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Perfiles NBA

Chris Mullin y sus años en el infierno

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Apenas unos años atrás la situación era totalmente distinta, instalado en la cima, viviendo un sueño para un joven de apenas 21 años. Había sido seleccionado como uno de los doce miembros que representarían a su país en los Juegos Olímpicos que se disputarían ese verano en Los Ángeles y estaba a punto de guiar a los Red Storms de la Universidad de St. John´s a la segunda Final Four de su historia 32 años después. Ahora, aquella noche de principios de 1988, miraba con nerviosismo e inseguridad el marcador del pabellón, esperando ser presentado ante una multitud que llevaba un tiempo sin verle aparecer por allí. No sabía cómo iba a ser la reacción de los fans y cuando sonó su nombre, acompañando a ese número 17 que vestía en honor de John Havlicek, el público se puso en pie para tributarle una sonora ovación como recompensa a todo el esfuerzo y compromiso que había llevado a cabo las semanas anteriores. Como recompensa a haber encontrado una salida al infierno en el que llevaba recluido desde sus años de juventud en las calles de Brooklyn. Su nueva vida acababa de dar comienzo.

En la cresta de la ola donde estaba subido todo parecía ir sobre ruedas para Chris Mullin en el otoño de 1987, pero cuando los focos de las canchas se apagaban y el partido acababa descubría que realmente se encontraba solo. Era algo inimaginable para alguien que en 1985 era idolatrado por los fans y respetado por todos los entrenadores, siendo uno de los mejores talentos universitarios del país. Acostumbrado a las victorias en St. John´s y en el equipo olímpico, no encontró lo mismo en unos Warriors que solo ganaron 30 partidos en su primer año como profesional. La pequeña mejoría experimentada en la 86-87 no tuvo continuidad y la peculiar naturaleza de aquellos Warriors, un equipo donde los jugadores rara vez se relacionaban fuera de la cancha, hizo que Mullin tuviese una vida muy solitaria en su residencia de Alameda, California. Sus constantes llamadas a familiares y amigos al otro lado del país se plasmaban en los 500 o 600 dólares de factura telefónica mensual y pronto el alcohol, la cerveza principalmente, venía a consolarle. Sin embargo, su gusto por la bebida ya venía de muy lejos.

Criado en una familia de raíces irlandesas, Mullin compartía habitación con tres de sus hermanos, con los cuales improvisaba partidillos de dos contra dos en la cancha que su padre había hecho en el patio trasero de la vivienda. Aquella casa en Troy Avenue pronto se convirtió en un lugar de culto para todos los chicos del vecindario, los cuales se presentaban en masa para medir su talento ante Chris y sus hermanos, mientras que su madre Eileen se ocupaba de hacer limonada para repartirla a los chavales en los descansos. “Allí corría la sangre”, recordaba Terence, el más pequeño de los hermanos. “A todo el mundo le gustaba venir a nuestro patio y jugar. Los partidos allí eran legendarios en el barrio”. Todo empezó allí, inspirado por los Knicks de Walt Frazier y por su verdadero ídolo, John Havlicek. Pero como el barrio pronto se le quedó pequeño empezó a recorrer los principales parques y canchas urbanas del Bronx o Harlem, lugares donde empezó a labrarse una seria reputación batallando contra los mejores de la ciudad. A la mayoría de esos partidos acudía acompañado de su amigo Mario Elie quien aseguraba que “A Chris le encantaba jugar en cualquier sitio. Si hacías un buen partido te ganabas el derecho a volver a jugar otra vez. Se ganó el respeto y una reputación y siempre era bienvenido”.

Mullin jugó sus dos primeros años de High School en Power Memorial, el mismo lugar donde Lew Alcindor había empezado a labrarse su leyenda, antes de ser trasladado a Xaverian. A pesar de crecer considerablemente en su último año, aún había gente que le consideraba un jugador lento y sin futuro, críticas que él mismo se encargaría de enterrar tras liderar a Xaverian al título estatal en 1981. Después de considerar ofertas universitarias de Villanova, Virginia, Notre Dame o Duke, Mullin hizo la mochila y marchó a tan solo unos 15 kilómetros de su hogar, a St. John´s, entrenada por el legendario Lou Carnesecca, quien ya había conocido a Mullin años atrás en uno de sus campamentos de verano. Era el mejor lugar para él, jugar en el parquet del Madison Square Garden, el lugar a donde había acudido tantas veces como espectador. Allí se convertiría en su máximo anotador histórico, siendo nominado tres veces para el mejor equipo de la Big East y liderando a St. John´s a la Final Four de 1985. “El primer partido que jugó con nosotros parecía como si hubiese estado allí cien años”, aseguraba el propio Carnesecca años atrás. “Veía la jugada antes de que se desarrollara. La capturaba como en una foto y luego la creaba. Le veía y veía a Joe DiMaggio en el campo de juego”.

