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Costa a costa

El sueño imposible de Rollie Massimino

zhahihd@yahoo.es'

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Mi infancia (más bien adolescencia tardía) son recuerdos de una NCAA que aún no veíamos sino leíamos, tal vez soñábamos. Sueños trufados de leyendas, de apellidos imposibles que aún apenas conocíamos pero que de alguna manera se nos iban quedando adheridos al cerebro, Krzyzewski, Carril, Carnesseca, Tarkanian, Majerus, Valvano, Massimino, también otros mucho más corrientes como Thompson, Smith o Knight. Cada coach llevaba además aparejada su cátedra, esa universidad a la que los asociábamos de manera indisoluble como si todo aquello fuera un mundo aparte (lo era), como si allí nadie necesitara ser ratificado ni se dudara de que fuera a comerse el turrón, como si sus respectivos magisterios sólo pudieran ejercerse durante décadas enteras desde un único lugar: Coach K era Duke como Dean Smith era North Carolina o Bobby Knight Indiana; como Carnesseca era St. John’s, Boeheim era Syracuse, Calhoun UConn, Thompson Georgetown o Massimino Villanova, Sí, Villanova, Qué otra cosa podía ser si no.

No sé si nos chirriaba más la denominación de aquel entrenador o la de su universidad. Rollie Massimino, un nombre rodante (diminutivo de Roland) para un apellido extrañamente contradictorio, máximo y mínimo a la vez. Un apellido que nos sonaba italiano (aquí lo habríamos escrito con X) para una universidad que casi nos sonaba catalana, era nombrarla y que te dieran ganas de añadir i la Geltrú. No, aquella Villanova no estaba precisamente en el Penedés sino en Philadelphia, a la vera de otras universidades no menos míticas como Temple, St. Joseph’s, Pennsylvania o Penn State. A quienes empezábamos a amar (aún desde la distancia, aún más desde la ignorancia) el baloncesto universitario, aquella Ciudad del Amor Fraterno casi se nos antojaba un lugar de peregrinación.

Massimino era Villanova pero no siempre había sido ni siempre sería Villanova, contra lo que entonces pudiéramos pensar. Massimino se había graduado en Vermont (y sí, también jugó, aunque su posterior apariencia física pareciera desmentirlo) y se había labrado una sólida reputación como técnico escolar en sucesivas high schools antes de que en 1969 le llegara su primera oportunidad universitaria en la neoyorquina Stony Brook. Su siguiente viaje fue ya a Philadelphia, para ejercer de asistente en la mítica Penn a la vera de un tal Chuck Daly. Que en la vecina Villanova repararan en ese prometedor técnico de ancestros italianos, modales histriónicos y cabellos revueltos sólo fue cuestión de tiempo. Sucedió en 1973.

Y de 1973 a 1992, casi dos décadas enteras con muchas más luces que sombras. No teman, no les aburriré con unas y con otras, ni siquiera les contaré con pelos y señales sus once viajes casi consecutivos al Madness (de 1978 a 1991) sino que me centraré en su luz por antonomasia: la luz que le permitió pasar a la historia, aunque la historia no siempre haya sabido reconocérselo. La que nos puso en el mapa a Villanova, una universidad que apenas conocíamos por haber criado en su seno a un chaval grandote (también de apellido italiano, casualmente) que acababa de llegar al Estu y al que ya entonces llamábamos Oso Pinone. La luz que se encendió en aquella primavera de 1985.

Así a priori nada hacía presagiar que aquella temporada 1984/1985 fuese a ser ni mejor ni peor que otra cualquiera: un buen equipo, sí; un gran equipo, ni de coña. Un equipo que se sustentaba en dos patas básicas, a saber: Ed Pinckney, socorrido pívot al que su cuerpo y su oficio le permitieron vivir luego holgadamente durante unos cuantos años en NBA, en Celtics sobre todo; y Harold Pressley, aquel longilíneo y delicioso alero con aires de pantera rosa que poco tiempo después sentó cátedra (y hasta ganó ligas, y hasta rozó euroligas) en la Penya a la vera de Corny Thompson, Villacampa o los Jofresa y a las sabias órdenes de Lolo Sainz. Junto a ellos una pareja exterior sumamente peculiar, McLain & McClain, no eran hermanos (repárese en que el segundo tiene una C de más) pero como si lo fueran. El primero (Gary) ejercía de base, el segundo (Dwayne) de escolta (más o menos) anotador. Añádase a Wilbur, al freshman Plansky y al base suplente (a la par que buen tirador) Jensen, y casi pare usted de contar. O no, porque no estará de más reseñar que en las profundidades de aquel roster también aparecían, de manera casi testimonial, el base R.C. Massimino y el alero Steve Pinone. Ciertas cosas nunca suceden por casualidad.

Villanova empezó el año como un tiro, ocho victorias consecutivas que incluyeron a casi todos sus vecinos, 8-1 para acabar su non-conference que llegó incluso a ser 10-1 tras empezar el calendario de su conferencia. Claro que aquella no era una conferencia cualquiera, aquella era la Big East, la de toda la vida, la que en casi nada se parecía a la Big East actual: Georgetown, St. John’s,, Providence y Seton Hall, sí, pero también Syracuse, Connecticut o Pittsburgh. Así las cosas era cuestión de tiempo que apareciese el tío Paco con las rebajas (por qué se dirá esto), que apareciesen y se acumulasen las derrotas. Tampoco es que fueran tantas, no vayan a pensar: Villanova cerró su Big East con un balance de 9-7 (18-9 en el global de la temporada), empatada con Syracuse en el tercer puesto pero muy lejos de los gallitos Hoyas y Johnnies. Y el torneo de conferencia tampoco les fue mucho mejor, más o menos lo esperado, ganar a Pitt en cuartos de final para luego caer ante St. John’s en semis. Suficiente para recibir su merecida invitación al Baile, insuficiente para no merecer más que un seed 8 que les ponía cuesta arriba toda la competición.

