El curso 2014-2015 comenzaba con perspectivas especialmente halagüeñas para los Phoenix Suns. A un bloque que la campaña anterior había sumado 48 victorias rozando la postemporada con la punta de los dedos –cuando en octubre nadie en su sano juicio se hubiera atrevido a apostar por ellos- se le añadía un fichaje de relumbrón como era Isaiah Thomas en una maniobra de sign and trade con los Sacramento Kings.  La franquicia californiana recibiría a Alex Oriakhi y la denominada trade exception a cambio del natural de Tacoma.

Desde el preciso instante en el que se comenzó a gestar la idea de firmar a Thomas, en la mente del GM Ryan McDonough se desarrollaba una novedosa –y a la postre se vería que cuasi macabra- idea en la historia de la NBA: hacer compartir pista y minutos importantes a tres guards de primer nivel como bien eran considerados Goran Dragic, Eric Bledsoe y el citado Thomas -partiendo desde el banquillo-. Un experimento que podría conllevar fenomenales o desastrosas consecuencias para el equipo de Phoenix, sin que cupiera la más ínfima opción a un término medio. Un boom or bust de los de manual, como mandan los cánones. Todo empezaba por el trío de bases y acababa justamente ahí. Es decir, que la gran esperanza en Arizona tenía una estatura media de 1.84 m.

A la triada de guards se le agregaba un roster para nada despreciable en su conjunto: los gemelos Morris, Gerald Green, el sophomore y prometedor Alex Len o PJ Tucker conformaban una plantilla a tener en cuenta para, al menos, darle un susto de magnitud al contender de turno en los Playoffs.

Todo pintaba de color de rosa. Pero la combinación de talentos no siempre es igual a la suma de los mismos.

El equipo se encontraba peleando la octava posición de un disputadísimo Oeste frente a unos mermados Oklahoma City Thunder, quienes se encontraban especialmente castigados por las lesiones. Pero el juego no era como cabía esperar de semejante plantilla y el vestuario amenazaba con implosionar de manera violenta. Finalmente, lo hizo.

Dragic, alguien que la temporada anterior se había erigido como ganador del premio Most Improved Player merced a 20.3 puntos y un 41% en triples, se encontraba promediando 16.2 y 35.5%, respectivamente. Isaiah Thomas, pese a contar con una innegable calidad, no conseguía encontrarse con su mejor versión y, la mayoría de las veces, su presencia en pista restaba más que sumaba. Una muestra de la lacra de química existente es el net rating del equipo: -0.5 (decimoséptimos de la liga), cuando la campaña anterior se había elevado hasta la cota del +3.3 (top 10).

Foto: SB Nation

Entonces, el 19 de febrero los cimientos de la NBA se tambalearon. En un deadline más que movido, los Suns enviaban a los hermanos Dragic a South Beach a cambio de Danny Granger y un pick de primera ronda para el 2017 protegido top 7. A su vez, Isaiah Thomas recalaba en Boston en un intercambio por Marcus Thornton y una elección en primera ronda en 2016. Un precio mínimo a cambio de un jugador de nivel MVP –aunque en Phoenix hubiera mostrado tan solo una pequeña parte de ese potencial-. Como último movimiento, Brandon Knight daba con sus huesos en Arizona en un canje por Tyler Ennis y Miles Plumlee. Así, Ryan McDonough acababa de un plumazo con su innovador experimento, y, como efecto secundario, aunque no fuera consciente de ello, con el proyecto del equipo.

Y entonces apareció él.

Devin Booker.

Llegó con una elección número 13 que no apuntaba gran cosa. No obstante, sin gozar de excesivo minutaje durante los primeros compases de competición, trabajando entre bambalinas, no cejó en intentarlo hasta que finalmente llegó su oportunidad. Con ello, se descubrió a un proyecto de jugador de calibre All Star casi perenne en el caso de que las lesiones le tengan un mínimo respeto.

En el transcurso de la primera temporada del joven, se vio expuesto al elemento más tóxico habido y por haber en la NBA: un vestuario podrido. Esto incluye constantes desplantes al cuerpo técnico, bajo rendimiento –premeditado-, peticiones de traspaso y un head coach cada vez más cuestionado. Él era el único motivo para sonreír. Un oasis.

El 1 de febrero cayó Jeff Hornacek, no sin antes hacerlo dos de sus ayudantes en una clara maniobra de presión hacia el técnico. Se colocó a Earl Watson, exjugador de Thunder y Blazers, entre otros, de manera interina hasta final de temporada, siendo ratificado en el mes de junio para clara alegría de los jugadores del equipo. Con esto y las selecciones en el Draft (los dos mejores interiores –a priori- de su camada), Ryan McDonough ponía la primera piedra de un proyecto que él mismo había dilapidado hacía apenas 18 meses.

Earl Watson disfrutó de un mentor inmejorable en su formación como técnico –cuando todavía era jugador en la Universidad de UCLA-: el maravilloso John Wooden, leyenda de los banquillos. Más tarde, estampó su sello en un contrato de asistente con los Austin Spurs (equipo afiliado a San Antonio de la D-League), aprendiendo del mismísimo maestro Popovich, para, la temporada siguiente, marcharse a Phoenix con otro puesto de entrenador asistente.

Todavía no es un entrenador colmado de soluciones tácticas, pues el grueso del playbook es similar -en ocasiones incluso igual- al que manejaba Jeff Hornacek, aunque sí es cierto que la presencia de un futurible como Devin Booker puede –de hecho lo está haciendo- alterarlo ligeramente. El recurso más utilizado tanto por él como por su predecesor en el cargo consta de una simple jugada de “cuernos”, realizando el pívot sobrante una pantalla sobre su par con el objetivo de allanar el camino hacia la canasta. En el caso de saltar la ayuda en el poste bajo, el base (normalmente Eric Bledsoe) dobla hacia fuera, donde se encuentra Booker disfrutando de un tiro que suele ser cómodo. No obstante, se dispone de infinitud de variantes para este sistema –por ejemplo, Tyler Ulis, liderando la segunda unidad, suele aprovechar el espacio creado en el bloqueo para armar el tiro con un elevado nivel de acierto-, siendo esta la más frecuente de ver en los ataques en estático del equipo de Arizona.

No es infrecuente tampoco ver juego en el poste bajo. Sin embargo, hay algo por lo que se caracteriza el juego de los Suns: la velocidad en las transiciones. Presionar líneas de pase y salir rápido parece ser la premisa número uno de coach Watson, anotando así 18.4 puntos tras pérdida rival por partido.

Pero Watson tiene un don, en ocasiones más importante incluso que la formación táctica: la mano izquierda con los jugadores. Se trata de un motivador nato, capaz de meter en partido a cualquier jugador. Además, la columna vertebral del roster –así como la gerencia- confía en él. Creen que es el adecuado para llevar el timón de un equipo que ansía presenciar de nuevo días gloriosos de una franquicia habituada históricamente a ganar (séptima temporada ya sin oler las rondas por el título). De momento, la base joven para retornar está presente: Dragan Bender, Tyler Ulis, Marquese Chriss, Alan Williams, Devin Booker e incluso el dunker Derrick Jones Jr conforman un sitio sólido por donde comenzar a reescribir la historia Sun.

Hoy, los Suns se encuentran en el pozo. Quién sabe si la historia sería diferente si se hubiera dado continuidad al experimento de McDonough. Pero la única realidad es que ahora mismo, en Phoenix se apuesta por el futuro.