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Objetivo Europa

Cuando la pequeña Varese dominaba el baloncesto europeo

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Pallacanestro Varese
Ignis Varese

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Afincada en el norte de Italia, en plena Lombardía y muy cerca de la frontera con Suiza, la pequeña localidad de Varese vivía ajena a cualquier fama deportiva allá por los años 60. Con cerca de 80.000 habitantes, su única referencia deportiva de renombre era el gran Alfredo Binda, posiblemente el primer gran ciclista de la historia, cinco veces ganador del Giro y tres veces Campeón del Mundo repartidos entre las décadas del 20 y del 30. Aparte de eso, la ciudad no había contado con ningún otro deportista de renombre y tampoco disfrutaba de un equipo de fútbol con prestigio en  el calcio italiano. Sus ciudadanos estaban ajenos a todo lo referente en el deporte de élite hasta mediados de los 60, cuando el equipo de baloncesto de la ciudad empezaría a convertirse en dominador del campeonato doméstico, dominio que extendería posteriormente a todo el continente durante la década de los 70. Diez años donde Varese fue el gran dominador del baloncesto continental, alcanzando la proeza de disputar diez finales consecutivas de la Copa de Europa y manteniéndose invicto durante 46 partidos consecutivos en casa desde 1965 a 1978. Ossola, Rusconi, Zanatta, Raga, Meneghin, Morse, Bisson, Nikolic, Gamba… En los 70 el amarillo y azul de Varese reinaba en el Viejo Continente bajo el nombre de marcas comerciales ya míticas dentro de la historia del baloncesto como Ignis, Mobilgirgi o Emerson.

Cuatro décadas después de su último entorchado continental, Varese aún recuerda aquel plantel de jugadores encumbrados al nivel de héroes y que proporcionaron a sus habitantes una seña de identidad y orgullo, la de un equipo que logró romper el binomio Milán-Bolonia en el pallacanestro italiano y cuyo ejemplo fue seguido posteriormente por otras ciudades pequeñas como la vecina Cantú, Treviso o Siena. Muchas cosas han cambiado desde entonces para el club, el cual alzó su último campeonato italiano en 1999, pero la historia de la ciudad y el equipo siempre van unidas desde aquellos mágicos 70, donde los gritos de ¡Forza Varese! hacían temblar los cimientos del antiguo Palasport Lino Oldrini en cada partido. “Varese es una ciudad de baloncesto”, en palabras de Aldo Ossola, varesino de nacimiento y director de juego de la época dorada del club, “aquí se ha masticado el mejor baloncesto durante medio siglo. Ha habido momentos oscuros, pero lo que creó la gran Ignis es un virus imposible de curar”. Una historia que ha creado las condiciones necesarias para que el amor de Varese hacia el baloncesto siempre sea grande.

El club, fundado en 1945 una vez acabada la II Guerra Mundial, alcanzó su primer éxito en 1961, cuando logró proclamarse Campeón de Italia por primera vez, repitiendo título tres años después, en medio de una tremenda rivalidad deportiva con el otro gran dominador del baloncesto italiano, el Olimpia Milán. Crucial en el crecimiento y en el posterior devenir del club fue el año 1956, fecha en la que la marca de electrodomésticos Ignis empezó a patrocinar al club bajo el amparo del empresario Giovanni Borghi. Quizá la figura de mayor renombre y popularidad en la ciudad, Borghi siempre demostró gran interés en asociar el nombre de Ignis a modalidades deportivas, caso del boxeo, el ciclismo o el fútbol, pero su unión con el baloncesto representó su principal acierto, asociando a la marca Ignis una imagen de victoria y fama no solo a nivel nacional, sino también a nivel internacional.

El primer gran éxito internacional llegó en 1966, cuando el equipo se proclamó campeón de la Copa Intercontinental disputada en Madrid, torneo en el que logró ganar a los anfitriones y al Corinthians brasileño. En aquella plantilla destacaba Tony Gennari, posiblemente el primer gran extranjero en la historia de Varese. Estadounidense pero de ascendencia italiana, fue clave en el triunfo en la Intercontinental y también en el desenlace de la Liga. Con Milán y Varese empatados a puntos al final del campeonato, hubo de jugarse un partido para dilucidar el campeón, al que Gennari se presentó aunque la Federación se lo tenía prohibido porque le consideraba extranjero. Varese logró la victoria, 74-59, pero le fue arrebatado el título por la irregularidad de la participación de Gennari. Ese mismo año, en noviembre, debutaría en el primer equipo un joven de 16 años que marcaría el futuro del club y del baloncesto transalpino en las siguientes dos décadas, Dino Meneghin.

Muchos otros jugadores iban amasando estadísticas individuales durante años, mientras que Dino reunía la energía y la determinación para transformar la pequeña Varese en la referente del baloncesto continental durante una década. El equipo no era el más talentoso pero era capaz de memorizar cada debilidad del oponente por muy pequeña que fuese, de trabajar en cada entrenamiento con un solo objetivo: la victoria. Y en el centro siempre estaba Meneghin. En palabras de Sandro Gamba: “De todos los jugadores que he visto, conocido y entrenado, Dino es el primero que elegiría para formar un equipo”. Era una rara combinación de inteligencia, consistencia y simpatía que hicieron de él una presencia única dentro y fuera de la cancha. “Era un equipo muy bien construido porque la sociedad tuvo mucho cuidado al organizarlo”, recordaba Dino, “Primero contrató un gran entrenador como Nikolic. Después, cuando Gamba llegó a Varese se ganó mucho. El colectivo estuvo compuesto por jugadores intercambiables, muy fuertes técnica y físicamente, aparte de que tuvimos mucho acierto con los jugadores extranjeros”.

