Nunca estuve enamorado de Kobe Bryant. Sí, habría que estar ciego para no reconocer su enorme tamaño como jugador, muy por encima de cualquier otro componente de esa extraña colección titulada “Herederos de Michael Jordan” a la que tanto nos aficionamos jugar a finales de los noventa. Pero había algo que no terminaba de convencerme, que no me dejaba elevarle a los altares de este maravilloso deporte.

Y seguramente el problema era mío. Por no perdonarle su juego individual hasta el infinito. Por aquel chantaje con el que finiquitó a unos Lakers con gasolina para pelear por un par de anillos más. Por su abismal diferencia con mi querido Tim Duncan, tanto fuera como dentro de la pista. Incluso por aquel sucio asunto del hotel de Colorado, que se acabó olvidando por un -enorme- puñado de dólares y del que muy pocos se acuerdan ya.

Y pese a que nunca me enamoré de él, hoy no es una noche más. Ni una noche de baloncesto.

Hoy es una noche de recuerdos, de nostalgia y de tristeza. De hacer memoria para recordar dónde estabas aquella noche cuando Kobe anotó doce triples en un partido. Es una noche para recordar esos vuelos sin motor del All-Star de Cleveland 1997, ese desafío permanente con Jordan, con esa obsesión de imitar lo inimitable. Es una noche para que vuelva a sobrevolar el parquet ese pase imposible a Shaq en un Staples embravecido. Es una noche para traer de vuelta aquella locura en forma de 81 puntos, con Calderón de testigo y Charmberlain en el recuerdo. Es una noche para que brillen los dos anillos con Gasol, los tres con O’Neal. Es una noche para que alguien nos explique por qué Kobe se marcha con un solo MVP.

Y después de recordar, de intentar comprender que se va, de intentar aceptarlo, caeremos en la cuenta de que también se evapora una parte de nosotros. Y tocará sufrir. Igual que antes otros sufrieron la marcha de del Doctor J, de Jabbar, de Bird, de Magic, de Mike. Hoy es nuestro turno. Ha llegado el momento que tanto nos temíamos, hoy se muere un poco de nosotros. Se muere un poco de toda una generación que siempre ha tenido a ese maldito y genial chupón de referente. Que siempre ha estado ahí, a las cuatro de la mañana, con el volumen de la tele al mínimo, listos para ver a ese heredero imposible, a ese cabrón con acento italiano, que después de tirarse una mandarina tras otra, gana el partido con un tiro imposible.

Que nos hizo soñar. Que convirtió a herejes en creyentes con el paso de los años.

La carrera de Kobe Bean Bryant está repleta de puntos oscuros, pero cuando esta noche termine el partido en el Staples, solo habrá luz. En el Olimpo del baloncesto está prohibida la oscuridad.