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Objetivo Europa

Cuando la pequeña Varese dominaba el baloncesto europeo

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Ignis Varese

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Afincada en el norte de Italia, en plena Lombardía y muy cerca de la frontera con Suiza, la pequeña localidad de Varese vivía ajena a cualquier fama deportiva allá por los años 60. Con cerca de 80.000 habitantes, su única referencia deportiva de renombre era el gran Alfredo Binda, posiblemente el primer gran ciclista de la historia, cinco veces ganador del Giro y tres veces Campeón del Mundo repartidos entre las décadas del 20 y del 30. Aparte de eso, la ciudad no había contado con ningún otro deportista de renombre y tampoco disfrutaba de un equipo de fútbol con prestigio en  el calcio italiano. Sus ciudadanos estaban ajenos a todo lo referente en el deporte de élite hasta mediados de los 60, cuando el equipo de baloncesto de la ciudad empezaría a convertirse en dominador del campeonato doméstico, dominio que extendería posteriormente a todo el continente durante la década de los 70. Diez años donde Varese fue el gran dominador del baloncesto continental, alcanzando la proeza de disputar diez finales consecutivas de la Copa de Europa y manteniéndose invicto durante 46 partidos consecutivos en casa desde 1965 a 1978. Ossola, Rusconi, Zanatta, Raga, Meneghin, Morse, Bisson, Nikolic, Gamba… En los 70 el amarillo y azul de Varese reinaba en el Viejo Continente bajo el nombre de marcas comerciales ya míticas dentro de la historia del baloncesto como Ignis, Mobilgirgi o Emerson.

Cuatro décadas después de su último entorchado continental, Varese aún recuerda aquel plantel de jugadores encumbrados al nivel de héroes y que proporcionaron a sus habitantes una seña de identidad y orgullo, la de un equipo que logró romper el binomio Milán-Bolonia en el pallacanestro italiano y cuyo ejemplo fue seguido posteriormente por otras ciudades pequeñas como la vecina Cantú, Treviso o Siena. Muchas cosas han cambiado desde entonces para el club, el cual alzó su último campeonato italiano en 1999, pero la historia de la ciudad y el equipo siempre van unidas desde aquellos mágicos 70, donde los gritos de ¡Forza Varese! hacían temblar los cimientos del antiguo Palasport Lino Oldrini en cada partido. “Varese es una ciudad de baloncesto”, en palabras de Aldo Ossola, varesino de nacimiento y director de juego de la época dorada del club, “aquí se ha masticado el mejor baloncesto durante medio siglo. Ha habido momentos oscuros, pero lo que creó la gran Ignis es un virus imposible de curar”. Una historia que ha creado las condiciones necesarias para que el amor de Varese hacia el baloncesto siempre sea grande.

El club, fundado en 1945 una vez acabada la II Guerra Mundial, alcanzó su primer éxito en 1961, cuando logró proclamarse Campeón de Italia por primera vez, repitiendo título tres años después, en medio de una tremenda rivalidad deportiva con el otro gran dominador del baloncesto italiano, el Olimpia Milán. Crucial en el crecimiento y en el posterior devenir del club fue el año 1956, fecha en la que la marca de electrodomésticos Ignis empezó a patrocinar al club bajo el amparo del empresario Giovanni Borghi. Quizá la figura de mayor renombre y popularidad en la ciudad, Borghi siempre demostró gran interés en asociar el nombre de Ignis a modalidades deportivas, caso del boxeo, el ciclismo o el fútbol, pero su unión con el baloncesto representó su principal acierto, asociando a la marca Ignis una imagen de victoria y fama no solo a nivel nacional, sino también a nivel internacional.

El primer gran éxito internacional llegó en 1966, cuando el equipo se proclamó campeón de la Copa Intercontinental disputada en Madrid, torneo en el que logró ganar a los anfitriones y al Corinthians brasileño. En aquella plantilla destacaba Tony Gennari, posiblemente el primer gran extranjero en la historia de Varese. Estadounidense pero de ascendencia italiana, fue clave en el triunfo en la Intercontinental y también en el desenlace de la Liga. Con Milán y Varese empatados a puntos al final del campeonato, hubo de jugarse un partido para dilucidar el campeón, al que Gennari se presentó aunque la Federación se lo tenía prohibido porque le consideraba extranjero. Varese logró la victoria, 74-59, pero le fue arrebatado el título por la irregularidad de la participación de Gennari. Ese mismo año, en noviembre, debutaría en el primer equipo un joven de 16 años que marcaría el futuro del club y del baloncesto transalpino en las siguientes dos décadas, Dino Meneghin.

