fbpx
Síguenos también en...

Perfiles NBA

Pollock antes que Jordan

Publicado

-

Desmond Mason

Según las estadísticas del artículo “How (and why) athletes go broke” de Sports Illustrated, de marzo de 2009, el cual inspiró el famoso documental “Broke: estrellas en la ruina” producido por ESPN, el 60% de los jugadores NBA se ven arruinados cinco años después de su retirada. Una vez el baloncesto se acaba, con él lo hacen también las ingentes cantidades de dinero, lujos y todo tipo de privilegios que le acompañaban. Cómo no, también desaparecen agentes, asesores financieros y todas aquellas simpáticas compañías, especializadas en dar consejos que nadie pide, atraídas por el verde que asoma del bolsillo.

La estrella se apaga y el jugador está solo.

Fruto podrido de unas malas educación y formación, y aún a una edad relativamente joven, el sujeto en cuestión se encuentra con ¿35? años y en soledad para afrontar lo desconocido: la vida real. Porque el estereotipo es real. La vasta mayoría de jugadores de la NBA, especialmente afroamericanos, procede de infancias realmente duras, con una rutina que convierte la delincuencia en normalidad y la penuria en costumbre. Su talento y/o cualidades físicas no han sido óbice para que un difícil acceso a una educación de calidad les haya permitido acceder al profesionalismo deportivo. Pero pasan de no tener nada a tenerlo todo. Y del todo a la nada de nuevo. Sin capacidad de autogestión encontrada en ningún punto del camino.

No es el caso de Desmond Mason.

Artista que juega al baloncesto

Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Oklahoma State, el otrora rey de los cielos NBA siempre luchó contra el estereotipo de chico tonto que acompaña al deportista. Frecuente voluntario para acudir a las escuelas para dar charlas a los niños, siempre ha hecho hincapié en la necesidad de tener una educación y un futuro labrado, porque “no llegar a la NBA es una posibilidad”. Como lo es, seguro, que no es para siempre.

Quedarse en el camino es una posibilidad real y de alta probabilidad, pero no sólo hay que estar preparado para ello, sino también para la vida posterior a la NBA. Mason, que percibió más de 37 millones de dólares en salarios durante su carrera por sus servicios como jugador de baloncesto, no habría necesitado de ninguna actividad remunerada en su vida para, cuando a los 32 años decidió colgar las botas, pasar el resto de sus días sin pecuniario problema alguno.

Pero la necesidad no era económica, sino vital. Ahora era posible hacer del arte su principal ocupación. De hecho, la pintura nunca fue el plan B, sino el A. Y es que, a pesar de su físico de atleta y su indudable capacidad para dar el salto al baloncesto profesional, no fue hasta su año senior en el college cuando se consideró a sí mismo con posibilidades de jugar en la NBA. Hasta entonces, “sólo jugaba por diversión”, como reconocía al periodista John Nemo diez años atrás, en 2006. “Tampoco tuve nunca a nadie que me dijera que podía ir a la NBA en mi año sophomore o junior”. Incluso a veces llegaba a tomarla injustamente contra el baloncesto, ya que debido a sus estudios a veces debía realizar trabajos o proyectos con material que no podía cargar en los viajes NCAA, y a los que simplemente tampoco podía dedicar el tiempo que merecían, o que él quería dar, debido a sus compromisos con el equipo entrenado por Eddie Sutton.

Pero sus promedios de 18 puntos y 6’6 rebotes por partido, con una considerable subida de porcentajes de lanzamientos hasta el 50% en tiros de campo y el 43% en triples, bien llamaron la atención de los scouts NBA, siendo seleccionado en la 17ª posición del Draft del año 2000 por los románticos SuperSonics. Seattle, lluviosa ciudad del noroeste americano con la tasa más alta del país en suicidios y depresiones, el lugar idóneo para un artista.

Y lo fue. En su año rookie llamó la atención de todo el mundo ganando el concurso de mates del All-Star Weekend de Washington 2001, donde no encontró rival, y en su año sophomore multiplicó todas sus estadísticas personales hasta unos 12’4 puntos y 4’7 rebotes por partido en 32’3 minutos que le permitieron finalizar como quinto y duodécimo en las votaciones por mejor sexto hombre y jugador más mejorado de la temporada, respectivamente. Además, 2002 fue el año en que empezó a realizar pequeñas exposiciones privadas de sus obras para amigos, conocidos y gente del arte en Seattle.

Desmond Mason

Foto: Tumblr Desmond Mason

No quedó ahí la progresión, y aunque sus prestaciones seguían in crescendo, así como su importancia en la plantilla Sonic, ganándose la titularidad de Nate McMillan la siguiente temporada, sería traspasado a mitad de curso junto a un Gary Payton algo de vuelta a los Milwaukee Bucks, como moneda de cambio necesaria para que los del estado de Washington se hicieran con la superestrella Ray Allen.

