El concepto de ‘flujo’ en el mundo de la psicología define el estado subjetivo que las personas experimentan cuando están completamente involucradas en algo hasta el extremo de perder completamente nociones tan básicas como el transcurso del tiempo, los efectos de la fatiga e, incluso, todo tipo de estímulos externos. Tan solo existe la actividad en sí misma.

Esta idea, también denominada ‘flow’, fue propuesta por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi en 1975 y está estrechamente relacionada con la creatividad y el talento, otorgando al sujeto elegido una sensación placentera y liberadora que otorga a la experiencia un carácter completamente revelador y bonancible.

Pese a lo aparentemente simple que resulta, esta premisa ha servido de principal sustento de la psicología positiva y sus aplicaciones abarcan disciplinas que van desde la espiritualidad hasta la educación. También tiene cabida en el deporte. Y, por consiguiente, en el baloncesto.

Si bien es ahora cuando más relevancia ha tomado esta vertiente dentro del mundo de la psicología deportiva, se cuentan por decenas este tipo de episodios en los que un jugador, sumido en una especie de ‘nirvana baloncestístico’, firman una de esas actuaciones que podemos catalogar como histórica.

Una de ellos tuvo lugar hace ya dos décadas, sin la necesidad de rebuscar en los anales de la NBA, elección por antonomasia fruto de los 100 puntos de Wilt Chamberlain y el posterior intento de asalto de Kobe Bryant ante los Raptors. Un 15 de febrero de 1996, el público europeo fue testigo de una de las mayores exhibiciones ofensivas que se recuerdan a este lado del charco, con un protagonista muy peculiar: Joe Arlauckas.

Una temporada convulsa tras reinar en Europa

Por aquel entonces, el Real Madrid afrontaba un nuevo curso baloncestístico en un momento de dulce después de conquistar la Copa de Europa ante el Olympiacos de Panagiotis Fasoulas, Alexander Volkov y Eddie Johnson tras quince largos años de espera.

Sin embargo, en el seno de la identidad blanca existían serias dudas ante la capacidad de reacción del equipo tras la pérdida de Arvydas Sabonis, MVP de la Final Four de 1995, quien había decidido dar el salto a la NBA tras quedársele insignificante el baloncesto europeo y después de conformar uno de los juegos interiores más poderosos de toda la historia del baloncesto del Viejo Continente junto al propio Arlauckas.

En su lugar llegó un Zoran Savic al que el reto de intentar hacer olvidar al ‘Zar’ le quedó mayúsculo y que terminaría pagando los platos rotos de un año sin títulos. Ese mismo verano, también se ficharía a Pablo Laso, actual entrenador del Real Madrid y gran amigo de ‘El Pelícano’ –como era conocido cariñosamente nuestro protagonista- fruto de una fructífera experiencia juntos en el Baskonia.

Los blancos, no obstante, comenzarían la temporada de forma arrolladora con nueve victorias en las primeras diez jornadas de liga. Sin el coloso lituano, Arlauckas dio el paso adelante que se le presuponía a merced de unos promedios de 26.7 puntos por partido en este primer tramo del curso.

Un extraordinario arranque de campaña que no tendría su continuidad en competición europea, principal objetivo del Real Madrid de Zeljko Obradovic. Sendas derrotas ante Panathinaikos, FC Barcelona y EB Pau-Orthez en los compromisos iniciales de Copa de Europa cargaron las arcas del club de una preocupación y unos temores que terminarían por confirmarse meses después con un batacazo inesperado en liga ante el Caja San Fernando y sendas eliminaciones en Copa y Europa -esta última especialmente dolorosa tras desaprovechar una ventaja de 15 puntos en semifinales- ante el eterno rival.

Antes de ello, siete triunfos en las restantes nueve jornadas permitieron al Real Madrid concluir la fase de grupos en segunda posición, empatado en registro con el Panathinaikos, y tan solo por detrás del FC Barcelona. Y fue en la última jornada de esta primera ronda donde el baloncesto se rindió ante la obra suprema de Arlauckas.

