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Reflejos

No es que fueran malos, es que eran horripilantes

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Foto: foxsports.com

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El primer entrenamiento de pretemporada previo al nuevo curso baloncestístico estaba a punto de iniciarse y toda la plantilla estaba deseando empezar a sudar, pero antes tenían que estar presentes en una pequeña reunión junto a su flamante nuevo entrenador, Roy Rubin, la cual iba a servir para hacer piña y sentar las bases de la nueva temporada. Cuando Rubin se presentó, lo primero que hizo fue soltar un interminable discurso acerca de los valores de la disciplina, de lo importante que era para él en su trabajo y en su día a día. Pronto dejó claro a sus nuevos jugadores la importancia de imponer un código de vestuario con unas normas que debían ser seguidas a rajatabla para la buena marcha de la temporada; no habría ninguna excepción. “No me importa quiénes seáis o cuantos años llevéis jugando. No va a haber privilegios para nadie”. Y una de aquellas primeras normas era tajante: “Bajo ningún concepto estaba permitido beber cerveza o fumar en el vestuario”. Al escuchar esto, Fred Carter, uno de los veteranos de la plantilla, levantó su mano y dijo: “Entrenador, necesito fumar. Llevo muchos años en esta liga y es la única manera en la que puedo calmarme. Necesito fumar en el descanso de los partidos”. Rubin asintió y dijo: “Está bien, puedes fumar, pero los demás no”. El resto de los jugadores empezaron a mirarse a los ojos y se dieron cuenta de que tenían el mismo pensamiento: “Esta va a ser una temporada muy larga”.

Unos días después, la pretemporada había dado comienzo en el campus de la Universidad de Ursinus, a unos 25 kms de Philadelphia. En mitad de uno de aquellos entrenamientos, Charlie Tharpe, uno de los novatos elegidos en el draft ese año, vomitó de repente en sus propias manos. Con el líquido derramándose entre sus dedos hacia el parquet, corrió hacia Rubin y le preguntó: “Entrenador, ¿qué hago con esto?”. Paul Lizzo, ayudante de Rubin, se giró hacia él y dijo: “Estamos jodidos, totalmente jodidos”.

Y no estaba equivocado. Aquellos  acabarían con un deplorable récord de 9-73, el peor desde que la NBA (entonces BAA) empezase a funcionar en 1946, récord que permanecería durante los siguientes 39 años, hasta que los Charlotte Bobcats de la 2011-12 ganaran solo 7 partidos en la temporada del lockout (7-59 en total). Los Bobcats tienen peor porcentaje de victorias que aquellos 76ers pero ¿quiénes fueron los peores de siempre? Los Bobcats eran malos, pero se veían obligados a jugar 4 partidos por semana en lugar de los 3 habituales y, si su temporada hubiese constado de 82 partidos puede que hubiesen logrado 2 o 3 victorias más. Por la manera de jugar, de comportarse sobre la cancha y los disparates cometidos en los despachos, mucha gente sigue pensando hoy en día que aquellos 76ers de 1973 fueron los peores de siempre.

Nada hacía presagiar ese destino unos años antes cuando en mayo de 1963 Irv Kosloff, hombre de negocios e hijo de inmigrantes rusos, devolvió el baloncesto a Philadelphia. Los Warriors se habían mudado a San Francisco un año antes, llevándose consigo a la principal referencia de la liga, Wilt Chamberlain. Para paliar la desilusión que provocó aquello, Kosloff adquirió los Syracuse Nationals y los trasladó a Philadelphia bajo el nuevo nombre de 76ers. Año y medio después, trajo a Chamberlain de nuevo a la ciudad para, en cuestión de dos años, conseguir el anillo de campeones tras haber firmado la mejor temporada regular hasta entonces (68-13).

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Sin embargo, las temporadas siguientes verían el lento declive de la franquicia, agravado tras la marcha de Chamberlain a los Lakers en 1968. Otros jugadores que habían formado parte del equipo campeón de 1967 (Chet Walker, Wali Jones o Luke Jackson) ya no estaban y la búsqueda de sustitutos no habían generado más que decepciones. Los jugadores elegidos por los Sixers en primera ronda entre 1967 y 1971 fueron Craig Raymond, Shaler Halimon, Bud Ogden, Al Henry y Dana Lewis. Ninguno de ellos jugó más de 74 partidos para los Sixers y ninguno promedió más de 4 puntos por partido.

Así, en el verano de 1972 nadie quería dejarse caer por Philadelphia para entrenar a unos Sixers que habían ganado solo 30 partidos el año anterior. Tras contactar con varios entrenadores de nivel y no obtener resultado alguno, los Sixers decidieron publicar en todos los periódicos de la ciudad un anuncio en el que buscaban desesperadamente un nuevo entrenador. El único que respondió fue Roy Rubin, quien se había labrado una buena reputación como entrenador de la Universidad de Long Island durante una década, pero sin ninguna experiencia en un banquillo profesional. Considerado un genio defensivo, fue el elegido para comerse semejante marrón a razón de 300.000 dólares por tres años de contrato.

