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Reflejos

El último año de Pau en Memphis: un grito al socorro

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Tocar techo. Esa sensación de haber llegado tan lejos como podía y que ya nada le iba a permitir volar más alto, porque ni el motor de la nave daba para más, ni era posible traspasar ese límite que parecía fabricado a base de grafeno. No. Los Grizzlies de Pau Gasol, conocidos como tal, no tenían más recorrido.

Tal vez porque por aquel entonces Josef Ajram no era famoso, tal vez porque en realidad sí existen los límites, esa era la sensación de Pau. La suya y la de todo el mundo, sensación que se iría convirtiendo en realidad conforme se sucedieran los resultados.

Lo cierto es que había sido un más que digno trayecto. Grizzlies, Pau Gasol y también la ciudad de Memphis habían crecido de la mano. Era 2001 cuando la franquicia del oso dejaba la canadiense y gélida Vancouver para trasladarse a Memphis, cuna del rock and roll y cuidad a caballo entre las profundas costumbres sureñas y el cosmopolita estilo de vida de unos estados más al norte, donde lo más parecido a un grizzly que se podía encontrar por allí era un mal imitador de Elvis.

Musicalmente era una de las urbes más ricas de Estados Unidos, donde habían sido artísticamente criados personajes de la talla de Johnny Cash, B.B. King, Aretha Franklin o el propio Elvis Presley, cuya tumba es una de las grandes atracciones de la ciudad. Sus restos no descansan allí, pero el suelo de Memphis también fue el último que pisó otra figura clave en la historia estadounidense, Martin Luther King. A nivel cultural había poco que discutir a la ciudad más poblada del estado de Tennessee, pero deportivamente no era más que un cero a la izquierda, sin ningún equipo que representara a Memphis en ninguno de los principales deportes del país.

Para dar ese salto deportivo llegaban unos Grizzlies que no solo dejaban Vancouver, también traían significativos cambios deportivos con la salida de Shareef Abdur-Rahim, máximo anotador histórico de la joven franquicia por aquel entonces y que había pedido el traspaso a mitad de la pasada temporada en vista de que Vancouver no parecía el destino más atractivo para los agentes libres más codiciados, ni si quiera para las futuras estrellas (Steve Francis, número 2 del Draft de 1999 por los Grizzlies, se negó a jugar allí hasta salirse con la suya y ser traspasado a los Rockets antes del comienzo de su temporada rookie), y de que en Memphis la cosa tampoco pintaba a mejor. Deseo concedido. Abdur-Rahim partiría hacia Atlanta la misma noche en que los Hawks seleccionaban a Pau Gasol como número 3 del Draft de 2001, una elección ya pactada de antemano por el traspaso. No cambiaría mucho la situación para Abdur-Rahim, que seguiría sin aspirar a cotas más altas como equipo (jamás pisaría los Playoffs como miembro de los Hawks, disputando únicamente una primera ronda en 2006 como jugador de rotación de los Kings), pero que en 2003 obtendría su única selección para un All-Star Game, el acogido precisamente por Atlanta, y tampoco para los Grizzlies, que en su primera temporada en Memphis repetirían idéntico récord de 23 victorias y 59 derrotas al de su último año en Vancouver, pero el futuro pintaba de otra manera con aquel espigado español.

A partir de ahí, la historia la conocemos todos. Sobre todo sus grandes luces, y cómo un sólido núcleo de jugadores con Pau Gasol a la cabeza logró convertir a los Grizzlies en una franquicia ganadora, llegar por tres años seguidos a los Playoffs entre 2004 y 2006 y mandar por primera vez a un jugador al All-Star Game (¿hace falta decir quién?). Sin embargo, algo fallaba. O, mejor dicho, no podía funcionar mejor. Las tres apariciones en Playoffs se habían saldado con idéntico resultado: un doloroso barrido y para casa. Era verano de 2006 y algo debía cambiar.

Pero no cambió mucho. Al menos a nivel estructural hubo pocos cambios, pero una de las pocas salidas fue muy dolorosa para Pau, la de su mejor amigo en Memphis Shane Battier, traspasado a los Rockets. En el baloncesto de selecciones, Pau tocaría el cielo con el Mundial de Japón, pero el oro de España vino después de la fractura del quinto metatarsiano de su pie izquierdo, una lesión que le alejó durante más de tres meses de las canchas de juego, cuando el récord de los Grizzlies ya era de 5-17 y a Mike Fratello le quedaban dos siestas en un equipo desangelado y que veía cómo la afluencia de público al FedEx Forum descendía de manera alarmante.

Foto: Lance Murphey

Chicago Bulls, coitus interruptus

Nos situamos en el invierno de finales de 2006 y principios de 2007. Como en todos los casos en que una franquicia pega un evidente bajón respecto a pasadas temporadas, y con el acercamiento del siempre excitante cierre de traspasos, los rumores en cuanto a la salida de los mejores jugadores del equipo se disparan. En este caso, el río sonaba porque efectivamente agua llevaba. Pau Gasol había pedido el traspaso a la gerencia de unos Grizzlies que no tenían claro ni qué iba a ser de ellos. Con una imagen de franquicia moribunda, su propietario Michael Heisley ya los había puesto en venta y Jerry West, general manager, estaba ya planeando cómo salir de allí.

