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Pace & space: el siguiente salto evolutivo del center NBA

juanluis_num7@hotmail.com'

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Tristan Thompson

La nueva NBA ha cambiado muchos de los paradigmas que hace años se repetían y alababan como mantras incontestables y, pese a que la extraordinaria nueva generación de jugadores interiores que ya está aquí (Anthony Davis, Karl-Anthony Towns, Joel Embiid…) contradice aquellos locos augurios encaminados a la inminente extinción de los big fellas en un juego cada vez más rápido, es cierto que la cultura del pace & space demanda ajustes contraculturales a los mastodontes que patrullan las pinturas. Y, ante tales exigencias, los gólems van siguiendo a rajatabla los estándares adaptativos darwinianos.

“It is not the strongest of the species that survives […] but the one most responsive to change.”

Charles Darwin.

El juego y los entrenadores actuales valoran como oro en paño a los interiores dinámicos, con la movilidad e inteligencia defensiva suficientes para minimizar el sufrimiento de engranajes colectivos construidos a partir de cambios automáticos que ya son tendencia. Gigantes capaces de defender a pequeños en casos cada vez menos aislados (tenemos el potente ejemplo de Tristan Thompson en las últimas Finales, un tipo al que su progresión en ese campo y su voracidad reboteadora han aclarado un futuro en la liga que hasta hace bien poco se divisaba como poco halagüeño) y con la reactividad y velocidad de pies suficiente para no ser masacrados en pick & rolls a seis metros del aro, además de la capacidad para salir a puntear tiros exteriores de lo que antiguamente denominábamos “falsos interiores” y que hoy son norma en las pistas. Draymond Green es el paradigma actual de navaja suiza destructiva, justito de altura (2’01 metros) y capaz de defender las cinco posiciones con solvencia, y los Atlanta Hawks de Mike Budenholzer presentaron la segunda defensa más eficiente de toda la liga a 100 posesiones durante la campaña pasada, con Millsap y Horford formando una dupla floja en rebote y protección del aro pero sobrada de dinamismo y versatilidad.  Pero existen multitud de interrogantes a resolver a la hora de catalogar a un “perro grande” como mejor o peor defensor, siempre dentro del ámbito de la subjetividad pero con los números y el vídeo de nuestro lado.

Hassan Whiteside NBA

NBA.COM

Un ejemplo curioso y excelente por el que comenzar es Hassan Whiteside, el monstruoso center de los Miami Heat. Aún con sus incontestables y aterradores números (3’7 tapones por partido en el curso 2015/16, en apenas 29 minutos de juego), el que escribe catalogaría a Whiteside como un defensor algo más efectista que efectivo. La intimidación en su variante psicológica es un factor a tener en cuenta, y evidentemente cualquier jugador rival se pensará dos veces el irrumpir en la zona de los de Florida con ese guardián apostado en la cueva. Pero, para obtener semejantes (e históricos) guarismos, el de Carolina del Norte sobrerreaciona más veces de las debidas ante fintas y demás tretas de los rivales, con lo que ello significa en términos de acumulación de faltas y errores. Buceando por el apasionante mundo de la estadística avanzada hallamos una medida más ajustada en términos de intimidación pura para el gremio de los colosos: el porcentaje de acierto en tiro provocado a los rivales en la zona. Y ahí, aún presentando un interesante 47% la temporada pasada, el jugador de los Heat se ve ampliamente superado por un Rudy Gobert, que, lejos de su media taponadora (2’2 gorros para el francés), deja a sus adversarios en un impactante 41%. Efectividad oculta que anida en números menos llamativos.

