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Reflejos

Starbury: la trilogía inacabada

juanluis_num7@hotmail.com'

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Episodio I: aullidos lejanos

La sociedad que formaron hace algunas campañas Kevin Love y Ricky Rubio generó entre los fans de Minneapolis esperanzas que a la postre quedarían en una decepción más. Equipo joven, vistoso, presente semana tras semana entre los highlights de la competición… imposible no echar la vista atrás para recordar otro impactante proyecto de los Timberwolves a finales del S XX, construido también en torno a un point guard y a un power forward tan espectaculares o más que Rubio y Love.

Temporada 96/97. Con un bisoño Kevin Garnett a punto de comenzar su segunda campaña entre los profesionales tras su salto sin red desde el instituto, los Wolves dan la bienvenida al equipo a otro chico prometedor, llegado desde la Universidad de Georgia Tech vía draft (4ª posición). Explosivo y ambicioso tanto en su juego como en su faceta vital, Stephon Marbury iba a dar un giro radical a una franquicia con 7 penosos años de historia y un registro máximo de 29 victorias. El curso anterior (con Tom Gugliotta en el rol de máximo anotador) los lobos se habían quedado en 26 triunfos. Con la pareja Marbury-Garnett cimentando su entendimiento en la pista (además de una incipiente camaradería fuera de ella), el equipo aumentaría a 40 sus guarismos de partidos ganados. El sweep encajado en los playoffs ante Houston no era más que otro paso obligado dentro del proceso de aprendizaje.

Toda la liga señalaba ya hacia Minneapolis a la hora de hablar del futuro de la competición, y los Wolves no iban a defraudar a crítica y público. El curso 97/98 vería la eclosión de Garnett como jugador total (18.5 puntos, 9.6 rebotes, 4.2 asistencias, 1.7 robos de balón y 1.8 tapones en su tarjeta estadística), y su sociedad con el eléctrico e imaginativo Marbury (17.7 puntos y 8.6 pases de canasta por noche) disparó las ilusiones de los fans del Target Center, dejando de paso muecas varias de asombro por el resto de pabellones de la liga. 45 victorias, nueva aventura en los playoffs y gran actuación en 1ª ronda ante los poderosos Seattle Supersonics de Gary Payton, Bin Baker (en su pujante versión pre-alcoholismo) y Detlef Schrempf. Eliminación 3-2.

El futuro se hallaba en las manos de la joven camada de lobos, guiados por una revisión futurista de los inmortales Stockton y Malone (con asistencias barrocas y mates brutales por doquier). Pero la volcánica cabeza de Steph funcionaba ya a pleno rendimiento, fraguando otros planes…

En una decisión que marcaría el resto de su carrera deportiva, Marbury abandona Minnesota en busca de un equipo en el que ser capo absoluto, con contrato y estatus de primer espada. El movimiento sorprende y defrauda a toda la franquicia, sobre todo a su amigo Garnett que, alejado del arqueotipo de jugador egoísta y acaparador de juego, nunca llegaría a comprender la partida de su explosivo colega.

Con Starbury rumbo a New Jersey consumidos apenas 18 partidos de la temporada 98/99, el ilusionante proyecto saltaba por los aires y aquellos impactantes Wolves quedarían en una letanía, en un aullido lejano… Perdido en el tiempo y entre las hipótesis de lo que pudo ser.

Episodio II: desembarco en la Big Apple

Los sueños de Steph comenzaban a hacerse realidad: el hijo pródigo volvía a casa, para residir al lado de su Coney Island natal y jugar cerca de la Gran Manzana con galones de superestrella. El que aquellos New Jersey Nets fueran una banda con todas las letras era lo de menos: Marbury ansiaba el protagonismo absoluto por encima de todas las cosas.

En una plantilla muy justa de talento (con Van Horn, Kittles y Gill como compañeros más dotados, amén de un enorme agujero en el juego interior),
daría rienda suelta a su habilidad desde el puesto de base, aunando roles de director y ejecutor: 23.4 puntos y 8.7 asistencias en los 31 partidos de la campaña 98/99 y 22.2 con 8.4 pases letales en la 99/00, la primera completa en The Garden State. Brillo individual (incursión en el tercer mejor quinteto del año 2000), nulo impacto colectivo: en esas dos temporadas los Nets no verían un récord aceptable ni de lejos, con las 31 victorias y 51 derrotas como tope. Los playoffs quedaban fuera del alcance, pero Marbury parecía feliz. Sentimiento no compartido por la franquicia…

El curso 2000/2001 vería nuevos prodigios con la firma de Stephon: los 50 puntos anotados ante los Lakers, su máximo histórico en lo que a media anotadora se refiere (23.9 por noche) y su primera nominación para el All Star Game (jugando un papel fundamental en la mítica remontada del Este frente al Oeste, en uno de los mejores partidos de la historia del fin de semana de las estrellas). Pero colectivamente los avances eran inexistentes, con los Nets de nuevo muy lejos de los POs. La regresión competitiva a unas pírricas 26 victorias empujó a la organización hacia la toma de decisiones drásticas.