Muchos otros jugadores iban amasando estadísticas individuales durante años, mientras que Dino reunía la energía y la determinación para transformar la pequeña Varese en la referente del baloncesto continental durante una década. El equipo no era el más talentoso pero era capaz de memorizar cada debilidad del oponente por muy pequeña que fuese, de trabajar en cada entrenamiento con un solo objetivo: la victoria. Y en el centro siempre estaba Meneghin. En palabras de Sandro Gamba: “De todos los jugadores que he visto, conocido y entrenado, Dino es el primero que elegiría para formar un equipo”. Era una rara combinación de inteligencia, consistencia y simpatía que hicieron de él una presencia única dentro y fuera de la cancha. “Era un equipo muy bien construido porque la sociedad tuvo mucho cuidado al organizarlo”, recordaba Dino, “Primero contrató un gran entrenador como Nikolic. Después, cuando Gamba llegó a Varese se ganó mucho. El colectivo estuvo compuesto por jugadores intercambiables, muy fuertes técnica y físicamente, aparte de que tuvimos mucho acierto con los jugadores extranjeros”.

Ignis Varese

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La época dorada de Varese ya había comenzado, alzándose con la primera edición de la Recopa en 1967, derrotando a Maccabi en la Final a doble partido. 1969 supone el comienzo de cinco títulos italianos en seis temporadas, gracias a la conformación de un quinteto titular mítico en Varese, con Ossola, Dodo Rusconi, Ottorino Flaborea y los dos factores desequilibrantes, Meneghin y Raga. Natural de Aldama, en el Estado de Tamaulipas, Manuel Raga fue el arma ofensiva que le faltaba a Varese para empezar su periodo de dominio. Apodado “el helicóptero” debido a su capacidad de permanecer mucho tiempo suspendido en el aire, Raga fue una máquina de anotar durante sus cinco temporadas en Varese, lo que le valió para ser el primer jugador no estadounidense en ser seleccionado en un draft, concretamente en 1970 por los Hawks de Atlanta. “Yo era delgado pero de piernas fuertes”, recordaba el mexicano, “tenía un modo de tirar especial, rápido en el uno contra uno, jugaba fuerte en defensa y me encantaba ir al rebote”. Para terminar de conformar el puzzle llega a Varese para sentarse en el banquillo el padre del baloncesto plavi, Aza Nikolic.

Un genio de la táctica y del entrenamiento duro, Nikolic aterrizó en Varese para encabezar el gran proyecto de asaltar el cetro europeo. Famoso por sus frases, Borghi se mostró en un principio reticente a la llegada de “el profesor” debido a sus simpatías con el comunismo. “¿Qué importa que uno sea comunista?”, diría después, “Lo que importa es que el equipo gane”. Severo, persistente y difícil en ocasiones, predicaba el verbo del trabajo hasta el final con un solo objetivo, la victoria. Nikolic llevó a Varese a su ciudad natal, Sarajevo, para enfrentarse al temible CSKA de Moscú en la Final de 1970. Allí, con Ossola en la dirección, Raga y Rusconi en las alas, el estadounidense Ricky Jones y un  Meneghin de 20 años en la pintura, consigue la Copa de Europa en la primera de las diez finales consecutivas en las que el equipo compareció. Calificado erróneamente como pesimista, Nikolic usaba la crítica para motivar a sus jugadores. La mediocridad no era algo que le gustara, siendo un maestro en combinar talento y disciplina en la búsqueda de la perfección. “Con Nikolic sabíamos cuando empezaba el entrenamiento pero no cuando finalizaba”, decía Meneghin, “dos horas, tres horas, tres horas y media…”. En una ocasión, tras un entrenamiento tremendo, preguntó en alto “¿Quién de vosotros está cansado?”, a lo que Aldo Ossola respondió que no se encontraba bien. Su contestación fue “Eso es que no estás entrenando bien. Ve a subir y bajar escaleras durante 15-20 minutos”.

Tras conseguir Liga, Copa y Copa de Europa, el club comienza 1970 con la llegada de otra futura leyenda, Ivan Bisson, alcanzando su segunda Copa Intercontinental y su tercera Liga consecutiva. Sin embargo, Varese no puede revalidar su título europeo tras caer en la ciudad belga de Antwerp ante el CSKA en una reedición de la Final del año anterior. Tras ello, Tonny Gennari regresa al equipo, acompañado de otro jugador que hará historia en Varese, Marino Zanatta. Tras perder Liga y Copa ante el eterno rival, Milán, la Ignis alcanza su tercera final consecutiva en Copa de Europa. En el remozado pabellón de La Mano de Elías, Varese logra su segundo triunfo ante la Jugoplastika de Solman y Skansi por un ajustado 70-69. Sin Bisson, lesionado en una muñeca, Meneghin y Raga son los encargados de guiar el triunfo italiano con 21 y 20 puntos respectivamente.

En el verano de 1972, procedente de Philadelphia, aterrizó en Varese Bob Morse, otro de los ilustres nombres en la historia del club y del baloncesto italiano. Con tan solo 21 años desechó la posibilidad de ser profesional en la NBA para cruzar el Atlántico, llamado a ser el recambio de Raga como extranjero en los partidos de Liga (ambos podían jugar juntos solamente en Europa). Tras un primer tiempo en su partido de debut sin anotar un solo punto, pasaría a encestar 10 lanzamientos consecutivos tras el descanso, convirtiéndose en el nuevo ídolo de la afición varesina y comenzando una carrera que le llevaría a ser uno de los mejores jugadores extranjeros en el baloncesto italiano. Fantástico anotador desde todos los ángulos y con una gran capacidad reboteadora, Morse fue la llave para que la Ignis culminase la mejor campaña de su historia, conquistando Liga, Copa, Copa de Europa y la Intercontinental en Brasil. “Nikolic hacía cosas que nunca había experimentado en EE.UU”, rememoraba Morse hace unos años, “Era grande en los fundamentos, en defensa y en ataque. Nos levantaba los domingos por la mañana antes de los partidos para reunirnos más de una hora estudiando al rival, cada jugador, sus características, sus puntos débiles y sus puntos fuertes. Tuve grandes entrenadores en la universidad, entre ellos Chuck Daly, pero en el aspecto táctico ninguno superaba a Nikolic”.

