fbpx
Connect with us

Reflejos

El último año de Pau en Memphis: un grito al socorro

Publicado

el

Tocar techo. Esa sensación de haber llegado tan lejos como podía y que ya nada le iba a permitir volar más alto, porque ni el motor de la nave daba para más, ni era posible traspasar ese límite que parecía fabricado a base de grafeno. No. Los Grizzlies de Pau Gasol, conocidos como tal, no tenían más recorrido.

Tal vez porque por aquel entonces Josef Ajram no era famoso, tal vez porque en realidad sí existen los límites, esa era la sensación de Pau. La suya y la de todo el mundo, sensación que se iría convirtiendo en realidad conforme se sucedieran los resultados.

Lo cierto es que había sido un más que digno trayecto. Grizzlies, Pau Gasol y también la ciudad de Memphis habían crecido de la mano. Era 2001 cuando la franquicia del oso dejaba la canadiense y gélida Vancouver para trasladarse a Memphis, cuna del rock and roll y cuidad a caballo entre las profundas costumbres sureñas y el cosmopolita estilo de vida de unos estados más al norte, donde lo más parecido a un grizzly que se podía encontrar por allí era un mal imitador de Elvis.

Musicalmente era una de las urbes más ricas de Estados Unidos, donde habían sido artísticamente criados personajes de la talla de Johnny Cash, B.B. King, Aretha Franklin o el propio Elvis Presley, cuya tumba es una de las grandes atracciones de la ciudad. Sus restos no descansan allí, pero el suelo de Memphis también fue el último que pisó otra figura clave en la historia estadounidense, Martin Luther King. A nivel cultural había poco que discutir a la ciudad más poblada del estado de Tennessee, pero deportivamente no era más que un cero a la izquierda, sin ningún equipo que representara a Memphis en ninguno de los principales deportes del país.

Para dar ese salto deportivo llegaban unos Grizzlies que no solo dejaban Vancouver, también traían significativos cambios deportivos con la salida de Shareef Abdur-Rahim, máximo anotador histórico de la joven franquicia por aquel entonces y que había pedido el traspaso a mitad de la pasada temporada en vista de que Vancouver no parecía el destino más atractivo para los agentes libres más codiciados, ni si quiera para las futuras estrellas (Steve Francis, número 2 del Draft de 1999 por los Grizzlies, se negó a jugar allí hasta salirse con la suya y ser traspasado a los Rockets antes del comienzo de su temporada rookie), y de que en Memphis la cosa tampoco pintaba a mejor. Deseo concedido. Abdur-Rahim partiría hacia Atlanta la misma noche en que los Hawks seleccionaban a Pau Gasol como número 3 del Draft de 2001, una elección ya pactada de antemano por el traspaso. No cambiaría mucho la situación para Abdur-Rahim, que seguiría sin aspirar a cotas más altas como equipo (jamás pisaría los Playoffs como miembro de los Hawks, disputando únicamente una primera ronda en 2006 como jugador de rotación de los Kings), pero que en 2003 obtendría su única selección para un All-Star Game, el acogido precisamente por Atlanta, y tampoco para los Grizzlies, que en su primera temporada en Memphis repetirían idéntico récord de 23 victorias y 59 derrotas al de su último año en Vancouver, pero el futuro pintaba de otra manera con aquel espigado español.

A partir de ahí, la historia la conocemos todos. Sobre todo sus grandes luces, y cómo un sólido núcleo de jugadores con Pau Gasol a la cabeza logró convertir a los Grizzlies en una franquicia ganadora, llegar por tres años seguidos a los Playoffs entre 2004 y 2006 y mandar por primera vez a un jugador al All-Star Game (¿hace falta decir quién?). Sin embargo, algo fallaba. O, mejor dicho, no podía funcionar mejor. Las tres apariciones en Playoffs se habían saldado con idéntico resultado: un doloroso barrido y para casa. Era verano de 2006 y algo debía cambiar.

Pero no cambió mucho. Al menos a nivel estructural hubo pocos cambios, pero una de las pocas salidas fue muy dolorosa para Pau, la de su mejor amigo en Memphis Shane Battier, traspasado a los Rockets. En el baloncesto de selecciones, Pau tocaría el cielo con el Mundial de Japón, pero el oro de España vino después de la fractura del quinto metatarsiano de su pie izquierdo, una lesión que le alejó durante más de tres meses de las canchas de juego, cuando el récord de los Grizzlies ya era de 5-17 y a Mike Fratello le quedaban dos siestas en un equipo desangelado y que veía cómo la afluencia de público al FedEx Forum descendía de manera alarmante.

