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Reflejos

Clase del draft 2006: estrellas y estrellados

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El pasado 28 de junio de 2016 se cumplió el décimo aniversario de una de las ceremonias del draft más extrañas de toda la historia de la NBA. No porque la ceremonia en sí fuese extraña, sino porque algunos de los jugadores que fueron seleccionados en la misma resultaron ser una tremenda decepción cuando realizaron su salto al baloncesto profesional. Otros, en cambio, cumplieron las expectativas, y han acabado por cosechar una exitosa carrera profesional y convertirse en jugadores relevantes para sus equipos.

A continuación, clasificaremos a algunos jugadores de esta peculiar hornada según grupos y realizaremos un breve análisis sobre su rendimiento y su carrera profesional hasta la fecha.

Los que cumplieron

Los siguientes jugadores demostraron a la NBA que tenían potencial para rendir en la mejor liga del mundo, y se han convertido en jugadores relevantes en algún punto de su carrera.

LaMarcus Aldridge (nº2 del draft): proveniente de la universidad de Texas, donde jugó durante dos temporadas, Aldridge fue seleccionado por los Chicago Bulls y traspasado a los Portland Trail Blazers a cambio de Tyrus Thomas, que fue elegido en la cuarta posición. Desde su llegada a Portland, Aldridge dejó ver que podría convertirse en un jugador a tener en cuenta, y efectivamente así fue. Prácticamente duplicó su anotación por partido al comenzar su segundo año, y no ha dejado de mejorar desde que pisó por primera vez una cancha de la NBA. Con un juego de pies extraordinario y una muñeca exquisita, el actual jugador de los San Antonio Spurs se ha convertido en uno de los jugadores interiores más completos y versátiles de la NBA. Con su llegada a San Antonio la pasada temporada, Aldridge asumió un papel algo más secundario, pero esta temporada, con la retirada de Tim Duncan, deberá asumir el peso anotador del equipo y formar una de las mejores parejas de pívots de la NBA junto a Pau Gasol.

 

Brandon Roy (nº6 del draft): aquellos que lleven siguiendo la NBA desde hace unos pocos años, recordarán la extraordinaria calidad  que atesoraba este jugador, cuya carrera en la NBA terminó de manera triste y prematura debido a las lesiones. Seleccionado por los Minnesota Timberwolves y traspasado a los Portland Trail Blazers, Roy llegó a convertirse en uno de los mejores jugadores de la NBA gracias a su gen ganador y a su capacidad para anotar de múltiples maneras con suma facilidad. Desde su debut, en el que anotó 20 puntos, se vio que Roy tenía madera de estrella. Fue el ganador al premio de mejor jugador de primer año en la temporada 2006-2007. Escolta de unos dos metros de estatura, Roy hacía gala de una técnica muy elegante y un excelente juego de pies que le permitía ser imbatible en el uno contra uno. Su mejor temporada fue la 2008-2009, en la que acabó noveno en la votación por el MVP. Desgraciadamente, acarreaba problemas en ambas rodillas desde su etapa en la universidad de Washington, y tras someterse a múltiples operaciones y no obtener mejoras, anunció su retirada a finales de 2011. Los Timberwolves apostaron por él cuando decidió probar suerte en junio de 2012 y volver a la NBA tras someterse a un tratamiento regenerativo. Sin embargo, el “nuevo” Roy no fue ni la sombra del antiguo, y los Wolves terminaron por despedirlo apenas un año después de contratarlo.

 

Rudy Gay (nº8 del draft): pese a no ser verdaderamente una estrella, Rudy Gay es uno de los jugadores más “salvables” de esta clase de draft. Proveniente de la universidad de Connecticut, este alero fue seleccionado por los Houston Rockets y traspasado a los Memphis Grizzlies. Fue tercero en la votación del ganador del premio de novato del año, y se convirtió en un pilar fundamental de los Grizzlies, hasta que fue traspasado a los Toronto Raptors en enero de 2013. Actualmente en los Sacramento Kings, Gay es uno de los jugadores más atléticos de la liga, con una envergadura y una capacidad de salto extraordinarias, que lo convierten en un espectáculo sobre el parquet. Por contra, en ocasiones peca de individualista, y no se ha llegado a consolidar como superestrella de la NBA pese a poseer las condiciones necesarias para hacerlo. Este alero ha demostrado que puede liderar a un equipo en cuanto a anotación, pero no ser un líder completo en el que el equipo se apoye para ganar partidos.

