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Perfiles NBA

Pollock antes que Jordan

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Según las estadísticas del artículo “How (and why) athletes go broke” de Sports Illustrated, de marzo de 2009, el cual inspiró el famoso documental “Broke: estrellas en la ruina” producido por ESPN, el 60% de los jugadores NBA se ven arruinados cinco años después de su retirada. Una vez el baloncesto se acaba, con él lo hacen también las ingentes cantidades de dinero, lujos y todo tipo de privilegios que le acompañaban. Cómo no, también desaparecen agentes, asesores financieros y todas aquellas simpáticas compañías, especializadas en dar consejos que nadie pide, atraídas por el verde que asoma del bolsillo.

La estrella se apaga y el jugador está solo.

Fruto podrido de unas malas educación y formación, y aún a una edad relativamente joven, el sujeto en cuestión se encuentra con ¿35? años y en soledad para afrontar lo desconocido: la vida real. Porque el estereotipo es real. La vasta mayoría de jugadores de la NBA, especialmente afroamericanos, procede de infancias realmente duras, con una rutina que convierte la delincuencia en normalidad y la penuria en costumbre. Su talento y/o cualidades físicas no han sido óbice para que un difícil acceso a una educación de calidad les haya permitido acceder al profesionalismo deportivo. Pero pasan de no tener nada a tenerlo todo. Y del todo a la nada de nuevo. Sin capacidad de autogestión encontrada en ningún punto del camino.

No es el caso de Desmond Mason.

Artista que juega al baloncesto

Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Oklahoma State, el otrora rey de los cielos NBA siempre luchó contra el estereotipo de chico tonto que acompaña al deportista. Frecuente voluntario para acudir a las escuelas para dar charlas a los niños, siempre ha hecho hincapié en la necesidad de tener una educación y un futuro labrado, porque “no llegar a la NBA es una posibilidad”. Como lo es, seguro, que no es para siempre.

Quedarse en el camino es una posibilidad real y de alta probabilidad, pero no sólo hay que estar preparado para ello, sino también para la vida posterior a la NBA. Mason, que percibió más de 37 millones de dólares en salarios durante su carrera por sus servicios como jugador de baloncesto, no habría necesitado de ninguna actividad remunerada en su vida para, cuando a los 32 años decidió colgar las botas, pasar el resto de sus días sin pecuniario problema alguno.

Pero la necesidad no era económica, sino vital. Ahora era posible hacer del arte su principal ocupación. De hecho, la pintura nunca fue el plan B, sino el A. Y es que, a pesar de su físico de atleta y su indudable capacidad para dar el salto al baloncesto profesional, no fue hasta su año senior en el college cuando se consideró a sí mismo con posibilidades de jugar en la NBA. Hasta entonces, “sólo jugaba por diversión”, como reconocía al periodista John Nemo diez años atrás, en 2006. “Tampoco tuve nunca a nadie que me dijera que podía ir a la NBA en mi año sophomore o junior”. Incluso a veces llegaba a tomarla injustamente contra el baloncesto, ya que debido a sus estudios a veces debía realizar trabajos o proyectos con material que no podía cargar en los viajes NCAA, y a los que simplemente tampoco podía dedicar el tiempo que merecían, o que él quería dar, debido a sus compromisos con el equipo entrenado por Eddie Sutton.

Pero sus promedios de 18 puntos y 6’6 rebotes por partido, con una considerable subida de porcentajes de lanzamientos hasta el 50% en tiros de campo y el 43% en triples, bien llamaron la atención de los scouts NBA, siendo seleccionado en la 17ª posición del Draft del año 2000 por los románticos SuperSonics. Seattle, lluviosa ciudad del noroeste americano con la tasa más alta del país en suicidios y depresiones, el lugar idóneo para un artista.

Y lo fue. En su año rookie llamó la atención de todo el mundo ganando el concurso de mates del All-Star Weekend de Washington 2001, donde no encontró rival, y en su año sophomore multiplicó todas sus estadísticas personales hasta unos 12’4 puntos y 4’7 rebotes por partido en 32’3 minutos que le permitieron finalizar como quinto y duodécimo en las votaciones por mejor sexto hombre y jugador más mejorado de la temporada, respectivamente. Además, 2002 fue el año en que empezó a realizar pequeñas exposiciones privadas de sus obras para amigos, conocidos y gente del arte en Seattle.