Prime expresionista

No hay mal que por bien no venga, y Milwaukee no sólo sería el lugar donde Mason desplegase su mejor baloncesto, sino también una ciudad que, si bien no es de las primeras del país en cuanto a oferta cultural, sí resultó ser un lugar donde nuestro artista encajó a la perfección.

Su licenciatura en Arte no era regalo otorgado a la estrella del equipo de la universidad que luego se irá a jugar a la NBA, sino el resultado de una pasión. Mason no había elegido Historia del Arte como quien elige el color de una camisa, sino que buscaba formación para la pasión a que pensaba volcar su vida –no se consideraría a sí mismo con posibilidades de hacer carrera en la NBA hasta su último año universitario, recuerden-. Así, tantas horas de dedicación entre entrenamientos, partidos y viajes, empezaban a encontrar premio: Mason expondría por primera vez en la galería Bresler Eitel Art de Milwaukee.

Bill Gray, propietario de la galería, quedó realmente satisfecho con el resultado, y honrado por ser el primero en darle la oportunidad. “Tenía una gran variedad, desde cuadros pequeños a otros que variaban de dos metros y medio o incluso más de tres, que nosotros diseñamos y mandamos hacer para él. Tuvimos una respuesta muy positiva”. Aquella primera muestra constaba de alrededor de veinte cuadros, número que ha ido creciendo con el paso del tiempo, como así su prestigio, llegando a exponer su colección ‘I am Art’ en New York y siendo gerente de su propia galería de arte en la actualidad en Oklahoma City.

Apasionado de las obras legadas por el Renacimiento italiano, siempre tuvo en Miguel Ángel Buonarroti su artista favorito. No sería hasta estos primeros contactos con el arte más profesionalizado cuando se introdujese de lleno en otros estilos con los que antes sólo coqueteaba, quedando fascinado por el expresionismo abstracto de Mark Rothko y sobre todo de Jackson Pollock, por quien se vería fuertemente influenciado debido a su peculiar estilo de creación artística a partir de salpicaduras de pintura, método favorito de Mason en sus obras más coloridas.

El interés por Pollock, su gran referente, le llegaría a partir de la película homónima del artista, que supuso un vuelco total al estilo de Mason, pasando del realismo al expresionismo abstracto. “Me fui corriendo a comprar un rollo de tela y pintura antes de cambiar toda mi base. Estuve pintando durante tres horas maravillado por el cambio del realismo en blanco y negro a la pintura abstracta a escala masiva”.

Además, su aclimatación a la Beer City era perfecta. De gran conciencia social, Mason era siempre ese primer voluntario de la plantilla Buck que se ofrecía en las labores de servicios comunitarios, como visitar escuelas para divulgar la lectura entre los niños, servir comida en los comedores sociales y todo tipo de actividades que enorgullecían a su madre y a David Stern. Gray, su galerista, asimismo revelaba de Mason que “le gusta regalar muchas de sus pinturas a obras de caridad locales, lo que creo que es muy de agradecer por su parte”.

También sentó como un guante al engranaje de George Karl, para quien mereció un puesto de titular desde su misma llegada. No logró esa misma confianza por parte de Terry Porter, sustituto del exentrenador del Real Madrid en la temporada 2003/04, pero se mantuvo como pieza clave del equipo con más de treinta minutos por encuentro para 14’4 puntos de media cada noche, devolviéndole a las votaciones por mejor sexto hombre de la liga, en que finalizaba, precisamente, sexto.

Con 27 años de edad estaba en ese oficioso perfecto momento en la carrera de un deportista, cuando mente y cuerpo encuentran mayor entendimiento: lo que antes daban las piernas, no lo daba la cabeza; y para lo que luego procese la mente, el cuerpo no estará preparado.

Desmond Mason

Foto: Tumblr Desmond Mason

Así, con la temporada 2004/05 llegaría la mejor versión de Desmond Mason. Del jugador, que no de su equipo. En un catatónico curso para los de Wisconsin, Mason se había convertido en un oasis en medio del desierto, y sus 17’2 puntos por partido –máxima de carrera- se habían convertido en lo poco potable del escuadrón de Porter, que finalizaba antepenúltimo de la Conferencia Este con 30 victorias y 52 derrotas.

