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Perfiles NBA

Bobby Jones y un hogar inesperado

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Entre carcajadas, como siempre, con aquella voz que parecía sacada de una película de dibujos animados, Darryl Dawkins definía la mejor cualidad de su por entonces compañero en los Sixers, el alero Bobby Jones: “Tiene unos brazos tan largos, que si está en la línea de pase, no hay nada que hacer”.  Era la clásica alabanza formal, esa que al cabo de unas semanas se publicaría en las educadas guías oficiales de la liga. Sin embargo, cuando idéntica pregunta venía de un periodista con el que el gigante tenía verdadera confianza, no dudaba en responder de otra forma mucho menos política, pero sin duda más gráfica: “es el primer cabrón blanco que ha conseguido hacer un mate delante de mí”.

Cuando Bobby Jones regresó a Filadelfia durante el All Star de 2002 -aquel celebrado en pleno apogeo de Allen Iverson como icono de la NBA- tuvo un problema al que no se había enfrentado durante sus ocho años como profesional en los Sixers. No tenía  idea de donde carajos aparcar su vehículo en aquel enorme aparcamiento de coches de lujo en el que se había convertido las inmediaciones del  First Union Center durante aquellos días. Después de unos minutos vagando, un muchacho de la organización, que aparentaba veintipocos años juzgándolo con dureza, se acercó al coche de Jones, que bajó la ventanilla inmediatamente. El chico no pudo contener una mueca de satisfacción cuando confirmó sus sospechas. “Ey, eres Bobby Jones. Deja tu coche aquí, yo me ocupo de cuidarlo todo el día”

Era poco probable que aquel muchacho hubiera vivido los grandes días de Jones como jugador en el viejo Spectrum. En el mejor de los casos, su recuerdo se limitaría a un viaje infantil acompañando a su padre en esas noches de locura ochentera. Y sin embargo, lo había reconocido sin dudar.  Quince años después de abandonar los Sixers, a Bobby Jones se le seguía amando en la ciudad del amor fraterno. Justo al contrario que cuando llegó.

Un viaje complicado y un destino improbable

Si Jones hubiera elegido otra universidad que no fuera North Carolina, probablemente nunca hubiera alcanzado el mismo éxito profesional en su carrera.  A Chapel Hill llegó procedente de la diminuta South Mecklenburg un jugador relativamente talentoso, con capacidad para anotar en la zona y buenas dotes en el arte del tapón y el rebote. Cuatro años después , se habría convertido en un defensor de élite, tanto que su nombre apareció en el quinteto ideal de defensores de la NBA desde el año 1977 hasta 1984, ambos incluidos. Ocho temporadas que fueron el reflejo del espíritu de lucha y superación que encontró -e hizo suyo- en su época como Tar Heel.

“Cuando llegué a Carolina, empecé a aprender conceptos como juego de pies, anticipación y ayuda en el lado débil. Entonces comprendí todo lo que podía hacer por mi equipo en el plano defensivo.”

Bobby se estaba convirtiendo a ojos vista en un valor en alza de North Caroline, al punto de que sus actuaciones lo llevarían a formar parte del combinado olímpico que actuaría en Munich, aquel capítulo negro del baloncesto norteamericano en el que muchas cosas comenzaron a cambiar para siempre.

Aquel año de 1972 fue especialmente complicado para Jones, que, además de quedar marcado para siempre por pertenecer al combinado derrotado por los soviéticos, sufrió su primer ataque epiléptico, un problema que se repitió durante sus primeros años como profesional en Denver y que no pudo atajar hasta que encontró una medicina efectiva a su enfermedad, algo que sucedió después tres violentas sacudidas que habían colocado su carrera al borde del precipicio. Quizá ese espíritu de sacrificio extremo, la sensación de que cada jugada en la que participaba fuese la última en la que lo hacía, nacía como consecuencia de lo cerca que vislumbró su retirada durante aquellos primeros setenta.  Si Bobby había mejorado tanto como jugador gracias a las enseñanzas que Dean Smith le había transmitido en Carolina, su fuerte personalidad fue le sirvió como motor para seguir adelante aquellos complicados años. Su carrera ya estaba preparada para el siguiente nivel.

Ese nuevo capítulo no estuvo claro donde se escribiría hasta bien entrado 1974. Tras su graduación, fue seleccionado por los Houston Rockets con el número cinco de la primera ronda del draft, y por los Carolina Cougars de la ABA con el número 1 de un selección denominada “de circunstancias especiales”. Este tipo de elecciones eran relativamente habituales en la divertida pero desorganizada ABA, y se podría resumir con un “consigamos los mejores jugadores a toda costa”.