Desmond Mason

Foto: Tumblr Desmond Mason

No quedó ahí la progresión, y aunque sus prestaciones seguían in crescendo, así como su importancia en la plantilla Sonic, ganándose la titularidad de Nate McMillan la siguiente temporada, sería traspasado a mitad de curso junto a un Gary Payton algo de vuelta a los Milwaukee Bucks, como moneda de cambio necesaria para que los del estado de Washington se hicieran con la superestrella Ray Allen.

Prime expresionista

No hay mal que por bien no venga, y Milwaukee no sólo sería el lugar donde Mason desplegase su mejor baloncesto, sino también una ciudad que, si bien no es de las primeras del país en cuanto a oferta cultural, sí resultó ser un lugar donde nuestro artista encajó a la perfección.

Su licenciatura en Arte no era regalo otorgado a la estrella del equipo de la universidad que luego se irá a jugar a la NBA, sino el resultado de una pasión. Mason no había elegido Historia del Arte como quien elige el color de una camisa, sino que buscaba formación para la pasión a que pensaba volcar su vida –no se consideraría a sí mismo con posibilidades de hacer carrera en la NBA hasta su último año universitario, recuerden-. Así, tantas horas de dedicación entre entrenamientos, partidos y viajes, empezaban a encontrar premio: Mason expondría por primera vez en la galería Bresler Eitel Art de Milwaukee.

Bill Gray, propietario de la galería, quedó realmente satisfecho con el resultado, y honrado por ser el primero en darle la oportunidad. “Tenía una gran variedad, desde cuadros pequeños a otros que variaban de dos metros y medio o incluso más de tres, que nosotros diseñamos y mandamos hacer para él. Tuvimos una respuesta muy positiva”. Aquella primera muestra constaba de alrededor de veinte cuadros, número que ha ido creciendo con el paso del tiempo, como así su prestigio, llegando a exponer su colección ‘I am Art’ en New York y siendo gerente de su propia galería de arte en la actualidad en Oklahoma City.

Apasionado de las obras legadas por el Renacimiento italiano, siempre tuvo en Miguel Ángel Buonarroti su artista favorito. No sería hasta estos primeros contactos con el arte más profesionalizado cuando se introdujese de lleno en otros estilos con los que antes sólo coqueteaba, quedando fascinado por el expresionismo abstracto de Mark Rothko y sobre todo de Jackson Pollock, por quien se vería fuertemente influenciado debido a su peculiar estilo de creación artística a partir de salpicaduras de pintura, método favorito de Mason en sus obras más coloridas.

El interés por Pollock, su gran referente, le llegaría a partir de la película homónima del artista, que supuso un vuelco total al estilo de Mason, pasando del realismo al expresionismo abstracto. “Me fui corriendo a comprar un rollo de tela y pintura antes de cambiar toda mi base. Estuve pintando durante tres horas maravillado por el cambio del realismo en blanco y negro a la pintura abstracta a escala masiva”.

Además, su aclimatación a la Beer City era perfecta. De gran conciencia social, Mason era siempre ese primer voluntario de la plantilla Buck que se ofrecía en las labores de servicios comunitarios, como visitar escuelas para divulgar la lectura entre los niños, servir comida en los comedores sociales y todo tipo de actividades que enorgullecían a su madre y a David Stern. Gray, su galerista, asimismo revelaba de Mason que “le gusta regalar muchas de sus pinturas a obras de caridad locales, lo que creo que es muy de agradecer por su parte”.

También sentó como un guante al engranaje de George Karl, para quien mereció un puesto de titular desde su misma llegada. No logró esa misma confianza por parte de Terry Porter, sustituto del exentrenador del Real Madrid en la temporada 2003/04, pero se mantuvo como pieza clave del equipo con más de treinta minutos por encuentro para 14’4 puntos de media cada noche, devolviéndole a las votaciones por mejor sexto hombre de la liga, en que finalizaba, precisamente, sexto.

Con 27 años de edad estaba en ese oficioso perfecto momento en la carrera de un deportista, cuando mente y cuerpo encuentran mayor entendimiento: lo que antes daban las piernas, no lo daba la cabeza; y para lo que luego procese la mente, el cuerpo no estará preparado.

Desmond Mason

Foto: Tumblr Desmond Mason

Así, con la temporada 2004/05 llegaría la mejor versión de Desmond Mason. Del jugador, que no de su equipo. En un catatónico curso para los de Wisconsin, Mason se había convertido en un oasis en medio del desierto, y sus 17’2 puntos por partido –máxima de carrera- se habían convertido en lo poco potable del escuadrón de Porter, que finalizaba antepenúltimo de la Conferencia Este con 30 victorias y 52 derrotas.

