A Ricky Rubio le mandaron el pasado mes de junio un mensaje muy claro: no estamos demasiados contentos contigo. No fue un mensaje cifrado, al contrario. Tuvo lugar en la ceremonia del draft del pasado mes de junio y medio mundo fue testigo cuando al llegar el momento de la elección de los Wolves, en el quinto turno de la noche, Adam Silver pronunció el nombre del base de Providence, Kris Dunn.

No era la primera vez que Rubio constataba que la relación con su franquicia – con la que recordemos renovó en 2014 por cuatro temporadas- no estaba en su mejor momento. La llegada de Tom Thibodeau a los Wolves como entrenador jefe vino aparejada de unas tibias declaraciones del técnico sobre Rubio, en las que dejaba clara su preocupación acerca de las carencias del base en el tiro exterior, y sobre todo, la poca evolución de su juego desde que llegó a la NBA. “Para todos nuestros jugadores el reto es ser completos. Ricky tiene que mejorar, todo nuestro equipo tiene que mejorar y tenemos que cambiar eso para ganar”.

Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que para muchos esta vaya a ser la temporada que marque definitivamente el destino del jugador internacional, al que varios factores, como las lesiones –y otros extra deportivos, sobre todo el fallecimiento de su madre Tona hace unos meses- han alejado de un estrellato del que pocos dudaban antes de su salto a la liga americana. Por el momento, las señales de pretemporada no son demasiado halagüeñas, con porcentajes por debajo del promedio de su carrera (36’4% en tiros de campo, 28’6% en lanzamientos de tres) y el rumor del traspaso seguirá creciendo cada vez que los resultados de un equipo que lleva años sin pisar la postemporada no acompañen.