Los Bucks, que parecían recuperarse de los años del big three Cassell – Allen – Robinson que a poco estuvieron de colarse en las Finales de la NBA, se la habían pegado. Después de arañar los Playoffs durante dos años seguidos como clase media-alta del Este, 30 victorias en el zurrón eran inadmisibles. Sin embargo, el tankeo ofreció a la franquicia de Wisconsin la primera elección del Draft de 2005 -¿el peor del siglo XXI?-, empleada en un Andrew Bogut que había convencido más a los scouts NBA que Deron Williams, Chris Paul o… bueno, mejor no dar más nombres. Además, Larry Harris se había movido hábilmente en la gerencia libre y le arrebataba los Clippers al jugador más mejorada de la temporada, Bobby Simmons, y, más importante, lograba la renovación de Michael Redd, estrella del equipo y ahora con estatus de All-Star.

Aquel verano sería en el que Mason conocería España, como estrella NBA invitada al Campus Costa del Sol patrocinado por Bancaja, en Málaga. Allí sería recordado por su gran humanidad, saltándose incluso el guión de horas permitidas para fotos y autógrafos para charlar y departir con los jóvenes campistas. “Debí haber prestado más atención a mi profesora de español en el instituto”, bromeaba al respecto.

Milwaukee, no para siempre la cuna del artista

Pintaba bien para Mason y los Bucks la nueva temporada. No sólo era valor activo de una de las ciudades más grandes de Estados Unidos, sino que estaba en el mejor momento de su carrera y había adquirido sobradamente, y por derecho propio, galones en el vestuario y la franquicia. Y, a diferencia de años anteriores, su equipo volvía a apuntar alto. Pero poco antes de que se lanzara el primer balón al aire, jarro de agua fría. Desmond Mason era traspasado junto a una elección de primera ronda de Draft a los Hornets a cambio del infame Jamaal Magloire, siete pies por siempre recordado por declarar en el All-Star de Los Ángeles 2004 –en el que compartió debut con Redd- que de lo único que estaba seguro era de que “este no ha sido mi último All-Star”. Erótico resultado.

Creyó haber echado raíces en Milwaukee. Incluso había adquirido en propiedad –y no en alquiler, como es habitual entre la clase media NBA- una casa acomodada y adaptada perfectamente para dar rienda suelta a su pasión por la pintura. “No me moveré de aquí en al menos unos cuantos años”, pensaría el bueno de Mason, y con lógica, tras haber firmado una extensión de contrato –con su pertinente aumento económico- el verano pasado. Tarde o temprano, todo jugador NBA acaba probando con dureza lo deshumano de ser mercancía antes que persona en la mejor liga de baloncesto del mundo.

Que te traspasaran a los Hornets post-Baron Davis, que habían cambiado Conferencia Este por Oeste recientemente y que se mudaban al forzoso refugio de la aburrida Oklahoma City tras New Orleans ser devastada por el huracán Katrina, no era lo mejor que te podía pasar si eras jugador de la NBA. Sin embargo, para Mason era volver a casa. Aunque nacido en la pequeña ciudad texana de Waxahachie –has leído dos veces-, sus cuatro años en la universidad estatal de Oklahoma habían dado para mucho. Tanto, que en la actualidad tiene allí establecida su residencia.

Se convertiría en uno de los primeros veteranos de quien tomar ejemplo el poco amigo de los españoles Chris Paul, mejor rookie de la temporada en unos Hornets que se quedaron a seis partidos de la postemporada en un año que muchos esperaban que se pudriesen en los más hondo del salvaje Oeste.

Hombre inteligente, Mason supo adaptarse no sólo a cada equipo para el que jugó, sino también a la vida social de ciudades tan variopintas como Seattle, Milwaukee u Oklahoma City. Pero, de algún modo, ahora estaba en casa, y su vena artística encontraba liberación más allá del lienzo, tomando el desvío de la música. Los sorprendentes Hornets de la 2005/06 apuntaban ahora más en la siguiente temporada, sobre todo con adiciones tan ambiciosas como las de los ex Kings Peja Stojakovic y Bobby Jackson.

Pero algo no funcionaba como debía esperarse. En la Navidad de 2006, los Hornets llegaron a sumar doce derrotas en catorce partidos. Hacía falta aupar el ánimo, levantar la moral. En pleno viaje de autobús, Mason, medio recostado en la parte trasera del autobús dándole vueltas a la cabeza, buscaba revulsivos que acabaran con aquellas caras de funeral. Por suerte, siempre llevaba consigo una libreta donde anotar sus pensamientos e inquietudes. Empezó a salir un rap. Brandon Bass le servía de juez, y parto de unos cuantos trayectos más en autobús y avión, salió ‘We dem Hornets’, que incluso llegó a grabar en estudio, una canción en la que destacaba el futuro de Paul, el tiro de Stojakovic, el liderazgo de Jackson o la energía positiva de Bass, entre otras cualidades de sus compañeros.

