fbpx
Síguenos también en...

Reflejos

Russell más allá de Russell

Jaco1978@hotmail.com'

Publicado

-

La foto de Bill Russell arrodillándose con la Medalla Presidencial de la Libertad, otorgada por Barack Obama en 2011, como muestra de apoyo a los deportistas profesionales estadounidenses que han optado por realizar el mismo gesto mientras suena el himno de su país, no es sino una muestra más de un compromiso con los derechos humanos por parte de la gran leyenda celtic, quien siempre se ha revelado activo en la defensa de los mismos. Lo extraordinario de este caso es, precisamente, que al tratándose del mítico ex-jugador,  no lo es tanto. Quiero decir, lo extraordinario, siendo Bill Russell, es habitual.

Para explicar qué tipo de hombre es Bill Russell recurro al libro “The Crossover: A Brief History of Basketball and Race, from James Naismith to LeBron James”, de Doug Merlino, quien dedica al auténtico Señor de los Anillos (11 como jugador y 2 como entrenador) un capítulo donde pone en relieve la figura de Russell más allá del baloncesto. Una vez releído, podemos dar algunas pinceladas que nos ayudarán a descifrar al mito.

Nacido en West Monroe (1934), Russell vivió en sus carnes una época en la que ser negro limitaba tu progreso. Creció siendo testigo de la segregación racial en el sur del país, cuando un linchamiento en Luisiana, por ejemplo, no era noticia. Los recursos en la familia eran limitados y llegaban a través del padre de Bill, quien trabajaba de sol a sol en una fábrica de papel. Contando el chaval con apenas nueve años, el clan Russell hizo las maletas, justo recién comenzada la Segunda Guerra Mundial, rumbo a los astilleros de Oakland, donde se decía que había trabajo mejor remunerado.

Pese a que Oakland no era el sur, tampoco podía hablarse de entorno idílico. A medida que los inmigrantes negros se movían hacia el oeste de la urbe, los blancos hacían lo propio en otras direcciones, provocando con ello que se mantuviera una línea diferenciadora entre razas. A concluir la guerra, en 1945, el padre de Bill perdió el trabajo en los muelles. El desempleo propició un estancamiento económico global y la tensión racial iba en aumento. Sin ingresos, la familia Russell cayó en la pobreza. Y apenas un año más tarde, la madre de Bill fallecía tras una fugaz enfermedad. La muerte de su progenitora marcó al joven. Desconfiado y tímido, se escondía en la Biblioteca Pública, donde pasaba la mayor parte de su tiempo leyendo.

El baloncesto no fue pieza importante de su vida hasta su último año en la escuela secundaria, momento en el que pegaría un estirón notable, pasando de los 1,78 metros a los 1,96. Su cuerpo aún no está preparado para marcar diferencias, pero su mente iba por delante del resto. Su capacidad de intuición y lectura del juego le daban ventaja. Russell comenzaba a aplicar nuevos recursos en defensa, provocando faltas en ataque constantes y midiendo el timing de salto para taponar tiros rivales. Sus entrenadores, anclados en modelos tradicionales, se mantuvieron contrarios en un principio, pero los registros de Bill fueron una baza demasiado poderosa y acabaron cediendo ante la capacidad del jugador. Un ojeador de la Universidad de San Francisco, que en un principio había acudido a ver a un compañero de Russell, sí que adivinó desde el primer momento que estaba en presencia de un baloncestista con un talento único. Así, le fue concedida una beca para ingresar en el centro. En realidad fue única que le ofrecieron. Bill, en sus memorias, lo recuerda así: “Una escuela pequeña que nadie pudo encontrar. Un tipo alto al que nadie más quería. Para mí se trataba de una belleza extraña. La universidad”.

Para Russell, más allá de la oportunidad de estudiar una carrera, la universidad era además un escenario ideal para escapar de la pobreza, del racismo. Estaba en 1952 y comenzaba a forjar su propio destino. Además, sin que nadie aún lo supiera, el del nuevo baloncesto moderno.

En 1950, Earl Lloyd, Nat Clifton y Chuck Cooper se habían convertido en los primeros jugadores negros de la NBA. Sin embargo, la integración a nivel profesional costosa. No existía un talento que sobresaliese, una verdadera estrella de raza negra. Pero Bill Russell estaba llegando.