Jason Kidd llegaba a Newark, con Marbury haciendo las maletas rumbo a Arizona.

Foto: NBAE

En la primera campaña de la era-Starbury los Suns quedarían fuera del gran baile de postemporada, pero los 36 triunfos y el desembarco de Amare Stoudamire en el verano de 2002 auguraban grandes cosas a corto plazo. Las 44 victorias del año siguiente devolverían a Steph de una tacada All Star, playoffs y una nueva nominación al tercer mejor quinteto de la liga. Volvían los días de vino y rosas para el mago neoyorquino y para sus Suns, que llegarían incluso a dar guerra a los todopoderosos San Antonio Spurs (camino de un nuevo anillo) en la eliminatoria de primera ronda. Para el recuerdo quedaría el tremendo triple sobre la bocina con el que Steph regalaba la victoria a los de Arizona en el primer partido, con Duncan, Popovich y todo El Álamo pellizcándose ante lo que acababa de suceder.

El proyecto de Phoenix se presentaba atractivo a más no poder: Marbury había encontrado un gran socio de fechorías en STAT, joven power-forward llegado directamente desde el instituto. Todo exhuberancia física, el chaval había sido premiado con el galardón de mejor novato del año y parecía el partenaire perfecto para actualizar aquel combo que nuestro protagonista formara en su día con Kevin Garnett en Minnesota. Además, compartían vestuario con Shawn Marion, Joe Johnson o Leandro Barbosa: talento y juventud a raudales. Pero otra vez su carácter volcánico, caprichoso y poco reflexivo iba a jugarle una mala pasada a Stephon. La opción de jugar en los New York Knicks (sueño desde la cuna de cualquier jugón formado en las calles de la capital del mundo) tomaba forma, y el point guard de Brooklyn no iba a dejar pasar ese tren.

De nuevo proyecto sin acabar en Phoenix, priorizando la poderosa atracción del hogar. Poniéndonos en antecedentes, aquellos Knicks navegaban por aguas turbulentas desde la salida de Ewing y Sprewell, acumulando dos campañas consecutivas sin pisar los playoffs. Isiah Thomas, leyenda de los Detroit Pistons, planificaba un profundo lavado de cara para la mítica franquicia desde su cargo de presidente de operaciones, y el hijo pródigo era la piedra angular del proyecto.

Apoyado en un crepuscular Allan Houston, en su ex-compañero de los Nets Keith Van Horn, y en la pareja Tim-Kurt Thomas, Marbury lograría reconducir la situación y acaudillar al equipo ‘in extremis’ hasta la octava plaza del este. Los 19.8 puntos y 9.3 asistencias en aquellos 47 primeros partidos como Knickerbocker elevaron a nuestro protagonista al estatus de mesías del Madison. Pero aquella tropa, dirigida en la segunda parte del curso por el veterano Lenny Wilkens, cargaba con la inestabilidad por bandera (roster plagado de viejas glorias: Vin Baker, Penny Hardaway, Dikembe Mutombo…) y saldría por la puerta de atrás en la primera ronda de las series por el anillo, incapaces de competir ante los New Jersey Nets de Jason Kidd. Humillante sweep y vacaciones antes de tiempo.

Starbury había hecho realidad sus sueños y era un Knickerbocker de pleno derecho. Pero el inicio de su peor pesadilla aguardaba a la vuelta de la esquina…

Foto: NBAE

Episodio III: catarsis

Marbury se había instalado definitivamente en su meca particular, y era la imagen de los Knicks. El equipo resultó barrido por los vecinos Nets, pero al menos había vuelto a las eliminatorias por el título tras 2 años de ausencia. Sin embargo, la vida iba a poner a prueba a Stephon, y su endeble voluntad no sería capaz de aguantar el envite.