Sus éxitos le valieron un hueco en el equipo estadounidense que disputaría los Juegos Olímpicos de 1984. En el transcurso de la preparación de aquellos Juegos, Mullin y sus compañeros hicieron una parada en Bloomington, Indiana. Allí, en uno de los bares más conocidos del campus universitario, todos se encargaron de firmar, escribir dedicatorias o los números de sus camisetas en una de las paredes de madera. Chris escribió “If the beer is cold, we´ll win the gold”. Y es que la relación de Mullin con el alcohol, principalmente con la cerveza, ya había surgido mucho tiempo atrás, cuando él y sus hermanos la bebían mientras jugaban al softball los domingos por la tarde antes de ir a la iglesia o escondidos entre los bloques lejos de la mirada de los padres. Al finalizar los partidos en St. John´s era habitual verle beber una o dos en el vestuario, algo aceptado como parte de la vida social allí, como una forma de relacionarse con los demás. Pero Mullin iba más allá y sabía esconderlo muy bien o no considerarlo un problema. Mientras tres de sus compañeros fueron rechazados en su intento de alcanzar el equipo olímpico por ser sospechosos de beber demasiado, Mullin logró estar en el equipo final junto a Jordan, Ewing o Joe Kleine, su mejor amigo en aquel equipo, quien recordaba que “nunca tuvo un mal comportamiento o algo así. Durante los Juegos no salíamos mucho, teníamos mucho que hacer. Nos esforzábamos mucho para llegar al equipo y conseguir la medalla de oro”.

Mullin era joven y no lo percibía como un problema. Aquellas cervezas después de los partidos siempre tenían un límite y nadie perdía nunca el control. O eso pensaba. Los más cercanos a él siempre aseguraban que podía beber una o dos cervezas más pero nunca las suficientes para impedirle conducir de vuelta a casa. Deporte y bebida iban de la mano y los primeros años lejos de St. John´s no iban a ser fáciles. Le habían elegido los Warriors en la séptima posición del draft confiando en que con él pudiesen volver a disputar unos playoffs, algo que no sucedía desde 1977. Sus primeras tres temporadas no pasó de ser un buen tirador de media y larga distancia con un par de buenos movimientos, pero para nada las expectativas creadas en torno a él se habían hecho realidad. Su ética de trabajo y su ganada fama de rata de gimnasio no era valorada por sus compañeros y el baloncesto dejó de ser divertido. A miles de kilómetros de familia y amigos y jugando cada noche en una cancha casi vacía, empezó a tener ligeros problemas de sobrepeso y su única ilusión era regresar cuanto antes a casa cuando la temporada de los Warriors llegara a su fin. Vivir en solitario significaba también beber en solitario, el mismo problema que años antes habían sufrido tanto su padre como su tío.

Foto: NBAE

Para su tercera temporada como profesional las latas de cerveza se apilaban en la puerta de su casa y empezó a llegar tarde a los entrenamientos y a ausentarse de alguno de ellos. “Llegó un punto donde llegaba a casa por la noche y no estaba preocupado por lo que tenía que hacer el día siguiente”, recordaba Mullin. “No tenía un horario para el siguiente día y no me importaba. Me levantaba cantidad de mañanas con dolores de cabeza y el baño hecho un asco. Para ser sincero, fueron días donde no me importaba si volvería a jugar otra vez”. Afortunadamente para él Don Nelson, entonces General Manager de la franquicia, atacó el problema de raíz, preocupado después de cada partido en que le veía jugar y sin aceptar las críticas de público y prensa, convencidos ya de que los Warriors habían malgastado su elección en aquel draft de 1985.

“Había oído que era muy bueno”, relataba Nelson, “pero no lo era. Era un alcohólico y estaba fuera de forma, aparte de que no estaba tampoco encantado con la forma en que defendía”. Estaba escondiendo su problema así que Nelson habló con él personalmente a finales de 1987 para hacerle saber que sí tenía ese problema. Mullin siguió negándolo así que Nelson hizo un pacto con él “Si crees que no tienes un problema hagamos un trato ahora: dame tu palabra de que no probarás la cerveza en seis meses”. Solo dos días después de que sellaran ese trato con un apretón de manos, Nelson recibió la llamada de un aficionado relatándole las andanzas de Mullin en un bar la noche anterior. Fue suspendido e incluido en la lista de lesionados. Esa misma noche Nelson le exigió que encarase el problema y que llamase a sus padres y agente. Aún reacio a admitir su alcoholismo, Mullin telefoneó a su novia Liz para contarle que la mañana siguiente ingresaría en una clínica de rehabilitación, que entendería que ella no quisiese seguir saliendo con él. Liz le respondió “¿Estás de broma? Es el mejor regalo de navidad que nos puedes haber dado”.

Mullin ingresó en el Hospital Centinela, en Inglewood, muy cerca del Forum, la mítica cancha de los Lakers donde se había proclamado campeón olímpico tres años atrás. Llevando consigo algunos discos y un puñado de fotos, pasó siete semanas recluido en una habitación decorada únicamente con un pequeño camastro, un escritorio y un armario. Lo primero que tuvo que hacer fue admitir que aquel era el lugar donde necesitaba estar, que era un alcohólico. Después de unos primeros días reacio y escéptico, a medida que participaba y escuchaba se fue sintiendo como en casa y aprendiendo cómo necesitaba cambiar su vida. “Necesitaba volver a tomar el control de mi vida”, aseguraba a principios de los 90. Pasó aquellas semanas rodeado de heroinómanos y vagabundos adictos al alcohol, empleando seis horas diarias en terapias y reuniones diversas, descubriendo que las historias de aquella gente eran las mismas que las suyas, reconociendo su alcoholismo como una enfermedad. “Cuando empecé a ir a rehabilitación me sentía como un fracasado, pero cuando hablaba con mis padres estaban felices. Me decían ‘Felicidades, es lo mejor que has hecho nunca’ y ni yo mismo podía creer que estaba haciendo algo correcto”.

