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Reflejos

La NBA, esa asociación comunista

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Comunismo

1- Doctrina que establece una organización social en que los bienes son propiedad colectiva.

2- Movimiento y sistemas políticos, desarrollados desde el siglo XIX, basados en la lucha de clases y en la supresión de la propiedad privada de los medios de producción.

Real Academia Española- 23ª edición

“Marge, estoy de acuerdo contigo en teoría. Y en teoría funciona hasta el comunismo. En teoría”.

Los Simpsons – Temporada 5, capítulo 98: “Bart gana un elefante”.

 

La NBA funciona. Tanto en teoría como de facto. Máquina de hacer dinero, productora de sueños, creadora de ilusiones, generadora de leyendas. Y es la liga de baloncesto del país más poderoso –y más capitalista- del mundo. Pero siempre ha buscado regir su competición por medio de un sistema lo más equitativo y justo posible dentro del contexto del deporte profesional, procurando que el papel de macho alfa no sea interpretado por los mismos actores años tras año y dando facilidades al endeble de la clase de crecer y ofrecerse como una alternativa de poder en caso de usar bien las herramientas provistas.

Difícil de no ser así que un equipo que ganó 23 partidos de 82 totales y quedó fuera de playoffs en la temporada 2011/12, haya sido tres años después el campeón de la NBA con 67 victorias en liga regular, despliegue el baloncesto más atractivo del planeta y haya superado el que parecía por siempre inalcanzable récord de victorias en temporada regular de los Chicago Bulls de Michael Jordan y compañía en la temporada 1995/96, un ya y por siempre histórico 73-9. Pese a ya sabemos qué.

¿Se imaginan ustedes al Real Madrid del  repóker, dentro de cinco años, luchando a duras penas por entrar en los playoffs de la Liga Endesa ACB? ¿O al Obradoiro, por ejemplo, metiendo más de cien puntos por partido y siendo el modelo a imitar por el resto? ¿Verdad que no? Tal vez sea porque, a diferencia de en la NBA, aquí el negocio favorece, más que a nadie, al más grande. Y lo que gana es todo para él. Porque así está montado, así nos conviene y así quiere el mass media que sea.

Pero en la mejor competición del planeta existe un límite salarial para los equipos. Y un sistema de elección de novatos, el Draft, que da preferencia a los que menos partidos ganaron la temporada anterior, con ese punto salsero de la lotería para las catorce peores marcas. Además, los derechos de televisión se pretenden repartir de una manera ecuánime aunque obviamente no generen la misma atención Warriors que Bucks.

Esto no es algo que haya surgido hoy, por tanto, ¿por qué hablamos ahora de Comunismo? Bueno, en cierto modo se podría decir que está de moda en España. Lleva escuchándose hablar de él más en los últimos dos años que en los anteriores veinte. También parece que el capitalismo deportivo está acentuando más que nunca el baloncesto patrio: los que han ascendido no pueden consumar en los despachos lo logrado en la pista y el último clasificado de la liga ACB, el GipuzkoaBasket, tiene que bajar a LEB. Pero no por sus resultados deportivos, sino porque la economía no le da. Lo dantesco de la situación es que, tras negarse en rotundo a rebajar sus exigencias de inclusión para los ascendidos, tuvo que pedir por favor a los vascos que se quedaran. No. Para evitar una liga de 17, hubo entonces que ir con la el rabo entre las piernas a intentarlo con Palencia. Otro no. Y como última opción, a Melilla. Más no.

Bajadas de pantalones que la ACB se ha visto obligada a hacer –aunque no hasta los tobillos, si acaso un poco la cadera- tras salir mal ese ridículo y oficioso acuerdo al que llegó con Ourense para posponer su ascenso deportivo un año al no cumplir en su momento los desorbitados requisitos que tantos ascensos están tirando por tierra en los últimos años. Ascensos que llevan consigo el trabajo, esfuerzo e ilusión de equipos, aficiones y ciudades.