Es profundizando a esos niveles cuando descubriremos el valor de defensores más oscuros en producción estadística pura como Andrew Bogut o Robin López (ambos en torno al 45% provocado), o el brutal impacto de un Serge Ibaka que personifica el modelo adaptativo del que hablábamos al inicio de la pieza: más allá de su evolución ofensiva (de la que no toca hablar aquí), el nuevo jugador de los Orlando Magic es capaz de salir a ayudar lejos del aro y al mismo tiempo dejar a los adversarios en un 43’3% de acierto en lanzamientos efectuados en las cercanías de la cesta. Que su bajón en la producción taponadora no os lleve a engaño: Ibaka es un defensor prodigioso, mejor aún que hace tres temporadas.

Los casos dignos de estudio se acumulan, como el de dos jugadores que el aficionado español conoce más que de sobra, protagonistas de una de las mayores gestas en el ámbito de cualquier deporte al ser los primeros hermanos de la historia de la NBA en coincidir como titulares en un All-Star Game (y encarados en el salto inicial, para mayor goce visual). Pau Gasol, dentro de su marcada naturaleza ofensiva, mantiene números respetables a la hora de proteger su pintura y asegurar el rebote en aro propio, pero sus perennes (y acuciados por un tiempo al que ni siquiera él puede dar esquinazo por completo) problemas lejos de la canasta llevaron a los rivales de los Bulls a tratar constantemente de involucrar al de Sant Boi en situaciones de pick & roll durante su estancia en Illinois. La nueva competición, cada vez más analítica y tecnificada, no perdona debilidades tan manifiestas y evidentes. Menos aún en un gremio tan inmisericorde y amenazado por la temporalidad como el de los coaches.

Marc Gasol, en cambio, fue nombrado Mejor Defensor del Año en 2013 con 7’8 rebotes y 1’7 tapones como promedios en su hoja estadística. Su rol de piedra filosofal en la ejemplar defensa perpetrada y sostenida por los Grizzlies durante tantas temporadas, su inteligencia y liderazgo vocal desde el ejemplo y sacrificio, su juego físico y versátil pese a su tonelaje… Big Spain es uno de los más reputados gigantes destructivos de la NBA casi desde su llegada a la liga y un ejemplo fantástico de lo que en ocasiones se oculta tras el maquillaje de las estadísticas primarias.

Lo que la verdad esconde…

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De Wade a Huerter: el último cruce de generaciones NBA

Asistimos a un momento de especial emotividad en la NBA. Una vez más, dos generaciones se dan la mano para pasarse el testigo. Los últimos coletazos de los 90 y los 2000 aún retumban entre milenialls y nativos digitales.

maanuf96@gmail.com'

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Los años 90… Qué bonitos tiempos para los amantes del baloncesto; quizá pudo ser la mejor época o, al menos, una de ellas. El deporte brillaba por encima de lo económico, permitiendo al espectador respirar un ambiente completamente distinto al actual. Lo que ocurría mientras el reloj de juego corría, siempre tuvo más valor que lo que pudiera pasar después, al contrario de lo que sucede hoy en día, con grandes nombres azotando la competición y otros incorporándose a la misma con ganas de crear su legado. Los que antes eran jóvenes promesas, hoy son conocidos y venerados como leyendas.

Algunas de estas legendarias figuras, que incluso compartieron los últimos coletazos de Michael Jordan, apuran su último aliento como profesionales. Tanto Vince Carter como Dirk Nowitzki han alargado sus carreras hasta el presente por puro amor al baloncesto. Dos hombres que han visto pasar, al menos, a tres generaciones por delante de sus ojos y ahora ejercen de mentores para enseñar lo que no se aprende en la escuela: el conocimiento de la experiencia. El caso del alemán quizá es más que evidente al compartir vestuario con sus dos sucesores europeos pero “Vinsanity” cumple casi con el rol de segundo entrenador en un equipo en plena reconstrucción.

En Atlanta, se encuentra un mentor que llegó a la liga en el año 1998, justo cuando nació uno de sus compañeros, Kevin Huerter. Un chaval que creció viendo jugar a gente como Kobe Bryant, LeBron James, Carmelo Anthony, o los dos ya mencionados anteriormente. El pelirrojo vive un sueño vistiendo la misma camiseta de uno de los referentes de la liga que seguía por la televisión. La sensación de vivir en primera persona lo que solamente disfrutabas detrás de la pantalla debe de ser muy difícil de describir con palabras después de todo el esfuerzo que supone conseguirlo.