Mullin superó su alcoholismo, como lo hizo su padre en 1980 y nunca volvió a probar el alcohol desde diciembre de 1987. “Nunca hubiese dado el paso para rehabilitarme si Don Nelson no me hubiese empujado a hacerlo”, aseguraba solo un año después. “Anteriormente, siempre que intenté controlar mi vida acababa fastidiándolo todo. Puede que él salvase mi vida”. Esa adicción fue remplazada por otra, la adicción al gimnasio. Su rutina en un día normal consistía en levantarse a las 6.30, correr unos 6 o 7 kilómetros, emplear una hora en la bicicleta estática o en la piscina, comer, levantar pesas durante hora y media, acudir a la cancha y lanzar 400 tiros de media y larga distancia y 200 tiros libres. Perdió cerca de 20 kilos y olvidó para siempre su pelo largo, reemplazándolo por un corte rapado a cepillo, como si de un militar se tratase. Pasó a promediar al menos 25 puntos por partido las siguientes cinco temporadas, instaurándose como uno de los mejores anotadores del campeonato, además de poseer un altísimo porcentaje en tiros libres y una gran capacidad para robar balones. Fue la “C” de aquel mítico RUN TMC junto a Tim Hardaway y Mitch Richmond. El baloncesto volvía a ser divertido.

Foto: NBAE

Su trabajo y esfuerzo no le dieron la recompensa en forma de anillo (fue subcampeón con los Pacers en el año 2000), pero sí le sirvieron para formar parte del mejor equipo de la historia y ser, por segunda vez en su vida, campeón olímpico. Compañero suyo en aquel Dream Team, Magic Johnson dijo una vez de él que “Cuando Dios hizo un jugador de baloncesto, él esculpió a Chris Mullin”. “Si había alguien que tenía toda su mentalidad puesta en el baloncesto, era él”, aseguraba David Robinson, también compañero suyo en Barcelona. “Era un maníaco del trabajo, nunca vi nada igual. Cuando hablas con alguien a quien le guste el baloncesto, Chris sería el jugador del que te gustaría hablar”.

Elegido para formar parte del Hall of Fame en 2011, quizá Mullin no reparó tanto en haber logrado disputar cinco All-Stars, haber sido dos veces campeón olímpico o ser reconocido como uno de los mejores tiradores puros de siempre, sino que quizá reparó más en lo cerca que estuvo de haber estropeado ese futuro tan pronto. No fue fácil lograrlo, fue una excepción pero, una vez conseguido, valió la pena. Preguntado por su carrera profesional una vez retirado, aseguraba que “Me encanta hablar de los años en que fui All-Star y esas cosas, pero es el respeto lo que me importa más que nada. El respeto de tus compañeros, entrenadores, de la gente por la calles, eso es con lo que me quedo. Ir a tratamiento fue lo más duro que tuve que hacer en mi vida, pero fue lo mejor que hice. Mejor que todo lo que hice jugando al baloncesto”.

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NBA

Daniel Biasone, el santo patrón de la NBA

1918. Un barco llega a la Isla de Eli cargado de inmigrantes europeos que huían de la Primera Guerra Mundial. En él viajaba la familia Biasone.

Andres.weiss99@gmail.com'

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Al Campanie / The Post-Standard / Syracuse.com

La vida en Miglianico, un pueblo que se encuentra a unos kilómetros de distancia del Adriático y que pertenece a la provincia de Chieti, transcurre con tranquilidad. La gente del lugar dedica su día y su noche a trabajar en el campo, sin olvidarse de seguir desarrollando los cultivos que, históricamente, pertenecen a la tradición de esta región, y que tinta de tonalidades monótonas y sencillas el discurrir del tiempo. El buen clima acompaña a la gente que pasa su vida en este pequeño poblamiento que a día de hoy no llega a los 5000 habitantes, y que además observa los Apeninos con todo su esplendor con cada amanecer.

El Abruzzo, la región que da nombre al vino que aquí se cultiva, es el hogar del 75% de las especies animales que se encuentran en el continente europeo, y se conoce como la “Región verde de Europa”. Una región en la que el tiempo no pasa, en la que la calma toma la actividad de las gentes de a pie, que se dedican a esquivar los problemas derivados del cultivo en la incomodidad del terreno. Y tal y como describió Primo Levi en 1883, en su libro “Abruzzo, forte e gentile”, el terreno describe a su gente, y a su historia. Una historia que les ha moldeado, y caracterizado, como un pueblo que sigue para adelante sin tener en cuenta todo lo que sucede alrededor, o en sus propias fronteras. Por no hablar de lo que pasa a 6986 kilómetros de distancia.

Y es que a 4341 millas de la villa italiana, hace poco más de un siglo, un efecto cercano al conocido “Efecto mariposa” comenzaba, cuando Leo Biasone arribaba a Syracuse, que tomó el conocimiento que venía de Europa para establecer una comparativa entre esta tierra del norte de Nueva York y una pequeña localidad de la isla de Sicilia, para dotarle de un nombre a la nueva tierra descubierta en Norte América. Una llegada que se produjo en 1913, 5 años antes de que la historia del baloncesto profesional cambiase para siempre, sin siquiera haber comenzado a florecer.

Estamos en 1918, cuando un barco llega a Ellis Island, conocida en España como “La Isla de Eli”, lugar de llegada habitual para los inmigrantes que partían de distintos puntos de Europa, y recibían una inscripción previa antes de poder comenzar una nueva vida desde cero. En este barco, que se halla repleto de migrantes italianos, hay muchas familias que, por lo difícil que es la vida en Europa a posteriori de la 1ª Guerra Mundial, tratan de encontrar un nuevo hogar en el que arraigar sus tradiciones y linajes.