Y el marrón comenzó muy pronto. Billy Cunningham, la principal estrella de la plantilla, decidió dar el salto desde la NBA a la incipiente ABA para jugar en los Carolina Cougars al comienzo de esa temporada. Con una plantilla formada a partes iguales por veteranos y malas elecciones en el draft, la pretemporada dejó una victoria ante los Celtics que subió la moral de Rubin por las nubes de cara al inicio de la temporada regular. El 10 de octubre abrían el curso en Chicago con una derrota ajustada, 95-89. A ella le seguirían otras 14 más.
No ganarían su primer partido hasta el 11 de noviembre frente a los Rockets. Encadenaron rachas de 15, 14, 20 y 13 derrotas consecutivas, a lo largo de una temporada infumable donde hasta 19 jugadores diferentes desfilaron por el vestuario de los 76ers. Jugaron como locales en el viejo Spectrum, en Pittsburgh y en Hershey, pero daba igual. “Realmente, todo era un montón de mierda”, recordaba Dale Schlueter, llegado a la plantilla aquel mismo año desde Portland, “el entrenador no tenía absolutamente ninguna idea de cómo entrenar en la NBA. No sabía cómo manejar a tipos adultos. Solo tenía experiencia entrenando a jóvenes universitarios”. “Durante un tiempo muerto, se plantó delante de nosotros con la boca abierta y fue incapaz de decir una sola palabra. Después de unos pocos minutos así, le dejamos ahí y volvimos a la cancha”. Para Fred Carter “el tipo era un chiste. Durante la pretemporada, ni él ni su asistente conocían las reglas del baloncesto profesional”.

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Fred Carter fue posiblemente lo único salvable de aquella temporada. Máximo anotador del equipo con 20 puntos de media, lo tenía muy claro, “éramos como un balneario andante. Si algún equipo estaba atravesando un mal momento se recuperaba al instante de todos sus males tras jugar contra nosotros. No perdíamos por grandes diferencias, pero llegaba un momento en que el equipo contrario nos hacía ver que no había modo alguno de que pudiésemos derrotarles”. Y pronto comenzaron a ser el hazmerreir de la liga. “Cuando nos tocaba jugar fuera y estábamos en el aeropuerto, solía girar hacía mi la bolsa de mano con el logo del equipo para que la gente no supiese quiénes éramos”.

La temporada fue especialmente larga para Hal Greer, componente de la plantilla que se alzó con el anillo en el 67, miembro del Hall of Fame y uno de los 50 mejores jugadores de la historia. Relegado al ostracismo por Rubin, solo participaría en 38 partidos de la que sería su última temporada como profesional, aportando poco más de 5 puntos por partido. Podía haber sido un buen reserva o incluso titular a pesar de contar con 36 años, pero nunca tuvo una oportunidad. Tan decepcionado acabó que decidió retirarse al final de aquel curso.
A medida que la temporada avanzaba estaba claro que Rubin no estaba preparado para la NBA y la plantilla empezó a sentirse frustrada y desmotivada, apareciendo las primeras discrepancias con su entrenador. En una ocasión, al llegar a Houston para disputar un partido, había dos camionetas esperándoles para llevarles al hotel. Mientras que una iba atestada de jugadores y equipaje, en la otra el único pasajero era Rubin. Había buenos jugadores como Carter, Greer o Tom Van Arsdale, pero conforme las derrotas se iban acumulando, cada uno empezaba a jugar de manera egoísta. Y en aquel desastre colectivo tenía cabida un personaje peculiar.

John Q. Trapp había llegado a aquellos Sixers al inicio de la temporada procedente de los Lakers, con los que se había proclamado campeón solo unos meses antes. Había pasado de jugar en el mejor equipo a hacerlo en aquella jaula de grillos y pronto las chispas entre él y su entrenador aparecieron. De carácter extraño y aterrador, Trapp era natural de Detroit adonde los Sixers habían llegado para disputar un nuevo partido de la temporada. Todos los amigos y familiares de Trapp estaban sentados detrás del banquillo de los Sixers y durante un tiempo muerto Rubin ordenó a Trapp que se sentase porque iba a ser sustituido por Dave Sorenson. La respuesta de Trapp fue clara: “No”. “¿No?, ¿Qué quieres decir con eso?”, le recriminó Rubin. Trapp le señaló a la grada, donde uno de sus amigos se apartó a un lado su abrigo dejando ver una pistola. Rubin no pudo más que decir “Ok, ok, sigue jugando”.