Aunque Carter fuera un icono para todos los niños que nacieran cuando se presentaba eligible para el draft el jugador al que idolatraba el escolta de los Hawks, era como no, el más dominante en su posición de los primeros años en los que vio basket: Dwyane Wade. Quien sería su ejemplo a seguir, y no en estilo de juego, sino en la meta a cumplir cuando finalice su trayectoria. Como juega “Flash” es algo muy complicado de imitar, y más sin las características físicas necesarias para hacerlo, lo que aleja a Huerter la idea de intentar reflejar en la pista los movimientos del mágico número 3 de los Heat.

Kevin Huerter en el último partido de Wade en Atlanta | Foto: NBA

El día de cumplir un sueño

El 5 de marzo de 2019, los Hawks visitaban el American Airliness Arena en lo que parecía un partido sin transcendencia de la regular season. Un equipo se luchaba por entrar en los Playoffs y otro ya descolgado que solamente busca seguir dando la mejor imagen posible mientras sus jóvenes eclosionan. Un encuentro que para la mayoría de los componentes de los planteles no iba a ir más allá de una victoria o una derrota, como la mayor parte de la inagotable catarata de partidos de las temporadas regulares de la NBA que terminan sepultados por el peso de cada nuevo año.

Quien afrontaba la noche con otra idea totalmente distinta es el rookie de la Universidad de Maryland, que tenía delante a la persona que aparecía en los pósters de su habitación. Enfrentarse a Wade no podía ser un juego más para Huerter sabiendo que, además, sería “su último baile”. No todos los días se tiene la oportunidad de marcarse y mover las piernas un rato con tu deidad. Los de Miami se llevaron el triunfo por un punto, con un marcador de 114-113 con un partido bastante aceptable por parte de Kevin. El verdadero premio para el shooting guard de Atlanta iba más allá de lo que marcara el electrónico; él quería llevarse la camisa de su héroe como recuerdo de haberse visto las caras.

Un amigo de Dwyane le había comentado antes del cruce que el chaval de los Hawks llevaba el dorsal y las botas en su honor, y Wade fue directo en su búsqueda nada más acabar el encuentro para dar con su pupilo indirecto e intercambiar la elástica, algo a lo que el novato no supo como reaccionar. La cara de incredulidad de Huerter queda para la posteridad.

La sucesión de las estrellas

Ante las inminentes retiradas de los baloncestistas históricos que hemos ido nombrando, se podría decir que se van los últimos resquicios de una generación dorada para el baloncesto americano y mundial. Situación que dejó paso a que nuevas caras llegaran a conquistar lo que ellos defendieron hasta que la edad, o las ganas de competir en otros casos, les permitieron. Los mates o tapones eléctricos de Wade o esa determinación y fiabilidad en el tiro por parte de Nowitzki ya forman parte de los recuerdos y no de lo que se vive con sus actuaciones en los partidos.

Son otros como Stephen Curry, Giannis Antetokounmpo o James Harden los candidatos al premio del MVP y nos los habituales hace diez años. Las nuevas tendencias de juego han gobernado por encima de todo, quedando muchos nombres y formas de ver el baloncesto en los libros de historia. Lo que vimos hace una década, aunque parezca cercano en el tiempo, ya no es lo mismo que vemos. No debemos dejarnos engañar por el renacimiento de Derrick Rose, lo que era antaño la NBA no es sino un espejismo de la contemporánea al “Small ball”.

Los Golden State Warriors, como principales referentes de esta última era en el baloncesto de USA, se han convertido en una dinastía que será eterna. Estamos ante una situación de transición, lo que hace que los que ahora son candidatos a ser el mejor jugador del mundo son aspirantes a ser Hall of Fame y recordados en la memoria colectiva de los fanáticos. Los hombres que vemos como viejas glorias en su momento fueron lo que ahora puede ser Paul George, Kevin Durant, Joel Embiid o Chris Paul.