Y este es el caso de los Biasone, que llegaban a Estados Unidos con la madre, Bambina, como cabeza de familia. Por ello, cuando se queden atrapados aquí durante varios días de letargo y sopor debido a un brote de gripe que preocupaba a las autoridades norteamericanas y que les hacía pensar en la deportación de los recién llegados, la esperanza no desaparecerá del ánimo de los jóvenes Biasone. Joseph y Danny escuchaban insistentemente a su madre decir que sabía que su padre aparecería, tal y como acabó sucediendo tras unos pocos días que asemejaron ser toda una vida.

Danny, que tenía 10 años cuando llega a Estados Unidos, apenas recordaba a su padre, pues habían estado 5 años sin verle. Entonces, haciendo honor a sus orígenes, se establecen en Syracuse, pues no estaban muy contentos con la idea de vivir en “la gran ciudad” que suponía mudarse a Nueva York. Este rechazo, este recelo, será algo que le acompañará durante toda la vida, y uno de los motivos por los que comenzará a estar ligado, casi 30 años después de su llegada, al baloncesto profesional.

Damos un salto en el tiempo en nuestro DeLorean particular, llegando hasta 1946, año 0 en la relación de Biasone y el baloncesto. Y es que Danny, que había sido una estrella de Instituto jugando de “Quarterback”, nunca se había dedicado al baloncesto profesional, y había tomado caminos en la vida que no estaban asociados al deporte.

Emprender, crecer y convertirse en leyenda

En 1936 compró y abrió un restaurante, y 5 años después se hizo con el local que acabaría transformando en bolera, su verdadero hogar a lo largo de toda su existencia. Y, casi como si estuviera previsto, 10 años después de lanzarse al mundo de las inversiones, realizó una jugada maestra que cambiaría el mundo del baloncesto para siempre. Con 1.000$ en las manos, cantidad que probablemente le costó sudor y sangre ahorrar e invertir, saltó al vacío y le dio a Syracuse lo que le había prometido. Compromiso adquirido tras la negativa de los Rochester Royals de disputar un partido en la localidad de Nueva York, fundando en 1946 los Syracuse Nationals, que entrarían a competir en la National Basketball League.

Esta cifra, la de los 1.000$, que con el foco de la actualidad parece minúsculo, resulta incluso difícil de comprender tras el pertinente cálculo de la inflación que ha habido tras más de 50 años. Y es que esos 1.000$, en 2019, habrían sido una ínfima cantidad de 13.000$, cifra cuanto menos ridícula en comparación con los 2 mil millones que se pagaron por los Rockets o los Clippers hace menos de 5 años.

El nombre, por cierto, de Nationals llegó como otro compromiso a añadir al objetivo de dotar a la ciudad de un equipo profesional del que pudieran sentirse aficionados, propios y orgullosos. Y es que les dio ese apodo pues su primer y único objetivo era hacer campeones -nacionales- al equipo que acababa de fundar. Dándose cuenta años más tarde de que esto no sería posible si continuaban en la NBL, pues era una liga de ciudades y regiones pequeñas, que acabó siendo absorbida por la Basketball Asociation of America (BAA) en 1949, conformando la NBA que conocemos a día de hoy.

Y aunque era consciente del bajo nivel de la competición, pues Lester Harrison -dueño de los Royals- se había encargado de asegurárselo por activa y por pasiva, él decidió continuar en la liga que le había acogido en primer lugar, y aceptar la fusión que se llevó a cabo en el último año de la década de los 40.

El estilo de Biasone a la hora de llevar el negocio era diferente al resto de propietarios. Es decir, muy diferente. Él era de un pequeño pueblo, con pequeñas aspiraciones y negocios a su altura y al nivel de sus expectativas, y por eso siempre se había decantado por Syracuse, por la cercanía de la “familia”. Un lazo que creó con los jugadores que visitaban su hogar. Que tomaban de su comida. Y que formaban parte de su rutina diaria en la bolera o sobre la pista de baloncesto.

Cuentan (Syracuse.com) que cuando Dolph Schayes le reclamó 7.500$ en su contrato rookie las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, pues Schayes estaba llamado a dominar la competición sin miramientos y no podía dejar que Nueva York, la gran ciudad, ese símbolo contra el que siempre había peleado, le ganara la partida. Pero finalmente lo consiguió. Y juntos formaron una pareja que cambiaría la NBA para siempre.

Biasone y su esposa no dejaron hijos, pero sí un legado que no podrá ser borrado ni olvidado nunca. Y Schayes lo sabía. Este es el motivo de que su hijo, Danny, recibiera su nombre. La cercanía en la vida de Biasone lo era todo. Al igual que el baloncesto.

El baloncesto, una especie en peligro de extinción en los años 50

Por ello, cuando entraron en la recién nacida competición que recibió el apelativo de NBA el objetivo continuó siendo el mismo. Y muy cerca estuvieron de conseguirlo en su primer intento, si no llega a ser por el legendario George Mikan. Los Minneapolis Lakers, que habían acabado con el segundo mejor porcentaje de victorias de la competición, pues el primero lo ostentaban los Nationals, llegaban como favoritos tras haber logrado imponerse en la NBL 2 años antes y en la BAA el año previo.

No era para menos. Mikan había conseguido sumar 27 puntos por noche siendo el máximo anotador de los 17 equipos que aquí se encontraban, y estaba bien rodeado de compañeros eficientes como Jim Pollard o Vern Mikkelsen. En cambio, los Nats’ tenían un bloque de buenos jugadores pero Schayes todavía no había explotado todo su potencial de súperestrella.

