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Las carreras de algunos jugadores quedan marcadas en algunos casos por momentos o jugadas aisladas. Un acción, una imagen que nos viene a la retina cuando se menciona a un jugador determinado y un momento que envuelve para siempre un nombre. Este es el caso de José Antonio Montero, un director de juego más del siglo XXI que de la centuria pasada. Sus 1,93 metros de altura y su rapidez para dirigir al Barça le hicieron convertirse en un adelantado a su tiempo, ya que además fue el segundo jugador español en ser drafteado por una franquicia NBA (después del malogrado Fernando Martín).

Este año se cumplen veinte años de aquella triste efeméride para el barcelonismo que no olvidará como, en décimas de segundo, se pasó de saborear la primera Copa de Europa a ver como un tapón ilegal de Vrankovic aupó al Panathinaikos (67-66) en la Final Four de 1996. Después de esa acción quedaron cuatro segundos y toda una eternidad para recuperarse de aquel trago.

La actuación de Virovnik y Dorizon, los dos árbitros encargados de enviar el cetro europeo a Atenas, ha pasado a la historia más oscura del baloncesto continental en una época donde la FIBA hacía y deshacía a su antojo en cualquier competición de postín.

Tan inolvidable fue aquella final como ‘kafkiano’ fue lo sucedido entre bambalinas tras el bocinazo final en el Palacio de Bercy (el mismo escenario donde 14 años más tarde el Barça de Xavi Pascual sí pudo conquistar la Euroliga). El conjunto blaugrana, con Salvador Alemany a la cabeza, impugnó el acta del partido apenas unos minutos después de acabar por las evidentes irregularidades cometidas por la pareja arbitral en los últimos segundos. Ambos colegiados admitieron en el hotel Concorde Lafayette el error, pero la FIBA desestimó, a altas horas de la madrugada, el recurso del Barça en una decisión que todavía hoy cuesta de entender.

La injusticia se hizo definitiva e ingresaba en la historia por la puerta grande, aunque fuera en el tomo que abarca los periodos más negros del deporte de la canasta. Un tapón ilegal al producirse cuando el balón ya había tocado claramente el tablero. Ironías del destino, o del baloncesto profesional, Montero años más tarde trabajó para le FEB y fue su representante en la FIBA, el mismo organismo que ahora ha entrado en guerra con la Euroliga y que hace 20 años prefirió no tener problemas con los dirigentes de Panathinaikos y darles un título cuyo destino deportivo era el Museo del Barça.

Han pasado dos décadas y conviene aprovechar el hito para reflexionar si el baloncesto europeo ha escapado de las sospechas arbitrales, más allá de que la competición se llame Euroliga o Copa de Europa, esté dirigida por Jordi Bartomeu o Boris Stankovic.