Foto: Lance Murphey

Chicago Bulls, coitus interruptus

Nos situamos en el invierno de finales de 2006 y principios de 2007. Como en todos los casos en que una franquicia pega un evidente bajón respecto a pasadas temporadas, y con el acercamiento del siempre excitante cierre de traspasos, los rumores en cuanto a la salida de los mejores jugadores del equipo se disparan. En este caso, el río sonaba porque efectivamente agua llevaba. Pau Gasol había pedido el traspaso a la gerencia de unos Grizzlies que no tenían claro ni qué iba a ser de ellos. Con una imagen de franquicia moribunda, su propietario Michael Heisley ya los había puesto en venta y Jerry West, general manager, estaba ya planeando cómo salir de allí.

A los 26 años de edad, y después de seis temporadas haciendo crecer a la por entonces peor franquicia de la NBA, que estaba tomando camino de volver a ostentar dudoso honor, la petición parecía más que comprensible. Pero no todo el mundo en Memphis quiso entenderlo así, y desde entonces pitos y aplausos se dividirán en la grada del FedEx para recibir al español, que a cada día que pasaba escuchaba menos palmas y más improperios. Hasta un mediocre locutor de radio local, de nombre Chris Vernon, le compuso una canción, Oda a Pau, en la que se preguntaba “¿quién quiere a un español llorón?” o sacaba sus vergüenzas a pasear, denunciando que “solo juega bien la primera mitad” o que “defiende clavado en el barro”, sin dejar de lado la descalificación, llamándole “mercenario”, o entonando en castellano que “me gusta el baloncesto, no me gusta Pau”.

Aunque decía aceptar que la gente le culpara a él de la mala marcha de un equipo al que se había incorporado con, recordemos, un récord de 5-17 y un enrarecido ambiente en el vestuario, estaba claro que sus días en Memphis estaban contados.

Su más firme postulante, unos nada disimulados Chicago Bulls en los que John Paxson, general manager, enardecía los rumores diciendo que “necesitamos a un jugador como Pau, con su versatilidad y habilidad para anotar en la zona” y que era “obvio que necesitamos un ‘cuatro’ anotador”. Su encaje en el equipo de la ‘Ciudad del Viento’ parecía perfecto, pudiendo hacer pareja interior con el físico y defensivo Ben Wallace, y hasta Jerry West admitía haber tenido “una conversación breve” con los Bulls, pero que no llegó a más porque, al parecer, los de Tennessee pedían demasiado –se habló de una solicitud en la que West pedía a al menos dos de entre Luol Deng, Kirk Hinrich, Ben Gordon y Andrés Nocioni-. Deng y Nocioni eran intocables, y Hinrich y Gordon aún estaban lejos del desplome con el que recordamos hoy día sus carreras.

Los Bulls no fueron los únicos que hicieron descolgar el teléfono a los Grizzlies, y desde una Conferencia Este muy abierta los candidatos se sucedían. Los que más en serio parecieron ir además de los Bulls fueron los Nets, de los que se rumorea que hicieron una “buena oferta” que estuvo cerca de convertirse en algo más, pero en Memphis pedían “uno o dos jóvenes con contratos pequeños y otro cuyo gran contrato expire en junio”, según palabras de su propio general manager Rod Thorn, pero las inoportunas lesiones de Nenad Krstic y Richard Jefferson paralizaron todo hipotético movimiento.

También unos Celtics con muchas ganas de cambio –habían puesto el cartel de ‘disponible’ a todos  sus jugadores menos a Paul Pierce-, pero las conversaciones no parecieron llegar muy lejos y Boston tampoco parecía el mejor destino viendo cómo los verdes se hundían en la Conferencia Este justo antes del verano en que llegaran Kevin Garnett y Ray Allen. Quien ejercía funciones de general manager en aquel momento en los Celtics, por cierto, no era otro que Chris Wallace, que aquel verano cambiaría Boston por Memphis para ser el hombre que finalmente traspasara a Pau.

