fbpx
Síguenos también en...

Reflejos

La fantasía oculta del Madison: en busca de Jordan

Publicado

-

Jordan y los Knicks

11 de mayo de 1996.

Tras perder los dos primeros partidos en Chicago, los Knicks buscan recuperar el equilibrio de la serie imponiéndose en su estreno como locales. La tarea se antoja mayúscula, puesto que en frente tienen al que es el equipo más motivado de la liga, comandado por el que todavía es el mejor jugador del mundo. Sin discusión posible.

Con minuto y medio por jugarse, y el Madison recreándose en un frenesí de locura colectiva, los Knicks lideran el marcador con ocho puntos de ventaja. Pueden palpar el triunfo con la yema de los dedos, lo tienen prácticamente hecho, pero entonces… entonces aparece él.

El de siempre.

Pippen captura un rebote ofensivo crucial, la bola empieza a rotar de lado a lado, y llega a un Jordan completamente liberado que convierte el triple ante la inútil carrera de Starks. Chicago Bulls se pone a cinco.

Un par de posesiones después, Jordan va leyendo tranquilamente la jugada hasta situarse en zona frontal. Busca encarar al todoterreno Mason en uno de sus particulares aclarados. En un primer momento inicia la penetración hacia el aro, pero Mason logra anular con éxito la embestida. Frena en seco, da un paso hacia atrás, y ejecuta la finta de tiro. Mason pica. En ese instante, y con su par inicial fuera de juego, aparece el pegajoso Starks para hacer la ayuda. Entre dos escudos humanos dispuestos a bloquearle, Jordan se ve obligado a improvisar en el aire y convertir un tiro en suspensión fantástico. A tres.

Penúltima posesión de partido. Con veintidos segundos por jugarse para que finalice el encuentro, Jordan realiza uno de esos tiros que parecieran haber nacido de la épica homérica. Como un Aquiles negro, salvaje y llevado en volandas por el capricho de los dioses, encesta un triple en movimiento ante la dura defensa de Derek Harper, maestro y verdugo del contacto ilegal.

Canasta. Chicago ha logrado empatar el partido y en última instancia forzar la prórroga.

En el tiempo extra se mantendría la misma tónica. Cada vez que New York anotaba, aparecía su majestad del aire para salvar del aprieto a su equipo. Un lanzamiento desde el poste bajo, una visita a la línea de los tiros libres, un rebote ofensivo capturado tras fallo propio. Cualquier esfuerzo era válido para guiar a los suyos en busca de una remontada histórica que, efectivamente, se concretaría en 99-102 a favor de los Bulls.

Una vez más, Jordan – 46 puntos – le había amargado la velada al Madison Square Garden, escenario y afición con la que había desarrollado la relación de amor-odio más icónica del deporte profesional norteamericano. Desde que hiciera su presentación oficial en la Gran Manzana allá por noviembre de 1984, parecía que Jordan se había tomado como un reto personal maravillar con su incontestable talento al personal neoyorkino. Unas veces aplaudido merced a sus impresionantes acrobacias, y otras defenestrado como enemigo público número uno. Porque, para los Knicks, Jordan representaba una especie de apocalipsis negro, un escollo insalvable que les impedía el acceso a la tierra prometida, y que por contra les condenaba al eterno purgatorio. Por si fuera poco, era doblemente doloroso recordar que dicha condena la aplicaba uno de los suyos, venido al mundo en el mítico Brooklyn pero criado desde bien temprano en North Carolina.

Así las cosas, y tras cerrar la serie en el quinto partido, los Bulls pasarían a jugar Finales de Conferencia ante la Orlando del dúo Hardaway-O’Neal; los Knicks, por su parte, pondrían fin a una de sus temporadas más extrañas en años. Tras cerrar la productiva relación con Riley en el verano anterior, contratarían a Don Nelson como entrenador jefe para aquel curso 1995-1996. Un cambio de rumbo excesivamente drástico en cuanto a mentalidad y estilo que los buques insignia del vestuario no terminarían nunca de entender. Parecía contranatura pretender jugar ahora un estilo fresco, dinámico y ofensivo, tras un lustro configurando una plantilla con vistas a hacer precisamente lo contrario. Para Ewing, Oakley, Mason, Harper, Starks y compañía, el baloncesto de contención, disciplina, fuerza y fango se había convertido casi como en una filosofía existencial. A estas alturas de sus respectivas vidas, y con el adn diseñado para tales menesteres, renegaban ya de intentar cambiar.

