34 y a 46. La guinda llegaría en 1976 con el fichaje de Julius Erving. Para 1977 ya estaban disputando las Finales de la NBA.

Equipos como los Clippers en los 80, los Mavericks del 93, los Nuggets del 98 o los Nets de 2010 estuvieron cerca de igualar o batir aquel récord. Y cada vez que un equipo se acerca a esos registros, es inevitable no echar la vista atrás y acordarse de aquellos Sixers de la 72-73 que alcanzaron la inmortalidad a su manera. Si ese récord algún año se rompe, la gente podría olvidar que los miembros de esa plantilla una vez tuvieron la oportunidad de jugar en la NBA. Olvidarían que Hal Greer fue elegido uno de los 50 mejores jugadores de todos los tiempos, que Kevin Loughery fue el primer entrenador de Jordan en los Bulls, que Tom Van Arsdale es el jugador que más puntos ha anotado sin haber jugado nunca un partido de playoffs, que Don May fue campeón con los Knicks en el 70, que Leroy Ellis y John Q. Trapp lo fueron con los Lakers en el 72, que Bill Bridges lo logró con los Warriors en el 75 o que Mel Counts fue oro olímpico en 1964. Todos serían relegados al olvido.

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