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Reflejos

Starbury: la trilogía inacabada

juanluis_num7@hotmail.com'

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Episodio I: aullidos lejanos

La sociedad que formaron hace algunas campañas Kevin Love y Ricky Rubio generó entre los fans de Minneapolis esperanzas que a la postre quedarían en una decepción más. Equipo joven, vistoso, presente semana tras semana entre los highlights de la competición… imposible no echar la vista atrás para recordar otro impactante proyecto de los Timberwolves a finales del S XX, construido también en torno a un point guard y a un power forward tan espectaculares o más que Rubio y Love.

Temporada 96/97. Con un bisoño Kevin Garnett a punto de comenzar su segunda campaña entre los profesionales tras su salto sin red desde el instituto, los Wolves dan la bienvenida al equipo a otro chico prometedor, llegado desde la Universidad de Georgia Tech vía draft (4ª posición). Explosivo y ambicioso tanto en su juego como en su faceta vital, Stephon Marbury iba a dar un giro radical a una franquicia con 7 penosos años de historia y un registro máximo de 29 victorias. El curso anterior (con Tom Gugliotta en el rol de máximo anotador) los lobos se habían quedado en 26 triunfos. Con la pareja Marbury-Garnett cimentando su entendimiento en la pista (además de una incipiente camaradería fuera de ella), el equipo aumentaría a 40 sus guarismos de partidos ganados. El sweep encajado en los playoffs ante Houston no era más que otro paso obligado dentro del proceso de aprendizaje.

Toda la liga señalaba ya hacia Minneapolis a la hora de hablar del futuro de la competición, y los Wolves no iban a defraudar a crítica y público. El curso 97/98 vería la eclosión de Garnett como jugador total (18.5 puntos, 9.6 rebotes, 4.2 asistencias, 1.7 robos de balón y 1.8 tapones en su tarjeta estadística), y su sociedad con el eléctrico e imaginativo Marbury (17.7 puntos y 8.6 pases de canasta por noche) disparó las ilusiones de los fans del Target Center, dejando de paso muecas varias de asombro por el resto de pabellones de la liga. 45 victorias, nueva aventura en los playoffs y gran actuación en 1ª ronda ante los poderosos Seattle Supersonics de Gary Payton, Bin Baker (en su pujante versión pre-alcoholismo) y Detlef Schrempf. Eliminación 3-2.

El futuro se hallaba en las manos de la joven camada de lobos, guiados por una revisión futurista de los inmortales Stockton y Malone (con asistencias barrocas y mates brutales por doquier). Pero la volcánica cabeza de Steph funcionaba ya a pleno rendimiento, fraguando otros planes…

En una decisión que marcaría el resto de su carrera deportiva, Marbury abandona Minnesota en busca de un equipo en el que ser capo absoluto, con contrato y estatus de primer espada. El movimiento sorprende y defrauda a toda la franquicia, sobre todo a su amigo Garnett que, alejado del arqueotipo de jugador egoísta y acaparador de juego, nunca llegaría a comprender la partida de su explosivo colega.

Con Starbury rumbo a New Jersey consumidos apenas 18 partidos de la temporada 98/99, el ilusionante proyecto saltaba por los aires y aquellos impactantes Wolves quedarían en una letanía, en un aullido lejano… Perdido en el tiempo y entre las hipótesis de lo que pudo ser.

Episodio II: desembarco en la Big Apple

Los sueños de Steph comenzaban a hacerse realidad: el hijo pródigo volvía a casa, para residir al lado de su Coney Island natal y jugar cerca de la Gran Manzana con galones de superestrella. El que aquellos New Jersey Nets fueran una banda con todas las letras era lo de menos: Marbury ansiaba el protagonismo absoluto por encima de todas las cosas.

En una plantilla muy justa de talento (con Van Horn, Kittles y Gill como compañeros más dotados, amén de un enorme agujero en el juego interior),
daría rienda suelta a su habilidad desde el puesto de base, aunando roles de director y ejecutor: 23.4 puntos y 8.7 asistencias en los 31 partidos de la campaña 98/99 y 22.2 con 8.4 pases letales en la 99/00, la primera completa en The Garden State. Brillo individual (incursión en el tercer mejor quinteto del año 2000), nulo impacto colectivo: en esas dos temporadas los Nets no verían un récord aceptable ni de lejos, con las 31 victorias y 51 derrotas como tope. Los playoffs quedaban fuera del alcance, pero Marbury parecía feliz. Sentimiento no compartido por la franquicia…

El curso 2000/2001 vería nuevos prodigios con la firma de Stephon: los 50 puntos anotados ante los Lakers, su máximo histórico en lo que a media anotadora se refiere (23.9 por noche) y su primera nominación para el All Star Game (jugando un papel fundamental en la mítica remontada del Este frente al Oeste, en uno de los mejores partidos de la historia del fin de semana de las estrellas). Pero colectivamente los avances eran inexistentes, con los Nets de nuevo muy lejos de los POs. La regresión competitiva a unas pírricas 26 victorias empujó a la organización hacia la toma de decisiones drásticas.