Los Bucks, que parecían recuperarse de los años del big three Cassell – Allen – Robinson que a poco estuvieron de colarse en las Finales de la NBA, se la habían pegado. Después de arañar los Playoffs durante dos años seguidos como clase media-alta del Este, 30 victorias en el zurrón eran inadmisibles. Sin embargo, el tankeo ofreció a la franquicia de Wisconsin la primera elección del Draft de 2005 -¿el peor del siglo XXI?-, empleada en un Andrew Bogut que había convencido más a los scouts NBA que Deron Williams, Chris Paul o… bueno, mejor no dar más nombres. Además, Larry Harris se había movido hábilmente en la gerencia libre y le arrebataba los Clippers al jugador más mejorada de la temporada, Bobby Simmons, y, más importante, lograba la renovación de Michael Redd, estrella del equipo y ahora con estatus de All-Star.

Aquel verano sería en el que Mason conocería España, como estrella NBA invitada al Campus Costa del Sol patrocinado por Bancaja, en Málaga. Allí sería recordado por su gran humanidad, saltándose incluso el guión de horas permitidas para fotos y autógrafos para charlar y departir con los jóvenes campistas. “Debí haber prestado más atención a mi profesora de español en el instituto”, bromeaba al respecto.

Milwaukee, no para siempre la cuna del artista

Pintaba bien para Mason y los Bucks la nueva temporada. No sólo era valor activo de una de las ciudades más grandes de Estados Unidos, sino que estaba en el mejor momento de su carrera y había adquirido sobradamente, y por derecho propio, galones en el vestuario y la franquicia. Y, a diferencia de años anteriores, su equipo volvía a apuntar alto. Pero poco antes de que se lanzara el primer balón al aire, jarro de agua fría. Desmond Mason era traspasado junto a una elección de primera ronda de Draft a los Hornets a cambio del infame Jamaal Magloire, siete pies por siempre recordado por declarar en el All-Star de Los Ángeles 2004 –en el que compartió debut con Redd- que de lo único que estaba seguro era de que “este no ha sido mi último All-Star”. Erótico resultado.

Creyó haber echado raíces en Milwaukee. Incluso había adquirido en propiedad –y no en alquiler, como es habitual entre la clase media NBA- una casa acomodada y adaptada perfectamente para dar rienda suelta a su pasión por la pintura. “No me moveré de aquí en al menos unos cuantos años”, pensaría el bueno de Mason, y con lógica, tras haber firmado una extensión de contrato –con su pertinente aumento económico- el verano pasado. Tarde o temprano, todo jugador NBA acaba probando con dureza lo deshumano de ser mercancía antes que persona en la mejor liga de baloncesto del mundo.

Que te traspasaran a los Hornets post-Baron Davis, que habían cambiado Conferencia Este por Oeste recientemente y que se mudaban al forzoso refugio de la aburrida Oklahoma City tras New Orleans ser devastada por el huracán Katrina, no era lo mejor que te podía pasar si eras jugador de la NBA. Sin embargo, para Mason era volver a casa. Aunque nacido en la pequeña ciudad texana de Waxahachie –has leído dos veces-, sus cuatro años en la universidad estatal de Oklahoma habían dado para mucho. Tanto, que en la actualidad tiene allí establecida su residencia.

Se convertiría en uno de los primeros veteranos de quien tomar ejemplo el poco amigo de los españoles Chris Paul, mejor rookie de la temporada en unos Hornets que se quedaron a seis partidos de la postemporada en un año que muchos esperaban que se pudriesen en los más hondo del salvaje Oeste.

Hombre inteligente, Mason supo adaptarse no sólo a cada equipo para el que jugó, sino también a la vida social de ciudades tan variopintas como Seattle, Milwaukee u Oklahoma City. Pero, de algún modo, ahora estaba en casa, y su vena artística encontraba liberación más allá del lienzo, tomando el desvío de la música. Los sorprendentes Hornets de la 2005/06 apuntaban ahora más en la siguiente temporada, sobre todo con adiciones tan ambiciosas como las de los ex Kings Peja Stojakovic y Bobby Jackson.