Pallacanestro Varese

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Con el objetivo cumplido y encumbrado ya como una leyenda de los banquillos, Nikolic decidió regresar a su país al finalizar la temporada para hacerse cargo del Estrella Roja. Para tomar su relevo llegó Sandro Gamba, quien había aprendido durante años como asistente de Cesare Rubini en el banquillo del gran rival, Milán. El idilio de Gamba con el baloncesto había comenzado sin embargo mucho antes, concretamente el 25 de abril de 1945, cuando en las postrimerías de la II Guerra Mundial una ráfaga de disparos perdidos entre las tropas alemanas y la resistencia italiana había alcanzado su mano derecha mientras jugaba con sus amigos en las calles de Milán. Para recuperar el movimiento y la sensibilidad, los médicos le aconsejaron la práctica del baloncesto, un idilio que le llevaría en 2006 a ser elegido integrante del Hall of Fame de Springfield. Gamba viajaba a EE.UU cada año en busca de jugadores interesantes y para estudiar las tácticas de los mejores entrenadores de allí. Su gran rival en los banquillos italianos, Dan Peterson, tenía una palabra para describir a los equipos de Gamba: duros. Unos equipos a los que llevaba a un 110% de intensidad.

Con la decadencia del CSKA y de los equipos de Europa del Este en Europa, Varese y Real Madrid se convertirían en los dominadores de la competición los siguientes años esperando la llegada de los equipos yugoslavos y del Maccabi Tel Aviv. Italianos y españoles disputarían cuatro finales, repartiéndose los triunfos (1974 y 1978 para los madridistas y 1975 y 1976 para los varesinos). Entre ellas, Maccabi había llegado a la élite en 1977, arrebatando a Varese el triunfo en su octava final consecutiva por un solo punto. En el camino, el equipo había cambiado de sponsor en 1975, tras el fallecimiento de Giovanni Borghi. Tras casi 20 años asociada a los triunfos de Varese, la casa Ignis daba el relevo a otra firma mítica en los 70, Mobilgirgi.

Con Gamba entrenando en Torino desde 1977 y con un equipo demasiado veterano, donde Meneghin, Morse y Yelverton tomaban la responsabilidad, el último capítulo de Varese (ahora patrocinada por la empresa electrónica Emerson) con la Copa de Europa se dio en Grenoble en 1979, ante el pujante Bosna Sarajevo. Aquella tarde, los 30 puntos de Morse y los 27 de Yelberton nada pudieron hacer ante el baloncesto total del Bosna, plasmado en los 30 puntos de Mirza Delibasic y en los ¡45! de Zarko Varajic quien, posiblemente, firmó la mejor actuación individual en una final de Copa de Europa. Un año después, Varese volvía a jugar otra final europea, esta vez la de la Recopa, escribiendo el punto final a una etapa gloriosa tras derrotar a la vecina Cantú de Marzorati y RIva por 90-88.

Tras ello llegarían casi dos décadas de barbecho donde Varese dejó de ser un referente en Europa e Italia, principalmente tras la salida de Meneghin rumbo Milán en 1981. No sería hasta 1999 cuando los varesinos rememoraron de nuevo glorias pasadas con la sorprendente victoria en el campeonato italiano con Mrsic, Galanda, De Pol y un Pozzeco con todo el cabello tintado de rojo encendiendo a la afición. Fue el último hurra de un equipo donde en los juveniles empezaba a pedir paso Andrea Meneghin, el heredero de un pasado triunfal engendrado por su padre y un grupo de jugadores que llevaron una tierra de valles, castillos y gorgonzola a dominar el baloncesto más allá de los Alpes.

Ignis Varese

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Objetivo Europa

El Rey de Amarillo

El Gran Chamán. Un base polvorilla, callejero, con cinta de pelo, tan irregular como talentoso, siempre ligado a la gloria en Europa.

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“Cada tebeo tiene una media de 35 páginas y 124 ilustraciones. El precio de un único número oscila entre un dólar y 140.000. En Estados Unidos se venden 172.000 cómics al día. Unos 62.780.000 al año. Un coleccionista de tebeos posee una media de 3.312 números y pasaría aproximadamente un año de su vida leyéndolos”

Texto inicial en “Unbreakable”, de M. Night Shyamalan.