Pero nada. Nada de nada. El mercado cerraría puertas y Pau seguiría en Memphis. Pasada tanta especulación, incluso Paxson se atrevía ahora a decir que “honestamente, nunca estuvo cerca de venir”. No hubo manera de que los Bulls soltaran a Deng, pieza indispensable que quería en el retorno de la operación West desde Memphis. Con el cambio total de escenario, y a pocos meses de dejar su cargo, lo que ya era un secreto a voces, Jerry West parecería reírse del mundo entero desde su categoría de ‘Logo’ diciendo que “no me extrañaría que Pau acabase su carrera en los Grizzlies”. El billete para ello, que los Grizzlies siguieran de fango hasta las cejas hasta el final de temporada y obtuvieran un buen puesto en la lotería de un Draft de 2007 donde Greg Oden y Kevin Durant prometían un futuro brillante a cualquiera fuese la franquicia que les escogiera. No hubo suerte, y Memphis se tuvo que conformar con una cuarta posición con la que eligieron a Mike Conley, convertido hoy día en todo un símbolo de la franquicia.

De todas formas, aunque Oden o Durant hubiesen dado con sus huesos a orillas del río Mississippi, a Pau no le hacía excesiva gracia meterse de lleno en una nueva reconstrucción. Él ya había sido ‘lottery pick’, así que sabía de lo que hablaba cuando en los meses previos ya advertía que había que “mirar la historia de otras jóvenes estrellas. ¿Cuál fue su impacto los dos primeros años? ¿Marcaron diferencias? Todos pasamos por un proceso de aprendizaje y ajuste a la liga, no importa quién seas”, se despachaba, dejando clara su postura, que a punto de cumplir 27 años, la mejor edad de un deportista por combinación de estado físico y mental, no contemplaba escenarios donde los éxitos se marcaran en el largo plazo.

Foto: Joe Murphy / NBA

Una segunda oportunidad a Memphis

Si no podían traspasarle, en Memphis al menos tratarían de mantener contenta a su estrella durante el tiempo en que siguiera siendo grizzly. El de 2007 fue el verano en que Juan Carlos Navarro se animó a probar en la NBA, obteniendo los Grizzlies sus derechos procedentes de los Wizards por una pírrica cifra, en consonancia con su contrato. También tomaría el cargo de entrenador jefe Marc Iavaroni, que con una filosofía basada en “dar y recibir amor” (así, tal cual), parecía devolver el ánimo a un Pau cargado de positivismo y con su mejor amigo al lado.

“Cuando hablo con Iavaroni siento que se trata de un tipo positivo, y nosotros no hemos tenido eso los dos últimos años. Antes se sucedían los errores, y yo no me sentía bien”, decía Pau sobre su nuevo entrenador, “una de las razones por las que ahora quiero continuar”. Los elogios entre uno y otro se sucedieron aquella pretemporada de 2007, incluido un viaje a España para jugar contra el Unicaja en Málaga y el Estudiantes en Madrid como parte del NBA Europe Live Tour. “Lo de Pau es pasión por el triunfo, y quiere saber si la gente que trabaja con él comparte esa pasión”, correspondía Iavaroni como intentando justificar la solicitud de traspaso de un Pau Gasol que era un hombre nuevo. Y sin moverse de Memphis.

Pero algo volvió a fallar. Dejada atrás esa atípica pretemporada, llegado el momento de la verdad las victorias solo llegaban con cuentagotas, y por cada una de ellas había un puñado de derrotas. Los Grizzlies seguían siendo un equipo correcto en ataque, pero también una de las defensas más débiles de la liga, y ese positivismo que parecía haberse hecho con el vestuario no lo hacía tanto con la afición, la penúltima en número. Iavaroni no solo no dio con la tecla para hacer jugar bien a su equipo, que iba a un ritmo mucho más plomizo del prometido, sino que tampoco supo cómo usar a Pau. Le alejó de la pintura y su producción se redujo: en puntos, en porcentajes de tiro y en rebotes. Poco a poco la química en un equipo mucho más joven que el de años anteriores iba desapareciendo.