Pero algo no funcionaba como debía esperarse. En la Navidad de 2006, los Hornets llegaron a sumar doce derrotas en catorce partidos. Hacía falta aupar el ánimo, levantar la moral. En pleno viaje de autobús, Mason, medio recostado en la parte trasera del autobús dándole vueltas a la cabeza, buscaba revulsivos que acabaran con aquellas caras de funeral. Por suerte, siempre llevaba consigo una libreta donde anotar sus pensamientos e inquietudes. Empezó a salir un rap. Brandon Bass le servía de juez, y parto de unos cuantos trayectos más en autobús y avión, salió ‘We dem Hornets’, que incluso llegó a grabar en estudio, una canción en la que destacaba el futuro de Paul, el tiro de Stojakovic, el liderazgo de Jackson o la energía positiva de Bass, entre otras cualidades de sus compañeros.

Desmond Mason

Esto ya lo he vivido

No es que aquellos Hornets terminaran la temporada maravillando, pero sí se puede decir que los abejorros alzaron algo el vuelo, mandando al registro una segunda mitad de temporada con más victorias que derrotas. Pero finalizaba la temporada, volvía a ser agente libre y, por tanto, soberano a la hora de elegir su nuevo viejo destino: Milwaukee. Le dolió ser movido aparte poco antes de una temporada tan ilusionante cuando estaba tan involucrado en la vida social de la ciudad, pero precisamente eso –y lo que los Bucks le ofrecían baloncestísticamente, claro- le empujó a volver.

Sin embargo, los problemas físicos aparecieron por primera vez para un jugador que dependía tanto de su explosividad. Sus prestaciones deportivas iban en descenso, y el equilibrio entre lo que ofrecía dentro y fuera de la pista tornaba en descompensación, por lo que los Bucks decidieron romperle nuevamente el corazón en forma de traspaso, pero volviendo nuevamente a casa, Oklahoma City, donde ya no jugaban los Hornets, que estaban de vuelta en New Orleans, sino los Thunder. Es decir, sus Sonics, que llegaban aquel verano de 2008 de mudanza procedentes de Seattle.

Favorito de la afición, Mason había encontrado otro motivo para sonreír tras el desdén Buck. Estaba de vuelta en la ciudad donde empezó a desarrollar su pasión por la pintura y lo hacía con un rol de veterano para servir de ejemplo al sophomore Kevin Durant y al rookie Russell Westbrook. Todo empezó bien, y pese a empezar la temporada como suplente encadenó 19 partidos como titular… hasta que el infortunio llegó de nuevo en forma de lesión, esta vez no de las que paras un poco y sigues con más fuerza. La rodilla le obligaba a someterse a una artroscopia, y decía adiós a la temporada. “The heart and soul of the Thunder has been lost for the season”, comenzaba la noticia de ‘The Oklahoman’ que confirmaba el mal augurio. Sí, Mason era de los suyos.

Llegado el verano, tocaba hablar de contratos. Pero no hubo acuerdo. Aunque tanto Sam Presti, general manager de los Thunder, como Rogert Montgomery, agente de Desmond Mason, rechazaron haber encontrado desacuerdo en la parte económica de la negociación, el problema parecía de rol. En aquel equipo, con más de 30 años parecías ser viejo, y Mason, al igual que otros como Etan Thomas, Earl Watson, Damien Wilkins o Chucky Atkins, recibió la misma respuesta: “no encontramos un rol para ti”.

Despechado y pendiente de una sólida recuperación, pocos fueron los equipos NBA que reclamaron sus servicios, pese a que sólo contaba con 31 años. Los Kings post-Artest y pre-Cousins fueron el destino, donde llegó a coincidir con Andrés Nocioni y Sergio Rodríguez, aunque por poco tiempo, ya que cinco partidos después de iniciada la temporada regular y unos pobres números era cortado. No volvería a vestirse de corto en la NBA. De aquellos Kings Nocioni llegaría a decir que “si Chicago es una banda, Sacramento son dos bandas”. No parecía el lugar idóneo para un artista.

Un plan A que funciona

Así pues, vuelta a Oklahoma. Pero no para jugar al baloncesto. Eso lo hacía por diversión, y probablemente hacía unos dos años que había dejado de serlo. Ahora había sueños que cumplir, como crear su propio estudio y una galería de arte donde formar una colección de obras. Objetivo cumplido.

Con la vida centrada en su familia y en la pintura, Desmond Mason vive diez años después de su prime baloncestística su prime artística. Su galería de Oklahoma City es cada vez más visitada y reconocida, dando a la ciudad del Medio Oeste un interés cultural del que no podía antes presumir. 2015 fue el año de su meteórico despegue, tras lograr exponer su arte en galerías del barrio de Chelsea, en New York, y otras grandes ciudades como Miami o Chicago, entre otras.

