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Reflejos

No es que fueran malos, es que eran horripilantes

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Foto: foxsports.com

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El primer entrenamiento de pretemporada previo al nuevo curso baloncestístico estaba a punto de iniciarse y toda la plantilla estaba deseando empezar a sudar, pero antes tenían que estar presentes en una pequeña reunión junto a su flamante nuevo entrenador, Roy Rubin, la cual iba a servir para hacer piña y sentar las bases de la nueva temporada. Cuando Rubin se presentó, lo primero que hizo fue soltar un interminable discurso acerca de los valores de la disciplina, de lo importante que era para él en su trabajo y en su día a día. Pronto dejó claro a sus nuevos jugadores la importancia de imponer un código de vestuario con unas normas que debían ser seguidas a rajatabla para la buena marcha de la temporada; no habría ninguna excepción. “No me importa quiénes seáis o cuantos años llevéis jugando. No va a haber privilegios para nadie”. Y una de aquellas primeras normas era tajante: “Bajo ningún concepto estaba permitido beber cerveza o fumar en el vestuario”. Al escuchar esto, Fred Carter, uno de los veteranos de la plantilla, levantó su mano y dijo: “Entrenador, necesito fumar. Llevo muchos años en esta liga y es la única manera en la que puedo calmarme. Necesito fumar en el descanso de los partidos”. Rubin asintió y dijo: “Está bien, puedes fumar, pero los demás no”. El resto de los jugadores empezaron a mirarse a los ojos y se dieron cuenta de que tenían el mismo pensamiento: “Esta va a ser una temporada muy larga”.

Unos días después, la pretemporada había dado comienzo en el campus de la Universidad de Ursinus, a unos 25 kms de Philadelphia. En mitad de uno de aquellos entrenamientos, Charlie Tharpe, uno de los novatos elegidos en el draft ese año, vomitó de repente en sus propias manos. Con el líquido derramándose entre sus dedos hacia el parquet, corrió hacia Rubin y le preguntó: “Entrenador, ¿qué hago con esto?”. Paul Lizzo, ayudante de Rubin, se giró hacia él y dijo: “Estamos jodidos, totalmente jodidos”.

Y no estaba equivocado. Aquellos  acabarían con un deplorable récord de 9-73, el peor desde que la NBA (entonces BAA) empezase a funcionar en 1946, récord que permanecería durante los siguientes 39 años, hasta que los Charlotte Bobcats de la 2011-12 ganaran solo 7 partidos en la temporada del lockout (7-59 en total). Los Bobcats tienen peor porcentaje de victorias que aquellos 76ers pero ¿quiénes fueron los peores de siempre? Los Bobcats eran malos, pero se veían obligados a jugar 4 partidos por semana en lugar de los 3 habituales y, si su temporada hubiese constado de 82 partidos puede que hubiesen logrado 2 o 3 victorias más. Por la manera de jugar, de comportarse sobre la cancha y los disparates cometidos en los despachos, mucha gente sigue pensando hoy en día que aquellos 76ers de 1973 fueron los peores de siempre.

Nada hacía presagiar ese destino unos años antes cuando en mayo de 1963 Irv Kosloff, hombre de negocios e hijo de inmigrantes rusos, devolvió el baloncesto a Philadelphia. Los Warriors se habían mudado a San Francisco un año antes, llevándose consigo a la principal referencia de la liga, Wilt Chamberlain. Para paliar la desilusión que provocó aquello, Kosloff adquirió los Syracuse Nationals y los trasladó a Philadelphia bajo el nuevo nombre de 76ers. Año y medio después, trajo a Chamberlain de nuevo a la ciudad para, en cuestión de dos años, conseguir el anillo de campeones tras haber firmado la mejor temporada regular hasta entonces (68-13).

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Sin embargo, las temporadas siguientes verían el lento declive de la franquicia, agravado tras la marcha de Chamberlain a los Lakers en 1968. Otros jugadores que habían formado parte del equipo campeón de 1967 (Chet Walker, Wali Jones o Luke Jackson) ya no estaban y la búsqueda de sustitutos no habían generado más que decepciones. Los jugadores elegidos por los Sixers en primera ronda entre 1967 y 1971 fueron Craig Raymond, Shaler Halimon, Bud Ogden, Al Henry y Dana Lewis. Ninguno de ellos jugó más de 74 partidos para los Sixers y ninguno promedió más de 4 puntos por partido.

Así, en el verano de 1972 nadie quería dejarse caer por Philadelphia para entrenar a unos Sixers que habían ganado solo 30 partidos el año anterior. Tras contactar con varios entrenadores de nivel y no obtener resultado alguno, los Sixers decidieron publicar en todos los periódicos de la ciudad un anuncio en el que buscaban desesperadamente un nuevo entrenador. El único que respondió fue Roy Rubin, quien se había labrado una buena reputación como entrenador de la Universidad de Long Island durante una década, pero sin ninguna experiencia en un banquillo profesional. Considerado un genio defensivo, fue el elegido para comerse semejante marrón a razón de 300.000 dólares por tres años de contrato.

