Episodio I: aullidos lejanos

La sociedad que formaron hace algunas campañas Kevin Love y Ricky Rubio generó entre los fans de Minneapolis esperanzas que a la postre quedarían en una decepción más. Equipo joven, vistoso, presente semana tras semana entre los highlights de la competición… imposible no echar la vista atrás para recordar otro impactante proyecto de los Timberwolves a finales del S XX, construido también en torno a un point guard y a un power forward tan espectaculares o más que Rubio y Love.

Temporada 96/97. Con un bisoño Kevin Garnett a punto de comenzar su segunda campaña entre los profesionales tras su salto sin red desde el instituto, los Wolves dan la bienvenida al equipo a otro chico prometedor, llegado desde la Universidad de Georgia Tech vía draft (4ª posición). Explosivo y ambicioso tanto en su juego como en su faceta vital, Stephon Marbury iba a dar un giro radical a una franquicia con 7 penosos años de historia y un registro máximo de 29 victorias. El curso anterior (con Tom Gugliotta en el rol de máximo anotador) los lobos se habían quedado en 26 triunfos. Con la pareja Marbury-Garnett cimentando su entendimiento en la pista (además de una incipiente camaradería fuera de ella), el equipo aumentaría a 40 sus guarismos de partidos ganados. El sweep encajado en los playoffs ante Houston no era más que otro paso obligado dentro del proceso de aprendizaje.

Toda la liga señalaba ya hacia Minneapolis a la hora de hablar del futuro de la competición, y los Wolves no iban a defraudar a crítica y público. El curso 97/98 vería la eclosión de Garnett como jugador total (18.5 puntos, 9.6 rebotes, 4.2 asistencias, 1.7 robos de balón y 1.8 tapones en su tarjeta estadística), y su sociedad con el eléctrico e imaginativo Marbury (17.7 puntos y 8.6 pases de canasta por noche) disparó las ilusiones de los fans del Target Center, dejando de paso muecas varias de asombro por el resto de pabellones de la liga. 45 victorias, nueva aventura en los playoffs y gran actuación en 1ª ronda ante los poderosos Seattle Supersonics de Gary Payton, Bin Baker (en su pujante versión pre-alcoholismo) y Detlef Schrempf. Eliminación 3-2.

El futuro se hallaba en las manos de la joven camada de lobos, guiados por una revisión futurista de los inmortales Stockton y Malone (con asistencias barrocas y mates brutales por doquier). Pero la volcánica cabeza de Steph funcionaba ya a pleno rendimiento, fraguando otros planes…

En una decisión que marcaría el resto de su carrera deportiva, Marbury abandona Minnesota en busca de un equipo en el que ser capo absoluto, con contrato y estatus de primer espada. El movimiento sorprende y defrauda a toda la franquicia, sobre todo a su amigo Garnett que, alejado del arqueotipo de jugador egoísta y acaparador de juego, nunca llegaría a comprender la partida de su explosivo colega.

Con Starbury rumbo a New Jersey consumidos apenas 18 partidos de la temporada 98/99, el ilusionante proyecto saltaba por los aires y aquellos impactantes Wolves quedarían en una letanía, en un aullido lejano… Perdido en el tiempo y entre las hipótesis de lo que pudo ser.

Episodio II: desembarco en la Big Apple

Los sueños de Steph comenzaban a hacerse realidad: el hijo pródigo volvía a casa, para residir al lado de su Coney Island natal y jugar cerca de la Gran Manzana con galones de superestrella. El que aquellos New Jersey Nets fueran una banda con todas las letras era lo de menos: Marbury ansiaba el protagonismo absoluto por encima de todas las cosas.

En una plantilla muy justa de talento (con Van Horn, Kittles y Gill como compañeros más dotados, amén de un enorme agujero en el juego interior),
daría rienda suelta a su habilidad desde el puesto de base, aunando roles de director y ejecutor: 23.4 puntos y 8.7 asistencias en los 31 partidos de la campaña 98/99 y 22.2 con 8.4 pases letales en la 99/00, la primera completa en The Garden State. Brillo individual (incursión en el tercer mejor quinteto del año 2000), nulo impacto colectivo: en esas dos temporadas los Nets no verían un récord aceptable ni de lejos, con las 31 victorias y 51 derrotas como tope. Los playoffs quedaban fuera del alcance, pero Marbury parecía feliz. Sentimiento no compartido por la franquicia…

El curso 2000/2001 vería nuevos prodigios con la firma de Stephon: los 50 puntos anotados ante los Lakers, su máximo histórico en lo que a media anotadora se refiere (23.9 por noche) y su primera nominación para el All Star Game (jugando un papel fundamental en la mítica remontada del Este frente al Oeste, en uno de los mejores partidos de la historia del fin de semana de las estrellas). Pero colectivamente los avances eran inexistentes, con los Nets de nuevo muy lejos de los POs. La regresión competitiva a unas pírricas 26 victorias empujó a la organización hacia la toma de decisiones drásticas.