Foto: NY Post

Su primera victoria fue ya una sorpresa, no por el hecho de que el seed 8 gane al 9 sino porque éste era Dayton y el partido se disputaba precisamente en Dayton, territorio comanche. Y su segunda victoria fue ya sorpresa y media, ni más ni menos que los Wolverines de Michigan, agasajado seed 1 de la Región. Sweet Sixteen, viaje insospechado a Birmingham (Alabama) para vérselas con una Maryland con la que ya habían perdido 74-77 en temporada regular pero a la que ahora iban a imponerse por un ajustado 46-44 (sí, eran otros tiempos, muy pronto podremos comprobarlo). Elite Eight. La puerta de la Final Four. La de dios.

Normalmente las sorpresas se acaban aquí. Normalmente puedes dar la campanada en las primeras rondas ante aquellos que van de sobrados por la vida, pero cuando llegas a la Final Regional ya raramente sorprendes a nadie, ya el grande se pone las pilas sabiendo perfectamente que al pequeño nadie le ha regalado nada si ha sido capaz de llegar hasta allí. Así suele suceder casi siempre, así pareció que sucedería también esta vez porque al otro lado esperaba nada menos que North Carolina. Unos Tar Heels que ya no eran los de Jordan, Worthy o Sam Perkins pero que aún presentaban en sociedad a un magnífico base llamado Kenny Smith (tantos años ejerciendo luego de base en Rockets, tantos más ejerciendo de comunicador en TNT) y a un maravilloso pívot que llevaba por nombre Brad Daugherty, profunda debilidad del que suscribe hasta que las lesiones le retiraron prematuramente de los Cavs. Palabras mayores.

Y ni que decir tiene que de primeras todo siguió el guión previsto, que los Tar Heels cogieron ocho puntos de ventaja al filo del descanso que al sonar la bocina sólo fueron cinco merced a un dos más uno providencial. Acaso fuera el efecto de esta canasta psicológica, o acaso fuera (mucho más probable) el efecto de la charla de Massimino en el descanso, lo cierto es que lo que se vio tras la reanudación en nada se pareció a lo de antes: los Wildcats apretaron en defensa (alternando a ratos una especie de zona de ajustes capaz de desconcertar al más pintado), empezaron a robar balones, a sacar incluso contraataques, a mover la bola al otro lado como no pensábamos que supieran hacerlo; y Pinckney se imponía a Daugherty, y McClain ya aparecía, y McLain dirigía con cordura, y Pressley siempre estaba para lo que fuera menester. Primero remontaron, luego se fueron de 10 y finalmente le dieron al gran Dean Smith una buena dosis de su propia medicina: cuatro esquinas durante minutos enteros, ayudadas por el hecho de que al baloncesto universitario aún no había llegado el reloj de posesión. Los Tar Heels acabaron persiguiendo sombras, viendo impotentes cómo el balón les pasaba una y otra vez por encima. El seed 8 Villanova estaba en Final Four mientras Massimino parecía implorar que alguien le pellizcara para cerciorarse de que no fuera un sueño. Un sueño imposible que no había hecho sino comenzar.

Aquella de 1985 fue una Final Four atípica, yo no recuerdo ahora mismo ninguna otra con tres equipos (de cuatro posibles, obviamente) procedentes de una misma conferencia. Georgetown y St. John’s dirimirían su duelo fratricida (final anticipada, dirían muchos) por el otro lado, por el que a nosotros nos ocupa a Villanova le esperaba la única universidad ajena a la Big East de aquella cita, Memphis State, hoy Memphis a secas. Unos Tigers dirigidos y liderados por un base cuya mera mención debería hacer que nos pusiéramos todos en pie, don Andre Turner, palabras mayores, verdadera historia viva de cuando la ACB era todavía la ACB y no lo que queda de ella.

Turner estaba además magníficamente rodeado por el finísimo alero Vincent Askew (aún freshman en aquellos días) y por un tremendo juego interior en el que se combinaban Keith Lee, Baskerville Holmes y sobre todo William Bedford. Un tremendo juego interior que (dicho sea de paso) se dio luego de bruces con la cruda realidad del profesionalismo y de la vida: Lee nunca cuajó y a los dos restantes las drogas se los llevaron por delante; a Bedford le arruinaron su prometedora carrera (número 6 del draft de 1986, nada menos), a Holmes le arruinaron bastante más que eso: finalmente acabó con su vida (tras haber acabado él previamente con la de su novia) en 1997.

Pero estábamos a finales de marzo de 1985, estábamos aún en plena semifinal de la Final Four. Obviamente Memphis State era favorita, cómo no habría de serlo si a todo ese repertorio antes expuesto se le añadía que llegaba con un casi inmaculado balance de 30-3 en el total de la temporada, con un flamante seed 2 del Este y habiéndose cargado además en su Final Regional al seed 1 Oklahoma. Una vez más Villanova era víctima propiciatoria, una vez más iba a aguantar más o menos el tirón en una primera parte de tanteo, una vez más la supuesta charla de Massimino en el entreacto iba a poner las cosas del revés. Y otra vez la match-up zone, otra vez la tela de araña, la casi imposibilidad para Turner y compañía de meter balones dentro, de alimentar a sus pívots, de encontrar vías de penetración. Otra vez la ventaja, la magnífica administración de esa misma ventaja, la desesperación de unos Tigers incapaces de reaccionar, la locura. Un seed 8 como Villanova se acababa de meter en toda una Final Nacional, lo nunca visto; esta vez ya no era sólo Massimino quien necesitaba pellizcarse para acabárselo de creer.