Bajo tal panorama, en marzo de 1996 Don Nelson sería cesado de la disciplina neoyorkina, y sustituido por un conocido del Garden. Forjado en la cultura de los Knicks gracias a sus labores como asistente de Stu Jackson, John MacLeod, Pat Riley y el propio Nelson, el ínclito Jeff Van Gundy tomaría las riendas como nuevo entrenador del equipo. Su objetivo, desde el primer día, sería recuperar el viejo estilo de Riley pero incorporando y añadiendo ciertos retoques personales. No obstante, el socorrido parche apenas lograría maquillar el curso, puesto que los Knicks terminarían la temporada con un mediocre record de 47 victorias y 35 derrotas, el peor en cinco años, y que en suma les obligaba a transitar demasiado pronto por el lado del cuadro que comandaba Chicago. Lógicamente, aquella temprana eliminación en semifinales de conferencia les obligaría a pensar, casi inmediatamente, en el futuro más próximo.

El verano de 1996 haría temblar los mismos cimientos de la liga por la cantidad de factores que entraron en juego de manera paralela. A la posibilidad de conseguir un segundo oro consecutivo en los JJOO de Atlanta, se le sumaba la llegada de una camada de jóvenes talentos como pocas veces se había visto en el draft, y una lista de agentes libres formada por algunos de los nombres más ilustres del universo NBA. Un mercado agitado y tumultuoso por el que figurarían astros de la talla de Shaquille O’Neal,  Juwan Howard, Gary Payton, Reggie Miller, Kenny Anderson, Allan Houston, Alonzo Mourning, Dikembe Mutombo y sí, también Michael Jordan. Esta última la pieza más cotizada de todas. Además, otros jugadores como Larry Johnson o Charles Barkley se verían envueltos en diversas operaciones a pesar de no partir con la condición de agentes libres. El nuevo acuerdo televisivo firmado entre la NBA y la NBC para la temporada 1995-1996 había aumentado, por otra parte, el margen de maniobra salarial de las franquicias. Todo hacía indicar que se avecinaban tormentas.

La estrategia negociadora de los Knicks, liderada principalmente por su GM Ernie Grunfeld, se caracterizó desde el principio por su notable agresividad. El hecho de contar con un espacio salarial aseado les aportaba maniobrabilidad para hablar de todo y con todos, pero siempre mirando de reojo a su objetivo principal:

“Queremos conseguir a una fuerza anotadora consistente. Esa es nuestra tarea primordial.”

El mensaje, y las intenciones, no podían estar más claras.

Jordan y los Bulls, por su parte, ultimaban la resaca pos campeonato de junio, uno que habían logrado tras romper el record histórico de la liga en temporada regular: 72 victorias y 10 derrotas (que permanecería intacto hasta el 73-9 de los Golden State Warriors dos décadas despues), y arrasar en postemporada. Su regreso a la élite del baloncesto era una realidad incontestable, y su estatus como mejor jugador del planeta tierra resultaba difícil de negar. Muchos se atrevían ya a catalogarle como el más grande de todos los tiempos, y a juzgar por los hechos venideros, no andaban desencaminados.

En la visión panorámica de Jordan, por otro lado, ser el mejor llevaba aparejado también imponer su ley en todos los aspectos de su vida deportiva, no solo en relación a lo que ocurría estrictamente en cancha. Era como si necesitara conquistar todas las cimas imaginables para no dejar duda sobre su condición como rey de la manada. Una de esas cimas, tal vez de las más importantes, era la económica.

En el verano de 1988, MJ había firmado con los Bulls un contrato absolutamente revolucionario para la época: 25 millones de dólares por ocho años de servicios. El fenómeno de los megacontratos firmados a novatos en los albores de la nueva década, sin embargo, había logrado inflar el mercado hasta tal punto que el viejo acuerdo con Jordan quedaba ya un tanto anticuado. Los noventa suponían una nueva era respecto a los salarios deportivos, tal y como indicaba la reconfiguración de la normativa CBA (Collective Bargaining Agreement), una que venía a sacudir para siempre la propia estructura de la competición. El escolta de los Bulls aspiraba, por derecho propio, a mucho más.

Durante años, la gerencia deportiva de Chicago, liderada por el propietario Jerry Reinsdorf y el GM Jerry Krause, se habían negado a romper el contrato de Jordan en mitad de la estacada y renegociar uno nuevo. Lo más que le podían ofrecer eran algunas extensiones exponenciales como habían hecho los Knicks con Ewing. Un recurso que no agradaba particularmente al astro de los Bulls, y que a pesar de soportar con notable estoicismo, no desestimaba en recordar cada vez que podía. Su siempre tensa y complicada relación con Krause, por otra parte, tampoco ayudaba. Como gesto de buena voluntad, los Bulls le habían pagado el salario íntegro durante su retirada para probarse en el baseball, pero el verano de 1996 supondría la fecha límite dada por Jordan y su agente, David Falk, para poner fin a un problema enquistado en el tiempo. No dudaría en usar su estatus como agente libre para presionar todo lo posible y más allá.