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La época dorada de Varese ya había comenzado, alzándose con la primera edición de la Recopa en 1967, derrotando a Maccabi en la Final a doble partido. 1969 supone el comienzo de cinco títulos italianos en seis temporadas, gracias a la conformación de un quinteto titular mítico en Varese, con Ossola, Dodo Rusconi, Ottorino Flaborea y los dos factores desequilibrantes, Meneghin y Raga. Natural de Aldama, en el Estado de Tamaulipas, Manuel Raga fue el arma ofensiva que le faltaba a Varese para empezar su periodo de dominio. Apodado “el helicóptero” debido a su capacidad de permanecer mucho tiempo suspendido en el aire, Raga fue una máquina de anotar durante sus cinco temporadas en Varese, lo que le valió para ser el primer jugador no estadounidense en ser seleccionado en un draft, concretamente en 1970 por los Hawks de Atlanta. “Yo era delgado pero de piernas fuertes”, recordaba el mexicano, “tenía un modo de tirar especial, rápido en el uno contra uno, jugaba fuerte en defensa y me encantaba ir al rebote”. Para terminar de conformar el puzzle llega a Varese para sentarse en el banquillo el padre del baloncesto plavi, Aza Nikolic.

Un genio de la táctica y del entrenamiento duro, Nikolic aterrizó en Varese para encabezar el gran proyecto de asaltar el cetro europeo. Famoso por sus frases, Borghi se mostró en un principio reticente a la llegada de “el profesor” debido a sus simpatías con el comunismo. “¿Qué importa que uno sea comunista?”, diría después, “Lo que importa es que el equipo gane”. Severo, persistente y difícil en ocasiones, predicaba el verbo del trabajo hasta el final con un solo objetivo, la victoria. Nikolic llevó a Varese a su ciudad natal, Sarajevo, para enfrentarse al temible CSKA de Moscú en la Final de 1970. Allí, con Ossola en la dirección, Raga y Rusconi en las alas, el estadounidense Ricky Jones y un  Meneghin de 20 años en la pintura, consigue la Copa de Europa en la primera de las diez finales consecutivas en las que el equipo compareció. Calificado erróneamente como pesimista, Nikolic usaba la crítica para motivar a sus jugadores. La mediocridad no era algo que le gustara, siendo un maestro en combinar talento y disciplina en la búsqueda de la perfección. “Con Nikolic sabíamos cuando empezaba el entrenamiento pero no cuando finalizaba”, decía Meneghin, “dos horas, tres horas, tres horas y media…”. En una ocasión, tras un entrenamiento tremendo, preguntó en alto “¿Quién de vosotros está cansado?”, a lo que Aldo Ossola respondió que no se encontraba bien. Su contestación fue “Eso es que no estás entrenando bien. Ve a subir y bajar escaleras durante 15-20 minutos”.

Tras conseguir Liga, Copa y Copa de Europa, el club comienza 1970 con la llegada de otra futura leyenda, Ivan Bisson, alcanzando su segunda Copa Intercontinental y su tercera Liga consecutiva. Sin embargo, Varese no puede revalidar su título europeo tras caer en la ciudad belga de Antwerp ante el CSKA en una reedición de la Final del año anterior. Tras ello, Tonny Gennari regresa al equipo, acompañado de otro jugador que hará historia en Varese, Marino Zanatta. Tras perder Liga y Copa ante el eterno rival, Milán, la Ignis alcanza su tercera final consecutiva en Copa de Europa. En el remozado pabellón de La Mano de Elías, Varese logra su segundo triunfo ante la Jugoplastika de Solman y Skansi por un ajustado 70-69. Sin Bisson, lesionado en una muñeca, Meneghin y Raga son los encargados de guiar el triunfo italiano con 21 y 20 puntos respectivamente.

En el verano de 1972, procedente de Philadelphia, aterrizó en Varese Bob Morse, otro de los ilustres nombres en la historia del club y del baloncesto italiano. Con tan solo 21 años desechó la posibilidad de ser profesional en la NBA para cruzar el Atlántico, llamado a ser el recambio de Raga como extranjero en los partidos de Liga (ambos podían jugar juntos solamente en Europa). Tras un primer tiempo en su partido de debut sin anotar un solo punto, pasaría a encestar 10 lanzamientos consecutivos tras el descanso, convirtiéndose en el nuevo ídolo de la afición varesina y comenzando una carrera que le llevaría a ser uno de los mejores jugadores extranjeros en el baloncesto italiano. Fantástico anotador desde todos los ángulos y con una gran capacidad reboteadora, Morse fue la llave para que la Ignis culminase la mejor campaña de su historia, conquistando Liga, Copa, Copa de Europa y la Intercontinental en Brasil. “Nikolic hacía cosas que nunca había experimentado en EE.UU”, rememoraba Morse hace unos años, “Era grande en los fundamentos, en defensa y en ataque. Nos levantaba los domingos por la mañana antes de los partidos para reunirnos más de una hora estudiando al rival, cada jugador, sus características, sus puntos débiles y sus puntos fuertes. Tuve grandes entrenadores en la universidad, entre ellos Chuck Daly, pero en el aspecto táctico ninguno superaba a Nikolic”.

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Con el objetivo cumplido y encumbrado ya como una leyenda de los banquillos, Nikolic decidió regresar a su país al finalizar la temporada para hacerse cargo del Estrella Roja. Para tomar su relevo llegó Sandro Gamba, quien había aprendido durante años como asistente de Cesare Rubini en el banquillo del gran rival, Milán. El idilio de Gamba con el baloncesto había comenzado sin embargo mucho antes, concretamente el 25 de abril de 1945, cuando en las postrimerías de la II Guerra Mundial una ráfaga de disparos perdidos entre las tropas alemanas y la resistencia italiana había alcanzado su mano derecha mientras jugaba con sus amigos en las calles de Milán. Para recuperar el movimiento y la sensibilidad, los médicos le aconsejaron la práctica del baloncesto, un idilio que le llevaría en 2006 a ser elegido integrante del Hall of Fame de Springfield. Gamba viajaba a EE.UU cada año en busca de jugadores interesantes y para estudiar las tácticas de los mejores entrenadores de allí. Su gran rival en los banquillos italianos, Dan Peterson, tenía una palabra para describir a los equipos de Gamba: duros. Unos equipos a los que llevaba a un 110% de intensidad.

Con la decadencia del CSKA y de los equipos de Europa del Este en Europa, Varese y Real Madrid se convertirían en los dominadores de la competición los siguientes años esperando la llegada de los equipos yugoslavos y del Maccabi Tel Aviv. Italianos y españoles disputarían cuatro finales, repartiéndose los triunfos (1974 y 1978 para los madridistas y 1975 y 1976 para los varesinos). Entre ellas, Maccabi había llegado a la élite en 1977, arrebatando a Varese el triunfo en su octava final consecutiva por un solo punto. En el camino, el equipo había cambiado de sponsor en 1975, tras el fallecimiento de Giovanni Borghi. Tras casi 20 años asociada a los triunfos de Varese, la casa Ignis daba el relevo a otra firma mítica en los 70, Mobilgirgi.