La historia daba comienzo durante el verano de 2004 en Atenas, exótico destino para alguien tan poco viajado en aquellos tiempos. Steph formaba parte de la selección olímpica estadounidense, el mal llamado Dream Team desde la congregación de astros presente en Barcelona. La tropa rezumaba calidad por todos sus poros: Tim Duncan, Allen Iverson, Lebron James, Carmelo Anthony, Dwayne Wade, Amare Stoudemire, Carlos Boozer… importante mezcla de veteranía y juventud, con el venerable Larry Bown a los mandos. Suficiente para asegurar el oro en teoría, un desastre total en la práctica. El equipo cayó ya en dos ocasiones en su grupo previo, y la hecatombe acabó por consumarse con la derrota ante Argentina en semifinales, entre la desidia de casi todos los integrantes de la expedición y los conflictos permanentes del triángulo Iverson-Marbury-Brown. En la retina de los aficionados españoles quedaría para siempre la exhibición individual de Starbury ante nuestra selección en la ronda de cuartos: sus 31 puntos mandaron cruelmente a casa a un equipo invicto hasta esa fecha.

A la vuelta de la aventura olímpica daría comienzo la imparable caída de Marbury. Su rendimiento individual durante el curso 2004/2005 se mantuvo en unos estándares acordes a su talento (21.7 puntos, 8.1 asistencias y 1.5 robos de balón), pero el equipo volvería a las andadas, algo previsible analizando la debilidad estructural de su róster. Crawford, Tim Thomas, Maurice Taylor, Malik Rose, Sweetney… escasa solidez para competir durante un periodo de tiempo prolongado (82 partidos) con la salvedad de Kurt Thomas, un reloj en su aportación al colectivo. 33 victorias totales, fuera de los playoffs.

Y en el curso siguiente, el inicio de la catarsis. La franquicia se echaba en brazos de Larry Brown para meter en vereda una plantilla salvaje: titánica tarea que sobrepasó al técnico nacido también en el barrio de Brooklyn. Los problemas de entendimiento con Marbury (heredados de la convivencia en Atenas) fueron una constante durante el periplo de Larry en la Gran Manzana, y la vergonzosa campaña (23 victorias – 59 derrotas) terminó con el entrenador haciendo bueno su sobrenombre de Next-Town-Brown, esta vez forzosamente: despido fulminante, auspiciado desde la sombra por su propio playmaker.

La popularidad de Marbury se encontraba ya en un punto muy cercano al suelo, y la transición despacho-banquillo de Isiah Thomas acabaría por culminar la caída. Los primeros pasos del equipo con el ex-Bad Boy al timón no fueron del todo malos (con Steph asumiendo menos tiros), pero el rendimiento acabaría desplomándose en los últimos meses de competición, dejando el récord de la 06/07 en unas insuficientes 33 victorias. La hilaridad pasó a presidir el día a día de los Knickerbockers, con Thomas fuera de control y Marbury envuelto en un presunto intento de chantaje a su técnico en pleno vuelo, con el objetivo de recuperar la titularidad perdida. Deterioro diario de las relaciones entre la estrella y el tipo que le fichó en su día, afición harta de ambos y de toda su escuadra en general: desenlace evidente.

Thomas sería despedido en Abril de 2008, tras perpetrar desde la oficina y a pie de pista una de las etapas más negras de la historia de la franquicia neoyorquina. Marbury emigraría de mutuo acuerdo con el club en febrero de 2009, tras ser relegado a la suplencia por Chris Duhon (ver para creer) y posteriormente apartado del equipo por Mike D´Antoni. Starbury se apagaba, eclipsado por su egocentrismo y falta de profesionalidad.

La trayectoria NBA de Stephon se cerraría con 23 partidos de liga regular y 14 de playoffs formando parte de los Boston Celtics, en un intento final por enrolarse en un candidato al anillo. Los Orgullosos Verdes llegaron a ofrecer un contrato por el mínimo al jugador de cara al curso 2009/2010, pero Marbury desecharía el ofrecimiento siguiendo los consejos de su inmenso ego. El nativo de Coney Island no estaba hecho para asumir un papel secundario, y las puertas de la liga estadounidense se cerraban definitivamente para él.

Después de tocar fondo con una serie de esperpénticos vídeos que a punto estuvieron de destruir su famélica reputación, Starbury empacó las pertenencias para acometer una última aventura en la emergente CBA China, mercado ideal para promocionar su firma de zapatillas y divertirse a la vez con la única actividad capaz de llenar una ciclotímica existencia: ser protagonista en una cancha de baloncesto.

El mesías de la capital de mundo buscando la felicidad en el gigante asiático, caprichoso e inesperado final de nuestra trilogía inacabada.

Foto: GQ

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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