Desmond Mason

Esto ya lo he vivido

No es que aquellos Hornets terminaran la temporada maravillando, pero sí se puede decir que los abejorros alzaron algo el vuelo, mandando al registro una segunda mitad de temporada con más victorias que derrotas. Pero finalizaba la temporada, volvía a ser agente libre y, por tanto, soberano a la hora de elegir su nuevo viejo destino: Milwaukee. Le dolió ser movido aparte poco antes de una temporada tan ilusionante cuando estaba tan involucrado en la vida social de la ciudad, pero precisamente eso –y lo que los Bucks le ofrecían baloncestísticamente, claro- le empujó a volver.

Sin embargo, los problemas físicos aparecieron por primera vez para un jugador que dependía tanto de su explosividad. Sus prestaciones deportivas iban en descenso, y el equilibrio entre lo que ofrecía dentro y fuera de la pista tornaba en descompensación, por lo que los Bucks decidieron romperle nuevamente el corazón en forma de traspaso, pero volviendo nuevamente a casa, Oklahoma City, donde ya no jugaban los Hornets, que estaban de vuelta en New Orleans, sino los Thunder. Es decir, sus Sonics, que llegaban aquel verano de 2008 de mudanza procedentes de Seattle.

Favorito de la afición, Mason había encontrado otro motivo para sonreír tras el desdén Buck. Estaba de vuelta en la ciudad donde empezó a desarrollar su pasión por la pintura y lo hacía con un rol de veterano para servir de ejemplo al sophomore Kevin Durant y al rookie Russell Westbrook. Todo empezó bien, y pese a empezar la temporada como suplente encadenó 19 partidos como titular… hasta que el infortunio llegó de nuevo en forma de lesión, esta vez no de las que paras un poco y sigues con más fuerza. La rodilla le obligaba a someterse a una artroscopia, y decía adiós a la temporada. “The heart and soul of the Thunder has been lost for the season”, comenzaba la noticia de ‘The Oklahoman’ que confirmaba el mal augurio. Sí, Mason era de los suyos.

Llegado el verano, tocaba hablar de contratos. Pero no hubo acuerdo. Aunque tanto Sam Presti, general manager de los Thunder, como Rogert Montgomery, agente de Desmond Mason, rechazaron haber encontrado desacuerdo en la parte económica de la negociación, el problema parecía de rol. En aquel equipo, con más de 30 años parecías ser viejo, y Mason, al igual que otros como Etan Thomas, Earl Watson, Damien Wilkins o Chucky Atkins, recibió la misma respuesta: “no encontramos un rol para ti”.

Despechado y pendiente de una sólida recuperación, pocos fueron los equipos NBA que reclamaron sus servicios, pese a que sólo contaba con 31 años. Los Kings post-Artest y pre-Cousins fueron el destino, donde llegó a coincidir con Andrés Nocioni y Sergio Rodríguez, aunque por poco tiempo, ya que cinco partidos después de iniciada la temporada regular y unos pobres números era cortado. No volvería a vestirse de corto en la NBA. De aquellos Kings Nocioni llegaría a decir que “si Chicago es una banda, Sacramento son dos bandas”. No parecía el lugar idóneo para un artista.

Un plan A que funciona

Así pues, vuelta a Oklahoma. Pero no para jugar al baloncesto. Eso lo hacía por diversión, y probablemente hacía unos dos años que había dejado de serlo. Ahora había sueños que cumplir, como crear su propio estudio y una galería de arte donde formar una colección de obras. Objetivo cumplido.

Con la vida centrada en su familia y en la pintura, Desmond Mason vive diez años después de su prime baloncestística su prime artística. Su galería de Oklahoma City es cada vez más visitada y reconocida, dando a la ciudad del Medio Oeste un interés cultural del que no podía antes presumir. 2015 fue el año de su meteórico despegue, tras lograr exponer su arte en galerías del barrio de Chelsea, en New York, y otras grandes ciudades como Miami o Chicago, entre otras.

Siempre pintó, desde niño, para “ver todo desde otra perspectiva. Expreso mis sentimientos sobre un lienzo. Me hace desconectar, me devuelve a la tierra”. También era su vía de escape ante las drogas y violencia que asolaban su barrio en la infancia. Ahora, además, lo hace para George Clooney –vecino suyo en su casa de vacaciones de Cabo San Lucas, México-, Howard Schultz (CEO de Starbucks), el beisbolista Álex Rodríguez y demás empresarios millonarios como David Gupta, un hombre de negocios de Chicago que ha comprado un cuadro suyo por valor de 60.000 dólares.