Con Gamba entrenando en Torino desde 1977 y con un equipo demasiado veterano, donde Meneghin, Morse y Yelverton tomaban la responsabilidad, el último capítulo de Varese (ahora patrocinada por la empresa electrónica Emerson) con la Copa de Europa se dio en Grenoble en 1979, ante el pujante Bosna Sarajevo. Aquella tarde, los 30 puntos de Morse y los 27 de Yelberton nada pudieron hacer ante el baloncesto total del Bosna, plasmado en los 30 puntos de Mirza Delibasic y en los ¡45! de Zarko Varajic quien, posiblemente, firmó la mejor actuación individual en una final de Copa de Europa. Un año después, Varese volvía a jugar otra final europea, esta vez la de la Recopa, escribiendo el punto final a una etapa gloriosa tras derrotar a la vecina Cantú de Marzorati y RIva por 90-88.

Tras ello llegarían casi dos décadas de barbecho donde Varese dejó de ser un referente en Europa e Italia, principalmente tras la salida de Meneghin rumbo Milán en 1981. No sería hasta 1999 cuando los varesinos rememoraron de nuevo glorias pasadas con la sorprendente victoria en el campeonato italiano con Mrsic, Galanda, De Pol y un Pozzeco con todo el cabello tintado de rojo encendiendo a la afición. Fue el último hurra de un equipo donde en los juveniles empezaba a pedir paso Andrea Meneghin, el heredero de un pasado triunfal engendrado por su padre y un grupo de jugadores que llevaron una tierra de valles, castillos y gorgonzola a dominar el baloncesto más allá de los Alpes.

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Los renglones torcidos del baloncesto

Si vas a Dubrovnik, podrás visitar una maravillosa e hipnótica asimetría, que, como no podía ser de otra forma en esa tierra, esconde una exquisita historia detrás.

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Wikimedia

Información de interés público: este no va a ser un artículo sobre la última temporada de “Juego de Tronos” aunque haga un cameo Daenerys Targaryen en algún momento; ni va a ser un post de cariz turístico-publicitario, aunque haya alguna foto de bucólicos paisajes amurallados esparcida por el artículo; y desde luego no va a ser un ejercicio de nostalgia aunque en algún momento puede que acaricie cierta ñoñería (y por favor disparadme entre las cejas si llego a esos niveles).

Tampoco estoy completamente seguro de que vaya a ser un post sobre baloncesto per se: puede que el deporte favorito de usted, querido lector, y de aquí su seguro escribano, no sea esta vez más que una excusa para cruzar desde las murallas de Dubrovnik a los cerros de Úbeda en menos tiempo que Flash sale a comprar helado de pistacho. O quizás no, quizás el deporte de la pelota gorda sí sea el centro neurálgico del artículo y yo esté balbuceando cual personaje de Woody Allen y echando a perder este primer párrafo. No sé a dónde va a parar esto, así que invito al amable lector (tal como va la cosa, a estas alturas ya solo debe de quedar uno. Un lector, digo) a acompañarme por el existencial vacío de la página en blanco.

Podríamos principiar por la idea. La idea provino de la columna sobre Ante Tomic que acometí hace un par de meses. En plena investigación (sí, investigación, ¿qué pasa? ¿a qué vienen esas risas?) sobre el jugador azulgrana y sus orígenes, me tropecé con un par de peculiaridades sobre su ciudad de nacimiento que me llamaron poderosamente la atención.

La primera la explicité en el texto referido: en el reparto de jugadores croatas de éxito, a Dubrovnik le ha tocado, extrañamente, la pedrea; y quizás por ese motivo se ha convertido en una localidad de tradición más waterpolista (o al revés: el orden de los factores-etcétera). Como enumeré en su momento, aparte de Tomic, podemos recordar a Prkacin, Andro Knego, Mario Hezonja… y ya. Sí, Luksa Andric jugó en Manresa, lo sé, malditos frikis, pero estaremos todos de acuerdo en que that’s. Not. The. Point.

La otra curiosidad con la que me topé fue una foto de una pista de baloncesto de la ciudad que saltaba inmediatamente a los ojos por su hipnótica asimetría y por el inaudito paraje en el que se encuadraba. En un primer momento me imaginé a un arquitecto estrábico diseñando la cancha; luego sumé dos más dos y concluí que aquello debió derivar de un maravilloso accidente o de una solución provisional que las circunstancias habían mutado a definitiva.

Después de darme un par de palmaditas en la espalda por semejante deducción herculespoirotiana (hola RAE, he venido a darte algo de trabajo), añadí a mi bucket list “visitar Dubrovnik” y me dispuse a ver el making of del penúltimo episodio de la temporada final de “Juego de Tronos”, ese en el que a Daenerys, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas y Hacedora de Barbacoas, le entra un calentón (pun intended) y arrasa Desembarco del Rey, la capital de los Siete Reinos, que ha sido siempre escenificada en la pequeña ciudad del litoral dálmata. Juraría que en una de las panorámicas del minidocumental atisbé la singular cancha de baloncesto. Y el resto es historia.

Nota del articulista: el párrafo anterior es una reinterpretación con fines dramáticos. El desarrollo de los hechos no se dio así EN ABSOLUTO pero y lo bien que me encaja todo.

Una historia que explica mucho mejor que yo José Manuel Puertas en este estupendo artículo, así que no lo voy a intentar. Pero sí resumir en pocas palabras. Alehop: al principio del siglo XIV se erigieron las dos torres fortificadas que actualmente escoltan la cancha, y en el XV se construyó una pared que conectaba esas torres; esa pared se convertiría con el tiempo en la singular pista de la que os estoy hablando, pero en aquel momento se aprovechó para construir una fundición.

El terremoto que en 1667 asoló la ciudad de Ragusa (nombre croata de Dubrovnik) arrasó dicha fundición, como tantas otras cosas, y sus ruinas fueron tapadas por las de las casas adyacentes; se decidió recubrir ese espacio, que empezó a ser utilizado por los niños como lugar de juegos, hasta que el colegio del casco antiguo decidió acondicionarlo como espacio de recreo para sus alumnos.