Y el marrón comenzó muy pronto. Billy Cunningham, la principal estrella de la plantilla, decidió dar el salto desde la NBA a la incipiente ABA para jugar en los Carolina Cougars al comienzo de esa temporada. Con una plantilla formada a partes iguales por veteranos y malas elecciones en el draft, la pretemporada dejó una victoria ante los Celtics que subió la moral de Rubin por las nubes de cara al inicio de la temporada regular. El 10 de octubre abrían el curso en Chicago con una derrota ajustada, 95-89. A ella le seguirían otras 14 más.
No ganarían su primer partido hasta el 11 de noviembre frente a los Rockets. Encadenaron rachas de 15, 14, 20 y 13 derrotas consecutivas, a lo largo de una temporada infumable donde hasta 19 jugadores diferentes desfilaron por el vestuario de los 76ers. Jugaron como locales en el viejo Spectrum, en Pittsburgh y en Hershey, pero daba igual. “Realmente, todo era un montón de mierda”, recordaba Dale Schlueter, llegado a la plantilla aquel mismo año desde Portland, “el entrenador no tenía absolutamente ninguna idea de cómo entrenar en la NBA. No sabía cómo manejar a tipos adultos. Solo tenía experiencia entrenando a jóvenes universitarios”. “Durante un tiempo muerto, se plantó delante de nosotros con la boca abierta y fue incapaz de decir una sola palabra. Después de unos pocos minutos así, le dejamos ahí y volvimos a la cancha”. Para Fred Carter “el tipo era un chiste. Durante la pretemporada, ni él ni su asistente conocían las reglas del baloncesto profesional”.

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Fred Carter fue posiblemente lo único salvable de aquella temporada. Máximo anotador del equipo con 20 puntos de media, lo tenía muy claro, “éramos como un balneario andante. Si algún equipo estaba atravesando un mal momento se recuperaba al instante de todos sus males tras jugar contra nosotros. No perdíamos por grandes diferencias, pero llegaba un momento en que el equipo contrario nos hacía ver que no había modo alguno de que pudiésemos derrotarles”. Y pronto comenzaron a ser el hazmerreir de la liga. “Cuando nos tocaba jugar fuera y estábamos en el aeropuerto, solía girar hacía mi la bolsa de mano con el logo del equipo para que la gente no supiese quiénes éramos”.

La temporada fue especialmente larga para Hal Greer, componente de la plantilla que se alzó con el anillo en el 67, miembro del Hall of Fame y uno de los 50 mejores jugadores de la historia. Relegado al ostracismo por Rubin, solo participaría en 38 partidos de la que sería su última temporada como profesional, aportando poco más de 5 puntos por partido. Podía haber sido un buen reserva o incluso titular a pesar de contar con 36 años, pero nunca tuvo una oportunidad. Tan decepcionado acabó que decidió retirarse al final de aquel curso.
A medida que la temporada avanzaba estaba claro que Rubin no estaba preparado para la NBA y la plantilla empezó a sentirse frustrada y desmotivada, apareciendo las primeras discrepancias con su entrenador. En una ocasión, al llegar a Houston para disputar un partido, había dos camionetas esperándoles para llevarles al hotel. Mientras que una iba atestada de jugadores y equipaje, en la otra el único pasajero era Rubin. Había buenos jugadores como Carter, Greer o Tom Van Arsdale, pero conforme las derrotas se iban acumulando, cada uno empezaba a jugar de manera egoísta. Y en aquel desastre colectivo tenía cabida un personaje peculiar.

John Q. Trapp había llegado a aquellos Sixers al inicio de la temporada procedente de los Lakers, con los que se había proclamado campeón solo unos meses antes. Había pasado de jugar en el mejor equipo a hacerlo en aquella jaula de grillos y pronto las chispas entre él y su entrenador aparecieron. De carácter extraño y aterrador, Trapp era natural de Detroit adonde los Sixers habían llegado para disputar un nuevo partido de la temporada. Todos los amigos y familiares de Trapp estaban sentados detrás del banquillo de los Sixers y durante un tiempo muerto Rubin ordenó a Trapp que se sentase porque iba a ser sustituido por Dave Sorenson. La respuesta de Trapp fue clara: “No”. “¿No?, ¿Qué quieres decir con eso?”, le recriminó Rubin. Trapp le señaló a la grada, donde uno de sus amigos se apartó a un lado su abrigo dejando ver una pistola. Rubin no pudo más que decir “Ok, ok, sigue jugando”.