Todavía andaba Bobby decidiendo su destino cuando los Cougars traspasaron sus derechos a los Denver Nuggets, entrenados por un entrenador con fama de amante de la defensa y cierto prestigio universitario, que respondía al nombre de Larry Brown. De repente, Bobby acababa de hallar una respuesta a su gran pregunta.

Foto: American Basketball Association Players

Cuarenta años después, parece complicado entender que un jugador decidiese pasar de la NBA por enrolarse en una competición con tantos tintes circenses y dudas como era la ABA, que además, ya había comenzado su lenta pero inexorable agonía. Sin embargo, deportivamente, Jones estaba cargado de razones para hacerlo. Brown le había prometido un puesto de titular en los Nuggets desde el primer momento -no faltaría a su promesa- y el estilo de Denver, un oasis defensivo frente al caótico juego del resto de equipos de la liga convenía más a un jugador del estilo de Jones, que sumó puntos y defensa consistentemente a un equipo que llegaría a las finales de 1976, la última de una competición que ya estaba oficialmente en bancarrota por entonces.

“Era una situación angustiosa, nunca sabías cuando te iban a pagar. El All Star de 1976, en el que jugué, fue nuestro equipo contra un combinado del resto, era como jugar en familia. Veías a rivales contra los que jugabas casi cada fin de semana. Creo que esa temporada llegamos a jugar hasta diez veces con los Nets de Julius Erving.”

Cuando la loca aventura de la ABA terminó por echar definitivamente la persiana,  los Denver Nuggets fue una de las cuatro franquicias absorbidas que pasarían a jugar en la NBA al año siguiente. Los de Brown demostraron que su nivel era el suficientemente bueno como para plantar cara a los mejores equipos de la NBA, tanto como para lograr un par de títulos de la división del Medio Oeste, con un papel destacado de Bobby Jones, que no faltaría durante aquellas dos temporadas a su cita con el partido de la estrellas, aunque en esta ocasión sin el balón tricolor en juego. El paso de una competición a otra había resultado un éxito moderado para la franquicia, y Jones era un jugador consolidado de 26 años y mucho futuro por delante.

Nada de eso sirvió para que fuera abucheado durante la presentación del primer partido de la siguiente temporada, en la que sería la primera con la camiseta de su nuevo equipo, los Sixers de Filadelfia.

Comenzar con mal pie

Un timo. Así calificaban los aficionados de los Sixers el traspaso que acababa de hacer su equipo, y no precisamente a su favor. Filadelfia había envíado a Denver a la mítica estrella George McInnis, un anotador que tan solo un año antes había liderado a su equipo hasta las finales contra los Blazers. A cambio recibirían a Jones y al base Ralph Sampson, dos jugadores sólidos, entregados en defensa, pero lejos del perfil de estrella de George. En perspectiva, la operación tenía sentido al ponderar la avanzada edad de McInnis. Sin embargo, el cariño de del público hacia George,al contrario que su rendimiento, no se había resentido, y Jones pagaría involuntariamente un alto peaje como principal contraprestación en la traición al mito.

Foto: NBAE

Pese a los abucheos iniciales, pronto Jones se convirtió en una de las piezas claves sobre las que se fueron forjando aquellos legendarios Sixers que se alzarían con el título del 83.  El alero era el complemento perfecto para que reluciera el brillo de los Julius Erving, World B. Free, Joe “Jellybean” Bryant o Darryll Dawkins.  Mientras ellos ponían el talento, Bobby era el especialista defensivo que llegaba a todas las ayudas, luchaba cada pelota como si fuera la última y rebañaba cada rebote que escupía el aro. Eran tan distinto a sus compañeros, que hasta tuvo problemas en adoptar el estricto código de etiqueta que impuso su entrenador Billy Cunningham durante los viajes. A Jones, criado en el campo y educado en la rural Carolina, nunca le gustó la corbata y el traje durante los viajes, lo que le costó más de un enfado con su entrenador, y las bromas de sus compañeros, adaptados al estilo comospolita de Filadelfia y que marcaban estilo también fuera de la cancha. Sin emargo, detrás de esas chanzas se escondía un cariño y aprecio sincero, como demuestran las palabras de Cunningham.

“Nunca vi a un jugador, excepto a quizá Bill Russell o Wilt Chamberlain, ganar tantos partidos desde la defensa. No existía el “yo” en su vocabulario, fue el perfecto jugador de equipo.”

Esa labor de equipo no privó a Jones de un merecido reconocimiento individual. Regresó al partido de las estrellas en dos ocasiones más (1981 y 1982) demostrando que, aunque de otra forma, pertenecía por pleno derecho a la clase noble de la liga. Preguntado por un periodista si un jugador gregario como él no se sentía fuera de lugar en un partido así, contestaría con un seco, rotundo y seguro “no”, que, acompañado con una mirada severa, dejó al reportero sin ganas de una segunda ronda.