Finalmente, en 2008, después de excavarse la zona buscando (y encontrando) la antigua fundición, se decidió crear un remozado espacio deportivo público en el que era innegociable una pista de baloncesto. Viendo que las medidas no permitían diseñar una cancha tradicional, se preceptuó una configuración en la que se facilitara el poder jugar 2×2 y 3×3, de espíritu tan callejero. Vaya, no han sido tan pocas palabras.

Sí, solo pensar en jugar al baloncesto con esas solemnes, fastuosas vistas de la ciudad, a uno se le relamen los sentidos; no en vano, Vogue la incluyó en su “lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas” (y si os preguntáis por qué Vogue tiene una lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas, bienvenidos al club de debate).

Un partido en el que cada vez que ataques tengas que poner el intermitente puede dar para reguero de anécdotas y cachondeíto. Pero nada de esto es lo que me inspira a canturrear en Skyhook la poesía de la bella y adriática Ragusa; y ni siquiera estoy muy seguro de saber de dónde procede el impulso, pero me voy a aventurar, que aventurar no engorda.

¿No es hermoso que esta deslumbrante singularidad haya nacido en el caldo de cultivo de algo tan simple y primordial como la necesidad de unos críos de practicar su deporte favorito en su barrio? Al fin y al cabo, un ritual de comunión social infantil que nace y crece con absoluta naturalidad, que en su versión más básica nos cincela el carácter, y en la premium nos pavimenta un futuro hacia, pongamos, unas Finales de Conferencia. Creo que esta es la escena que se ha incrustado en mi imaginación, un poco al estilo de aquellos montajes de la inefable “Érase una vez el hombre”: un terremoto devastador del que nace, piedra sobre piedra, voluntad sobre voluntad, como caldo primordial originado sobre tierra quemada, un brote de belleza alrededor de una pelota naranja.

Y se me ocurre que este es el baloncesto real. Más que el de los pases imposibles de Magic, las suspensiones congeladas de Jordan, los dribblings enloquecidos de Curry o los contraataques-tuneladora de LeBron, el basket que aprendimos a amar es el de hordas de mocosos que se emperran, los muy plastas, en botar, saltar y lanzar sobre los escombros de una ciudad perdida, día tras día, año tras año, generación tras generación, hasta que consiguen, a través de la revolución más pacífica que pergeñar se pueda, que les construyan una pista de baloncesto imposible.

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Milos Teodosic, el ilusionista de Valjevo

Un genio controvertido como pocos. Su actitud siempre ha sido un asterisco en su carrera, al igual que las derrotas en la F4. Pero Teodosic ha sido uno de los mejores bases del continente de la era moderna.

jon@skyhook.es'

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Mayo de 2005. Rondas eliminatorias de la Liga del Adriático. Realmente, nadie esperaba ver a aquel chico disputar ningún minuto. No obstante, en su fugaz participación los congregados pudieron vislumbrar destellos del talento que aquel cuerpo de 1,95 de altura atesoraba, siendo uno de los puntos positivos del torneo de cara al futuro más próximo.

Contra todo pronóstico, Bosko Djokic, entrenador del  BC Reflex, había decidido dar algunos minutos a un base canterano con 18 años recién cumplidos. Pudo haberlo hecho meramente por ver cómo respondía el joven ante su primera gran competición profesional, pero la actuación de aquel adolescente callado y de semblante inexpresivo dejó atónito al público.

La forma en la que cuidaba el balón, un excelso tiro exterior y su innata facilidad a la hora crear juego para sus compañeros era algo fuera de lo común. Además, su desparpajo para buscar la canasta quedó patente: 17 puntos en apenas 15 de minutos de juego repartidos en dos noches. “Juega como un veterano, se ve que tiene una gran confianza en sí mismo”, apuntaban algunos scouts por aquel entonces. Los ojeadores ya seguían los pasos del nuevo diamante del baloncesto serbio de cara al Draft de la NBA.

“No debería estar antes de 2007, pero conviene recordar su nombre. Muestra un equilibrio especial en su juego, como si tuviera todo bajo control”.

DraftExpress

No era otro que Milos Teodosic.

Los orígenes

Nacido el 19 de marzo de 1987 en Valjevo (República Federativa Socialista de Yugoslavia), una de las casas tradicionales del baloncesto serbio, Milos estaba destinado a convertirse en un jugador de renombre. Aquella era una pequeña ciudad ubicada en el distrito de Kolubara, y como en el resto del estado yugoslavo, la canasta estaba a la orden del día.

Ya desde muy joven estaría en contacto con la pelota, dada la influencia de su hermano mayor Jovan, también jugador profesional. De esta forma, sus progenitores, Miodrag y Zorana, decidieron apuntar al menor de sus hijos en un equipo local, a la edad de seis años. Milos iría quemando etapas, mostrando unas aptitudes de las que el resto de compañeros carecían. Su ídolo de la infancia: Pedrag Danilovic, de quien admiraba “su forma de pensar en la pista y su gran deseo por ganar”.

“A diferencia de muchos guards, es más un distribuidor de perímetro que otra cosa. No es particularmente atlético, no muestra gran rapidez y, a pesar de tener buen manejo de balón, le cuesta superar las defensas. Por lo general, trata de aprovechar las pantallas o situaciones en las que su defensor está desequilibrado, lo que consigue con la simple amenaza de su tiro exterior. Este es uno de sus déficits más grandes cuando se habla de su potencial para la NBA”.

15 de agosto de 2005

Su carrera echó a andar cuando el modesto Vujic Metalac se fijó en él. Valjevo estaba viendo nacer a su hijo pródigo, alguien que tuviese la proyección como para colocar a la ciudad en el mapa. Siguió superando categorías a la vez que cursaba sus estudios. No sería hasta el año 2001 cuando su vida cambiaría para siempre. El FMP de Belgrado no perdía la pista a un base emergente que apuntaba maneras. Milos se vería obligado a abandonar su hogar por primera vez para emprender un viaje que a día de hoy no ha terminado. En la capital, alejado del núcleo familiar, continúo formándose como estudiante a la vez que dominaba las categorías inferiores del baloncesto serbio. Por otro lado, su condición de deportista de élite le facilitó el acceso a la universidad privada John Naisbitt. Había llegado el momento de firmar su primer contrato profesional. Lo tenía todo de su parte, en especial la confianza del entrenador.