La cuarta generación del siglo

En el año 2000 existían grandes dominadores de la pintura como Shaquille O’Neal o Tim Duncan acompañados de grandes exteriores como Allen Iverson o Steve Nash. Los últimos supervivientes de los años 90 seguían siendo los reyes de la competición en las Finales año tras año, sin dejar hueco a otros. Teniendo que pasar varias temporadas hasta que nuevos guerreros levantaran a sus franquicias hasta la gloria.

Kobe Bryant, Paul Pierce, Derrick Rose o LeBron James son nombres que para el público de cualquier edad se encuentran muy presentes. Una segunda generación en el siglo XXI que marcó unas de las eras más bonitas de la NBA en toda su amplia galería de grandes equipos desde 1946 que se fundó. Una competitividad por el anillo entre Boston Celtics y Los Ángeles Lakers que se puede catalogar de mítica junto a otros muchos hitos que se sucedieron a la par.

Mientras los de oro púrpura y los verdes estaban en la élite del baloncesto viéndose de tú a tú, en las noches del draft se incorporaban a la liga los que iban a ser los nuevos soberanos hasta lo que conocemos ahora mismo por mejor competición de baloncesto. Unos veranos en los que llegaron Kawhi Leonard, los francotiradores de La Bahía o el jugador con mejor manejo de balón, Kyrie Irving. En resumen, los responsables de que el basket coetáneo a este texto sea el espectáculo que es y permitiendo a los novicios que tengan de quien aprender para seguir sus pasos.

Unos muchachos, que aunque alguno se encuentre a las puertas de ser una estrella como Ben Simmons, Jayson Tatum o Luka Doncic, son el futuro del deporte de la naranja. La cuarta metamorfosis del siglo viene cargada de talento con infinidad de nuevos apelativos, además de los tres anteriores, como Trae Young, Donovan Mitchell, Kyle Kuzma, De’Aaron Fox, o de menor calibre como el ya citado pelirrojo de Albany. Unos zagales que deben crecer hasta ser ellos sean los corrientes en la candidatura al MVP. Un proceso que puede ser muy complicado, ¿pero qué es el cielo para un pájaro con vértigo?.

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‘Thadding’, la encarnación del glue guy

La figura del glue guy es una de las más valoradas dentro de la NBA. Thaddeus Young ha encontrado su sitio en unos Pacers necesitados de capitán, dentro y fuera de la pista.

fontandelacruz@gmail.com'

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Sumergidos en una NBA en la que prácticamente por imposición todos los jugadores se han de adaptar al perímetro, los perfiles que sobreviven a esta dulce pandemia recobran un mayor valor sentimental. Y con el romanticismo a flor de piel tendemos a abrazarlos con mucho mimo, aunque no llegamos a ser del todo justos con el aporte menos tangible. El caso de Thaddeus Young merecería una filmografía entera, pero la síntesis de todo aquello que pone sobre el mapa del tesoro que guarda tras su cinturón de cuero Nate McMillan también merece un pedacito de nuestro tiempo, ya sea en cuestión de análisis, visionado o lectura.

Corría una despiadada madrugada el 24 de enero de este mismo año, y tras una descalabrada transición y lo que sería un banal intento de frenar a Pascal Siakam a campo abierto, la rodilla de Victor Oladipo decía basta. Ningún tipo de recuperación a medio o corto plazo habían surtido efecto sobre su mermada pierna. El vestuario al completo, incluido el propio Nate, no podían creer lo sucedido: Victor Oladipo se despedía de la presente campaña. Todos menos Thad.

Thad aglutinó al equipo al término del segundo cuarto en el vestuario y comprimió la niebla que cubría el vestuario en un discurso que a la larga dejaría huella en la propia temporada Pacer’.