Con la clasificación ya cerrada, los blancos viajaban a Italia para medirse a una Buckler Bolonia en la que destacaban jugadores como Orlando Woolridge, ex-compañero de Michael Jordan en Chicago, y Arijan Komazec, fichaje estrella ese mismo verano con el fin de sustituir a Predrag Danilovic, quien, al igual que Sabonis, había emigrado a la NBA.

Quién le iba a decir a los de Alberto Bucci que sus ya de por su mínimas opciones de pasar a la siguiente ronda del torneo –no dependían de sí mismos, necesitados de una victoria de la Cibona en Francia que nunca llegó- iban a esfumarse por completo a causa de una de las mayores exhibiciones ofensivas que ha presenciado el baloncesto FIBA.

La exhibición definitiva, récord de Europa

Y eso que el comienzo del partido no auguraba ningún tipo de desenlace titánico. Y mucho menos si tenemos en cuenta lo errático que se mostró el Real Madrid desde el perímetro, concluyendo el encuentro con un nefasto 0 de 11 en triples desde más allá del arco. Tampoco fue necesario. El reto ya había sido aceptado.

Después de cinco minutos sin oler el aro y con Woolridge (31 puntos) y Komazec (21 tantos) haciendo daño en las líneas defensivas blancas, Joe Arlauckas entró en trance. Mates al contraataque, tan característicos a lo largo de su carrera. Tiros en suspensión desde cuatro-cinco metros. Lanzamientos tras reverso. Bandejas tras recepción. Todos ellos con la misma efectividad. El interior estadounidense había alcanzado el clímax. Una experiencia óptima. El flujo.

¿Resultado? Un total de 63 puntos –récord todavía vigente en un partido de Euroliga- tras una casi inmaculada serie de tiro (24 de 29 en tiros de campo, y 15 de 18 desde la línea de personal), a los que añadió once rebotes y victoria para los de la capital española por un resultado de 96-115, mayor anotación de un equipo en aquella edición del torneo. La plantilla italiana acabó completamente desquiciada ante la exhibición del de Rochester, mientras que el público presente en el pabellón PalaMalaguti no pudo hacer más que rendirse abiertamente ante la histórica gesta que acababan de presenciar. No era para menos.

Recuperando su apariencia terrenal finalizado ya su orgasmo baloncestístico, Arlauckas se mostró sorprendentemente sereno y moderado. “Conseguir 63 puntos no es fácil. Ha sido posible gracias a la aportación del resto del equipo, ya que no sirve de nada tener la muñeca caliente si no te llegan buenos balones”, fueron sus primeras palabras, de máximo agradecimiento a sus compañeros, al concluir el duelo, aunque años más tarde reconocería la gran dificultad y brillantez de su proeza en una entrevista para la ACB.

“Me acuerdo bastante bien. Fue uno de los mejores días de mi vida. Hace ahora unos dos meses fui a dar las buenas noches a mi hija y ella estaba viendo aquella cinta, que ya anda un poco borrosa, y terminamos de verla juntos. Lo que no sabía es que en los primeros cinco minutos no anoté una sola canasta. Jamás pensé que podía llegar a estar a ese nivel, de verdad”, admitió uno de los jugadores estadounidenses más importantes e ilustres ya no solo de la historia del Real Madrid, sino de todo el baloncesto español.

Perspectiva histórica: ¿Un registro inaccesible?

Nadie ha podido amenazar -ni siquiera en forma de amago ligero- el hito conseguido por Joe Arlauckas aquel inolvidable 15 de febrero de 1996. De hecho, la máxima anotación individual firmada, desde entonces, en Euroliga –en su actual formato- ‘apenas’ alcanza los 41 puntos, una marca compartida por hasta cuatro jugadores: Alphonso Ford (enero de 2001), Carlton Myers (marzo de 2001), Kaspars Kambala (febrero de 2002) y, más recientemente, Bobby Brown (febrero de 2013).

Anecdóticamente, una de las mejores temporadas a nivel individual de su carrera no obtuvo ningún tipo de recompensa colectiva, pero regaló al mundo del baloncesto un partido que quedará para grabado para siempre en los cimientos de este maravilloso deporte y sus afortunados aficionados.

El día en el que ‘El Pelícano’ voló más alto que nunca.