Uno de los escasos documentos visuales del paso de Teodosic por Belgrado

Tras el primer contacto con Djokic su progresión se dispararía. Sin embargo, debido a su corta edad y a la competencia dentro de la plantilla, se decidió ceder a Teodosic por una temporada al KK Borac Čačak, donde el jugador podría curtirse antes de regresar a las filas del club que lo formó. En aquellos momentos, se antojaba complicado que el jugador pudiese continuar progresando sin apenas gozar de minutos. Pese a su juventud, este cumplió con las expectativas y el cuadro belgradense decidió reclamar sus servicios.

2007 sería el año de su eclosión profesional. Si bien su debut en la Copa ULEB fue en la campaña 2004-05 (14 minutos frente al Vertical Vision Cantu italiano), fue entonces cuando Milos empezó a fraguarse un nombre en las plazas europeas. Con Aleksandar Rasic como base titular, Teodosic sería un combo-guard de lujo en aquella plantilla. Tanto fue así, que a sus 20 primaveras atrajo el interés de varios clubes de renombre en Euroliga. Finalmente, el atractivo de Olympiacos lo sedujo, firmando un contrato de cinco temporadas por valor de 2,8 millones de euros.

“No es lo suficientemente rápido. Sufre en defensa. Esto no supone nada que no supiéramos de antemano, es probablemente el jugador al que menos favorece el juego de la NBA entre los jugadores internacionales de gran talento. Alguien podría estar interesado en él en segunda ronda, pero eso no es un hecho”.


4 de abril de 2007

Ante las aguas del Egeo

Eran años difíciles en el Pireo. Pese a sus buenos jugadores, todavía permanecían a la sombra del gran gigante heleno, Panathinaikos. Durante la década de los 2000, Grecia y Europa estuvieron bajo el yugo del equipo de Zeljko Obradovic y Dimitris Diamantidis. Nada más aterrizar en Atenas, Milos empezaría a sufrir las consecuencias de jugar en uno de los equipos pudientes del continente. No siempre hay espacio para los jóvenes al más alto nivel. Olympiacos, en su ansia por equipararse a los más grandes de la competición, firmó al anotador Lynn Greer. Pésima noticia para Teodosic, ya que el norteamericano sería el puntal ofensivo del equipo. Sin embargo, y pese a la competencia con Roderick Blackney, el técnico Pini Gershon utilizó eventualmente al serbio como escolta, aprovechando su tamaño y rango de tiro. Fue una campaña en la que no careció de minutos, pero tuvo menos peso creativo de lo habitual.

Por el momento, el balance positivo. No fue fácil aclimatarse a la actividad en Grecia tras toda una vida en los Balcanes. La incorporación de Yotam Halperin, proveniente del Maccabi, y la sobrepoblación en líneas exteriores restaron protagonismo a Teodosic. Fue un año muy duro para él, pero le sirvió para madurar y ver realmente cual era el coste del éxito. Por tercer curso consecutivo, Olympiacos se tendría que conformar con el subcampeonato liguero, para mayor gloria de su eterno rival. No obstante, una derrota por 82-84 en semifinales de Euroliga, también ante Panathinaikos, fue lo que realmente hizo daño en el Estadio de la Paz y la Amistad. Era hora de cambiar la tendencia. En 2009 se presentaría al Draft de la NBA, sin ser elegido por ningún equipo. Su estilo de juego no gustaba en demasía en la liga norteamericana y las franquicias eran muy escépticas sobre su hipotética adaptación.

Año 2010. Al fin, con 22 años, el mando era suyo. Milos adquirió las riendas de aquella plantilla desde el primer de día de pretemporada. Bajo las órdenes de Panagiotis Giannakis y formando un trío demoledor con Linas Kleiza y Josh Childress, Olympiacos ya provocaba miedo en sus contrarios. Cuajaron una Euroliga casi perfecta, pero tras una gran campaña faltó el broche final. Teodosic no pudo celebrar su MVP de la temporada, ya que en la final de la Euroliga se encontraron con un FC Barcelona muy superior (86-68). Asimismo, fue elegido ‘Jugador del Año Europeo de la FIBA’, por delante de Pau Gasol y Dirk Nowitzki. Su estrellato era una realidad, si bien no faltaban detractores que lo tachaban de ser excesivamente frío, poco menos que indolente a la trascendencia de los partidos.

Milos Teodosic nunca ha renunciado a la selección | FIBA Photo

Aquel verano, Milos grabaría una marca a fuego en la piel de la parroquia española. Copa Mundial de Baloncesto de la FIBA, Turquía. 89-89 en el marcador con 25 segundos por jugarse. Las indicaciones de Dusan Ivkovic no dejan cabos sueltos. Hay que agotar el reloj de posesión. El balón, en manos de la estrella, quema. Llull aprieta, pero un bloqueo de Velickovic permite que Teodosic y Jorge Garbajosa queden emparejados. No hará falta acercarse a canasta.

El serbio se levanta desde nueve metros y anota. La derrota en la final del EuroBasket de 2009 estaba vengada. En semifinales el plantel serbio caería ante la selección anfitriona, pero todavía hay quien sueña con aquella suspensión imposible. “Pensar mientras juegas no te sirve para nada. Todo sale solo. Eso me pasa a mí. Simplemente, vi la canasta enfrente y decidí tirar. Así, sin más. En ese momento es lo que se suponía que debía hacer”, declaró el propio jugador en una entrevista.

La siguiente campaña tocaría reponerse, con la llegada del que, a la postre, sería el mejor jugador de la historia del club: Vassilis Spanoulis, proveniente del mismísimo Panathinaikos. Teodosic compartiría el liderazgo con el heleno, mucho más idolatrado por la parroquia ateniense. La temporada resultó decepcionante, con una Copa griega que supo a poco. Milos bajó sus prestaciones al mismo tiempo que Kill Bill se erigía como la gran estrella del roster. El dúo de bases, por muy atractivo que sonase, no funcionó.

