La vida de un deportista de élite ocupa, en el imaginario popular, un lugar de privilegio absoluto. Aquellos tocados por la varita mágica trabajan de lo que más les gusta hacer. Sus contratos millonarios borran cualquier necesidad económica. El estrellato deportivo los catapulta a un posicionamiento social que se compara a la de los héroes de la Antigua Grecia. Ya sea en portadas de diarios, campañas publicitarias o incluso en la boleta de un partido político, es probable que resalte la imagen de algún deportista. Pero esa nebulosa que se presenta como ideal tiene sus grietas. La fama puede ser tan buena como fugaz y destructiva. El dinero no compra el tiempo perdido. Esos jugosos contratos bien pudieran ser también un compromiso con el público y con el resultado. Y en cuanto a lo esencial de la vida, la de estos personajes no escapa a la del resto del mundo.  Ríen igual que cualquiera. Disfrutan como todos. El dolor los atrapa y también necesitan llorar. Pero el sistema en el que están inmersos muchas veces no permite un descanso. Ni siquiera un paso más lento que los habituales. Entonces el deportista decide despejarse de todo como mejor le sale: con los pies en la cancha.

Isaiah Thomas seguramente pensaba en el inminente arranque de Playoffs entre sus Boston Celtics y Chicago Bulls cuando su mente y su sentir recibieron una brutal sacudida. Ese día, uno antes de tan importante choque, la vida de su hermana Chyna llegó a su fin de la peor manera. Falleció en un accidente automovilístico. ¿Cómo seguir después de eso? ¿Acaso es posible pensar en las próximas horas, si un golpe como esos pone en cuestionamiento todo? El revoltijo de emociones dentro de Thomas no lo tumbó. Decidió que el mejor homenaje para ella sería darlo todo arriba del parqué. No fue el primero ni será el único que utilizó la tristeza como combustible para levantar a la leyenda. Esas leyendas de carne y hueso. Las que emocionan por convertir la fragilidad en una fuerza incomparable. Ya no importó la derrota. Tampoco sus 33 puntos. Lo esencial es invisible a los ojos, dicen.  El TD Garden amplió aquella frase con sabor a sabiduría. Nunca hubo tantos aficionados con el número 4 en esas gradas. Jamás el grito de “¡M-V-P!” se usó tantas veces como sinónimo de admiración personal.

Ricky Rubio convivió con la angustia en la pasada temporada. Su madre Tona padecía de cáncer, enfermedad por la que luego falleció, mientras la fase regular transcurría y enjaulaba el cuerpo de su hijo. La mente estaba en otro lado. Arnie Kander, vicepresidente de Minnesota Timberwolves, les regaló una pulsera Lokai a cada uno, con el objetivo de que ese amuleto inundara de esperanzas el peor momento de esas dos vidas. “A veces pienso que vivimos en mundo feliz aquí en la NBA, pero en realidad no todo marcha bien”, reflexiona Rubio. La realidad que une a todos se entromete hasta en el rincón más iluminado. Los últimos meses fueron extremadamente duros para el base español y su familia. Tona falleció meses antes de los Juegos Olímpicos de Rio. “Me dijeron que la vida tenía que continuar, que teníamos que hacer lo que teníamos que hacer”, comenta, ya con la medalla de bronce en su poder. Pero Rubio fue sobrecargado a la cita. Su mente seguía arrastrando los daños del triste desenlace. Una frase del propio protagonista describe perfectamente lo que luego aconteció: “Estoy muy jodido pero tengo la fortaleza y, como tú hiciste, no dejaré de luchar nunca. Siempre con una sonrisa de oreja a oreja”. Transformar los males en rabia deportiva. Y entender su progreso como el mejor homenaje posible. Eso hizo en la siguiente temporada, la mejor de toda su carrera.

Una persona puede ser el impulso vital para un joven con sueños de grandeza. El motor de Chris Paul en su adolescencia de baloncesto se paró en seco cuando él menos lo esperaba. Su abuelo fue asesinado por unos vándalos que intentaban robarle. El mismo día, Paul había conseguido firmar una beca universitaria con la Universidad de Wake Forest. Estaba ansioso por compartir su emoción con quien fue su mentor deportivo.  La noticia lo cegó. No quiso creer y se consoló con que eso sólo podía ser una pesadilla. Pero la verdad lo destrozó.  En esos momentos pensó que ni sus sueños podían quitarlo de semejante infierno. Sin embargo, fueron ellos lo que lo despertaron. West Forshyt, el instituto en el que jugaba, enfrentaba en pocos días a Parkland High y las intenciones de Paul eran claras: no iba a jugar. Hasta que una de sus tías intervino y con un simple desafío revirtió todo. “Anota 61 puntos en tu próximo partido, uno por cada año de vida de tu abuelo”. Y aunque la idea no fue suya, Chris Paul se subió a ella convencido de que su abuelo lo hubiese querido así.  Había anotado 59 canastas.  A dos minutos del final, culminó un contragolpe con un doble y un tiro adicional por falta. Se paró sobre la línea de libres. Miró a sus padres y tiró a fallar. Pidió el cambio, corrió hasta el banquillo y luego se abrazó con ellos. Ese arte en el que su abuelo lo inició de pequeño había servido para mucho más que un contrato universitario.

Foto: insidebasket.com

“Ganaré por Boston y por ella”, afirmó Isaiah Thomas antes del partido con Bulls. El resultado lo desmiente. La sensibilidad despertada en todo aquel que, de cerca o de lejos, se involucró en la historia, no hace más que ratificar sus dichos por siempre. Quizás le regale la serie, o el campeonato. Quizás no. Pero nada valdrá más que el llanto previo al partido y la decisión de mantenerse en pie para honrar su memoria.