También es poseedor de una de sus obras el excomisionado de la NBA, David Stern, que en la visita de Mason a New York que cambió su carrera como artista mostró mucho interés en conocer más acerca de su obra. De manera algo más modesta, adquirió una por 500 dólares. Claro que, en su caso, fue un precio simbólico, ya que Mason pretendió regalársela pero el antiguo mandamás insistió en pagar –tal vez lo que llevaba suelto en la cartera-.

Desmond Mason siempre mantuvo una obsesión: acabar con el estereotipo de chico tonto que acompaña al deportista, especialmente al afroamericano. Con su arte busca tirar por tierra prejuicios, y entiende que “la pintura y el baloncesto pueden ir de la mano para hacer un cambio en la sociedad”. Este lado reivindicativo es el que ha llamado también la atención de Carmelo Anthony, tal vez el jugador NBA de mayor pronunciado activismo, que ha querido contar con él para su proyecto ‘This is Melo’, a partir del que busca combatir racismo, pobreza y demás desigualdades sociales, dando voz a personalidades como Mason y otros famosos en busca de cambio.

Desmond Mason ganó un concurso de mates de la NBA. Jugó con promedios superiores a las dobles figuras en anotación durante diez temporadas en la mejor liga del mundo. Ganó más de 37 millones de dólares jugando al baloncesto.

Pero su sueño lo está viviendo ahora. Un heredero de Jackson Pollock de dos metros de altura, piel negra y una reivindicación constante de la que ser voz a partir de un lienzo.

“Algunas personas pintan para crear, pero yo pinto para vivir”.

Este artículo fue publicado en #Skyhook5, que puedes comprar en papel aquí

Desmond Mason

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Deja tu comentario

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

Andres.weiss99@gmail.com'

Publicado

-

Al Campanie / The Post-Standard / Syracuse.com

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Danny Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Perfiles NBA

Al Horford, la cuarta hoja del trébol

De las 300 especies de tréboles identificadas, el más famoso es el de las cuatro hojas debido a la anomalía genética que esconde. Y ese ADN es precisamente el que los Celtics tratan de descifrar con Al Horford como el auténtico líder.

jaime.eguen@gmail.com'

Publicado

-

Se dice que la bandera de Irlanda es tricolor debido a que está compuesta por tres franjas cuyo significado es verde simbolizando a los nacionalistas católicos; naranja a los protestantes; y el blanco la paz, que debería reinar entre unos y otros. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en el verde. Cada 17 de marzo – con motivo de la celebración de San Patricio – los irlandeses se reúnen en un día destinado a beber cerveza, realizar llamativos desfiles y lucir ropas de color verde Kelly.

Según cuentan, dicho color evita que los ‘leprachaun’ aparezcan y te pellizquen las piernas en San Patricio. Eso sí, aquí no acaban las historias y leyendas que unen a Irlanda con este color, el trébol de cuatro hojas también tiene un significado místico que une genética, suerte y fantasía. La primera hoja simboliza la riqueza, la segunda es la fama, luego está el amor y por último la salud. Su rareza lo ha convertido en un presagio de buena suerte e incluso como una señal que indica que encontrarás un tesoro. Aunque, su existencia, se debe a un gen muy especial.

Al Horford, una rareza biológica

Hoy en día se han identificado unas trescientas especies de tréboles, una planta que cuenta con el doble de cromosomas que la especie humana. Sin duda, el más famoso de todos estos es el de cuatro hojas, debido a la mística que lo rodea y la complejidad de avistar uno. La estadística dice que, por cada 10.000 tréboles, hay uno que tiene un folio más. Una excentricidad botánica que reside en una mutación genética, concretamente en el gen PALM1, que es bautizado como el “gen de la buena suerte”.

Abordando el tema que nos trae, los Boston Celtics han encontrado su propio trébol de cuatro hojas. Una anomalía genética al servicio de Brad Stevens y que, año tras año, hace las delicias de los aficionados de los Celtics. Este no es otro que Al Horford, el pívot de origen dominicano que reina en la pintura y es clave en sistema tejido por su entrenador. Estos Playoffs han sido la confirmación (si es que era necesaria) de su figura y han servido para reafirmar su rol en el equipo.

Con los Celtics naufragando en el Este y con un futuro ligado a la incertidumbre, Al Horford ha sido una de las pocas cosas positivas que se llevan de esta nefasta temporada. Con él bien físicamente e imponiendo su ley en el duelo personal, todo es más fácil para el equipo verde. No es un hombre de grandes estridencias, acciones espectaculares o vistosas estadísticas. Horford es un caballero dispuesto a sacrificar todo por el bien común y capaz de realizar concesiones si resultan beneficiosas para el conjunto. Un rol genéticamente extraño de ver y que viene de la mano de una de las mentes más prodigiosas del baloncesto actual.

