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Reflejos

Los diez mejores jugadores de la historia de los Seattle Supersonics

Publicado

-

Gary Payton

Lenny Wilkens Sonics

Lenny Wilkens (28-10-1937)

Posición: Base | Estatura: 1,85 m

A pesar de llegar al equipo con 30 años, procedente de los Sant Louis Hawks, el base iba a imponer su ritmo y sus conocimientos a la franquicia. En su primera temporada en Seattle promedió 22,4 puntos, 6,2 rebotes y 8,2 asistencias en 42,2 minutos y para la siguiente era nombrado entrenador-jugador. Haciendo las veces de entrenador y jugador bajó cinco minutos su presencia en el juego pero le bastaron para liderar en asistencias la liga (9,1). La tercera y la cuarta temporada fueron estadísticamente por el estilo pero también en lo colectivo, sin clasificarse para playoffs en ninguna de las cuatro. En lo individual disputó tres All-Star representando al equipo.

Fue enviado a Cleveland junto a Barry Clemens por Butch Beard dejando a la franquicia sin base y sin entrenador; pero volvió a finales de 1977 para ocupar ya con 40 años solamente el puesto de entrenador; llegó con un balance de 5-17 en contra y el equipo logró acabar con 47 victorias y 35 derrotas, alcanzando incluso las finales, perdiendo en ellas 4-3 frente a los Bullets.

Wilkens siguió dirigiendo fantásticamente al equipo y lograron alzarse con el campeonato al año siguiente (1979), venciendo esta vez a los Bullets por 4-1. Estuvo de entrenador en Seattle hasta 1985.

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Puntos
4 308 38.6 5.0 9.0 19.5

 

Spencer Haywood

Spencer Haywood (22-4-1949)

Posición: Ala-pívot | Estatura: 2,03 m

Tras arrasar con 20 años en su primer año en la liga ABA el 30 de de diciembre de 1970 firmaba como agente libre con los Seattle SuperSonics. La NBA demandó a Seattle porque Haywood violó las normas que disponían que un jugador no podía unirse a la liga hasta que no estuviera cuatro años fuera de la escuela secundaria; finalmente el Tribunal Supremo falló a favor de Seattle el 8 de marzo. En 33 partidos que pudo disputar demostró de lo que iba a ser capaz en las siguientes temporadas.

Su talento y sus movimientos para ser un jugador de más de dos metros eran poco defendibles y no bajó de los 20 puntos en las cinco temporadas que vistió la camiseta de los SuperSonics. En su primera emporada completa promedió 26,2 puntos y 12,7 rebotes en 43,4 minutos, siendo seleccionado para su primer All-Star de los cuatro que jugaría perteneciendo a la franquicia. La temporada siguiente (1972-1973) subió más sus números, anotando 29,2 puntos y cogiendo 12,9 rebotes, consiguiendo 51 puntos el 3 de enero 1973, la máxima anotación de la franquicia hasta esa fecha.  Formó parte de los mejore quinteto de la liga en esas dos temporadas.

Colectivamente hablando no fue hasta su quinta temporada en la que el equipo, liderado en puntos y rebotes por él, lograba clasificarse para sus primeros playoffs venciendo incluso en primera ronda a los Pistons.

Antes de comenzar la siguiente temporada fue traspasado a los New York Knicks por Gene Short y una primera ronda del Draft.

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
5 326 40.4 12.1 2.4 0.8 1.5 24.9

 

Fred Brown

Fred Brown (7-8-1948)

Posición: Escolta/base | Estatura: 1,91m

Los Seattle SuperSonics seleccionaron a Brown en sexta posición del draft de 1971 y aunque su primera temporada fue decepcionante, después aceptó galones y se adaptó a distintos roles, y acabó siendo uno de los jugadores legendarios de la franquicia pasando toda su carrera profesional (12 temporadas) en Seattle.

El 23 de marzo de 1974 alcanzó los 58 puntos (10/13 t1, 24 t2) en una victoria frente a los Warriors, superando así la marca de Haywood y estableciendo la máxima anotación en la historia de la franquicia.