El gran premio para la carrera de Jones se produjo en aquel inolvidable año de 1983, en lo que sería el último título conquistado para la ciudad que celebró la independencia de Estados Unidos. “El sentimiento que teníamos era de que si no éramos capaces de hacerlo ese año, no tendríamos otra oportunidad.” Ese anillo sirvió como justificación de toda una carrera, y lo elevó definitivamente a los altares del aficionado sixer. Un lustro después de ser abucheado en su primer partido, se había convertido en el jugador más querido de la plantilla después del Doctor J. Solo dos años después, y con la sensación del deber cumplido, se retiraría. La pujanza de los Celtics y los Lakers amenazaba con borrar cualquier atisbo de resistencia durante los ochenta, y Jones decidió que era el mejor momento para abandonar la batalla. Meses después su número 24 colgaría del techo del Spectrum, testigo de una época irrepetible para una ciudad que lo consideraría, ahora sí, como un de los suyos para siempre.

Foto: NBAE

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Getty Images

Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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Perfiles NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Al Campanie / The Post-Standard / Syracuse.com

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Danny Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

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Perfiles NBA

Al Horford, la cuarta hoja del trébol

De las 300 especies de tréboles identificadas, el más famoso es el de las cuatro hojas debido a la anomalía genética que esconde. Y ese ADN es precisamente el que los Celtics tratan de descifrar con Al Horford como el auténtico líder.

jaime.eguen@gmail.com'

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Se dice que la bandera de Irlanda es tricolor debido a que está compuesta por tres franjas cuyo significado es verde simbolizando a los nacionalistas católicos; naranja a los protestantes; y el blanco la paz, que debería reinar entre unos y otros. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en el verde. Cada 17 de marzo – con motivo de la celebración de San Patricio – los irlandeses se reúnen en un día destinado a beber cerveza, realizar llamativos desfiles y lucir ropas de color verde Kelly.

Según cuentan, dicho color evita que los ‘leprachaun’ aparezcan y te pellizquen las piernas en San Patricio. Eso sí, aquí no acaban las historias y leyendas que unen a Irlanda con este color, el trébol de cuatro hojas también tiene un significado místico que une genética, suerte y fantasía. La primera hoja simboliza la riqueza, la segunda es la fama, luego está el amor y por último la salud. Su rareza lo ha convertido en un presagio de buena suerte e incluso como una señal que indica que encontrarás un tesoro. Aunque, su existencia, se debe a un gen muy especial.

Al Horford, una rareza biológica

Hoy en día se han identificado unas trescientas especies de tréboles, una planta que cuenta con el doble de cromosomas que la especie humana. Sin duda, el más famoso de todos estos es el de cuatro hojas, debido a la mística que lo rodea y la complejidad de avistar uno. La estadística dice que, por cada 10.000 tréboles, hay uno que tiene un folio más. Una excentricidad botánica que reside en una mutación genética, concretamente en el gen PALM1, que es bautizado como el “gen de la buena suerte”.

Abordando el tema que nos trae, los Boston Celtics han encontrado su propio trébol de cuatro hojas. Una anomalía genética al servicio de Brad Stevens y que, año tras año, hace las delicias de los aficionados de los Celtics. Este no es otro que Al Horford, el pívot de origen dominicano que reina en la pintura y es clave en sistema tejido por su entrenador. Estos Playoffs han sido la confirmación (si es que era necesaria) de su figura y han servido para reafirmar su rol en el equipo.

Con los Celtics naufragando en el Este y con un futuro ligado a la incertidumbre, Al Horford ha sido una de las pocas cosas positivas que se llevan de esta nefasta temporada. Con él bien físicamente e imponiendo su ley en el duelo personal, todo es más fácil para el equipo verde. No es un hombre de grandes estridencias, acciones espectaculares o vistosas estadísticas. Horford es un caballero dispuesto a sacrificar todo por el bien común y capaz de realizar concesiones si resultan beneficiosas para el conjunto. Un rol genéticamente extraño de ver y que viene de la mano de una de las mentes más prodigiosas del baloncesto actual.

Al Horford tiene ‘player option’ y podría renunciar a su contrato en el caso de no estar contento con el rumbo que tome la franquicia

De salir de su contrato renunciaría a cobrar $30,123,015

Porque sí, el ‘42’ de los Celtics es la calma dentro de la anarquía, la esperanza en un océano de oscuridad. Para darse cuenta de esto, tan solo hay que echar un vistazo a los Playoffs y entender la coherencia que daba el pívot a cada posesión que pasaba por sus manos. Horford apostó por los Celtics cuando por entonces era complicado y firmó un máximo que fue criticado por muchos, un contrato que se ganó día a día junto con el corazón de la afición de Boston. Muy probablemente, su principal defecto a día de hoy, es que ya tiene 32 años. Una cifra demasiado abultada y que hace realidad las pesadillas de los Celtics.