Y tal y como se esperaba, los Lakers vencieron 4 a 2 en las primeras Finales de la historia de la NBA. Mikan, que llegó a promediar más de 32 puntos durante la eliminatoria, anotó 40 puntos en el último encuentro de la serie, certificando en un partido de proporciones históricas la victoria de su equipo. Y cerrándole las puertas “en la cara” a unos Nationals que ya se habían visto con su objetivo cumplido en la punta de los dedos.

Tras este curso la liga bajó a 11 equipos la temporada siguiente, empezó a perder popularidad y audiencia y los pabellones -o locales “de segunda” en los que se jugara- ya no se llenaban con tal facilidad. Y Biasone tenía la causa, y la solución, con claridad en su mente. El baloncesto se había convertido en un pasatiempo aburrido.

Bases muy bien dotados para el juego, como Bob Cousy o Andy Philip, no hacían más que driblar en los últimos cuartos de los partidos una vez conseguían una ventaja en el marcador, y solamente soltaban la pelota cuando recibían una falta del contrario, y se dirigían a la línea de la personal a agrandar esta distancia a base de tiros libres.

El mejor ejemplo de este problema tuvo lugar precisamente cuando los Minneapolis Lakers de Mikan se enfrentaron a los Fort Wayne Pistons en noviembre de 1950. Este partido, que se saldó con un tanteo mínimo en toda la historia de la competición de 19 a 18 favorable para los de Michigan, solamente contó con 8 tiros de campo anotados en total. Teniendo en cuenta que únicamente había canastas de dos puntos, y que esto confirma que 16 puntos fueron completados en juego… 21 puntos vinieron desde el tiro libre.

Pero este no es el único caso destacable, para mal. Y es que 3 años después, en 1953, con los Nationals y los Celtics como protagonistas, el “aburrimiento” se apoderó de una serie que se presuponía iba a ser entretenida. El partido, que acabó con un Cousy por encima de los 30 puntos solamente desde los libres, tuvo 106 faltas señalizadas y 128 tiros libres intentados. Un año más tarde, como punto definitivo a añadir, Syracuse estuvo presente en otro terrible partido de PlayOffs en el que los tiros libres le ganaron la partida a las canastas 75 a 34.

Biasone, por tanto, sabía de lo que hablaba. Había vivido en sus carnes como propietario el declive de algo que todavía no había acabado de arrancar y que podía vivir un final absolutamente prematuro si no se le ponía una solución de inmediato. Y esa solución era ponerle un “tiempo” a los partidos, más allá de que contaran con su propia duración.

La revolución “italiana” de 1954

El cálculo fue sencillo, o eso le parecía a él, que había visto como a Howard Hobson se le había hecho imposible que le tomaran en serio cuando en Yale propuso que los partidos universitarios recibieran una limitación de 30 segundos por posesión. Danny, que se dio cuenta de que cada partido tenía una media estimada de 120 lanzamientos, introdujo estos 60 tiros por equipo en los 2880 segundos que tenía el partido, dando así con una media de un lanzamiento por cada 24 segundos.

Este cambio, aparentamente sencillo, no gustó entre los “grandes” propietarios, millonarios escépticos que se estaban jugando sus inversiones con un cambio sin precedentes. Pero como no tenían otras opciones, al final acabaron aceptando esta decisión en 1954, pero no sin pelear. Tras la exposición de sus argumentos en la reunión que tenía lugar en Nueva York cada verano, Daniel Biasone se dio cuenta de que sus compañeros todavía no estaban del todo seguros. Esto desencadenó que se realizara una “prueba amistosa” que demostrase el cambio a positivo que supondría esto. Una prueba acabó siendo todo un éxito.

Era 10 de agosto, en Syracuse, y el calor húmedo de Nueva York asolaba como nunca se había visto. Entonces, en el norte de la ciudad, en el Vocational High School, 10 propietarios entraron en un campo en el que había un grupo de 10 jugadores que se someterían a la prueba, y así comprobar cuán efectiva resultaba esta solución. Dolph Schayes y Paul Seymour, integrantes de los Nationals, se encontraban entre estos 10 nombres.

El partido transcurrió rápido, se intentaron muchos tiros, hubo muchas posesiones y, lo más necesario, espectáculo. El encuentro nunca se paró, los jugadores corrían de un lado para otro sin parangón y cuando se acercaban al final de la posesión, el italiano se encargaba de recordar que tenían que efectuar un lanzamiento contando los últimos 5 segundos a voz en grito. Y así consiguió demostrar que era justo lo que necesitaban.

Esa campaña el promedio anotador pasó de 79 a 93 puntos, lo que supuso una mejora del 18%, y la cantidad de conjuntos que sobrepasaron los 100 puntos en la post-temporada se elevó de 3 a 18. 3 años más tarde, todos los equipos promediaban más de una centena de tantos por noche, habiendo sido los Celtics de Red Auerbach los primeros en hacerlo. Un hombre, el verde, que reclamó toda su vida que Biasone debía tener su sitio en el Olimpo de la NBA.

La revolución temporal había llegado, la liga despegó, y el espectáculo no ha decaído desde entonces. Y todo gracias a la idea de un italiano bajito que, tomando las propias palabras del otrora comisionado Maurice Podoloff, es el Santo Patrón de la NBA, pues llegó con una idea única y acabó salvando la competición.

Y como todas las historias, las buenas historias, a Danny Biasone aún le esperaba un logro más, un hecho que acabara de certificar que todo lo que siempre había pretendido había sido logrado. Ya que en la misma campaña en que “su” reloj se implementó, su Syracuse se hizo con su primer y único título de campeones. Al final, los Nationals acabaron haciendo honor a su nombre, y a su hombre, una santidad que salvó la NBA sin pedir nada a cambio.