Foto: Sports Illustrated

Claro que como broma ya estaba bien. En la Final esperaba el vigente campeón Georgetown, aquellos invulnerables Hoyas que tan sólo llevaban dos derrotas (por 35 victorias) aquel año y que venían de dar cuenta de su eterno rival St. John’s (la imponente St. John’s de Chris Mullin o Walter Berry) por un abrumador 77-59. Ni que decir tiene que Georgetown (por decirlo a la manera actual) no era ya favorita, era lo siguiente. Ni que decir tiene que Georgetown y Villanova se habían enfrentado ya dos veces en temporada regular (ser de la misma Conferencia es lo que tiene) y que ambas habían caído del lado de los Hoyas como no podía ser de otra manera, si bien con ciertos apuros: 57-50 en el Capital Centre washingtoniano y 52-50 (prórroga incluida) en el mítico Spectrum de Philadelphia que los Wildcats habían ocupado para la ocasión. Ni que decir tiene que en tales circunstancias nadie daba un duro por Villanova, nadie imaginaba siquiera que fuese a haber partido. Final (aparentemente) menos igualada jamás se vio.

No hará falta explicar a la concurrencia que la zona de Georgetown era aún patrimonio exclusivo de Patrick Ewing, acaso uno de los pívots más dominantes e intimidadores que haya conocido jamás el baloncesto universitario (o el baloncesto, en general). Pero no estará de más añadir que a las órdenes de John Thompson y su eterna toalla al hombro pululaban también otros (más o menos) míticos como Reggie Williams, David Wingate o Michael Jackson (no confundir con). Todos ellos se aprestaban a cumplir con el ritual de ganar su segundo título consecutivo, pareció que así lo harían pero ya desde el primer momento se vio que aquella Villanova les había salido respondona: buenísima defensa marca de la casa (a menudo zonal, con constantes ajustes), magnífico movimiento de balón y una adecuada selección de tiro que les posibilitaba que a apenas cuatro minutos para el descanso se movieran en unos porcentajes de acierto (créanselo) cercanos al noventa por ciento. 20-20 señalaba entonces el marcador, y aquellos que preveían un paseo militar para los Hoyas empezaban a tomar conciencia de que habría partido. Y tanto que lo habría.

Justo entonces se desencadenaron los acontecimientos: los bases de Georgetown encontraron por fin a un Ewing que anotó seis puntos consecutivos, pero a cada golpe suyo respondió también Villanova con inusitada precisión. Total, 27-28 para los Hoyas tras dos extraordinarios minutos de baloncesto… a los que sucedieron otros dos de congelación de balón, fruto de que Massimino decidió agotar el tiempo para jugársela al filo del descanso. Dicho y hecho: Pressley puso el 29-28 para Nova a falta de cinco segundos, Gtown falló en su empeño de montar la contra y Reggie Williams no encontró mejor manera de desahogar su frustración que golpear sin venir a cuento la cabeza de Everson, pívot suplente de Villanova que pasaba por allí. Se montó un alboroto mayúsculo, los árbitros se hicieron los locos (obviamente aún no había llegado el instant replay, ni se le esperaba siquiera) y Massimino estalló, como no podía ser de otra manera. Se fue echando espuma por la boca al vestuario, no parece muy difícil imaginar lo que debió salir de esa misma boca durante el descanso.

Fuera por lo que fuese, Villanova volvió del recreo comiéndose el mundo. Antes de que nos diéramos cuenta ganaba ya 36-30, lo cual con ser bueno no era lo mejor, lo mejor era que a Ewing le habían caído de manera consecutiva la segunda falta (peleando un rebote de ataque) y la tercera (defendiendo una penetración de Pressley). Y aún se libraría por los pelos de la cuarta, aún abusaría una y otra vez Pinckney de su pánico a cometer la personal. Georgetown le dio la vuelta a la tortilla hasta el 41-42, Villanova la volteó a su vez hasta el 53-48. Aún quedaban seis minutos, aún quedaba la locura.

Porque pronto llegará la magnífica presión de GTown provocando varias pérdidas consecutivas, llegará el parcial de 6-0 para los Hoyas, llegará la desesperación de un aparentemente desquiciado Massimino ante el temor de que a sus chicos se les venga el mundo encima… o no. Porque Villanova no va a tardar en volver a sus raíces, a su magnífica defensa provocando pérdidas absurdas de GTown, al baloncesto-control hasta la extenuación, a los buenos tiros como aquel de Jensen que vuelve a ponerlos uno arriba, a la trabajadísima tela de araña que impide a Wingate encontrar a Ewing y cierra todos los caminos hacia el interior. Y si encima Pinckney roba, recibe falta y convierte el uno más uno pues ya son tres arriba, ya a quien se le viene el mundo encima es a John Thompson, ya su toalla no puede absorber tanto sudor. Y lo que le queda.