Una situación no tanto similar como convenida para poner de manifiesto la diferencia entre un universo baloncestístico y otro, es la de los Hornets (los hoy Pelicans, no los ayer Bobcats) en la NBA. La franquicia del abejorro, tras quedarse sin propietario a mediados de 2011, fue asumida en gerencia y hasta encontrar nuevo comprador por la propia NBA, quien inyectó económicamente en una justa medida y se encargó de vilipendiar gestiones deportivas que pudieran haber mandado al traste su atractivo como franquicia a la venta, como el famoso traspaso vetado que habría mandado a Chris Paul a los Lakers y hubiese dado con los huesos de Pau Gasol en los Rockets. Una administración regentada de manera temporal por la NBA hasta que en abril de 2012 fue vendida a Tom Benson por 338 millones de dólares.

Una organización privada que provee por sus asociados al tiempo que respeta al deporte y a sus aficionados.

 

Puedes ser hasta aquí de rico

La NBA tiene diversas formas de regular las ganancias de sus jugadores dentro de su convenio colectivo, el famoso CBA del que tanto se oye hablar en los impopulares cierres patronales o lockouts: dependiendo de sus años de experiencia en la liga un jugador puede ganar más o menos dinero, como también existen un salario mínimo y un tope salarial que los equipos no deben superar o que, si superan, les toca pagar por ello.

Medidas enfocadas, básicamente, a evitar despilfarros en sueldos que hagan explotar la burbuja, al tiempo garantizar un cierto estatus para sus jugadores de nivel más raso, que suelen cobrar, en la mayoría de los casos, más que si cruzasen el charco a ser jugadores de nivel medio-alto. Así, se puede llegar a hacer consecuente un mejor reparto de los mejores jugadores de la competición en distintos equipos, ya que resulta más difícil –y caro en cantidades extra salariales- juntar a una pléyade de estrellas en un mismo equipo como puede ser más habitual en Europa. A no ser que los propios jugadores prefieran cobrar por debajo de sus posibilidades con la intención de formar un equipo de estrellas aspirante a todo, o de unirse como jugador de rol a uno de esos contenders.

Uno de los que se rebajaron hasta ese nivel para probar la experiencia NBA, y no precisamente en un candidato al anillo, fue nuestro español Juan Carlos Navarro, que en la temporada 2007/08 fue uno de los siete jugadores peor pagados de la asociación, percibiendo 538.090 dólares por parte de los Grizzlies antes de volver al Barcelona para cobrar más de un millón de euros.

Además, cuentan con diversas cláusulas en sus contratos que permiten que, en caso de que el jugador sea cortado por la franquicia que le ficha, cobre una parte garantizada del contrato que previamente firmó, ya que el trabajador quedaría despedido en un momento delicado de la temporada para encontrar nuevo acomodo.

Pero encontramos regulaciones también en el caso opuesto, el éxito. Si bien los rookies tienen limitaciones salariales durante cuatro temporadas, éstos podrán aspirar a más o menos dinero según la posición del Draft en que salieron elegidos. Según el convenio vigente, para la temporada 2016/17, Ben Simmons, último número 1, cobrará 4.919.300 dólares. Cifra que va descendiendo conforme bajamos posiciones en el Draft pero que se queda en casi un millón de dólares para el trigésimo escogido, última elección de primera ronda. Este primer salario, además, va creciendo exponencialmente en las siguientes temporadas hasta poder estimular un crecimiento de un mínimo del 26’1% hasta un máximo del 80’5%. Eso sí, ese aumento sería del mínimo para Ben Simmons y del máximo para Damian Jones –número 30 del Draft 2016-. Recuerden, no está reñido el premio al mérito con la equidad.

Claro que todos los contratos tienen sus cláusulas, y entre los principales picks de cada Draft se vienen incluyendo de manera habitual cada año bonificaciones en base a aquello que el jugador vaya consiguiendo y el valor de mercado que vaya obteniendo. Así, y desde que Derrick Rose se convirtiese en el MVP más joven de la historia de la NBA con 23 años en su tercera temporada, los contratos que firman las promesas de hoy día encuentran subidas como premio a haber sido MVP, jugar el All-Star, formar parte de los quintetos ideales de la temporada o cualquier otra distinción digna de ser pagada. En estos casos, estas bonificaciones que el equipo puede pagar a su jugador no contarían como parte del montante que pretendiese esquivar, o al menos sobrepasar mínimamente el límite salarial y tener que pagar el impuesto de lujo. Una de tantas excepciones con que cuenta el CBA.

Adam Silver.