Al Horford tiene ‘player option’ y podría renunciar a su contrato en el caso de no estar contento con el rumbo que tome la franquicia

De salir de su contrato renunciaría a cobrar $30,123,015

Porque sí, el ‘42’ de los Celtics es la calma dentro de la anarquía, la esperanza en un océano de oscuridad. Para darse cuenta de esto, tan solo hay que echar un vistazo a los Playoffs y entender la coherencia que daba el pívot a cada posesión que pasaba por sus manos. Horford apostó por los Celtics cuando por entonces era complicado y firmó un máximo que fue criticado por muchos, un contrato que se ganó día a día junto con el corazón de la afición de Boston. Muy probablemente, su principal defecto a día de hoy, es que ya tiene 32 años. Una cifra demasiado abultada y que hace realidad las pesadillas de los Celtics.

‘Big Al’, desde los números

Si hablamos de la importancia de Horford en los Celtics, tenemos que trasladarla tanto al apartado ofensivo como defensivo. Este año ha promediado 13.6 puntos, 6.7 rebotes y 4.2 asistencias, números que te pueden resultar indiferentes pero que van mucho más allá. Analizar el rendimiento de Horford desde un punto de vista estadístico tradicional, es parecido a vislumbrar un paisaje sin abrir la ventana.

La salud no ha sido su mejor aliado esta temporada, pero en los 29 minutos por encuentro que ha jugado esta ‘regular season’ ha tenido un ‘Net Rating’ de +6.3. Llevando a los Celtics a obtener con él en pista un 111.8 de ‘Offrtg’ y un 105.5 en el defensivo. Durante los 68 partidos que ha jugado esta campaña, los rivales han visto cómo sus promedios ofensivos bajaban cuando se encontraba en pista.

PlayoffsOffensive RatingDefensive RatingNet Rating
On Court102.798.8+3.9
Off Court87.3102.5-15.2

Tal y como muestra la tabla de arriba, su salida en cancha durante estos Playoffs se traducía en debacle y hundimiento por parte de los Celtics. Un equipo que ha pagado de manera evidente las desconexiones (especialmente en el tercer cuarto). Una tendencia que han seguido durante todo el año y, como suele ser en estos casos, se ha hecho más visible en los Playoffs.

Más allá de las cifras

Por otro lado, analizar el rendimiento de Horford solo enfocándonos en los números sería incorrecto. El pívot tiene cualidades que lo convierten un jugador muy especial, una de ellas –posiblemente la favorita de Brad– es su versatilidad. Su capacidad para defender múltiples posiciones y frenar a jugadores que lo sacan de la pintura, lo convierten en el ancla defensiva del sistema de Stevens. Todo esto sumado a una buena lectura de ayudas y destreza a la hora de hacer correcciones.

Repasando los partidos contra Philadelphia vemos como Embiid sufre de manera muy considerable cuando el ’42’ se queda con él. El ‘Defensive Rating‘ de Boston en los enfrentamientos directos contra Sixers, cuando Al Horford está en pista, es de 102.8 puntos por cada 100 posesiones. Un adversario que esta temporada está promediando 111.5 de ‘Offrtg’ y que (contra Celtics) baja a los 103.4 puntos. Dicho ‘center’ con el tren trasero de un alero, con una capacidad para defender al poste prodigiosa y catalizar la defensa de los Celtics.

Pese a esto, su impacto no solo es visible en defensa, en ataque también desarrolla un papel fundamental. Con él en pista la circulación ofensiva de los Celtics goza de mayor salud y su visión de juego le permite ofrecer soluciones a sus compañeros. Es común verle involucrado en jugadas de ‘pick&pop’ u organizando el ataque desde la cabecera de la bombilla. El año pasado, Tatum y él, mostraron una gran química en ataque y con Irving ha tenido instantes de lucidez ofensiva. Sorprende las pocas veces que este año hemos visto a ‘Al’ y a Hayward ejecutar jugadas de ‘pick&roll’, una combinación que podría haber dado buenos resultados.

Todo esto no fue suficiente para doblegar a unos Bucks que fueron claramente superiores a los Celtics. Un 4-1 que sentó como una losa y despertó muchos fantasmas en el TD Garden, no solo por la derrota, sino por la imagen que dio la plantilla. Un vestuario con problemas y que no supo remar hacia un mismo sentido. Al Horford afrontará la próxima temporada con 33 años, pero antes deberá decidir si mantener su contrato o buscar una vía más sencilla hacia el Anillo. Las declaraciones que hizo acerca de su futuro tranquilizaron a la comunidad y todo hace pensar que seguirá, la gran duda es acerca de quién le acompañará. Además, este muy posiblemente sea su última gran firma en la NBA y cuesta pensar que renuncia a semejante cantidad de billetes.