Fuentes: New York Times / NBA.com / Syracuse.com

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Al Horford, la cuarta hoja del trébol

De las 300 especies de tréboles identificadas, el más famoso es el de las cuatro hojas debido a la anomalía genética que esconde. Y ese ADN es precisamente el que los Celtics tratan de descifrar con Al Horford como el auténtico líder.

jaime.eguen@gmail.com'

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Se dice que la bandera de Irlanda es tricolor debido a que está compuesta por tres franjas cuyo significado es verde simbolizando a los nacionalistas católicos; naranja a los protestantes; y el blanco la paz, que debería reinar entre unos y otros. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en el verde. Cada 17 de marzo – con motivo de la celebración de San Patricio – los irlandeses se reúnen en un día destinado a beber cerveza, realizar llamativos desfiles y lucir ropas de color verde Kelly.

Según cuentan, dicho color evita que los ‘leprachaun’ aparezcan y te pellizquen las piernas en San Patricio. Eso sí, aquí no acaban las historias y leyendas que unen a Irlanda con este color, el trébol de cuatro hojas también tiene un significado místico que une genética, suerte y fantasía. La primera hoja simboliza la riqueza, la segunda es la fama, luego está el amor y por último la salud. Su rareza lo ha convertido en un presagio de buena suerte e incluso como una señal que indica que encontrarás un tesoro. Aunque, su existencia, se debe a un gen muy especial.

Al Horford, una rareza biológica

Hoy en día se han identificado unas trescientas especies de tréboles, una planta que cuenta con el doble de cromosomas que la especie humana. Sin duda, el más famoso de todos estos es el de cuatro hojas, debido a la mística que lo rodea y la complejidad de avistar uno. La estadística dice que, por cada 10.000 tréboles, hay uno que tiene un folio más. Una excentricidad botánica que reside en una mutación genética, concretamente en el gen PALM1, que es bautizado como el “gen de la buena suerte”.

Abordando el tema que nos trae, los Boston Celtics han encontrado su propio trébol de cuatro hojas. Una anomalía genética al servicio de Brad Stevens y que, año tras año, hace las delicias de los aficionados de los Celtics. Este no es otro que Al Horford, el pívot de origen dominicano que reina en la pintura y es clave en sistema tejido por su entrenador. Estos Playoffs han sido la confirmación (si es que era necesaria) de su figura y han servido para reafirmar su rol en el equipo.

Con los Celtics naufragando en el Este y con un futuro ligado a la incertidumbre, Al Horford ha sido una de las pocas cosas positivas que se llevan de esta nefasta temporada. Con él bien físicamente e imponiendo su ley en el duelo personal, todo es más fácil para el equipo verde. No es un hombre de grandes estridencias, acciones espectaculares o vistosas estadísticas. Horford es un caballero dispuesto a sacrificar todo por el bien común y capaz de realizar concesiones si resultan beneficiosas para el conjunto. Un rol genéticamente extraño de ver y que viene de la mano de una de las mentes más prodigiosas del baloncesto actual.

Al Horford tiene ‘player option’ y podría renunciar a su contrato en el caso de no estar contento con el rumbo que tome la franquicia

De salir de su contrato renunciaría a cobrar $30,123,015

Porque sí, el ‘42’ de los Celtics es la calma dentro de la anarquía, la esperanza en un océano de oscuridad. Para darse cuenta de esto, tan solo hay que echar un vistazo a los Playoffs y entender la coherencia que daba el pívot a cada posesión que pasaba por sus manos. Horford apostó por los Celtics cuando por entonces era complicado y firmó un máximo que fue criticado por muchos, un contrato que se ganó día a día junto con el corazón de la afición de Boston. Muy probablemente, su principal defecto a día de hoy, es que ya tiene 32 años. Una cifra demasiado abultada y que hace realidad las pesadillas de los Celtics.

‘Big Al’, desde los números

Si hablamos de la importancia de Horford en los Celtics, tenemos que trasladarla tanto al apartado ofensivo como defensivo. Este año ha promediado 13.6 puntos, 6.7 rebotes y 4.2 asistencias, números que te pueden resultar indiferentes pero que van mucho más allá. Analizar el rendimiento de Horford desde un punto de vista estadístico tradicional, es parecido a vislumbrar un paisaje sin abrir la ventana.

La salud no ha sido su mejor aliado esta temporada, pero en los 29 minutos por encuentro que ha jugado esta ‘regular season’ ha tenido un ‘Net Rating’ de +6.3. Llevando a los Celtics a obtener con él en pista un 111.8 de ‘Offrtg’ y un 105.5 en el defensivo. Durante los 68 partidos que ha jugado esta campaña, los rivales han visto cómo sus promedios ofensivos bajaban cuando se encontraba en pista.

PlayoffsOffensive RatingDefensive RatingNet Rating
On Court102.798.8+3.9
Off Court87.3102.5-15.2

Tal y como muestra la tabla de arriba, su salida en cancha durante estos Playoffs se traducía en debacle y hundimiento por parte de los Celtics. Un equipo que ha pagado de manera evidente las desconexiones (especialmente en el tercer cuarto). Una tendencia que han seguido durante todo el año y, como suele ser en estos casos, se ha hecho más visible en los Playoffs.