Y más de lo mismo, la defensa zonal de Nova se cierra aún más y más tapando a Ewing, los cinco defensores casi sobre la pintura, GTown no encuentra por ningún lado a su referente y finalmente precipita un tiro errático, otro más. Aún queda más de minuto y medio pero Nova tiene el balón y no existe un límite de posesión que le vaya a obligar a soltarlo, a los Hoyas no les queda otra que hacer falta, Jackson la comete sobre Jensen para parar el reloj pero éste anota sus dos tiros libres, 59-54, más difícil todavía. No está de más recordar que aún no existe tampoco la línea de tres, que las escasas esperanzas de Gtown pasan por anotar y robar de inmediato, lo primero lo cumplen pero la consiguiente presión se les va de las manos, cometen varias faltas, les señalan una, Jensen sigue a lo suyo con los tiros libres, ahora ya son 61-56, ahora ya queda apenas un minuto.

Un minuto eterno que empezará con Ewing recibiendo por fin la bola rodeado por dieciocho brazos (o acaso sólo fueran diez, pero parecían veinte), falla, el rebote es para Nova, otra falta más y así sucesivamente, es la secuencia típica de cada final de partido, canasta rápida del que va por debajo y tiros libres del que va por arriba, éstos casi siempre en las manos de un Dwayne McClain que no tiene la costumbre de fallarlos. El 61-56 dará paso al 63-58 y éste a su vez al 65-60, de ahí al 65-62 pero ahora ya sólo quedan diez segundos, como si no quedaran, los Hoyas en su desesperación cometen la falta antes de que se ponga la bola en juego, según el reglamento es intencionada pero no la pitan, aún dará tiempo a que Georgetown fuerce el 66-64 a falta de 2 segundos, a que en pleno ataque de angustia intenten robar incluso antes de sacar. Ni que decir tiene que a estas alturas el Rupp Arena es ya un manicomio, que las cámaras se ceban con un Massimino que hace señas claras al jugador que reciba de que lance el balón al cielo para que el tiempo se consuma, sucederá más bien lo contrario, McClain recibe ya en el suelo (previamente derribado por su defensor) y se hace un ovillo abrazando la bola contra el parquet, es el final, es la locura, es Villanova entera abrazada a un ya por fin destensado Massimino que no cabe en sí de gozo, que ahora ya sonríe, se desmadeja, se deja ir, se deja incluso pellizcar…

Foto: AP Photo

Casualmente aquel fue el último partido universitario que se disputó sin reloj de posesión. Este sorpresón de 1985, unido al que dos años antes había protagonizado la North Carolina State de Jim Valvano, movió quizá a la reflexión de unas autoridades que acaso pensaran que tanto control del juego propiciaba que a veces ganara quien no tenía que ganar. Entró finalmente la NCAA en la modernidad pero tampoco es que se volvieran locos con el cambio, reloj sí pero posesiones de 45 segundos no vaya a ser que nos entren las prisas. Lo cual no quita para decir con total rotundidad que aquella Final de 1985 de alguna manera cambió la historia de este juego, o de la versión universitaria de este juego. A las pruebas me remito.

Massimino aún continuó en Villanova hasta 1992, hasta que dio por terminado su ciclo y le apeteció aceptar un nuevo reto, un reto mayúsculo: recoger el testigo de Tarkanian en la mítica UNLV. Plaza complicada la de Las Vegas porque la etapa del Tiburón había estado jalonada de éxitos pero también de turbulencias, era de esos que jamás dejan indiferente a nadie ni para lo bueno (mucho) ni para lo malo. UNLV acostumbraba a ser el hotel de los líos, si pensaban que la llegada de Massimino les iba a traer una nueva etapa de placidez evidentemente se equivocaron, en buena medida por su culpa: aceptaron pagarle una parte de su sueldo (que ya imaginarán que no era escaso) en negro, por debajo de la mesa como si dijéramos. La argucia en principio coló pero finalmente acabó trascendiendo, y ya imaginarán que a las rígidas autoridades tributarias del Estado de Nevada no acabó de parecerles del todo bien. Abrupta salida, carrera en declive y parada final (no sin contratiempos y problemas extradeportivos, también) en la mucho más modesta Cleveland State.

¿Parada final, dije? Ni de coña. Massimino de alguna manera murió con las botas puestas, al documentarme para escribir esto me ha alucinado descubrir que siguió ejerciendo como técnico hasta el fin de sus días, hasta que hace muy pocos meses su enfermedad se lo hizo ya prácticamente imposible. Obviamente no ya en NCAA sino en la mucho más modesta NAIA, en la Universidad de Northwood (posteriormente reconvertida en Universidad de Keiser), sita además en una localidad tan propicia al retiro dorado como West Palm Beach, Florida. De allí voló en la primavera de 2016 hasta Houston para presenciar con sus propios ojos cómo Chris Jenkins anotaba aquel mítico triple sobre la bocina, cómo su Villanova de toda la vida volvía a ganar otro título universitario 31 años y tres días después. Cómo olvidar su pequeña figura casi en primera fila, justo tras la de su heredero Jay Wright: tan diferentes en apariencia, tan parecidos en su manera de entender el baloncesto. Como si no hubieran pasado tres décadas.

Malos tiempos para la lírica baloncestística. Rollie se nos fue el pasado 30 de agosto, apenas dos días después de que se nos fuera otro mito de esto como Jud Heathcote, igualmente campeón universitario (Magic Johnson mediante) en 1979 con Michigan State. Dicen que a los verdaderamente grandes no se les reconoce por el espacio que ocupan, sino por el hueco que dejan cuando se van. Massimino nunca ocupó mucho espacio, nunca recibió el reconocimiento que se les otorgó a tantos otros (a veces con bastante menos mérito), nunca fue elevado a los altares del Hall of Fame, por ahora no pasó de finalista. Pero su huella es imborrable, es la huella de alguien que cambió verdaderamente el juego y que en la ya lejana noche del 1 de abril de 1985 fue capaz de poner el mapa baloncestístico entero del revés. Massimino, su trayectoria, su título, forman ya parte indisoluble de nuestra historia, aunque (insisto) esa misma Historia no siempre haya sabido reconocérselo. Allá ellos. Otros en cambio nunca dejaremos de echarle de menos.

