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Reflejos

El gigante que soñaba con volver a casa

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lew alcindor

A lo largo de cada temporada, cientos de jugadores cambian de un equipo a otro. De  todos estos movimientos fruto de ese inmenso zoco de carne, sólo un puñado de ellos posee la suficiente enjundia para determinar el destino de un equipo a lo largo de la temporada. Hay un grupo todavía más reducido que logra cambiar el rumbo de una franquicia durante años. Y aún menos que condicionen toda su historia. Pero muy pocos  tienen tal calado para alterar el futuro de la competición más importante de todos los tiempos. Y éste es uno de ellos.

La primavera de 1969 brillaba aquel año como nunca en California. Los Beach Boys daban forma a la banda sonora de los últimos estertores del apogeo de cultura hippie, y los Lakers parecían por fin superiores a unos Celtics que tras secuestrar los éxitos de una toda una década, afrontaban su inevitable ocaso. Pero sin duda, el gran motivo de orgullo y felicidad de la ciudad de Los Ángeles lo representaba aquel fabuloso equipo de UCLA que había conquistado brillantemente los tres últimos títulos nacionales bajo la atenta mirada de John Wooden, el Rey Midas del baloncesto universitario americano.

De aquel  equipo histórico sobresalía una figura espigada y reverenciada, un tipo que desde niño se sabía especial y no cesaba de demostrarlo. Lew Alcindor era sencillamente una clase de jugador nunca visto antes en una pista de baloncesto. Alto, rápido y ágil, poseedor de un lanzamiento casi indefendible, bajo su influencia UCLA se había adueñado de la competición como nunca antes se había visto.

Poco permanecía del Lewis que había llegado desde su Nueva York natal cuatro años antes. California proporcionó la suficiente distancia con una madre sobre protectora, y un nuevo mundo se abrió de par en par delante del joven jugador. Famoso, negro y estrella universitaria, las chicas que tanto habían escaseado durante su época de instituto empezaron a llegar una tras otra. También los coqueteos con las drogas, aderezadas siempre con el mejor jazz de la ciudad, un gusto que sí tenía la semilla en su vida anterior. Aquel nuevo planeta resplandecía tanto que amenazaba con dejarle ciego, y Alcindor necesitó una dosis  de oscuridad. Se sumergió entre libros durante todo un verano y descubrió en toda su profundidad la  figura de Malcom X,  lu estrecha vinculación del legendario activista con los llamado musulmanes negros  y su posterior ruptura con ellos. Pero Lewis necesitaba más. Comenzó a leer también sobre la religión musulmana, la más practicada por el hombre negro en todo el mundo, y poco a poco las escrituras del Corán comenzaron a inundar sus pensamientos, tanto que llegaron a convertirse en una obsesión, mucho más de lo que nunca llegó a ser para él el baloncesto.

Meses después, Lewis había desaparecido y, en secreto, como un súper héroe todavía reacio a mostrar sus poderes, adoptó un nuevo nombre. Sería Kareem Abdul Jabbar para el resto de la  eternidad. Aunque nadie, salvo su maestro Hamaas lo llamaría así. Todavía no.

Dos ciudades y un destino. El gigante debe elegir

Había llegado el momento. Tras graduarse en historia por UCLA, el profesionalismo hizo al fin la llamada que Kareen tanto temía y deseaba al mismo tiempo. La fama del pívot, al que todo el mundo se refería como el heredero de Russell y de Chamberlain, lo había convertido en la pieza más deseada en años, el momento de escoger la siguiente estación de su carrera monopolizaba la información deportiva aquellos días.

Dos opciones se presentaban ante la gran joya. Por un lado, podría jugar en los Milwaukee Bucks, un equipo que llevaba tan solo un año de trayectoria en la NBA y que había ganado la primera elección del draft de1969 en un cara o cruz ante Phoenix. Para una persona que había escogido la senda de Alá pocos meses antes, que su futuro dependiera del lanzamiento de una moneda a cargo de dos blancos no era algo que le hiciera especialmente gracia. Sin embargo, la NBA era la competición con la que Kareem había crecido viendo jugar ante sus grandes referentes de la infancia en el Madison, y ese factor tendría un peso en la decisión final.

En el otro lado de balanza se encontraban los Nets de New York, una franquicia perteneciente a la ABA, una nueva competición que ofrecía un espíritu salvaje y rebelde que había llamado la atención del joven. Líneas de tres puntos, balón tricolor y los mejores peinados afro de Estados Unidos. Y por supuesto, la posibilidad de jugar en casa.