A los 26 años de edad, y después de seis temporadas haciendo crecer a la por entonces peor franquicia de la NBA, que estaba tomando camino de volver a ostentar dudoso honor, la petición parecía más que comprensible. Pero no todo el mundo en Memphis quiso entenderlo así, y desde entonces pitos y aplausos se dividirán en la grada del FedEx para recibir al español, que a cada día que pasaba escuchaba menos palmas y más improperios. Hasta un mediocre locutor de radio local, de nombre Chris Vernon, le compuso una canción, Oda a Pau, en la que se preguntaba “¿quién quiere a un español llorón?” o sacaba sus vergüenzas a pasear, denunciando que “solo juega bien la primera mitad” o que “defiende clavado en el barro”, sin dejar de lado la descalificación, llamándole “mercenario”, o entonando en castellano que “me gusta el baloncesto, no me gusta Pau”.

Aunque decía aceptar que la gente le culpara a él de la mala marcha de un equipo al que se había incorporado con, recordemos, un récord de 5-17 y un enrarecido ambiente en el vestuario, estaba claro que sus días en Memphis estaban contados.

Su más firme postulante, unos nada disimulados Chicago Bulls en los que John Paxson, general manager, enardecía los rumores diciendo que “necesitamos a un jugador como Pau, con su versatilidad y habilidad para anotar en la zona” y que era “obvio que necesitamos un ‘cuatro’ anotador”. Su encaje en el equipo de la ‘Ciudad del Viento’ parecía perfecto, pudiendo hacer pareja interior con el físico y defensivo Ben Wallace, y hasta Jerry West admitía haber tenido “una conversación breve” con los Bulls, pero que no llegó a más porque, al parecer, los de Tennessee pedían demasiado –se habló de una solicitud en la que West pedía a al menos dos de entre Luol Deng, Kirk Hinrich, Ben Gordon y Andrés Nocioni-. Deng y Nocioni eran intocables, y Hinrich y Gordon aún estaban lejos del desplome con el que recordamos hoy día sus carreras.

Los Bulls no fueron los únicos que hicieron descolgar el teléfono a los Grizzlies, y desde una Conferencia Este muy abierta los candidatos se sucedían. Los que más en serio parecieron ir además de los Bulls fueron los Nets, de los que se rumorea que hicieron una “buena oferta” que estuvo cerca de convertirse en algo más, pero en Memphis pedían “uno o dos jóvenes con contratos pequeños y otro cuyo gran contrato expire en junio”, según palabras de su propio general manager Rod Thorn, pero las inoportunas lesiones de Nenad Krstic y Richard Jefferson paralizaron todo hipotético movimiento.

También unos Celtics con muchas ganas de cambio –habían puesto el cartel de ‘disponible’ a todos  sus jugadores menos a Paul Pierce-, pero las conversaciones no parecieron llegar muy lejos y Boston tampoco parecía el mejor destino viendo cómo los verdes se hundían en la Conferencia Este justo antes del verano en que llegaran Kevin Garnett y Ray Allen. Quien ejercía funciones de general manager en aquel momento en los Celtics, por cierto, no era otro que Chris Wallace, que aquel verano cambiaría Boston por Memphis para ser el hombre que finalmente traspasara a Pau.

Pero nada. Nada de nada. El mercado cerraría puertas y Pau seguiría en Memphis. Pasada tanta especulación, incluso Paxson se atrevía ahora a decir que “honestamente, nunca estuvo cerca de venir”. No hubo manera de que los Bulls soltaran a Deng, pieza indispensable que quería en el retorno de la operación West desde Memphis. Con el cambio total de escenario, y a pocos meses de dejar su cargo, lo que ya era un secreto a voces, Jerry West parecería reírse del mundo entero desde su categoría de ‘Logo’ diciendo que “no me extrañaría que Pau acabase su carrera en los Grizzlies”. El billete para ello, que los Grizzlies siguieran de fango hasta las cejas hasta el final de temporada y obtuvieran un buen puesto en la lotería de un Draft de 2007 donde Greg Oden y Kevin Durant prometían un futuro brillante a cualquiera fuese la franquicia que les escogiera. No hubo suerte, y Memphis se tuvo que conformar con una cuarta posición con la que eligieron a Mike Conley, convertido hoy día en todo un símbolo de la franquicia.

De todas formas, aunque Oden o Durant hubiesen dado con sus huesos a orillas del río Mississippi, a Pau no le hacía excesiva gracia meterse de lleno en una nueva reconstrucción. Él ya había sido ‘lottery pick’, así que sabía de lo que hablaba cuando en los meses previos ya advertía que había que “mirar la historia de otras jóvenes estrellas. ¿Cuál fue su impacto los dos primeros años? ¿Marcaron diferencias? Todos pasamos por un proceso de aprendizaje y ajuste a la liga, no importa quién seas”, se despachaba, dejando clara su postura, que a punto de cumplir 27 años, la mejor edad de un deportista por combinación de estado físico y mental, no contemplaba escenarios donde los éxitos se marcaran en el largo plazo.