En las filas del Ejército Rojo 

Algunos rumores apuntaban a cierto interés por parte de San Antonio Spurs, que no habían dejado de seguir la pista del jugador balcánico. No parecía un mal momento para cambiar de aires. Con todo, tras cuatro cursos en el Ática, en Moscú se estaba fraguando un proyecto para volver a dominar Europa. Andrei Kirilenko, Alexey Shved, Sasha Kaun, Victor Khryapa, Ramunas Siskauskas o Nenad Krstic. Núcleo soviético rodeado de algunos los mejores nombres del torneo continental. Escuela lituana en el banco con Jonas Kazlauskas. El plan era claro. Revalidar la Euroliga. Cetro que no levantaban desde el año 2008, perdiéndose tan solo la Final Four del año anterior.

El recorrido era un cuento de hadas. Tras eliminar en playoffs a Bilbao Basket (3-1), después se deshicieron de un correoso Panathinaikos. El destino quiso que Milos se enfrentase a su amado Olympiacos en la gran final. Los rusos eran claros favoritos e hicieron gala de ello. Todo eran risas con 53-34 a dos minutos de concluir el tercer cuarto. Pero nunca subestimes el corazón de Olympiacos. Punto a punto, el equipo griego fue acercándose en el luminoso, hasta que Giorgios Printezis convirtió una especie de bomba que es historia del baloncesto contemporáneo (funesto Siskauskas desde la personal). La eventualidad quiso que el conjunto del Pireo volviese a reinar, y lo hiciese sin Teodosic en sus filas.

El propio Milos, denotando una excesiva prisa en su juego cuando debía imperar la calma, fue uno de los grandes señalados en aquella derrota. Además, con 61-58 y 20 segundo por jugarse, erró un tiro libre que hubiera sido decisivo. Los años venideros serían un dejà vú continuo en el seno del equipo ruso.

2013, 2014 y 2015. Las semifinales fueron lo máximo. Aquel equipo que durante los meses que duraba la temporada era una apisonadora ofensiva, se hacía pequeño a la hora de la verdad. Los automatismos colapsaban, las cabezas se nublaban y el nerviosismo ante otro fracaso se apoderaba de los jugadores. Se fichaba a las máximas estrellas para remediarlos, pero en el torneo del K.O. siempre había quien lograba tumbarlos. Su bestia negra en la historia reciente: el Olympiacos de Spanoulis. Aquel que tantas pesadillas ha provocado a Andrey Vatutin, presidente del club ruso.

Multitud de decepciones, éxitos en la VTB United League aparte, hasta que llegó el 15 de mayo de 2016. El día que cumplió su misión. CSKA y Fenerbache se enfrentaron en una noche histórica. Los moscovitas llegaron a liderar el marcador por 23 puntos en el tercer periodo, pero hizo falta una heroica canasta de su capitán, Khryapa, para forzar la prórroga y por fin a tantos años de maleficio. Moscú dominaba Europa ocho temporadas después. Milos fue el jugador más valorado de aquel partido (29), pero el MVP fue a parar a manos de su compañero Nando De Colo. No le hacía falta. Su valía estaba demostrada.

Destino L.A.

Una nueva derrota en semifinales frente a Olympiacos en 2017 supondría el adiós de Teodosic a la disciplina rusa. Lo había conseguido casi todo a nivel europeo y la NBA seguía llamando a su puerta. ¿Por qué no intentarlo en plena madurez deportiva? Varios equipos tentaron al serbio con sumas de lo más atractivas, pero se decidió por Los Ángeles Clippers.

La franquicia angelina esperaba ocupar la ausencia de Chris Paul con el IQ baloncestístico del ex del CSKA. Tremenda amenaza desde el triple en pleno auge de la larga distancia, además la mejor capacidad de pase de toda Europa. La NBA, aquella competición que le fue negada desde su eclosión, era un sueño hecho realidad.

Su desembarco en California generó todo tipo de sensaciones. La expectación era alta. Patrick Beverly, antiguo compañero suyo en Olympiacos, dijo que se trataba del “mejor pasador del mundo”. Matadores del calibre de DeAndre Jordan y Blake Griffin estaban deseosos de poder disfrutar de las asistencias imposibles de Milos. Mientras estuvo sano, disfrutó de minutos, siendo titular en 36 (22 victorias) de los 45 partidos que disputó en la 2017-18. Compartió labores de dirección con Austin Rivers y Lou Williams, pero para su desgracia, una fascitis plantar empañaría el primer año bajo los focos del Staples Center.

“En el pasado sentí que jugar en la NBA no era algo muy cercano a mí.  Tal vez ahora esté más listo mentalmente. Sé lo que puedo hacer. Quiero sentirme importante y ver que un equipo tiene un proyecto para mí. No pienso ir a la NBA solamente para decir que he estado allí, quiero ir y contribuir”.

Milos Teodosic, 2017

Las lesiones tampoco desaparecieron el siguiente curso, todavía por concluir. Desde el comienzo de la temporada, Teodosic arrastró molestias en los isquiotibiales, que le dificultaron tener mayor presencia en la rotación del equipo. Con Patrick Beverly recuperado, la adquisición de Shai Gilgeous-Alexander relegaba al serbio a un rol residual. Además, su carencias defensivas provocaban notorios desajustes ante los bases más físicos de la competición. Bagaje final: 15 escasos partidos, en los que apenas fue protagonista.

“Llegué, vi lo que había y de alguna manera me di cuenta de que disfruto más en Europa”.

El propio jugador lo veía con nitidez. Su lugar era otro. Finalmente, tras su completa ausencia en la distribución de minutos, los Clippers cortaron a Teodosic, el 7 de febrero de 2019. Adiós a un sueño de lo más efímero.

LOS ANGELES, CA – OCTOBER 09: Los Angeles Clippers Guard Milos Teodosic (4) looks on during an NBA preseason game between the Denver Nuggets and the Los Angeles Clippers on October 9, 2018 at STAPLES Center in Los Angeles, CA.

Cuando la prensa apuntaba a un inminente retorno a Europa de la mano de un aspirante, el de Valjevo sorprendió a propios y extraños diciendo que no jugaría en ningún club en lo que resta de calendario. Lo hará, en cambio, con su selección en el Mundial de China. Una Serbia capaz de todo: platas en el EuroBasket 2009, Mundial 2014 y Juegos Olímpicos 2016. Solo España y Estados Unidos han evitado que esta generación se cuelgue una medalla de oro. Mientras tanto, Teodosic se dedicará a entrenar por su cuenta, meditando sobre qué hacer la siguiente campaña. Le lloverán las ofertas, pero tiene claro que quiere un compromiso competitivo y a medio plazo.