Siempre pintó, desde niño, para “ver todo desde otra perspectiva. Expreso mis sentimientos sobre un lienzo. Me hace desconectar, me devuelve a la tierra”. También era su vía de escape ante las drogas y violencia que asolaban su barrio en la infancia. Ahora, además, lo hace para George Clooney –vecino suyo en su casa de vacaciones de Cabo San Lucas, México-, Howard Schultz (CEO de Starbucks), el beisbolista Álex Rodríguez y demás empresarios millonarios como David Gupta, un hombre de negocios de Chicago que ha comprado un cuadro suyo por valor de 60.000 dólares.

También es poseedor de una de sus obras el excomisionado de la NBA, David Stern, que en la visita de Mason a New York que cambió su carrera como artista mostró mucho interés en conocer más acerca de su obra. De manera algo más modesta, adquirió una por 500 dólares. Claro que, en su caso, fue un precio simbólico, ya que Mason pretendió regalársela pero el antiguo mandamás insistió en pagar –tal vez lo que llevaba suelto en la cartera-.

Desmond Mason siempre mantuvo una obsesión: acabar con el estereotipo de chico tonto que acompaña al deportista, especialmente al afroamericano. Con su arte busca tirar por tierra prejuicios, y entiende que “la pintura y el baloncesto pueden ir de la mano para hacer un cambio en la sociedad”. Este lado reivindicativo es el que ha llamado también la atención de Carmelo Anthony, tal vez el jugador NBA de mayor pronunciado activismo, que ha querido contar con él para su proyecto ‘This is Melo’, a partir del que busca combatir racismo, pobreza y demás desigualdades sociales, dando voz a personalidades como Mason y otros famosos en busca de cambio.

Desmond Mason ganó un concurso de mates de la NBA. Jugó con promedios superiores a las dobles figuras en anotación durante diez temporadas en la mejor liga del mundo. Ganó más de 37 millones de dólares jugando al baloncesto.

Pero su sueño lo está viviendo ahora. Un heredero de Jackson Pollock de dos metros de altura, piel negra y una reivindicación constante de la que ser voz a partir de un lienzo.

“Algunas personas pintan para crear, pero yo pinto para vivir”.

Este artículo fue publicado en #Skyhook5, que puedes comprar en papel aquí

Desmond Mason

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NBA

Exponiendo el ‘Fenómeno Cowens’

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”.

jakonako10@gmail.com'

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Dave Cowens es, posiblemente, uno de los componentes de la prestigiosa lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA que menor interés y entusiasmo despierta entre los seguidores de la mejor liga de baloncesto del planeta.

En una década dominada por auténticas leyendas de los tableros como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bob McAdoo, Bill Walton, Elvin Hayes o Nate Thurmond, Cowens nunca poseyó el aura de estrellato de sus contemporáneos pese a combatir de tú a tú con todos ellos tanto en premios colectivos como en distinciones individuales.

Su conocimiento del juego, su ética de trabajo, su versatilidad y energía en la cancha lo convirtieron no solo en uno de los ‘5’ más determinantes y respetados de la época, sino que incluso, en muchos momentos, hizo olvidar la ausencia del jugador que había conquistado su undécimo campeonato con los Celtics apenas unos años antes de su llegada a la liga: Bill Russell.

Más allá de sus éxitos como jugador, Cowens era una figura particularmente extravagante e impredecible, notablemente despegada de la masificación multitudinaria de una NBA que, por otro lado, no pasaba por sus mejores años.

“Nunca pensé en mí mismo como una estrella de la liga. Yo represento a la clase obrera en la NBA”, reconocería el exjugador en 1991 durante la ceremonia en la que sería incluido en el ilustre Hall Of Fame. Una frase que resumiría el carácter humilde de un jugador que, a base de una entrega y una fortaleza inconmensurables, se ganaría el respeto de toda la afición de Boston y de sus compañeros de equipo, así como de la gran mayoría de sus rivales repartidos por todos los rincones de la geografía norteamericana.

Curiosamente, y como tantos otros jugadores cuyos testimonios han dado constancia de ello, la vida de Cowens podría haber seguido unos derroteros completamente distintos. Con apenas ocho años de edad, el pequeño Dave dio sus primeros pasos en el mundo de la canasta aunque un enfrentamiento con su entrenador durante su primer año de instituto en la Newport Catholic le hizo abandonar prematuramente el baloncesto para dedicarse al atletismo y la natación.