Foto: Joe Murphy / NBA

Una segunda oportunidad a Memphis

Si no podían traspasarle, en Memphis al menos tratarían de mantener contenta a su estrella durante el tiempo en que siguiera siendo grizzly. El de 2007 fue el verano en que Juan Carlos Navarro se animó a probar en la NBA, obteniendo los Grizzlies sus derechos procedentes de los Wizards por una pírrica cifra, en consonancia con su contrato. También tomaría el cargo de entrenador jefe Marc Iavaroni, que con una filosofía basada en “dar y recibir amor” (así, tal cual), parecía devolver el ánimo a un Pau cargado de positivismo y con su mejor amigo al lado.

“Cuando hablo con Iavaroni siento que se trata de un tipo positivo, y nosotros no hemos tenido eso los dos últimos años. Antes se sucedían los errores, y yo no me sentía bien”, decía Pau sobre su nuevo entrenador, “una de las razones por las que ahora quiero continuar”. Los elogios entre uno y otro se sucedieron aquella pretemporada de 2007, incluido un viaje a España para jugar contra el Unicaja en Málaga y el Estudiantes en Madrid como parte del NBA Europe Live Tour. “Lo de Pau es pasión por el triunfo, y quiere saber si la gente que trabaja con él comparte esa pasión”, correspondía Iavaroni como intentando justificar la solicitud de traspaso de un Pau Gasol que era un hombre nuevo. Y sin moverse de Memphis.

Pero algo volvió a fallar. Dejada atrás esa atípica pretemporada, llegado el momento de la verdad las victorias solo llegaban con cuentagotas, y por cada una de ellas había un puñado de derrotas. Los Grizzlies seguían siendo un equipo correcto en ataque, pero también una de las defensas más débiles de la liga, y ese positivismo que parecía haberse hecho con el vestuario no lo hacía tanto con la afición, la penúltima en número. Iavaroni no solo no dio con la tecla para hacer jugar bien a su equipo, que iba a un ritmo mucho más plomizo del prometido, sino que tampoco supo cómo usar a Pau. Le alejó de la pintura y su producción se redujo: en puntos, en porcentajes de tiro y en rebotes. Poco a poco la química en un equipo mucho más joven que el de años anteriores iba desapareciendo.

Esta vez sí

La nueva intentona por que Grizzlies y Pau fueran felices juntos de nuevo resultó ser un desastre, como casi toda segunda parte de una relación, así que los Grizzlies, ahora con Chris Wallace como máximo responsable de su secretaría técnica, decidieron volver a explorar el mercado y conceder a Gasol su antiguo deseo de explorar nuevos y atractivos horizontes, admitiendo él mismo que se había reactivo la posibilidad de una salida declarando que “si Iavaroni y Wallace creen que pueden hacer un buen acuerdo, lo harán”. Los Bulls volvieron a aparecer en escena, pero esta vez había un candidato mucho más serio, que permanecía agazapado desde el año anterior, cuando también habían preguntado por él sin que nadie se enterase: los Lakers.

Mitch Kupchak ya había confirmado la disponibilidad de negociar por Gasol la temporada anterior, y durante el verano de 2007 y 2008 no perdió el tiempo, negociando durante hasta tres semanas por el español con un secretismo absoluto. “Tenía la sensación de que si la operación se retrasaba más de un día todo el mundo lo sabría y los equipos empezarían a llamar a los Grizzlies… con lo que nuestro acuerdo habría muerto. He visto acuerdos así irse al traste, y es frustrante”, desvelaba Kupchak, tan hábil en sus maniobras que ni el propio Pau se lo esperaba.

El intercambio es de sobra conocido. Pau ‘dejaría’ en soledad a Juan Carlos Navarro en su única temporada NBA –a quien si ya le costó adaptarse al estilo de vida americano, ahora le sería más difícil- saliendo hacia Los Ángeles a cambio del infame Kwame Brown –número 1 de su Draft-, Aaron McKie, Javaris Crittenton, dos futuras elecciones de primera ronda del Draft y los derechos por su hermano Marc. Lo que a todo el mundo en la NBA le pareció una broma que quien peor pareció encajar fue Gregg Popovich, entrenador de los Spurs y que ahora tenía en los Lakers unos más que serios candidatos al cetro de la Conferencia Oeste, llegando a solicitar la creación de una comisión de investigación de traspasos en la liga, pudiendo vetarlo si fuera en contra de los intereses generales de otros equipos  por lo ridículo del acuerdo, en referencia al traspaso de Pau Gasol.