Victor ha caído. Obviamente no va a volver en este partido, así que tenemos que ocuparnos nosotros del trabajo. Estamos aquí, así que debemos continuar ejecutando y haciendo lo que tenemos que hacer. Tendremos que imponernos al partido y ayudarnos mutuamente. Eso es lo más importante. Si estamos unidos es difícil derrotarnos, con o sin Victor.

Jim Ayello sobre Young

Y así fue: victoria frente a Toronto (rival directo) en ausencia de la rueda capital de la caravana Pacer’ y un mundo por recorrer sin su compañía sobre el parqué. Porque Thad lleva al extremo el concepto de glue guy, pues su asignación como capitán dentro del núcleo del equipo va más allá de sellar un par de firmas y voces sobre el parqué -que las da- tras un desajuste. Es el pegamento que mantiene todas las piezas unidas, y el respaldo de todo aquel que dude sobre el rumbo que ha de llevar la franquicia o de su propio estatus en el seno del equipo. El atril que sostiene la partitura sobre el piano.

En materia estrictamente deportiva, y a su consonancia con el sistema de McMillan me remito, podemos fragmentar su aportación en tres pilares fundamentales: como blindaje defensivo y su aporte tanto en la circulación como en la homogeneización de la propia ofensiva Pacer’.

El candado más férreo del viejo Nate

Toda estructura de lujo requiere unas medidas de seguridad a su altura. Una cobertura tan competente y poderosa que sea capaz de perseverar el contenido de la misma, y en la figura de Thaddeus Young encontramos todos los requisitos de un perfil que sepa canalizar, catalizar y ajustar el sistema defensivo planteado por McMillan.

En primera instancia, y remitiendome al molde en sí, nos encontramos con un rara avis entre los perfiles que abarcan tanto el tres como el cuatro (posicional), ya que su tallaje de corte medio se compensa la perfección con una envergadura interminable y de fisonomía gruesa. Su perfil físico es uno de los más ambiciosos para abarcar una de las situaciones más comunes e incómodas de toda la competición: el cambio.

Un tren inferior poderoso y más ágil de lo aparente se suman a una espectacular velocidad de brazos para poder acaparar cualquier perfil que se poste frente a él. Y ha sido en la prueba de fuego por excelencia en el este, con su cobertura sobre Giannis, cuando hemos podido disfrutar de la armonía absoluta de su rendimiento defensivo. El planteamiento a realizar sobre el griego debe llevar una consigna grabada a fuego previa al duelo: Giannis Antetokounmpo es irrefrenable en cualquiera de los carriles, y la única forma de contrarrestarlo es impedir que llegue a tomar esos carriles, es decir, coartar cualquier línea de penetración.

Y este pequeño mantra se lo hemos visto llevar al límite a Thad frente al griego -sin llegar a frenarlo ni en una tercera parte de su potencial, situación con escasos precedentes- con acciones defensivas a una distancia respetuosa, exprimiendo al máximo su envergadura, copando de paciencia la situación e invitándole a bailar al poste en una de las pocas situaciones en las que el griego es más intención y brutalismo que hechos.

Es en este apartado, el defensivo, donde inteligencia (Basketball IQ) y dotes físicas llegan a su pico de unión más elevado, ya que además de ser un fabuloso stopper individual también es la manifestación neta más útil dentro del bloque medio de ayudas que sustenta el sistema de Nate McMillan -más aún sin las piernas de Victor dentro del circuito-.

Es un maravilloso lector de ayudas cortas bajo tabla -algo menos al perímetro-, posee una perfecta concepción de su envergadura para cortar líneas de pase y dentro del encorsetado entramado Pacer’ es uno de los eslabones que mejor emplean los abandonos para robar y ejecutar a campo abierto en las pocas acciones que se prestan.