Su trayectoria deportiva amenazaba con seguir por esta nueva senda y con mínimas opciones de salir de su ciudad natal en el estado de Kentucky de no ser por un sorprendente crecimiento de 13 centímetros en apenas un año, tras lo cual alcanzaría los casi dos metros de estatura.

Una figura mucho más intimidante, curtida durante sus exigentes entrenamientos en ambas disciplinas deportivas, que le abrió de nuevo las puertas del equipo de baloncesto coincidiendo con la llegada de un nuevo entrenador.

El nacimiento del fenómeno

En apenas dos partidos, el novato se ganó la confianza de su técnico y su presencia inamovible en el quinteto inicial. Sus 13 puntos y 20 rebotes de promedio durante su último año ya auguraban un prometedor futuro que se confirmaría años después en la élite norteamericana fruto de su destreza cerca del aro.

El ‘Fenómeno Cowens’ se hallaba en plena ebullición y no pocas fueron las universidades que mostraron interés en reclutar a una de las mayores promesas del país. Sin embargo, la Universidad de Kentucky del legendario coach Adolph Rupp, destino que anhelaba el imberbe Cowens, nunca llegó a llamar a su puerta. Especialmente dolido ante la indiferencia exhibida por el equipo de su estado natal, el jugador optó por hacer las maletas rumbo a la Universidad de Florida State, donde su entrenador Hugh Durham, con quien cuajaría una gran amistad, le prometió la titularidad desde el primer minuto.

El center respondió a esta confianza con creces con unos números globales de 19.2 puntos y 17.0 rebotes en sus tres años con los Seminoles, quienes, sin embargo, no llegaron a firmar ninguna aparición en el torneo final de la NCAA. Su dorsal número 13 es, a día de hoy, el único, en el apartado masculino, que ha sido retirado por la institución deportiva en sus más de cien años de historia.

Su extraordinario rendimiento no pasaría desapercibido en los despachos de Boston. Red Auerbach, todo un maestro en las artes del baloncesto y un genio a la hora de reclutar talento para su equipo, no dudó ni un segundo en seleccionar a Cowens en la cuarta selección del Draft de 1970 en su difícil propósito de hacer olvidar a toda una institución en el lugar como lo fue Bill Russell, retirado un año antes.

Por enésima vez en su carrera, la excelsa intuición de Red dio en la diana con un jugador que, nada más aterrizar en la competición, recibiría el premio al Rookie del Año tras promediar 17.0 puntos y 15.0 rebotes por noche. Unos números que mantendría inamovibles durante sus siete siguientes temporadas en la competición, durante las cuales sería elegido para disputar el All-Star Game en todas y cada una de ellas, además de recibir el galardón al MVP de la temporada en 1973. Aún así no sería hasta un año después cuando la gloria aterrizara de nuevo en Boston en modo de duodécimo campeonato.

En aquellas Finales de 1974, Cowens escribió uno de los capítulos más recordados de su carrera. En el séptimo y definitivo partido, con la cancha de los Bucks de un tal Lew Alcindor como escenario de lujo, el interior dio un auténtico recital en ambos lados de la cancha que se saldó con un doble-doble de 28 puntos y 14 rebotes, y, principalmente, una victoria que devolvía a los Celtics a lo más alto del pabellón baloncestístico norteamericano.

Dos años después, con un tropiezo en medio ante los Washington Bullets de Wes Unseld y Elvin Hayes, los Celtics recuperarían el trono de la NBA tras vencer a Phoenix Suns en unas Finales que se prolongaron hasta el sexto partido y en las que Cowens fue uno de los principales referentes de su equipo con unos números de 21.0 puntos y 16.4 rebotes por partido.

El declive

Sin embargo, ese nuevo campeonato supuso el comienzo del fin de la carrera del de Ketucky. Ese mismo verano, la salida de su gran amigo Paul Silas rumbo a Denver no sentó nada bien a un Cowens que se reunió con Auerbach para comunicarle su “pérdida de entusiasmo por el juego.” Una situación que desencadenó en una de las anécdotas más excéntricas del jugador. Después de confirmar su marcha del equipo al gerente y despedirse de sus compañeros, Dave regresó a su granja familiar para iniciar un negocio de venta de árboles de Navidad.