Esta vez sí

La nueva intentona por que Grizzlies y Pau fueran felices juntos de nuevo resultó ser un desastre, como casi toda segunda parte de una relación, así que los Grizzlies, ahora con Chris Wallace como máximo responsable de su secretaría técnica, decidieron volver a explorar el mercado y conceder a Gasol su antiguo deseo de explorar nuevos y atractivos horizontes, admitiendo él mismo que se había reactivo la posibilidad de una salida declarando que “si Iavaroni y Wallace creen que pueden hacer un buen acuerdo, lo harán”. Los Bulls volvieron a aparecer en escena, pero esta vez había un candidato mucho más serio, que permanecía agazapado desde el año anterior, cuando también habían preguntado por él sin que nadie se enterase: los Lakers.

Mitch Kupchak ya había confirmado la disponibilidad de negociar por Gasol la temporada anterior, y durante el verano de 2007 y 2008 no perdió el tiempo, negociando durante hasta tres semanas por el español con un secretismo absoluto. “Tenía la sensación de que si la operación se retrasaba más de un día todo el mundo lo sabría y los equipos empezarían a llamar a los Grizzlies… con lo que nuestro acuerdo habría muerto. He visto acuerdos así irse al traste, y es frustrante”, desvelaba Kupchak, tan hábil en sus maniobras que ni el propio Pau se lo esperaba.

El intercambio es de sobra conocido. Pau ‘dejaría’ en soledad a Juan Carlos Navarro en su única temporada NBA –a quien si ya le costó adaptarse al estilo de vida americano, ahora le sería más difícil- saliendo hacia Los Ángeles a cambio del infame Kwame Brown –número 1 de su Draft-, Aaron McKie, Javaris Crittenton, dos futuras elecciones de primera ronda del Draft y los derechos por su hermano Marc. Lo que a todo el mundo en la NBA le pareció una broma que quien peor pareció encajar fue Gregg Popovich, entrenador de los Spurs y que ahora tenía en los Lakers unos más que serios candidatos al cetro de la Conferencia Oeste, llegando a solicitar la creación de una comisión de investigación de traspasos en la liga, pudiendo vetarlo si fuera en contra de los intereses generales de otros equipos  por lo ridículo del acuerdo, en referencia al traspaso de Pau Gasol.

Aunque nadie esperara encontrar un pívot de calibre All-Star en Marc Gasol, lo cierto es que el tiempo ha dado un poco la razón por Chris Wallace. Sin embargo, no es algo que le pueda excusar, porque si nadie lo esperaba, podía haber sacado más, y así mismo lo admitía el entonces propietario Michael Heisley: “Quizás nuestra gente debería haber vendido mejor a Gasol, obtener un mejor retorno. Tal vez Chris llamó a todos los equipos de la liga (…). Pero no creo que lo hiciera, debió haberlo hecho”. Por el enorme favor que se hacía a los Lakers, donde el predecesor de Wallace en el cargo de general manager de los Grizzlies, Jerry West, había desarrollado su brillante carrera como jugador, se llegó a rumorear que el plan había sido montado con antelación por parte de West sabiendo que iba a dejar Memphis, aunque Heisley salió al paso jurando que “Jerry no supo nada hasta que estuvo hecho el trapaso”, o, como Kobe Bryant lo denominó, la “donación”.

En todas estas declaraciones, que Heisley realizó a Adrian Wojnarowski en junio de 2008, con los Lakers disputando las Finales de la NBA solo meses después de adquirir a Gasol, no dejó de admitir en todo momento que “no sabía si habían obtenido el mejor retorno posible”. Jé.

En Memphis toda la prensa se echó encima de la gerencia de los Grizzlies, con el Commercial Appeal a la cabeza, y no es para menos. Mientras Pau se quedó a las puertas del anillo en sus primeros meses como Laker, en Memphis sucumbieron hasta un récord de 22-60, el tercero peor de la NBA y que les brindó la quinta elección de Draft de 2008. Escogieron a Kevin Love, pero le traspasarían a cambio de O.J. Mayo, número 3, un jugador que jamás cumpliría con las enormes expectativas que sobre él fueron depositadas –incluida una premonición que le tildaba como ‘el siguiente LeBron James’- y que, después de una cadena de decepciones, se encuentra ahora suspendido por dos años en la NBA por violar el programa antidrogas.

En cuanto a Kwame Brown y Javaris Crittenton, jamás volverían a vestir como Grizzlies terminada aquella temporada. Brown engañó a unos cuantos equipos más en una época en la que la carne de pívot cotiza alto antes de que se le perdiera la pista y Crittenton se encuentra en prisión por disparar desde un coche y causar la muerte a una mujer embarazada. Antes de eso, conocido es el caso de las pistolas en el avión de los Wizards con Gilbert Arenas.