Por no olvidar el increíble valor intangible que tiene como corrector oral (y no tan oral) dentro de los escasos desajustes a los que se enfrenta el conjunto de Indianápolis cuando se sitúa, o bien Domantas como único interior puro frente a grandes de mucho peso en pintura, o bien se arroja a Collison o Holiday contra guards de corte físico. A fin de cuentas es la costura, gasa y medicamento del bloque defensivo Pacer’.

Concepción del pase y lectura a los tres niveles

Si bien el perfil de Young, básicamente por dotes técnicas y molde, no invita a pensar en un jugador con cuotas elevadas en lo que a creación y lectura se refiere, es este otro apartado en el reluce aún más el codicioso concepto de Basketball IQ.

En Thad se reúnen las tres alturas de lectura ofensiva en el baloncesto: poste bajo, medio y alto, cada una con su grado y calidad de uso, pero ninguna se queda exenta de ser empleada vía pase. En acciones de poste bajo nos hemos encontrado con una increíble gestión a la hora de interpretar y nutrir los cortes tras indirecto de perfiles como Bojan o McDermott, que se encargan de producir alternativas off-ball de forma continuada. Y en estas acciones la concepción de los espacios y la creación de los mismos mediante contundentes y ligeros movimientos de espalda son elementales para generar líneas de pase limpias y evitar la reacción de su par.

Es en el poste medio donde vemos a un Thad menos sobreexplotado por McMillan, salvo en acciones de codos, donde también exprime realmente bien su percepción de los espacios y los carriles, o en prolongaciones tras penetrar a otro cortador o abrir a las esquinas, acciones de marca registrada para un Thad que marca realmente bien los pasos y siempre se presta a la posibilidad del extra-pass, la presencia de Young está más orientada a ejecutar que a facilitar la ejecución de sus compañeros.

El pico como generador, más por dificultad que por volumen, llega en el poste alto y perímetro, donde ha demostrado que su visión de juego es bastante más que una determinante gestión de los espacios vacíos, ya que sin ser un excelso facilitador es capaz de proyectar auténticos misiles a los cortes desde las esquinas o lanzadores tras el indirecto en poste alto. Siempre agota hasta el último pedazo de su valor físico, ya que por altura y envergadura accede a determinados ángulos y líneas de pase a las que otros generadores no llegarían sin ser predecibles o sobreemplearse.

Porque se puede generar vía pase sin poseer un arsenal de recursos infinito, y se puede sumar a la circulación sin sobrecargar tu aportación.

Homogeneidad del sistema y pegamento ofensivo

Hablar de Thaddeus Young como ejecutor es hablar de seguridad, soporte y apoyos. Es un permanente salvavidas en acciones sin rumbo o segundas oportunidades, y todo nace de su condición de no-protagonista. Sin llegar a copar un volumen alto de acciones primarias ejecutadas sigue siendo un activo de un valor incalculable para finalizar por aglutinar el binomio de piernas y manos; tren inferior y superior.

El primer paso es prácticamente cultura para Thad en términos de penetración o corte, y no tanto por la velocidad del mismo sino por su potencia, el torrente que acompaña a ese primer paso es lo que hace imposible a la mayoría de sus defensores recuperar tras recepción. Porque sin tener un bote técnico si lo es perforante, y esto complica infinitamente la tarea de soltar la mano en el momento adecuado.

Y la envergadura; una vez más la envergadura es un factor diferencial dentro de su arsenal (tanto ofensivo como defensivo), ya que complementa a la perfección las dos características previas y hace de sus penetraciones acciones más cortas de lo normal. Además, minimiza al máximo la posibilidad de cerrar el aro a su par. Un ‘slasher’ bajo el radar, pero efectivo hasta lo grotesco y que brinda un abanico de alternativas -porque al fin y al cabo no son primeras opciones en su mayoría, a no ser que sean autóctonas- a la ofensiva Pacer’.