En la Universidad de San Francisco nuestro protagonista terminaría de explotar. Cercano ya a los 2,10 metros de altura, su estilo defensivo, agresivo y móvil, y su capacidad para lanzar el contraataque con un primer pase tras rebote, supusieron una revolución en el juego. Alcanzado 1954, Phil Woolpert, entrenador jefe de la universidad, formaba con tres afroamericanos en su quinteto. KC Jones y Hal Perry salían de inicio junto a Russell. Jamás se había visto algo así antes. El equipo, a partir de la defensa de Bill, ganó los campeonatos de 1955 y 1956. Russell terminaría su carrera universitaria con promedios superiores a los 20 puntos y otros tantos rebotes por noche. La estadística referida a los tapones aún no se contabilizaba oficialmente.

Paralelamente a los logros del grupo en la cancha, el equipo se mostraba solidario fuera de ella. Cuando en un torneo de Navidad (1954) disputado en Oklahoma City, se encontraron con que en la ciudad ningún hotel del centro permitía la entrada a los negros, todos decidieron dormir en una misma habitación. Vacía del todo. Juntos. Y cuando el grupo en dicho torneo saltó a la pista, muchos aficionados les lanzaron monedas. Russell, tomándoselo con humor, recogió el dinero y se lo dio a su coach pidiéndole que se lo guardase. Detalles como estos, o más sutiles, como cuando en 1955 (primer campeonato nacional para la USF, siendo elegido Russell en el primer equipo All-American y habiendo sido designado MVP de la Final Four) un blanco fue elegido Jugador del Año en California, dejaban entrever en qué punto estaba la sociedad de entonces. Justamente ante este último hecho, Russell diría que había comprendido que los negros no iban a ser recompensados con premios individuales, por lo que iba a centrarse en ganar con sus equipos.

Vaya que si lo hizo. Como nunca antes nadie pudo. Como jamás se ha vuelto a ver. En trece años en la liga, los Celtics colgaron once banderas de campeón en el Garden. En unos años en los que Wilt Chamberlain (amigo personal, por cierto) estaba llamado a reventar registros, Bill supo cómo minimizarlo en sus duelos directos. Su convicción era absoluta. Ganar cada partido como misión. Y para ello, haciendo lo que necesitasen los suyos.

A comienzos de los años 60 en la NBA ya había un gran número de jugadores negros que, además, eran reconocidos como estrellas. Aparte de los anteriormente mencionados, Oscar Robertson o Elgin Baylor representaban a un colectivo que hasta entonces no había tenido tanta repercusión. “Es la primera vez en cuatro siglos que el negro americano puede crear su propia historia. Ser parte de esto es una de las cosas más significativas que pueden ocurrir”. Palabra de Russell. Estaba llegando la era de los Derechos Civiles.

Aunque no solo el baloncesto era plataforma. Durante los 60 Muhammad Ali se convirtió en un símbolo, tras negarse a entrar en el ejército. Ello le costó tres años y medio de suspensión de licencia como boxeador. Y actos como los de Tommie Smith y John Carlos en los Juegos Olímpicos de México, en 1968, enorgullecían a una raza oprimida históricamente.

El camino de Russell estaba en sintonía. Al llegar a la NBA denunció la limitación de jugadores negros en la competición. Y siguió su curso a medida que pasaban los años.

En 1959, mientras el movimiento de descolonización se expandía por África, viajó a Etiopía, Libia o Liberia. En Etiopía pudo hablar con el emperador Haile Selassie. Pero grabado en su memoria queda un episodio vivido en un aula de Liberia. Cuando un estudiante le preguntó por qué estaba allí, Bill respondió: “Vine aquí porque creo que en algún lugar de este continente está mi hogar ancestral. Vine porque estoy atraído, como cualquier ser humano, por la tierra de mis antepasados”. Los presentes se levantaron y le brindaron una atronadora ovación. Russell no pudo contener las lágrimas. Un hombre que había alcanzado la fama y poseía los medios para poder hacer casi lo que quisiera, se desplazó a África para buscar sus raíces. Se trataba también de un viaje simbólico que casi ningún afroamericano podía permitirse. La búsqueda del comienzo.

