Como si de uno de esos maravillosos western épicos de John Sturges se tratase, la NBA ha cimentado gran parte del peso de su historia en los duelos de personalidades antagónicas, que cambiaban el clásico escenario del pueblo polvoriento del salvaje Oeste por pabellones en los que también flotaba una magia digna del Hollywood de la Edad de Oro.

Esos duelos clásicos se han prolongado a lo largo de distintas épocas -Bird y Magic, Garnett y Duncan, Curry o James- pero desprendían un aroma especial cuando eran dos de los llamados gigantes los que emulaban a los grandes boxeadores de los pesos pesados y resolvían sus diferencias en torno a la pintura, en lugar del mágico cuadrilátero. Desde la primitiva rivalidad de George Mikan y Connie Simmons en los albores de la liga, hasta la legendaria competitividad  entre Bill Russell y Wilt Chamberlain, pasando por la casi olvidada relación de amigo – tutor- rival de éste último con Jabbar, la inclusión de dos gigantes en la ecuación de un cuerpo a cuerpo siempre ha supuesto un plus para la atención del espectador. Y sin embargo, y al igual que ha pasado con el Campeonato del Mundo de los pesos pesados de boxeo -o sus siglas equivalentes- las luchas  entre gigantes parecían destinadas a extinguirse, más aún cuando la última gran batalla data de 1995, durante las Finales en las que Olajuwon desnudó a un imberbe O´Neal antes de que Shaq se hiciera con el manido título honorífico de jugador más determinante de la historia.

Desde aquella extraña serie de mitad de los noventa, la nada más absoluta. Proyectos fracasados tras unos primeros pasos muy prometedores -Andrew Bynum, Yao Ming- o directamente abortados antes de comenzar – Greg Oden- han dejado huérfana una posición en la que ni siquiera la internacionalización de la NBA ha evitado que se postulasen como herederos legítimos de Jabbar, Willis o Russell tipos de dudosa clase como De Andre Jordan o Dwight Howard, o peor aún, perdedores sintomáticos como  DeMarcus Cousins.

Hay luz al final de túnel. O eso parece

Y tras una década de travesía por el desierto han aparecido dos nombres que nos devuelven la ilusión de ver de nuevo a dos enormes dinosaurios zurrándose en nuestros parque de atracciones favorito. Karl Anthony Towns se convirtió en la mejor noticia para los Wolves desde hace más de un lustro. Dotado de una calidad innata, ejerce de cinco aunque perfectamente podría hacerlo desde el cuatro gracias a una velocidad y coordinación que es el reflejo de ese nuevo pívot que no había terminado de llegar. Pronto superó a su primera némesis, un Jahlil Okafor en sospecha casi desde el primer momento por su comportamiento fuera de la pista, y su pasividad defensiva dentro-, arrasando en la carrera por el novato del año y convirtiéndose en una estrella automática. En su segundo curso  la evolución no se ha frenado y la pareja con el canadiense Wiggins está llamada a ser una de las más excitantes de la liga, aunque de momento no sirve para sacar a los Wolves de su eterno peregrinaje por el fondo de la Conferencia Oeste. Sin embargo, las perspectivas son positivas y la generación de juventud de los Wolves no tienen parangón en toda la liga. Con un poco de suerte y los ajustes de un todavía desubicado Tom Tibhodeau parece que será cuestión de tiempo. Por talento, desde luego, no va a ser.

Mientras Towns se convertía a ojos vista en uno de las mayores atracciones jóvenes del campeonato, a kilómetros de distancia Joel Hans Embiid trabajaba contra sí mismo y la maldición de una lesión, -con recaída incluida- en su pie derecho.  Dos años fuera de la circulación que ponían en serias dudas el retorno del camerunes, escogido en la tercera posición del draft de 2014 y a priori pieza clave de The Process, el método de culto por el cual los Sixers se convertían en una especie de basurero de la liga mientras adquirían el mayor número de elecciones del draft posibles, y que tomó como apodo personal el pívot de la Universidad de Kansas, cuando  afortunadamente, las peores predicciones no se cumplieron y pudo al fin hacer su acto de aparición en la NBA el pasado 6 de octubre, fecha en la que volvió a nacer como jugador de baloncesto. Desde entonces el chico se ha convertido en uno de los jugadores más interesantes de los nuevos Sixers, que, aunque siguen perdiendo, hay momentos en los que parecen incluso un equipo de baloncesto. Dotado de una enorme envergadura, su juego de pies ya ha sido comparado con Hakeen Olajuwon, y ha sorprendido un rango de tiro que sin duda ha sido ampliado durante el periodo de lesión, algo que sin duda habla muy bien de una ética de trabajo que parecía en ligero entredicho.

Un trailer muy esperado

Así pues, el 17 de noviembre no era una fecha más en el calendario NBA. El Minnesota Timberwolves – Philadelphia 76ers era algo más que un encuentro de liga regular entre dos equipos llamados a la mediocridad de sus respectivas temporadas. Era el primer cara a cara entre los dos proyectos interiores más impactantes de los últimos tiempos. La primera película de una saga que promete rememorar antiguas batallas a siete pies de altura. Aunque sea lo de menos -o no- el primer asalto se lo llevó por K.O. técnico un Towns que desarmó a su rival a base de velocidad, mates salvajes y recursos en el poste, de esos que se echan tanto de menos y que creíamos extintos. Prepárense a disfrutar de este viaje al pasado. Los gigantes han vuelto.