 

JJ Redick (nº11 del draft): este escolta, seleccionado por los Orlando Magic tras su paso por la histórica universidad de Duke, y que actualmente juega para los Clippers, tampoco podría ser considerado una estrella, pero sí un habitual de la clase media-alta de la NBA. Redick es uno de los mejores tiradores de la NBA y un jugador cuya capacidad defensiva a menudo es subestimada. Siendo habitualmente escolta, su rapidez le permite defender también a los bases más rápidos Su promedio anotador se sitúa en torno a los 15 puntos por partido. Redick no solo destaca en la faceta del tiro exterior – esta última temporada ha firmado su mejor porcentaje en triples, con un 47% – , sino también en la del tiro libre (convierte un 88% de sus lanzamientos). Además, aprovecha de manera habitual su amenaza con el tiro para abrir la pista y penetrar o tirar desde media distancia cuando la defensa se cierra sobre él.

Rajon Rondo

Foto: SI.com

Los “robos”

Año tras año, hay jugadores que, pese a ser seleccionados en posiciones bajas, sorprenden a expertos y aficionados y resultan ser grandes jugadores. A estos jugadores se les llaman los “robos” del draft por su bajo coste y su elevado valor. Estos son los robos del draft de 2006:

Rajon Rondo (nº21 del draft): Rondo fue seleccionado por los Phoenix Suns y traspasado a los Boston Celtics, que se hicieron con un jugador que acabaría siendo uno de los mejores bases de la liga. Jugó en la universidad de Kentucky, y su elección en el puesto 21 se debió principalmente a su carencia de un tiro fiable, una cualidad fundamental en los bases del baloncesto moderno. Aún así, Rondo supo aprovechar la oportunidad que le brindaron los Celtics y acabó por convertirse en titular indiscutible, ganando un anillo de campeón en la temporada 2006-2007 junto a aquel “Big Three” formado por Ray Allen, Paul Pierce y Kevin Garnett. Pese a tener auténticos problemas con el tiro, Rondo es uno de los mejores pasadores de la NBA y también un especialista en robos de balón. Tras su etapa en Boston, los Celtics se vieron obligados a traspasarlo a los Dallas Mavericks por la necesidad de reconstruir el equipo. Rondo no encajó en el esquema de Dallas y fue traspasado a los Sacramento Kings, donde pareció haber recuperado parte de su magia. Este verano fue fichado por los Chicago Bulls, donde formará una intrigante asociación exterior con Dwayne Wade y Jimmy Butler.

 

Kyle Lowry (nº24 del draft): procedente de la universidad de Villanova, Lowry fue seleccionado por los Memphis Grizzlies, que al año siguiente seleccionaron en el draft a Mike Conley con el número 4. Conley, que este verano ha firmado el contrato más lucrativo de la historia de la NBA, acabaría por convertirse en el base titular del equipo, por lo que Lowry se vio obligado a buscar minutos en los Houston Rockets, donde jugó durante 4 temporadas y se convirtió en objeto de deseo de varios equipos tras ofrecer un gran rendimiento. Tras la llegada a Houston de Kevin McHale, un nuevo entrenador, Lowry no encajó en los sistemas del equipo y decidió marcharse a los Toronto Raptors, donde ha mejorado hasta ser un All Star y uno de los mejores bases de  la NBA. Lowry es un jugador muy inteligente, que ha mejorado sustancialmente su condición física (hasta hace no mucho solía llegar pasado de peso al comienzo de la temporada) para ofrecer sus máximas prestaciones. Es una pieza clave tanto en ataque como en defensa, aspecto en el que destaca por su inteligencia y su entrega. Lowry se ha convertido en el corazón de los Toronto Raptors, uno de los mejores equipos del Este, y en una referencia en la posición de base. Hace unos días se proclamó campeón olímpico en Río de Janeiro con la selección de Estados Unidos.

 

Paul Millsap (nº47 del draft): Millsap jugó tres años para el equipo de la universidad de Louisiana Tech. Tal vez fue el hecho de proceder de una universidad pequeña el que le llevó a ser seleccionado en la segunda ronda con el puesto 47. El ala-pívot aterrizó en Utah Jazz y de manera inmediata sorprendió por su impacto en la cancha. Suplente de Carlos Boozer, por entonces uno de los mejores interiores de la NBA, Millsap aprovechó al máximo sus minutos y se consolidó como jugador importante en Utah. En verano de 2013 firmó un contrato con los Atlanta Hawks que, sabedores de la gran calidad del jugador, apostaron por él para formar una extraordinaria pareja de pívots junto al dominicano Al Horford. Su intensidad y sus capacidades para anotar y rebotear han hecho de Millsap un gran ala-pívot y un All Star estas dos últimas temporadas. Esta próxima temporada compartirá equipo con Dwight Howard, con la incertidumbre de la compatibilidad entre ambos jugadores.