Al Horford es un trébol de cuatro hojas que brilla en el TD Garden, sin él es complejo imaginar el futuro de la franquicia. Un equipo que tiene que aprovechar los últimos coletazos de una carrera marcada por una anomalía genética que lo han convertido en una figura tan especial. Aunque –como se suele decir por la ciudad de Boston– “It’s not luck’. Lo que está claro es que, el verdadero tesoro, es haber encontrado a ‘Alfredo’.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Perfiles NBA

Joe Fulks: una leyenda marcada por la II Guerra Mundial

La pequeña Murray State, hoy en boca de todos por Ja’ Morant, es una de las universidades más longevas de la historia. De allí salió una leyenda tardía que interrumpió su formación para unirse a los marines.

maanuf96@gmail.com'

Publicado

-

Carlisle Cutchin, 1925. Una época que se podría catalogar como “basket primitivo”, cuando menos, pero que nos dejó al encargado de instituir uno de los primeros proyectos ambiciosos en el baloncesto. Un estamento deportivo que albergaría sus inicios en Wilson Hall, un lugar que puede pasar desapercibido en el imaginario del lector, pero que fue el primer hogar de uno de los mejores programas de baloncesto universitario que se han conseguido prolongar con el paso de los años. En 1926 este recinto tuvo la suerte de ver nacer a un equipo que ha ido forjando una leyenda sobre su nombre hasta la actualidad, casi un siglo después. Ese conjunto son Los Racers, un claro ejemplo de rozar la gloria desde la humildad.

En Murray State, desde su fundación hasta 1941, fue Carlisle quien estuvo a las órdenes de la que se convertiría en su obra maestra. El entrenador, que solamente había vivido de primera mano la disciplina del fútbol, tuvo una época brillante en el deporte de la pelota naranja y fue fundamental para poner en el mapa a esta universidad.

El legado del coach también quedó reflejado numéricamente con 307 victorias y 106 derrotas, el mejor registro en todos los deportes que dirigió. El entrenador, natural de Calloway County, tiene a día de hoy numerosos récord de la universidad, como el mejor inicio de temporada con 19 victorias y una sola derrota, que llegó además en un apretado encuentro que enturbió una racha impoluta.

Mountjoy a las órdenes del banquillo

Rice Mountjoy había sido director atlético pero en 1941, cuando el mítico Cutchin abandonó el baloncesto para dedicarse al béisbol, fue reclamado para reemplazarle en el banquillo. Este nuevo entrenador llegaría con un gran talento debajo del brazo y muchas ideas para este equipo. El segundo nombre propio, tras el coach, fue el de Joe Fulks. Este jugador nacido en Kentucky estuvo dos temporadas entre las filas de la que se conocía en aquel momento como Murray State Teachers College.

En los dos años de Joe como universitario, solamente uno estuvo dirigido por Rice, dado que tras finalizar el curso decidió emprender una aventura hacía la escuela secundaria de Augusta Tighman. En aquella temporada aún mantendrían el tipo, con 18 triunfos y 4 derrotas. El juego que intentó establecer Mountjoy fue algo diferente a lo que se acostumbraba a ver en esa categoría no profesional.

El técnico tenía en su pizarras jugadas muy físicas que utilizaban como arma principal la fuerza bruta de algunos de sus jugadores. Otros instructores se aferraban a la expresión “más vale maña que fuerza”, pero Rice confiaba en sus ideales. En esos sistemas basados en el juego atlético salió un diamante en bruto que propuso algo diferente. Fulks, aparte de adaptarse a lo que le pedía su entrenador, fue el precursor del tiro en suspensión.

El año de Fulks con Miller

John Miller había sido un jugador de Murray, pero realmente nunca terminó de destacar sobre la pista aunque tuviera una buena forma de entender el deporte. Fue esto lo que le llevó hacía ser el relevo de Mountjoy y el nuevo instructor de ese tirador que había causado tendencia con su mecánica de tiro. El cambio de hombre a las órdenes del vestuario sirvió para darse cuenta del valor real de Fulks.

Con Miller a las riendas solamente firmaron una temporada para el recuerdo de las varias que estuvo allí, y no fue casualidad que coincidiera con el power forward. El impacto de Joe seguía creciendo hasta el punto de mejorar el balance de victorias de su primera season y quedar cuarto en el Torneo Masculino de la primera división de NAIA.

La carrera de Fulks parecía ir en trayectoria ascendente. Un joven chaval que había dominado en la liga universitaria durante dos temporadas y lo mínimo que se esperaba era verle con una elástica de la NBA o BAA en aquella época. El giro de la historia llegó cuando al finalizar el curso donde luchó por ser campeón dejaría de lado el baloncesto para ocupar una profesión distintas unos años.