Jason Kidd llegaba a Newark, con Marbury haciendo las maletas rumbo a Arizona.

Foto: NBAE

En la primera campaña de la era-Starbury los Suns quedarían fuera del gran baile de postemporada, pero los 36 triunfos y el desembarco de Amare Stoudamire en el verano de 2002 auguraban grandes cosas a corto plazo. Las 44 victorias del año siguiente devolverían a Steph de una tacada All Star, playoffs y una nueva nominación al tercer mejor quinteto de la liga. Volvían los días de vino y rosas para el mago neoyorquino y para sus Suns, que llegarían incluso a dar guerra a los todopoderosos San Antonio Spurs (camino de un nuevo anillo) en la eliminatoria de primera ronda. Para el recuerdo quedaría el tremendo triple sobre la bocina con el que Steph regalaba la victoria a los de Arizona en el primer partido, con Duncan, Popovich y todo El Álamo pellizcándose ante lo que acababa de suceder.

El proyecto de Phoenix se presentaba atractivo a más no poder: Marbury había encontrado un gran socio de fechorías en STAT, joven power-forward llegado directamente desde el instituto. Todo exhuberancia física, el chaval había sido premiado con el galardón de mejor novato del año y parecía el partenaire perfecto para actualizar aquel combo que nuestro protagonista formara en su día con Kevin Garnett en Minnesota. Además, compartían vestuario con Shawn Marion, Joe Johnson o Leandro Barbosa: talento y juventud a raudales. Pero otra vez su carácter volcánico, caprichoso y poco reflexivo iba a jugarle una mala pasada a Stephon. La opción de jugar en los New York Knicks (sueño desde la cuna de cualquier jugón formado en las calles de la capital del mundo) tomaba forma, y el point guard de Brooklyn no iba a dejar pasar ese tren.

De nuevo proyecto sin acabar en Phoenix, priorizando la poderosa atracción del hogar. Poniéndonos en antecedentes, aquellos Knicks navegaban por aguas turbulentas desde la salida de Ewing y Sprewell, acumulando dos campañas consecutivas sin pisar los playoffs. Isiah Thomas, leyenda de los Detroit Pistons, planificaba un profundo lavado de cara para la mítica franquicia desde su cargo de presidente de operaciones, y el hijo pródigo era la piedra angular del proyecto.

Apoyado en un crepuscular Allan Houston, en su ex-compañero de los Nets Keith Van Horn, y en la pareja Tim-Kurt Thomas, Marbury lograría reconducir la situación y acaudillar al equipo ‘in extremis’ hasta la octava plaza del este. Los 19.8 puntos y 9.3 asistencias en aquellos 47 primeros partidos como Knickerbocker elevaron a nuestro protagonista al estatus de mesías del Madison. Pero aquella tropa, dirigida en la segunda parte del curso por el veterano Lenny Wilkens, cargaba con la inestabilidad por bandera (roster plagado de viejas glorias: Vin Baker, Penny Hardaway, Dikembe Mutombo…) y saldría por la puerta de atrás en la primera ronda de las series por el anillo, incapaces de competir ante los New Jersey Nets de Jason Kidd. Humillante sweep y vacaciones antes de tiempo.

Starbury había hecho realidad sus sueños y era un Knickerbocker de pleno derecho. Pero el inicio de su peor pesadilla aguardaba a la vuelta de la esquina…

Foto: NBAE

Episodio III: catarsis

Marbury se había instalado definitivamente en su meca particular, y era la imagen de los Knicks. El equipo resultó barrido por los vecinos Nets, pero al menos había vuelto a las eliminatorias por el título tras 2 años de ausencia. Sin embargo, la vida iba a poner a prueba a Stephon, y su endeble voluntad no sería capaz de aguantar el envite.