Foto: NY Post

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A las puertas de lo imposible

sergiconcha@skyhook.es'

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El 22 de junio de 2017, el CB Prat anunció la contratación de Arturo Álvarez como entrenador principal. Un técnico con experiencia incluso en Brasil y Portugal que llegaba con una gran temporada en Araberri bajo el brazo. Ese 22 de junio, aunque nadie lo podría suponer, cambió la historia reciente de un club con 86 años a sus espaldas y que ha llegado en este curso a su cénit deportivo.

Esta era la cuarta temporada consecutiva del equipo en LEB Oro, una competición exigente con un gran nivel de jugadores ilustres como Jordi Trias, Dani Rodríguez, Ricardo Úriz o Nacho Martín, junto a jóvenes promesas que esperan un trampolín para alcanzar la ACB. Hasta la fecha, el mejor resultado obtenido por el conjunto potablava (nombre de un ave muy común en el Prat) había sido un decimotercer puesto, logrado el pasado curso todavía bajo el paraguas de una estrecha colaboración con el Joventut de Badalona, una colaboración que este año se puso en stand-by con miras a retomarla en un futuro cercano. La realidad de la entidad, con el presupuesto más bajo de la competición, era luchar por salvar la categoría, como lo ha venido haciendo desde que consumaron el ascenso en 2014, pero Arturo ha catapultado al equipo a un nivel jamás visto que les ha situado en el foco del baloncesto español y a estar a un paso de disputar la gran final por el ascenso a la mejor competición europea de clubes.

Dentro de unos parámetros muy marcados y unas pretensiones muy ajustadas, el técnico asturiano, junto a la directiva, confeccionó una plantilla de nivel con una mezcla entre jugadores jóvenes y veteranos que ha resultado decisiva. Al proyecto se unieron nombres del calibre de: Josep Pérez, Marc Blanch, Emanuel Cate y Martynas Andriuskevicius, ya con experiencia en España o jugadores que aterrizaban aquí por primera vez como: Alex Campbell, Marlon Johnson y Caleb Agada. El inicio de curso fue fulgurante y aúpo al equipo catalán a la primera plaza con once victorias en los primeros doce encuentros.

A medida que la temporada avanzaba y el objetivo de mantener la categoría ya parecía encaminado, era cuestión de batir récords. A mediados de enero el equipo ya había superado los 13 triunfos cosechados en la 16/17, justo antes de quedar apeados, solo por el basket average, de disputar la Copa Princesa, que enfrentó casualmente a los dos equipos que han logrado el ascenso: Breogán y Manresa. En vistas que los playoffs eran un hito alcanzable, el club se reforzó en miras de un crecimiento inesperado con Saúl Blanco y Pep Ortega, que cumplía su tercera etapa en el equipo.

Foto: Luiggi García

La temporada regular acabó con 25 victorias y solo 9 derrotas, doce más que la anterior y un segundo puesto histórico que les otorgaba el factor cancha a favor en todas las eliminatorias por el ascenso. “Es algo irrepetible”, se escuchaba entre los aficionados que acudían al pabellón Joan Busquets a animar a su equipo. Una cancha, que con una capacidad cercana a las 600 personas, era la más pequeña de la categoría. Desde su humilde morada, el equipo liderado en la cancha por Agada y Cate, dos jugadores que veremos en categorías superiores muy pronto, se impuso 3-0 a Carramimbre Valladolid y compraba así su ticket para semifinales.

Allí esperaba todo un portentoso Melilla Baloncesto, uno de los equipos históricos de la LEB Oro que disputaba su sexta semifinal con Mamadou Samb, Diego Kapelan, Fran Guerra o Dani Rodríguez en sus filas. Tras ganar cada uno un partido en casa y a domicilio, el decisivo encuentro se iba a disputar en un Busquets que prácticamente doblaba su aforo permitido, registrando la mejor entrada de su historia por encima de las 800 personas. Caprichoso el destino, el partido iba a decidirse en los últimos segundos a favor de un Melilla que fue perdiendo durante más de 39 minutos, pero que tuvo la suerte y experiencia necesaria para darle la vuelta al marcador y apear del sueño a un Prat que había obrado por encima de sus expectativas.

Pese a quedar a las puertas de disputar la final por el ascenso a ACB, las posibilidades eran remotas. “No tenemos ninguna opción de jugar en ACB, es imposible. Si acabamos subiendo, renunciaremos”. Declaraba el presidente del club, Arseni Conde, cuando todavía se estaban disputando las semifinales al Diari Ara. Para la temporada que viene, el club deberá volver a reinventarse una vez despertados del sueño. Arturo Álvarez ya ha hecho oficial que no seguirá en el club, en parte debido a un presupuesto que debe ajustarse más si cabe tras el esfuerzo presente. Además, muchos de los jugadores importantes cuentan con ofertas muy superiores tras brillar en un Prat que ha escrito una de las páginas más bonitas del baloncesto español este año.