Después de sacarse la espina de la Euroliga, Milos ya no volverá a jugar con aquella losa que recayó sobre sus hombros durante tanto tiempo. Había cumplido su tarea. Tras aquello, la opinión pública era clara: un jugador de su talento no podía quedarse sin probar suerte en la NBA. Al igual que continúa sucediendo con Sergio Llull, expertos y aficionados querían ver qué tal se desenvolvía en la liga norteamericana. Sin embargo, la realidad ha vuelto a dejar claro que hay tipos hechos para el baloncesto FIBA, como Nando De Colo, Aleksandar Djordjevic, Sarunas Jasikevicius, Sergio Rodríguez o el propio Vassilis Spanoulis. Auténticas estrellas que no brillaron al otro lado del Atlántico.

Lo decían los scouts cuando apenas era mayor de edad. Se trataba de un jugador que podía sufrir mucho contra los exuberantes físicos de la NBA, más de lo proyectado incluso en la actualidad. El caso es que Milos Teodosic ya jugaba por aquel entonces como un auténtico veterano. Pausado, leyendo el juego, amasando balón y sin correr más de lo debido. Su sitio era Europa. Un genio con un don especial para leer el juego, para ver huecos que nadie más percibe. Siguen apareciendo críticos con su estilo de juego. Es cierto, puede pecar de frialdad en ocasiones. Cuando salta al parquet parece recién levantado de la siesta. Pero es lo que tienen los genios, a veces sus mentes son inescrutables.

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Objetivo Europa

El ocaso del baloncesto italiano

jakonako10@gmail.com'

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Hubo una época en la que Europa al completo miraba con cierta envidia y recelo a Italia. El país transalpino aglomeraba títulos continentales temporada tras temporada, espoleado inicialmente por aquella maravillosa Varesa que alcanzó cinco títulos de Copa de Europa y diez finales consecutivas en la década de los 70.

Los Dino Meneghin, Pierlo Marzorati, Antonello Riva, Enrico Gilardi y Vitoretto Gallinari eran las principales caras visibles de una generación dorada que prolongó su hegemonía en los años 80 con otras cuatro Copas de Europa –tomado el testigo por parte de Cantú, Roma y Milano- y dos Copas Korac. De hecho, entre 1969 y 1988 –a excepción del curso 1984/85- siempre hubo un equipo italiano entre los cuatro mejores del máximo título intercontinental.

Un éxito que también compartía a nivel de selección. Una plata en los Juegos Olímpicos de 1980 que tendría como cumbre el oro en el Europeo de 1983 –a costa de nuestro querido combinado patrio- y un posterior bronce en la cita continental de 1985, confirmando el gran estado de forma del baloncesto azzurra.

En los soporíferos años 90 del ‘basket-control’, Italia sacó petróleo de competiciones ‘menores’, como la Copa Korac o la Saporta. Griegos y españoles comenzaban a dar muestras del que sería un posterior salto a la élite continental, mientras Ettore Messina, al mando del Virtus Bolonia, daría una Copa de Europa más al baloncesto italiano en 1998. Tres años después, Manu Ginóbili, Rashard Griffith y Antoine Rigadeau devolverían el cetro a los del río Reno en la que sería la primera edición de la actual Euroliga.

carltonmyers.it

La selección, por su parte, recuperaba la gloria de los años 80 con una nueva medalla, esta vez en los Juegos Olímpicos de 2004. El futuro nacional parecía garantizado y la salud del baloncesto italiano daba lugar a la esperanza, pero ese metal adelantó el principio de una decadencia que parecía ya escrita.

Los años de los sponsors gigantes

El nivel de talento que desbordaban las canchas del país del Mediterráneo era notable. A la par que potentes y ‘ligeros de chequera’ los patrocinadores que respaldaban a las grandes potencias nacionales. Ignis, Banco di Roma, Ford, Benetton, Phillips, Kinder,… fueron algunas de aquellas grandes compañías que llenaron con cientos de millones las arcas del baloncesto italiano.

Así, hasta hace aproximadamente veinte años, los equipos que participaban en la Serie A eran propiedad de grandes empresas que invirtieron una gran cantidad de capital en la construcción de proyectos de gran envergadura.

En su momento, la liga italiana carecía de un límite establecido de extranjeros por plantilla, por lo que las directivas no escatimaban en gastos en su afán de reclutar talento, principalmente venido desde más allá de las fronteras. De este modo se vivieron años dorados en los que jugadores de la talla de Mike D’Antoni, Bob McAdoo, Sasha Danilovic, Toni Kukoc o Manu Ginóbili formaron parte del elenco de la competición.

Con este mecanismo, los equipos italianos dominaron en Europa, pero la llegada del euro afectó a la calidad de la Lega A. Las grandes  empresas fueron abandonando paulatinamente los diversos equipos que tantos éxitos habían cosechado. Invertir en el baloncesto ya no era un negocio rentable y algunas plazas históricas empezaban a sufrir graves problemas económicos. Otras, históricas, no tuvieron más remedio que desaparecer o refundarse (Treviso, Bolonia, Udine, Siena…).

Montepaschi Siena
RTVE

Por otra parte, el éxodo de jugadores a la NBA, que solo afectaba a los internacionales y a cuentagotas, comenzaba a extenderse también al producto interior. La mejor liga de baloncesto del mundo dejaba atrás su proteccionismo patrio y la apertura de puertas al talento exterior era un hecho, en su propósito de extender su marca por todo el globo y enriquecerse de, principalmente, el pallacanestro europeo. Así, el objetivo de los jugadores europeos –mal de muchos, como podemos apreciar recientemente también en la ACB- era claro: cumplir el sueño americano o buscar un destino más ‘agradecido’ económica y deportivamente en Europa, con los mercados griego, ruso, español e israelí como principales destinos.

Curiosamente, coincidió con esa medalla de plata en Atenas la última aparición de un equipo italiano en la final de una Euroliga. Y con una sonrojante derrota (-44) del Fortitudo Bolonia ante el Maccabi Tel Aviv.