Como jugador de los Lakers el año anterior, Trapp conducía su coche hacía el aeropuerto donde el resto del equipo esperaba para disputar un partido. Había una norma en los Lakers por la cual cada jugador que llegase tarde a un vuelo o un entrenamiento debería pagar una multa de 200 dólares, cantidad considerable en aquella época. Como veía que no llegaba a tiempo y no quería pagar la multa, aparcó su coche y telefoneó a la compañía aérea para decirles que había una bomba en el avión. Durante una hora toda actividad en el aeropuerto quedó suspendida para buscar el artefacto, lo que le permitió presentarse a tiempo de embarcar.

La gota que colmó el vaso fue durante otro partido justo antes del All-Star Game. Trapp se negó a salir a la cancha para sustituir a Kevin Loughery, quien se había dañado su tobillo. En el descanso, Rubin le dejó bien claro que no iba a jugar más para los Sixers, mientras Trapp escuchaba atentamente bebiéndose un buen vaso de bourbon.
Los 76ers lograrían su segunda victoria el 28 de noviembre en Buffalo y no ganarían su primer partido en casa hasta el 6 de diciembre ante Kansas City-Omaha, mientras la media de espectadores que asistían al viejo Spectrum caía en picado. El 7 de enero, poco antes del parón por el All-Star Game, Roy Rubin ganaría su último partido como entrenador de los Sixers, el último también como entrenador profesional. Sería despedido el 23 de enero tras conseguir tan solo 4 victorias en 51 partidos. Tan duros fueron esos meses que Rubin confesó años después haber perdido cerca de 20 kgs durante el tiempo que entrenó a los Sixers, llorar en su apartamento tras leer las duras críticas de los periodistas locales y despertarse de madrugada en varias ocasiones con un nudo en el estómago tras haber sufrido una derrota. Nunca volvió al baloncesto profesional después de aquella experiencia. Se instaló en Florida, donde regentó un restaurante y trabajó como asistente social.

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Aquellos Seventy-Sickers (enfermos) como los bautizó un periódico de Philadelphia, continuaron su travesía hasta el final de temporada bajo las órdenes de Kevin Loughery, quien hizo las labores de entrenador-jugador hasta marzo. Con 32 años y lastrado por las lesiones se hizo cargo de sus compañeros, consiguiendo un balance de 5-26. Heredó una racha de 9 derrotas consecutivas y la prolongó hasta 20, hasta que ganó su primer partido en febrero. Lo de entrenar, aunque con resultados tan desoladores, le gustó tanto que al año siguiente se haría cargo de los New Jersey Nets de la ABA, haciéndoles campeones en dos ocasiones.
Los momentos de alegría en aquella temporada fueron pocos, pero los hubo. Por aquel entonces cada equipo de la liga debía tener al menos un representante en el All-Star Game. Así fue como John Block tuvo la oportunidad de jugar el único de su vida. Tom Heinsohn, entrenador de la Conferencia Este, le dio la oportunidad de jugar 5 minutos, la cifra más baja de todos los jugadores que participaron. Unos días después, Block sería traspasado a los Kings. Y ya con Loughery como entrenador, lograron la proeza de ganar en tan solo cuatro días a los Knicks, campeones ese año, y a los Bucks, que acabaron con un récord de 60-22. “Lo celebrábamos como si acabásemos de ganar las Series Mundiales”, recordaba Tom Van Arsdale.

Tras aquella infumable temporada, la reconstrucción llegó pronto. En el draft de 1973 se hicieron con los derechos de Doug Collins, George McGinnis y Caldwell Jones. Cunningham regresaría de su aventura en la ABA en 1974 , mientras que en 1975 el draft les proporcionó a World B. Free y Darryl Dawkins. Las victorias aumentaban año tras año de 25, a 34 y a 46. La guinda llegaría en 1976 con el fichaje de Julius Erving. Para 1977 ya estaban disputando las Finales de la NBA.

Equipos como los Clippers en los 80, los Mavericks del 93, los Nuggets del 98 o los Nets de 2010 estuvieron cerca de igualar o batir aquel récord. Y cada vez que un equipo se acerca a esos registros, es inevitable no echar la vista atrás y acordarse de aquellos Sixers de la 72-73 que alcanzaron la inmortalidad a su manera. Si ese récord algún año se rompe, la gente podría olvidar que los miembros de esa plantilla una vez tuvieron la oportunidad de jugar en la NBA. Olvidarían que Hal Greer fue elegido uno de los 50 mejores jugadores de todos los tiempos, que Kevin Loughery fue el primer entrenador de Jordan en los Bulls, que Tom Van Arsdale es el jugador que más puntos ha anotado sin haber jugado nunca un partido de playoffs, que Don May fue campeón con los Knicks en el 70, que Leroy Ellis y John Q. Trapp lo fueron con los Lakers en el 72, que Bill Bridges lo logró con los Warriors en el 75 o que Mel Counts fue oro olímpico en 1964. Todos serían relegados al olvido.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero con el mítico pívot, nada era nunca sencillo.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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