Ese verano de 2008 sería el que Marc Gasol elegiría para dar el salto a la NBA para jugar en una ciudad que conocía muy bien, a donde se fue a vivir cuando su hermano Pau llegó a los Grizzlies en 2001 antes de volver al Barcelona. Lo hizo aceptando una oferta más baja que la presentada inicialmente y después de oficializarse la salida de Juan Carlos Navarro del equipo. Dijo sentir que, a pesar de ello, “era el momento”, y ya tenía a sus padres viviendo allí, pero hay que tener más aspectos en cuenta, sobre todo dos: ese verano fue el desapareció el Akasvayu Girona, donde había cumplido su cesión por dos temporadas del Barcelona, que en ese mismo momento se había deshecho de Ivanovic como entrenador y Zoran Savic como director deportivo, a quienes señalaba por no haber confiado en él, y la incertidumbre que tomaría el nuevo F.C. Barcelona de Joan Creus, que aún se debatía por mantener como entrenador jefe o no al, hasta la destitución de Ivanovic asistente, Xavi Pascual.

Su rendimiento fue positivo desde el principio, salvando los muebles en una franquicia que parecía desmoronarse por completo y con una afición que seguía culpando de sus actuales males a Pau Gasol, que en su primera visita al FedEx como jugador de los Lakers tuvo que soportar un sobrado número de abucheos que no solo irrumpieron en su presentación en el partido, también durante la proyección de un vídeo de agradecimiento por parte de la franquicia en el descanso. “Respeto la reacción de los aficionados, pero no es agradable que te piten cuando siempre lo di todo en el campo y logramos cosas importantes con el equipo”, declaró un Gasol que, a pesar de su característica diplomacia, no podía disimular su tristeza.

Por suerte, el paso de los años ha demostrado lo positivo de la operación para los dos hermanos Gasol, aunque no sería de extrañar que la historia se repitiera ahora con Marc en unos Grizzlies que han perdido a varias piezas clave este verano y no tiene mucho margen de mejora por delante.

Foto: Andrew D. Bernstein / Sports Illustrated

Comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Reflejos

Hijos de un mismo padre

Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las puertas a la América más chovinista. Olajuwon demostró que podía ser el mejor. Y, desde entonces, la historia se escribe sola.

nachoanayac2@gmail.com'

Publicado

el

Wikimedia

Para cualquier entendido de la historia de la NBA, la de los 80 es una década prodigiosa, capaz de resucitar una liga medio muerta y de refinar el baloncesto hasta hacer de él un espectáculo nunca visto antes. De lo que pocos se percataron fue que, al mismo tiempo, la liga abría sus puertas de forma gradual a un mundo nuevo, sentando las bases de lo que hoy es un espectáculo global en el que participan agentes de todos los rincones del planeta.

Si hablamos sobre la “vía africana”, la apertura de puertas de la liga a los jugadores de este continente, probablemente el primer nombre que se nos venga a la cabeza sea el de Manute Bol. Aquel dinka más largo que un día sin pan, delgado como un alfiler y que pasó en unos pocos años de empuñar una lanza en el sur de Sudán a sudar la camiseta de los Washington Bullets. Y sin embargo, no fue el primer africano en la liga. Un año antes de su debut, en 1984, el primer puesto del Draft había extendido la relación de larga duración entre la ciudad de Houston y un nigeriano de nombre Akeem, luego Hakeem Olajuwon. Primero en los Cougars, luego en los Rockets.

Son importantes ambos casos, a pesar de todas sus diferencias de forma y fondo. La llegada de Hakeem a Houston, en 1981, no fue más que una invitación para probar con los Cougars. Incluso, el propio jugador reconocería que nadie de la organización fue a buscarle al aeropuerto y tuvo que coger un taxi. Eran tiempos de un scouting primigenio, cuyo alcance rara vez traspasaba el Atlántico. Las palabras de un amigo o compañero entrenador bastaban para conseguir al chaval en cuestión poco más que eso, una prueba. El resto habría que ganárselo. Y Hakeem lo haría en la pista.