Fue el punto de enlace entre los dos jugadores anteriores y los que llegarían después para ganar el único campeonato de la franquicia. Vivió los primeros playoffs del equipo, fue máximo anotador del equipo en 1976 (23,1 puntos) y disputó su único All-Star, perdió la final de 1978 y ganó el campeonato de 1979 como capitán del equipo.

Con los años se convirtió en un buen anotador suplente, gracias a su buen lanzamiento exterior; así quedó reflejado para la historia en la primera temporada que se instauró la línea de tres puntos (1979-1980) como el jugador con mejor porcentaje en triples, con un 44,3% de acierto.

Cuando se retiró en 1984, era el primero en muchas categorías totales de la franquicia, actualmente es el segundo en partidos y tercero en minutos, puntos y robos de la historia de los SuperSonics.

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
12 963 25.4 2.7 3.3 1.4 0.2 14.6

 

Dennis Johnson Sonics

Dennis Johnson (18-9-1954 / 22-2-2007)

Posición: Escolta | Estatura: 1,93 m

La elección número 29 del draft de 1976 no tuvo un protagonismo rápido pero su progresión iba en aumento. Tras perder la final en su segundo año, encaró con ambición la tercera temporada y alcanzó promedios de 15,9 puntos 4,7 rebotes 3,5 asistencias 1,3 robos y 1,2 tapones y disputó el  All-Star. Llegados a postemporada sumó a su buena defensa más puntos de lo habitual y en las finales, de nuevo ante los Bullets, se multiplicó en los cinco partidos con una presencia en cancha de 44,8 minutos por encuentro, aportando 22,6 puntos, 6 rebotes, 6 asistencias, 1,8 robos y 2,2 tapones, recibiendo el premio MVP de la final.

Continuó una temporada más y con mejores números: 19 puntos, 5,1 rebotes, 4,1 asistencias, 1,8 robos, 1 tapón y el equipo perdió en la final de conferencia.

En junio le traspasaron a los Phoenix Suns a cambio de Paul Westphal. En solo cuatro temporadas con la franquicia consiguió ser el MVP de la final del campeonato, fue el mejor taponador del equipo en dos temporadas (jugando de escolta) y formó parte de los mejores quintetos defensivos de 1979 y 1980. Acabaría siendo un pilar fundamental de los Celtics ochenteros

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
4 323 29.5 4.3 3.0 1.5 0.9 14.2

 

Jack Sikma

Jack Sikma (14-11-1955)

Posición: Pívot | Estatura: 2,11 m

Sikma apareció en la NBA al año siguiente de llegar Johnson, también drafteado (8ª puesto) por los SuperSonics. Buscaban un pívot de futuro para completar una plantilla que pudiera regresar a playoffs, tras no alcanzarlos en 1976, y Sikma tajo consigo un éxito colectivo inmediato. Como novato (10,7 puntos, 8,3 rebotes) ya disputó las finales antes mencionadas y en su segundo año (15,6 puntos, 12,4 rebotes, 3,2 asistencias) ya ganaba el anillo de campeón. Era un buen reboteador y defensor, el jugador de referencia en la pintura.

Quizá su mejor temporada estadísticamente hablando fue la de 1981-1982, en la que aportó 19,6 puntos, 12,7 rebotes, 3,4 asistencias, 1,2 robos y 1,3 tapones. Alcanzó 25 rebotes en dos partidos de la temporada de 1982-1983, el mejor registro de la franquicia.

Después de nueve temporadas y siete All-Star seguidos se veía involucrado en un traspaso junto a dos 2ª rondas de draft a cambio de Alton Lister y dos 1ª rondas.

Es el máximo reboteador de la franquicia y mejor pívot que ha vestido la equipación de los Sonics.

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
9 715 34.6 10.8 3.3 1.1 1.0 16.8

 

Gus Williams Sonics

Gus Williams (10-10-1953)

Posición: Base | Estatura: 1,88 m

Sus dos primeras temporadas las disputó con los Warriors hasta que fue fichado por los Sonics, seguramente para ser el recambio de Slick Watts. Con su nuevo equipo desplegó su mejor juego y sorprendió con su cualidad anotadora, venía de anotar en torno a los 10 puntos y ahora anotaba 18,1 para los de Seattle, ayudando mucho para alcanzar las finales. Watts fue traspasado a mitad de temporada.