Y la cima como perfil homogeneizador llega a la hora de reparar o reactivar acciones malgastadas por sus compañeros, pues en Thaddeus Young reside uno de los activos más diferenciales en situaciones de diferencial corto en el marcador: el putback. Thad es una máquina expendedora de segundas oportunidades, acción que se complementa a la perfección con su condición de finalizador bajo seguro.

Pero es que la gama de recursos tras rebote ofensivo -no todos ellos ortodoxos en esencia- es inagotable, desde un semigancho hasta un mate a dos manos sobre los dos interiores rivales. La contundencia de estas acciones es tal que frenarlas tiende más a ser un fallo del propio Thad que un acierto de su par. Y por último, el ansiado perímetro. Una larga distancia a la que sin ser su mayor adepto, también se ha logrado adaptar e incluso hemos podido llegar a ver en acciones de pick and pop como alternativa de eficiencia media. Porque la modernización también entraba dentro de los ambiciosos planes de Young.

Thad es alma, pero también talento y eficiencia. Porque además de un pegamento sentimental también lo es sobre el parqué. Y lo que es más importante: Thaddeus Young es la prolongación más fidedigna de lo que es McMillan en el banquillo. Thadding.

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Sky’s The Limit

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Polivalencia. Polivalencia y ritmo. Polivalencia, ritmo y espacio. Una sucesión de tres palabras que no deja de rebotar en los tabiques del cerebro de cualquier entrenador de la NBA. La primera de ellas porque, ineludiblemente, economizar personas en favor de sus aptitudes es una prioridad a día de hoy, pues quién no gozaría de un arma de destrucción masiva que realizase las tareas de tres o cuatro jugadores. Todo un lujo, vaya. La segunda tiene que ver con la inyección de ritmo que vive el baloncesto americano. Un dopaje en las revoluciones del juego que roza el colapso. La última de ellas se define por sí sola: espacio (‘spacing’). El espacio o espaciado es un elemento fundamental en la composición de una ofensiva completa en la NBA. Y que todo jugador sobre el parqué sea capaz de explotar cualquiera de los rangos habidos y por haber es, más que un complemento, una necesidad.

Tratar de contextualizar estos conceptos era necesario para definir con todo lujo de detalles la figura de Pascal Siakam. Y la realidad es, además de empírica, aún más compleja en todos los aspectos, pues el forward camerunés aglutina estas características en un molde digno de un robot.

La polivalencia, por Pascal Siakam

La polivalencia desde su definición más primitiva nos evoca a la siguiente palabra: polivalente. Y esta, a su vez, trae consigo un significado muy revelador: que vale para muchas cosas. Ahí se encuentra clave de Pascal Siakam en el engranaje, tanto ofensivo como defensivo, de Toronto, en esa capacidad para producir efectos en diferentes puntos de la estructura.

Siendo más específico y apuntando de forma directa al objetivo es crucial señalar un aspecto en el que Siakam es diferencial para el sistema Raptor’:

Cambios de asignación de defensa. Esta situación o lance del partido por el cual, y tras sufrir una alteración en la propia jugada, el defensor decide, por voluntad propia u orden del técnico, cambiar la asignación defensiva, es tan esencial dentro de un esquema completo que puede llegar a condicionar la composición de un quinteto. Aquí es donde entra de lleno la figura de Siakam, un forward de 206cm y más de 104 kilos con una velocidad de manos y pies impropia en un jugador de su talla y peso. Y si a esto le sumamos un desplazamiento lateral prodigioso obtenemos la fórmula perfecta que defina al defensor que vale para muchas cosas. Su nivel para mutar de una defensa perimetral frente a un guard de primer nivel a un enfrentamiento al poste bajo contra un interior de siete pies es asombroso. Y salvando las secuencias, que al fin y al cabo se vive de los resultados y no de las sensaciones.

El continuo contacto visual para no perder los estímulos de atacante; la posición de los pies, sin llegar a un ángulo que impida rectificar tras un movimiento de su par, y la permanente extensión del brazo, con el fin de exprimir su envergadura — 2.22m, propia de un dibujo animado— para dificultar la visión y un posterior lanzamiento. Todo, absolutamente todo, aglutinado en un perfil que podría asemejarse a un antiaéreo en el apartado defensivo.