Foto: NBA

En el caso de los límites salariales, este fluctúa cada año hasta una nueva cifra. Y quien dice que fluctúa, dice que sólo sube, dependiendo básicamente de los ingresos de la liga, que dirimirán cuál es la cifra adecuada en que fijar ese tope. Así, y tras el nuevo mega contrato televisivo, el límite salarial ha pasado de ser algo mayor a los 70 millones de dólares en la temporada 2008/09, a sobrepasar los 94 millones para temporada 2016/17 que se nos viene, y con previsiones de alcanzar los 107 en la siguiente. Así, Mike Conley estrenará este otoño un contrato que le reporte 153 millones de dólares en cinco temporadas, convirtiéndose en el jugador de baloncesto mejor pagado de la Historia. Mike Conley, sí.

Este límite salarial, a pesar de ser límite, puede sobrepasarse cuanto se desee, aunque con una consecuencia llamada impuesto de lujo, que básicamente consistía, hasta el lockout de 2011, en que el equipo que sobrepasase el límite establecido en la temporada debería pagar a la NBA un dólar por cada uno de ellos en que esté por encima. Así, los Knicks de la 2005/06, que tenían al –inserte su adjetivo aquí- Isiah Thomas por general manager, tuvieron que desembolsar 124 millones de dólares en salarios, el doble del límite de 61’7 millones que había por entonces.

Para evitar casos tan infames, con el nuevo CBA se obliga al despilfarrador a pagar un dólar y medio por cada dólar extra en los primeros cinco millones y hasta 4’75 por cada uno al superar los veinte millones de dólares.

Pero ojo, también será obligatorio gastar un mínimo en salarios de los jugadores: concretamente 84.729.000 dólares, quedando sólo un 10% entre mínimo y multa.

Y es que la NBA es lista. Pone la regla a la vez que la trampa, y es que ese dinero que recauda por estos impuestos de lujo lo invierte, mediante un sistema de fideicomiso, en lo que resulte más conveniente para la asociación y sus socios, que suele ser un reparto equitativo de este montante entre los equipos que se mantengan dentro del tope.

Límites salariales por arriba y reparto equitativo de las recaudaciones. ¡Díganme si esto no es comunismo!

 

Reparto de la riqueza desde su mismo germen

Los ingresos de la NBA por televisión y publicidad están siendo más que gigantes. Recientemente se aprobó la inclusión de logotipos de publicidad en las camisetas a partir de la temporada 2017/18, ubicados en la parte inferior del tirante izquierdo, donde hace dos temporadas lucía el logo de la NBA –ahora en la espalda sobre el nombre del jugador- y con unas dimensiones de 6’35×6’35 centímetros, como así también aparecerá el logo de Nike, nueva marca oficial de la NBA en sustitución de Adidas a partir de mencionada campaña.

Y claro, no van a recibir mismo número de candidatos ni cantidad similar ofrecida los Warriors que los Bucks, volviendo a la comparación de ejemplo anterior. Para luchar contra este desequilibrio tan acusado a este lado del Atlántico –queda bonito ver a un equipo que no logra patrocinador principal dejar el hueco de la camiseta vacío toda una temporada, ¿o no?-, la NBA estipulará que el 50% del ingreso acordado a cambio del espacio en la camiseta que acuerden las franquicias con las empresas –independiente de la NBA- será propio de la franquicia, y que la otra mitad irá destinada a un fondo común que será repartido de manera equitativa entre todas las franquicias. Unos ingresos que están previstos en las tres cifras por tres temporadas pero que no permitirán a una marca aparecer en la misma camiseta más de tres temporadas.

Nuevamente, una distribución igualitaria de la riqueza desde su misma creación.

Queda claro por tanto el compromiso de la NBA para con los integrantes de su organización, salvaguardando la salud de sus economías en un complejo sistema financiero basado en la percepción de ingresos a repartir comunitariamente, favoreciendo así las oportunidades de crecimiento y competitividad deportiva final entre los miembros. Reparto de riqueza e igualdad de oportunidades.

¡Pero qué comunista eres, NBA!

 

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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SKYHOOK #17

Skyhook #17 | Objetivo Canadá

El éxito de los Raptors es también el éxito del baloncesto. Repasamos como un país que miraba con extrañeza al deporte de las canastas hace un par de décadas, ha conseguido un éxito histórico.

A la venta en papel y digital

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