Aunque nadie esperara encontrar un pívot de calibre All-Star en Marc Gasol, lo cierto es que el tiempo ha dado un poco la razón por Chris Wallace. Sin embargo, no es algo que le pueda excusar, porque si nadie lo esperaba, podía haber sacado más, y así mismo lo admitía el entonces propietario Michael Heisley: “Quizás nuestra gente debería haber vendido mejor a Gasol, obtener un mejor retorno. Tal vez Chris llamó a todos los equipos de la liga (…). Pero no creo que lo hiciera, debió haberlo hecho”. Por el enorme favor que se hacía a los Lakers, donde el predecesor de Wallace en el cargo de general manager de los Grizzlies, Jerry West, había desarrollado su brillante carrera como jugador, se llegó a rumorear que el plan había sido montado con antelación por parte de West sabiendo que iba a dejar Memphis, aunque Heisley salió al paso jurando que “Jerry no supo nada hasta que estuvo hecho el trapaso”, o, como Kobe Bryant lo denominó, la “donación”.

En todas estas declaraciones, que Heisley realizó a Adrian Wojnarowski en junio de 2008, con los Lakers disputando las Finales de la NBA solo meses después de adquirir a Gasol, no dejó de admitir en todo momento que “no sabía si habían obtenido el mejor retorno posible”. Jé.

En Memphis toda la prensa se echó encima de la gerencia de los Grizzlies, con el Commercial Appeal a la cabeza, y no es para menos. Mientras Pau se quedó a las puertas del anillo en sus primeros meses como Laker, en Memphis sucumbieron hasta un récord de 22-60, el tercero peor de la NBA y que les brindó la quinta elección de Draft de 2008. Escogieron a Kevin Love, pero le traspasarían a cambio de O.J. Mayo, número 3, un jugador que jamás cumpliría con las enormes expectativas que sobre él fueron depositadas –incluida una premonición que le tildaba como ‘el siguiente LeBron James’- y que, después de una cadena de decepciones, se encuentra ahora suspendido por dos años en la NBA por violar el programa antidrogas.

En cuanto a Kwame Brown y Javaris Crittenton, jamás volverían a vestir como Grizzlies terminada aquella temporada. Brown engañó a unos cuantos equipos más en una época en la que la carne de pívot cotiza alto antes de que se le perdiera la pista y Crittenton se encuentra en prisión por disparar desde un coche y causar la muerte a una mujer embarazada. Antes de eso, conocido es el caso de las pistolas en el avión de los Wizards con Gilbert Arenas.

Ese verano de 2008 sería el que Marc Gasol elegiría para dar el salto a la NBA para jugar en una ciudad que conocía muy bien, a donde se fue a vivir cuando su hermano Pau llegó a los Grizzlies en 2001 antes de volver al Barcelona. Lo hizo aceptando una oferta más baja que la presentada inicialmente y después de oficializarse la salida de Juan Carlos Navarro del equipo. Dijo sentir que, a pesar de ello, “era el momento”, y ya tenía a sus padres viviendo allí, pero hay que tener más aspectos en cuenta, sobre todo dos: ese verano fue el desapareció el Akasvayu Girona, donde había cumplido su cesión por dos temporadas del Barcelona, que en ese mismo momento se había deshecho de Ivanovic como entrenador y Zoran Savic como director deportivo, a quienes señalaba por no haber confiado en él, y la incertidumbre que tomaría el nuevo F.C. Barcelona de Joan Creus, que aún se debatía por mantener como entrenador jefe o no al, hasta la destitución de Ivanovic asistente, Xavi Pascual.

Su rendimiento fue positivo desde el principio, salvando los muebles en una franquicia que parecía desmoronarse por completo y con una afición que seguía culpando de sus actuales males a Pau Gasol, que en su primera visita al FedEx como jugador de los Lakers tuvo que soportar un sobrado número de abucheos que no solo irrumpieron en su presentación en el partido, también durante la proyección de un vídeo de agradecimiento por parte de la franquicia en el descanso. “Respeto la reacción de los aficionados, pero no es agradable que te piten cuando siempre lo di todo en el campo y logramos cosas importantes con el equipo”, declaró un Gasol que, a pesar de su característica diplomacia, no podía disimular su tristeza.

Por suerte, el paso de los años ha demostrado lo positivo de la operación para los dos hermanos Gasol, aunque no sería de extrañar que la historia se repitiera ahora con Marc en unos Grizzlies que han perdido a varias piezas clave este verano y no tiene mucho margen de mejora por delante.

Foto: Andrew D. Bernstein / Sports Illustrated

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Reflejos

Gramos y asfalto

Leyenda del asfalto, de la Rucker, de la esencia del baloncesto. De los coqueteos con las drogas a los escarceos con la NBA. Una historia de cuando el baloncesto no sólo se escribía en las páginas oficiales.

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“Cientos de parques y canchas repartidas por toda la ciudad, docenas de torneos al aire libre cada verano, miles de jugadores gastando la suela de sus zapatillas en el cemento de los playgrounds. New York City es la meca del deporte de la canasta y el epicentro del streetball cada época estival. (…) Los términos partidillo, pachanga o exhibición se quedan fuera de las verjas que normalmente rodean las canchas, como también deberían hacerlo todos aquellos que se empeñan en utilizarlos para referirse a una de las versiones más competitivas del baloncesto a la que están desprestigiando por culpa de un total desconocimiento”. – Antonio Gil en el libro El partido que cambió la historia.