PRÓLOGO (IN MEDIAS RES)

18 de mayo de 2014, Milano, capital del diseño y del bunga bunga. Yogev Oyahon se dirige sin oposición a la canasta contraria y realiza uno de los mates más sencillos de su carrera, lo que no va a impedir su entrada en la historia. Maccabi acaba de presentar su candidatura a campeón de Euroliga más insospechado de la década, en dura pugna con ese Olympiakos que dos años antes, de la mano de un agonístico Printezis, tumbó a aquel aparentemente intratable CSKA de Kirilenko. Tan inaccesible como aquella constelación moscovita se suponía al Real Madrid 2013-2014 de Pablo Laso, y más contra un underdog cuya única superioridad se manifestaba en el alienante color pajizo de las gradas, y a manos de un invitado sorpresa que por un día se metamorfoseó en el rey amarillo.

Aquello no debería haber ocurrido.

PLANTEAMIENTO

Octubre de 2013, Vitoria. Un Real Madrid que luce galardón de campeón ACB de la temporada anterior se impone con dificultades en la final de la Supercopa al Barcelona, clavando la primera pica de la que promete ser una temporada histórica. La plantilla madridista, enhebrada con tino y especificidad por Juan Carlos Sánchez, Alberto Herreros y Pablo Laso, estaba construida para ganar y enamorar. Un par de cambios en el juego interior (Hettsheimeir y Begic out, Bourousis y Mejhri in) no alteraban el ecosistema Laso, cuyo sistema nervioso pasaba por la electricidad que generaban dos dinamos: los Sergios, capaces de trasladar el concepto de hipervelocidad al baloncesto europeo. Conectados a ellos, un Rudy Fernández en plenitud de facultades, que, cuando la espalda se lo permitía, era el exterior más completo de Europa en aquel momento; y un Nikola Mirotic que con apenas 22 años podía ya presumir de un MVP de liga ACB, y cuya inteligencia, versatilidad y lectura de espacios encajaban en aquella maquinaria cual nivel uno de Tetris.

Febrero de 2014, Madrid. El Palacio de Deportes de la Comunidad era ocupado en cada partido por una afición merengue entusiasmada con el espectáculo que ofrecía su equipo, quizás el mejor, o como mínimo el más vistoso, baloncesto visto en Europa durante muchísimo tiempo. Show tras show, vapuleo tras vapuleo, el Madrid se paseó por la Liga Regular con apenas la oposición de un resiliente Valencia Basket. En la Euroliga, imbatidos durante la primera fase. En la Copa, tres cuartos de lo mismo… excepto que en una sorpresivamente igualada final contra el Barcelona necesitó un triple en el último segundo de Sergio Llull para levantar el trofeo. No había motivo de alarma, empero, sino de jolgorio: del showtime al triplete solo les separaban un par de pasos. El Maccabi de Tel Aviv, por señalar un equipo cualquiera, estaba haciendo una buena Euroliga pero nadie les tomaba como aspirantes a nada serio.

NUDO/CONFLICTO

Abril de 2014, Europa. Nos encontramos en plena vorágine de playoffs de Euroliga. Aunque nadie parece querer admitirlo, el Madrid está empezando a boquear. Sus resultados no son ya tan contundentes, o lo son con menos frecuencia. En algunos partidos se embarrancan en exceso; su defensa de anticipación (muchas veces con Slaughter defendiendo al base rival), la que le permite salir trescientas veces por partido al toque de corneta, parece algo menos exuberante.

La serie contra el siempre roqueño, pedregoso Olympiakos no se resuelve hasta el quinto partido, pero a fin de cuentas, aunque el juego ya no sea siempre tan fluido, se ha conseguido el objetivo. En otro lado del cuadro, el Maccabi le roba la ventaja de campo al Emporio Armani en el primer choque, después de remontarle 13 puntos en apenas 3 minutos, y le impide participar en una Final Four en casa. A ella los acompañarán el otro gran favorito, el sempiterno semifinalista y legendario choker CSKA de Moscú, y un Barcelona en ascenso después de una temporada dubitativa.

16 de mayo de 2014, Milán. El Mediolanum Forum di Assago, el recinto donde se celebra la Final Four de ese año, transmite una iluminación extraña, casi tenebrista, como si Caravaggio hubiera descubierto las posibilidades claroscuristas (es tu turno, RAE) del baloncesto. La luz se focaliza en la pista de juego de tal manera que contrasta poderosamente con la lobreguez de la grada; lobreguez que se empeña en objetar, embriagada de utopía, la marea amarilla de la afición macabea, muy superior en número y entusiasmo a las demás.

Un empuje que no se difumina ni cuando, a 40 segundos del final del tercer cuarto, el favoritísimo CSKA se distancia 15 puntos por encima, 55-40. Tampoco cuando, a pesar de los esfuerzos de Tyrese Rice, el equipo moscovita domina por 67-63 a falta de 19 segundos: hacen bien. Triple de David Blu. Pérdida absurda de Khryapa. Canasta de Rice. Sonny Weems yerra un triple al límite de la bocina incluso antes de lanzarlo. Maccabi se impone 67-68 ante el delirio generalizado, y no solo de la afición israelita: de repente, la otra semifinal se ha convertido en una final anticipada.