La siguiente temporada fue la del campeonato y buena parte del título es a gracias a sus puntos, fue el mejor anotador del equipo en todos los playoffs (26,7), incluyendo unas finales en su máximo despliegue anotador (28,6). Sin duda, merecedor de haber sido el MVP tanto como Johnson.

Después de promediar en 1980 mejores números (22,1 puntos, 3,4 rebotes, 4,8 asistencias, 2,4 robos) quedó descontento con la nueva oferta de contrato de los SuperSonics y no participó en toda la temporada siguiente y los de Seattle no lograron clasificarse para los playoffs. Williams regresó, disputó su primer All-Star, formó parte del mejor quinteto de la liga por primera y única vez y tuvo su mejor promedio de puntos (23,4). El equipo regresó a los playoffs y perdió en semifinales de conferencia.

Continuó dos temporadas hasta que en 1984 era enviado a por Tim McCormick y Ricky Sobers.

En su última temporada dejó el récord de robos en un partido de la franquicia (8).

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
6 477 34.1 3.0 6.0 2.3 0.4 20.3

 

Dalle Ellis

Dale Ellis (6-8-1960)

Posición: Escolta/alero | Estatura: 2,01 m

Tras tres temporadas en Dallas anotando 8,2 puntos, recaló en los Sonics a cambio de Al Wood. No pudo salirles mejor el traspaso a los de Seattle cuando vieron que Ellis comenzaba con un ritmo alto de anotación saliendo de suplente (18,5 puntos en los primeros seis partidos). Tras ese inicio se ganó la titularidad y terminó la temporada como el mejor anotador del equipo; pasó de 7,1 puntos en 15,1 minutos con los Mavericks a 24,9 puntos en 37,5 minutos y recibió el premio de `Jugador con mayor progresión´.

No fue fruto de ese año y fue aumentando sus promedios, anotando 27,5 puntos en la tercera temporada, números que le llevaron al All-Star.

En su cuarta temporada con el equipo dejó dos registros históricos:

9 de noviembre de 1989 – Los Sonics pierden con los Bucks (155-154) en un partido con cinco prórrogas, en el que Ellis anota 53 puntos en ¡69 minutos!, récord oficial de minutos jugados en un partido por un jugador en la NBA.

20 de abril de 1990 – Derrotan 121-99 a los Clippers con 9 de 11 en triples del explosivo lanzador Ellis. Tope de triples de la franquicia.

Después de ser el máximo anotador las cuatro temporadas, tras 30 partidos de la quinta puso rumbo a Milwaukee a cambio de Ricky Pierce. Regresaría al equipo en 1997, con 37 años, procedente de los Nuggets, sin ser el anotador de antaño pero con un lanzamiento aun más afinado. Esa misma temporada logra el mejor porcentaje de triples (46,4%) de la liga. Una temporada más disputó antes de volver a cambiar de equipo.

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
7 451 33.4 3.9 2.0 1.0 0.2 20.9

 

Nate McMillan

Nate McMillan (3-8-1964)

Posición: Base/escolta | Estatura: 1,96 m

Este jugador no ha sido de los mejores individualmente y no fue ninguna estrella, ni un anotador ni disputó ningún All-Star pero fue pieza importante en la historia del equipo.

Su juego en equipo, su especialidad defensiva y sus asistencias estuvieron 12 temporadas dedicadas a los Supersonics.

McMillan fue la elección número 30 del draft de 1986 y sin alardes en su juego se fue ganando la titularidad. El partido del 23 de febrero de 1987 muestra su estilo de juego de aportar en todos los ámbitos del baloncesto, y es que sumó 8 puntos, 8 rebotes, 25 asistencias, 1 robo y 4 tapones en la victoria sobre los Clippers. Las 25 asistencias igualaron el récord de un novato y se convirtió en el mejor registro de la franquicia. Durante su carrera era conocido por sus robos de balón, destacando los 8 realizados en un partido de noviembre de 1993 y los 3 por partido que promedió esa temporada (1993-1994) y que le hicieron el líder de la competición.