Jason Kidd llegaba a Newark, con Marbury haciendo las maletas rumbo a Arizona.

Foto: NBAE

En la primera campaña de la era-Starbury los Suns quedarían fuera del gran baile de postemporada, pero los 36 triunfos y el desembarco de Amare Stoudamire en el verano de 2002 auguraban grandes cosas a corto plazo. Las 44 victorias del año siguiente devolverían a Steph de una tacada All Star, playoffs y una nueva nominación al tercer mejor quinteto de la liga. Volvían los días de vino y rosas para el mago neoyorquino y para sus Suns, que llegarían incluso a dar guerra a los todopoderosos San Antonio Spurs (camino de un nuevo anillo) en la eliminatoria de primera ronda. Para el recuerdo quedaría el tremendo triple sobre la bocina con el que Steph regalaba la victoria a los de Arizona en el primer partido, con Duncan, Popovich y todo El Álamo pellizcándose ante lo que acababa de suceder.

El proyecto de Phoenix se presentaba atractivo a más no poder: Marbury había encontrado un gran socio de fechorías en STAT, joven power-forward llegado directamente desde el instituto. Todo exhuberancia física, el chaval había sido premiado con el galardón de mejor novato del año y parecía el partenaire perfecto para actualizar aquel combo que nuestro protagonista formara en su día con Kevin Garnett en Minnesota. Además, compartían vestuario con Shawn Marion, Joe Johnson o Leandro Barbosa: talento y juventud a raudales. Pero otra vez su carácter volcánico, caprichoso y poco reflexivo iba a jugarle una mala pasada a Stephon. La opción de jugar en los New York Knicks (sueño desde la cuna de cualquier jugón formado en las calles de la capital del mundo) tomaba forma, y el point guard de Brooklyn no iba a dejar pasar ese tren.

De nuevo proyecto sin acabar en Phoenix, priorizando la poderosa atracción del hogar. Poniéndonos en antecedentes, aquellos Knicks navegaban por aguas turbulentas desde la salida de Ewing y Sprewell, acumulando dos campañas consecutivas sin pisar los playoffs. Isiah Thomas, leyenda de los Detroit Pistons, planificaba un profundo lavado de cara para la mítica franquicia desde su cargo de presidente de operaciones, y el hijo pródigo era la piedra angular del proyecto.

Apoyado en un crepuscular Allan Houston, en su ex-compañero de los Nets Keith Van Horn, y en la pareja Tim-Kurt Thomas, Marbury lograría reconducir la situación y acaudillar al equipo ‘in extremis’ hasta la octava plaza del este. Los 19.8 puntos y 9.3 asistencias en aquellos 47 primeros partidos como Knickerbocker elevaron a nuestro protagonista al estatus de mesías del Madison. Pero aquella tropa, dirigida en la segunda parte del curso por el veterano Lenny Wilkens, cargaba con la inestabilidad por bandera (roster plagado de viejas glorias: Vin Baker, Penny Hardaway, Dikembe Mutombo…) y saldría por la puerta de atrás en la primera ronda de las series por el anillo, incapaces de competir ante los New Jersey Nets de Jason Kidd. Humillante sweep y vacaciones antes de tiempo.

Starbury había hecho realidad sus sueños y era un Knickerbocker de pleno derecho. Pero el inicio de su peor pesadilla aguardaba a la vuelta de la esquina…

Foto: NBAE

Episodio III: catarsis

Marbury se había instalado definitivamente en su meca particular, y era la imagen de los Knicks. El equipo resultó barrido por los vecinos Nets, pero al menos había vuelto a las eliminatorias por el título tras 2 años de ausencia. Sin embargo, la vida iba a poner a prueba a Stephon, y su endeble voluntad no sería capaz de aguantar el envite.