No atrae a los medios de todo el globo, tampoco lleva a personas de todo el mundo a sentarse en sus gradas ni genera millones. Pero, ciertamente, no lo necesita. Porque desde que viera su origen (al cual los expertos aseguran tener dificultad para fijar una fecha) se ha expresado a su peculiar forma. Tan única y distinta que hace pensar de un deporte distinto al que vemos entre profesionales. De verso libre, talento y expectación local. De estrellas y leyendas que parecen reservadas a un público selecto.

Aún estaba en el instituto y ya apostaba con frecuencia mil dólares ante aquellos que, con osadía, le retaban a un uno contra uno. Asegura no haber perdido nunca. En una ocasión, la situación escaló con tal velocidad y agresividad que “lo siguiente que supe es que la apuesta fue de mil a diez mil porque toda la gente en las gradas se empezó a unir”. Marchó a casa con un maletín lleno y la cabeza bien alta.

“Legend in two games like I’m Pee Wee Kirkland”. – Pusha T en Grindin’, del grupo Clipse.

Richard Kirkland hoy es entrenador en el Dwight School de Manhattan. También de clases de filosofía de entrenamiento en la Long Island University. Como lema, suele repetir a los jugadores que “así se juega al baloncesto, un juego al que siempre he ganado y así es como lidias con la vida, un juego en el que una vez perdí”. Las palabras ganan fuerza con los hechos y las lecciones hacen lo propio mediante la experiencia. Pee Wee fue, a finales de los sesenta, “probablemente el jugador más rápido del baloncesto universitario” para Sports Illustrated. Lo reservado para pocos genera por inercia comentarios que engrandecen figuras. Posiblemente partan de la verdad más absoluta o simplemente nazcan y mueran como habladurías. Sea como fuere, la gente habla. Y a él hace años se le colgó la etiqueta de ser el primer jugador en Nueva York en realizar un giro de 360 grados en el aire para finalizar cara al aro y de inventar el crossover. El público se apilaba para verle. De pie, subidos en tejados, enganchados a rejas… El Rucker se encendía cuando lo pisaba. “Entonces, la grada era mi sexto hombre. Porque eran el grupo de gente más educada que he visto en mi vida en el baloncesto. No les podías engañar. O eras real o te abucheaban”.

Respecto a la vida, la vuelta ha sido a la mitad y hoy le permite mirar a otro lado.

Ya empezó a los 13. Él mismo afirma que, aunque sus padres eran duros trabajadores, nació y vivió en la pobreza y rodeado de “perdedores, adictos a las drogas y alcohólicos”. Preadolescente y ya camello entre canastas. Así creció y aun así, su habilidad para anotar era innegable. Tanto que recibió una beca para estudiar en el Kittrell Junior College de North Carolina a los 18. Un año después, se movió a Norfolk State tras promediar una media de 41 puntos por noche. Bob McAdoo aún narra con asombro lo que vio brotar de aquel cuerpo. “Jugué en esos Lakers de los 80, pero Pee Wee orquestraba en Norfolk State el showtime 20 años antes.” “Podía volar, te lo juro. Iba botando desde línea de fondo a línea de fondo en 3 segundos”.

La vida doble, casi como si tuviera un alter ego fuera de las canchas, atraía casi tanto como la heroína a sus compradores. “Se suponía que debía ser un estudiante y lo era. Pero era más un joven genio del crimen que tenía el suficiente sentido para entender cómo romper los códigos”. Solía andar con joyas, un séquito del gremio, mucho dinero en efectivo y dos pistolas. “Esa vida es como arenas movedizas. Sabía, por supuesto, que estaba mal. Pero una vez que entras es casi imposible salir.” Además, la progresión era totalmente ascendente. Pee Wee vendía más y más. Reconoce haber tenido a la policía detrás suya desde los dieciséis. No le frenó, claro.

UCLA quiso su traslado para tenerle junto a Kareem. Lo habría hecho como jugador de primer año. Entonces, las universidades pequeñas no contaban como experiencia y John Wooden había quedado prendado de su estilo. Ágil hasta la unicidad, fue el máximo anotador del país en el 1968, en Norfolk. Pero en su mente dibujaba un destino diferente. Algo más grande. En el centro de tal vorágine de idas y venidas, de un huracán de dos velocidades (a cada cual más elevada), surgió la NBA. Abrazó la idea. Asombró a los Bulls en el trainning camp y acabaría siendo elegido por la franquicia de Illinois en la 13ª ronda del Draft de 1969. Sobre la mesa ponían 40.000 dólares y el rol de salir desde el banquillo. Kirkland negó con el ceño fruncido. Sentía que se le faltaba al respeto, que su talento no merecía tales condiciones. Para colmo, discutió con el entrenador Dick Motta. “En la calle gano más dinero del que me podéis ofrecer.” Y sin más, marchó de vuelta a Harlem. El profesionalismo fue un gancho en el que su codicia y ambición no picaron.