‘Big Al’, desde los números

Si hablamos de la importancia de Horford en los Celtics, tenemos que trasladarla tanto al apartado ofensivo como defensivo. Este año ha promediado 13.6 puntos, 6.7 rebotes y 4.2 asistencias, números que te pueden resultar indiferentes pero que van mucho más allá. Analizar el rendimiento de Horford desde un punto de vista estadístico tradicional, es parecido a vislumbrar un paisaje sin abrir la ventana.

La salud no ha sido su mejor aliado esta temporada, pero en los 29 minutos por encuentro que ha jugado esta ‘regular season’ ha tenido un ‘Net Rating’ de +6.3. Llevando a los Celtics a obtener con él en pista un 111.8 de ‘Offrtg’ y un 105.5 en el defensivo. Durante los 68 partidos que ha jugado esta campaña, los rivales han visto cómo sus promedios ofensivos bajaban cuando se encontraba en pista.

PlayoffsOffensive RatingDefensive RatingNet Rating
On Court102.798.8+3.9
Off Court87.3102.5-15.2

Tal y como muestra la tabla de arriba, su salida en cancha durante estos Playoffs se traducía en debacle y hundimiento por parte de los Celtics. Un equipo que ha pagado de manera evidente las desconexiones (especialmente en el tercer cuarto). Una tendencia que han seguido durante todo el año y, como suele ser en estos casos, se ha hecho más visible en los Playoffs.

Más allá de las cifras

Por otro lado, analizar el rendimiento de Horford solo enfocándonos en los números sería incorrecto. El pívot tiene cualidades que lo convierten un jugador muy especial, una de ellas –posiblemente la favorita de Brad– es su versatilidad. Su capacidad para defender múltiples posiciones y frenar a jugadores que lo sacan de la pintura, lo convierten en el ancla defensiva del sistema de Stevens. Todo esto sumado a una buena lectura de ayudas y destreza a la hora de hacer correcciones.

Repasando los partidos contra Philadelphia vemos como Embiid sufre de manera muy considerable cuando el ’42’ se queda con él. El ‘Defensive Rating‘ de Boston en los enfrentamientos directos contra Sixers, cuando Al Horford está en pista, es de 102.8 puntos por cada 100 posesiones. Un adversario que esta temporada está promediando 111.5 de ‘Offrtg’ y que (contra Celtics) baja a los 103.4 puntos. Dicho ‘center’ con el tren trasero de un alero, con una capacidad para defender al poste prodigiosa y catalizar la defensa de los Celtics.

Pese a esto, su impacto no solo es visible en defensa, en ataque también desarrolla un papel fundamental. Con él en pista la circulación ofensiva de los Celtics goza de mayor salud y su visión de juego le permite ofrecer soluciones a sus compañeros. Es común verle involucrado en jugadas de ‘pick&pop’ u organizando el ataque desde la cabecera de la bombilla. El año pasado, Tatum y él, mostraron una gran química en ataque y con Irving ha tenido instantes de lucidez ofensiva. Sorprende las pocas veces que este año hemos visto a ‘Al’ y a Hayward ejecutar jugadas de ‘pick&roll’, una combinación que podría haber dado buenos resultados.

Todo esto no fue suficiente para doblegar a unos Bucks que fueron claramente superiores a los Celtics. Un 4-1 que sentó como una losa y despertó muchos fantasmas en el TD Garden, no solo por la derrota, sino por la imagen que dio la plantilla. Un vestuario con problemas y que no supo remar hacia un mismo sentido. Al Horford afrontará la próxima temporada con 33 años, pero antes deberá decidir si mantener su contrato o buscar una vía más sencilla hacia el Anillo. Las declaraciones que hizo acerca de su futuro tranquilizaron a la comunidad y todo hace pensar que seguirá, la gran duda es acerca de quién le acompañará. Además, este muy posiblemente sea su última gran firma en la NBA y cuesta pensar que renuncia a semejante cantidad de billetes.

Al Horford es un trébol de cuatro hojas que brilla en el TD Garden, sin él es complejo imaginar el futuro de la franquicia. Un equipo que tiene que aprovechar los últimos coletazos de una carrera marcada por una anomalía genética que lo han convertido en una figura tan especial. Aunque –como se suele decir por la ciudad de Boston– “It’s not luck’. Lo que está claro es que, el verdadero tesoro, es haber encontrado a ‘Alfredo’.

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