La historia daba comienzo durante el verano de 2004 en Atenas, exótico destino para alguien tan poco viajado en aquellos tiempos. Steph formaba parte de la selección olímpica estadounidense, el mal llamado Dream Team desde la congregación de astros presente en Barcelona. La tropa rezumaba calidad por todos sus poros: Tim Duncan, Allen Iverson, Lebron James, Carmelo Anthony, Dwayne Wade, Amare Stoudemire, Carlos Boozer… importante mezcla de veteranía y juventud, con el venerable Larry Bown a los mandos. Suficiente para asegurar el oro en teoría, un desastre total en la práctica. El equipo cayó ya en dos ocasiones en su grupo previo, y la hecatombe acabó por consumarse con la derrota ante Argentina en semifinales, entre la desidia de casi todos los integrantes de la expedición y los conflictos permanentes del triángulo Iverson-Marbury-Brown. En la retina de los aficionados españoles quedaría para siempre la exhibición individual de Starbury ante nuestra selección en la ronda de cuartos: sus 31 puntos mandaron cruelmente a casa a un equipo invicto hasta esa fecha.

A la vuelta de la aventura olímpica daría comienzo la imparable caída de Marbury. Su rendimiento individual durante el curso 2004/2005 se mantuvo en unos estándares acordes a su talento (21.7 puntos, 8.1 asistencias y 1.5 robos de balón), pero el equipo volvería a las andadas, algo previsible analizando la debilidad estructural de su róster. Crawford, Tim Thomas, Maurice Taylor, Malik Rose, Sweetney… escasa solidez para competir durante un periodo de tiempo prolongado (82 partidos) con la salvedad de Kurt Thomas, un reloj en su aportación al colectivo. 33 victorias totales, fuera de los playoffs.

Y en el curso siguiente, el inicio de la catarsis. La franquicia se echaba en brazos de Larry Brown para meter en vereda una plantilla salvaje: titánica tarea que sobrepasó al técnico nacido también en el barrio de Brooklyn. Los problemas de entendimiento con Marbury (heredados de la convivencia en Atenas) fueron una constante durante el periplo de Larry en la Gran Manzana, y la vergonzosa campaña (23 victorias – 59 derrotas) terminó con el entrenador haciendo bueno su sobrenombre de Next-Town-Brown, esta vez forzosamente: despido fulminante, auspiciado desde la sombra por su propio playmaker.

La popularidad de Marbury se encontraba ya en un punto muy cercano al suelo, y la transición despacho-banquillo de Isiah Thomas acabaría por culminar la caída. Los primeros pasos del equipo con el ex-Bad Boy al timón no fueron del todo malos (con Steph asumiendo menos tiros), pero el rendimiento acabaría desplomándose en los últimos meses de competición, dejando el récord de la 06/07 en unas insuficientes 33 victorias. La hilaridad pasó a presidir el día a día de los Knickerbockers, con Thomas fuera de control y Marbury envuelto en un presunto intento de chantaje a su técnico en pleno vuelo, con el objetivo de recuperar la titularidad perdida. Deterioro diario de las relaciones entre la estrella y el tipo que le fichó en su día, afición harta de ambos y de toda su escuadra en general: desenlace evidente.

Thomas sería despedido en Abril de 2008, tras perpetrar desde la oficina y a pie de pista una de las etapas más negras de la historia de la franquicia neoyorquina. Marbury emigraría de mutuo acuerdo con el club en febrero de 2009, tras ser relegado a la suplencia por Chris Duhon (ver para creer) y posteriormente apartado del equipo por Mike D´Antoni. Starbury se apagaba, eclipsado por su egocentrismo y falta de profesionalidad.

La trayectoria NBA de Stephon se cerraría con 23 partidos de liga regular y 14 de playoffs formando parte de los Boston Celtics, en un intento final por enrolarse en un candidato al anillo. Los Orgullosos Verdes llegaron a ofrecer un contrato por el mínimo al jugador de cara al curso 2009/2010, pero Marbury desecharía el ofrecimiento siguiendo los consejos de su inmenso ego. El nativo de Coney Island no estaba hecho para asumir un papel secundario, y las puertas de la liga estadounidense se cerraban definitivamente para él.

Después de tocar fondo con una serie de esperpénticos vídeos que a punto estuvieron de destruir su famélica reputación, Starbury empacó las pertenencias para acometer una última aventura en la emergente CBA China, mercado ideal para promocionar su firma de zapatillas y divertirse a la vez con la única actividad capaz de llenar una ciclotímica existencia: ser protagonista en una cancha de baloncesto.

El mesías de la capital de mundo buscando la felicidad en el gigante asiático, caprichoso e inesperado final de nuestra trilogía inacabada.

Foto: GQ

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Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

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Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

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Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Getty Images

El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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