Dicen los astrólogos (tan científicos y creíbles como un Hannibal Lecter vegano) que tu vida está marcada por la posición de los astros en el día de tu nacimiento. Lógico. Si naces en agosto, a las cuatro de la tarde y en el desierto de Atacama, la posición del astro rey determina que tu vida, al menos durante los primeros meses, transcurrirá en la unidad de quemados de un hospital cualquiera al lado del churrasco de tu madre. Si naces en agosto, Leo, ‘la prosperidad está en camino y no te debes desviar’. Y dejo de leer.

No puedo negar que algo de verdad esconde la astrología en cuanto a lo de la posición de los astros. El 2 de noviembre de 2001, por ejemplo, un muchacho de Sant Boi, alto y delgado (como su madre, morená, saladá) nació en Memphis. Ese día y en ese momento, un astro como Kevin Garnett se encontraba ante él, a un metro de la línea de tres. Cualquier mortal que se precie de serlo le hubiera entregado el balón, le hubiera dado un beso, 20 dólares y habría salido corriendo a buscar refugio en un templo budista rodeado de cascos azules, budistas también. Pero el muchacho espigado (bien porque era su segundo partido en la NBA y no le habían contado muy bien cómo funcionaba aquello) amagó una, dos, y a la de tres se fue hacia el aro dejando al astro hecho un ‘desastro’.

(Nota: entiendan, al leer esto último, que todos tenemos un mal día).

Ese preciso momento, y no un 6 de julio del 80, ni el día del oro junior, ni los momentos en el Barça… ese preciso momento, digo, fue el día que nació Gasol. El día que el baloncesto dio a luz a la bestia parda histórica que aún (y por mucho tiempo, rezo aun siendo ateo) nos ilumina.

La única lectura positiva que pudo hacer el bueno de Kevin fue la suerte de haber sido géminis, y no virgo. De haberlo sido se habría quedado sin signo zodiacal, desvirgado de por vida.

Sería retórico hablar de todo lo que ha pasado con Pau a partir de aquel momento, por eso entiendo como justo hablar de los desvalidos. Hablar de Garnett, de aquel día, tras ese partido.

Para ponerles en situación, imaginen ser latin lover consagrado con experiencia de 20 años (imaginen, insisto) y la mayor joya de la discoteca, una noche cualquiera, acaba yéndose con un adolescente virgen de tez granulada que se despide con un ‘el tamaño SÍ importa’, in your face. Algo así sintió en sus carnes Garnett. ¿Con qué cara te presentas en casa y le cuentas a tu mujer lo sucedido?

  • Cariño, esta noche me ha pasado algo horrible.
  • ¡No me jodas, Kevin, que duermes en el sofá!
  • Es que…
  • No te habrá posterizado un novato español, ¿verdad?
  • ¿A mí? Nooooooo, mujer, qué cosas tienes.
  • ¿Entonces?
  • Nada, nada… la declaración de la renta, que me sale a pagar.
  • Ah, bueno. Si es eso…

Y sepan, amigos, que el de Carolina del Sur también tiene CUÑADOS. No me meteré en este asunto porque demasiada sangre se derramó y esta columna pretende dejar un buen sabor de boca, pero diré que en casa de los Garnett ‘hacer un Gasol’ tiene un significado que no podría explicar aquí sin calificar mis escritos como no apto para menores.

Era el año 2001, el día que nació Gasol. Y en la Pirámide cantó Malena como ninguna. Aquella jugada fue el tango mejor bailado que guardo entre mis recuerdos. Las penas de Garnett fueron las de un viejo bandoneón que, por suerte para todos, siguió sonando con aires de copla. De esta copla:

“El día que nací yo, que planeta reinaría. Por donde quiera que voy, que mala estrella, me guía”.