Con Manute, la historia era distinta. Su carta de presentación eran sus 2.31 de estatura, haciendo de él un ejemplar único por el que merecía la pena apostar. Sin conocerle de nada y con solo unos meses de baloncesto organizado a sus espaldas, los Clippers mordieron el anzuelo en 1983. La NBA echó atrás aquella elección en el Draft, que se tomó poco menos que a broma (era la primera vez que el mundo baloncestístico escuchaba ese nombre, altura y peso).

Tuvo que esperar hasta 1985, pero para entonces Manute ya era todo un precursor. Aterrizaba en una liga en la que la llegada de jugadores del otro lado del charco se limitaba al holandés Swen Nater y el islandés Petur Gudmunsson. Ambos, pese a su origen foráneo, de formación americana. Y, para el caso, tampoco contaremos como extranjeros a los nacidos fuera de Estados Unidos, pero criados en el país (Ernie Grunfeld, Kiki Vandeweghe, Dominique Wilkins, Tom Meschery, etc.).

Huelga decir que el experimento africano saldría bien. Olajuwon ganaría dos anillos con los Rockets, a lo que añadir un MVP en la deliciosa temporada de 1994. Bol estiraría al máximo una carrera para la que parecía estar destinado. Porque cuando apareció en escena, vestido de corto, quedó claro que aquel hombre eterno nació para taponar.

A Manute no le enseñó nadie. Solo unos años después de descubrir el baloncesto, lideraba la NBA con 5 tapones por partido, en su primera temporada en la NBA. Y todo lo divertido y carismático de su personalidad, la de un niño grande (muy grande) que a través del baloncesto descubría un mundo donde todo era posible, calaría hondo entre el público americano. Manute Bol, con su condición de experimento, abrió las mentes de la América más chovinista. Mostró que había jugadores por descubrir más allá del Atlántico. Y por eso el imaginario colectivo le sitúa a él como el primero. Porque lo fue.

Durante la siguiente década, la liga fue extendiendo sus tentáculos. Sobre todo hacia Europa, aunque el continente africano también dejaría el hallazgo de un estudiante de medicina en Georgetown, nacido en la República Democrática del Congo y de 2.18 de estatura. En los años de apogeo del fenómeno Manute Bol, John Thompson quiso hacer de Dikembe Mutombo su propio Manute. Y en 1988 arrancaría una carrera que duraría hasta 2009, cumplidos los 43. Mutombo refinaría el rol de especialista defensivo, hasta el punto de ser cuatro veces el mejor defensor de la liga. Pero el congoleño iría un paso más adelante que Manute, siendo también un jugador altamente efectivo en ataque, lo que le valió para participar hasta en 8 ocasiones en el All-Star.

La historia de ‘Los Otros’

También habría proyectos fallidos. Michael Olowakandi, Mamadou N’Diaye, Ruben Boumtje-Boumtje, Pape Sow, DJ Mbenga… Jugadores que, de no ser por aquel NBA Live viejo al que de vez en cuando quitamos el polvo, ni sabríamos de su existencia. Pero el mero hecho de que aquellos jugadores no tan preparados tuvieran su oportunidad constituye un capítulo más de esta historia. Una historia que también dejaría una categoría intermedia entre los Olajuwon o Mutombo y el resto. Porque sí hubo jugadores de cierto éxito.

DeSagana Diop sería el center titular de los Mavericks en sus primeras Finales (2006), codo con codo con Dirk Nowitzki. Ime Udoka (nigeriano, aunque nacido y criado en EE.UU) alargaría siete años su carrera, antes de pasar por España y convertirse en uno de los asistentes más cotizados de la liga. Kelenna Azubuike dejaría ramalazos de anotador total en los Warriors.

Luol Deng, Luc Mbah a Moute, Al-Farouq Aminu, Bismack Biyombo, Gorgui Dieng, el propio Ibaka…los últimos 10 años nos dejan multitud de ejemplos de africanos que se hacen sitio en la liga. Son, en muchos casos, jugadores de formación americana, como prueba de que cada vez hay menos secretos y el talento se capta antes. Pero en la actualidad, incluso, hemos vivido un paso adelante marcado por Embiid y Siakam.