“Hay que hacer un paréntesis en la historia del club para valorar este año”, decía Arturo en su última rueda de prensa. Una historia que ha llevado a jugadores como: Guillem Vives, Pau Ribas, Henk Norel o Christian Eyenga, a defender los colores del CB Prat gracias a un vínculo con la Penya que empezó en 2004. Curiosidades del baloncesto, ha sido el año de la desvinculación cuando el proyecto ha tocado techo para ahora quedar en un futuro incierto, donde al menos ya se han ganado el respeto de toda la competición y donde ahora los aficionados esperan poder seguir celebrando victorias hasta que algún día, quien sabe, puedan derrumbar la barrera imposible de jugar en ACB.

Foto: Luiggi García

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Michael Porter y el dilema del Draft

periz.oscar@gmail.com'

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Nuevo entrenador, equipo renovado y con el mejor prospect de la nación. Eran los primeros instantes de una nueva e ilusionante era en Columbia, Missouri. Los Tigers empezaban un año esperanzador y con objetivos diferentes y opuestos a lo que estaban acostumbrados en los últimos años. Esa reconstrucción sin rumbo, con la llegada de Cuonzo Martin al banquillo, en Mizzou se empezó a ver algo de luz al final del túnel, pero aquello no sería lo único que cambiaría el programa de Columbia en verano.

Michael Porter Jr, considerado el mejor jugador de su generación, rompía su compromiso con la Universidad de Washington una vez conocida la noticia de que Lorenzo Romar era despedido como entrenador de los Huskies después de 15 temporadas en el cargo. Unos últimos años en la intemperie y más bien discretos pasaron factura. A la vez, con el despido de Romar, Michael Porter Sr, padre de Michael Jr. y miembro del staff técnico, tampoco continuaría en el proyecto de Washington. Ese sería un movimiento decisivo, porque con Michael Sr. uniéndose al staff de Cuonzo Martin, la posibilidad de que la estrella del instituto Nathan Hale recalara en Mizzou era una posibilidad más que real.

El siguiente paso de Porter ya estaba marcado. Regresaba a su tierra, Columbia, para unirse a los Tigers tal y como se especulaba una vez sabido que no acudiría a Washington. Todo quedaba en familia y en casa. Michael Jr coincidiría en Mizzou con su padre (Michael Sr), hermanas (Bri y Cierra) y también con su hermano menor (Jontay), que se comprometería con los Tigers un poco después de hacerlo Michael.

La llegada de un recruit de la talla de Michael Porter Jr catapultaba hacia arriba las aspiraciones de Missouri a corto plazo, porque todos –incluso él mismo- sabían que esa etapa no iba a durar mucho. Las cualidades de MPJ estaban muy bien consideradas por los scouts NBA incluso desde mucho antes de pisar la universidad, y su potencial, algo que se valora al alza en estos tiempos, ya era de súperestrella. Su dominio y sus números en Nathan Hale HS no hacían más que confirmarlo.

Llegó el día del gran estreno de los Tigers ante su afición. Missouri pasó por encima de una endeble Iowa State que no pasa sus mejores días, pero el triunfo de los de Cuonzo Martin quedó en un segundo plano. ¿El motivo? Michael Porter Jr, tras dos minutos de partido en los que anotó un mate, se sentó en el banquillo y no volvió a jugar. Sintió unas molestias que, por precaución, le dejaron sin jugar los siguientes partidos a la espera de obtener más pruebas.

Foto: NCAA.com

La peor de las noticias llegó: Michael Porter Jr. no jugaría más en su primer (y posiblemente último) año con Missouri. Se le diagnosticó un problema en dos vértebras que le dejarían en el dique seco hasta final de temporada, y dicha lesión requería pasar por el quirófano. La lesión de MPJ dejó, por otro lado, algunos frentes abiertos y libres para la especulación, como el de cómo habría sido su etapa en Mizzou o, por otra parte, cómo afectaría esta situación a su futuro más cercano: el Draft.

Un caso familiar

Esta situación tiene sus paralelismos con el caso reciente de Ben Simmons en LSU, incluso como el de Markelle Fultz en Washington. Jugador TOP de la Class se compromete con una universidad fuera del universo de las powerhouse del estilo de Kentucky, Duke, Kansas o Arizona.

Estaba claro que el australiano iba a ser el jugador por el que iban a pasar prácticamente todos los balones, y el plan de juego tampoco sugería un cambio hacia otra dirección. En resumidas cuentas: un gameplan limitado y previsible centrado en la gran estrella. La falta de un ‘plan B’ y ‘plan C’ de Johnny Jones, entonces técnico de LSU, mermó seriamente a unos Tigers que, salvando a Simmons, ni siquiera pisaron el March Madness cuando las previsiones les situaban arriba. La realidad era otra.

Algo que nunca sabremos con Porter Jr bajo la batuta de Cuonzo Martin. Si jugamos a especular, es cierto que entre esa LSU y la actual Missouri existen ciertas similitudes justo antes de conocer el alcance de la lesión de Porter, pero la lesión del jugador distorsiona tal relato. Ambos casos contaban como objetivo llegar al March Madness, pero también es verdad que Mizzou cuenta con mejor presencia y reputación en el banquillo y, por inri, más (y mejor) talento en la plantilla que esa LSU, carente de otras figuras trascendentes.

Ser o no ser pick #1

Con Porter estando en plenitud de condiciones, el próximo número 1 del Draft no tenía color, fuese cual fuese el primer equipo en elegir. Michael Porter Jr representa el tipo de prospect ideal para el baloncesto moderno: gran técnica para jugar por fuera, con la altura y movilidad de un alero y con la envergadura de un pívot. Porter, junto a Ayton, es considerado el mejor proyecto de estrella de la próxima generación y es probable que su lesión afecte a su stock en el Draft, aunque de hacerlo, afectará mínimamente. Y en un escenario excepcional como este, Porter caería como mucho uno o dos puestos en el Draft.