Más allá de las cifras

Por otro lado, analizar el rendimiento de Horford solo enfocándonos en los números sería incorrecto. El pívot tiene cualidades que lo convierten un jugador muy especial, una de ellas –posiblemente la favorita de Brad– es su versatilidad. Su capacidad para defender múltiples posiciones y frenar a jugadores que lo sacan de la pintura, lo convierten en el ancla defensiva del sistema de Stevens. Todo esto sumado a una buena lectura de ayudas y destreza a la hora de hacer correcciones.

Repasando los partidos contra Philadelphia vemos como Embiid sufre de manera muy considerable cuando el ’42’ se queda con él. El ‘Defensive Rating‘ de Boston en los enfrentamientos directos contra Sixers, cuando Al Horford está en pista, es de 102.8 puntos por cada 100 posesiones. Un adversario que esta temporada está promediando 111.5 de ‘Offrtg’ y que (contra Celtics) baja a los 103.4 puntos. Dicho ‘center’ con el tren trasero de un alero, con una capacidad para defender al poste prodigiosa y catalizar la defensa de los Celtics.

Pese a esto, su impacto no solo es visible en defensa, en ataque también desarrolla un papel fundamental. Con él en pista la circulación ofensiva de los Celtics goza de mayor salud y su visión de juego le permite ofrecer soluciones a sus compañeros. Es común verle involucrado en jugadas de ‘pick&pop’ u organizando el ataque desde la cabecera de la bombilla. El año pasado, Tatum y él, mostraron una gran química en ataque y con Irving ha tenido instantes de lucidez ofensiva. Sorprende las pocas veces que este año hemos visto a ‘Al’ y a Hayward ejecutar jugadas de ‘pick&roll’, una combinación que podría haber dado buenos resultados.

Todo esto no fue suficiente para doblegar a unos Bucks que fueron claramente superiores a los Celtics. Un 4-1 que sentó como una losa y despertó muchos fantasmas en el TD Garden, no solo por la derrota, sino por la imagen que dio la plantilla. Un vestuario con problemas y que no supo remar hacia un mismo sentido. Al Horford afrontará la próxima temporada con 33 años, pero antes deberá decidir si mantener su contrato o buscar una vía más sencilla hacia el Anillo. Las declaraciones que hizo acerca de su futuro tranquilizaron a la comunidad y todo hace pensar que seguirá, la gran duda es acerca de quién le acompañará. Además, este muy posiblemente sea su última gran firma en la NBA y cuesta pensar que renuncia a semejante cantidad de billetes.

Al Horford es un trébol de cuatro hojas que brilla en el TD Garden, sin él es complejo imaginar el futuro de la franquicia. Un equipo que tiene que aprovechar los últimos coletazos de una carrera marcada por una anomalía genética que lo han convertido en una figura tan especial. Aunque –como se suele decir por la ciudad de Boston– “It’s not luck’. Lo que está claro es que, el verdadero tesoro, es haber encontrado a ‘Alfredo’.

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Perfiles NBA

Joe Fulks: una leyenda marcada por la II Guerra Mundial

La pequeña Murray State, hoy en boca de todos por Ja’ Morant, es una de las universidades más longevas de la historia. De allí salió una leyenda tardía que interrumpió su formación para unirse a los marines.

maanuf96@gmail.com'

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Carlisle Cutchin, 1925. Una época que se podría catalogar como “basket primitivo”, cuando menos, pero que nos dejó al encargado de instituir uno de los primeros proyectos ambiciosos en el baloncesto. Un estamento deportivo que albergaría sus inicios en Wilson Hall, un lugar que puede pasar desapercibido en el imaginario del lector, pero que fue el primer hogar de uno de los mejores programas de baloncesto universitario que se han conseguido prolongar con el paso de los años. En 1926 este recinto tuvo la suerte de ver nacer a un equipo que ha ido forjando una leyenda sobre su nombre hasta la actualidad, casi un siglo después. Ese conjunto son Los Racers, un claro ejemplo de rozar la gloria desde la humildad.

En Murray State, desde su fundación hasta 1941, fue Carlisle quien estuvo a las órdenes de la que se convertiría en su obra maestra. El entrenador, que solamente había vivido de primera mano la disciplina del fútbol, tuvo una época brillante en el deporte de la pelota naranja y fue fundamental para poner en el mapa a esta universidad.

El legado del coach también quedó reflejado numéricamente con 307 victorias y 106 derrotas, el mejor registro en todos los deportes que dirigió. El entrenador, natural de Calloway County, tiene a día de hoy numerosos récord de la universidad, como el mejor inicio de temporada con 19 victorias y una sola derrota, que llegó además en un apretado encuentro que enturbió una racha impoluta.

Mountjoy a las órdenes del banquillo

Rice Mountjoy había sido director atlético pero en 1941, cuando el mítico Cutchin abandonó el baloncesto para dedicarse al béisbol, fue reclamado para reemplazarle en el banquillo. Este nuevo entrenador llegaría con un gran talento debajo del brazo y muchas ideas para este equipo. El segundo nombre propio, tras el coach, fue el de Joe Fulks. Este jugador nacido en Kentucky estuvo dos temporadas entre las filas de la que se conocía en aquel momento como Murray State Teachers College.

En los dos años de Joe como universitario, solamente uno estuvo dirigido por Rice, dado que tras finalizar el curso decidió emprender una aventura hacía la escuela secundaria de Augusta Tighman. En aquella temporada aún mantendrían el tipo, con 18 triunfos y 4 derrotas. El juego que intentó establecer Mountjoy fue algo diferente a lo que se acostumbraba a ver en esa categoría no profesional.

