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Reflejos

El “Melo’s Summer Tour”

mcabrecano@gmail.com'

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La agencia libre de 2014 se presentaba como una de las más atractivas de la última década. En ella se podía encontrar todo lo que un equipo pudiera necesitar. Entre los que se podían presentar, había leyendas, estrellas, grandes jugadores y secundarios de lujo. Así pues se planteaba un julio más que fascinante. Pero la historia que venimos a contar no empieza ese verano, si no que se prolongó durante toda la temporada anterior. Hablamos de la agencia libre de Carmelo Anthony, estandarte de aquellos Knicks.

Desde el inicio de la temporada 2013-14 se empezó a especualares con quiénes iban a ser los agentes libres que saldrían al mercado y qué opciones podía tener cada uno. A pesar de todos los nombres que había, uno brillaba por encima del resto, Carmelo Anthony. El jugador del barrio de Red Hook, en Nueva York, había vuelto a su ciudad natal en 2011. Concretamente el día 23 de febrero, cuando los Knicks pactaron un traspaso con los Denver Nuggets que llevaría a Melo a casa.

El paso del tiempo abrió la temporada 2013-14, la última de Carmelo con contrato, lo que comportaba que sería agente libre en verano, su primera vez desde que llegó a la liga. Este hecho provocó que la temporada de los Knicks fuera muy importante para el futuro de la liga, pues si los Knicks eran competitivos, probablemente Anthony se quedaría, por lo que las opciones del resto de equipos exigirian que fueran mejores que los de Nueva York y presentaran un buen proyecto.

Ya desde antes del inicio de la temporada muchos equipos se posicionaron y los medios se frotaban las manos.

En octubre, medios como Bleacher Report hablaban de hasta siete posibles salidas para Carmelo. Los rumores fueron acrecentándose según avanzaba la temporada. Hecho principalmente potenciado por la penosa campaña que firmaban los de la Gran Manzana. Así, todos los medios afiliados a equipos interesados comenzaron a hacer trabajo de análisis y opinión con el objetivo de plasmar el porqué Carmelo acabaría en su equipo.

Así se llegó al final de la regular season y los Knicks quedaron novenos de la Conferencia Este, sin clasificación para los Playoffs. Serían los primeros que Melo se perdía desde que llegó a la liga.

Con la resignación que esto debió provocar en Anthony, que vio cómo los equipos que le querían jugaban la postemporada, no fue difícil pensar que los días de Carmelo como Knickerbocker se estaban acabando. Fue con esta amarga situación para los neoyorquinos como se llegó a la agencia libre de 2014.

El equipo presidido por el ‘Maestro Zen’ necesitaba firmar a una estrella para mantener la ilusión de su público que, como siempre, exigía impaciente resultados a su equipo. Esto provocaba que no cupiera la idea de una reconstrucción en Nueva York, como sí estaban haciendo otros equipos históricos de la NBA, véanse Utah o Boston.

 

Como si de una gira de conciertos se tratara, Carmelo Anthony se dispuso a realizar un tour de cuatro días por los Estados Unidos de América.

El viaje empezaba en Chicago, los Bulls fueron los primeros afortunados en recibir a los Anthony -Carmelo y LaLa-. En la Ciudad del Viento la visita arrancó con un tour por el United Center que fue seguido de una larga reunión. Según comentó el periodista Alex Kennedyla reunión se centró “entorno al hecho de que unir a Anthony, Rose, Noah y Gibson -con Thibodeau entrenando- era más que suficiente para ser competitivos en el Este”.

A esta reunión le siguió un workout privado de Derrick Rose, “para demostrar a Anthony su salud y que estaba preparado para competir a alto nivel durante la siguiente temporada”, una de las grandes preocupaciones de Carmelo para firmar por Chicago. Los Bulls dependían mucho de la salud de Rose y como se pudo ver posteriormente, esta no llegaba. Así tanto la salud de Rose como las posibles dificultades para encajar a Anthony en el juego de Thibodeau, eran los factores que podían echar atrás al de Nueva York. La reunión acabó en cena y Anthony y LaLa cogieron otro avión.

Era miércoles y los Anthony se plantaban en Texas. Un día, un estado, dos equipos que visitar. Por la mañana, los Houston Rockets; por la tarde, los Dallas Mavericks. Mientras, en la liga se mantenía una tensión constante con todos los equipos observando qué pasaba con los agentes libres de Miami. Después de los de Miami estaba Melo. Así que los Rockets lo apostaban todo por este último.

Los de Houston querían demostrarle a Melo una sola cosa. Eran la forma más rápida de llegar al anillo, lo que parecía ser el principal objetivo de jugador en aquel día. La prensa le quería y hacía presión, mientras nadie pensaba que LeBron saliera de Miami. Así que era el pez más gordo. “Melo es como Harden, pero claro, más alto y lleva headband“, decían en Houston. Para atraer a Carmelo se hablaba de un nuevo big three. Uno basado en James Harden, Dwight Howard y el propio Melo. E incluso podrían haber retenido a Chandler Parsons.  ¿Quién salía perdiendo claramente? El base del equipo, Jeremy Lin. En la imagen superior ya vemos cómo Melo vestía el dorsal del base de origen taiwanés. La visita acabó como todas, con la franquicia convencida de sus opciones.

Era mediodía y Melo tenía otra cita, ahora en Dallas. La postemporada empezó muy feliz para los de Texas. Esperanzados de atraer más a Melo cerraron un trato con los Knicks para llevarse a Tyson Chandler. Así los Mavs se plantaron en la reunión, presentando los tres jugadores que acompañarían a Melo en un big four. Incluyendo a Dirk Nowitzki, al ya mencionado Chandler y a Monta Ellis. Con Chandler los Mavericks unían a un amigo de Melo a un equipo con un método de juego que era válido para ganar. “Él busca ganar, ser parte de un sistema y de una cultura”, decía el pívot, que aseguró que haría todo lo posible para reclutar a su amigo.

