Sí, era campo atrás. Y muy claro. Nunca unos centímetros ahogados en el epicentro del parquet fueron tan determinantes. Y por mucho que los aficionados madridistas se excusen en una actuación arbitral nefasta para su intereses durante treinta y nueve minutos, esa acción -y los cuestionables pasos pitados a Shermadini momentos antes- dejaron vivo a un Real Madrid que días después se haría con la Copa del Rey 2017. En este deporte, el valor de los instantes finales tiene un peso extra, y por mucho que las matemáticas estén en contra, una canasta no suele valer igual en el primer cuarto que en un final apretado como el de ese cruce de cuartos.

Con sufrimiento sabe mejor

Asistir a un emocionado Pablo Laso instantes después de ganar a Valencia es el mejor botón para demostrar que esta Copa del Rey tan sufrida ha sabido especialmente bien al entrenador blanco. Tres partidos disputados hasta el final, luchando en primer lugar ante un Andorra excepcionalmente plantado en la pista, luego contra Baskonia y su inagotable afición, y por último ante el completo Valencia, han supuesto un desgaste tanto mental como físico que solo será compensado por el subidón anímico que supone ganar un título sin jugar muy allá. Porque el Madrid, como viene acostumbrándonos a lo largo de la temporada, no está muy fino. Tiene tanto talento -Doncic, Llull y Randolph pueden ser la mejor tripleta de Europa ahora mismo- que da la sensación de haber dejado un poco de lado su juego colectivo. Y pese a todo, y esto es lo mejor para ellos, le da para ganar. Apoyándose en quintetos muy físicos, que han llegado a combinar a perfiles como Hunter, Randolph y Taylor de forma simultánea, su superioridad hace que siempre esté enganchado al partido, sea cual sea su nivel esa noche. Un mérito para apuntar a Pablo Laso, que ha conseguido despojar de adornos innecesarios a su equipo para concentrarlos en los momentos de la verdad. Cuarto título copero consecutivo y la plasmación definitiva de una era de nuestro baloncesto.

Lágrimas de esperanza en Valencia

Los jugadores del equipo valenciano acabaron llorando por un título que realmente creían posible. Se lo creyeron ellos primero y luego el resto, que nos sentamos en el sofá listos para ver una final con aparente poca historia. Pero este equipo, a diferencia del pasado, ha aprendido a competir. Contra el Barcelona superaron un segundo cuarto nefasto, para arrollar en el tercer acto a los catalanes, superados por la polivalencia de varias piezas claves, con mención especial para un Bojan Dubljevic imperial durante todo el torneo. En la final, los arreones del Madrid fueron bien contestados y la defensa pudo contener los desequilibrios interiores con garantías. Pedro Martínez llegó a Vitoria con los deberes hechos y su equipo parece que asoma un cuerpo de ventaja como alternativa al imperio blanco. Por cierto, qué jugador Pierre Oriola, el sueño y el espejo al que debe mirarse el jugador nacional, en ocasiones excesivamente acomplejado.

Foto: ACB Photo

El verdadero drama del Barça Lassa

Que el equipo de Georgios Bartzokas abandone el torneo con una media sonrisa después de haber caído en semifinales es la mejor muestra del estado en el que se encuentra la sección blaugrana. Con un equipo que cada día pierde un jugador por lesión -¿estará haciendo budú Pascual desde Atenas?-, las bajas de Navarro un par de días antes de que comenzara la Copa, y la posterior de Stratos Perperoglou en pleno torneo, dejaron diezmado a un equipo que sigue sin encontrar su juego. Qué demonios, que juega rematadamente mal. Tyrese Rice parece cada día peor jugador, Víctor Claver da la sensación de estar perdido por la pista, y solo la anotación interior de Tomic resiste el chiringuito culé. Muy cuestionable el fichaje de Faverani, que cada día deja más claro que no tiene un rol necesario en la plantilla. Xavier Munford dejó algún detalle de calidad, aunque no parece que vaya a resolver gran cosa. De la Fuente salió de Vitoria con más interrogantes de los que llegó, y una clara disyuntiva. ¿Ha llegado el momento de tirar la temporada y planificar el año que viene? ¿Y en ese proyecto… cuenta con Bartzokas?

Pequeñas decepciones

La primera, Baskonia, que estuvo a punto de eliminar al Madrid, pero a cambio dejó la sensación de que ese pequeño salto sigue quedando un poco lejos. El proyecto que ha planteado Querejeta esta temporada necesita más implicación de un Bargnani que en ocasiones da vergüenza ajena en el plano defensivo, aunque en cierta forma cumple su rol en ataque. Está claro que tipos como Adam Hanga o Shane Larkin te pueden ganar ellos solos cualquier partido, pero a una serie larga dejan muchas más dudas. Tampoco las despeja Sito Alonso, que contando con un aunténtico plantillón, da la sensación de que no le está sacando todo el partido que podría. Y ojo en la Euroliga, que el equipo está en caída libre.

La segunda, para los que teníamos muchas esperanzas puestas en una gran Copa para Nemanja Nedovic. El eléctrico base viene de quizá los mejores momentos de su carrera, pero ante el Barcelona no estuvo fino, con imprecisiones en el pase y excesivamente escondido en esos momentos a los que Unicaja se le iba la eliminatoria. A los andaluces les vino grande la cita, y todavía tendrían que crecer mucho e integrar piezas como Alen Omić que no terminan de funcionar, si quieren estar al nivel de los cuatro grandes. Mucho trabajo para un Joan Plaza al que posiblemente su victoria en ACB ante el Real Madrid les otorgó un hype irreal a día de hoy.

Y pequeñas alegrías

Que Andorra tuviera contra las cuerdas al Real Madrid nos retrajo a aquellas ediciones coperas en las que un Cáceres o un Manresa eran capaces de dar la campanada y llegar a una final. La competición de las sorpresas hace tiempo que no es tal, aunque pocos peros baloncestísticos podemos poner a esta edición, una de las más entretenidas de los últimos años. Y hablando de Andorra, que Shermadini siga jugando allí nos hace pensar que, o es un fanático del esquí, o el Principado está apostando más fuerte por el baloncesto de que lo que pensamos. Ojo a ese proyecto.

Y una nota final. En un fin de semana en el que paralelamente vivimos el All-Star Game y el torneo copero, y con pocas horas de distancia disfrutamos de una final maravillosa, y nos espantamos con la infumable pachanga guiri, toca sacar pecho por el producto mejor y más cuidado de la ACB. Una lástima que el esmero que se pone en estos días no tenga continuidad el resto del año. Nuestro baloncesto estaría en un escalón muy disinto.