En 1996 era parte integrante del equipo que hizo la mejor temporada regular de la franquicia (64 victorias 18 derrotas) que terminó sucumbiendo en las finales frente a los Bulls. Una temporada después de su retirada entraba en el cuerpo técnico como entrenador asistente y en el año 2000 pasó a ser oficialmente el entrenador principal hasta 2005.

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
12 796 25.7 4.0 6.1 1.9 0.4 5.9

 

Shawn Kemp

Shawn Kemp (26-11-1969)

Posición: Ala-pívot| Estatura: 2,08 m

Los Seattle SuperSonics confiaron en este chico atlético que no había disputado ni un partido en la universidad y le eligieron en el puesto 17 del draft de 1989.

Una temporada de adaptación le valió para empezar a mostrar su potencia y espectáculo en las alturas. Se convirtió en un ala-pívot fuerte, con gran salto para el rebote, los tapones y mates espectaculares. Formó un buen dúo con Payton y lideraron la segunda mejor etapa de la franquicia.

El 18 de enero de 1991 puso 10 tapones a los Lakers, consiguiendo el mejor registro de los Sonics (más tarde igualaría Calvin Booth). Sus mates estaban siempre entre las mejores jugadas de la semana mientras lideraba al equipo durante seis temporadas seguidas en rebotes y cinco en tapones. Su cima llegó en la 1995-1996, con sus 19,6 puntos (56,3% t2), 11,4 rebotes y 1,6 tapones, aupó al equipo a lograr el mejor balance de la franquicia (64-18) y escalar hasta la final contra los Bulls. Disputaron el anillo pero acabaron cediendo, siendo derrotados por 4-2.

Descontento con el contrato, su tensión con la directiva le llevó a protagonizar un traspaso a tres bandas, recalando en Cleveland y sustituido por Vin Baker. Llevaba cinco All-Star seguidos y con los Cavaliers también lo jugó.

 

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
8 625 29.8 9.6 1.8 1.2 1.5 16.2

 

Gary Payton

Gary Payton (23-7-1968)

Posición: Base | Estatura: 1,93 m

La elección más alta de Draft que han dispuesto los Seattle SuperSonics llegó en 1990, era la segunda posición y eligieron a Gary Payton. Fue la más alta y él es el jugador insignia de la franquicia, sus contraataques representaban la velocidad supersónica, sus asistencias y movimientos a canasta están grabados  en la memoria de los aficionados que le vieron durante las 13 temporadas que permaneció en el equipo.

Ante todo era un gran defensor, y anotador y pasador a partes iguales, según requiriera el equipo. Pero no fue así desde el principio, hasta su cuarta temporada no comenzó a destacar, en ella ya fue elegido en el mejor quinteto defensivo, el primero de nueve consecutivos.

Empezaba a rondar los 20 puntos por partido y a su vez incrementaban sus asistencias y robos. En la temporada del mejor balance de victorias mencionada con anterioridad promedió 19,3 puntos, 7,5 asistencias y 2,9  robos, esta última cifra le hizo líder de la temporada y le ayudó a recibir el premio de `Mejor defensor´.

En 1998 y en el 2000 (24,2 puntos) también fue elegido en el mejor quinteto de la liga y jugó 9 All-Star. Igualó en dos ocasiones los 8 robos en un partido y realizó 16 triples dobles.

En febrero de 2003 se rompió el idilio y junto a Desmond Mason llegó a Milwaukee Bucks a cambio de Ray AllenRonald MurrayKevin Ollie y una 1ª ronda de draft. Payton es el jugador de los SuperSonics con más partidos y minutos disputados, más puntos conseguidos y más asistencias y robos realizados.

Temporadas Partidos Minutos Rebotes Asistencias Robos Tapones Puntos
13 999 36.9 4.2 7.4 2.1 0.2 18.2

 

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1 Comment

1 Comment

  1. guildani8@gmail.com'

    Dani Guil

    3 julio, 2016 at 8:06 pm

    buenísimo artículo! keep it up !!!

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

Publicado

-

“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

Publicado

-

Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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SKYHOOK #16

 

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