Ante un proyecto de futuro de ese calibre, resulta improbable que Porter caiga más allá del ‘Top 3’ incluso a sabiendas de que ha jugado solamente dos minutos en toda la temporada y de las temporadas que están realizando DeAndre Ayton, Marvin Bagley, Luka Doncic o Mo Bamba, que son los otros candidatos que van a estar en las quinielas para estar entre los tres primeros. Cualquier otra cosa que no sea figurar entre los tres primeros picks sería una sorpresa mayúscula, y también un regalo.

Otra variante decisiva será la de si Porter se ha recuperado plenamente de su lesión o no, pero todo hace indicar que MPJ estará 100% recuperado una vez lleguen las fechas para realizar workouts con franquicias NBA.

Tampoco está descartado el frente en el que MPJ decida seguir un año más en Missouri, pero a día de hoy es un escenario que parece difícil que se cumpla. Aunque su falta de ritmo competitivo puede ser un inconveniente en sus primeros días como profesional, su cartel en la NBA es elevado y será difícil dejar pasar ese tren.

Cualquier cosa que acabe sucediendo, una cosa es cierta: Michael Porter Jr. ya es, al igual que Kyrie Irving en su día o incluso Joel Embiid, uno de los grandes “qué hubiera pasado si…” de los últimos años en la NCAA. En una class tan abierta como la que se presenta próximamente, va a ser difícil dejar pasar a tal talento debido a una lesión.

La presión será para el primero en elegir. Y mientras, el resto ya se está frotando las manos.

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Costa a costa

Collin Sexton, el mundo a su merced

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Hay un popular dicho que dice que «donde menos se piensa, salta la liebre», algo que le viene como anillo a esta competición, y que nos podría valer para identificar la llegada a la liga de Collin Sexton. El de Atlanta se ha convertido en uno de los grandes atractivos de esta nueva temporada universitaria, y con apenas 18 años tiene todo lo necesario para triunfar al nivel que él mismo se exija.

Sexton no es el modelo de base anotador empedernido que buscar desquiciar a su rival para la canasta fácil, ni el típico jugador que busca destacar a base de highlights, y ni mucho menos un base sensato y sosegado que busca gestionar la distribución de balones a sus compañeros en ataque. Es más, no existe a día de hoy un modelo predeterminado para encasillar a Sexton como base. Es un artista con el balón en su poder, uno de esos jugadores anárquicos que parece que deambulan como pollo sin cabeza, pero con altas dosis de creatividad y talento en vena. Es, sencillamente, un jugador diferente a los demás.

Desde los suburbios de Atlanta a ser considerado uno de los grandes nombres del próximo draft de rookies. La historia de Collin Sexton comenzó a forjarse en su Pebblebrook High School, donde ya comenzaba a llamar la atención de muchos ojeadores de todo el país con apenas 16 años, un pequeño y rápido base de gran ética de trabajo y un físico demoledor que resultaba imparable para la defensa rival, y que ya había liderado con maestría a su High School a cotas importantes a nivel estatal. Pero fue una llamada la que realmente le hizo ver que podía aspirar a ser alguien relevante para su comunidad, su instituto y también para sí mismo.

La vida le dio un giro de 180 grados después de que la mismísima USA Basketball le invitase a formar parte del campus de entrenamiento para el próximo Mundial U17 que se iba a celebrar en España en 2016. Una oportunidad única a la que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y que a diferencia de otros compañeros de generación que ya habían hecho sus pinitos con el uniforme nacional, para Sexton era algo totalmente novedoso. Esto le motivó notablemente, y cambió su actitud y su forma de trabajar.


«Quería estar en ese equipo costase lo que costase», aseguraba su entrenador en el instituto, George Washington. «Muchos de esos jugadores ya eran conocidos, y tenían mucho ganado. Yo le decía a Collin: ‘tu trabajo es ser el más duro de todos, trabajar más que nadie, y así nadie te puede negar estar en ese equipo’».

Su duro entrenamiento personal para estar en Colorado Springs, lugar designado para el campus, fue tremendamente exigente. Su jornada constaba de tres entrenamientos diarios, comenzando el primero a las seis de la mañana con un trabajo específico en la cancha con un asistente del equipo de baloncesto, para retomarlo por la tarde para trabajar en el gimnasio con pesas y cardio y finalizar por la noche con ejercicios de tiro a canasta. Un menú que se repitió durante varios meses y al que Sexton no falló ni un solo día. Recordemos, todo esto viniendo de un chaval de 16 años que aún estaba en su año junior de instituto, y al que le había tocado madurar a la velocidad de la luz.

Cuando llegó a Colorado Springs, vio que todo el esfuerzo había merecido la pena, y su nombre era uno de los elegidos para defender a su país en Zaragoza ese mismo verano. Pero esto no iba a ser más que el comienzo de un ascenso en el que –a día de hoy– no ha visualizado todavía la cima.

Ese número 8 del combinado USA no pasó inadvertido para nadie en Zaragoza. Ese equipo orquestado por Donald Showalter estaba hecho a la medida de Sexton: jugadores muy abiertos con muchísimo espacio para correr, un ritmo de juego altísimo, una agresividad e intensidad en ataque y defensa inusitada y muchísimo poderío físico. Y hay que decirlo, un grupo de jugadores que también formaban una cohesión de grupo y una fuerza coral dignas de mención.