La historia daba comienzo durante el verano de 2004 en Atenas, exótico destino para alguien tan poco viajado en aquellos tiempos. Steph formaba parte de la selección olímpica estadounidense, el mal llamado Dream Team desde la congregación de astros presente en Barcelona. La tropa rezumaba calidad por todos sus poros: Tim Duncan, Allen Iverson, Lebron James, Carmelo Anthony, Dwayne Wade, Amare Stoudemire, Carlos Boozer… importante mezcla de veteranía y juventud, con el venerable Larry Bown a los mandos. Suficiente para asegurar el oro en teoría, un desastre total en la práctica. El equipo cayó ya en dos ocasiones en su grupo previo, y la hecatombe acabó por consumarse con la derrota ante Argentina en semifinales, entre la desidia de casi todos los integrantes de la expedición y los conflictos permanentes del triángulo Iverson-Marbury-Brown. En la retina de los aficionados españoles quedaría para siempre la exhibición individual de Starbury ante nuestra selección en la ronda de cuartos: sus 31 puntos mandaron cruelmente a casa a un equipo invicto hasta esa fecha.

A la vuelta de la aventura olímpica daría comienzo la imparable caída de Marbury. Su rendimiento individual durante el curso 2004/2005 se mantuvo en unos estándares acordes a su talento (21.7 puntos, 8.1 asistencias y 1.5 robos de balón), pero el equipo volvería a las andadas, algo previsible analizando la debilidad estructural de su róster. Crawford, Tim Thomas, Maurice Taylor, Malik Rose, Sweetney… escasa solidez para competir durante un periodo de tiempo prolongado (82 partidos) con la salvedad de Kurt Thomas, un reloj en su aportación al colectivo. 33 victorias totales, fuera de los playoffs.

Y en el curso siguiente, el inicio de la catarsis. La franquicia se echaba en brazos de Larry Brown para meter en vereda una plantilla salvaje: titánica tarea que sobrepasó al técnico nacido también en el barrio de Brooklyn. Los problemas de entendimiento con Marbury (heredados de la convivencia en Atenas) fueron una constante durante el periplo de Larry en la Gran Manzana, y la vergonzosa campaña (23 victorias – 59 derrotas) terminó con el entrenador haciendo bueno su sobrenombre de Next-Town-Brown, esta vez forzosamente: despido fulminante, auspiciado desde la sombra por su propio playmaker.

La popularidad de Marbury se encontraba ya en un punto muy cercano al suelo, y la transición despacho-banquillo de Isiah Thomas acabaría por culminar la caída. Los primeros pasos del equipo con el ex-Bad Boy al timón no fueron del todo malos (con Steph asumiendo menos tiros), pero el rendimiento acabaría desplomándose en los últimos meses de competición, dejando el récord de la 06/07 en unas insuficientes 33 victorias. La hilaridad pasó a presidir el día a día de los Knickerbockers, con Thomas fuera de control y Marbury envuelto en un presunto intento de chantaje a su técnico en pleno vuelo, con el objetivo de recuperar la titularidad perdida. Deterioro diario de las relaciones entre la estrella y el tipo que le fichó en su día, afición harta de ambos y de toda su escuadra en general: desenlace evidente.

Thomas sería despedido en Abril de 2008, tras perpetrar desde la oficina y a pie de pista una de las etapas más negras de la historia de la franquicia neoyorquina. Marbury emigraría de mutuo acuerdo con el club en febrero de 2009, tras ser relegado a la suplencia por Chris Duhon (ver para creer) y posteriormente apartado del equipo por Mike D´Antoni. Starbury se apagaba, eclipsado por su egocentrismo y falta de profesionalidad.

La trayectoria NBA de Stephon se cerraría con 23 partidos de liga regular y 14 de playoffs formando parte de los Boston Celtics, en un intento final por enrolarse en un candidato al anillo. Los Orgullosos Verdes llegaron a ofrecer un contrato por el mínimo al jugador de cara al curso 2009/2010, pero Marbury desecharía el ofrecimiento siguiendo los consejos de su inmenso ego. El nativo de Coney Island no estaba hecho para asumir un papel secundario, y las puertas de la liga estadounidense se cerraban definitivamente para él.

Después de tocar fondo con una serie de esperpénticos vídeos que a punto estuvieron de destruir su famélica reputación, Starbury empacó las pertenencias para acometer una última aventura en la emergente CBA China, mercado ideal para promocionar su firma de zapatillas y divertirse a la vez con la única actividad capaz de llenar una ciclotímica existencia: ser protagonista en una cancha de baloncesto.

El mesías de la capital de mundo buscando la felicidad en el gigante asiático, caprichoso e inesperado final de nuestra trilogía inacabada.

Foto: GQ