16 de mayo de 2014, un par de horas más tarde, Milán. El Barcelona de Xavi Pascual entra al partido cuatro minutos antes que el Real Madrid y lo aprovecha para situar un 12-4 en el marcador. Pablo Laso se ve obligado a despertar a sus jugadores con un tiempo muerto y vaya si los despierta. El descanso acaba con un aún discreto 37-45 que no es en absoluto espoiler de lo que va a ocurrir a continuación: la más inmisericorde masacre acontecida en un encuentro de Final Four, y yo diría que en la historia de la Euroliga.

Hay un instante, a mediados del tercer cuarto, en el que el partido implosiona; es como ver al equipo de 5º de EGB contra los de 2ª (sí, soy TAN mayor, gracias por preguntar). Un Madrid en versión 2014 optimizada (que ya se estaba viendo con menos asiduidad, pero tal) y un Barcelona de brazos caídos que no era la primera vez que asomaba esa temporada, pero nunca de manera tan manifiesta. 68-100 es el resultado final, que muchos de los aficionados barcelonistas desplazados a Milán acaban (acabamos, snif) conociendo vía móvil porque no pueden soportar el bochorno. El metro de la ciudad, durante unos minutos, alberga un dominante pero mortuorio color azulgrana. La historia funde a blanco.

DESENLACE

18 de mayo de 2014, yasabeisdónde. Todo parece apuntar a un noveno entorchado europeo madridista, 19 años después del octavo, cortesía de Zeljko & Arvydas, S.L. Ni siquiera el abrumador quórum amarillo en las gradas (que incluía a los aficionados del Barça y los asientos revendidos de los moscovitas) alteraba la sensación imperante de que el partido iba a quedar resuelto al descanso. A falta de dos minutos y medio para el mismo, y a pesar de que el encuentro se desarrollaba de manera más embarrada de lo esperado, un 33-24 confirmaba, más o menos, las expectativas. Pero siete puntos consecutivos del veterano David Blu cierran la primera parte con un abierto 35-33.

18 de mayo de 2014, una hora después. A falta de cuatro segundos y con empate a 73 en el marcador, un más bien fallón pero bullicioso Tyrese Rice, que poco a poco ha ido asumiendo las riendas macabeas, lanza un triple más o menos abierto que solo encuentra aro, al igual que el palmeo de Alex Tyus. La final se va a la prórroga en medio de una atmósfera David-le-está-tocando-lo-que-no-suena-a-Goliath (y nunca mejor traída la alegoría), pero la fiesta se ha acabado, Maccabi ha arrojado su oportunidad por el desagüe. Es cierto que Llull no ha conseguido anotar aún ni un solo punto, a Mirotic parece habérselo tragado la tierra, el banquillo está narcotizado y el equipo blanco, en general, apelmazado por la responsabilidad, quizás con la excepción del Chacho, el único que más o menos se mantiene a su nivel. Pero es el Madrid, es demasiado superior y bastante se ha alargado ya la broma.

18 de mayo de etcétera. Volvemos al arranque del artículo. Tyrese Rice, un base polvorilla, callejero-con-cinta-de-pelo, de primer paso desbordante y tiro irregular, sexto e incluso séptimo hombre en la rotación de David Blatt, ha ido asomando la cabeza (y la cinta) de manera progresiva pero imparable durante los cuarenta minutos, hasta ser el máximo protagonista. En la prórroga no es que asome la cabeza, es que es el jodido Juggernaut.

Los 14 puntos que añade a sus 12 anteriores no explican el efecto centrifugador que ejerce sobre la final: todo, absolutamente todo, gira sobre él, como si todos los involucrados en el partido entraran en una fase mística colectiva en la que Rice es el Gran Chamán. Tal es el seísmo causado que incluso le sobra un minuto a la prórroga, al que se entra ya con todo resuelto, para acabar con un inopinado 86-98. El Maccabi enriquecía su palmarés con su sexta Copa de Europa, Tyrese Rice multiplicaba exponencialmente su caché para el siguiente lustro, y el Madrid entraba en una espiral de dudas internas, perplejidad y vacilación que le costaría incluso la liga ACB un mes después, ante el mismo Barcelona al que había atomizado en Milán.

El año siguiente, Tyrese Rice ni siquiera apareció por la Euroliga (fichó por el Khimki, que ese año jugaba la Eurocup), el Maccabi transitó por una de las peores temporadas de su historia (eliminado en cuartos de Euroliga, ni siquiera supo clasificarse para la final de la Superliga israelí), y el Real Madrid abrochó un triplete histórico que premiaba su apuesta por el continuismo. La gloria y el fracaso, queridos padawanes, son efímeros.