Curiosamente, apenas unos meses antes había sido protagonista de una historia que el mismo relataría años después a ESPN. Aprovechando la llegada a Boston de un gran amigo de la infancia, el pívot de los Celtics tuvo una idea tan original como excéntrica para mostrarle la ciudad a su invitado. Ni corto ni perezoso, Cowens acudió a una oficina de la Asociación de Taxistas Independientes de Boston y compró, por la módica cantidad de 35 dólares, una licencia profesional. Sería taxista por una noche.

Durante toda la noche, el jugador guió a su amigo por los rincones más emblemáticos de la ciudad e incluso se atrevió a llevar a algunos transeúntes a su lugar de destino. “Hicimos algunos trayectos largos por la ciudad. Nadie me reconoció”, reconocería entre risas durante la entrevista.

Volviendo al caso, ya sea por el mal rumbo del negocio o por la creciente nostalgia del caluroso ambiente del legendario Boston Garden, el periplo emprendedor de Cowens apenas duraría unos meses, tras lo cual regresaría al equipo para completar 50 partidos ese año y otras tres temporadas más en la franquicia de Massachussets.

Unos Celtics que no duraron en honrar a una de las grandes estrellas de su historia con la retirada de su dorsal número 18, el cual ondea en lo más alto del pabellón del equipo junto al de ilustres como Bill Russell, Larry Bird, Bob Cousy o los propios Jo Jo White, John Havlicek y Red Auerbach.

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NBA

Gigantes a hombros de gigantes

Antes de Antetokounmpo y Doncic, antes incluso de Nowitzki y Petrovic, hubo un pionero que desafió a toda una liga. El primer europeo de la historia de la NBA.

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Los galardones de final de temporada tienen este año, más que nunca, sabor europeo. Por primera vez en la historia de la liga, el jugador más valorado y el novato del año vienen desde el otro lado del charco. Los más valientes pueden opinar que los europeos (o al menos los no-americanos) están reinando en la NBA. El griego Giannis Antetokounmpo ha deslumbrado al planeta entero con su potencia y capacidad atlética fuera de lo normal. Luka Doncic, esloveno, al que ya habíamos visto hacer de las suyas en Europa, ha maravillado a la liga americana a pesar de las dudas que suscitaba a ambos lados del Atlántico. Además, en la misma temporada, Marc Gasol, Serge Ibaka, OG Anunoby y Sergio Scariolo se han llevado a casa (en Europa) un anillo de campeones de la NBA.

Ya no recordamos los tiempos en los que ver a un europeo partir hacia la gran liga era todo un hito, cuando los primeros hicieron historia. En nuestra memoria está un imberbe Pau Gasol haciendo un mate por la línea de fondo y poniendo en el póster a Kevin Garnett, está Jorge Garbajosa levantándose desde el triple con el 15 de los Raptors en la espalda y también Rudy Fernández en el concurso de mates con la camiseta de Fernando Martín. Pero antes que todos ellos, antes que Sabonis, que Drazen Petrovic y que Dirk Nowitzki, estuvieron los pioneros, los que abrieron el camino desde el viejo continente hacia las américas. Esos gigantes a los que nuestros gigantes están encaramados.

Algunos, alumnos aventajados nacidos en Europa, recorrieron ese camino años antes, en su etapa universitaria o prácticamente de niños, y pusieron las primeras notas europeas en la liga. A partir de principios de la década de los 80 se instalaron nombres como Uwe Blab o la leyenda alemana Detlef Schrempf. También los pívots Swen Nater (neerlandés) y Petur Gudmundsson (islandés) estuvieron en la NBA después de la transición desde la ABA en 1976. Aun así, todavía nadie había visto a un jugador ser fichado o drafteado directamente desde un equipo europeo. Hasta que ocurrió.

La técnica del goteo

Georgi Glouchkov asfaltó el camino en 1985. El primer europeo en partir hacia la NBA era pívot, búlgaro y firmaba con los Phoenix Suns tras ser elegido por los de Arizona en la séptima ronda del Draft de ese mismo año. La primera intentona, como suele ocurrir con los experimentos, no salió según lo esperado. Glouchkov (2,05 m) era demasiado pequeño para jugar en su posición natural, y demasiado lento para la línea exterior. Además, ganó mucho peso durante esa temporada, y al año siguiente tuvo que regresar por donde había venido, dejando una discreta marca de 4,9 puntos y 3,3 rebotes de media en los 49 partidos que jugó, pero también una huella histórica que abriría la puerta a la otra mitad del mundo del baloncesto.