Tyrus Thomas

Foto: NBA.COM

Las decepciones

Al contrario que los “robos”, existen jugadores en los cuales se depositaron altas expectativas que, por una razón o por otra, no se cumplieron:

Adam Morrison (nº3 del draft): Morrison es uno de los mayores interrogantes de la historia de la NBA. Tras ser una estrella en la universidad de Gonzaga, fue seleccionado por los Charlotte Bobcats con la etiqueta de “promesa” y con un potencial tremendo para destacar en la mejor liga del mundo. Su principal arma era el lanzamiento de media y larga distancia. “Stache”, como era conocido por su mostacho, era un gran tirador y un jugador con una movilidad extraordinaria y una técnica peculiar, pero muy efectiva. Pese a padecer diabetes tipo 1, una enfermedad de relevancia significativa, fue capaz de sobrellevar su enfermedad junto con la exigencia de la NBA durante su primera temporada, en la que promedió 11 puntos por partido y fue seleccionado para el segundo quinteto ideal de novatos. Antes de comenzar su segunda temporada, sufrió una grave lesión de rodilla tras la cual no fue a ser el mismo y que, unida a su problema de diabetes, trastocó por completo su carrera deportiva. Fue campeón de la NBA por partida doble con los Lakers, que lo ficharon en 2008, pero apenas disputó minutos para contribuir al éxito del equipo.

 

Tyrus Thomas (nº4 del draft): realmente no se puede hablar de decepción con un jugador que ha tenido una carrera de 8 años en la NBA contando con unos 20 minutos por partido a lo largo de su carrera y anotando 7 puntos de media, pero si con Morrison comentábamos que era un gran interrogante, Thomas no se queda atrás. Seleccionado por los Portland Trail Blazers, fue traspasado a los Chicago Bulls a cambio de LaMarcus Aldridge, que dejaron escapar a un jugador franquicia para hacerse con Thomas, otro ala-pívot que no fue capaz de mantener el nivel que demostró en la universidad de Louisiana State. Pese a que fue incluido en el mejor quinteto de rookies tras su primera temporada, la irregularidad fue el lastre y la tónica habitual en su carrera, por lo que los Bulls lo traspasaron a los Charlotte Bobcats en 2010 a cambio de un precio muy bajo. Thomas, con 2,06 metros de estatura y unas capacidades atléticas envidiables, era una máquina de “highlights”, capaz de realizar mates y tapones al alcance de muy pocos, pero no llegó a ser el jugador excepcional que se esperaba.

 

Shelden Williams (nº5 del draft): este pívot, formado en la universidad de Duke, es otro ejemplo de jugador cuyo rendimiento en la NBA estuvo a años luz del que ofreció en el baloncesto universitario. Seleccionado por los Atlanta Hawks, su primera temporada, en la que promedió 5 puntos por partido, fue la mejor de su carrera.Este hecho es un gran indicador de la falta de progresión de Williams, que jugó para 7 equipos en sus 6 temporadas en la NBA. Sus promedios hablan por sí solos: 4 puntos y 4 rebotes en 15 minutos por partido a lo largo de su carrera tras haber sido una estrella en una de los mejores equipos universitarios, en el que cosechó 14 puntos, 9 rebotes y 3 tapones en 28 minutos jugados por partido. Williams era una presencia dominante en la zona que no supo ofrecer su mejor versión en la NBA y decidió probar suerte en las ligas de Francia y China, en las que gozó de más protagonismo. Recientemente ha pasado a formar parte del cuerpo técnico de los Brooklyn Nets como ojeador.

Mención especial: Andrea Bargnani (nº1 del draft)

Como todos los jugadores seleccionados en la primera posición del draft, Bargnani se merece un estudio separado del resto de los jugadores. “Il mago”, como lo apodaban en Italia por su tremendo talento, fue seleccionado por los Toronto Raptors procedente del mítico Benetton de Treviso, donde hizo las delicias de los ojeadores de la NBA. Un hombre de unos 2,10 metros de estatura y capaz de anotar desde cualquier lado de la pista, el italiano se postulaba como el próximo Dirk Nowitzki. En cuanto a la anotación, Bargnani no decepcionó del todo. Anotó 14 puntos por partido a lo largo de su carrera profesional, pero la sensación al verle jugar transmitía que restaba mucho más de lo que sumaba para su equipo. Prácticamente indolente en defensa y en el rebote (cualidades imprescindibles para un jugador grande en la NBA) e ineficiente en el lanzamiento, nunca llegó a ser el gran jugador que se presumía, pese a dejar destellos evidentes de su calidad. Tras 10 temporadas entre Toronto, Nueva York y Brooklyn, Bargnani ha regresado a Europa este verano para jugar en el Laboral Kutxa Baskonia.

Esta pequeña muestra de jugadores del draft de 2006 pretende representar a la totalidad de jugadores de esta generación, que, como cada generación, llevó grandes talentos a la NBA, pero también dejó un sabor agridulce y dio lugar a algunas de las mayores decepciones de la historia del baloncesto reciente.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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