THE END

CREDIT ROLL

OJO, SE PARA LA MÚSICA

ESCENA POST-CRÉDITOS

Ese verano fue el de la marcha de Nikola Mirotic a los Bulls, después de un final de temporada, justo a partir de la final de Milán (de la que acabó resultando ser uno de los grandes señalados, a pesar de que casi nadie estuvo a su nivel), en el que mostró un rendimiento de cauce vertiginosamente descendente. Con el tiempo, se han generalizado los rumores de un deterioro de su relación con Pablo Laso (al que ni si quiera nombró en su carta de despedida) y con los gestores del club, al que tuvo que pagar la cláusula íntegra de salida… pero gracias a lo que, cinco años después, se encontró con vía libre de derechos para retornar a Europa y firmar por el Barcelona…

… lo que nos lleva al sentido real y hasta ahora oculto de este artículo: aquella Final Four, su intrahistoria, y la de las semanas siguientes, definieron la semilla de lo que, a los ojos de cualquier avezado lector de cómics, es la historia de orígenes de un ¿superhéroe? ¿supervillano? ¿antihéroe? (si es David Dunn o Mr. Glass queda en manos de vuestras filias y fobias, estimados lectores), el constructo seminal de un personaje de cuyo éxito deportivo dependerá si acaba siendo Batman o el Hombre Cometa.

Esta es, en realidad, la historia de origen del Nikola Mirotic barcelonista.

FC Barcelona

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Objetivo Europa

La hora cero del CSKA

El campeón de la Euroliga afronta una revolución inesperada. A la marcha de Nando de Colo y Corey Higgins se le puede sumar alguna más. Tocará mover ficha en Moscú.

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Han vuelto a ser el primer equipo en Rusia un año más, lo que ciertamente no es bueno para el baloncesto ruso, pero no deja de ser una realidad inapelable: ganan porque son de largo el mejor equipo y porque disponen de un colchón de más de diez millones de euros en relación al presupuesto del resto de “contenders”. Hasta ahí todo bien. Sergio Rodriguez, nos contaba en Skyhook #14 que “hay que quitarse de la cabeza la palabra fracaso por no ser campeones de la Euroliga” palabras comprensibles cuando vienen de un jugador….pero que se lo vaya a decir a Vatutin. Hace ya mucho tiempo que en las oficinas de la Leningradsky no basta con ganar la VTB. Tampoco con caer en semifinales de la F4 ante el Olympiakos o el Real Madrid de turno.

La derrota en Belgrado en la Final Four de 2018 supuso un punto de inflexión. Tras la derrota ante el Real Madrid muchos pidieron abiertamente el despido de Itoudis, de quien podemos decir que ese verano tuvo pie y medio fuera del club. Sin embargo, la figura salvadora de Andrei  Vatutin , presidente del club. hace que Itoudis se queda en Moscú, diseñe una campaña con una minipretemporada incorporada en los meses de enero y febrero, y posibilita que el CSKA llegue en plena forma a Vitoria para alzarse con la segunda Copa de Europa en cinco años para Itoudis.

El Buesa Arena supuso el punto de inflexión. Vatutin e Itoudis se abrazaban en un estado de éxtasis en el medio de pista mientras Vatutin le dice al griego: “.Me prometiste que me iba a sentir orgulloso de ti”. Parece que Itoudis es un hombre de los que respaldas las palabras con hechos, pero en Vitoria comenzaba el día uno de la nueva realidad del CSKA.  Nueve jugadores terminaban contratos, Itoudis también y ni siquiera la continuidad de Vatutin estaba asegurada si nos atenemos a las declaraciones que recoge el portal “CSKA.news”: Prometo que terminare la temporada y en ese momento me parare a pensar en el futuro. Después de una gran victoria como esta, siempre se pueden extraer muchas conclusiones positivas, pero tampoco hay que olvidar que conllevan mucho sacrificio y mucho “stress” personal”. No es un trabajo sencillo”.  Desde ese momento, no se ha oído nada más al respecto, por lo que la continuidad del hombre fuerte en los despachos parece probable y este es un hecho importante de por sí, por que pase lo que pase este verano en Moscú, “el factor Vatutin”, influirá en ello.

Con 9 jugadores de los 14 de la primera plantilla finalizando contrato, se sabía que el verano iba a ser movido en Moscú. Tradicionalmente el CSKA trata de cambiar dos o tres piezas anualmente, intentando evitar de esta forma tanto las revoluciones drásticas como los estancamientos en la plantilla.  Tan solo De Colo, Vorontsevich, Kurbanov, Higgins y Kyle Hines, campeones en 2016 en Berlin, sobrevivían en la plantilla campeona este año .

Parece lógico que la primera piedra angular del CSKA fuese la renovación de Itoudis tras proclamarse campeón de Europa. A la hora de valorar la plantilla, la cosa tiene innumerables matices. Todos los extranjeros a excepción de Daniel Hackett terminan contrato y dos de ellos, Corey Higgins y Nando de Colo han anunciado su salida. Dos piezas claves que pierde el equipo del ejército en el perímetro y que obligan a la dirección del club a  buscar reemplazos de entidad. Ambas salidas se llevaban meses especulando en distintos medios, y finalmente se han confirmado. Dos hombres que acumulaban nueve temporadas entre los dos en el CSKA y que en decisiones personales han decidido no renovar con el club. Higgins, una apuesta personal de Itoudis tras su paso por la liga turca, llegó al CSKA procedente del Royal Gaziantep turco. Fue un fichaje que llegó sin hacer demasiado ruido y creció de forma exponencial en Moscú. En su caso se sabe que vestirá la camiseta del Barca Lassa la próxima temporada, algo que a día de hoy se desconoce en el caso de Nando de Colo.