El siguiente expedicionario nos es muy familiar. El primer español en la NBA, y también el segundo europeo que cruzó el océano para jugar al baloncesto. Fernando Martín se aventuró en la temporada 1986/87 de la liga americana y, como su predecesor, no tuvo el éxito que todo nuestro país deseaba. Martín tuvo un papel muy testimonial en aquella temporada, jugando solo 24 encuentros a razón de 6 minutos por cada uno. El pívot madrileño también regresó al año siguiente a España y, solamente dos años después de aquella gesta histórica, un fatal accidente de coche nos dejó sin el mayor héroe del mundo baloncestístico nacional del siglo XX.

Tarde o temprano, alguien venido del este tenía que triunfar. La mejor liga del planeta no podía ser propiedad exclusiva de los americanos para siempre y, finalmente, a la tercera, haciendo caso al tópico, llegó la vencida. Sarunas Marciulonis, un escolta en aquel entonces soviético, dejó el Statyba Vilnius en 1989 para mudarse a California. Los Golden State Warriors lo esperaban desde hacía dos años, ya que lo habían drafteado en la sexta ronda de 1987. Marciulonis se hizo de rogar, pero finalmente se decidió a intentar hacer historia entre los mejores. Estuvo durante cuatro temporadas en la bahía, y se adaptó al rol de sexto hombre a la perfección. Compartió vestuario con leyendas como Tim Hardaway y Chris Mullin, y entre sus dos últimas temporadas promedió más de 18 puntos por encuentro, siempre desde el banco.

Cuando estaba en la cresta de la ola y ya se había consolidado como el primer aventurero europeo que había conseguido triunfar en la NBA, el azar quiso que un día, jugando en la universidad de Saint Mary, se rompiese el ligamento cruzado de la rodilla. Cuando el New York Times lo anunció ya preveían que se podía perder toda la temporada 1993/94, después de haber sufrido pequeñas lesiones durante la anterior campaña que le permitieron jugar, aunque a gran nivel, solamente 30 partidos. El “sueño americano” se había roto, e iba a necesitar una temporada entera para recuperarlo. Por desgracia, los Warriors dejaron de contar con él, y los últimos tres años de carrera NBA fue saltando por los Sonics, los Kings y los Nuggets, dejando un buen rendimiento pero también mal sabor de boca por “lo que pudo ser”.

Marciulonis no fue otra historia de mala suerte con las lesiones. El primer europeo en triunfar en la NBA, poco antes de que Drazen Petrovic revolucionara Nueva Jersey, demostró que era una buena opción para las franquicias americanas buscar el talento al otro lado del Atlántico. En 2014, la NBA lo reconoció como uno de los pioneros y lo introdujo en el Hall of Fame, en el que ya figuraban los nombres de Petrovic (2002) y Arvydas Sabonis (2011). Además, su notoriedad aumentó fuera de las canchas, ya que estuvo muy involucrado en el crecimiento baloncestístico de Lituania una vez se deshizo la URSS.

Sarunas Marciulonis es el responsable de la creación de la liga de baloncesto lituana, la actual LKL, y fue uno de los principales impulsores de la primera selección nacional. Contando con que Lituania consiguió la independencia en 1990, y en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92 consiguieron la medalla de bronce, podríamos decir que el país báltico está muy en deuda con él en este aspecto. Pero más allá de eso, el valor simbólico de este jugador es histórico. Él extendió la alfombra para que pasara Toni Kukoc hasta ganar el título de Mejor Sexto Hombre en 1996. Él separó las aguas para que Dirk Nowitzki se conviertiese en el primer MVP europeo de la historia de la liga en 2007, y también para que Pau Gasol fuese el primer Rookie del Año europeo en 2002.

Justo ahora, en los Dallas Mavericks, Nowitzki entrega el testigo a Luka Doncic. Cada vez hay más jugadores que triunfan en la liga americana después de haber iniciado su carrera en Europa. Giannis, que estuvo a punto de jugar en el CAI Zaragoza (y la ACB lo presentaba como “Adetocunbo”), recoge ahora el Maurice Podoloff con la expectativa de ser uno de los jugadores más dominantes de la liga en los próximos años. Los hermanos Gasol, Dirk, Antetokounmpo, Jokic… Todos son gigantes subidos a hombros, entre otros, del legado de Marciulonis.

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Perfiles NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Al Campanie / The Post-Standard / Syracuse.com

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Daniel Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Daniel Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

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