Desde entonces, tan solo el Montepaschi Siena sería capaz de alcanzar la Final Four (2008 y 2011) con un núcleo de jugadores, eso sí, netamente importado. El último gran dominador del baloncesto italiano –siete títulos consecutivos de liga, dos de ellos retirados por los escándalos que apuntaron directamente a la cúpula del club- antes de, como sus antecesores, caer en la quiebra y desaparecer en 2014. Siena, en esos años, fue señalado como un chivo expiatorio de la decadente tendencia de los italianos en Europa: el mensaje que se transmitió fue el de un movimiento italiano que luchaba a nivel continental porque en el ámbito nacional la brecha era patente.

Las vitrinas de trofeos de la geografía italiana dejaron de acaparar grandes títulos a tener que conformarse con campeonatos de segunda –o tercera o cuarta- línea. Así, de aquel último título en Euroliga del Bolonia en 2001 se pasó a las conquistas del FIBA Challenge –último en discordia- en 2009 (el propio Bolonia) y 2014 (Reggio Emilia). Ni siquiera la Eurocup ha sido terreno fértil, con ninguna aparición en la final y solo tres en la Final Four desde 2011.

MÁS SOMBRAS QUE LUCES

El baloncesto italiano se encontraba sumido en un pozo y la selección nacional tampoco era ajena a ello. En 2009 no lograron clasificarse para el Europeo de Polonia –una ausencia que solo se había dado en dos ocasiones anteriormente, en 1949 y 1961- y la presencia en el EuroBasket de 2011 llegó ‘in extremis’ en una repesca para, posteriormente, caer a las primeras de cambio con una única victoria en cinco partidos. Con el ‘run-run’ previo de siempre, los Gallinari, Bargnani, Belinelli y compañía eran, finalmente, insuficientes para regalar ese plus a una selección que veía incapaz el repetir las gestas pasadas.

En clubes, la ruina económica del Montepaschi Siena y su posterior desaparición terminaron por convertir el baloncesto transalpino en poco más que un solar. En las últimas seis temporadas, en solo una ocasión (2013-14), un equipo italiano firmó un balance positivo –al menos un 50% de victorias- en Euroliga, con aquel EA7 Emporio Milano que alcanzó los cuartos de final. Al cierre de estas líneas, los de Lombardía pueden repetir la gesta, con un registro de 14 victorias y 12 derrotas que los mantiene en la séptima posición de la tabla.

VISIÓN ACTUAL DE UNA REALIDAD OSCURA, POR CLAUDIO COLI

En julio de 2014, se hizo oficial la caída del glorioso Montepaschi Siena, una máquina infalible capaz de ganar siete campeonatos consecutivos y alcanzar tres Final Four de Euroliga (2004, 2008 y 2011), en el que ha sido el último emperador italiano capaz de luchar de tú a tú con las potencias europeas.

Unos éxitos en la cancha que, en un momento dado, dejaron de ir de la mano con el presupuesto existente. El drástico recorte de patrocinio, en particular el procedente de la Banca Monte dei Paschi –también sumido en una crisis dramática-, quien había aportado a las arcas del club cien millones de euros repartidos en siete años.

Unos problemas financieros que, combinados con una serie de conductas fiscales ilegales por parte de la cúpula deportiva, empujaron a un club con una gran tradición baloncestística llamado a tomar el testigo de sus antecesores hacia el abismo.

Emporio Armani Milan
Euroleague

Según la Guardia di Finanza, que llevó a cabo la investigación del caso, un complejo sistema criminal de evasión, falsa facturación y blanqueo de dinero habría llevado a la erosión de los activos de la compañía y la total desestructuración de las cuentas de la compañía, arrastrando, por ende, al Siena.

El caso, con acusaciones contra los exejecutivos por asociación criminal, fraude fiscal, abuso de crédito y quiebra fraudulenta, sigue siendo muy polémico años después: nadie sabe con total seguridad la cantidad exacta que el exgerente y presidente Ferdinando Minucci habría podido adjudicarse durante todos esos años.

La destrucción económica del Siena tendría, por consiguiente, un desenlace definitivo a modo de puntilla: el Tribunal Federal de Deportes anunció la cancelación de los dos últimos campeonatos de liga (2012 y 2013) a consecuencia de un estado total de insolvencia que no permitía, siquiera, la inscripción del equipo en la competición.

En 2014, gracias a los esfuerzos de la antigua empresa matriz, Mens Sana Polisportiva, el Siena resurgía de sus cenizas y comenzaba una nueva andadura en la Serie B y un rápido ascenso a la A2. Sin embargo, los problemas financieros siguen acechando a la institución.

La falta de patrocinadores y la fragilidad del proyecto desencadenaron un primer amago de quiebra en 2016, evitado por una recaudación de fondos liderado por los propios aficionados del club, quienes pasaron a convertirse en accionistas minoritarios con la entrada del grupo “Siena Sport Network”.

Las buenas intenciones iniciales de los propietarios, la familia Macchi, sin embargo, no han tenido continuidad y el club vuelve a estar al borde del caos. De hecho, el Siena tiene hasta el 20 de marzo para abonar la quinta entrega del FIP y podría ser excluida del campeonato de no hacerlo.

Un ligero renacer

Aún así, no todo son sombras y el primer atisbo de luces comienza a ascender por los Apeninos.

La selección italiana volverá a disputar un MundoBasket trece años después tras firmar una notable actuación en las Ventanas FIBA y el Olimpia Milano puede volver a disputar unos Playoffs en Europa después de varios proyectos fallidos.

Por su parte, la apuesta por la cantera parece haberse convertido en uno de los principales focos de la Federación Italiana y los clubes, con la aparición de varias escuelas que promueven la formación de los jóvenes jugadores. Entre ellas destaca el Stellazzurra Basket Academy, equipo que ha nutrido a la NCAA con promesas europeas y que se ha dejado por el Adidas Next Generation de la Euroliga.

Muchas son las voces -y teorías- que han querido arrojar algo de luz al panorama de un baloncesto que añora tiempos gloriosos. Aquella generación dorada dominó con mano férrea toda Europa, quizá irrepetible. Un halo de esperanza vuelve a flotar en el país y solo es cuestión de espera y paciencia el comprobar si veremos de nuevo a un equipo italiano en lo más alto del pabellón baloncestístico continental.

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