Han sonado varios destinos para el genial escolta francés, pero a día de hoy su futuro parece más cercano a Valencia más que a ningún otro punto del mapamundi. Razones familiares parecen pesar en un hombre que acumula cinco inviernos con su familia viviendo las particularmente crueles heladas y nevadas  con las que el implacable invierno ruso obsequia a los residentes en la antigua URSS. Nada que ver los inviernos de Moscú con los de Madrid, Barcelona o Valencia.

A pesar de que el CSKA es un equipo relativamente joven donde nadie supera los 32 años de edad, va a ser dificil que tras estas dos salidas el CSKA pueda seguir apostando por su política de no cambiar demasiadas piezas. A pesar de ser las dos salidas confirmadas y de llevar su nombre meses sonando en los mentideros, ni Higgins ni De Colo eran las dos salidas que se planteaban más inmediatas. Otros dos nombres sonaban con fuerza : Alex Peters…..y Sergio Rodríguez.

Alex Peters llegó a Moscú con el cartel de joven y prometedor jugador. Mostró un aceptable rendimiento en el primer tramo de competición, revelándose como un buen lanzador exterior, pero lo cierto es que su rendimiento ha ido de menos a más , reduciéndose sus minutos  hasta pasar prácticamente inadvertido. La Final Four puso de manifiestos sus limitaciones defensivas en el poste, siendo uno de los pocos jugadores del equipo campeón que salió devaluado. Itoudis está bastante decepcionado con su rendimiento por lo que no Peters tiene todas las papeletas para salir del equipo también.

Si bien en España la presencia del “ Chacho”, es habitual en los hightlights de diversos portales, su rendimiento bien merece un análisis más profundo. Hay ciertos sectores donde su desempeño no termina de convencer.  El publico moscovita disfruta del “Chacho”, de su desenfadado juego, de sus gestos a la grada, de su manera de vivir el baloncesto….pero en la prensa escrita se le acusa de ser demasiado irregular y representar el lado más débil en el escalón defensivo del CSKA. Más allá de todo eso, a nadie en Moscú de mis colegas de prensa a los que he preguntado les consta que Itoudis le haya dicho al base canario que quiere que se quede en el equipo, lo que invita a pensar que el griego está buscando otro tipo de jugador. En este punto, todo indica que el “Chacho”, será el siguiente  en salir del CSKA.

Daniel Hackett, Nikita Kurbanov, Joel Bolomboy, Ivan Ukhov y Andrei Vorontsevich son los cinco jugadores con contrato en vigor. Will Clyburn , Semen Antonov y Kyle Hines han estampado su renovación. Andrei Lopatin, el prometedor prospecto ruso debería tener ficha con el primer equipo la próxima temporada. Su brillante progresión lo demanda. A expensas de concretarse el futuro  de Peters, Othello Hunter  y Sergio Rodríguez, se espera el verano más movido en las oficinas del CSKA desde hace muchos años.        

Será el verano de la hora cero del CSKA. Un momento  crucial : algo muy concreto llega a su fin , y algo nuevo comenzará. A partir de Vitoria mucha gente piensa que todo va a ser diferente. Y así parece que va a ser.

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Objetivo Europa

Los renglones torcidos del baloncesto

Si vas a Dubrovnik, podrás visitar una maravillosa e hipnótica asimetría, que, como no podía ser de otra forma en esa tierra, esconde una exquisita historia detrás.

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Información de interés público: este no va a ser un artículo sobre la última temporada de “Juego de Tronos” aunque haga un cameo Daenerys Targaryen en algún momento; ni va a ser un post de cariz turístico-publicitario, aunque haya alguna foto de bucólicos paisajes amurallados esparcida por el artículo; y desde luego no va a ser un ejercicio de nostalgia aunque en algún momento puede que acaricie cierta ñoñería (y por favor disparadme entre las cejas si llego a esos niveles).

Tampoco estoy completamente seguro de que vaya a ser un post sobre baloncesto per se: puede que el deporte favorito de usted, querido lector, y de aquí su seguro escribano, no sea esta vez más que una excusa para cruzar desde las murallas de Dubrovnik a los cerros de Úbeda en menos tiempo que Flash sale a comprar helado de pistacho. O quizás no, quizás el deporte de la pelota gorda sí sea el centro neurálgico del artículo y yo esté balbuceando cual personaje de Woody Allen y echando a perder este primer párrafo. No sé a dónde va a parar esto, así que invito al amable lector (tal como va la cosa, a estas alturas ya solo debe de quedar uno. Un lector, digo) a acompañarme por el existencial vacío de la página en blanco.

Podríamos principiar por la idea. La idea provino de la columna sobre Ante Tomic que acometí hace un par de meses. En plena investigación (sí, investigación, ¿qué pasa? ¿a qué vienen esas risas?) sobre el jugador azulgrana y sus orígenes, me tropecé con un par de peculiaridades sobre su ciudad de nacimiento que me llamaron poderosamente la atención.