El técnico tenía en su pizarras jugadas muy físicas que utilizaban como arma principal la fuerza bruta de algunos de sus jugadores. Otros instructores se aferraban a la expresión “más vale maña que fuerza”, pero Rice confiaba en sus ideales. En esos sistemas basados en el juego atlético salió un diamante en bruto que propuso algo diferente. Fulks, aparte de adaptarse a lo que le pedía su entrenador, fue el precursor del tiro en suspensión.

El año de Fulks con Miller

John Miller había sido un jugador de Murray, pero realmente nunca terminó de destacar sobre la pista aunque tuviera una buena forma de entender el deporte. Fue esto lo que le llevó hacía ser el relevo de Mountjoy y el nuevo instructor de ese tirador que había causado tendencia con su mecánica de tiro. El cambio de hombre a las órdenes del vestuario sirvió para darse cuenta del valor real de Fulks.

Con Miller a las riendas solamente firmaron una temporada para el recuerdo de las varias que estuvo allí, y no fue casualidad que coincidiera con el power forward. El impacto de Joe seguía creciendo hasta el punto de mejorar el balance de victorias de su primera season y quedar cuarto en el Torneo Masculino de la primera división de NAIA.

La carrera de Fulks parecía ir en trayectoria ascendente. Un joven chaval que había dominado en la liga universitaria durante dos temporadas y lo mínimo que se esperaba era verle con una elástica de la NBA o BAA en aquella época. El giro de la historia llegó cuando al finalizar el curso donde luchó por ser campeón dejaría de lado el baloncesto para ocupar una profesión distintas unos años.

Adiós a las pistas y hola a las trincheras

En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, por su atletismo y capacidades mentales fue inducido a alistarse como marine en mayo, poco después de haber sido baloncestista semi-profesional. Joe fue introducido en el 3er batallón de la novena infantería, que ya existía desde la Primera Guerra Mundial, pero había cesado en sus operaciones una vez finalizado el primer conflicto.

Fue en febrero, cuando Fulks disputaba la temporada regular con Murray, cuando se reactivó este cuerpo militar. Una de las primeras paradas fue en Cape Paerata (Nueva Zelanda) en 1943, aunque no fue hasta al incursión de Iwo Jima donde realmente destacó este escuadrón de la Marina durante la Guerra del Pacífico.

Mientras Joe luchaba por la bandera de su país no se habían olvidado de su estancia en Murray St. Con el ex-jugador entre las trincheras, su camiseta con el dorsal 26 se colgaba en lo alto del pabellón. Este acto simbólico fue el único momento de relación con el baloncesto mientras era un soldado, pero realmente lo que él quería era volver a disputar otro tipo de guerras donde no había armas sino un balón naranja que rebotaba sin hacer daño a nadie.

NBAE

Jugar al baloncesto no se olvida

Estar en un altercado político-miliar no había hecho olvidar a Fulks cual era su objetivo, ser un profesional del deporte que tanto había amado. En 1946, ya con 25 años, tuvo la oportunidad de firmar con los Philadelphia Warriors, una franquicia que siempre recordará las temporadas que vivieron con el ala-pívot entre sus hombres.

Pese a haber dejado de lado el basket, su regreso no dejó indiferente a nadie en la BAA. Siendo un rookie su huella se empezaba a grabar en la historia de la liga, puesto que anotando 23’2 puntos de media fue el máximo potencial ofensivo. Las ganas por regresar a esta disciplina le armaron de fuerzas para liderar a sus Warriors a conquistar el anillo de 1947.

Desde el año del campeonato hasta 1949, Joe se volvió un fijo en los mejores quintetos de la competición. El parón en el que cambió la pelota por el arma de fuego pareció que jamás existió dado que había vuelto mejor que nunca y rompiendo las expectativa que tenía puesta cuando jugaba en Murray St. La sensación fue de que entre las barricadas dedicó gran parte de su tiempo a perfeccionar sus habilidades baloncestísticas durante todos los ratos libres, y quien pensara eso no se equivocaba.

Petey Rosenberg, un miembro del equipo de Gottlieb en los viejos Sphas, fue quien le habló a Eddie Gottlieb, quien dirigía a los Phila de aquella época, sobre un soldado al que había visto jugando a baloncesto con unas cualidades maravillosas. En Pearl Harbor fue donde nació la oportunidad de Fulks para ir a cumplir “el sueño del jugador de baloncesto americano”. Su primer contrato fue minúsculo, por no decir testimonial, y es que cobró 5.000 dólares al año. Esta cifra le pareció poco y pidió 8.000 dólares, algo que asustó un poco a la directiva del equipo y obligó al jugador a trabajar duro para conseguir el trozo gordo de pastel con el tiempo tras esa poca confianza en su llegada a la profesionalidad.

El resto ya es historia del baloncesto. Esas noches de anotaciones por encima de los 60 puntos como el 10 de febrero de 1949 con un partido de 27 tiros de campo y 9 tiros libres anotados haciendo un récord que estaría años intacto. En esta velada anotó 63 puntos, con 30 de ellos antes del descanso, siendo un récord hasta que Elgin Baylor le superó el 8 de noviembre de 1959.

Una vez retirado del deporte, Joe se dedicó a ser director de recreación en la prisión del Estado de Kentucky. Su novia y él vivían tranquilamente en el Condado de Marshall hasta que el 21 de marzo de 1976 cambiara su suerte. Después de sobrevivir a una guerra, literalmente a una guerra, murió irónicamente a disparos por el hijo de su compañera sentimental en mitad de una discusión. Se podría que decir que… ¿Quién a hierro mata a hierro muere?

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SKYHOOK #16

 

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