Para Kareem volver a Nueva York no era una cuestión secundaria. Allí tenía a sus viejos amigos, sus queridos clubes de jazz y una comunidad musulmana en pleno crecimiento, de la que era parte importante. En el Medio Oeste de Wisconsin no encontraría nada de aquello. De hecho, apenas encontraría nada de nada. Aquel lugar estaba alejado de cualquier cosa que le interesase realmente y convivir en una ciudad repleta de granjeros blancos no podía compararse con la Gran Manzana. Ni siquiera con la dorada costa californiana.

Pese a su clara predisposición por los Nets,  Jabbar pensaba que debía al menos escuchar a ambas partes, como una demostración, ante todos y ante sí mismo, de que ya era todo un profesional capaz de tomar decisiones basadas en razonamientos coherentes y fundados.

lew alcindor

Foto: Sports Illustrated

Jabbar formó un equipo de confianza para encarar estas negociaciones, compuesto por Sam Gilbert, un antiguo amigo de la familia, y un ejecutivo de Los Ángeles, Ralph Saphiro, recomendado por el propio Gilbert. Kareem era partidario de una negociación rápida, por lo que marcó las cartas antes de que comenzara el juego. Tan solo escucharía una oferta de cada uno de los equipos, y escogería la mejor. No habría lugar a la especulación.

Pocos días después Kareen se reunió en Nueva York con los propietarios de los Bucks, que acudieron al encuentro junto con el comisionado de la NBA, Walter Kennedy. La reunión fue por un cauce cordial, y Jabbar salió con una proposición de cinco años acompañada por varios de cientos de miles de dólares.  Era una oferta excelente, pero al alcance de los Nets.

Un día más tarde fue el turno de la ABA. Al otro lado de la mesa se encontraba el dueño de la franquicia, Arthur Borwn, y el comisionado George Mikan, el gigante prehistórico de la NBA, la competición a la que ahora quería robar su último brillante. Kareem esperaba una gran oferta, en primer lugar porque eso le ayudaría a decidirse por el destino que más les apetecía, y en segundo porque sabía que la los Nets tenían un bonus por parte del resto de las franquicias si firmaban a una estrella de su calibre. Sin embargo, la cifra que se encontraron estaba no solo muy por debajo de sus expectativas, también a años luz de la oferta de los Bucks. Gilbert preguntó a Mikan si ese era el importe total de la operación. Mikan asintió, asegurando que era todo lo que podían ofrecer. Jabbar tomó en ese momento la palabra para primero agradecer la oferta, y sin un ápice de dudas, rechazarla. Por mucho que le hubiese gustado jugar en casa, con los suyos, la diferencia era demasiado sustancial. No había lugar a las dudas. Saphiro esperó unas horas hasta que telefoneó a Walter Kennedy para confirmarle lo que ya era un secreto a voces. Kareem Abdul Jabbar jugaría para Milwaukee Bucks las siguientes cinco temporadas.

– Es una noticia estupenda, Ralph. ¿Podemos contar con que es su decisión final?

– Sí. Tienes nuestra palabra. Puedes prepararlo todo para la firma.

Pero la palabra de un hombre no tiene el mismo valor siempre. Aquella noche Sam Gilbert fue asaltado por dos representantes de la ABA cuando regresaba a su hotel. Tenían una nueva oferta. “Sabíais las normas, una sola oferta por equipo.” contestó rápida y elegantemente Gilbert.  Los dos ejecutivos no se rindieron,  y le aseguraron que Mikan no tenía autoridad para una oferta definitiva, y le suplicaron que Kareem no firmara todavía por los Bucks, rogando por unos  días para mejorar la oferta.

Sam no escondió su enfado, pero se sintió obligado a comunicarle la novedad directamente a Jabbar. Subió a la habitación y marcó el número del jugador.  Al cabo de unos segundos, la voz grave  y cansada retumbó en el auricular del teléfono. Kareen escuchó en silencio las explicaciones de Sam y las nuevas perspectivas que se abrían ante él. Si quería jugar en casa, todavía estaba a tiempo.

El joven recordó sus recientes enseñanzas  y valores adquiridos a través de la fe musulmana y la importancia que tenía en ella la honestidad y el respeto. Y pronto llegó a una conclusión. Si aquellos tipos no le habían respetado en la negociación, que podría pasar si terminaba firmando un contrato con ellos. Si terminaba por ser suyo. Además, hacía apenas unas horas que había dado su palabra a la NBA. Y eso tenía para él mucho más valor que un puñado de dólares más. No lo dudó ni un segundo más.

– A la mierda. Firmamos por Milwaukee.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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