La primera la explicité en el texto referido: en el reparto de jugadores croatas de éxito, a Dubrovnik le ha tocado, extrañamente, la pedrea; y quizás por ese motivo se ha convertido en una localidad de tradición más waterpolista (o al revés: el orden de los factores-etcétera). Como enumeré en su momento, aparte de Tomic, podemos recordar a Prkacin, Andro Knego, Mario Hezonja… y ya. Sí, Luksa Andric jugó en Manresa, lo sé, malditos frikis, pero estaremos todos de acuerdo en que that’s. Not. The. Point.

La otra curiosidad con la que me topé fue una foto de una pista de baloncesto de la ciudad que saltaba inmediatamente a los ojos por su hipnótica asimetría y por el inaudito paraje en el que se encuadraba. En un primer momento me imaginé a un arquitecto estrábico diseñando la cancha; luego sumé dos más dos y concluí que aquello debió derivar de un maravilloso accidente o de una solución provisional que las circunstancias habían mutado a definitiva.

Después de darme un par de palmaditas en la espalda por semejante deducción herculespoirotiana (hola RAE, he venido a darte algo de trabajo), añadí a mi bucket list “visitar Dubrovnik” y me dispuse a ver el making of del penúltimo episodio de la temporada final de “Juego de Tronos”, ese en el que a Daenerys, Madre de Dragones, Rompedora de Cadenas y Hacedora de Barbacoas, le entra un calentón (pun intended) y arrasa Desembarco del Rey, la capital de los Siete Reinos, que ha sido siempre escenificada en la pequeña ciudad del litoral dálmata. Juraría que en una de las panorámicas del minidocumental atisbé la singular cancha de baloncesto. Y el resto es historia.

Nota del articulista: el párrafo anterior es una reinterpretación con fines dramáticos. El desarrollo de los hechos no se dio así EN ABSOLUTO pero y lo bien que me encaja todo.

Una historia que explica mucho mejor que yo José Manuel Puertas en este estupendo artículo, así que no lo voy a intentar. Pero sí resumir en pocas palabras. Alehop: al principio del siglo XIV se erigieron las dos torres fortificadas que actualmente escoltan la cancha, y en el XV se construyó una pared que conectaba esas torres; esa pared se convertiría con el tiempo en la singular pista de la que os estoy hablando, pero en aquel momento se aprovechó para construir una fundición.

El terremoto que en 1667 asoló la ciudad de Ragusa (nombre croata de Dubrovnik) arrasó dicha fundición, como tantas otras cosas, y sus ruinas fueron tapadas por las de las casas adyacentes; se decidió recubrir ese espacio, que empezó a ser utilizado por los niños como lugar de juegos, hasta que el colegio del casco antiguo decidió acondicionarlo como espacio de recreo para sus alumnos.

Finalmente, en 2008, después de excavarse la zona buscando (y encontrando) la antigua fundición, se decidió crear un remozado espacio deportivo público en el que era innegociable una pista de baloncesto. Viendo que las medidas no permitían diseñar una cancha tradicional, se preceptuó una configuración en la que se facilitara el poder jugar 2×2 y 3×3, de espíritu tan callejero. Vaya, no han sido tan pocas palabras.

Sí, solo pensar en jugar al baloncesto con esas solemnes, fastuosas vistas de la ciudad, a uno se le relamen los sentidos; no en vano, Vogue la incluyó en su “lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas” (y si os preguntáis por qué Vogue tiene una lista de las diez pistas de baloncesto mejor diseñadas, bienvenidos al club de debate).

Un partido en el que cada vez que ataques tengas que poner el intermitente puede dar para reguero de anécdotas y cachondeíto. Pero nada de esto es lo que me inspira a canturrear en Skyhook la poesía de la bella y adriática Ragusa; y ni siquiera estoy muy seguro de saber de dónde procede el impulso, pero me voy a aventurar, que aventurar no engorda.

¿No es hermoso que esta deslumbrante singularidad haya nacido en el caldo de cultivo de algo tan simple y primordial como la necesidad de unos críos de practicar su deporte favorito en su barrio? Al fin y al cabo, un ritual de comunión social infantil que nace y crece con absoluta naturalidad, que en su versión más básica nos cincela el carácter, y en la premium nos pavimenta un futuro hacia, pongamos, unas Finales de Conferencia. Creo que esta es la escena que se ha incrustado en mi imaginación, un poco al estilo de aquellos montajes de la inefable “Érase una vez el hombre”: un terremoto devastador del que nace, piedra sobre piedra, voluntad sobre voluntad, como caldo primordial originado sobre tierra quemada, un brote de belleza alrededor de una pelota naranja.

Y se me ocurre que este es el baloncesto real. Más que el de los pases imposibles de Magic, las suspensiones congeladas de Jordan, los dribblings enloquecidos de Curry o los contraataques-tuneladora de LeBron, el basket que aprendimos a amar es el de hordas de mocosos que se emperran, los muy plastas, en botar, saltar y lanzar sobre los escombros de una ciudad perdida, día tras día, año tras año, generación tras generación, hasta que consiguen, a través de la revolución más pacífica que pergeñar se pueda, que les construyan una pista de baloncesto imposible.

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