Como jugador de los Lakers el año anterior, Trapp conducía su coche hacía el aeropuerto donde el resto del equipo esperaba para disputar un partido. Había una norma en los Lakers por la cual cada jugador que llegase tarde a un vuelo o un entrenamiento debería pagar una multa de 200 dólares, cantidad considerable en aquella época. Como veía que no llegaba a tiempo y no quería pagar la multa, aparcó su coche y telefoneó a la compañía aérea para decirles que había una bomba en el avión. Durante una hora toda actividad en el aeropuerto quedó suspendida para buscar el artefacto, lo que le permitió presentarse a tiempo de embarcar.

La gota que colmó el vaso fue durante otro partido justo antes del All-Star Game. Trapp se negó a salir a la cancha para sustituir a Kevin Loughery, quien se había dañado su tobillo. En el descanso, Rubin le dejó bien claro que no iba a jugar más para los Sixers, mientras Trapp escuchaba atentamente bebiéndose un buen vaso de bourbon.
Los 76ers lograrían su segunda victoria el 28 de noviembre en Buffalo y no ganarían su primer partido en casa hasta el 6 de diciembre ante Kansas City-Omaha, mientras la media de espectadores que asistían al viejo Spectrum caía en picado. El 7 de enero, poco antes del parón por el All-Star Game, Roy Rubin ganaría su último partido como entrenador de los Sixers, el último también como entrenador profesional. Sería despedido el 23 de enero tras conseguir tan solo 4 victorias en 51 partidos. Tan duros fueron esos meses que Rubin confesó años después haber perdido cerca de 20 kgs durante el tiempo que entrenó a los Sixers, llorar en su apartamento tras leer las duras críticas de los periodistas locales y despertarse de madrugada en varias ocasiones con un nudo en el estómago tras haber sufrido una derrota. Nunca volvió al baloncesto profesional después de aquella experiencia. Se instaló en Florida, donde regentó un restaurante y trabajó como asistente social.

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Aquellos Seventy-Sickers (enfermos) como los bautizó un periódico de Philadelphia, continuaron su travesía hasta el final de temporada bajo las órdenes de Kevin Loughery, quien hizo las labores de entrenador-jugador hasta marzo. Con 32 años y lastrado por las lesiones se hizo cargo de sus compañeros, consiguiendo un balance de 5-26. Heredó una racha de 9 derrotas consecutivas y la prolongó hasta 20, hasta que ganó su primer partido en febrero. Lo de entrenar, aunque con resultados tan desoladores, le gustó tanto que al año siguiente se haría cargo de los New Jersey Nets de la ABA, haciéndoles campeones en dos ocasiones.
Los momentos de alegría en aquella temporada fueron pocos, pero los hubo. Por aquel entonces cada equipo de la liga debía tener al menos un representante en el All-Star Game. Así fue como John Block tuvo la oportunidad de jugar el único de su vida. Tom Heinsohn, entrenador de la Conferencia Este, le dio la oportunidad de jugar 5 minutos, la cifra más baja de todos los jugadores que participaron. Unos días después, Block sería traspasado a los Kings. Y ya con Loughery como entrenador, lograron la proeza de ganar en tan solo cuatro días a los Knicks, campeones ese año, y a los Bucks, que acabaron con un récord de 60-22. “Lo celebrábamos como si acabásemos de ganar las Series Mundiales”, recordaba Tom Van Arsdale.

Tras aquella infumable temporada, la reconstrucción llegó pronto. En el draft de 1973 se hicieron con los derechos de Doug Collins, George McGinnis y Caldwell Jones. Cunningham regresaría de su aventura en la ABA en 1974 , mientras que en 1975 el draft les proporcionó a World B. Free y Darryl Dawkins. Las victorias aumentaban año tras año de 25, a 34 y a 46. La guinda llegaría en 1976 con el fichaje de Julius Erving. Para 1977 ya estaban disputando las Finales de la NBA.

Equipos como los Clippers en los 80, los Mavericks del 93, los Nuggets del 98 o los Nets de 2010 estuvieron cerca de igualar o batir aquel récord. Y cada vez que un equipo se acerca a esos registros, es inevitable no echar la vista atrás y acordarse de aquellos Sixers de la 72-73 que alcanzaron la inmortalidad a su manera. Si ese récord algún año se rompe, la gente podría olvidar que los miembros de esa plantilla una vez tuvieron la oportunidad de jugar en la NBA. Olvidarían que Hal Greer fue elegido uno de los 50 mejores jugadores de todos los tiempos, que Kevin Loughery fue el primer entrenador de Jordan en los Bulls, que Tom Van Arsdale es el jugador que más puntos ha anotado sin haber jugado nunca un partido de playoffs, que Don May fue campeón con los Knicks en el 70, que Leroy Ellis y John Q. Trapp lo fueron con los Lakers en el 72, que Bill Bridges lo logró con los Warriors en el 75 o que Mel Counts fue oro olímpico en 1964. Todos serían relegados al olvido.

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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