Fue entonces cuando creó su leyenda. Corta pero intensa. En asfalto, acaparando las miradas de decenas de personas de pie. Aparecía amasando el volante de un Rolls Royce y las bocas se abrían. Pee Wee estaba en el Rucker Park neoyorquino y la muchedumbre se apiñaba para verle. Se quitaba el abrigo de piel, se calzaba unas Converse y anotaba 50, con un revólver dentro de su mochila observando sus hazañas. Julius Erving, Tiny Archibal y otros mitos NBA compartieron allí espacio con él. Para Archibal, Kirkland fue, ni más ni menos que el “rival más duro al que me he enfrentado.” Red Holzman, entonces entrenador de los Knicks, le escribió invitándole a unos entrenamientos a los que nunca fue. Prefirió ganarse un nuevo apodo; el de The Bank of Harlem. Lo hizo a través de préstamos a pequeños camellos. Aquellos que querían vender cocaína o heroína acudían a él en busca de dinero para comprarla a los productores. A los treinta días, Kirkland se llevaba un porcentaje (además de lo prestado) como interés.

Pee Wee convivió con otra figura del streetball y el narcotráfico. Joe Hammond también dijo no a la NBA (este dos años después) por similar motivo y se hizo grande en las pistas al aire libre. Fruto de la ambición, de infancias que acabaron por normalizarlo y de la cruel inercia, tanto Joe como Richard se alejaban de la figura del pequeño vendedor. Estos controlaban manzanas enteras y tenían bajo sus mandos a séquitos de trabajadores sin contrato.

Pero, entonces sí, paró. Forzado a ello por un chivatazo. En 1971, Kirkland sería pillado in fraganti en Boston, detenido e interrogado; en balde. No abriría la boca. Acabó siendo condenado a unos quince años por cuatro delitos distintos. Evasión fiscal, tenencia ilícita de armas, narcotráfico y obstrucción a la justicia. El autor Ron Chepesiuk (Gangsters of Harlem) afirma que su madre le ayudaba a lavar dinero, pero Pee Wee solo responde con evasivas a tales preguntas. Eso sí, aunque no se sepan cifras con exactitud (se especula que llegó a poseer alrededor de 30 millones de dólares) él afirma que “Harlem nunca había visto tanto dinero”.

Entre rejas, el neoyorquino seguiría jugando en la Anthracite Basketball League, una liga semiprofesional de Pennsylvania que incluía a equipos de reclusos. En una ocasión, Kirkland llegó a anotar 135 puntos en un partido ante un equipo lituano. El Philadelphia Inquirer publicó: “¿Es Kirkland otro Chamberlain?”

No. Tampoco quiso serlo. Prefirió ser (al menos así lo bautizó el portal norteamericano VladTV en una entrevista) el primer millonario de la droga en Harlem.

Poco después recibió una carta de los Seattle Supersonics. “Decía: ‘Quiero que vengas a Seattle a enseñarle a nuestros bases lo que es ser un verdadero base.’ Eso es la esencia de lo que era el Rucker.” Aún era presidiario, pero no uno más. Seguía haciendo a todo su entorno mirar pasmado aquello que hacía entre las líneas de fondo y banda. Pasar desapercibido nunca fue con él.

Antes de cumplir diez años de condena, Pee Wee saldría a la calle. Volvería a la cárcel entre 1981 y 1988 por evasión fiscal. Desde entonces, se ha centrado en aportar a la comunidad para que los jóvenes no repitan sus errores.

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El último hurra

En los momentos más tormentosos de la historia reciente de los Lakers (y los ha habido de todos los colores en la última década), recordamos el crepúsculo de Kareem Abdul Jabbar y sus últimas Finales frente a los Bad Boys.

theobaldphilips@hotmail.com'

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Aquella temporada 1988-1989 había sido extraña para él, obligado contra su naturaleza a ser el centro de la atención popular y a recibir, en cada partido como visitante, un homenaje que engrosaba una lista de regalos tan bizarra que, vista en perspectiva, parece el catálogo de un bazar o una tienda de decomisos. También había visto cómo se exacerbaba aún más la tendencia seguida por sus minutos de juego los últimos años, disminuyendo (22,9) al mismo ritmo que la elasticidad y velocidad de sus movimientos y cómo, por primera vez en su dilatada carrera había fallado más de la mitad de los tiros que había intentado (47,5%), logrando a duras penas superar la decena de puntos de media (10,1).

Aun así, aquellos números de Kareem Abdul-Jabbar, a los que añadía 4,5 rebotes, una asistencia y algo más de un tapón (1,1), constituían una nada despreciable tarjeta para un jugador con 42 años cumplidos, cuyo protagonismo, eclipsado por el físico y agresividad del bahameño Mychal Thomson (el padre de Klay), que se ajustaban más al signo de los tiempos y al ritmo del Showtime, se iba limitando cada vez más a algunas jugadas al poste al inicio de los partidos, y a un aporte de experiencia en los minutos finales.

