La Máquina de Turing es un modelo matemático basado en un autómata capaz de implementar cualquier tipo de problema matemático expresado a través de un algoritmo. Pese a la aparente simplicidad de su mecanismo, su potencia es tal que puede simular cualquier algoritmo que podamos imaginar. Su misión es bien sencilla: analizar la ecuación y solucionar el rompecabezas de una manera eficaz y precisa.

Su uso, sin embargo, y pese a su inconmensurable importancia en el posterior desarrollo de la ciencia computacional –la misma que posibilitó la aparición del ordenador con el que he escrito este artículo- se limita al campo teórico, por lo que precisamos de un sujeto, llamémoslo ‘X’ por el momento, que sepa aplicar sus fundamentos en pos de un óptimo resultado. Y nada se escapa a la influencia del mundo de los números y las matemáticas. Ni siquiera el baloncesto.

Este fin de semana, el Real Madrid conquistó su cuarta Copa del Rey de baloncesto consecutiva después de vencer al Valencia Basket en un partido de exquisito bagaje y prieto resultado. Por el camino, MoraBanc Andorra y Baskonia habían hincado la rodilla ante el ejército blanco en similares condiciones, después de una encarnizada lucha que se saldó con derrota agónica en la prórroga.

Ambos conjuntos, cada uno con su propio estilo y empuñando sus inconfundibles armas, sembraron excesivas dudas y pusieron en graves aprietos al conjunto blanco con su particular Teorema de Fermat. El problema estaba planteado y precisaba de una rápida solución antes de que el tiempo cerrara sus brazos y dictara sentencia en su contra empujándolos hacia el abismo. Sin más alternativas y con todo –rivales y aficionados- en contra, Pablo Laso apeló a nuestro ‘Sujeto X’: Sergio Llull.

Irreconocible y completamente desacertado durante gran parte del partido inaugural ante Andorra, el menorquín entró en trance y analizó la compleja ecuación propuesta por Joan Peñarroya a través del ‘Mariscal Shermadini’.

Tras una rápida observación de las variables presentes y la amenaza de obtener un resultado negativo, el escolta trazó, en pocos segundos, el plan a seguir, derivando su primer movimiento, a modo de aviso, en Anthony Randolph, quien envió el partido a la prórroga con un triple balsámico que ahuyentaba los fantasmas del fracaso copero.

En el tiempo extra, el asedio del Andorra no halló remedio alguno con el que detener el vendaval ofensivo de Llull (22 puntos y 11 asistencias en el global del encuentro), quien terminó de despejar la incógnita con ocho tantos que certificaban la victoria y la clasificación para semifinales del Real Madrid.

El primer ‘matchball’ había sido salvado pero el siguiente reto asomaba ya en el Buesa Arena en calidad de elevada complejidad: duelo por partida doble ante el anfitrión y su sofocante y entusiasta afición.

El 35-48 del que llegó a disfrutar el Real Madrid de la mano del imberbe ‘Golden Boy’ Luka Doncic no fue más que un espejismo del ansia madridista por cerrar el duelo por la vía rápida después del susto recibido en cuartos de final. El Baskonia, espoleado por su público y la rúbrica de la pareja local formada por Beaubois y Larkin, dio marcha atrás a la situación e hizo soñar a Vitoria con una nueva final copera ocho años después.

Un triple de Adam Hanga a tres minutos del final parecía enterrar las esperanzas de un Real Madrid superado en todas las facetas del juego durante el último cuarto. Pero todo cambió. La entrada de Nocioni marcó el inicio del fin de la fiesta del Baskonia, el mismo equipo al que había hecho campeón de Copa en dos ocasiones a comienzos de la pasada década. La irrupción del argentino espoleó a los suyos y despertó el espíritu indomable y guerrero de Llull, amante inseparable de los momentos calientes.

Su mirada se tornó fuego, con una mezcla de concentración y furia propia de los grandes dioses del baloncesto y que invitaba a presenciar lo que el destino había preparado para los próximos dos minutos. Triples, asistencias, penetraciones a canasta que perforaban la defensa rival como puñales… todo ello terminaría por transformarse en siete puntos que insuflarían vida, por enésima vez, a un Real Madrid herido de muerte que, como ocurriera apenas dos días atrás, volvía a abrazar la gloria en la prórroga. Curiosamente, un año antes, Sergio ‘Mr. Clutch’ Llull había protagonizado un hito similar después de anotar los últimos ocho puntos de su equipo… ante el propio Baskonia en otras semifinales de Copa.

Dos de dos. Dos soluciones igual de efectivas ante dos problemáticas cargadas de variables e incógnitas. Pero todavía quedaba por resolver el gran rompecabezas: la final ante Valencia Basket.

Si los dos primeros compromisos tuvieron un curioso aroma a competición de remo, el partido ante el conjunto taronja personificó la esencia pura del boxeo a través de un constante intercambio de golpes y alternativas, una oda al baloncesto total que sirvió como broche de oro a una de las Copas del Rey más espectaculares que se recuerdan. Y en la fiesta suprema del baloncesto no podía faltar nuestro protagonista.

Sergio Llull, el de las grandes ocasiones, esas que tantas alegrías han dado al madridismo en el último lustro, volvió a hacer acto de presencia para descifrar el algoritmo taronja. Cuando más apretaban los de Pedro Martínez, el madridista alcanzó uno de sus cada vez más habituales episodios de nirvana baloncestístico. Un triple estratosférico marca de la casa seguido por un robo de balón finalizo en bandeja fue suficiente para dar la puntilla al rival. Su grito jerárquico de rabia contenida a punto estuvo de poner en peligro la integridad de sus cuerdas vocales. No importaba. La verdadera fuerza de Llull no emana de su garganta, sino de su corazón, tan inmenso como la intensidad que pone sobre la cancha y la garra que imprime en todas sus acciones.

Posteriormente, otros cinco puntos más servirían para abrir una brecha insalvable para el Valencia Basket, rendido ante el enésimo recital del de Mahón. Una vez más, los del Mediterráneo se quedaban con la miel en los labios. Nuevamente, Sergio Llull, quien, hace apenas un año y en un paralelismo similar al del Baskonia, acalló la Fonteta con una de las canastas de la temporada en forma de triple sobre la bocina desde más allá de media cancha.

“No me gusta perder y tengo la confianza de mis técnicos y compañeros que me dan la confianza para intentarlo. A veces la lío, pero hoy ha ido bien”, explicaría Sergio Llull, en cuya terminología personal no hay cabida para la palabra derrota, después de recibir su segundo premio al MVP de la Copa del Rey, siendo el único jugador en la historia de la competición en repetir galardón junto a su compañero Rudy Fernández (en tres ocasiones).

Alan Turing, creador del ‘artilugio’ que encabeza este artículo, revolucionó el mundo de la ciencia hace ya setenta años postulando las bases de una nueva disciplina que terminaron por servir de origen a la informática moderna. Una premisa que, salvando las obvias diferencias, puede ser extrapolado al impacto en el baloncesto actual de nuestro protagonista de hoy.

Su verticalidad, su conocimiento del juego, sus canastas imposibles, aportan a este deporte una serie de propiedades y elementos que muy difícilmente se pueden encontrar reunidos en un mismo jugador y que sirven en la -por otro lado- necesaria evolución y reinvención del baloncesto. Pero siempre hay algo más. “Mis tiros entran a base de ganas, de corazón y de creer”, reconoció el jugador hace apenas unos días. Y es que, las mejores cosas, se hacen con amor. Un amor a los colores de su equipo que ha antepuesto a los cantos de sirena y los millones procedentes de la NBA. Al menos de momento.