Y es que, si el jugador africano se veía normalmente asociado a un rol de especialista defensivo, o de su potencial se destacaban sus habilidades físicas, los dos cameruneses no van tampoco cortos de capacidades atléticas. Pero hay mucho más. Las tres temporadas de Embiid en la liga son las de una superestrella, capaz de combinar la movilidad de Olajuwon con el rango de tiro de la era moderna, algo imprescindible para jugar en la NBA de hoy día. A Embiid le falta el anillo que ya logró Siakam, aunque de este último aún no se conoce el techo. Su arranque de temporada no deja dudas: es el líder de estos Raptors y así lo atesora su extensión de contrato.

Para cuando llegue la temporada 2023-24, Siakam se embolsará casi 36 millones de dólares. Embiid estrenará ese año un nuevo contrato, quizá superior a los 33 que ganará en la 2022-23. Cifras a las que nunca se acercó Olajuwon y con las que Manute ni siquiera soñó. El sudanés, ya fallecido, cobró un total de 6 millones de dólares en sus 9 años en la liga. Y de entre los muchos africanos que tocan la puerta de la liga destaca hoy su propio hijo. Bol Bol le debe a su padre ese premio genético que le ha llevado a alcanzar los 2.18 de estatura. Pero también esa formación americana que le ha enseñado a jugar como un alero.

La carrera de Bol Bol arrancará en la G-League, una competición de por sí inimaginable en la época de su padre. Competición donde se medirá seguramente a Tacko Fall, el último ejemplar de 2.26 de estatura atado por los Celtics. La figura del senegalés, a pesar de su formación americana, sigue evocando el recuerdo del primer Manute, aquel cuya sola presencia era capaz de encender un pabellón. Y el que ya está en la NBA y disfruta de minutos en los Hawks es Bruno Fernando, el primer jugador de Angola que debuta en la NBA. Quizá ahora Charles Barkley sea capaz de ubicar el país africano en el mapa.

Las puertas de la liga nunca estuvieron tan abiertas. Y la última temporada, donde Siakam (Camerún) logró el premio a Jugador más Mejorado, añadido al anillo que compartió con Masai Ujiri (Nigeria) y Serge Ibaka (Congo) invitan a la apertura. Una apertura iniciada por aquel dinka interminable, que sigue sujetando la puerta desde lo más alto de sus 2.31 de estatura.

Seguir leyendo

Reflejos

Redención en púrpura y oro

A Magic Johnson aún le quedaba una última bala. La amarga derrota contra los Rockets el año anterior había puesto en jaque un proyecto que parecía acercarse a su fin.

juanluis_num7@hotmail.com'

Publicado

el

Getty Images

El planeta basket aguardaba ansioso la anticipada revancha entre los grandes rivales de toda una era, un choque entre dos potencias baloncestísticas que se extendía a confrontación entre dos ciudades cultural y climatológicamente antagónicas. Los Lakers del Showtime se impusieron en la última batalla por el anillo el 9 de junio de 1985, con Kareem Abdul-Jabbar dominando el sexto partido en el Boston Garden a sus 38 primaveras, y los Celtics de Larry Bird rumiaron su venganza durante todo el periodo estival y fueron plantando semillas de cara a su materialización. Con 67 arrolladoras victorias durante la temporada regular (MVP incluido para el Pájaro) y apenas una derrota en las eliminatorias de playoffs en la Conferencia Este, los Orgullosos Verdes aseguraron su plaza en la final de 1986.

Pero los otros invitados acabarían por no presentarse a la cita.

El colosal Hakeem Olajuwon (31 puntos, 11.2 rebotes, 4 tapones y 2.2 robos de balón como promedios en la serie) y Ralph Sampson (20.4 puntos, 8.8 rebotes y 2.2 tapones) dominaron la final de la Conferencia Oeste ante unos Lakers que cayeron con estrépito tras imponerse en el primer duelo: las 16.2 asistencias por partido firmadas por Magic Johnson no evitarían 4 derrotas consecutivas de los angelinos. Y la penitencia en Hollywood consistiría en presenciar por televisión la victoria de sus archienemigos.