La liga regular, de la que Kareem, prototipo del profesional que se cuida al máximo, se perdió solo 8 partidos, se saldó con un registro de 57 victorias y 25 derrotas para los de púrpura y oro que, convertidos definitivamente en el equipo de Magic, se dieron además un paseo impoluto por el territorio de los playoff (Portland 3-0, Seattle 4-0 y Phoenix 4-0). Todos en Los Angeles exhalaban el optimismo de dos campeonatos consecutivos y un dominio casi férreo de la década de los 80, tanto que parecía que el guion de Hollywood solo podía acabar con un anillo de despedida para el número 33.

Hasta se dice que Pat Riley llegó a registrar el lema “Three-peat” como marca, para poder embolsarse algunos millones en concepto de royalties por todo merchandising que estaba por llegar… En ese clima, mientras los Bad Boys de Detroit se desangraban a golpes contra los nacientes Chicago Bulls de Jordan, no se sabe si para asegurar su inversión o por un afán cada vez más controlador que le impulsaba a no dejar nada al azar, el técnico concentró a los suyos de cara a las finales en una dura mini-pretemporada en Santa Mónica, con tan mala suerte que, el último día antes del primer partido, Byron Scott sufrió una grave rotura en los isquiotibiales.

Quizá fue demasiada carga de trabajo al final de una temporada, quizá fue que los dioses del baloncesto son caprichosos y castigan a los que quieren elevarse demasiado alto, lo cierto es que, a tan importante baja de inicio en el juego exterior, se añadió mediado el tercer cuarto del segundo partido la de Magic Johnson, que se produjo idéntica lesión mientras intentaba bajar a defender un contrataque cuando el luminoso aun marcaba un esperanzador empate a 75.

Sin el base de Michigan, los Pistons no dieron cuartel y castigaron de forma inmisericorde al equipo angelino, poniendo un preocupante 2 a 0 en una eliminatoria cuyo primer partido no había tenido historia y cuyo segundo, a pesar del esfuerzo de James Worthy por superar la pérdida de su líder, se perdió en un infausto tiro libre del ala-pívot de North Carolina.

“Tenemos que buscarle”

El 11 de junio de 1989 las finales viajaban del Palace de Auburn Hills al mítico Forum de Inglewood y Los Angeles Lakers partían de inicio con 42 puntos y 16 asistencias menos, debido a las ausencias segura de Scott y probable de Johnson, que lo intentó pero que tuvo que retirarse, arrastrando la pierna, transcurridos solo cuatro minutos del tercer partido.

Los Lakers, además de tener que mover a Cooper al puesto de base y usar los improbables recursos de Tony Campbell y David Rivers, necesitaban encontrar un foco de anotación más allá de lo que Worthy pudiera darles. Y Pat Riley se encomendó a Kareem, a pesar de que en los dos partidos de Detroit, especialmente el primero, no había tenido una actuación descollante. “Tenemos que buscarle”, dijo el técnico. “Los tiros tienen que venir de algún sitio ¿por qué no de él? Esperamos un último hurra de Kareem”.

Con sus 42 años a cuestas, “Cap” asumió el reto e hizo un sensacional partido. Los Lakers jugaban para él al poste, y Abdul-Jabbar aprovechaba los balones para anotar con todo su repertorio, desde el mítico skyhook a reversos y bandejas a mano cambiada, mientras que, si los rocosos pívots de Detroit se lo impedían, aprovechaba para sacar el balón a Michael Cooper, prácticamente el único tirador de su equipo. Puso pantallas y cortó al lado contrario para llevarse a los defensores y dejar espacios a Worthy, estelar en toda la serie. Se mostró más agresivo que nunca en el rebote, dominando su tablero y sacando, como tantas veces antaño, el pase más rápido posible para evitar que la telaraña de los de Illinois se tejiese de nuevo en defensa.

En 33 minutos (los dioses de nuevo…) Kareem anotó 24 puntos, con 10/19 en tiros de 2 y 4/4 en tiros libres, atrapó 13 rebotes (3 de ellos ofensivos), dio 2 asistencias y consiguió robar un balón, además de aprovechar su envergadura para intimidar todo lo que le fue posible. Fue la última carga de la caballería pero desgraciadamente, como cuenta la leyenda, nada pudo contra los tanques. Los Lakers perdieron aquel partido (gracias al mítico tapón de Joe Dumars sobre David Rivers) y, en el siguiente, volvieron a caer para consumar un inapelable 4-0.

En la derrota definitiva, Kareem no pudo repetir su actuación del tercer partido, superado en ataque por unos agresivos dos contra uno ordenados por Chuck Daly, que no iba a dejarse sorprender dos veces por la vieja leyenda, y en defensa por la imposibilidad física de su propio cuerpo de recuperar tras las ayudas sobre Isiah Thomas, Joe Dumars y Vinnie Johnson, pequeños rayos que anticiparon en años la llegada del small-ball, lo que dejó la zona libre para que su antiguo guardaespaldas, el Buda Edwards, pusiera a los Lakers la puntilla. A falta de pocos segundos para el pitido final, entre abrazos de sus compañeros y ovaciones tanto de sus fans como de los nuevos campeones de la NBA, Abdul-Jabbar dejó el baloncesto.