En 1961, los Celtics iban a disputar un partido de exhibición en Lexinston, Kentucky. Ante  la negativa de un restaurante a sentarlos, los de Boston boicotearon el encuentro, cuando lo habitual era que los atletas no se manifestaran.

En 1963, tras el asesinato de Medgar Evers (líder activista de Derechos Civiles) en Jackson, Russell voló para dirigir la creación de las primeras canchas integradas de baloncesto de la ciudad.

(Foto: Bettmann/CORBIS)

Pero la personalidad de Russell era un tanto áspera. Recuerdo leer en “101 historias de la NBA”, de Gonzalo Vázquez una anécdota de su primer año en Boston. A la salida del Garden, un aficionado detuvo a Red Auerbach, quien caminaba a su lado para solicitarle un autógrafo. Tras no prestarle demasiada atención a Russell, finalmente se dirigió también a él: “Aquí. Tú también”. La respuesta fue contundente: “¡Una mierda! ¡A mí no me hables así! ¿Te enteras?”. Y se alejó del técnico y el seguidor celtic. Russell era franco y reflexivo, pero también intransigente. Pensaba que no debía nada a los aficionados y jamás ocultó su creencia de que Boston rebosaba fanatismo. La realidad es que sus ideas eran fundadas: un día, alguien entró en su casa, pintando las paredes con frases racistas y defecando en su cama.

En 1966, Auerbach se hizo a un lado. O mejor dicho, se hizo arriba. Ocupó un despacho y Russell se convirtió entonces en el primer head coach negro de la liga. A finales de los 60 aumentaron los disturbios en las grandes urbes norteamericanas. La guerra de Vietnam, los asesinatos de Bobby Kennedy y Martin Luther King, Jr. le hicieron valorar si el baloncesto era acaso más importante que todas aquellas cuestiones que tenían que ver con su comunidad y lo que venía a ser su implicación para con la misma. “Hacemos héroes a atletas por golpear o coger una pelota. Los únicos atletas a los que debemos calificar así son aquellos como Muhammad Ali, a quienes podemos admirar por cómo son realmente, más allá de sus habilidades técnicas deportivas”.

En 1969, Russell ganaría su último título con los Celtics, de la mano de Sam Jones y Havlicek, tras una dura serie de siete partidos ante los Lakers de Chamberlain, Baylor y West. Concluido el último duelo, Russell se marchó, manteniéndose alejado de Boston durante décadas. Para entonces el baloncesto profesional había evolucionado y la NBA estaba compuesta mayoritariamente por jugadores negros. Russell también se había transformado, en un trayecto que le llevó desde la pobreza rural en Luisiana hasta ser el mayor coleccionista de trofeos de la historia de este deporte.

Cuando Bill Russell comenzó a jugar al baloncesto, los negros estaban en las sombras. Cuando lo dejó, estos brillaban, por fin, con luz propia. Russell fue, es y será baloncesto. Pero Russell es, fue y será mucho más. Un ejemplo de compromiso. Un ejemplo de dignidad. Un ejemplo en sí mismo.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading
Deja tu comentario

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

Publicado

-

“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Reflejos

El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

Publicado

-

Andrew D. Bernstein/NBAE via Getty Images

Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Getty Images

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero con el mítico pívot, nada era nunca sencillo.

juanluis_num7@hotmail.com'

Publicado

-

Wikimedia Commons

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

Suscríbete a nuestra lista de correo y no te pierdas nada de SKYHOOK. Greg Ostertag ya lo ha hecho, y no vas a ser menos que Greg. ¿O sí?

Continue Reading

SKYHOOK #16

 

Dossier Gigantes: pasado, presente y futuro de una profesión en peligro

De toscos gigantes a hábiles figuras capaces de hacer casi todo dentro de una pista. La figura del pívot marca el ritmo de su deporte y condiciona épocas, estilos y recuerdos, y a través de ellos viajamos en una travesía de casi ochenta años en el tiempo.

Ya a la venta en papel y digital 

RESUCITA A TUS MITOS

Publicidad

Quinteto Ideal