Foto: NBAE

En medio de todo el ajetreo aparecerían los Knicks tratando de pescar en río revuelto. Trataban, eso sí, de conseguir a un tiburón blanco y para ello necesitarían emplear todo el cebo a su alcance. Aunque no pudiera confesarse abiertamente, durante años la escuadra neoyorkina había cometido el pecado de anhelar secretamente a Jordan, uno que de paso compartían con casi todas las franquicias existentes. Resistirse al deseo de conseguir al mayor astro deportivo jamás habido (con permiso de Ali) era imposible, casi como rechazar un trago de agua tras haber transitado por el desierto más abrasador. Aquella era la oportunidad que estaban esperando.

Dos años antes, en 1994, el todopoderoso entramado de las telecomunicaciones, ITT-Cablevision, compraría el Madison Square Garden y todas sus propiedades por unos estimados 1.1 billones de dólares. La adquisición suponía también el adueñarse de las franquicias deportivas que actuaban en dicho escenario, los Rangers de la NHL y los Knicks de la NBA, y la red MSG, que ostentaba los derechos audiovisuales de los equipos deportivos que representaban a la ciudad. Por otra parte, ITT-Cablevision terminaría comprando también Sheraton Hotels, una de las cadenas hoteleras más famosas y lujosas del mundo. El músculo económico con el que contaban ahora los Knicks, por tanto, resultaba fortísimo. Dave Checketts, presidente del Madison Square Garden, le espetaría a Grunfield y su equipo un contundente:

“Podéis utilizar todo el espacio salarial que queráis”.

La frase, obviamente, iba dirigida por Jordan.

Una primera llamada a Falk, que seguía con atención las intenciones de los neoyorkinos, serviría para dibujar la oferta. El acuerdo debía concretarse de la siguiente manera:

Unos 12 millones de dólares del espacio salarial de Knicks debía ir para Jordan, y otros 15 millones se le pagarían en concepto como representante y portavoz de ITT-Sheraton Hotels. En total, la cifra final debía superar con creces los 25 millones, aunque repartidos de manera separada. En principio, se podía esperar que la NBA considerara este tipo de operaciones como un intento de evitar el tope salarial (y, en efecto, así era), invalidándola o integrándola en última instancia en el presupuesto general del equipo (lo que dejaría a los Knicks fuera de juego); pero debido a la situación legal única del propio Jordan, que le diferenciaba de cualquier otro jugador en términos comerciales, aquel recurso parecía poder tener validez a ojos de Stern.

El plan de los Knicks, motivado por el poder de su entramado mercadotécnico, tal vez funcionara.

Foto: NBAE

Cuenta la leyenda, narrada por el mítico Sam Smith (periodista especializado de los Chicago Bulls durante décadas), que tras esa fructuosa conversación, David Falk realizaría una llamada a las oficinas del United Center. Al otro lado, escuchaba Reinsdorf:

“Acabo de hablar con New York y ya hay un acuerdo puesto sobre la mesa. Alrededor de 25 millones de dólares. Tenéis un día para igualar o mi cliente se marchará de los Chicago Bulls.”

De pronto, una angustiosa inquietud se apoderaría de la gerencia deportiva. ¿Realmente iban en serio? Sabían que ningún equipo de la liga estaba en condiciones de ofrecerle más de 10 o 12 millones de dólares a Jordan, pero aquella operación, por su propia naturaleza, superaba con creces cualquier expectativa. Podían arriesgarse y esperar que el comisionado de la NBA la anulara o torpedeara, pero dadas las especiales circunstancias, y teniendo en cuenta la magnitud del jugador, parecía un riesgo demasiado alto. Por otra parte, sabían de los intereses de Jordan por invertir tiempo y dinero en la ciudad que nunca duerme. Planeaba, desde hacía tiempo, abrir en Grand Central Terminal (estación de ferrocarriles de New York) una franquicia de restaurantes especializados en carnes a la brasa que llevaría por nombre Michael Jordan’s Steakhouse. Aquella aventura comercial supondría crear un espacio gigantesco dedicado a la cocina, con acomodaciones especiales, amplias terrazas, y un servicio exquisito. En New York, por otra parte, jugaban Patrick Ewing y Charles Oakley, dos de los mejores amigos de Jordan en la liga. Otro factor importante a tener en cuenta.

Al final, los Bulls decidirían transitar por el camino más seguro, y fuera o no un farol aquella llamada de Falk, el 13 de julio (menos de 24 horas después) saldrían con una colosal oferta de 30 millones de dólares por un año para retener a Michael Jordan. La mayor cifra anual ofrecida nunca en la historia del deporte norteamericano hasta ese momento. El contrato además, y al ser de un solo año, permitía a Jordan la posibilidad de retirarse, renovar o renegociar uno nuevo para el verano siguiente (opción esta última que sería la que acabaría tomando).

Jordan, por supuesto, firmaría.