La memoria es traicionera y a muchos, especialmente a aquellos que empezamos a conocer el baloncesto americano en aquella época, nos queda solo el recuerdo de un Kareem crepuscular. Quizá recordar lo grande que fue en la caída, la capacidad de lanzar aquel último hurra días antes de su retirada, ayude a calibrarlo un poco mejor.

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Reflejos

Integridad a prueba de gloria

Horas después del comunicado firmado por Russell, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su recién retirado líder. Pero nada resultaba sencillo con el mítico center de por medio.

juanluis_num7@hotmail.com'

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Bettmann

26 de mayo de 1999: Bill Cosby (antes de que su verdadera y tenebrosa cara asomara tras el disfraz afable y dicharachero) presenta y ameniza una velada muy especial en Boston, con invitados tan ilustres como Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar y Oscar Robertson. Un pabellón a rebosar emite al unísono el atronador aplauso que hace brotar lágrimas de los ojos de un gigante solemne, epicentro de la ceremonia, justo en el momento en el que el dorsal que portó durante 13 temporadas (11 anillos de campeón) de dominio incontestable en la liga de ligas se eleva al cielo de la cancha.

El mismo dorsal que llevaba ya 27 años descansando en aquel nido en las alturas.

Bill Russell, pilar granítico de la mayor dinastía de la historia de la NBA, anunció su retirada (en los dos roles de jugador y entrenador) un 30 de junio de 1969. El motivo detrás de que la multitudinaria elevación de su zamarra céltica tuviera lugar 30 años después es la génesis de una historia con la integridad y la sinceridad como cimientos. Unos cimientos tan sólidos o más que los que el propio gigante supuso para la defensa de los Celtics.

Horas después del comunicado firmado por Russell, aquel día del verano de 1969, Red Auerbach se puso manos a la obra para diseñar un homenaje a la altura de su líder dentro la pista y fuera de ella, sin el cual la hegemonía de los Orgullosos Verdes jamás podría haberse producido. Pero chocó con un muro similar al que el #6 supuso para todos los osados adversarios que pretendieron profanar la pintura de los Celtics: el rechazo total y virulento por parte del homenajeado.

Los problemas de Russell con ciertos grupos de la sociedad de la ciudad de Boston, incluidos unos fans que le idolatraban en la cancha y le atacaban verbalmente fuera de ella, eran públicos y notorios ya desde su aterrizaje en el equipo en 1956. Su antiguo hogar en Reading llegó a ser asaltado, y las cartas de índole racista se amontonaban en su buzón en algunas temporadas del año. Russell apenas asistió a un único partido como espectador en el pabellón de los Celtics durante los 3 años siguientes al anuncio de su retirada.

Auerbach se topó con un obstáculo insalvable en apariencia, pero el legendario entrenador neoyorquino empleó la sagacidad estratégica y riqueza de recursos que marcaron su exitosa carrera, en busca de una solución que acabara con su admirado #6 en el cielo de los verdes. Sabedor del trabajo de Bill como comentarista para la ABC, Red estudió el calendario de partidos televisados por la cadena y subrayó en rojo uno de ellos: la visita de los Knicks al Boston Garden el 12 de marzo de 1972. Y, pese a las protestas continuadas del retirado center, invitó a la familia de Russell a un acto que se pretendía organizar en el descanso del partido.

En ese punto la integridad a prueba de bombas de la leyenda obligó a Auerbach y a los Celtics a ceder ante sus imposiciones: el evento sería discreto al máximo y se celebraría antes de abrir las puertas del pabellón a los espectadores. Tom Heinshon, Tom Sanders, John Havlicek, Don Nelson, Don Chaney, un puñado de escritores, algunos operarios de la ABC y el propio Red fueron los únicos asistentes a la retirada oficial del dorsal del mítico Bill Russell, uno de los más grandes jugadores de toda la historia de la NBA, evitando un teatrillo en el que el golem no estaba dispuesto a ser cabeza de cartel.

Los principios y la honestidad, tesoros de un valor incalculable, siempre por encima de la gloria y los aplausos vacíos de significado para el receptor.

Y, con el salto inicial dando el pistoletazo de salida al partido en el que John Havlicek se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Celtics, superando a Bob Cousy, Bill Russell ocupaba ya su asiento de comentarista como cualquier otro día en la oficina. Una fotografía en blanco y negro del grupo de representantes de los Celtics (con Heinshon, entrenador por aquel entonces, Auerbach y el homenajeado vistiendo sus respectivos trajes) sobre un fondo plagado de asientos vacíos quedó como único recuerdo mudo del evento fantasma, hasta que las heridas cicatrizaron y el mito aceptó el abrazo de su público 27 años después.

Porque el tiempo puede acabar curando las llagas y permitiendo ver las cosas con la perspectiva que aportan los años y las experiencias vividas, pero las mujeres y los hombres (independientemente de su tamaño) se visten siempre por los pies. Como lo hizo Russell aquella tarde de 1972, feliz entre sus compañeros de hazañas pero inclemente en su negativa a recibir de la afición la multitudinaria algarabía, cariño y respeto que él siempre consideró impostados.

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