Otro que hizo un gran esfuerzo por la franquicia a la que aún ahora defiende fielmente fue Nowitzki. El alemán, siempre leal a su franquicia, perdonó más de doce millones por año en un contrato de dos años con el objetivo de abrir espacio salarial para Melo. Carmelo pediría un máximo, aún después de afirmar que el dinero no le importaba, sino que su objetivo era ganar. Dallas era un buen sitio para luchar por victorias, pero Anthony siguió su viaje.

Como en la noche anterior, los Anthony cogían un vuelo. El destino era el de siempre, el que siempre suena cuando una estrella sale al mercado. Los Ángeles. Los Lakers querían a Melo y LaLa quería Hollywood. La reunión fue tremendamente satisfactoria para ambas partes. Contó con la presencia de un Kobe necesitado de un compañero para ganar y leyendas Lakers como Worthy. Adrian Wojnarowski informó poco después que fuentes cercanas a Melo decían que los Lakers “están en el juego”. La franquicia angelina le vendió a Anthony el ser la cara de la franquicia una vez Kobe se retirara.

Los Lakers venían de una temporada nefasta, pero tenían a Kobe, Nash y espacio salarial, así que con Melo sería fácil engañar a complementos por poco dinero. Pero había cosas que asustaban al neoyorquino, la primera era si Kobe compartiría el liderazgo y el balón. Ambos eran amigos desde hacía años, pero aun así esta era una preocupación importante para Carmelo. Por otra parte, los Lakers no tenían entrenador aún. Aspecto que, comparado al resto de equipos, le quitaban muchas opciones.

Los Knicks, el equipo del que venía a la agencia libre y el equipo de casa. Carmelo, como miles o millones de niños americanos creció siguiendo a los Knicks. En aquel momento, los Knicks no podían dar a Carmelo la oportunidad de ganar un anillo. No en aquel momento y, aunque ellos no lo sabían, dos años después tampoco. Durante este verano de 2017 se ha hablado de que Brad Stevens es el mejor activo de los Celtics, y aunque ahora resulte cómico decirlo, en 2014 Phil Jackson lo era para los Knicks. Era la forma con la que podían convencer a Melo, Jackson y aquello que pudiese crear sería todo lo que podían darle.

Los Knicks debían conseguir que Carmelo no se sintiese solo en la pista y hacerse con una estrella más sería un buen comienzo, pero no lo consiguieron. Ese era el equipo de Carmelo, era su alma y podía crear un legado que perdurara eternamente. Además, le podían ofrecer un año más que el resto y mucho más dinero. Quedarse parecía la actuación más correcta, otra podría dar la impresión de traición a su gente.

Así finalizó el viaje de los Anthony, que durante una semana se recorrieron a lo largo y ancho todo Estados Unidos. La noche del 13 de julio de 2014 confirmaba el que sería su destino, con una emotiva carta.

Hace muchos años soñé volver a la ciudad de Nueva York, mi lugar de nacimiento, y en él 23 de febrero de 2011 se hizo realidad. Esta organización me ha apoyado y a cambio, yo quiero quedarme y construir aquí con esta ciudad y mi equipo. En este momento crucial de mi carrera, he mirado por mí y mi familia explorando todas las opciones posibles. Aun con todo, mi corazón nunca vaciló.

Durante estas fechas me he reunido con varias franquicias con un enorme talento y liderazgo. Quiero agradecerles su consideración, creencia en mi talento y la posibilidad de imaginar las posibilidades. 

Siempre recordaré este capítulo en mi vida. En el fondo, soy un New York Knick en el corazón. Y miro adelante para continuar mi carrera en naranja y azul y para trabajar con Phil Jackson, un campeón que construye equipos campeones. El Madison Square Garden es la Mecca del Basketball y estoy rodeado de los mejores fans en el mundo. 

Así Carmelo confirmaba que se quedaba en su casa al firmar por 120 millones de dólares por cinco años, perdonando ocho millones para dar a la franquicia un poco más de margen. Aun perdonando poco, lo que movió a Melo a quedarse fue su amor por la franquicia que había seguido desde pequeño y que estaba entregada a su figura. Ahora, solo tres años después, repasamos su verano de 2014 y podemos pensar en lo mucho que se equivocaba Carmelo.

Su amor por la organización dirigida por aquel entonces por Jackson y sus esperanzas en él cegaron la vista de Carmelo, que perdió así su oportunidad de ganar un anillo en sus mejores años. Ahora, tres veranos después Melo ha decidido salir. Su lealtad y amor a NY han llegado hasta el límite. Es muy injusto solo culpar a los despachos del pésimo estado del equipo y Anthony debe responsabilizarse de una parte. Nunca ha sabido sacar más de los que le acompañaban, que eran escasos. Agotado de perder y enfrentado a la directiva, pidió el traspaso. Durante meses se habló de una cláusula para decidir si aceptaba o no los traspasos, hasta el pasado 24 de septiembre, cuando aceptó una de tales propuestas.

Melo se unía a un ambicioso proyecto liderado por el genial Sam Presti, quien un año después de perder a Durant se ha reforzado con Paul George y Carmelo Anthony, que deja atrás así seis años jugando para el equipo de su vida. Años que han mostrado el amor del neoyorquino a la franquicia y de los aficionados con el jugador. Pero ahora y en un movimiento inteligente, el jugador sale y buscará ganar el anillo que tanto ansía. Si ha sido una buena o mala elección no lo sabremos hasta dentro de unos años.

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Wikimedia

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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