Lo más sorprendente de todo, es que Collin Sexton se había coronado en lo más alto de esa pirámide de talento y fama internacional en la que se había convertido este combinado USA. Su habilidad para romper la defensa rival a base de potencia de piernas, de transiciones donde tardaba nanosegundos en llegar a la pintura rival desde su propio campo, de intensidad en defensa para robar balones y también para lanzar desde cualquier punto de la pista. Pero, sobre todo, magia con el balón entre las manos y auténtico espectáculo destrozando el aro rival. Un MVP más que merecido.

Sin lugar a dudas, Zaragoza fue la ciudad que encumbró definitivamente a Sexton y lo hizo saltar a la palestra de los nombres más destacado de la próxima clase de 2017, y su gran actuación posterior en el circuito EYBL –donde rompió el récord anotador del mismo de ese mismo año– no hizo más que confirmar que estábamos ante un talento en ciernes. Collin Sexton había pasado de ser un pequeño base unranked del que pocos habían oído hablar a ser un prodigioso base de cinco estrellas por el que las universidades se iban a dar golpes, todo en apenas doce meses.

«Nada ha cambiado», dijo Sexton en una entrevista el pasado verano. «Solo tenía que ponerme en frente de las personas adecuadas para mostrar mis talentos y hacer lo que mejor hago: jugar duro todo el tiempo».

Como era de esperar, muchas fueron las universidades que llamaron a su puerta, restringiendo su interés en seis programas: Alabama, Georgia, Georgia Tech, Kansas, North Carolina State y Oklahoma State, para finalmente decantarse entre los Crimson Tide y los Jayhawks en un programa especial de televisión emitido a nivel nacional por ESPNU, donde finalmente Sexton sorprendería escogiendo al conjunto de Avery Johnson.

«Son geniales y tienen un gran ambiente“, dijo Sexton en una entrevista a 247Sports. “El entrenador Avery Johnson es un entrenador muy bueno, me dijo cómo podía encajar en el programa y cómo podía ayudarme. Heredó el equipo el año pasado, por lo que no pudo traer a sus jugadores, pero fue capaz de convertir a los jugadores que no lo estaban haciendo bien en buenos jugadores. Es algo especial».

El compromiso de Sexton siguió ipso facto el de John Petty, otro talentazo exterior de la clase de 2017 al que John Calipari ya tenía echado el lazo desde hace tiempo. Así, Alabama volvería a resurgir a nivel nacional con estas dos pequeñas perlas comprometidas bajo el estricto Avery Johnson.

Foto: www.hoopseen.com

El último año de Collin en el instituto con Pebblebrook High School fue un paseo militar en lo personal, promediando casi 30 puntos por encuentro y guiando a su instituto al campeonato estatal, donde finalmente acabaría perdiendo. Pero eso sí, conseguiría ese pasado verano sus tres grandes objetivos que se había marcado: liderar la EYBL en anotación, volver a ser invitado por la USA Basketball para defender la camiseta nacional y ser nombrado McDonald’s All-American. Sexton ya lo tenía todo para ir al siguiente nivel.

Sin embargo, la reciente investigación del FBI por corrupción en varios programas universitarios de la NCAA Division I acabó afectando también a su debut como freshman en la competición. El ya ex-administrador de la universidad, Kobie Baker, fue acusado por el FBI de tener un trato ilegal con un asesor financiero para ayudar a ciertos jugadores económicamente a cambio de que éstos firmasen con dicho asesor durante su travesía universitaria y profesional. Según los documentos del FBI, se produjo una cena en un restaurante del área de Atlanta –de donde es Sexton– entre Baker, el asesor financiero y «el padre de un gran jugador de esta clase de reclutamiento», aunque nunca fue probado públicamente que fuese el padre de Collin Sexton.

La NCAA no lo dudó un instante, y suspendió la elegibilidad de Sexton indefinidamente hasta que se esclareciese este hecho.

Por fortuna para los fans de Sexton y de la NCAA, el prometedor base de Atlanta únicamente se perdió el debut oficial ante la universidad de Memphis, además de todos los encuentros de pretemporada, y este año estamos disfrutando de él a pleno interés.

Su paso por los Tide está siendo de todo menos previsible. Promediando más de 20 puntos por noche, su gran actuación personal la tuvo en un partido de locos ante la universidad de Minnesota, donde Alabama acabó jugando durante muchísimos minutos con solo tres jugadores en pista –uno de ellos Sexton– por diversas expulsiones que dejaron en cuadro a los Tide. Sexton se echó el equipo a sus espaldas y mantuvo la tensión del encuentro hasta pocos segundos antes del final, donde finalmente cedió la victoria.

Pero Sexton hizo historia esa noche, ya que sus 40 puntos –31 de ellos en la segunda mitad– son ahora el récord anotador de un jugador de Alabama de primer año desde los 43 de todo un Reggie King en 1973. Y, sobre todo, ha dejado constancia a toda la competición de que este año va en serio en la búsqueda del Bob Cousy Award y de una plaza de privilegio en el próximo draft de rookies.

Su agresividad con el balón, su pasión por el juego y su determinación en la pista son impropias de un jugador de su edad. Su instinto ganador y de superación le puede catapultar entre los cinco mejores de su generación, y la ausencia de bases de gran nivel en este draft puede hacerle subir algún puesto extra en el ranking. Sin techo en el horizonte, es una de las grandes perlas que la NBA explotará en los próximos meses.

 

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