Adiós a las pistas y hola a las trincheras

En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, por su atletismo y capacidades mentales fue inducido a alistarse como marine en mayo, poco después de haber sido baloncestista semi-profesional. Joe fue introducido en el 3er batallón de la novena infantería, que ya existía desde la Primera Guerra Mundial, pero había cesado en sus operaciones una vez finalizado el primer conflicto.

Fue en febrero, cuando Fulks disputaba la temporada regular con Murray, cuando se reactivó este cuerpo militar. Una de las primeras paradas fue en Cape Paerata (Nueva Zelanda) en 1943, aunque no fue hasta al incursión de Iwo Jima donde realmente destacó este escuadrón de la Marina durante la Guerra del Pacífico.

Mientras Joe luchaba por la bandera de su país no se habían olvidado de su estancia en Murray St. Con el ex-jugador entre las trincheras, su camiseta con el dorsal 26 se colgaba en lo alto del pabellón. Este acto simbólico fue el único momento de relación con el baloncesto mientras era un soldado, pero realmente lo que él quería era volver a disputar otro tipo de guerras donde no había armas sino un balón naranja que rebotaba sin hacer daño a nadie.

NBAE

Jugar al baloncesto no se olvida

Estar en un altercado político-miliar no había hecho olvidar a Fulks cual era su objetivo, ser un profesional del deporte que tanto había amado. En 1946, ya con 25 años, tuvo la oportunidad de firmar con los Philadelphia Warriors, una franquicia que siempre recordará las temporadas que vivieron con el ala-pívot entre sus hombres.

Pese a haber dejado de lado el basket, su regreso no dejó indiferente a nadie en la BAA. Siendo un rookie su huella se empezaba a grabar en la historia de la liga, puesto que anotando 23’2 puntos de media fue el máximo potencial ofensivo. Las ganas por regresar a esta disciplina le armaron de fuerzas para liderar a sus Warriors a conquistar el anillo de 1947.

Desde el año del campeonato hasta 1949, Joe se volvió un fijo en los mejores quintetos de la competición. El parón en el que cambió la pelota por el arma de fuego pareció que jamás existió dado que había vuelto mejor que nunca y rompiendo las expectativa que tenía puesta cuando jugaba en Murray St. La sensación fue de que entre las barricadas dedicó gran parte de su tiempo a perfeccionar sus habilidades baloncestísticas durante todos los ratos libres, y quien pensara eso no se equivocaba.

Petey Rosenberg, un miembro del equipo de Gottlieb en los viejos Sphas, fue quien le habló a Eddie Gottlieb, quien dirigía a los Phila de aquella época, sobre un soldado al que había visto jugando a baloncesto con unas cualidades maravillosas. En Pearl Harbor fue donde nació la oportunidad de Fulks para ir a cumplir “el sueño del jugador de baloncesto americano”. Su primer contrato fue minúsculo, por no decir testimonial, y es que cobró 5.000 dólares al año. Esta cifra le pareció poco y pidió 8.000 dólares, algo que asustó un poco a la directiva del equipo y obligó al jugador a trabajar duro para conseguir el trozo gordo de pastel con el tiempo tras esa poca confianza en su llegada a la profesionalidad.

El resto ya es historia del baloncesto. Esas noches de anotaciones por encima de los 60 puntos como el 10 de febrero de 1949 con un partido de 27 tiros de campo y 9 tiros libres anotados haciendo un récord que estaría años intacto. En esta velada anotó 63 puntos, con 30 de ellos antes del descanso, siendo un récord hasta que Elgin Baylor le superó el 8 de noviembre de 1959.

Una vez retirado del deporte, Joe se dedicó a ser director de recreación en la prisión del Estado de Kentucky. Su novia y él vivían tranquilamente en el Condado de Marshall hasta que el 21 de marzo de 1976 cambiara su suerte. Después de sobrevivir a una guerra, literalmente a una guerra, murió irónicamente a disparos por el hijo de su compañera sentimental en mitad de una discusión. Se podría que decir que… ¿Quién a hierro mata a hierro muere?

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

SKYHOOK #16

 

Dossier Gigantes: pasado, presente y futuro de una profesión en peligro

De toscos gigantes a hábiles figuras capaces de hacer casi todo dentro de una pista. La figura del pívot marca el ritmo de su deporte y condiciona épocas, estilos y recuerdos, y a través de ellos viajamos en una travesía de casi ochenta años en el tiempo.

Ya a la venta en papel y digital 

RESUCITA A TUS MITOS

Publicidad

Quinteto Ideal