El ritmo, por Pascal Siakam

El ritmo (pace) como dato que refleja el número de posesiones que juega un equipo en cada partido estableciendo una media entre todos ellos, también es otro de los pilares sobre los que se sostiene la liga en estos últimos tiempos. Y sí, el camerunés también es determinante en esta parcela. Quizás no lo sea de forma directa, pues él no interviene de forma directa en el número de posesiones que juega Toronto, pero sí en la calidad de las mismas.

Retomando el apartado del ritmo como concepto, es necesario resaltar que la liga vive en un constante exponente en lo referido al número de veces que el crono se reinicia para cada uno de los equipos, y Toronto, a pesar de no multiplicar este número tanto como otros combinados (entorno a cien posesiones por noche), también sufre esta revolución en sus propias carnes. Ahora bien, ¿en qué influye este apartado a la figura de Siakam? Sencillo: la transición. Y en ambos lados la cancha, faltaría más. Pues Pascal Siakam es, con casi total seguridad, el jugador que mejor dinamiza las transiciones ofensivas sin balón. Es un proyectil tras intercepción, un cohete con dirección al aro y un final anticipado.

La velocidad con la que abarca todo el campo es inverosímil, hace de cualquier intento de balance defensivo eso, un intento. Y la inteligencia con la que se emplea, con la vista puesta sobre el esférico en todo momento para, llegado el momento de la captura, poder corregir la carrera y poner rumbo a la red. Es un dinamizador único en la liga, el comodín
—o arma, puesto el caso— de mayor fiabiliad para las transiciones planteadas por Nurse. A fin de cuentas, un seguro de vida.

El spacing, por Pascal Siakam

Llegados a este punto toca tratar un tema que podría considerarse la cúspide del jugador NBA, pues indudablemente la liga, tal y como la conocemos, desprende un aroma a perímetro como nunca antes había pasado. Es prácticamente una ley que todo roster esté plagado de nombres con la capacidad para poblar todos los rangos, incluido, como no, el triple.

Recién llegado a la máxima competición del baloncesto americano, Siakam arrastraba ciertas dudas en lo referido a sus capacidades para abrir la pista y atacar las distancias largas. Y el aterrizaje a la liga con vistas al perímetro, como no podía ser de otra forma, fue un tanto rocambolesco, ya sea como catch-and-shooter o en situaciones de lanzamiento tras bote. Ahora bien, su incesante hacer por mejorar ha terminado por cincelar un perfil que permite al equipo ganar en imprevisión, peligro y riqueza ofensiva. Tal es esta mejoría que, sin llegar a ser un lanzador medio-alto, la confianza de sus compañeros en él es plena.

Acompaña las secuencias respetando la visión del jugador que inicia, complementa con una postura ideal para el catch-and-shoot y finaliza con el reloj sobre los hombros. Un uso de las esquinas que hace de su arsenal un elemento esencial en la composición de la estructura Raptor’, pues en estas situaciones es donde reside el verdadero valor de cada jugador en el espaciado de su equipo. Concreto, sí, pero efectivo en su apartado.

El broche de su figura llega en el gimnasio, los vestuarios y las horas de más, pues un perfil no se construye en temporada regular —época para purificar y ejercer la puesta en escena—. Siakam es (y era) un molde físico soñado por cualquier jugador y para cualquier director, pero sin un trabajo desmesurado detrás de las cámaras jamás hubiéramos conocido esta versión, que, sin querer sonar presuntuoso, aún la concebimos como una fase beta del proyecto final. Porque con esmero, confianza y talento, como cantaba una y otra vez el difunto rapero Christopher George Latore Wallace (The Notorius B.I.G.): Sky’s The Limit.

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SKYHOOK #16

 

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