Así pues, la temporada 1986/87 comenzaba con muchos interrogantes a despejar para el imperio púrpura y oro, y la derrota en el partido inaugural de nuevo ante los Rockets (112-102) distaba mucho de ser la mejor manera de arrancar. Pero las dudas del grupo comandado por Riley murieron junto a aquellos primeros 48 minutos, que dieron inicio a una racha de 9 victorias consecutivas. Kareem Abdul-Jabbar resultaría capital (14 puntos en el último cuarto) para acabar con imbatibilidad casera de unos Celtics que sumaban 48 duelos invictos en su guarida del Boston Garden, y, ante los problemas oculares del veterano gigante (inflamación de la córnea de su ojo derecho), Magic asumió el mando anotador de la tropa con 38 puntos en Houston o 46 ante los Sacramento Kings.

Tres representantes en el All Star Game (Jabbar, Johnson y Worthy), Kareem alcanzando los 36.000 puntos totales en el Chicago Stadium, 4 triples-dobles consecutivos con la firma de Earving en otra arrolladora racha de 11 victorias, el primer y único triple anotado por el gigante neoyorquino en toda su carrera (en Phoenix)… Las 65 victorias abrochaban una temporada regular para el recuerdo. Pero la prueba definitiva llegaría, como siempre, en el tránsito por la jungla de los playoffs.

Los Denver Nuggets de Doug Moe y su apuesta fanática por el baloncesto ofensivo no generarían problemas reales a los Lakers, con Worthy dominando a Alex English, y los Golden State Warriors de George Karl únicamente serían capaces de infringirles una derrota en la 2ª ronda, gracias a la colosal actuación de Sleepy Floyd (51 puntos en el 4º partido de la serie, 29 de ellos en el último cuarto). Las primeras dificultades serias aparecerían en la final de la Conferencia Oeste, con los Seattle Supersonics desafiando a los angelinos.

Que el aplastante resultado de la serie (4-0 para los Lakers) no nos lleve a equívocos: el trío formado por Xavier McDaniel, Tom Chambers y el tirador Dale Ellis planteó una dura resistencia a la tropa de Riley hasta venirse abajo en el cuarto partido. En el tercero fue necesario un milagroso tapón de Michael Cooper a un triple de Ellis para ganar in extremis (122-121), y James Worthy sometió a los Sonics ejerciendo de martillo pilón de la ofensiva californiana durante toda la final de conferencia (30.5 puntos de promedio, con un excelente 59.8% de acierto en sus tiros de campo).

Y así, con una única derrota en su aventura por el Salvaje Oeste, llegaba la hora de la redención. Con la némesis verde fiel a la cita.

Los Lakers jamás cedieron el control de la final (2-0 de inicio, 3-1 tras una emocionante cuarta velada resuelta por un mísero punto con los visitantes remontando hasta 16 de desventaja en el Boston Garden) y sentenciaron a los de Larry Bird en el sexto gracias a un extraordinario ejercicio defensivo (apenas 93 puntos anotados por el equipo de Boston) a mayor gloria de un bloque más conocido por su vertiente lúdica y de ataque en transición. La multitudinaria pelea desatada durante el igualado cuarto partido, con el trío arbitral separando a los contendientes para impedir que la cosa fuera a mayores tras el puñetazo de Worthy a un batallador Greg Kite, en respuesta a una dura falta ejecutada a la limón entre Dennis Johnson y el pívot procedente de la universidad de Brigham Young en pleno contraataque visitante, fue el único borrón de una cita para el recuerdo.

“Jugué en los Lakers del año 72, pero éste es el mejor equipo de la historia de la franquicia porque tiene corazón, a Magic y a Kareem”.

Pat RILEY

Y un magnífico Magic (26.2 puntos, 8 rebotes, 13 asistencias y 2.3 robos de balón, MVP de la final) se impuso en este capítulo de su eterno duelo con el Pájaro (24.2 puntos, 10 rebotes, 5.5 asistencias y 1.2 tapones como promedios para el de French Lick en la final), gracias a la ayuda de Worthy (33 puntos en el primer partido) y del eterno Jabbar (21.7 puntos y 2.5 tapones en la final, rozando ya los 40).

Las palabras de Pat Riley que sirven como broche de oro (y púrpura) a un equipo que culminó su redención como parte del camino hacia la leyenda.

Seguir leyendo

Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

Publicado

el

“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

Seguir leyendo

SKYHOOK #18

Skyhook #18 | Tras la estela del Doctor J.

Pelo afro, mates imposibles, aroma de estrella. Julius Erving nos demostró que el baloncesto se podía disfrutar con los cinco sentidos.

A la venta en papel y digital

Quinteto Ideal