“De esta manera nos aseguramos que Michael pueda discutir con nosotros, de manera apropiada, lo que conviene acordar tras cada temporada. El deseo de Michael por conseguir contratos de un solo año resulta refrescante, en esta era donde la mayoría de atletas buscan obtener contratos jugosos que duren más allá de sus años productivos.”

Las palabras de Reinsdorf en rueda de prensa suponían un guiño de confianza hacia su megaestrella, una forma de normalizar las relaciones presentes para evitar repetir tensiones en el futuro. También era la confirmación, directa o indirecta, de que Michael seguía siendo el deportista más poderoso del mundo. El más capaz de todos para manejar su propio destino.

En cualquier caso, las supuestas presiones del dúo Falk-Jordan habían obligado a los Chicago Bulls a actuar con una premura que, en cierto modo, les había resultado beneficiosa. Michael Jordan, por tanto, sería el primer gran agente libre de 1996 en cerrar su caso, evitando así alargarlo en el tiempo y atraer más depredadores. Y menos mal, porque eso permitiría tomar un profundo respiro de alivio al entorno de Chicago, y centrarse exclusivamente en resolver los asuntos contractuales de otros miembros clave del equipo como Dennis Rodman. Tarea siempre espinosa, dicho sea de paso.

Por su parte, los Knicks se verían obligados a emplear el plan B y C de cara a reforzar la calidad de su plantilla. Realizarían intentonas por Reggie Miller y Charles Barkley, aunque fracasadas; conformándose en última instancia con Larry Johnson y Allan Houston. Dos buenos jugadores, muy buenos de hecho (aunque el rendimiento de Johnson en los Knicks decepcionaría debido a problemas físicos), pero poca cosa comparado con los nombres bajarados desde un primer momento.

El resto de la liga, en mayor o menor medida, sufriría su propio terremoto. Barkley terminaría formando un proyecto ambicioso con Drexler y Olajuwon en Houston; Alonzo Mourning (también cliente de Falk) firmaría una renovación con Miami cifrada en 105 millones/7 años; Juwan Howard haría lo mismo con Washington tras un traspaso inicial a Miami vetado por la liga; los Sonics sorprenderían a todos ofreciendo 33 millones/7 años a un jugador de poco talento como Jim McIlvaine (y que en última instancia provocaría el enfado de Kemp y su marcha al año siguiente); Dikembe Mutombo firmaría por unos 50 millones/5 años con Atlanta Hawks; y por último, y no menos importante, Shaquille O’Neal protagonizaría la bomba del verano merced a su fichaje por los Lakers, cifrado en 120 millones/7 años. Un número importante de estrellas, en resumidas cuentas, cambiarían de destino en aquel mágico verano de 1996. Casi todas menos una. La más importante de todas.

Foto: LA Times

Porque al final, y en el corto plazo, la operación entre Jordan y los Bulls significaba que en la práctica todo seguiría igual. Los Bulls repetirían campeonato en aquella 1996-1997, arrasando de nuevo por el camino, y Jordan se volvería a llevar el MVP de las Finales (el MVP de la liga regular iría para Karl Malone). Y es que, pese a la inestabilidad generalizada del mercado, pese a los numerosos esfuerzos y el siempre complicado calibraje salarial, pese a las idas y las venidas, y pese al incontrolable furor de los despachos, Michael Jordan seguía vistiendo los colores rojo, blanco y negro. Al menos un año extra. Y frente a eso, no había mayor garantía de éxito.

Al menos durante dos temporadas más (hasta su segunda retirada en 1998), Michael Jordan mantendría fielmente su rutina habitual, la seguida durante casi década y media: martirizar al Madison con su derroche de épica, competitividad y talento. Hasta que decidiera poner fin por sus propios medios, no había manera real de evitar aquel dominio. Y cada vez que se enfrentaban, eran perfectamente conscientes de que aquel hombre, de porte ganador y canon perfecto, amenazaba siempre con romper sus esperanzas en mil pedazos.

Pero ¡ay!, qué cerca estuvieron de saber lo que sentía el otro lado. Por un día, tan solo horas quizá, fantasearon con poder hacerlo.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading
Deja tu comentario

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

Publicado

-

“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

Publicado

-

Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero con el mítico pívot, nada era nunca sencillo.

juanluis_num7@hotmail.com'

Publicado

-

Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

SKYHOOK #16

 

Dossier Gigantes: pasado, presente y futuro de una profesión en peligro

De toscos gigantes a hábiles figuras capaces de hacer casi todo dentro de una pista. La figura del pívot marca el ritmo de su deporte y condiciona épocas, estilos y recuerdos, y a través de ellos viajamos en una travesía de casi ochenta años en el tiempo.

Ya a la venta en papel y digital 

RESUCITA A TUS MITOS

Publicidad

Quinteto Ideal